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Author: sqsricardo

  • Colchón de plumas

    Cuando lo mires por la ventanilla inclínate un poco, pero no te des mucha vista, que la luz de la luna no ilumine del todo esa belleza, intenta crear un ambiente, eso también es arte, actúa con rapidez, habla en voz baja y calmada, pon los puntos y las comas, demuéstrale que no eres una muchachita cualquiera. Cuando comiences una frase deja reposar la lengua entre los dientes y respira profundo, enseguida notarás como se desespera. Trabaja con la mirada, no permitas que mencione la palabra “no” cuando te vea entornar los ojos al estilo de Marlene Dietrich y te escuche decir que tienes una magnífica boca de sanguijuela, y que tus amigas están dispuestas a todo. Ya dentro no mires con fijeza, solo hazlo de reojo para que no pierdas de vista sus movimientos. Si notas que él te mira, cruza las piernas y muéstrale los muslos, no olvides que los hombres son animales extremadamente sexuales y en su instinto natural estará presente el deseo de querer tocarlo todo.

    En ningún momento pierdas la cordura, habla solo lo necesario y sonríe, siempre sonríe. Deja que el pelo te caiga sobre los ojos, palpa tus senos pero no te excedas en tocamientos vanos, busca una pose que lo haga imaginarte desnuda, eso le dará cierta sensación de calor y ahogo, recuerda que el tipo estará pensando ya en todo lo que vendrá después. Pasados algunos minutos él se desabotonará la camisa para dejarte ver, porque a él también le fascinará mostrarse. Si miras con disimulo notarás en la parte superior de su jean, justo donde se encuentra la abotonadura metálica, algo andará en extremo elevado. Tú centrarás la mirada en el paisaje y como quien no desea las cosas, dirás, con tu mejor voz, “Hace una noche preciosa para ir a la playa”. En un momento te le insinuarás, fría, calculadora, que descubra que has asesinado a la niña recién graduada para traer de un golpe la serpiente, fingirás que no te interesa ese cuerpo fornido, y ni siquiera notarás que él ya la tiene fuera del pantalón y con una de sus manos le prodiga un esmerado trato. Su semblante habrá cambiado de tono, será dócil, cariñoso, te acariciará el pelo e intentará convencerte de que lo mires y veas cómo se la hace. Te dirá: te quiero. Proferirá algunos quejidos y por que no, se acercará a tu oído para pedirte sin rodeos que se la toques. Pero tú preferirás metértela en la boca, así todo terminará antes de lo previsto. Hazlo de manera tal que él se olvide de tu cuerpo. Chupa, lame, sé laboriosa. Solo déjate manosear los muslos, pero cierra bien las piernas. Sube, baja, recréate, finge, pídesela de una vez, suplícale, hazle creer que tienes tremendas ganas de metértela. El tipo te va a querer tocar. Va a sentir la necesidad de hurgar en lo tuyo porque ya la tiene en punta y desea meter los dedos en esa cosa húmeda antes de… y sabes qué no puedes dejarlo, en ese instante te esforzarás en mover la lengua, y te va a seguir tocando. Tú sentirás que se te quieren abrir las piernas, solas, porque al igual estarás a punto de venirte, pero no puedes, sabes que no puedes porque aún no te ha pagado y si descubre que también eres un tipo, nos jodimos.

    El negro de unos treinta años miraba fijo a la autopista, y por momentos sonreía, lo miré como quien simula hacerlo inconscientemente, para satisfacer la morbosa sensación de imaginar todo lo que hay debajo de esa vestidura a la que todos estamos sometidos. Llegué a pensar que nada es más insensato y arbitrario que la obligación al ocultamiento.

