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Author: sqsricardo

  • Fallen Angels

    And the winner is… Ignacio Rodríguez for Fallen Angels.

    Well… I want to say thanks to my mother, my family in general and Little Jane for her support in this film. Thanks a lot, I love you.

    A Ignacio siempre le gustó comer de la que pica el pollo. Seguramente pensó hasta el final que lo había traicionado. Cuando llegué ante la puerta de su cuarto escuché aplausos. Eran su único vicio, los aplausos. Los grababa en los teatros, en los actos revolucionarios, en los encuentros deportivos… y después tenía la facultad de creerse que eran suyos cuando los escuchaba absorto en una grabadora Sony, de ésas de cinta que se usaban para las clases de inglés y que él se había robado con su amigo el Tommy una noche del año setenta y ocho. Por supuesto, estaba tan pasada de moda y tan maltrecha que sus bocinas transformaban aquellos aplausos en aguacero tropical, en fogata crepitante, en cascada… pero él escuchaba el aplauso celestial que le tributaba el mundo de las artes y agradecía por un viejo micrófono Toa, en inglés por supuesto, a la imaginaria concurrencia. Así lo había sorprendido varias veces a través de la puerta entreabierta de su cuarto. En esos momentos su cara parecía iluminada por una expresión de plenitud tan intensa que cualquier persona que no lo conociera se habría horrorizado. Cuando yo venía subiendo las escaleras escuché mi nombre o más bien el nombre artístico con el cual me había bautizado, la petite.

    Juana Ortiz no se vería bien, según él decía, en los créditos, menos aún en los de la gran película que salvaría al cine cubano del olvido y lo que era más importante, del ridículo. A veces no decía petite sino Little Jane, como aquel día. Debo decir que en eso de las tuercas sueltas yo no me quedo muy atrás. El problema es que siempre he deseado ser actriz de cine y viviendo como vivo eso no puede ocurrírsele más que a una loca de atar. Mi ex marido, que también es ex director de teatro experimental, sí, experimental, me decía que yo poseía más dotes histéricas que histriónicas y quizás hasta tenga razón el muy degenerado. Sin embargo yo seguía tratando de ser una actriz de respeto así como Rosita Fornés o Deysi Granados, de esas que cuando su nombre se pone en el cartel de un teatro, aunque sea con acuarela, todo el mundo acude en masa, a lo mejor por ver si salen en cueros, pero qué más da con tal de que vengan. Yo se lo había dicho a Ignacio, a mí con tal de ser famosa me podían ver hasta el esófago, que eso abre muchas puertas, y las mías habían estado cerradas tanto tiempo que no sabía si era capaz de dar un paso en un escenario, o de lograr que alguien se interesara en mis pechos, más bien pechitos. De todos modos había tenido la suerte de encontrarme con Ignacio. Él sería un enajenado como diría mi ex, que en todo se metía, pero además de ese problemita con lo de los aplausos su única y verdadera pasión era el cine. Día a día se decía a sí mismo que sería el primer cubano en ganarse el oscar. Ya había repetido y ensayado la escena de la entrega de premios tantas veces que por momentos uno tenía la ilusión pasajera de que realmente habría una oportunidad para él en aquel paraíso reservado para los que salen con las pupilas enrojecidas por los flashes en las revistas del corazón.

    Tenía las paredes tapizadas hasta el techo de fotos de artistas de cine, incluidos los de Mosfilm, y cuando se deprimía le daba por refugiarse en esa escena fabricada de la premiación. Yo venía a buscarlo para que me acompañara al aeropuerto a despedir a Francis, y cuando escuché tras la puerta el sonido catarroso del micrófono Toa me dije Solavaya, éste está más vola’o que una olla de presión. No era cosa de juegos. Ya se había robado, para los menesteres de su hipotético viaje a Los Angeles, un traje de etiqueta durante la filmación de una película en la que trabajaba de extra. Sí, de extra, aunque eso no le molestaba en lo absoluto. Otra de sus facultades era encontrar una justificación para todo, y lo de ser el peldaño más bajo de la infinita escalera hacia el Olimpo cinematográfico era considerado por él como una tradición natural, un obstáculo necesario en la ruta hacia el Hollywood soñado, idealizado, reclamado hasta en las nochebuenas junto a los arbolitos de Navidad improvisados por su tía con cascarones de huevo coloreados y bolitas de papel metálico, de ese que cubre los litros de leche… Yo pensaba por momentos que sus aspiraciones alcanzaban la dimensión de un delirio, como el de esa tía fabricando un arbolito de Navidad con una ramita de pino seco que al final sólo el entusiasmo hacía ver como un abeto. Y sin embargo esa misma euforia enloquecida me llevaba a creer que todo sería posible, que él ganara el oscar, que yo fuera estrella de cine, que su tía sustituyera con el algodón de dos íntimas sacrificadas la nieve falsa que se compra por centavos en los mercados del mundo… Tal vez el entusiasmo de la locura me había atrapado. Como diría mi ex, eso se contagia tan fácil como un catarro, o tal vez sea yo también una enajenada.

    Escuché en las escaleras el sonido de las plataformas cada vez más fuerte a medida que subía. Me imaginé la escena filmada por Néstor Almendros. La mano apoyada en el pasamanos que una vez fuera de mármol se desliza suavemente, alrededor todo está en penumbras. La mano asciende, cortada del cuerpo que se adivina tenso; los pies sin embargo se apoyan seguros, haciendo restallar un eco de madera contra las paredes, dejándose escuchar más y más cerca en la garganta decrépita del edificio. Por un momento pensé que la petite podía condensarse en un sonido estridente como el de esas plataformas de jirafa que le había enviado de Europa su cherí del alma, como ella le decía con su voz de matrona trasnochada que siempre era una sorpresa para quienes no la conocían. Eso era ella, el sonido de la calle irrumpiendo, la voz de la noche repleta de estrellas y borrachos y perros sarnosos que se derramaba sobre el piso de mosaicos gastados. Mirándolo imaginaba el ir y venir de tantos inquilinos que me habían precedido en aquel cuarto de mala muerte. Ese taconeo a lo Jane Harlow me sacó de mi concentración en el preciso instante en que el público, de pie, aplaudía mi pequeño speech de agradecimiento.

    Justamente la estaba mencionando a ella por su apoyo incondicional cuando dejó aparecer su perfil bergmaniano. Debí imaginar en aquel preciso instante que su expresión de hermetismo ocultaba la peor de las elucubraciones. Después se sonrió dejando ver sus dientes separados y aquel celaje de duda desapareció de mi cabeza. Aunque mi excentricidad la hacía reír yo sé que en el fondo me comprendía por tener ella también la suya, que era de padre y señor mío.

    Cuando la petite desembarcaba en una calle nadie quedaba ajeno al espectáculo. Muchos se preguntaban si era una cabaretera despistada o si habían adelantado los carnavales al ver semejantes indumentarias a la luz del día. Ella de la lentejuela no bajaba, y caminaba como si todo el tiempo su existencia fuera un clip de MTV. Era de esos personajes pintorescos del neorrealismo italiano que por una razón inexplicable crecen en La Habana como la mala yerba dejando boquiabiertos a los turistas. Ella se sabía Julietta Massina y juntos habíamos decidido que si el primer milagro se produjo en Milán, el segundo ocurriría aquí cuando estrenáramos nuestra película. A pesar de que fuera inculta y un tanto vulgar yo la apreciaba. Basta conocer un capítulo de su vida para llenarse de admiración por su persona. Aunque más lástima me daba su ex. Más que lástima es compasión lo que me inspiraba… ¿Cómo pudo casarse con la petite? Y peor aún, pretender hacer con ella teatro de vanguardia… Solo a un loco escapado de Mazorra le pasa una idea semejante por la mollera. Bueno, a Mazorra lo llevó su experimentación teatral. A la petite por su parte hubo que ingresarla y todo después de haber sido sometida, por él, a sesiones de electrochoc para indagar en la naturaleza esencial de la tortura… Era una época convulsa y sus influencias estéticas oscilaban entre la cultura occidental de los Hippies y la lucha antiimperialista con sus correspondientes ponchos, quilapayunes, quenas y charangos. Esa mezcla de política y vanguardia teatral fue un coctel demasiado fuerte para ellos… los tiró por la lona.

    Como siempre llegó con la lengua afuera, cosa comprensible dadas las dimensiones de sus zapatos y los siete pisos que había que devorar para llegar a mi embajada, término empleado por la presidenta del Comité de vecinos para referirse a la vocación antisocial de mi existencia, y antes de saludarme sacó de su cartera una inmensa bobina metálica que dejó caer pesadamente. Su cherí se había acordado de nuestra penuria y nos obsequiaba el material para filmar. Yo me quedé en silencio, mirando largamente la reluciente caja de metal y nos vi desde fuera en un plano general, detrás de la ventana, un plano convencional que demuestra claramente la poca importancia del suceso para los demás, y aproveché para que se me escapara una lágrima de agradecimiento que en un plano general, y estando yo de espaldas a la cámara, no se veía. La petite no le dio mucha importancia a mis lagrimones; como siempre traía una de esas urgencias imponderables que la hacían más teatral que una pionera declamando una poesía de Bonifacio Byrne. Con gestos a lo Raquel Revuelta en Lucía cuando pide la gardenia me exigió que la acompañara al aeropuerto para despedir a su cherí, el de las plataformas, que regresaba a Europa. Normalmente me pongo histérico cuando se me interrumpe la escena del oscar pero después de semejante obsequio tenía el deber moral de acompañar a la petite y a nuestro benefactor. Me puse el traje de las ocasiones serias e importantes y abandoné de su brazo mi embajada. Su extranjero nos esperaba frente al edificio, rodeado de negritos que le pedían chicle en cualquier idioma. Yo lo divisé desde la ventana en un plano nouvelle vague.

    Luego descendimos tanteando la oscuridad. Descender por las escaleras es el lado flojo de una película. Parece no tener importancia para nadie salvo para Joan Crawford cuando, paralítica, trata de escapar de la endemoniada Bette Davis. Por lo demás las escaleras sirven para subir o caerse en las comedias silentes, o en los melodramas de Mirta Legrand… Nuestro descenso por la escalera fue tenebroso. Podía sentirse la presencia gélida de Macuca la del comité detrás de su puerta como un animal en acecho, con el aparatico del asma apretado en la mano, en completa osmosis con el herrumbre centenario del cerrojo, que nos contemplaba en subjetiva de Alien… Luz azulada, susurros en el corredor, doly in, doly in, doly in hacia nuestros rostros asustados en la oscuridad de los escalones, ajenos al peligro, al Alien Macuca que se nos encima. Doly in, Doly in, Doly in… un segundo más en el descanso y seremos presa de la lengua viscosa del monstruo asmático, ya llega la calle, el francés, el Panataxi…

    Dice un pájaro amigo mío que el aeropuerto es una máquina del tiempo, desde allí uno se va para el futuro y por allí mismo regresa al pasado. Visto así tiene razón. Ésa era la impresión que me daba el aeropuerto cuando iba a despedir a Francis. Del otro lado, en el salón de espera, ya se sabía que uno estaba en otro país, que era decir otra época. Desde allí se escapaba un olor perfumado a extranjero como el que brotaba de la maleta de Francis cada vez que él la abría y por eso me había hecho la idea de que París olía como la ropa que se apretujaba en aquella maleta de cuero sintético, y entonces el regreso a mi Habana Vieja era dos veces más triste porque no sólo la veía más vieja y despintada sino también más apestosa. Por eso había buscado a Ignacio. Así, mientras él me contaba sus ideas descabelladas sobre cómo iba a ser nuestra película, yo no veía nada a mi alrededor, ni las calles más llenas de huecos que un gruyere, ni los balcones colgando amenazantes sobre las aceras, ni las colas infinitas, ni el sol reverberando contra el asfalto ya blando de tanto calor.

    A Ignacio se le había ocurrido una escena de terror en una escalera que incluía entre otros personajes a la presidenta del Comité de Defensa, a la mensajera de la bodega, a unas pioneras sin dientes, a un policía que ejercía como chulo de una jinetera, a un travesti, a un viejo rescabucheador, a un mercader de cuadros, a Jesucristo, los santos africanos… y a todo esto lo quería llamar secuencia de actualidades. En la escena una pareja intentaba escapar de un edificio en ruinas con una sospechosa maleta mientras una representación simbólica del pueblo se oponía por la fuerza. A todo esto yo respondí diciéndole que había olvidado a los campesinos, él objetó que esta clase ya había desaparecido aniquilada por la urbanización forzosa de los campos y que además el policía resumía con su presencia lo más rural de la población y que esto estaba sociológicamente probado… Entre este delirio cinemato-demográfico y los besos etílicos y pegajosos con los que Francis me tatuaba el cuello, no hallé otra solución que sacar la cabeza del Panataxi para respirar una larga bocanada de aire habanero, bien repleto de petróleo en suspensión y polvo… y esencias albañales diversas. Por un instante presentí que no había sido una buena idea traer a Ignacio, pero el cherí estaba encantadísimo con la idea de la película.

    De todas maneras era él quien había comprado los rollos y más que nadie tenía el derecho de saber qué cosa se iba a filmar sobre ellos. Claro que borracho como estaba no podía comprender lo que Ignacio se proponía con la escena. De saberlo nos lanzaba a los dos desde el Panataxi en movimiento. Él era francés y comunista; a mí me parecía que allá eso era un lujo y no una obligación, y venía a Cuba para ayudar a un amigo en dificultades. Por supuesto, ese amigo no era yo, ni Ignacio. En su idea el amigo resumía a todo el pueblo trabajador incluidos los niños y ancianos, como si el Titanic estuviese hundiéndose y él debiera repartir los botes salvavidas que nadie ha reclamado. Ignacio me ha contagiado además de su locura esa manía de comparar todas las situaciones cotidianas con escenas de películas clásicas y a veces tengo la impresión de no ser yo la que habla, o que soy la muñeca de un ventrílocuo tarado. En eso nuestra relación se asemeja un poco a la que tuve con mi ex… Yo por mi parte me encargué de que el amigo cambiara de sexo y disminuyera de tamaño en su cabeza y ahora el comunista francés venía todos los años a ver a su amiga, a su amiguita, a su petite princesse, una servidora. Ignacio continuaba hablando de aquella película surrealista y el cherí se interesó tanto en la historia que primero se me desprendió del cuello y luego se incorporó en el asiento, se frotó los ojos enrojecidos por la borrachera y no me hizo el menor caso hasta que llegamos al aeropuerto.

    Eran la Lola y el profesor del Ángel azul. Parecía que él tenía los ojos aguados por el alcohol pero lloraba realmente y la sola idea de abandonar a su petite lo hacía temblar de tristeza. El ron incluso no le gustaba, se había emborrachado para soportar la escena. La petite era toda Dietrich con sus brazos apoyados en jarras sobre las caderas y mirando entretenida hacia todas partes, ajena a las lágrimas del cherí como a las mías delante de la caja metálica. El francés se separó de nosotros para embarcar sus maletas y al hacerlo la petite me agarró por el brazo y con un sincero tono de desesperación me dijo: Tengo que llorar, coño, tengo que llorar. Tuve una revelación. Si ella me había traído no era únicamente para que la entretuviese. Yo estaba allí en calidad de director cinematográfico y era por tanto el encargado del éxito de aquella escena de despedida que no aparece en El ángel azul. Es verdad que Francis había estado a la altura de la tradición melodramática francesa pero Juanita, ni metiéndose los dedos en los ojos, lograría igualarlo. Le dije: Vamos un momento al baño. Había una vieja lavándose la cara… No me importó. Agarré a la petite por el moño y le di una entrada de galletas que la dejé ceniza. Al principio no entendió y quiso correr pero la volví a agarrar por los pelos y resbaló; al hacerlo se viró el tobillo, perdió los aretes y se rasgo el vestido, todo en un solo movimiento. Pero no llegó al piso, la levanté en peso antes de que se acabara de regar como los yaquis y la sacudí cual plumero. Eso me pareció cuando vi su pelo rubio oxigenado agitándose en el espacio azulejeado del baño, y a la vez me recordó una película underground que había ido a ver bajo la lluvia en el vídeo que le había prestado al Tommy, un esnobista de turno, o tal vez me pareció que una escena así podría incluirla en la película Una escena de violencia sin antecedentes lógicos es siempre un puñetazo expresivo. De todas formas el público, como el pueblo, se encarga de dar sentido a la insensatez del creador… La volví a sacudir con violencia para ver el efecto que produciría en slow-motion. Quedé satisfecho con el resultado. Aunque no todo es de buen gusto con ese efecto. La petite sin embargo abrió los ojos desmesuradamente creyéndome loco de remate, con una buena música su expresión sería perfecta, y comenzó a llorar como Meryl Streep en Sophie’s choice, sí, ésa es la escena; hasta que comprendió y me dijo gracias. La vieja, al lado, se había quedado boquiabierta. Esa expresión era la que debería tener el público la noche del estreno. Recogí los aretes y se los di. Ella repitió gracias y salió cojeando, enternecida en llanto, a despedir a su francés, a su cherí del alma como ella le decía. Un fade lento hubiera sido perfecto.

    Él vio al cherí dándome unos dólares para que regresáramos en taxi a La Habana Vieja y parece que se lo creyó, pero cuando el Francis se perdió camino de su avión y estuvimos solos le dije: Olvida el taxi, que esto es camello que tú conoces. Él respondió que ni muerto se subía en ese invento de bugarrones, que sería capaz de regresar a pie. Claro que tenía razón. Nada más a un aprovechador podía ocurrírsele fabricar un ómnibus en el que caben cuatrocientas personas amontonadas como las bestias. En provincia en lugar de camello lo llaman vacabús… Y bien, en el vacabús regresamos, como vacas, apestando a todo cuanto se puede apestar y poniéndonos al día en lo que a groserías se refiere. Miren que la gente es puerca. Y volviendo a él, ¿qué pensaba?, ¿que iba a pagarle el viaje en Panataxi hasta Regla? Que la virgen me ampare pues hasta hoy nada le debo, pero con lo que me cuesta sacarle un dólar al cherí no estoy en condiciones de mantener a directores de cine; y mucho menos a Ignacio que pasa su vida diciendo que yo malgasto mi existencia por las calles detrás de los turistas. A él le es muy fácil juzgar a los demás teniendo su renta que cae como bendición celeste from Haialeah. Bueno, para qué me quejo si incluso a su familia la critica, que si tienen mal gusto, que si se pasan el tiempo esperando que el de la barba se caiga, que no piensan en otra cosa que en comer… Nunca olvidaré el escándalo que le dio a su madre por teléfono, seguramente por una frase nostálgica de más. Me gustaría verlo en mi situación. Él iba a saber lo que es comer candela. Yo sé que piensa que soy una burda jinetera, lo que no se atreve a decírmelo, y entonces lo disfraza llamándome criatura pintoresca, neorrealista, Julietta Massina y otras comidas de bola por el estilo. En el fondo no se atreve a decirme lo que piensa cara a cara porque sabe que no soy ninguna putica de ésas que se venden por un par de jabones, no. Conmigo la cosa es más complicada de lo que parece. Si juntara a todos los novios y maridos que han pasado por mi barbacoa, la lista sería aún más estrambótica que la que él ha inventado para la escena de la escalera. Yo no sé lo que busco, pero sí lo que no busco. Ése es el problema, un tanto chesperiano como diría Ignacio. De los sementales de producción nacional sólo he recibido bofetones, traiciones, amenazas, obligaciones, abortos y los electrochocs de mi querido experimental; y eso no lo tienen en su currículum ni las masoquistas danesas, que me han dicho que son de lo más sofisticado que hay en la porno de hoy día. Sí, de nuestros machos únicamente la carne me ha dejado un buen sabor, aunque difícil de recordar gracias a su condimento de violencia. Y así, sin pretenderlo, he probado otras sazones que me han sido menos agresivas, por decirlo culinariamente. Cuando comencé en eso de los extranjeros era casi la única y entonces me llamaban excéntrica, claro, no existían los problemitas economicomentales que aquejan a las chicas de hoy día, así que de excéntrica llegué a jinetera sin culpa ni juicio. Sí, porque de los europeos del este pasamos sin transición lógica a los del oeste, como en el teatro experimental, nada de justificar o de explicar; actuar, actuar, sobrevivir, regatear, violentarlo todo, destruirlo todo. Mi ex debe de estar contento. Ay, Ignacio, si tú supieras cuántas veces te vi pasar y no quise que me vieras… y en las cosas que me he visto metida, hasta el cuello, sin una mano que se tendiera para sacarme de esos pozos que se me abrían ante los pies sin que tuviera tiempo de averiguar la causa. Manos había en cambio para hundirme bien hondo, bien profundo. Antes yo creía que era por lo de ser jipi, después le eché la culpa al teatro experimental, luego a mi excentricidad a lo Madonna, al hecho de reír en exceso, y por último a mis extranjeras compañías, pero viendo que a mi alrededor ya todas las manos se habían cambiado los guantes de cortar caña por otros de seda y que aquí se preparaba un gran banquete al que no me habían invitado, llegué a la conclusión de que todos esos abismos en los que mi conciencia cayó eran el fruto de la mediocridad circundante.

    Las manos que aniquilan son como aquellas que hurgaron la llaga del Cristo moribundo. Mi ausencia de cultura me lleva a pensar cubanamente que a todo eso habría que llamarlo placer de joder, porque eso es, una gran jodedera monumental que se prolonga en el tiempo y en el espacio variando cual ópera interminable y en la que cada quien busca la forma de joder sin ser jodido. Si existiera una cuarta dimensión, ésa sería la nuestra, la jodedera, y si se fuese menos hipócrita, la tendríamos como primer renglón exportable. La jodedera, llámesele hijeputada o puñalá trapera, puede incluso respirarse por las calles y llego a pensar que debe de ser ella la causante de la fetidez del aire. Ignacio no se parece sin embargo a los otros cubanos que he conocido. Él tiene un aspecto de asceta integrista que no todos los jipis buscadores del nirvana lograron. Nunca he podido sorprenderlo borracho, o con una novia, o novio, que también eso le pega a algunos que se hacen pasar por ascetas o meditadores. Tampoco he despertado en él ninguna reacción carnal. Parece ser que lo del cine le ha dado alergia a los seres humanos. Me doy cuenta de que de mí le gusta la imagen virtual sobre una pantalla de cine. Con su cámara de video él se realiza filmando las distintas expresiones de mi cara, manipulándome a su antojo como lo haría un sádico con una prostituta. Abre los ojos, mira a la derecha, muérdete los labios, suéltate el pelo… Por momentos tengo la impresión de que podría eyacular con una visión de La Falconetti martirizada o algo así bien dramático, en blanco y negro y silente. Ignacio detesta el ruido, salvo el de los aplausos que graba para la entrega de premios. Nuestra película será silente, en blanco y negro y bien dramática. Ésta es la naturaleza misma del cine, sombras y luces danzando sobre la pantalla inmensa, decía viéndose ya con el oscar apretado en la mano.

    No sé quién podría soportar una película cubana sin sonido, sin colores y más aún sin chistes. Yo me negué a ser flagelada en blanco y negro sin siquiera la posibilidad de gritar. Y de mis gritos yo estoy orgullosa. Son impresionantes y me han salvado en más de una ocasión. Yo he gritado desde un balcón del cual un novio deportista que tuve me quería tirar, yo he estado amarrada a mi cama y rociada con petróleo por otro amante que no podía soportar que yo lo compartiera con un músico de la orquesta sinfónica y mis gritos de película americana han despertado a los vecinos, yo he gritado para que la mujer de otro amante no me raje la cara con un pico de botella en una parada de ómnibus, he gritado para pedir auxilio mientras me ahogaba en la playa de Santa María, he pedido EL ÚLTIMO a voz en cuello en cualquier cola y siempre me lo han dado, he gritado en las reuniones para discutir un televisor que se va a adjudicar, para elegir al trabajador vanguardia, para que se fuera la escoria mientras pensaba que era yo más escoria que ellos por gritarles y quedarme con las ganas de irme. Me desgañité para que Fidel viviera, y la revolución. Me he quedado ronca vociferando contra los aviones espías, contra las plagas, los ciclones… No digo yo si tengo derecho a que mis gritos se inmortalicen en una película si son ellos quienes me han sacado de lo profundo de los hoyos; los gritos de una jodedora más, que jode antes de que la jodan. Sin embargo Ignacio decía que ya habíamos hablado y gritado por gusto durante demasiados años y que lo que hablaría a la gente sería el silencio de las imágenes, eso, el silencio. Seguro lo dice porque no tiene dinero para grabar el sonido… Aunque debo reconocer que es el único hombre que sin ser maricón no me ha querido meter mano. Bueno, en el baño del aeropuerto casi me revienta a golpes, todavía cuando me acuerdo me duele la cara. Pero resultó, porque Francis partió felicísimo después de ver las cataratas que brotaban de mis ojos. Tuve una visita gratis al Niágara. Después me quedé pensando si en la película Ignacio iba a poner una escena semejante pues en ese caso tendría que ir a darle los galletazos a su madre allá en Miami Beach, que lo que es a mí, ni muerta.

    Lo más gracioso fue verla correr por todo San Lázaro, con aquellas plataformas, disfrazada de Madonna en su Show de Erótica, dando traspiés en los baches mal alumbrados y perseguida por Donna Summer, Whitney Houston, Sarita Montiel, Celia Cruz, Maggie Carlés y otros tantos pájaros y travestis de Centro Habana en embravecida jauría. Fue una versión sin editar de Julieta de los espíritus. Yo en el fondo me alegré de un acto de repudio semejante. Esas cosas le pasan por fresca. Eso sí, hay que reconocer que lo que ella hizo no lo logró ni Carmen Maura en La ley del deseo, ni Almodóvar con todo y lo pájara que es lo pudo imaginar. Ahora quizás lo crea, después de haber pasado por La Habana, pero imaginarlo… todavía no puede.

    La petite tenía du vécu como diría su cherí y había logrado engañar a todos haciéndose pasar por un pájaro y hacía un número de travestismo en una azotea cerca de Infanta. Hasta un premio se había ganado en un festival nacional de transformismo gracias al cual nos fuimos una semana gratis al hotel Hanabanilla. Ya incluso algunos travestis le tenían envidia por ser tan mujer. Lograr engañarlos a ellos, que son la trampa en facones, eso es duro en La Habana y más duro en Centro Habana, región de todas las delincuencias tradicionales y de las que están aún en experimentación, y ella así tan chiquitica lo logró. Y lo seguiría logrando si no se lo hubiera dicho a su ex para dárselas de actriz. Él la delató en pleno show como la peor de las cederistas, y las locas presentes no pudieron soportarlo y, cual pueblo combatiente rumbo a la plaza, partieron sobre ella. Ni Ana Fidelia la hubiera alcanzado en aquel sprint calle abajo en dirección al hospital Ameijeiras. No sé qué necesidad imperiosa de afocar la hacía capaz de tales hazañas.

    Como consecuencia de aquel pasaje ignominioso por los bajos fondos hubo unos cuantos travestis rondando mi edificio para averiguar el paradero de Supremo Delirio, nombre de guerra de la petite para actuar en aquellos antros. Si me salvé de sus amenazas de desfiguración de rostro fue gracias a Macuca, que las amenazaba a su vez con mandarlas para la zafra y cortarles las uñas y el pelo. Esos argumentos las mantenían a raya, pero de la acera de enfrente lanzaban las peores injurias. Para la petite reservaban los insultos superlativos. La trataron de peor maricón de la Habana, de pájaro con cartera; la catalogaron como la tortillera más fuerte que habían visto en su vida lo cual, dada la situación, no se sabía si era un insulto o un cumplido. A mí me trataron de mariconsaurio intelectual y otras tantas metáforas tan barrocas como los portales repletos de columnas que los albergaban de Macuca y en los que Carpentier no imaginó semejantes escenas. En eso anduvieron hasta que se cansaron, o a lo mejor se las llevaron de verdad para la caña. Mi silencio fue ejemplar aunque nada heroico. Ni yo mismo sabía el paradero de la petite. Su ex la estuvo buscando y pasó también por el cuarto. Me dijo que el verla así, de travesti, lo había excitado y quería volver con ella. Me pareció normal. Él era una caricatura de la Flower generation, y con la petite sin dudas había querido tener una relación a lo John y Yoko. Llevaba incluso pantalones pata de elefante y estaba barbudo que daba asco. En el hospital psiquiátrico le habían dado pase.

    De golpe me dije, ¿y si todo esto no es más que un teatro suyo? A fin de cuentas en esta ciudad hay más gente haciéndose la loca que enfermos reales. Y éste es un experimental puro y duro, de los que tienen a Artaud como modelo, y Artaud estaba más loco que una cafetera Impud, así que la locura es para él un estado creativo, o sea que él está clarito clarito y seguramente busca a la petite para actuar en su vida, que nunca ha sido lo mismo que actuar en la pantalla.

    Conclusión: en mi mente, la película continúa.

  • La guagua

    Calle Monte, llegando a Belascoaín. Sudo en el calor de una 15 que se detiene en el semáforo. Ventanillas cerradas porque afuera llovizna. Sudo por los demás y ellos por mí. Quizás un solo cuerpo provoca esta asfixia, quizás si hubiera un cuerpo menos dentro de este rectángulo enlatado el aire alcanzaría para refrescarnos a todos. Esa cuota de aire que consume el anónimo pasajero n.º X, sería suficiente para no respirar el sudor ajeno, el dióxido carbónico de otros.

    «Pero acaso yo sea el que sobra», pienso, y me trago el deseo de culpar a alguien que a su vez piensa que pudiera ser él y se traga el deseo de culparme a mí. Estoy casi en la puerta, detrás de una muchacha que me roza, un blando nalgatorio que amenaza mi estabilidad sobre el pie izquierdo; me balanceo cuerdaflójicamente, evitando rozarla y que me rocen, porque no puedo voltearme a ver qué tengo atrás, una rodilla, un codo, un portafolio. Comprimido y ahogándome. Hundido aquí el Grenoille de Süskind se hubiera asfixiado. Y de pronto un tufillo de comida de ayer, un tufillo sin dueño y silencioso, el colmo, la apoteosis. Hay rabillos de ojo sospechando de todos. Forcejeo enconado por el aire. Vuelvo a culpar a alguien que a su vez culpa a otro que a su vez me culpa. Una nariz golpea a otra. Surgen los primeros codazos, los empujones exprofesos. Ya no es el balanceo de la guagua sino el empuja-empuja.

    El chofer tiene un ventilador pequeño. El chofer tiene su ventanilla abierta. El chofer no mira para atrás ni siente peste. El chofer ve mucha gente en Monte y Aguila y no para; abre las puertas más allá pero el tufillo es el único que se apea; los demás aprovechan para «cargarse» de aire pero no descienden. El chofer cierra la puerta y va a arrancar de nuevo, pero oye un silbido. (Claro, como el chofer no está asfixiándose puede oír un silbido; incluso puede identificar al que ha silbado con la lengua doblada entre los dientes, con la mano gritando «espérame, mi socio, dame un chance».) El chofer, frente al ventilador de aspas pequeñas, abre la puerta delantera y el silbador se monta. Como está sofocado espira fuerte y el aire cálido choca en nuestras narices. El chofer, con la ventana abierta (la lluvia sabe que ése es el chofer, por ahí no entra), dice que si no cierra la puerta ahí nos quedamos.

    Vuelven a empujar y rozo… bueno, rozo no: aprieto, comprimo, siento, las nalgas de la muchacha que tengo delante. (¿O será la muchacha quien aprieta, comprime, siente, el cuerpo del hombre que tiene detrás?) Es una cadena de empujones. Como el famoso juego de bolos: tocas a uno y todos se desploman. Desde la última puerta alguien grita «no empujen, no empujen», y el silbador responde desde la primera, «pero suban, ¿no?».

    Recuerdo que nos comprimimos. Recuerdo que nos​apretamos​unos​sobre​otros y que el chofer, al fin, cerró la puerta. No había espacio para sacar pañuelos, para agitar periódicos, para estirar los labios y soplamos mutuamente. Afuera había escampado, ¿pero en qué espacio levantar una mano, llevarla hasta la ventanilla de cristal y abrirla? No había espacio más que para mirarse. Las narices al hincharse chocaban y, lógicamente, al chocar se golpeaban, se mordían, «¡este átomo es mío, es mío, es mío!», y aspiraba cada uno con idéntica fuerza, de modo que el átomo de oxígeno se quedaba en el medio. Ya los «sentados» tenían otros sentados en las piernas, y el neutral vacío inter-asientos, ese huequillo entre las rodillas de unos y el espaldar de otros, ya había sido ocupado. Las mujeres ni pensaban en aprovechamientos o rescabucheos pese al contacto directo y forzoso con los hombres, que tenían, como ellas, todas sus partes insensibilizadas. En esta inmovilidad absoluta —seguramente mortal para un claustrófobo— sentí fatiga, escalofríos, ganas de caerme, pero me mantenían en pie los otros cuerpos. El aire estaba en proceso de extinción. Los cuellos, flácidos, comenzaron ladeándose y luego cayeron las cabezas unas sobre otras, como una gran multitud de borrachos.

    Desfallecidos e inmóviles todos supimos a la vez que aquello era una trampa. Todos supimos —instinto de conservación, gravitación del miedo, telepatía del espanto— que en la próxima parada el chofer intentaría abrir las puertas en vano: no habría espacio para que éstas se abrieran. En una guagua llena la clave es el empuje: cuando la puerta presiona hacia dentro para abrirse, el más próximo a ella empuja al inmediato, se activa la cadena empujadora y, al final, queda un mínimo espacio para la puerta abierta. Pero en una guagua saturada la presión de la puerta se anula, el pasajero inmediato está anulado y los demás también. Recuerdo que el chofer, frente al ventilador pequeño, ni se dio cuenta. Todos comprobamos que aquello era una trampa. Enmudecidos de terror y asfixia vimos llegar otras paradas. Las puertas gemían intentando abrirse, las puertas lloraban de impotencia. Al chofer le extrañó que nadie las golpeara, que nadie gritara «¡Abre atrás, abre atrás!», y que no lo ofendieran. Al llegar a la última parada intentó, inútilmente, abrirlas. Sólo entonces miró a su alrededor. Parecíamos maniquíes con la boca abierta. Junto a él vio a dos hombres, frente a frente, sobreviviendo cada uno del aliento del otro. El chofer sintió que le faltaba el aire. Enloquecido rompió la ventanilla y salló a tierra. Corrió pidiendo auxilio. Vino gente, demasiada gente. La policía, los bomberos. No sabían qué hacer. Sólo veían una guagua atiborrada de gente, caras aplastadas contra los cristales, ojos abiertísimos, bocas abiertísimas. Empezaron a tironear las puertas intentando arrancarlas. Inútil. Era espantoso el cuadro. Correteo de patrullas y ambulancias. Los bomberos trajeron cizallas de mano y varios oxicortes. «¡Hay que cortar la guagua, hay que cortarla!» Balones de oxígeno y de acetileno; mangueras y relojes contadores; llamas azules cercenando el metal. Discutían: «Hay que tener cuidado de no quemarlos; hay que cortar por esta franja». Hubo un previo cordón policial, un «para atrás, para atrás todo el mundo», coro de comentarios, miedo. Seguía llegando gente, crecía el murmullo, la expectación, hasta que el último bombero dio el último corte. La guagua se abrió en dos, se partió al medio, la reacción físico-lógica hubiera sido que ambas partes de la guagua cayeran contra el suelo y que el personal rodara hacia el vacío. Pero no. La guagua quedó rota, con una cicatriz oscura, pero sobre sus ruedas.