    Él no llevaba jean, sino un pantalón corto con dos bolsillos en los laterales, el torso lo cubría con una camiseta que se adhería a su piel color de foca. Con premeditado disimulo crucé las piernas, deduje que estaría mirándome discretamente. No conforme, me toqué los rellenos del pecho y me alcé un poco la saya. Se escuchó la pícara carcajada de Marla y el sonido carrasposo de un: ¡Ahhh! de Frida que concluyó con una risita nada convencional. Me apresuré en decir la consabida frase: “Hace una noche preciosa para ir a… ” Y no pude concluir la oración porque en ese instante él extendió una mano en el aire, y no sin antes hacerla tropezar con mis piernas, la condujo a la guantera que estaba frente a mi. No pude negar que el imperceptible roce de sus yemas me hizo desconcentrarme, aunque no dejé de observar cómo sus dedos hurgaban en busca de una supuesta cajetilla de cigarros que no apareció.

    Mis ojos y todo yo, se infiltraron allí dentro. Y logré verla, semioculta detrás de una hoja de periódico, descansando en el fondo.

    ¿A qué lugar podemos ir? preguntó una vez más cerrando la guantera, y por encima de su hombro me miró a la cara, yo esquivé la mirada volteando el rostro para mirar un espantoso paisaje de edificios.

    No tardé en descruzar las piernas para estirarme la saya hasta las rodillas. Algo abominable comenzaba a rondar mis pensamientos, algo que me hacía dudar de ese abrir por abrir sin lógica. Allí no había cigarros, ni siquiera una cajetilla vacía, supuse que el único y verdadero propósito de la acción consistía en querer mostrar lo que había dentro.

    Mi respiración ahora alcanzaba un ritmo desmedido, el oxígeno fluía de manera tal que funcionaba como un perfecto bloqueador de los sentidos. Escuché cuando él exclamó unas palabrejas a las que no le presté el más mínimo interés, ni siquiera advertí cuántas veces pude reiterar: “la noche está preciosa para ir a la playa”, bien que pude en tan sólo dos minutos haber ensayado alrededor de unos quince tonos de voces diferentes. Quise voltearme para echar una mirada al asiento trasero, lanzarles a ellas una mirada de urgencia en la que deletrearía: QUIE-RO-BA-JAR-ME-EL-NE-GRO-YA-SA-BE-LO-QUE-SO-MOS-Y-LO PE-OR-ES-QUE-TIE-NE-UN-RE-VÓL-VER-EN-LA-GUAN-TE-RA.

    No pude, porque ahora él se entretenía en amasarme las piernas por encima de la saya que fue corriéndose hasta llegar nuevamente a la mitad de los muslos. La mano escalaba por mi vientre, intentaba hallar refugio en el territorio falso de una mujer que jamás ha existido. Yo, por puro placer deseé entregarme para olvidar los muros e imposibilidades.

    Volaba; volábamos juntos el negro y yo, viajábamos sobre el lomo de un enorme ganso blanco.

    El negro completamente desnudo me decía palabras lindas al oído, infinitas frases nunca antes escuchadas. Muy despacio hice navegar mi boca por su espalda, no me detuve hasta llegar a sus nalgas para entonces ponerlo de frente y morder con mucho cuidado sus caderas y algo más. Me gustaba verlo con las piernas abiertas moviéndose de esa forma, él hacía que mis deseos se multiplicasen, estaba seguro de que dios lo había puesto en mi camino porque sabía mi necesidad de escuchar palabras.

    Con mi boca repetí la acción una y otra vez, no me cansaba de ensalivarle el sexo, él me miraba sonriendo y nos dejábamos caer sobre aquel colchón de plumas que fue tragándose de a poco nuestras desnudeces.

    Llegó un aire con sabor a sal. El auto detenido en la arena, y el cañón de un revólver apuntándome a la sien. Desde la parte trasera se escucharon los lloriqueos de Marla y Frida, me volví y vi los espesos lagrimones deslizándose sobre el maquillaje. En esta ocasión se me antojaba decorar la escena poniéndole a Marla y Frida detrás de sus espaldas unas ridículas alitas embadurnadas en sangre, porque ahora lloraban como ángeles, y suplicaban que no nos hiciera daño.