    Se movilizaron todos. Policías, bomberos, civiles. Unos por el frente y otros por detrás. Cada grupo comenzó a halar la guagua. Cada parte de ella rodaría, se separaría de la otra y nosotros caeríamos en el medio. Pero ocurrió algo insólito. La guagua se abría, cada parte de ella rodaba, se separaba de la otra, pero la masa de personas seguía compacta. La guagua había moldeado al grupo que ahora era un rectángulo de caras, espaldas, perfiles; un cuadro tridimensional de ojos y bocas terriblemente abiertos. Parecía la tétrica obra de un artista, tallada en mármol o hielo.

    Algunos, los de la periferia, se veían casi íntegros. Otros eran sólo un brazo o una oreja o el zapato derecho, como yo. Desde arriba era una vista única de cabellos, calvicies, hombros inacabados y sombras. Desde abajo era un óleo impresionista de zapatos. Cada lado merecía la firma de Velázquez, de Rembrandt, de Picasso: qué rostros, qué contrastes de luz, qué figuras geométricas.

    Desalojaron al público como frente a un incendio. Nos tiraron una enorme pollera por encima y nos llevaron, primero, al parqueo del edificio del MITRANS, y luego aquí, Museo Nacional de Bellas Artes, donde el público pasa de martes a domingo, de 2 de la tarde a 9 de la noche, y algunos —casi siempre extranjeros— preguntan quién es el autor de tan magnífica obra, o se marchan pensando que es un tal Mitrán, de apellido italiano porque confunden el autor con el donante.

  • No hay regreso para Johnny

    Aquí estar yo, ¿qué querer ustedes?, nos ha desafiado el gigante. Huevi y yo nos miramos sorprendidos, asustados, escépticos. No es el mismo. Se asemeja pero no es el mismo. A mucho estirar le llega al pecho mi depilada testa, y Huevi, algo más corpulento que yo, es un fleco de borlas comparado con el descomunal rubio de las huestes norteñas. Antes nos pareció un hombre de talla mediana, de fuerza mediana, de cólera mediana, y ahora ha evolucionado a pivot de la NBA, con la caja torácica dilatada, queriendo zafar los botones de la camisa, señalándonos con un dedo grueso como palo de escoba. Se ha convertido en un guerrero de la edad media, con músculos curtidos por innumerables batallas, con parsimonia de veterano gladiador.

    No es el mismo. Doscientas libras y pico distribuidas mayormente en el tren superior, un temible melón con patas que antes parecía derrotable por cualquiera de nosotros, y ahora verificamos que ni siquiera cayéndole juntos nos bastamos para arañarlo, que una trompada suya, asestada sobre nuestros pómulos, provocaría hematomas, derrames, consultas con el oculista, burlas, remordimientos.

    Hace un rato —balbucea Huevi—, usted maltrató a un amigo nuestro. ¡Ah!, amigo suyo, ¿no? —ironiza el pivot, sobrevalora sus fuerzas, se arrasca la nuca, contrae intencionalmente el bíceps derecho, saborea el temblor vocal de mi amigo, y agrega: A mí eso importarme una pinga. Nos impresiona que, pese al acento inglés, domine la semiótica del arrabal, la secular jerga asere; que parado ahí, acechando desde el umbral de cemento, apriete las patas delanteras, y adopte postura de imponente gorila. Nos impresiona que no tiemble una sola de sus facciones, que sólo haya abierto las aletas de la nariz y los ojos azules, y que, mostrando desprecio hacia nosotros, simples mortales antillanos, haya puesto boca de pez.

    Con Lila yo pasarla bien, gozar de verdad. Negrita buena, bonita. Mujeres cubanas no ser igual que las nuestras. Las nuestras mezcla con saxons, fríos, tiesos… y acá, cubanas, mezcla con españoles, árabes, africanos. You are different, yes. Lila camina, baila, mover cin-tu-ra, manos: Celia Cruz, yes, Celia Cruz. Ustedes ignoran eso porque están dentro y no darse cuenta. A Cuba, falta money, a lot of money. If I had… eh… Si yo tengo money, hacer tiendas, muchas, and hotels en playas, muchos, and… ustedes ver pros-pe-ri-dad. Esto es país lindo, de gente linda and hot, I mean… fuego, yes, caliente. Yo algún día veo gran cosa aquí. Nosotros, I mean, mis amigos, creo en lo futuro ser buen país esto. Cada vez yo vengo a Cuba, traigo ropas para ustedes, para niños, porque allá sobrar. Personas echan en basura algo que ustedes pueden usar. Allá preguntan a mí ¿servir esto a cubanos, Johnny? Yes, yes, yo decir, everything, todo servir. Siempre sueño venir a esta isla. Mi abuelo estar en La Habana en mil-ocho-cientos-noventa-ocho, con ejército nuestro, and… siempre hablarme de acá. Como yo ser niño, imagine, yes… imagino jugar con soldaditos, carritos, que yo vengo a combatir contra españoles. Yo tengo risa hoy, antes no, era una ob-se-sión. Después yo crezco, estudio historia de ustedes, saber de Maceo, the battles… eh… los mujeres que él tiene, los hijos… Ése ser el más grande de Cuba. Tiene valor, y ser hombre fuerte, muy fuerte.

    ¡Ay, mamá, claro que es igual que con un cubano! Existen detalles. Por ejemplo, él siempre habla en inglés pero a veces lo hace en español, sobre todo ciertas palabras… Tú sabes, las que a una se le escapan cuando está volá. Sí, vieja, ¿no me digas que tú no las decías con papi? Bueno, esas mismas, las grita, con acento, claro, pero con una fuerza que llega a gustarme más que si las dijera un cubano. Tampoco imagines que todo es color de rosas. A veces se manda una peste en los sobacos, de dios me libre con dios me ampare. Al principio ni muerta se lo confesaba, pero ahora, sin pena ninguna le digo: Juega agua, papi. Y él, pobrecito, se va derecho al baño sin decir ni pío. ¿Y tú crees que se le quita? ¡Qué va! Siempre le queda un tufito, muy leve, pero más molesto que el de un baño público. Sin embargo los europeos son peores. ¿Qué si sí? Jean Pierre se mandaba un grajo. Menos mal que nuestra relación duró sólo dos semanas. Gato al agua, aquel francés. Entraba al baño, se afeitaba, se echaba desodorante, perfume, y ya se creía limpio. Para mí que no tenía olfato. Cuando estaba con él, sí, en la pisadera, vieja, me entraban unos mareos y unas ganas de vomitar. También se le ocurrían cada cosas. Si veía, vamos a suponer, a un hombre pidiendo para San Lázaro, se acercaba a él y se ponía a conversar como si estuviera hablando con el historiador de la ciudad. ¿Sería comemierda, anormal, o qué? Johnny no. Tú lo has visto. Es parecido a nosotros en el sentido del humor y en la forma de comportarse. Lo mismo hace un cuento de Pepito, que baila casino, como el día de la fiestesita, ¿te acuerdas? Aunque, de verdad, verdad, una no llega a sentir la misma conexión que con un cubano. Con mis primeros novios yo conversaba muchísimo, sobre cualquier bobería: de las fajazones en el barrio, de la shopping, de la telenovela brasileña… Pero a partir de que me empaté con el primer yuma, empecé a aburrirme porque hablan mierdas cantidad. Encontrarme con Johnny ha sido, en parte, una suerte. Él no es lindo. Una, guiada por las películas que ve, piensa que el yuma del ligue tiene que parecerse a los protagonistas, y olvida que en el mundo, ya sea en Cuba o en el yanki, hay tonga de calvos, dentusos, orejones. Tú dices que Johnny se parece al hombre lobo, es tu opinión. Nunca has tenido buen gusto. El único defecto que le veo son las piernas. El otro día estaba en cueros, peinándose frente a la luna de la cómoda, de espaldas a mí, y pude vacilarlo sin que lo notara. Tiene músculos por toda la espalda, así, hasta las nalgas, que son peluitas, y duras como las de un bailarín. Hasta ahí estaba perfecto. Ahora, me puse a mirarle los muslos, y son flacos, y las rodillas dos pelotones gordos, y las canillitas parecen que van a partirse. Sí, sí, lo vacilé cuanto me dio la gana. Hasta que se viró y me sorprendió mirándolo y me preguntó: ¿Qué, yo estoy bien? Respondí sin fijarme en sus piernas, mirando siempre al pecho, al abdomen: Riquísimo, papi, riquísimo.

    La pegada que carga en ambas manos está garantizada. Con la víctima reciente ha hecho de las suyas, tal vez por eso su mano izquierda parezca el guante de un cirujano lleno de aire, o más bien, la ubre de una vaca Holstein. Porque flageló a sus anchas el semblante del anterior oponente, porque, insensible al dolor, sació totalmente su furia, la dejó salir de su cuerpo como un fluido más, como si el río sanguíneo: hirviente, tempestivo, drenara en forma de puños contra el quejoso borracho. Hasta que llegaron los vecinos y lo rodearon y el yuma se dio a la fuga porque algo grave iba a ocurrir. Después, asistido por los espectadores, el apaleado se incorporó, subió a su camión y terminamos el viaje. En medio de un animado grupo que vino a recibirlo, descendió finalmente el colchón en casa de la prometida de Huevi. Antes de perderse de nuestra vista, antes de acelerar el vehículo, el camionero nos había conmovido cuando molesto por nuestra pasividad nos acusó de cobardes, llamándonos pencos, ratones, pendejos; nos acusó de apóstatas, de pronorteamericanos, llamándonos guatacas, hueleculos. Salimos, entonces, a la captura del fugitivo norteño. Fue difícil encontrar su madriguera. Primero regresamos al lugar de los hechos pero nadie supo de él. Los vecinos, suponiendo estrechos nexos entre el camionero y nosotros, nos encuestaron con sincera preocupación. Va mejorando, los tranquilizó Huevi. Rastreamos Habana Vieja y Centro Habana, indagando, enfrentando miradas desconfiadas, respuestas inútiles, evasivas. Casi nos damos por derrotados antes de investigar en Diez de Octubre, y bueno, hallamos este tallercito cercano a la esquina de Toyo donde divisamos el Chevrolet azul del cincuenta y siete con su puerta abollada, y supimos que habíamos encontrado al yuma. Estamos agotados por el viaje. Desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde, cabalgando en una bicicleta china, pedaleando urgidos de venganza, turnándonos el pedaleo y la parrilla, porque Huevi ya no es el de antes, que no se cansaba, ahora, después que una horda de parásitos tapizó su intestino, está más débil y teme constantemente que la poderosa válvula anal ceda ante el empuje de la osmótica diarrea. La idea no ha sido feliz, me enrolé equivocado en este barco, porque yo iba hacia un territorio menos conflictivo, a ver a mi abuelita, cuando Huevi, lobo feroz, me interceptó, rogó que lo ayudara, que el colchón lo disfrutarían él y su novia después de la boda, que yo sería testigo, que me bebería una cuantas cervezas gratis. Con tales argumentos no pude negarme. La misión era trasladarlo a casa de sus suegros y para ello había que hallar el transporte adecuado. En la Virgen del Camino, por la cuadra delgada que ladea el restaurante Terry, emergió aquel camión verde churrioso, parqueado solito, como esperándonos. Yo no soy casado, la casada es mi mujer, pude leer en el extremo superior del parabrisas. El chofer dormía, roncaba, se babeaba. Nos asomamos a la ventana: Eh, mi tío —aparto el pompón del retrovisor, lo toco por el hombro—, ¿alquila? El camionero de mala gana, como si mascara una croqueta cruda, nos informa que si no aflojamos cincuenta pesos no va el negocio. Hoy me siento sin ganas de coger el timón, añade cruzándose de brazos, si no quieren pagar se van pa’l carajo. Nos miró con ojos henchidos de cerveza, torció la boca y escupió por la ventanilla, haciendo volar un plomizo gargajo por encima de nuestras cabezas, humedeciéndonos el rostro con el rocío de la alcohólica saliva. Sin embargo, pese a nuestra estrechez económica y al desagrado sensorial que nos brindaba el conjunto chofer-cabina de camión, aceptamos la tarifa. Está bien, se resignó Huevi, y me preguntó si podía prestarle veinte para completar, contesté que sí, que por gusto no iba a ser testigo de su boda. Decidimos subir el vetusto colchón matrimonial. Para sostenerlo con mayor firmeza introduje la mano por uno de los agujeros, agarré una pareja de muelles, y tiré hacia arriba. Huevi y el camionero empujaban desde abajo. Primero subió una mitad. Saqué la mano del hueco, y, sin poder evitar romper la tela, lo halé por una de las esquinas y la mitad restante cayó sobre la cama del camión. Montamos los tres en la cabina, y en la primera curva, apenas por un azaroso corte del volante, el beodo evitó atropellar una lenta y escuálida motocicleta Karpaty. Ya desde entonces comenzó a preocuparnos la ebriedad del camionero. Mientras recuerdo esto, Huevi, sin mediar palabras, respondiendo al desafío del yanki, ha echado mano a un tubo galvanizado de media pulgada que le queda cercano, y yo, por mi parte, me apodero de una llave española treinta y seis.

    Johnny no va a aprender español nunca, Lilita. Si continúa reuniéndose con tu primo Tato y con los del solar, va a terminar hablando como ellos. Ayer le escuché decir las primeras groserías, y hoy, en cuanto bajó del carro, soltó otra. Le dio una patada a una goma porque se había ponchado y dijo: ¡Pinga!, sin importarle un comino que lo escucharan los que andaban por ahí. Al parecer lo hace para congraciarse porque los que estaban en la acera se echaron a reír y al final él también se rió. Como quiera que sea cae simpático y desde que trajo los regalos se ha echado al solar en un bolsillo. Ese gesto no lo hace cualquiera, fíjate que no se olvidó de nadie: a Tato le trajo las cuchillas de afeitar, a Nelsa un par de blúmeres, hasta Felipe el bobo enganchó una gorra… Igual que la forma que tiene de relacionarse con los vecinos. Mira si no mide en ponerse a hablar con la gente que el otro día, el martes, cuando se quedó aquí contigo, me levanté por la mañanita para lavar y tender la sobrecama, y lo sorprendo conversando con Meña. Me dio una risa. Tú sabes que Meña está medio loca. Ella quejándose como siempre, de que si falta la leche, de que si el apagón, y él —para que tú veas lo que son las cosas— empezó a hablarle de lo mismito que habla Fidel, de que si los hospitales son gratis, de que si las operaciones allá cuestan miles de dólares y aquí hasta uno de nosotros puede hacerse una. Hasta de Martí habló. Meña quedó calladita sin saber qué decir primero pero ya como vencida contestó: Bueno, tú puedes explicarme y requetexplicarme, yo sólo sé que hay mucha hambre… y con la misma, se metió en su casa, y allá adentro siguió hablando sola. Johnny es un vacilón. Pero si Tato insiste en enseñarle esas chusmerías, el día menos pensado nos va a hacer pasar un bochorno. Anteayer oí que tu primo le decía que para invitar a un trago a una muchacha tenía que preguntar: ¿Quieres templar, mi cielo? Y que en vez de decir: Tengo ganas de dormir, dijera: Me apena dejarlos solos, señores, pero me estoy… No te voy a repetir la grosería pero es grande. ¿Tú imaginas eso, Lilita? No te rías. Suerte que tú siempre andas con él y lo salvas de pronunciar esas cochinadas. ¡Ojalá no se le ocurra soltarlas delante de alguien importante!

    Este Chevrolet, así, costar mucho dinero allá, lo que yo pedir. Con piezas originales y no tiene nunca choque, vale mucho. Cuando yo abro y veo motor brillante, it looks wonderful, then yo querer alquilarlo porque siento bien manejar auto viejo, porque yo estoy en otro tiempo, ir para atrás, yo pongo música: Nat King Colé, Frank Sinatra, even Elvis Presley… and then, eh… sueño, amigo, sueño. Así gusta a mí la vida. Hoteles, piscinas, restaurants son shit, mierda. Mejor entre ustedes, tomo ron, como chicharrones, juego dominó, y Lila conmigo siempre para dar besitos. Ustedes no saben que ser felices. Mi país no es humano, sino máquina, no amar, sino piensa en dinero. Ustedes ser so-cia-bles. Allá no. Gente decir: calor entrar en el alma igual que frío. It’s bull shit. No es cierto. Calor no es sol, no aire, no mar, no playa, no ron. ¿Entienden? It’s culture, yes, cul-tura, rumba, idioma, mezcla pieles, religiones, ¡yes!, mezcla como sustancias, y reaccionar y surgir calor. No sé decir en español. ¿Exo-termis-mo? ¿No? También calor viene de ustedes, de risa, de cuentos.

    No creo que lo haga. El yuma debe esperar a que seamos nosotros quienes ataquemos aunque yo, por mi parte, aguarde a que sea Huevi quien tome la iniciativa. El mecánico ha encendido la antorcha, el acetileno brota inflamado, complejo de ángel le ha entrado a este mulato que cuida su negocio como el hortelano a las flores, que mantiene distancia de advertencia. Antes nos ha amenazado, si había problemas no los iba a tolerar, y arrimó la llama a mi rostro, quemándome casi. Sé lo que se traen pero si arman bronca voy a intervenir, concluyó. Huevi había prometido que no. Sólo quería que el tipo se disculpara. Lo mismo me había prometido antes, hace unas horas, cuando el borracho lo insultó y él lo conminó a bajar del camión. No te fajes Huevi —le aconsejé—, recoge el colchón y lo llevamos caminando, ya estamos cerca, asere. Mi amigo se disponía a entender cuando el camionero abandonó en son de guerra su asiento y vino hacia nosotros. Ora manoteaba a la altura de la barbilla de Huevi y hacía como si se limpiara las manos con violencia, ora escupía en el piso, ora gritaba improperios con apasionada y vulgar prosa: te despingo y te piso la cabeza, so yegua. Huevi al fin lo golpeó. Recto al mentón y cayó de rodillas el ofendido timonel. El hombre volvió a pararse y Huevi combinó mejor: izquierda, derecha recta, swing de izquierda para rematar, y le partió ligeramente la nariz, y el hombre cayó sentado. Luego intervine. Aplaqué los ánimos. El borracho ofendió con saña demoledora a Huevi: hijueputasingaoporculo te voy a picar las nalgas maricóndelcoñoetumadre, y no sé cómo logré que volviéramos a subir los tres al vehículo, y continuáramos viaje entre los recovecos de La Habana Vieja. El borracho siguió soltando malas palabras, decía que nosotros lo habíamos metido en una pendejera de calles que nadie entendía, que la comemierduría se pegaba, que por ende, nosotros éramos unos traga mojones. Huevi tragaba en seco, contenía el enfado, y yo, temiendo que por segunda vez el camionero se negara a llevarnos, guiñaba un ojo pacificador a Huevi, y le sonreía. No como ahora, claro. Ahora le sonrío para que desista del combate desigual. El rubio se ha puesto en guardia, pero no como un púgil principiante, sino con la seguridad y elegancia que exhibiría Rocky Marciano en sus mejores tiempos. Extiende su mano zurda hacia delante, lista para, cual serpentino látigo, fustigar en jab nuestros entrecejos. El poderoso puño diestro permanece al acecho, como resorte comprimido, a la altura del mentón. De modo que el yuma parece esculpido en bronce, un coloso invencible, y nuestras armas podrían poco contra él. Sí, mejor sería batirse en retirada ahora mismo y decir: Nos equivocamos, mister, adiós.

    Mira, hija, no es para ponerse brava. Verdad que Johnny ha sido muy bueno con nosotras, con Tato, con la familia en general, y también con los del barrio. Pero hay que entender a la gente. Cuando tú saliste de la casa, lo peor había pasado, no viste nada. Aquel hombre ni se defendía. Verdad que estaba borracho como una cuba pero ¿quién hoy no se emborracha? Tu primo Tato lo hace diariamente ¿y por eso merece una paliza? Sabes que no. Tu novio es muy impulsivo, mi hija. Salió como una fiera a comerse al pobre hombre. Comprendo la obsesión que tiene con ese carro, que desde que lo vio le cayó al dueño con la picuita y hasta que no se lo alquilaron no estuvo tranquilo. Siempre fregándolo, pasándole el trapo como si fuera de él, y buscando la mejor música para su cacharrito. A mí también me hubiera gustado tener uno así, me recuerda al que tenía tu abuelo, aunque el del viejo era un Ford que vendió antes de morir… Cuando vi que el camión aquel dobló como un cohete la esquina, me horroricé, cerré los ojos, y ya cuando los abrí, había chocado. Jamás pensé que Johnny se fuera a las manos con el camionero, no había razón para tanta agresividad. Lo mejor que puedes hacer, mi hijita, es arreglarte con la gente. Llama a cada uno de los vecinos, discúlpate con ellos. ¿Qué tú querías que hicieran? Si al menos Johnny se hubiera contentado con los portazos, pero no, tuvo que bajar al infeliz, agarrarlo por el pescuezo y caerle a piñazos. Bastante aguantó la gente, Lilita. Si demoras un poco más, no sé qué hubiera ocurrido. ¿Te fijaste cómo renqueaba el pobre hombre cuando fue hasta su camión, o nada más viste lo que te convino? Y todavía dices que se iba a bajar para fajarse con Johnny. No fastidies. Si ese hombre de soplarlo nada más se caía, Lilita; y, además, se notaba que era un alma de dios, cuando chocó lo primero que hizo, de la vergüenza que sentía, fue poner la cabeza sobre el timón y lamentarse como un muchacho. Si Johnny no llega a trabarle la pierna con la puerta estoy seguro de que se hubieran arreglado, porque el camionero no parecía malo. Iba a bajarse para explicar, como es costumbre. El animal de tu novio —sí, porque es un animal— agarró la puerta, y pámpata, pámpata, contra la pierna del infeliz. No, chica, no, la gente fue más que buena. ¿Para qué tenías que insultarlas? Lo mejor que hiciste fue aconsejarle a tu novio que se perdiera, porque después, tú viste, que cuando vieron bien los moretones que tenía el camionero y oyeron los quejidos que daba, unos cuantos querían cogerle el lomo a Johnny. Dos de ellos, los que venían en el camión, creo, regresaron hace un rato por aquí buscándolo. Dios quiera no lo encuentren porque yo le tengo cariño a él y me disgustaría que le pasara algo… Arréglate con la gente, Lilita. Si cantidad de veces le advertí a Johnny que no parqueara ese carro aquí, en esta cuadra, no sólo por los ladrones, sino porque estas calles son muy estrechas, y el accidente no avisa.

    Lo quiero, mami. Sí, no te rías. ¿Piensas que, porque me burlo de él, no lo quiero? Me ha hecho persona. Antes, cuando estaba en el Pre, las blanquitas me miraban por encima del hombro y me acomplejaban. Tú las veías moviendo el pelo, hablando de que si tal champú daba caspa, de que si tenían que ir a la playa a solearse, de que si tal bronceado!… Me acomplejaban. ¿Y en doce grado? Peor. Éramos tres negritas, Nelsa, Katiuska, y yo, y había dos mulatas de pelo bueno que no se juntaban con nosotras. Las tres éramos igualiticas, tímidas a más no poder… En otras aulas no pasaba igual, las negras formaban sus grupos y se la pasaban bonchando a las blanquitas y las berreaban con facilidad… ¡La vida hubiera dado por estar en aquellas otras aulas! Cuando me embullaste a que empezara la Universidad creí que mejoraría. La cultura ayuda mucho, pensé. Pero ¡qué va! Las únicas negras, como digo yo, de pura cepa, éramos una congolesa, que ni recuerdo cómo se llamaba, y yo. Para colmo, aquella muchacha se pegó a mí como una ladilla. Tú has visto esos perritos callejeros que de pronto empiezan a perseguirte y a mover el rabito y se quieren hacer tuyos a la tuerca. Bueno, era igual. Yo quería cortar con ella pero se sentaba a mi lado en las conferencias y después también en las clases prácticas. Te darás cuenta cómo me sentí cuando la gente empezó a llamarnos las congolesas. Mi peor deseo realizado. Encima el solar distrayéndome, sacándome de paso. La propia Nelsa se dedicó al bisne, y me daba envidia que se echara arriba buena ropa y yo con aquel vestido verde, ¿te acuerdas? Y los tenis negros llenos de etiquetas tapando los huecos, ¿qué parecería cuando entraba a la facultad? No, mami, tú no tenías culpa. Nunca te he reprochado nada. La vida es así. Mira ahora la cara que pone la gente cuando me bajo del carro con Johnny. Me miran y hacen lo indecible por saludarme. Hasta Katiuska, el otro día, que yo iba con él a la tienda, se acercó de lo más efusiva, y a sacarle fiesta, hablándole en inglés y todo. Me dio una risa por dentro. ¿Ella no quería ser médico? ¡Ah! Que se joda. Cuando más embullada estaba le corté la conversación y, dándole una envidia espantosa, me fui con mi rubio. Antes por nada del mundo yo hacía algo semejante. Cuando dejé la Universidad, hasta Katiuska me viró la espalda considerando una fracasada. A partir de que conocí a Johnny mi vida cambio. Empecé una relación verdadera. Yo misma empecé a verme distinta, a descubrir mis virtudes, a darme valor… Por eso me preocupa lo que pasó el otro día, y a la vez me jode, porque Johnny, incluso con sus defectos, es más buena gente que nosotros. Él pudiera venir a Cuba sólo a disfrutar su dinero, y no lo hace. Siempre preocupándose por ayudar, por unirse a nosotros. Tú recuerdas la vez que me puse bravísima porque no me dio dinero para comprar el cuartico que Nelsa vendía, y en cambio se gastó una millonada en traer el aparato de oxígeno para el policlínico, bueno, aquella vez lo traté que ni a un perro, y fue cuando supe cuánto me quería ese hombre. Me regaló un relojito de pulsera más lindo, y dos cerditos de peluche con una banderita que decía: Amigos para siempre. Me llegó al corazón aquel día. Por eso después le perdoné que hubiera ido a trabajar al campo con los comuñangas. Tú no lo sabes, pero estaba tan embullado que no faltó nada para que me arrastrara con él. Menos mal que la sangre no llegó al río, y me quedé, y fueron aquellos días en que me enredé con Giacomo y Vittorio. Cuando Johnny regresó después de un mes, tenía tierra por todas partes: en las orejas se podía sembrar un boniatal, y las uñas parecían pezuñas de puerco. Le di un baño con estropajo que lo dejé más oloroso que a un bebito. Menos mal que no se le ocurrió repetir esa locura y se dedicó más a las donaciones.

    Huevi ha demostrado que tiene huevos tan desmesurados como los de Maceo. Yo no, yo, mientras él avanza, he ido retrasándome precavidamente, y será porque mis huevos son de tamaño normal, y porque pienso que, total, la idea fue de Huevi, y que él debe llevarla a cabo. Aun así me aflige que mi amigo avance hacia nuestro adversario solitariamente, y que el mecánico, neutral hasta hace un rato, se apreste a cortarle el paso con la flamígera arma, mientras yo, penquísimo, siento fatiga por una insólita hipotensión, una reacción vagal diría el médico, fatiguita dirían los socios del barrio, pendejitis aguda diría mi papá. Se nublan los personajes, y a la vez me da lástima que el Huevón, como le decíamos en el Pre, sea tan valiente que ni siquiera me obligue a imitarlo. Y me adelanto llave en mano —vikingo blandiendo su maza, mordiéndome la lengua, afeando los rasgos— hacia el temible melón con patas, el aberrado amante del Chevrolet. El yanki me observa, abre los ojos conmovido, como si fuera yo la pequeña copia de Frankenstein, y abre también las manos y las alza en señal de rendición, y dice: Okay, I give up, qué querer ustedes. El mecánico se aparta. Sorpresivamente el gigante empequeñece. Yo, disculparme con ustedes, dice, yo crazy porque amigo de ustedes romper auto, y ese auto no ser mío, yo prometer cuidar

  • Un arte de hacer ruinas

    Para Reina María Rodríguez

    «Cuando necesitas aumentar el tamaño de tu casa y no hay patio donde construir más, ni jardín que ocupar, ni siquiera balcón, cuando necesitas ampliarte y vives con la familia en un apartamento interior, lo único que te queda es elevar los ojos al cielo y descubrir que en tanta altura de techo bien cabría otro piso, una barbacoa. Descubres, en suma, la generosidad vertical de tu espacio, que permite levantar otra casa allá adentro.»

    «Cuando ya has fabricado la barbacoa y vives, si así puede decirse, en cierta comodidad con la familia, si tu suegra y una sobrina de tu mujer vienen de provincias, dispuestas a pasar en tu casa una temporada tan larga como la vida misma, lo único que te queda es hacerle la visita al psiquiatra. Porque odias ya tanto a la madre de tu mujer (por no hablar de la sobrinita) que no puedes sentarte a la mesa con ella. Y también porque, apiñados como viven, te has vuelto incapaz de acostarte con tu esposa y eso te llevará al divorcio, que es lo de menos, por no decir a la locura y el suicidio.»

    «El psiquiatra va a preguntarte entonces si estás dispuesto a obedecer a todo cuanto él te indique, no importa cuán taro parezca. Y tú dices que sí porque quieres curarte, porque ya te consideras enfermo. ¿Tiene manera de conseguir un chivo?, te pregunta. Un chivo vivo, aclara. Sí, respondes. Cómprelo y llévelo a su casa, es lo que te ordena. Y que vuelvas por la consulta en dos semanas.»

    «Criar un chivo en una barbacoa puede ser menos raro que vivir con la suegra. Regresas al apartamento con el animal (dentro de sus casas tus vecinos crían cerdos y patos y gallinas) y lo pones a vivir en familia. Aunque vivir con él se hace imposible enseguida. Para empezar se ha merendado el forro de todos los muebles, un maletín de la suegra y una bata de casa. Caga por todas partes, huele a chivo, y de noche no deja dormir. Tú resistes un día, al segundo le pegas una buena tunda al animal, y al tercero regresas al psiquiatra mucho antes del plazo convenido.»

    «Tiene que estar más loco que los locos que vienen a su consulta. ¿Qué clase de tratamiento es éste?, gritas ante sus ojos. Y resulta que el tratamiento empieza ahora, como declara él. ¿Ahora qué va a mandarme?, le preguntas con lágrimas. Saque ese chivo expiatorio de su casa, dice.»

    «Obedeces de nuevo, revendes el dichoso animal (una transacción tan rápida no te permite ganar nada) y al otro día estás de nuevo en la consulta. Pues dormiste, de madrugada te despertó tu mujer, tuvieron sexo tan bueno como antes, y a la hora del desayuno, la familia completa a la mesa, te has dado cuenta del cariño con el que tu suegra te echaba más café en el café con leche. Comprendiste de pronto que la vida sin chivo puede ser maravillosa.»

    Yo quería encabezar así mi tesis sobre las barbacoas. No lo había inventado ni leído, se trataba de un caso real. Me lo había contado el psiquiatra.

    «¿Sabes qué quiere decir tu apellido?», me preguntó quien todavía no era el tutor de mi tesis, los dos sentados en un banco de la estación de trenes.

    «Constructor», respondí.

    «Le envidié siempre ese apellido a tu abuelo.»

    Él llevaba gafas oscuras para esconder sus ojos de la luz.

    «Vas a ser urbanista en una familia de urbanistas.»

    La voz de los altoparlantes anunció que en unos minutos arribaría el tren que él esperaba.

    «¿Y tu padre no puede servirte?»

    Mi padre trabajaría hasta fines de año en una universidad extranjera.

    «Me imagino que pensaste en mí como hubieras pensado en tu abuelo, de estar vivo.»

    Yo asentí.

    «Pero llevo tanto tiempo retirado de la facultad que deberías buscarte otro tutor.»

    «¿Por qué una tesis sobre las barbacoas?», preguntó.

    El tren hizo entrada ruidosamente.

    «¿Hacia dónde está creciendo esta ciudad?», le dije por encima del estrépito.

    «Hacia adentro, en barbacoas.»

    Él se puso en pie para examinar a los que pasaban.

    «Hacia adentro.»

    Descubrió entre el montón de gente a uno, y se apuró en ayudarlo con el equipaje.

    Debió presentarme como estudiante o como el nieto de su mejor amigo. En cambio, de aquel hombre no me dijo nada.

    «Tengo el carro aquí cerca», le ofreció.

    Salimos de la terminal y los vi subir al viejo automóvil soviético del profesor.

    «Intentémoslo», dijo antes de que el motor impidiera cualquier conversación. «Ve por casa.»

    En la facultad hacía años que lo daban por fallecido y parecían satisfechos ahora de que volviera a su departamento.

    «Explícame de qué se trata», me pidió, dispuesto a entrar en materia.

    Las ventanas de su apartamento permanecían completamente cerradas. La piel y los dorados de algunos lomos de libros brillaban a la luz artificial en pleno día, y la temperatura era la que podría encontrarse dentro de una caverna. De niño yo visitaba a mi tutor en otro apartamento, ese mismo con las ventanas abiertas.

    «Una idea valiosa», consideró.

    Evidentemente gozaba de aquel momento en que todavía éramos libres.

    «Luego vendrá el trabajo», me advirtió. «La falta de alegría, la redacción, el acabamiento, un sistema.»

    Aún en aquel encuentro la corriente podía arrastrarnos hacia cualquier sitio, nadábamos como dos borrachos. Mi tutor recordó todas las ciudades que iba a ser esta ciudad. Hubo un momento en que sentí que, de abrir una ventana, no la encontraríamos allá afuera.

    A solas en el estudio, alcancé a examinar un plano antiguo colgado entre los libros. Representaba la parte más vieja de la ciudad y llevaba una fecha: 1832. Sentí, mientras leía esa fecha, que una sombra cruzaba hacia el fondo de la casa. Y pensé entonces en el hombre bajado del tren.

    «Había cólera ese año», explicó mi tutor al regresar de la cocina, «y en una bodega en la esquina de Cuba y Lamparilla vendían esos planos».

    Aquel plano describía el itinerario del cólera, el avance de la muerte por la ciudad.

    La leche formó una nube en la taza de té. Quise preguntar si estábamos solos en el apartamento, pero no me atreví. Al despedirme reparé en el cuenco de monedas junto a la puerta. Siempre que mi abuelo me traía yo sacaba una. Habían monedas de todas partes del mundo y la que eligiera podría servirme de destino.

    También mi tutor sonrió por los recuerdos.

    «Por última vez», accedió.

    Metí la mano en el cuenco y saqué un botón metálico con un ancla a relieve.