    Pero el negro mostró una sonrisa cínica y dijo que nos iba a matar a las tres.

    Fue ahí cuando pensé que podría golpearlo en la mejilla, encajarle las uñas en los ojos para arrebatarle el revólver, y no lo hice porque en el instante en que me preparaba para cerrar el puño, él retiró el arma de mi cabeza y muy calmado se volteó hacia el fondo. Pude apreciar cómo se mordía el labio inferior, lo hacía con una delicadeza que más que a la violencia conllevaba al deseo. De inmediato comprendí que todo comenzaba a ser solo un divertimento.

    -¡Tú!,… ¿cuál es tu nombre?

    Marla contestó limpiándose las lágrimas que sospeché falsas, usando un pañuelo que embarraba de pintura. Se sacudió la nariz y luego cruzó los brazos. Con el cañón del revólver el negro apuntaba ahora a la otra que parecía querer tapizarse en la esquina del asiento.

    – Fri…Frida…

    – Bien, Frida, no tengas miedo, si tú haces todo lo que yo te pida, aquí no va a pasar ni carajo…

    – ¿Pero, quién es usted?- gritó Marla interrumpiéndolo, ya casi a punto de un desmayo.

    El negro mirando a los alrededores le pidió en voz baja que se callara. Solo se escuchaba el sonido que produce el agua cuando rompe en la arena. Saboreándose los labios volvió a atacar a Frida.

    – Ahora tú, mariconcito, vas a ser una niña de verdad, y las niñas de verdad son muy buenas ¿verdad?… ¡Responde, coño!

    – ¡Si, si, si!

    – Bien, así me gusta. Ahora tú se la vas a tocar a tu amiguita Marla, y ella te la va a tocar a ti.

    – ¿…Tocársela?…

    – ¡Si niña, sí!, ¿tú no sabes lo que es coger una? …- dijo sin concluir la frase, y sin dejar de hacer blanco con el revólver en le pecho de Frida, estiró la mano desocupada y la metió dentro del vestido de Marla para remover con gusto lo que encontró.

    Con el arma presente se inició el juego de las manos y los gemidos. Aún desconozco cuánto tiempo tardamos en despojarnos de la ropa, para sentir cómo nuestros sexos se tornaban tibios y acariciables. Algo me hizo abandonar el miedo, fue ver cómo el negro soltó el arma en el asiento delantero para abrirse de piernas y reacomodarse de rodillas frente a mí. Cuando quedamos mirándonos frente a frente, recosté la espalda en el asiento e incliné las nalgas para sentirme más cómodo.

    Por un momento pensé que el arma podía ser solo un juguete para asustar.

    Su lengua se entretenía en el lóbulo de una de mis orejas, yo iba mordiéndolo desde los hombros hasta el cuello. Con los ojos cerrados imaginaba que en realidad el negro me amaba. Todo parecía ser un sueño, mi propio sueño hecho realidad. Sin imaginarlo él me dijo con una voz tierna: “métemela” “métemela”

    Y lo hice, para revivir en mí esa necesidad de sentir cómo su piel de hombre negro se fundía a mi piel de hombre blanco. Su sexo rodaba por mi estómago, lo sentía tan caliente como una rebanada de pan recién sacada del horno. Con mis labios acaricié el pelo que se enroscaba bajo sus axilas. Realizaba movimientos bruscos con las caderas y me detenía a intervalos porque le dolía y se quejaba. Él utilizaba sus dos manos con un poco de esfuerzo y buscaba la ranura de mis nalgas que sobresalían del asiento. Hubo un minuto en que mi frente reposó sobre su pecho. Mientras él me besaba el pelo sudado pidiéndome más, mucho más, yo alcé la cabeza para detener mi mirada en sus ojos adormecidos y entreabrí los labios para besarlo.

    Y justo cuando llevé mi boca a la suya, vi un rayo luminoso que llegó mucho antes que el sonido del disparo y los cristales rotos.