    «De un uniforme de Marina. No vale, saca una moneda.»

    Removí el contenido del cuenco y elegí una áspera.

    «Vamos a ver a dónde te lleva.»

    Al tacto parecía una pieza sin terminar.

    «A mí me ronca arriba», llegué a leer antes de que me fuera arrebatada.

    Al final del pasillo, en una de las habitaciones del apartamento, relampagueó una luz muy grande. Mi tutor escondió la moneda.

    «No es más que un juguete», intentó convencerme. «No sirve de nada.»

    Abrió la puerta del apartamento y se apuró en sacarme.

    La sombra en el apartamento, la moneda y el fogonazo que brilló detrás de una de las puertas: todo era misterioso. Devoré los primeros libros, preparé notas y una semana más tarde, a la hora convenida, toqué el timbre de su casa.

    Al centro de la puerta se abría un ojo mágico y alguien lo usó sin decidirse a abrir.

    Pulsé otra vez el timbre, y quienquiera que fuera se marchó. Iba a bajar las escaleras en el mismo momento en que mi tutor llegó con una bolsa de la que sobresalía un mazo de vegetales marchitos. Pidió disculpas por su tardanza, ya no tenía con él a su criada de siempre.

    Las ventanas se encontraban tan cerradas como en mi visita anterior, tras la puerta del final del pasillo no brillaba luz alguna. Y me asombré de hallar en su lugar de siempre el cuenco.

    «Rincón», me dijo al entregarme un vaso de agua.

    Yo no entendí.

    «La bodega donde vendían planos del cólera… Bodega de Rincón, en Cuba y Lamparilla.»

    Bajamos a buscar su auto y dentro del auto me interesé por la moneda.

    «Nunca te llamó la atención que hubiera de distintas épocas», empezó a decir.

    «De niño la geografía apasiona mucho más que la historia. Otros países importan más que otras épocas… Será que todavía no tenemos que empezar nuestros viajes en el tiempo.»

    «Claro», acoté sin comprender qué relación habría entre esa conversación y la moneda.

    «El cuenco de casa está lleno de dinero de muchas partes y de muchas épocas.»

    «Sí.»

    «Uno no sabe a dónde va a parar. Sales a comprar vegetales una mañana cualquiera…»

    Se interrumpió frente a una señal de calle cerrada por reparaciones.

    «Un momento», me pidió al bajar del auto.

    Habló con alguien de la cuadrilla que trabajaba en la calle, echó una ojeada a un registro subterráneo destapado y regresó al auto.

    «Sales a comprar vegetales en una mañana cualquiera, y descubres que el cólera recorre la ciudad. Saliste a mil ochocientos treinta y dos, sin tiempo para asombrarte. De momento necesitas una moneda, porque sabes que en la bodega de Rincón, en Cuba y Lamparilla, te la cambian por un plano que va a guiarte en ese laberinto.»

    «¿De cuándo es la moneda que saqué?», corté sus divagaciones.

    «Era un juguete, tal como te dije. Para uno de esos juegos donde compras y vendes propiedades.»

    Tuvo que hacer otro desvío por obras en la calle.

    «Ya no eres el niño que tu abuelo traía a casa. El tiempo, como deben haberte enseñado, es un espacio más. Ahora te toca explorarlo.»

    Sentí que lo más importante me había sido escamoteado. Mi tutor detuvo el auto y resultaba increíble el silencio.

    «Quiero que conozcas a alguien», dijo.

    El edificio adonde entramos había sido declarado inhabitable y nadie parecía vivir en él. Era el lugar menos pensado para hacer una visita. Encontramos a dos hombres que retiraban madera de un apuntalamiento y la cargaban hacia los pisos de arriba. Mi tutor llamó a una puerta con candado. En la puerta se abrió una puerta más pequeña y una mano salida a través de ella abrió el candado.

    Pasamos a una sala que podía ser trastienda de algún anticuario. Un sofá cama era la única concesión hecha a una casa. Se ofrecían bancos de parque en lugar de muebles, el espacio estaba subdividido por pedazos de rejas. Las lámparas eran enormes faroles de portales y en las paredes colgaban rótulos de calles. Hallamos a un hombre a quien mi tutor preguntó por su salud.

    «El profesor D», me fue presentado.

    «Ex profesor.»

    Resultaba irreconocible aunque lo había visto durante mis primeros años de carrera. Ahora fumaba sin parar, daba paseos entre sus pertenencias y llamó nuestra atención hacia un vaso de cristal lleno hasta el borde.

    «¿Lo ven?»

    No fue lo menos raro allí hasta que el agua se agitó como si la removiera una mano invisible.

    «Explosiones subterráneas», dictaminó.

    La brigada con que nos tropezáramos tendía el cable coaxial para teléfonos, la construcción del metro había sido abandonada…

    «Refugios antiaéreos», supuse.

    El líquido dejó de estremecerse y mi tutor sacó un paquete.

    «Verde», declaró. «No había negro.»

    «El verde es bueno para el esmalte.»

    Tenía los dientes manchados de fumar, puso la mano del cigarro en uno de mis hombros.

    «¿Ves todo esto?», me dijo. «Ya no encuentra sitio en esta ciudad. Lo saqué de donde no va a levantarse nunca, y ni yo mismo supe en qué iba a convertirse mi casa cuando traje las primeras.»

    No aclaró en qué se había convertido, si en un rastro o en un basurero. Tuve que evitar que la ceniza me cayera encima.

    «En mi edificio una mujer empezó por un perro abandonado y va por quince ya.»

    Me miró como si no entendiera. En el piso de arriba empezaron a dar martillazos.

    «No hago té porque no hay gas», convino.

    Dejaron de clavar.

    «Barbacoas por arriba y explosiones por debajo.»

    «Un milagro seguir vivos», murmuró mi tutor.

    «El escándalo de todos los congresos de urbanistas», sostuvo D. «Una ciudad con tan pocos cimientos y que carga más de lo soportable, sólo puede explicarse por flotación.»

    Se dejó caer en el sofá.

    «Estática milagrosa.»

    Volvieron a martillar en el piso de arriba y mi tutor se acercó el vaso del experimento a los ojos.

    «Creí que era agua», reconoció.

    «Un poco más denso, profesor. El ron de marzo.»

    La superficie de aquel ron estaba cubierta de polvo del techo. Mi tutor miró hacia arriba.

    «Quiero que le prestes tu libro a este muchacho», pidió al fin.

    Sentado en medio de sus arqueologías, D miró a la punta encendida del cigarro.

    «Pero él no me ha contado qué busca.»

    Así que empecé por lo del chivo en el apartamento.

    «Muchas de esas cosas las robó antes de que les llegara la hora del derrumbe», dijo mi tutor a la salida.

    «Que no se enteren en la facultad», me advirtió del libro.

    Era un volumen mecanuscrito de unas trescientas páginas. Su autor, el entonces profesor D, lo había titulado Tratado breve de estática milagrosa.

    Me preocupé de llegar a la próxima cita con una hora de antelación. Sin ser visto, espié los movimientos de mi tutor en la estación de trenes. Lo acompañaba el mismo tipo que había venido a recoger unas semanas antes y el tipo le entregaba algo que supuse dinero. Mi tutor lo tomó, se despidió de él y fue hasta su auto. Allí buscó un cuaderno donde escribió durante un rato. Y cuando el tren salió de la estación fue a sentarse en un banco, decidido a esperarme.

    Sin embargo, toda mi prevención de llegar antes y espiar fue desarmada, porque él reconoció que le alquilaba un cuarto de su casa a aquel hombre. Ambos tenían una relación de negocios, no había ningún misterio. Estiró las piernas como si le llegara una felicidad repentina y preguntó por mi lectura del tratado.

    Yo había encontrado en aquel libro un término que podía serme útil.

    «Escribes tugurización en tu tesis», anunció mi tutor, «y…».

    La gente podía copar un edificio hasta hacerlo caer. Se hacían un espacio donde no parecía haber más, empujaban hasta meter sus vidas. Y tanto intento de vivir terminaba casi siempre en lo contrario.

    A nuestro alrededor se abrazaban y despedían, se ayudaban con sus bultos. Y estaba, por otra parte, el empeño de esos edificios en no caer, en no volverse ruinas. De modo que la perseverancia de toda una ciudad podía entenderse como lucha entre tugurización y estática milagrosa.

    Llegó otro tren repleto.

    Pero si lo que yo quería era conseguir mi título de urbanista, no había oído hablar de nada de eso, porque un jurado de la facultad no querría saber de derrumbes. La ciudad tenía los mismos bordes fijos, no daba seña ninguna de extenderse. Donde caía una edificación no levantaban otra. Salíamos del derrumbe del modo más barato, con la construcción de un parque, de un espacio vacío. Las parejas hallaban los rincones que podían, las mujeres quedaban preñadas en aquellas citas, las salas de maternidad se repletaban, los muertos demoraban en morirse…

    Mi tutor y yo veíamos cómo se vaciaba otra vez la terminal de trenes, cómo arribaban a la ciudad oleadas de tugures.

    Una semana más tarde recibí la visita del profesor D. Iban a publicarle su libro y venía a buscarlo, y esta esperanza hizo que se extendiera a hablar de proyectos. Encendía con un cigarro el inicio de otro y conversaba de los libros que vendrían. Prometió que esperaría a mi graduación para sumarme a sus investigaciones, quería también que mi tutor entrara en ellas. Habló de formar un equipo de trabajo como el que había tenido alguna vez. Luego, sin causa aparente, se desanimó, dejó de hacer planes, y descreyó incluso de la publicación prometida.

    Fue entonces que le oí hablar de los tugures. El cigarro en la boca o lo sombrío de su ánimo impedía a veces entender sus palabras, pero aquí está lo que alcancé: Los más viejos edificios de la ciudad llamaban la atención de los tugures. No pasaba mucho tiempo hasta que un primer tugur se iba a vivir al edificio merodeado. Ese primero conseguía traer a otros y poco a poco lo llenaba todo con su gente. Reunidos en el edificio (mientras más alto mejor y mejor todavía mientras más soberbio), sacaban de una habitación chiquita cuatro habitaciones, de un piso hacían dos. Horadaban las paredes para meter las vigas de sus barbacoas. Y parían sin piedad las mujeres tugures, y llamaban cada vez a parientes más lejanos.

    Cada noche al acostarse, dejaban caer sus cabezas en la almohada con deseos de dar el último golpe sobre la tierra. Buscaban el derrumbe por todos los medios. Y no para morir, pues un tugur legítimo propiciaba la caída de un edificio sin que se le posara encima ni el polvo de un ladrillo. Sus triunfos consistían en regresar a casa y no encontrarla en pie. Había que verlos entonces entre quienes de verdad sufrían, haciéndose contar, con la más hipócrita de las expresiones en la cara, cada uno de los pormenores del desastre.

    «¿Para qué?»

    D no pareció entenderme.

    «¿Para qué echan abajo los edificios?», concreté mi pregunta.

    «Son de sombra ligera, tienen sangre de nómadas», me dijo. «Y es duro ser así en una isla pequeña.»

    «Piensa en que el horizonte se alcanza enseguida. Das dos pasos, llegas a la costa, y todas las promesas que te fue ron hechas como nómada resultan nada. Lo que la sangre te dicta en cada anochecer es cuento de camino si la tierra no sigue.»

    «Pero si no puedes salir, entonces entra», recomendó. «Quieto no vas a quedarte.»

    Su entusiasmo había vuelto a la carga.

    «Cuando no encuentras tierra nueva, cuando estás cercado, puede quedarte todavía un recurso: sacar a relucir la que está debajo de lo construido. Excavar, caminar en lo vertical. Buscar la conexión de la isla con el continente, la clave del horizonte.»

    Encendió el último cigarro que le quedaba. Hicimos silencio durante unos minutos.

    «Nada es como que se derrumbe el edificio donde vives», soltó.

    «Si tu casa se viene abajo, te queda todavía la propiedad sobre la tierra. Te queda tu rincón y puedes empezar de nuevo.»

    Miró el estado de mi apartamento y pareció encontrarlo demasiado sólido.

    «Pero cuando cae el edificio donde has vivido toda tu vida», agregó, «descubres que hasta entonces no has tenido más que aire, más que el poder de flotar inconscientemente a cierta altura del suelo. Y perdido ese privilegio, ya no te queda nada».

    Consumió su cigarro hasta que labios y mejillas no pudieron sacarle más humo.

    «Entonces las circunstancias hacen de ti un tugur», fue lo último que dijo, y una o dos horas antes del amanecer se marchó.

    «¿Tienes contigo el tratado?», tuvo que repetirme esa misma tarde la voz de mi tutor en el teléfono.

    Miré el reloj sin ver la hora, me aclaré la garganta para decirle que el libro ya estaba devuelto.

    «D vino anoche y hablamos toda la madrugada… Me acabo de despertar ahora mismo.»

    «Discúlpame, pero esta mañana D murió en un derrumbe.»

    Eran casi las cinco de la tarde.

    «Le cayó encima el techo de su casa.»

    Prometí que estaría en el apartamento de mi tutor cuanto antes. Y todavía sin recuperarme de la noticia, recordé a aquellos tipos que desmontaban madera de un apuntalamiento y clavaban encima del techo de D.

    Había sido el único en morir.

    «Le construyeron una barbacoa encima.»

    «Más bien parece un suicidio», dijo lleno de calma mi tutor. El edificio estaba declarado inhabitable y él quiso correr el riesgo de seguir adentro.

    «Hablé con su ex mujer en el reconocimiento del cadáver. Será mejor no remover las cosas.»

    Ex mujer, ex profesor… Ya estaba de lleno en el tiempo que parecía corresponderle.

    «Voy a hacer un café», consideró mi tutor.

    Yo me fui al baño. Algo que no sabría explicar, una sospecha, hizo que empujara otra puerta, y entrar a la habitación del final del pasillo fue como entrar a otra casa. El piso había sido levantado y era apenas de cemento sin frotar. En una esquina se alzaba un horno hasta la altura del techo y en otra quedaba la vieja mesa de dibujo de cuando mi tutor era estudiante. Al avanzar, con cuidado de no hacer ruido alguno, una cuerda rodeó mi cuello.

    Tendida de pared a pared, colgaban de ella papeles humedecidos que la oscuridad me dejó reconocer como billetes. Junto al horno encontré una maleta llena de monedas como la que yo había sacado del cuenco. Hechas de la misma aspereza del piso de la habitación, habrían salido de aquel horno. Mi tutor alquilaba el cuarto al hombre de la terminal no precisamente como dormitorio.

    Oí ruidos de afuera y sólo tuve tiempo para guardarme unas monedas. Los billetes húmedos, raros también seguramente, quedaron en la tendedera.

    «Fue una trampa lo del libro», dijo mi tutor al entregarme la taza.

    Si le habían prometido publicárselo, quienquiera que le hubiera hecho tal promesa quería el libro hundido en el derrumbe, debajo de los escombros, sepultado.

    Razonaba ahora con las razones de su amigo muerto.

    «Quiero mostrarte algo», me indicó en voz baja.

    Metí una mano en el bolsillo y palpé las monedas robadas. En un estante de libros, junto al extraño plano del cólera, él guardaba un cuaderno de lomo de tela. Le puso un dedo encima y estuve a punto de creer que el estante se abriría a un corredor secreto.

    «Si algo pasara», me confió, «aquí están mis notas de lecturas. Es lo único que queda de ese libro».

    «¿Qué puede pasar?», pregunté con sonrisa poco verosímil.

    El viejo profesor expulsó todo el aire de sus pulmones.

    «Un accidente cualquiera.»

    Se sirvió otra taza de café, como nunca acostumbraba.

    «No lo sabía», me dijo. «Cuando te llevé allá, quiero decir. Cuando te lo puse en las manos.»

    Pregunté qué era lo que no sabía entonces.

    «Los que han estado cerca de ese libro han terminado mal», dijo.

    Enumeró personas y accidentes. Todo el equipo del profesor D había encontrado finales poco halagüeños. Pero hasta hace unas horas el autor de aquel libro vivía y lo ocurrido podía tomarse como una cadena de casualidades.

    «Ahora quedamos tú y yo.»

    El asesinato perfecto derrumbaba, con el muerto, la escena del crimen.

    «Perdóname.»

    Pregunté qué debía hacer con esas notas en caso de que sucediera algo.

    «Salvarte», ordenó mi tutor.

    En la calle, a la luz de la tarde, revisé las monedas. «A mí me ronca arriba», estaba inscripto en una de sus caras. «A mí me ronca abajo», se leía al voltearlas.

    De noche, cuando el derrumbe dejó de ser atendido por curiosos, estuve allí. Un perro daba vueltas y se coló entre los escombros, en busca de algo. Después alguien silbó, unos pedazos de pared se removieron, y el perro salió del túnel que había excavado.

    Al fondo, como en esos juguetes de niñas a los que se les abren las fachadas, la única pared en pie conservaba los rótulos de calles del profesor D. Y me acordé del título de un libro que él planeaba escribir: Un arte de hacer ruinas. Entre volverse un tugur o ser un muerto, había elegido lo segundo.

    Después de la muerte de D, lo primero que hacía cada mañana era asegurarme de que mi tutor se encontraba sano y salvo. La tesis avanzaba lentamente y la puerta de la habitación del fondo no volvió a estar abierta. Una tarde en que estuve solo en el estudio, mientras hojeaba el cuaderno de lomo de tela, vi reflejado al huésped de la habitación del fondo en un cristal y, al volverme, no lo encontré ya.

    A la siguiente mañana nadie levantaba el teléfono de aquella casa. Hallaron a mi tutor sentado en una de las butacas de su estudio, muerto. La luz entraba por las ventanas como hacía mucho tiempo. En la biblioteca faltaba el cuaderno y la habitación del fondo guardaba solamente una mesa de dibujo. Ni rastro del horno y la tendedera de billetes falsos.

    «Infarto del miocardio», dictaminó el forense.

    La muerte parecía haberlo encontrado en su butaca mientras reposaba. No se le había desplomado el techo encima y no se percibían señales de violencia en el cadáver. Tenía puestas sus gafas de leer sin libro alguno a mano, hojeaba seguramente el cuaderno robado.

    «Salvarte», me había aconsejado.

    Yo guardaba en un bolsillo las únicas pruebas del extraño trabajo clandestino en la habitación del fondo, y no tenía claro qué participación había sido la de mi tutor en ello.

    Durante semanas mantuve la vigilancia por los alrededores de la estación de trenes, me vi obligado a abandonar el trabajo en mi tesis. Una tarde, a punto de desistir ya, vi bajar de un tren al antiguo huésped de mi tutor.

    Cargaba la maleta que ya le conocía y hablaba con una mujer que lo sobrepasaba en estatura. A diferencia de otros recién llegados, no llevaba prisa. Fuimos de aquí a allá en paseos inútiles. Por lo nimio de sus ocupaciones sospeché que esperaba la hora de una cita.

    Ya de noche lo seguí por una avenida sin iluminar. Los árboles hacían más oscuro el sitio y él se detuvo ante la boca de un túnel que debía ser refugio antiaéreo. Miró hacia todos lados sin conseguir verme, abrió una reja y entró.

    Un auto iluminó por un instante el sitio y estuve a punto de convencerme de que nada era real, ni la reja sin cierre en la boca de un túnel, ni la pared de piedra detrás de los árboles. Yo seguía a un desconocido sin saber bien para qué.

    Dentro del túnel, demoré en descubrir claridad suficiente. Abrí una cuchilla que llevaba conmigo y traté en vano de escuchar pasos. La poca altura obligaba a avanzar encorvado. Pronto el piso se volvió de cemento y llegué a la intersección con otro túnel completamente a oscuras, de diámetro más grande.

    Unos tablones de madera indicaban la continuación del camino, por el suelo corrían hilos de agua.

    «Un ramal del metro que no será», me dije.

    Aumentó la pendiente, el cemento rugoso se agarraba a las suelas de los zapatos. Me pareció escuchar pasos, me detuve, pero al silencio que hice no lo interrumpió nada. La iluminación empezó a ser brillante y descubrí que el camino desembocaba en una gran luz. Debía tratarse de otra intersección, esta vez iluminada. Cuando un brazo me detuvo, dejé caer la cuchilla.

    Detrás de los barrotes de una de las paredes, una mujer me extendía su brazo. Miré el tinte encendido de su pelo, la cuchilla en el piso y la luz del final, más allá de la cual no parecía haber nada.

    «A mí me ronca arriba», pronunció con la mano extendida.

    Apilaba monedas como las que yo guardaba en mi bolsillo. Hizo un gesto de impaciencia y lo aplaqué, dejé una de esas extrañas monedas en su mano.

    «A mí me ronca arriba», repitió sin dejarme pasar.

    «A mí me ronca abajo», completé la contraseña.

    Si a tantos metros bajo tierra se abría una taquilla, el espectáculo que me esperaba tendría que ser muy raro. Di un paso atrás y la cuchilla ya no se encontraba. Al final del túnel la luz brillaba más que en un día soleado. El espacio, una vez que se entraba a tanta claridad, era enorme. Reflectores dispuestos en el techo no permitían imaginar que existiera techo alguno. Un cielo de playa, de radiante verano, se abría sobre mi cabeza.

    Pocas cosas ocupaban ese espacio que parecía no tener fin. No se veía a nadie y la desolación de tan gran lugar no invitaba a avanzar. Sería tan aburrido como recorrer un sol. Luego percibí unas líneas, un plano de ciudad trazado a escala natural. Y no demoré en ver, aquí y allá, distantes unas de otras, algunas edificaciones. El entendimiento, lo mismo que la vista en medio de tanta luz, se abriría poco a poco a certidumbres que prefería no tener. Así que intenté el regreso.

    Pero me fue imposible hallar salida. Había llegado a una ciudad de pesadilla y no sabía despertarme. Saqué las monedas en espera de algo que no ocurrió y me acordé, sin razón, de la esquina de Cuba y Lamparilla. O con no menos razón que la de estar en aquel sitio bajo tierra.

    De no salir inmediatamente, tendría que reconocer que allí existía una ciudad muy parecida a la de arriba. Tan parecida que habría sido planeada por quienes propiciaban los derrumbes. Y frente a un edificio al que faltaba una de sus paredes, comprendí que esa pared, en pie aún en el mundo de arriba, no demoraría en llegarle.

    Se trataba del edificio del profesor D levantado de nuevo. Yo tendría que cruzar su entrada y buscar la puerta que contenía una puerta más pequeña, tendría que cerciorarme de que era en todo igual. Sólo así, más entrampado aún que al atravesar una taquilla y meterme en tan gran luz, habría llegado a Tuguria, la ciudad hundida, donde todo se conservaba como en la memoria.

    «Mi pensamiento está muy lejos, en la soledad de Bethmoora, cuyas puertas baten en el silencio, golpean y crujen en el viento, pero nadie las oye. Son de cobre verde, muy bellas, pero nadie las ve. El viento del desierto vierte arena en sus goznes, pero nadie llega a suavizarlos. Ningún centinela vigila las almenadas murallas de Bethmoora, ningún enemigo las asalta. No hay luces en sus casas ni pisadas en sus calles. Está muerta y sola más allá de los montes, y yo quisiera ver de nuevo a Bethmoora pero no me atrevo.»

    Le escuché muchas veces a mi abuelo esta frase. Aprendí sus palabras sin comprenderlas del todo, sin saber si aludían a una ciudad real o imaginaria. Y como ocurre con tantas citas de la memoria, su momento definitivo le llegó tiempo después, inesperadamente.

  • El día que no fui a Nueva York

    A Sonia: Versión moderna del hada de los deseos

    DEAR MRS. FERNANDEZ: YOU ARE INVITED y en el membrete de la hoja la dirección del HUNTER COLLEGE: LEXINGTON AVE. AND 68 STREET, NEW YORK, NUEVA YORK. Levanté la vista hacia los rascacielos de la Gran Manzana, donde dicen que no da el sol en las calles, y me encontré con la luz cegadora de La Habana al mediodía.

    Empecé a soñar. A ir a Nueva York. Y Paseo se convirtió en Fifth Avenue y el Almendares en Central Park. El Malecón era simbiosis del Hudson y el East. El art déco «López Serrano» el Empire State y La Torre el mirador del World Trade Center y desde allí, en la noche, el Vedado se hizo Manhattan.

    Y pensé que, hasta ese día, mi vida había sido una serie de actos preparatorios de este viaje porque Nueva York me estaba esperando desde la primera postal y porque algo en mi persona vivía allí desde siempre. Y que si mi alma se conciliaba con algún otro espacio era con Nueva York. Una ciudad repleta de personas que dicen ser newyorquinas. Que tolera el enjambre y recibe a todos sin saludar a nadie. Donde todos son extranjeros y los turistas se sienten en casa. La ciudad. La que hicieron los inmigrantes para mostrarla al resto del mundo.

    Dejé de vivir. Dividí mi tiempo en actos racionales y dementes. Entre los primeros solicité mi permiso de salida, insistí day by day hasta tenerlo. Llené mis planillas y las envié a la Sección de Intereses. Y me dediqué a desesperar.

    Comencé a vivir una vida prestada. Días que sólo tendrían sentido por ser los anteriores al viaje. De día era un robot haciendo movimientos mecánicos mientras mi cabeza hacía planes, itinerarios, cambiaba de metros y gritaba en las calles (dicen que en Nueva York se puede hacer todo y nada es causa de asombro) porque era intensamente feliz. Y Woody Allen tocaba clarinete en mi oído, mientras Sinatra y Liza Minelli cantaban New York, New York.

    Pero las noches eran fascinantes. Inmóvil entre la ansiedad y el terror, pensaba en New York y cada pedazo de mí se estremecía en la espera. La ciudad me aguardaba y yo iba hacia ella. Y había en esto deseo, lujuria y todas las sensaciones se aglomeraban y mezclaban. Mundana, peligrosa, atrayente, sabia, snob, culta, naif, marginal, famosa. A un amante no se le podía pedir más. Quería zambullirme en las luces y la gente y que la ciudad se tragara mi persona con sus pequeñas vanidades en modesto sacrificio a esta diosa pagana.

    San Juan de Letrán se parece a St. Patrick. Sobre todo el altar de la derecha, donde está Dios con los dos ángeles. Nunca voy a estar más cerca de Nueva York que en esta esquina blanca, oscura y gótica. Y pedí: no salud, ni bienestar, ni prosperidad, ni paz. Bendiciones abstractas y duraderas. Sino algo muy concreto. Ir a Nueva York, aunque sólo pudiera caminar por las calles como una vagabunda. Miré a Dios para asegurarme de que me escuchaba. Yo nunca pido nada material. No es el síndrome del viaje que padecemos en esta isla sin fronteras, es algo más, me urge ir. Te prometo que si voy te llevaré flores a St. Patrick aunque tenga que robar los tulipanes de Park Avenue.

    Old New York. Uno de los trece estados originales que primero se llamó New Amsterdam y fue rebautizado en 1674 por el duque de York. Dentro: New York y allí Manhattan.

    Manhattan: mía y de Woody Allen, el psicoanálisis y la anhedonia. Con su gente apurada, sus yellows cabs y sus taxi drivers árabes, el embotellamiento y todo su mundo subterráneo de metros, reggae y hard rock. Conglomerado de modernas lombrices de tierra con bufanda y portafolio violando la dermis de la ciudad from uptown to downtown, to Chinatown con los chinos que conocen Pekín y Shangai por las historias gastadas de sus abuelos. To Little Italy con su Carrusel napolitano de Spaghettis y Tarantelas.

    ¿Y si no voy? ¿Y si esto es una jugarreta del destino para probar mi estabilidad emocional, mi capacidad para enfrentar la decepción? No puede ser, toda la fuerza de mis estrellas, astronómicas y astrológicas, dibuja una constelación y lo que veo en el cielo es la hemorragia de luces de la siempre insomne.

    Descendí una escalera improvisada, sin pasamanos. Junto al río se levanta un boceto de casa, en esta parte el agua no es sucia. Me siento en un banco que alguien seguramente botó por estar roto y me siento Mariel Hemingway o Diane Keaton in the bank of the river. Mientras, observo hipnotizada las manos apergaminadas que sostienen la baraja y me miran para que mis ojos le digan más de lo que ven y las cartas comienzan a hablar de lo que vendrá. La Sota de Espadas: un viaje. El As de Bastos: firmeza y luego, uno detrás de otro: 5 de Oro, 3 de Copas y 3 de Oro. De nuevo un viaje. ¿Seguro? Inquirí sintiéndome recoger mi equipaje en el Kennedy. Casi. Sota de Copas: Santa Bárbara, que será primero funcionaria de inmigración, luego de la Sección de Intereses y al final aeromoza que me llevará allá.

    Improvisé mi pequeño altar con flores y velas y a solas pedí, supliqué, rogué, imploré, mandé, ordené, exigí, requerí: Quiero ir a Nueva York. Y miré a la santa guerrera que en mi estampita tornasolada andaba el camino del destino. Tú sabes que no es Roma la Ciudad Eterna, sino esta, donde dicen que todo el mundo está loco.

    Claro, hay que ser muy insensible para permanecer cuerdo allí, inmerso en tanto superlativo sin caer en el estado de gracia de la demencia. O el caminito de la imagen se me antojaba Broadway, atrevidamente sinuosa entre tanto trazado perfecto de calles y llena de teatros con entradas carísimas para ver antológicas puestas en escena de El Fantasma de la Ópera o Los Miserables.

    Nueva York: colmo de todo, coctel de verbos, actriz de cine, mezcla de olores, sabores, cosmopolitismo con mayúsculas. Novia de todos y ciudad de nadie, que tiene el pasado en el MET, el presente en las calles y el futuro en el celuloide.

    ¿Y si de veras voy? ¿Y si se convierte en asfalto bajo mis pies y sus edificios en techo para mi cabeza llena de sueños, y el metro sólo en un simple servidor encargado de llevarme rápido de un lugar a otro? ¿Qué hace uno cuando los sueños se convierten en realidad? ¿Dónde guardo mi fantasía, mis cientos de New York acumulados para que estén a buen recaudo? ¿Cómo preservar la ciudad imaginada en mi cabeza y en mi corazón? Nunca la realidad ha superado los sueños y siempre la víspera ha sido mejor que el mañana. Entonces, cuando nos veamos, la habré perdido para siempre porque será la de todos y habrá quedado aprisionada en el vulgar lente de una cámara fotográfica: arquitectónica e inmóvil. Y se habrá acabado el platonismo, lo inalcanzable y ya no voy a poder amarla porque sólo se ama eternamente lo que…

  • Greenpeace

    Rigoberto Molina, alias Gravilla, Prisciliano Jiménez, alias Sangre’e mono y Bárbaro Casas, alias Negroemierda, estaban acurrucados y mustios en un rincón de la celda cuando un agente que parecía una mezcla de los tres abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarme pasar.

    —Si hay algún problema, grite —me advirtió—, yo estaré aquí cerca, viendo la telenovela. Anoche se acabó buenísima.

    Dije que sí y el policía se retiró. Moví una silla hasta ponerla frente a los detenidos, me senté y los miré solidariamente. Ellos me contemplaron con La expresión huidiza de tipos en cola para hacerse un espermograma.

    —Mi nombre es Nicanor O’Donnell —anuncié—, soy el abogado que va a defenderlos. Quiero que me lo cuenten todo sin ocultar ningún detalle, como se lo contarían a un amigo.

    Ninguno habló durante un par de minutos. Claro, habrían reaccionado ante el instructor, porque un oficial es un poder invulnerable, y es mejor avenirse con lo que no puede ser derrotado; mi cortesía, en cambio, estaría a sus ojos tiznada de debilidad, y en el débil uno puede vengar lo que el fuerte le hizo. Encendí un cigarro y les brindé la cajetilla. Sangre’e mono aceptó el convite, y me introduje por esa brecha.

    —¿Los han tratado bien?

    —Nos han tratado como a delincuentes —dijo Gravilla, en un tono vibrante que no dejaba dudas acerca de la injusticia implícita— y nada de lo que usted haga les quitará esa idea de la cabeza. El juicio va a ser una farsa, como siempre.

    —Debo entender que ustedes se consideran inocentes.

    Me miraron, belicosos.

    —¿Y usted no?

    —Yo lo único que sé es que los acusan de atentado al patrimonio cultural, sabotaje, distribución de propaganda enemiga, intento de sacrificio ilegal de ganado, agresión física al administrador de una granja estatal y usurpación de funciones, para empezar. Tienen que convencerme de que no son culpables, para que yo pueda convencer al juez.

    —¿Qué quiere decir usurpación de funciones?

    —Que estaban vestidos de milicianos cuando iban a matar a la vaca.

    —¡No estábamos matando a ninguna puñetera vaca! —chilló Sangre’e mono—, ¡al revés, queríamos salvarla! ¡Lo que pasa es que basta que vean a tres tipos disfrazados entrándole a golpes a otro, de noche, en la manigua y con una vaca al lado, para que piensen que los tres tipos son los malos!

    Convine en que la gente es muy superficial y dada a llevarse por las apariencias.

    —De todas formas, sigo sin entender —añadí con sinceridad—, ¿por qué no me lo cuentan desde el principio? Yo no tengo apuro. Pueden coger todos los cigarros que quieran.

    En definitiva lo hicieron. Gravilla no se mostró muy convencido de que valiera la pena, pero Sangre’e mono y Negroemierda estaban locos por reconstruirlo todo de nuevo, con la elocuencia que el oficial instructor les fragmentó y piloteó en el interrogatorio. Y yo, que había aceptado el caso de puro oficio y a desgana, comencé a descubrirme fascinado con el relato. Incluso le di algún dinero al policía para que fuera a comprar unos tabacos.

    Tres meses antes, Gravilla había citado a los otros dos en su barbacoa.

    Sangre’e mono había estado preso por tenencia ilegal de divisas, cuando tener divisas era ilegal. Y negroemierda pasó una noche en la tercera estación por darle dos pescozones en público a una mulata. Sin embargo, ninguno de ellos era un delincuente de raza. Los tres se habían desentendido de sus empleos y se ganaban la vida en el invento, es decir, vendiendo pulóveres, jabones y cassettes. En el barrio todo el mundo bacía lo mismo.

    Belén es una de esas vecindades en que se diluyen los silogismos y las fronteras. En cierto modo, nadie está al margen de la ley, y todos lo están. Geográficamente situada en la zona más densa de la ciudad, no ha perdido el espíritu de aldea. La habita la gente más pobre, y a un tiempo la más alejada de la naturaleza, pues no hay árboles ni flores ni agua suficiente. Es una barriada histórica, pero se vive al día. Y Sangre’e mono y negroemierda, con todo y ser folklóricamente incapaces de llegar puntuales a cualquier reunión social, se encontraron con Gravilla cinco minutos antes de lo acordado.

    —¿Cuál es el misterio, Gravilla? —preguntaron simultáneamente, después de una ronda de alcohol que en el contexto equivalía al five o’clock tea.

    —No es un negocio —aclaró Rigoberto—, es otra onda. Se los digo para que no se vayan afilando los dientes.