    No hubo dolor, pero los labios fueron cerrándose como conchas de mar. Dejamos de emitir sonidos. El negro palideció sin decir una palabra, deslizó sus dedos por mi mejilla dejando caer suavemente su mano por mi hombro, miré a su pecho ensangrentado, palpé bajo mi pezón e intente cubrirme con las manos el huequito de la herida, allí dejé una mientras con la otra acaricié la cabeza rapada del negro dejándole sobre la frente un fino rastro de sangre. Muy a lo lejos escuché el grito de Marla. “¡Le diste a los dos!” “¡Los mataste, coño!” “¡Le diste a los!…” El negro cerró los ojos, no sin antes presionar su mano junto a la mía y dejó colgando la cabeza en mi pecho, como si hubiese sido cortada por una guillotina. Sentía cómo las gotas de su sangre y la mía corría por mis nalgas, creí verlo derretirse sobre mi cuerpo, cuando intenté echarlo a un lado comprendí que era incapaz de mover un dedo, entonces una nube oscura se enterró en mis ojos, y allí estaba, a punto de alzar el vuelo, el ganso blanco.

  • Oráculo

    Como una piedra, rodando. Rodando pendiente abajo. Así me sentía. Y para evitar el despeñamiento o hacer más suave la caída intenté aferrarme a las viejas canciones de Serrat, al greatest hits de Bob Dylan, al primer álbum de Tracy Chapman, y a Sabina, a Charly García, Fito Páez, Santiago Feliú, a Lenny Kravitz y a Silvio. Escuchaba un track, al azar escogía otro, luego otro y cambiaba de disco. Había apostado por la música para sobrellevar la noche, sin embargo terminé preparando mi cama. No me sentía agotado, solo que a falta de un verdadero plan simplemente quería acostarme. Para dormir. Profundamente. Necesitaba que aquella húmeda noche de diciembre transcurriera y llegara el amanecer, porque las fotos y la carta de Manu —las fotos y la carta que Manu le dio a Patricia para que me las hiciera llegar— me tomaron por sorpresa en la mañana mientras ponía en orden mi buró.

    Tras mis intentos fallidos con los discos que había elegido, mi peor decisión para irme a la cama y amanecer fue apagar la luz, apretar el play de mi reproductor y poner en marcha una grabación casera —yo había hecho una nueva copia de un casete que mi amigo Ariel y yo grabamos en mi apartamento a finales de los noventa. A la par que tomábamos media botella de un duro ron casero, Ariel tocaba la guitarra y cantaba sus canciones. Me gustaban las letras, había de todo en ellas, en especial ira y amor en grandes dosis. Me sentaba bien aquel casete que nunca quise prestarle a nadie por temor a perderlo o a que dañaran la cinta. Pero hice una excepción y mi temor se hizo real ocho años después cuando vi enredarse la cinta en el reproductor de uno de mis amigos. Pude salvarla. Nuevamente tenía su voz y la guitarra en dos caras de un casete de sesenta minutos. En la cinta no solo quedaron registradas sus canciones, algunos comentarios y el chasquido de los vasos cargados de ron, para mi sorpresa, casi al final de la segunda cara del casete y luego de varios minutos de silencio —tal vez diez minutos—, escuché un raro sonido: el de la cerradura y el picaporte, el ruido de la puerta de mi apartamento al abrirse y la voz de Manu que eufórica dice: “Te tengo una sorpresa, compré entradas para…”

    Justo ahí se trunca la grabación.

    Escuchaba aquel casete con bastante frecuencia pero siempre apretaba el stop cuando acababa la última canción.

    Encendí la luz.

    Escuché la voz de Manu un par de veces más.