    Los demás no comentaron nada. Eran amigos desde antes de aprender a caminar, y durante todo ese tiempo Gravilla se había ganado entre ellos una indiscutida reputación de ideólogo. Viniera con lo que viniera, valdría la pena escucharlo.

    El anfitrión fue hasta la ventana y regresó con una maceta en la que campeaba un arbusto marchito. Posicionó el tiesto en el centro del corro y miró gravemente a los demás. Hubo un silencio especulativo.

    —¿Mariguana? —preguntó Sangre’e mono, con las membranas de la nariz vibrando como hocico de curiel.

    —No seas verraco —dijo Gravilla—, es un helécho. Bueno, un helecho muerto. La vieja lo cultivó y me lo dejó, y una semana después de partirse ella se muere el helecho.

    Los otros se miraron. Ya le habían dado el pésame a Gravilla en tiempo y forma. Por el fallecimiento de la madre, naturalmente.

    —¿Religión? —aventuró Negroemierda—. ¿Quieres decir que el alma de la vieja estaba enlazada con la de la matica esa?

    —Por algo te dicen Negroemierda. Coño, ¿ustedes no vieron la televisión anoche? No hubo apagón ni descarga ni motivito ni nada, así que tuvieron que verla.

    —¿La novela?

    —No. El programa sobre la destrucción del medio ambiente.

    Los invitados pestañearon, inseguros.

    —Yo lo vi —asintió Sangre’e mono— pero no le hice cráneo. ¿Por qué no te explicas de una vez, Gravilla? ¿Quieres vender helechos a los extranjeros?

    —Quiero —dijo Gravilla, con especial resonancia— fundar un Comando Ecológico.

    Aquello fue como una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU en plena huelga de traductores simultáneos. Negroemierda se quedó incólume, pero Sangre’e mono saltó y corrió hacia la puerta.

    —¿Tú estás loco, asere? Yo no quiero volver al tanque, y mucho menos por candelas políticas. Si vas a poner bombas o regar papeles, gózalo tú solo. Voy echando.

    —Siéntate, Prisciliano —ordenó Gravilla—, o acaba de ponerte en cuatro patas y comer yerba. Un Comando Ecológico no tiene nada que ver con la política.

    Desconcertado al oírse llamar por su nombre de pila, Sangre’e mono obedeció, no sin persignarse furtivamente.

    —Oigan, y entiendan. Una de las cosas que le juré a la vieja antes de partirse fue precisamente que no iba a acercarme al tanque ni para que me cogieran las medidas. No, yo tampoco quiero meterme en rollos, ni pasarme la vida vendiendo jabones o toreo una alemana. No, caballero, hay cosas más importantes, vaya, que le atañen a todo el mundo. ¿Saben ustedes que todos los días desaparecen miles de animales y plantas?

    —¿Se los roban? —infirió Negroemierda.

    —No, seboruco, se mueren, se extinguen. ¿Desde cuándo ustedes no ven una cotorra suelta? Ya no quedan ni en Isla de Pinos. Mi abuelo cazaba venados en el monte, miren a ver si encuentran uno ahora. ¿Y jutías? Y eso que en Cuba no estamos tan mal. Ya casi no hay ballenas, por ejemplo. Ni tigres, ni ese tipo de oso chino, blanco y negro con una mancha en el ojo, no me acuerdo cómo se llama. ¿Les parece puerco el río Almendares? Bueno, así está el mar dondequiera.

    —Es verdad —admitió Sangre’e mono—, el domingo fui a la playa y había un mojón flotando.

    —¿Se dan cuenta? ¿Y los árboles? Sin árboles no va a haber aire, va a crecer el hueco ese del ozono y nos vamos a achicharrar todos. Coño, la muerte de la vieja y del helecho me puso a pensar. En lugar de vivir en la que se cae, hay que pensar en cosas grandes, caballero, o el mundo se te hace muy chiquito.

    Negroemierda llevaba más de un minuto moviendo la cabeza de arriba abajo, y siguió haciéndolo. Sangre’e mono encendió un cigarro, gesticuló como un rapero y soltó una andanada de objeciones.

    —¿Y qué carajo vamos a hacer nosotros tres, Gravilla? Eso es cosa del gobierno. Aquí todo tiene que estar controlado; si armas un grupúsculo, aunque sea de tomadores de refresco con pajita, te miran atravesao. ¿Y de qué vamos a vivir, si nos pasamos todo el tiempo en lo del Comandado Escatológico?

    —Ecológico. La ecología es la ciencia que estudia cómo hacer que los animales y las plantas no se mueran. Ahora en todo el mundo hay mucha gente preocupada por eso. Se llaman los Verdes, y tienen hasta partidos.

    —¿Partidos? ¿Y me estás diciendo eso para tranquilizarme? Candeeela…

    —Déjame hablar, cojones. Miren, nosotros no vamos a hacer nada malo. Dondequiera que alguien amague con tumbar una mata por gusto, le caemos y discutimos con él. Si un tipo piensa echarse un animal o lo hace sufrir, le bajamos una muela. El gobierno no tiene que enterarse. ¿Y de qué vamos a vivir? Chico, por el momento, de lo mismo. Tú puedes convencer a un tipo de que no tumbe un pino, y después venderle un pulóver. No hay ningún conflicto ideológico en eso. Lo importante es saber que estamos haciendo algo útil para que los helechos no se mueran.

    Dicho esto, Gravilla les pasó la botella de alcohol. Negroemierda bebió con parsimonia, y luego le palmeó el hombro al anfitrión.

    —Chico, lo que es a mí, ya me tocaste la bomba. Coño, si parece una cosa linda, como cuando éramos pioneros. Y hasta podemos conseguir una pincha decente y salir de una vez del giro de los jabones. ¿Tú crees que haría bien si voy y hablo en la fundición, a ver si tienen algo para mí?

    —Claro —dijo Gravilla.

    El primer Comando Ecológico independiente del país, o de la ciudad, o por lo menos del barrio de Belén, se proyectó a la vida social el domingo siguiente. En los días que mediaron entre la reunión constitutiva y el fin de semana, Negroemierda, elegido jefe de Información, recortó y archivó cuanto artículo sobre el tema le cayó en las manos, incluyendo una vieja edición de Robin Hood. Partiendo de lo que se decía en aquellos textos, era indudable que los ecologistas constituían una fuerza noble y pujante en el mundo civilizado, y que Greenpeace, su blasón, contaba con barcos y aviones y oficinas. Sangre’e mono sugirió ponerle un nombre al Comando, cualquier nombre menos inquietante que Comando, y lanzó algunos, que iban desde El rayo Verde hasta José Martí, pasando por un verso de Lorca. Gravilla dijo que no, que el nombre no hacía falta, y Negroemierda, que era un tipo influenciable, estuvo de acuerdo.

    El domingo, a guisa de debut, Gravilla convocó a una ofensiva para ayudar a los animales callejeros. Recogieron cincuenta gatos, dieciocho perros, cuatro ratones, una jicotea, doce lagartijas, seis gallinas y alrededor de noventa cucarachas.

    Concretamente fue Sangre’e mono quien trajo las cucarachas, y Gravilla lo amonestó en el seno de la organización.

    —No seas animal. Las cucarachas son bichos dañinos.

    —¿Y qué? Tú no pusiste límites. Dijiste que hay que proteger a todos los animales. Las cucarachas no tienen la culpa de ser cucarachas y de que les guste posársele encima a la gente.

    —Bueno, pero hay prioridades. Las jicoteas pueden extinguirse, pero nunca he leído que se extingan las cucarachas. Al contrario, cada vez hay más. Suéltalas. Y échale los ratones a los gatos.

    —Eso plantea un dilema ético —dijo Negroemierda, que había leído muchísimo en los últimos días—; ¿vamos a propiciar la muerte de los ratones? A lo mejor los gatos se los comían, a lo mejor no, pero si se los echamos seguro que se los comerán, y es del carajo que seamos nosotros los que alteremos el equilibrio ecológico causando la muerte de cinco roedores.

    —Está bien. Dales un poco de ventaja. Ponlos a un metro de los gatos y suéltalos. Y ya que hablaste de dilemas éticos, devuelve las gallinas.

    —Eran gallinas callejeras —se defendió Negroemierda, pero los demás lo miraron de arriba abajo y cedió un poco—, bueno, casi, casi. Había una posada en la cerca.

    En definitiva, se pusieron con cincuenta pesos cada uno —cotización mensual, según Gravilla—, compraron dos libras de leche en polvo y se la dieron a los perros y los gatos y los reptiles. Estos últimos, en franco desprecio por la iniciativa Verde, echaron a reptar y se escaparon, pero los demás agradecieron el alimento, si bien un gato arañó a Sangre’e mono.

    —Y ahora, ¿qué? —preguntó el herido—, ¿vamos a vender pulóveres para mantener a los perros y los gatos cada semana?

    —Éste es un acto simbólico, animal. Somos un Comando, y hacemos lo que podemos.

    —No vuelvas a decirme animal, asere. Se supone que los estamos defendiendo, no podemos usarlos como insulto.

    Negroemierda empezó a trabajar de sereno en la fundición, y se llevó todos los libros para leerlos en su puesto. A la semana le contó a los otros que Buda prohibía matar cualquier cosa que alentara, y que los budistas se habían agotado en polémicas seculares para dirimir si un discípulo de Siddharta tenía derecho a pisar hormigas a su paso, toda vez que podía aplastar a un sabio reencarnado. Para no chapotear en el mismo pantano lógico, Gravilla dispuso considerar especies protegidas a los animales mayores de cinco centímetros, principalmente mamíferos y aves, domésticos o no, siempre que no fueran vectores de enfermedades o no los estuvieran criando para el fin de año. Y ésta fue, a grandes rasgos, la política que siguió el Comando en lo tocante a la fauna local.

    La flora preocupaba especialmente a Gravilla. Su devoción conservacionista nació de un helecho con valor filial; así, al domingo siguiente llevó a sus mesnadas a una cuadra del Vedado en que se planificaba podar arbustos con trabajo voluntario. La encendida filípica con que fustigaron a los irresponsables devolvió como secuela una inesperada acusación de saboteadores del trabajo del CDR, y la consecuente amenaza de llamar a la policía. El Comando optó por una retirada táctica, pero esa misma noche, bajo los ronquidos de la guardia cederista, desenterraron los arbustos mutilados, los llevaron al Bosque de La Habana y los plantaron allí.

    Dos meses después de la asamblea fundacional, la ejecutoria del Comando incluía operaciones tan sonadas como las que se relacionan:

    1. Concienzudo vapuleo de un viejo, dueño de un coche y un caballo, por montar treinta niños —a dos pesos per cápita— en cada vuelta recreativa a la manzana, con innegable perjuicio físico y, presumiblemente, moral para el equino. En lo adelante, el anciano montó a sólo diez niños, bien que a seis pesos el boleto. Los padres de los niños se quejaron, el viejo delató al Comando, pero la cosa no pasó de ahí porque el caballo pereció ese mismo día, de una hernia monstruosa.

    2. Excursión a un balneario costero para recoger latas y desperdicios. La basura, en seis grandes bolsas de nylon, fue acarreada por los tres miembros del Comando y otras tantas muchachas, conocidas ocasionales de la playa, hasta un vertedero clandestino en medio del barrio. Después se prendió fuego al vertedero, con el saldo colateral de dos tendederas chamuscadas y tres gatos absolutamente carbonizados; entre ellos, el agresor de Sangre’e mono. Los cadáveres fueron llevados subrepticiamente al Zoológico y arrojados como ofrenda en la jaula de los tigres.

    3. Trasquilado de un perro de raza husky, mascota de un vecino, en consideración a lo que debía sufrir un animal oriundo de Alaska en plena canícula habanera. El dueño del perro intentó protestar; se le dieron una explicación y un puñetazo, aunque no en ese orden. Después, para compensarlo, se le vendió un pulóver barato.

    4. Siembra de árboles en zonas excesivamente urbanizadas y polutas, como el propio barrio de Belén. En vista de que no había mucho espacio ad hoc, el Comando decidió romper algunos tramos de acera, traer tierra vegetal de un solar yermo, cegar con ella los huecos y plantar ahí las posturas. Helechos, ante todo. Los niños sorprendidos arrancando los retoños fueron inmediata y drásticamente reprimidos.

    Etcétera. Un largo etcétera.

    Al cabo de los dos meses, Negroemierda perdió su trabajo, y los demás no habían conseguido uno. El subatendido negocio de los pulóveres y jabones apenas si bastaba para cotizar. En cambio, la pasión ecologista había subido en la columna de mercurio. Hacer el bien social es un virus de acción rápida, y la enormidad del mal que se ha retado exige y encandila. Basta, si no, mirar el planeta desde cualquier ángulo.

    —Estuve pensando —dijo un día Negroemierda, devenido el verdadero teórico del movimiento, en tanto que Gravilla se ocupaba cada vez más del plano operativo—: coño, todavía no hay nada que nos identifique. Hay que jugar al duro. Esto viene desde los ascetas, pasando por Robin Hood, Rousseau y los hippies. Todos ellos volvieron a la naturaleza. Al verde. Nosotros somos Verdes. Tendríamos que adoptar un uniforme, para vestirlo durante las acciones ecológicas.

    —Un uniforme… —reflexionó Sangre’e mono—, bueno, yo puedo resolver unos metros de poliéster verde con un socito, pero nos va a salir caro.

    —No hace falta —dijo Gravilla— caballero, con tres uniformes de miliciano resolvemos. Yo tengo dos mudas, de cuando me movilizaban por la Reserva.

    —Y yo tengo otro —anunció Negroemierda—, ¿ven? Es lo que yo digo, hay que empezar por la imagen. A los uniformes les bordaremos un almiquí en el bolsillo. También podríamos dejarnos el pelo largo y meternos a vegetarianos. La onda natural, ya saben. Pero de nada servirá si no subimos la parada. Hay que hacerse sentir de verdad, lograr que la gente hable de nosotros.

    La propuesta de restringir la alimentación a lo aportado por el reino vegetal no tuvo buena acogida, pero las otras sí. Durante el tercer mes, unos locos peludos y barbudos, vistiendo uniformes verde olivo recientemente entallados, empezaron a hacer leyenda en la ciudad. Sobre todo después de que alguien dijo haberlos visto rondando por allí la noche antes de que apareciera un helecho arborescente, de diez metros, trasplantado en medio de la Plaza de la Catedral.

    La barbacoa fue rebautizada Cuartel General, y abrió una oficina de atención al público. Cualquiera podía ir allí y denunciar un caso de crueldad con animales o plantas, de irresponsable deterioro del entorno. Gravilla y Negroemierda intentaron matricularse en un Taller Internacional de Política Ecológica, convocado por la Academia de Ciencias, pero, quién sabe por qué, ambas solicitudes fueron rechazadas. Sangre’e mono asumió entonces la tarea de contactar activistas extranjeros, pero a la segunda noche hubo una redada frente al hotel y logró escabullirse a duras penas.

    El Comando no era una facción política. Pero eso sólo lo sabían ellos. Cuando escuchó planes para bloquear con hormigón las tuberías que desaguaban en el Almendares y con mierda la chimenea de una fábrica de accesorios plásticos, la mujer de Sangre’e mono lo dejó, vaticinándole un porvenir enrejado. En el barrio, la gente dejó de saludarlos, tomándolos por informantes o provocadores. En respuesta, el trío distribuyó carteles manuscritos con la leyenda PARA VIVIR EN ESTE PAÍS, PRIMERO HAY QUE LIMPIARLO.

    Entonces, en el clímax underground, un simpatizante, que los había, acudió al Cuartel General a contarles del oscuro contubernio entre el administrador de una granja estatal y unos delincuentes ahí para sacrificar una que otra vaca a su cuidado, a cambio de un rotundo porcentaje. Y les dijo que la noche siguiente iban a matar una Holstein, lechera recordista.

    —Tenemos que salvarla —dijo Gravilla, exultante—; vale más una sola vida que todas las posesiones del hombre más rico de la tierra.

    Y esa noche hicieron un juramento de sangre y Gravilla dijo que Negroemierda tenía razón, que había que ser vegetariano, e incluso debían buscar una forma de no comer tampoco vegetales, porque un verdadero ecologista debía superar a Buda. Y meditaron, y casi levitaron, y después se fueron a la vaquería y sorprendieron al administrador y le cayeron a trompadas pero en eso llegó la policía, porque el simpatizante, que era el dueño del cabrón gato que arañó a Sangre’e mono y luego murió achicharrado, les había tendido una trampa, y basta que vean a tres tipos disfrazados entrándole a golpes a otro, de noche, en la manigua y con una vaca al lado, para que piensen que los tres tipos son los malos, abogado.

    Eran las tres de la mañana, y Negroemierda se fumaba el último tabaco.

    —La desgracia fue vestirnos de verde —concluyó—; ahí nos volvimos locos.

    Pero coño, abogado, es que hay tanto por hacer… ¿Dónde jugarán los niños? ¿Lo ha pensado?

    No contesté. Gravilla, vuelto hacia la pared, parecía dormir. No había pronunciado palabra durante el largo relato de sus cómplices. Sangre’e mono lloraba sin pudor.

    —¿Podría hacer algo por nosotros? —preguntó, sorbiendo ruidosamente por la nariz.

    —Algo —dije—, pero va a ser difícil.

    El policía asomó en el umbral.

    —¿No está aburrido, abogado? Descanse un poco. Oiga, se perdió el mejor capítulo de la telenovela.

    —Ya voy —dije, y miré en silencio a los tres ecologistas. Tres marginales sin vínculo laboral, con cargos suficientes para diez vidas. La imagen rampante de la derrota. Me incorporé.