    Coincidencias. La grabación original debió haberse acabado antes. Coincidencias. La cinta del casete donde estaba haciendo la copia siguió rodando y los cabezales de audio del equipo registraron los ruidos del ambiente. Coincidencias. Una llave se introduce en la cerradura, la puerta se abre y Manu entra a mi apartamento. Estaba muy excitado. Lo recuerdo. Quería darme una sorpresa. Manu había conseguido entradas para un concierto en el Teatro Nacional. Vanito, uno de los integrantes de la banda Habana Abierta, haría un concierto en la sala Avellaneda. Teníamos dos papeletas para sentarnos en la platea. Sábado, 8:30 p.m., cómo olvidar aquella noche. ¿Coincidencias? ¿Lo sucedido aquel día en que hacía la copia del casete con las canciones de Ariel era en verdad una coincidencia? Figuras, así lo llamaba Cortázar a falta de un nombre mejor.

    Miré el reloj.

    10:13 p.m.

    Estaba a tiempo. Podía intentarlo.

    Decidí entonces cambiarme de ropas, tomar el paraguas y salir.

    Bajo una fina llovizna fui a la avenida Independencia. Allí esperaría uno de los ómnibus de la conexión Boyeros-Habana Vieja, necesitaba llegar a las ruinas del muelle abandonado.

    Al subir al ómnibus agradecí que para muchos no fuera una buena decisión salir a la calle en una húmeda noche de diciembre. El autobús estaba casi vacío, viajábamos el chofer, un conductor y no más de quince pasajeros. El viaje desde mi barrio a la parte vieja de La Habana es largo y podría hacer todo el trayecto sentado.

    Desde mi asiento junto a la ventanilla veía transcurrir la ciudad. Toda una ciudad guareciéndose del mal tiempo a sabiendas de que la lluvia era el anuncio de bajas temperaturas. El cielo estaba cargado y bajo, a ras de las azoteas, llovía desde el atardecer del día anterior —caían duros aguaceros, luego escampaba, una densa calma parecía deslizarse entonces sobre el asfalto, y la tranquilidad era perturbada por la llovizna, que se iba tornando más fuerte hasta arreciar.

    Al bajar del ómnibus escampó.

    No tenía sentido ganarle tiempo a la lluvia. Volvería a llover. Decidí aprovechar aquella calma y fui rumbo al boulevard de Obispo. Debía simplemente caminar. Intentaba esquivar los charcos que se sucedían sobre los adoquines, veía mi cuerpo reflejado en las vidrieras, esquivaba también a quienes hacían el camino en dirección contraria ensimismados o temiendo ser sorprendidos por un aguacero. Caminar. Simplemente caminar. La música abandonaba el interior de los cafés a ambos lados del boulevard mezclada con los vapores de la grasa donde freían carnes, pescados, papas. Caminar. Simplemente caminar. En la intersección con la calle Mercaderes torcería a la derecha rumbo a la avenida del puerto.

    Cuando apenas me faltaban seis cuadras para llegar al embarcadero comenzó a lloviznar y abrí el paraguas.

    Estaba cerca del embarcadero en ruinas, quizá a cien metros, pero las luces de la avenida descubrían solo las vigas de acero torcidas a la entrada y necesitaba ver todo el muelle. Miré la hora. Faltaba cerca de veinte minutos para la medianoche. Según mi reloj no tenía sentido apurarme —tenía poco más de veinte minutos a mi favor—, sin embargo el único ruido que escuchaba era el de los pocos autos que circulaban por la avenida del puerto. Temía haberme equivocado en la elección del lugar y el cálculo del tiempo. Cerré el paraguas. Corrí. Necesitaba llegar al embarcadero.

    Una vez frente al muelle intenté recuperar el aliento. Me sentía fatigado, mi paso no disminuyó a lo largo de toda la carrera, porque en el embarcadero abandonado, sobre los últimos pilotes, encontraría La Sucia Caja de Cristal.

    Pero el muelle estaba vacío.

    No había rastros de La Caja en los alrededores, tampoco tenía a quién preguntarle. Miré al cielo, seguía cargado y bajo. ¿Debía aprovechar la escampada y hacer el camino de regreso? ¿O esperar? Debía tomar una decisión y además tener en cuenta que podía sorprenderme un aguacero y también el asma. Necesitaba recuperar el aliento. Me apoyé entonces en una de las vigas y volví a mirar al cielo. Traté entonces de serenarme. Respirar suavemente. Inhalar. Expirar. Hacerlo despacio. Inhalar y exhalar aquel aire de mar que arrastraba hacia la parte vieja de la ciudad el salitre y el olor del carburante derramado en el agua.

    Caminé hasta el final del muelle y me paré de cara a la bahía: uno de los transbordadores hacía la ruta Casablanca-Habana. Miré el reloj. Faltaba poco menos de diez minutos para las doce. Me volví hacia la avenida: dos automóviles circulaban por las carrileras que conducen hacia El Vedado, un ómnibus del servicio de la madrugada viajaba en sentido contrario y una pareja caminaba a lo largo de la acera que se extiende junto al litoral. Cuando intenté imaginar qué planes podían tener aquellas personas escuché un ruido.

    Lo conocía.

    Emergía desde una de las calles que desemboca en la avenida del puerto.

    El sonido se hizo más grave cuando La Caja dejó la avenida para adentrarse en el muelle abandonado. Avanzaba lentamente. Empercudida. Burda. Mal cortada, como si fuera la obra de un cristalero borracho. Trituraba los escombros que se interponían en su camino o los empujaba al mar. Las grandes piezas de cristal rozaban algunas vigas añadiendo un agudo chirrido al ruido de su paso. Nada la detenía. Avanzaba hacia mí. Rezumando agua. A pesar de la lluvia los lamparones de barro cubrían buena parte de las paredes de La Caja. Debía salirme de su ruta.

    La enorme caja de cristal dejó de moverse justo donde yo estuve parado. Quedó con una mitad apoyada en los últimos pilotes del embarcadero y la otra suspendida sobre agua. En equilibrio.

    Miré al cielo. El aire arrastraba las nubes de tormenta, los relámpagos acuchillaban los nubarrones. Debía tocar una de las paredes de La Caja, hacer un claro en el barro. Debía hacerlo. Había hecho un viaje desde mi apartamento hacia la parte vieja de la ciudad sin otro rumbo que aquel embarcadero en ruinas, bajo la lluvia, para encontrarme con La Sucia Caja de Cristal. Y la tenía delante de mí. Sin embargo no me atrevía a extender el brazo, a pegar mi mano contra el cristal, a remover una parte del manchón de barro.

    Pero lo hice.

    Mis dedos dejaron cinco trazos. Leves. Sabía que no bastaba. Entonces pegué mi mano. Contra el cristal. La moví, despacio. Y saqué un pañuelo y volví a moverla en círculos. Tras hacer un gran claro hice la pregunta.

    En La Caja, bajo los hilos de agua que continuaban escurriéndose sobre las grandes piezas, vi a Manu.

    Vestía de negro.

    Los dread locks a la altura de los hombros.

    Los ojos entornados.

    Un gorrión en el pecho.

    La imagen que revelaba La Caja era similar a la foto que Patricia tenía enmarcada sobre el televisor en la sala de su casa. Orlando L tomó aquella foto en mi apartamento. Y la copia que yo conservaba —junto a las ocho fotos y la carta que Manu me envió en un sobre con su amiga Patricia— me tomó por sorpresa en la mañana mientras ponía en orden mi buró.

    ¿Coincidencias?

    La copia de una vieja grabación casera, una foto tomada por Orlando L, Manu, un sobre traspapelado en mi buró, el concierto de Vanito, La Sucia Caja de Cristal.

    ¿Coincidencias?

    Tal vez era una figura.

    Pegué el índice en el claro que hice luego de frotar sobre uno de los lamparones de barro, y Manu —o la imagen de Manu mostrada por La Sucia Caja de Cristal— abrió los ojos. Un leve tono café, grandes. Húmedos. Vi dos esquirlas rodar en sus mejillas. Puse entonces mi mano abierta en la pared de La Caja y Manu extendió su brazo. Creí sentir una oleada tibia. Leve. Era el leve calor de su mano en la mía. Suavemente puse mi otra mano. Miré a Manu. Sonreía. Decidí hacer un claro más grande y volví a pegar mis manos contra la pared de cristal. Yo quería que la imagen de Manu se acercara todavía más, que pegara sus manos contra las mías, que también hiciera lo mismo con todo su cuerpo para sentir la oleada tibia sobre el mío aunque la pared de cristal se alzara entre los dos.

    Cerraría los ojos, intentaría imaginar que tomaba a Manu por los brazos. Quería abrazarlo.

    Tras cerrar mis ojos sentí que sus manos tocaban mis manos.

    Tras cerrar mis ojos sentí una tibia y leve presión en los brazos.

    Tras cerrar mis ojos Manu apretó fuerte y tiró de mis brazos.

    Sentí todo el calor de su cuerpo. Mientras me abrazaba, Manu pegó su rostro contra mi pecho. Respiré hondo. En el torrente se mezclaba el olor de su cabello, un leve aroma de agua de lavanda, el salitre y el vaho del carburante derramado en la bahía. En medio del abrazo sus labios buscaban los míos. Un largo beso. Muy largo. Profundo. Y mi sexo, duro, maniatado por el jeans, hincaba su pelvis.

    Bajo las pesadas nubes de tormenta que se arrastraban a ras de la ciudad, en aquella húmeda madrugada de diciembre y dentro de La Sucia Caja de Cristal nos fuimos desnudando.

    Tenía a Manu frente a mí. Los ojos entornados, los dread locks a la altura de los hombros y un gorrión en el pecho.

    Lo tomé por la cintura, pero lo puse de espaldas a mí. Suavemente lo obligué a encorvarse. Y sus manos se apoyaron en la sucia y húmeda pared de la caja. Besé su espalda, las nalgas. Y mi lengua se fue impregnando del indómito acre de Manu. Mis manos obligaron sus piernas. Las fui separando más. Llegar y beber de cada poro, toda la sal impregnada en la piel, también las esquirlas de mar que caían sobre nuestros cuerpos. Y miré su rostro. Sonreía. El cabello azotando áspero el vacío. Y atravesé el arco que eran sus piernas. Sentí entonces sus manos acariciar mi espalda. Qué hacer con todo su cuerpo si el deseo en mí no es sucesivo. Su carne durísima delante de mí. Las piernas, una barriguita incipiente, el cuello y los labios. Sentir la aspereza del cabello en mi piel. La boca y la lengua, o perderse en la espiral de la oreja. Qué hacer con todo su cuerpo si el deseo en mí no es sucesivo. Tuve su glande, y la barriga. El pecho y el cuello. La oreja y los labios. Un beso. Largo. Los relámpagos acuchillaban las nubes. Otro beso. Largo y profundo. Comenzó a lloviznar cuando lo obligué a inclinarse otra vez. Y mi cuerpo quedó dentro del suyo. Gemidos. Relámpagos. Breves gemidos se repetían dentro de las paredes de cristal. Finas gotas de lluvia caían sobre nosotros. La brisa. Penetraba en La Caja. Giraba dentro de La Caja. Nos envolvía. Una espiral que arrastraba consigo el vaho del carburante, salitre y aroma de lavanda. Las piernas y las nalgas de Manu amortiguando la embestida. Sus manos contra el frío y sucio cristal de la caja. Mis manos ciñendo la imposible fuga de Manuel. Gotas de lluvia y sudor y barro sobre la piel y en la lengua. La carne abierta, tibia. Mi sexo, duro, dentro de la carne tibia y abierta y húmeda. Relámpagos. Sus uñas, hincando, gemidos. La llovizna. Gemidos. Mi carne, la suya, tibia, adentro, gotas de lluvia. Adentro. Tibias y gruesas gotas.

    Adentro.

    Doblarme de a poco sobre Manuel.

    Quedarse allí, sobre una espalda tibia. Húmeda.

    Manu sonrió. Luego besó mis labios.

    La llovizna se volvió pertinaz y abrí el paraguas. Extendí mi mano, la pegué contra el cristal, pero esta vez Manu no movió las suyas. Tenía los ojos entornados.

    Decidí hacer otro claro en los lamparones de barro. Escogería otra de las paredes. Necesitaba sentir a Manu. Quería sentir otra vez sus manos en las mías. Saqué mi pañuelo. Limpié. Puse mi mano contra La Caja.

    Pero comenzó a vibrar.

    Sobre las paredes se precipitaron varios hilos de agua.

    Manu no abrió los ojos.

    Se escuchó un chirrido. La Caja se movía. Empercudida, enorme, mal cortada. Debía hacerme a un lado. Se alejaría entre las vigas de acero y sobre la estela de escombros triturados que dejó en su entrada al muelle. Cuidando mantener la distancia caminé junto a La Caja. Miraba a su interior. La imagen de Manu, que no había cambiado la postura, se volvía difusa bajo los lamparones de barro. Me agaché, tomé una piedra tan grande como una pelota de béisbol, pero no tenía sentido lanzarla contra la caja. En aquella húmeda medianoche de diciembre, desde la entrada del muelle abandonado vi perderse La Sucia Caja de Cristal en una de las calles que entronca con la avenida del puerto.

    Caminé hasta el borde final del muelle —cerré el paraguas, había cesado la llovizna—. Un remolcador llevaba mar afuera un buque mercante. Navegaban lentamente en medio de la bahía. Los vi avanzar, alejarse, también vi cómo el remolcador terminó la maniobra de arrastre y esperé su regreso.

    Abandoné el embarcadero cuando el mercante desapareció en la bruma.

    Tomaría por el boulevard de Obispo. Intentaría esquivar los charcos que se sucedían sobre los adoquines mientras veía mi rostro reflejado en las vidrieras. No tenía sentido ganarle tiempo a la lluvia. El cielo seguiría cargado, bajo, a ras de la ciudad. Llovería. Debía simplemente caminar. Caminaría para llegar a la parada del autobús de la conexión Habana Vieja-Boyeros. Si el ómnibus demoraba podía pagar un taxi.

    Bajé a la avenida.

    Hice el camino de regreso a mi apartamento con una libélula incrustada en el pecho.

  • XXXVI Premio de Poesía “Jaime Gil de Biedma”

    La Diputación Provincial de Segovia convoca el XXXVI Premio Internacional de Poesía en Lengua Castellana “Jaime Gil de Biedma”, que se presenta en dos categorías. Esta convocatoria es competitiva y se enmarca dentro de las subvenciones reguladas por la ley y el Plan Estratégico de la Diputación.

    1ª Categoría: Premio Jaime Gil de Biedma, abierto a todos los participantes.

    2ª Categoría: Premio para jóvenes poetas, reservado a autores nacidos después del 31 de marzo de 1996.

    La dotación total del premio es de 17.000 euros, distribuidos de la siguiente manera:

    • Premio Jaime Gil de Biedma: 12.000 euros.
    • Premio para jóvenes poetas: 5.000 euros.

    El plazo de admisión de trabajos se abrirá el 1 de enero de 2026 y se cerrará el 31 de marzo de 2026. Los participantes deberán presentar un poemario inédito, con un mínimo de 500 versos o 3.500 palabras, sin firma ni indicación de autoría.

    La presentación puede hacerse de forma presencial o electrónica, cumpliendo con los requisitos establecidos en las bases completas del concurso. Para más información, visita la sede electrónica de la Diputación de Segovia.

    Los premiados tendrán la oportunidad de ver sus obras publicadas, conservando la propiedad intelectual de sus creaciones.