    —Si necesitan alguna cosa de momento, quizás pueda resolverlo. ¿Más cigarros?

    No contestaron. Fui hacia la puerta. Cuando iba a salir, escuché la voz de Gravilla.

    —Hay algo que quiero pedirle.

    Me volví. Gravilla tenía una expresión indefinible, entre suplicante y divertida.

    —Si está a mi alcance… —repuse.

    —Seguro que lo está. Un helécho. ¿Puede conseguirme un helecho? Uno pequeñito.

    Dije que ya vería, y me fui.

    4 de julio de 1996

  • Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2026

    Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2026

    El premio está diseñado para reconocer la excelencia en la poesía. Los participantes deben presentar una obra original en el género de poesía.

    Fecha de apertura de la convocatoria: Abierta

    Fecha de cierre: 16 de febrero de 2026

    Género: Poesía

    Premio: Recibirá un diploma y la cantidad de $500,000.00, además de la publicación de su obra.

    Participantes: Abierto a escritores mexicanos y extranjeros que residan en México, mayores de 18 años.

    Entidad convocante: INBAL y el Gobierno del Estado de Aguascalientes, México.

    Participación: A través de medios electrónicos.

  • El tartamudo y la rusa

    La idea que nos servirá de tema para nuestro próximo relato nunca se anuncia como tal desde un primer momento. Incluso no creo que exista el criterio que nos permita desecharla o aceptarla como buena. Sencillamente hemos oído o visto algo que le ha dado otra «vuelta de tuerca» a determinado aspecto del mundo que conocemos y lo masticamos lentamente sin poder determinar su naturaleza. Esa nube, amorfa y sin sabor, es sometida a análisis. Entreabriendo los labios dejamos escapar algo de ella para observarla a trasluz: ajá, una historia de amor. ¿Una interesante historia de amor? ¿Un vulgar triángulo tal vez?

    A partir de aquí iniciamos un cotejo inconsciente con todo lo que sabemos y recordamos al respecto. Se verifica, para expresarnos más claro, un proceso de búsqueda de un modelo literario (o modelo adquirido por medio de la lectura) que nos permita acercarnos con mayor o menor acierto a esta nueva experiencia y valorarla a la luz del conjunto de criterios y situaciones previamente formalizadas que lo conforman.

    Si damos con el modelo adecuado, el problema —en la mayoría de los casos— deja de interesarnos: nos limitamos a comprobar su identidad con alguno conocido (pueden ser necesarias ciertas aproximaciones que tengan en cuenta las especificidades del caso) y se le nombra.

    De no hallar uno que «cubra» o responda adecuadamente a nuestra historia surge un segundo problema que puede denominarse como «Problema de la formación de un modelo primario». Un análisis de este proceso y de la posterior utilización de los modelos ya existentes comportaría un especial interés pues quizá permitiría develar las causas que nos impulsan a escribir.

    Así, es la falta del modelo adecuado lo que nos lleva —una vez convencidos de que no conocemos alguno semejante— a conformar uno personal para explicarnos mejor una situación nueva, una historia, o, de resultar esto imposible, al menos formalizarla: convertirla en una unidad o bloque asociativo estable con el que nos sea más fácil operar sin «perdernos en la variedad».

    También es cierto que el modelo casi siempre existe porque ¿es acaso posible que en los muchos siglos de literatura no hayan surgido modelos universales, abarcadores de casi toda la experiencia humana? Resulta entonces una suerte que una vida normal no alcance para leerlo todo. Aunque dudo realmente que esto llegase a limitar a algún escritor muy leído pues siempre se registran mutaciones capaces de alterar la fidelidad del modelo. (Existen, no obstante, ciertas invariantes relacionadas con nuestra condición de humanos que fácilmente pueden ser explicadas por unos pocos modelos literarios y no literarios, pues los primeros no son sino reflejos de los segundos, vigentes desde siempre.)

    A veces el modelo es tan ajustable al problema que nos ocupa, que si alguna locación o algún nuevo matiz capaz de introducir un error de aproximación nos tientan a conformar uno propio, nos remuerde la conciencia y escribimos «como ocurre en un cuento de Poe», «una idea tomada de Chéjov», etc. Los exergos y citas no son sino eso: referencias al modelo literario que más se acerca a lo que uno mismo quiere decir.

    Esta historia del tartamudo y la rusa —para la cual no pude hallar en mi memoria un modelo ya listo— la oí de labios de un hombre que una noche me confundió con mi hermano mayor, médico de profesión.

    La contaré sin trampas, sin ocultar nada a pesar de haberme «visto de perfil» en más de un momento mientras la escuchaba. Esa noche un tal Jorge Torres, tomándome por médico, me pidió ayuda, facultativa para su esposa y espiritual para él. Esta última era la que yo estaba más posibilitado de dar y resultó ser, a fin de cuentas, la única necesaria en aquel caso. Digo que la contaré sin trampas porque quiero exponer el modelo que me conformé y tratar de hacer ver al lector qué paralelos encontré en mi memoria para determinados episodios a medida que iba escuchando y tiempo después por obra de pensar en ello. Esas llamadas que calzan el texto son como las fuentes de este trabajo y para ampliarlo habría que acudir a ellas.

    Por ejemplo cuando escribo «otra vuelta de tuerca» el lector enterado sabe a qué me refiero y qué idea debe asociarse a esta «pieza» de mi construcción. Así, y del mismo modo, todo lo demás. Tal vez sea muy joven para poder de otra forma: no he vivido casi y en cambio he leído mucho. Pude haber empezado in media res para azuzar el interés del lector, pero no lo quise por no alterar la lógica de lo que iba a exponer; porque primero medité extensamente sobre los modelos, luego sobre su posible utilización, y así lo he expuesto. La historia de amor, el tratamiento dramático también aparecerán, pero ya limpio de disquisiciones teóricas. A partir de aquí este es un cuento como cualquier otro.

    I

    La sala está casi a oscuras porque he olvidado encender la luz y continúo leyendo con la claridad que entra por la ventana. Afuera llueve y, sea porque la luz es ya tan tenue que no consigo distinguir lo escrito, sea porque me atrae el rumor de la lluvia, levanto la vista y sigo así, atento al freír de las gotas contra mi ventana. Al rato me envuelve una total oscuridad, he cerrado el libro y dejo que la brisa bañe mi espalda.

    Cuando por fin me dispongo a encender la lámpara, oigo el «chas» de unos pasos junto a mi verja. Pienso que es alguien que tiene prisa en llegar a su casa aguijoneado por el mal tiempo, pero no, los pasos vuelven, escucho que se abre la verja y tocan a mi puerta. Grito: «entre» sin haber prendido todavía la luz y mi visitante, que no me puede ver, al franquear el umbral se detiene en seco, asombrado ante mi habitación a oscuras.

    Acciono por fin el interruptor y lo invito a pasar. Le pregunto a quién busca. Quiere contestarme, lo veo boquear, levantar la cabeza y tensar el cuello como un asmático falto de aire y pienso que sufre uno de esos fuertes ataques que provoca la humedad de este mes del año.

    —Siéntese, ahora se le pasa —le digo tomándolo todavía por un asmático, y sólo cuando lo oigo balbucear con gran trabajo «¿Ud. es el doctor?» caigo en la cuenta de que se trata de un gago o tartamudo que al parecer, por el esfuerzo que le cuesta articular las palabras, está dominado por un gran nerviosismo.

    Como no se hace entender, me indica por señas que salga al portal: no es él quien necesita ayuda, sino su mujer, «mi mujer» acaba por decir y repite: «mi mujer, mi mujer». Una amiga suya, su novia, sabe Dios quién, yace sin conocimiento en el portal. Tiene el vestido desgarrado y está descalza.

    Entre los dos la entramos a la casa.

    —¿Qué le ha ocurrido? ¿Un accidente?

    El hombre niega con la cabeza.

    —¿Un ataque?

    —No, doctor, un desmayo.

    Lo miro sorprendido porque se ha expresado sin dificultad y le pregunto:

    —¿Un desmayo? ¿A causa de qué?

    —¿A causa de qué? De que le he estado pegando como media hora y ella sin decir palabra… Morirse es lo que debería.

    Le doy un vaso de agua para que se calme y le pido que tome asiento mientras me ocupo de su mujer. Como me ha llamado «Doctor» comprendo que me ha tomado por mi hermano mayor, el médico, que alguien debe haberle dicho que vive en esta casa. No intento sacarlo de su error porque la lluvia ha arreciado y, como al parecer, no es nada grave, la presencia de un verdadero médico no es necesaria.

    Le tomo el pulso a la mujer que sigue sin volver en sí, con una sonrisa en los labios. No parece que el marido le hubiese pegado mucho como dijo: no descubro hematomas grandes ni enrojecimientos, más bien parece un desmayo provocado por la tensión nerviosa.

    Estoy de espaldas a mi visitante, junto a su mujer, cuando una segunda voz me interfiere y, por un momento, pienso que alguien más ha entrado a la sala. No es la voz que me ha dicho entrecortadamente «mi mujer, mi mujer», ni tampoco la que ha silabeado ceceando: «morirse es lo que debería». Ésta es una voz grave, la voz de otro hombre.

    II

    Estuve por decirle que su historia no me interesaba. Pero dejé pasar el instante intrigado por el milagro de su nueva voz y cuando quise deshacerme de aquella historia que no quería oír, comprendí que de hacerlo cometería un crimen con ese hombre que necesitaba desahogarse con alguien.

    La historia se abría en un vuelo a once mil metros de altura. Entre él, Jorge Torres, que asistiría a unos cursillos en la URSS, y una bella mujer sentada al otro lado del pasillo se había establecido una corriente de simpatía: sorpresa fingida ante el complicado cierre del cinturón de seguridad, falso brindis por el suave despegue… Por fin ella hizo una pregunta que el aire algodonado de a bordo se tragó y Jorge, obligado a responder algo, se preparó a capturar al vuelo el asombro que provocaría su respuesta. Tardó un segundo en hacerlo, le sonrió de nuevo (lo había estado haciendo desde que notara las piernas de su vecina) y suspirando dijo por fin:

    —Yo soy gago, señora. Discúlpeme si no logra entenderme.

    Si era gago ¿para qué le había estado sonriendo a su simpática vecina?, se quejó ahora, ¿buscándose el problema? Balbucear «soy gago señora» (soy un desgraciado) era una petición de indulgencia, una vieja maniobra suya para incitar la lástima.

    Me dijo Jorge Torres que al momento se sintió bien bajo la mirada ligeramente estrábica de su interlocutora, porque sus ojos no lo miraron con la fijeza escudriñadora a que estaba acostumbrado, sino que flotaron frente a él como buscando alguna parte de su cara en la que posarse y, al no encontrarla, fueron a esconderse tras la banda de pelo rojo que cubría la mitad de su propio rostro. Después fueron sus manos las que puso en movimiento y, medio rostro cubierto aún por el pelo, sacándolas de sí como lo haría un hombre envuelto en un hábito, tomó las de Jorge entre las suyas y le dijo sin mirarle:

    —No se preocupe por eso, la tartamudez no es nada anormal.

    Al contarme esto, Jorge Torres se incorporó de un salto y haciendo un gran esfuerzo (de pronto se había alterado) me dijo:

    —¿Se puede usted imaginar que ya en el avión usó esas palabras: «la tartamudez», y no fui capaz de cortar ahí mismo nuestra conversación?

    Lamentarse ahora no tenía sentido. Cualquiera hubiera cometido el mismo error; además, la mujer era rusa. Hablaba el español bien pero con un acento que un año de estancia en La Habana, adonde había viajado para perfeccionarlo, no había eliminado.

    Jorge me enseñó una foto que llevaba consigo en la billetera. Una postal muy nítida hecha en un estudio de Moscú, con una dedicatoria en diagonal al reverso. Luego debía tener en cuenta aquel viaje en avión —su primer viaje en avión—, la suerte de encontrar una mujer que a las primeras palabras dichas con la inseguridad provocada por experiencias similares, le estrechó las manos e hizo el ademán de llevárselas a su regazo. Porque él registró ese ademán, ese gesto que no evolucionó porque aún no se conocían bien y que tiempo después llegó a serle tan familiar que ahora, al rememorar aquella escena, esbozó una sonrisa que resumía todo lo trágico— él se empeña en verlo así— de la historia de ellos.

    Una vez en tierra, ya amigos, tomaron un taxi que los llevó hasta Moscú. No sabía si volvería a verla otra vez pero era suficiente lo poco que ya tenía de su lado: el recuerdo del contacto con la piel suave de sus manos, el brillo de sus ojos y de su pelo rojo, lo muelle del asiento del taxi en el que viajaba relajado, hablando sin oírse, tan feliz que el mismo problema de su tartamudez, al que tantos disgustos le debía, no se le antojaba ahora digno de atención.

    Se acercaban a la ciudad. Las siluetas de los edificios se recortaban contra el fondo gris del cielo. Kilómetro a kilómetro se iba desvaneciendo el equilibrio que había surgido entre ellos dos, los abedules al borde del camino y las casas de campo entrevistas al paso con sus huertos y animales. El resto del viaje lo hicieron en silencio. Como él mismo expresó, «ya había dejado de gaguear alegremente». Estaba convencido de que esa ciudad fría y desconocida se la tragaría irremediablemente y le entró el temor de que se separarían y no volvería a verla jamás.

    Se despidieron en los bajos del hotel con un apretón de manos. Ella debía apresurarse para no alarmar a quienes la esperaban; pero mañana, bueno, hoy, lo llamaría a su habitación para saber cómo se había instalado.

    —¿Era agosto o julio? —le pregunté a Torres desde la cocina adonde había ido a preparar una limonada.

    —Agosto. Allí son muy frescas las noches en agosto, se siente bastante frío.

    Estuve parado en la acera hasta que el taxi se perdió de vista. Entonces entré al vestíbulo del hotel que a pesar de lo avanzado de la hora encontré lleno de gente: varios árabes que identifiqué por la manera de vestir, un grupo de italianos que parecían haberse reunido allí abajo con el propósito expreso de gastarse bromas y tres circunspectos ancianos de nacionalidad indefinida que regresaban de algún paseo y, esperando el elevador, estudiaban el comportamiento de los italianos con la vista fija, como científicos que observaran un fenómeno raro sin la menor simpatía.

    A los quince minutos ya estaba en mi habitación preparándome para dormir. Me senté en el borde de la cama frente a una gran ventana panorámica que permitía ver gran parte de la ciudad. Aquí y allá titilaban las vallas de neón y las luces de los apartamentos. Veía también la franja acerada de un río. ¿El Moskvá? Me caía de sueño. Busqué la frazada tanteando, sin volverme y apagué la lámpara de mesa. Ya debía estar bien lejos dentro del sueño cuando el timbre del teléfono me hizo desandar el tramo recorrido.

    Levanté el auricular.

    —Oigo, ¿quién habla? —no me acordaba de nada y me hacía en mi casa, en Cuba.

    —¿Es usted, Jorge? Es Elena quien le habla. ¿Ya está durmiendo? Me alegro, así sé que no tuvo problemas. Le volveré a llamar mañana. ¡Que duerma bien! ¡Chao!

    III

    Traje de la cocina una jarra con limonada y salimos al portal para no despertar a Elena. La había acostado sobre el diván de la sala, arropado con una manta, y ahora dormía profundamente. Afuera había cesado la lluvia. Torres prosiguió su historia:

    —Al día siguiente, al despertarme, descubrí a mi compañero de cuarto. Un hombre delgado, de unos treinta y cinco años, que ocupaba una cama junto a la mía. La noche anterior lo había sentido llegar como una hora después de la llamada de Elena y, aunque ya era hora de desayunar, seguía durmiendo. Lo zarandeé y volvió hacia mí una cara angelical por la paz del sueño. A mí me intrigó esa cara de justo que, como supe después, no tenía nada en común con su dueño. Pasados unos días, cuando sentado en el hall junto a Elena trataba de convencerla para que subiera a mi habitación, ella me preguntó con quién compartía el cuarto. Yo comencé a contarle sobre el cara de ángel y su vocación de playboy, cuando aquel pasó por nuestro lado haciendo correr su vista dos o tres veces de las piernas de Elena a su cara y limitándose a saludarme en voz alta pero sin mirarme.

    A ella pareció caerle bien porque le sonrió en respuesta. Me dijo: «Apuesto a que en Cuba trabaja en una cafetería (resultó ser cierto: estaba en Moscú como premio por su buen trabajo). ¿No ves lo bien peinado que va?». No acababa de decírmelo y ya el hombre se estaba rehaciendo el peinado frente al mármol reluciente de una de las columnas del hall. Se volvió para mirarnos: ¿lo estábamos viendo hacer? y, acodándose frente a la recepcionista, puso en juego con otra sonrisa angelical su atractivo irresistible.

    Elena me dijo: «Hasta aquí me llegó el olor de su colonia. Un hombre muy atractivo como quiera que lo mires. ¿Treinta y cinco años? Ni gota de grasa, rostro angelical como tú mismo dices: mi amigo es un lovets duch (pescador de almas)». Parece que en ruso la frase le sonaba mucho más convincente, porque Elena siempre la repitió en ruso. Yo, por mi parte, nunca la había oído y me pareció muy afortunada para Ángel (era su verdadero nombre) y así lo hemos seguido llamando entre nosotros.

    Nos reímos los dos, pero a mí me desagradaba esa atención de ella por cosas ajenas a nosotros. Ella, simplemente, estaba igual de nerviosa; pero yo pensé que trataba de desviar el curso de la conversación y no acceder a subir conmigo al cuarto. Sentía mi cabeza como a dos palmos de mi tronco. Ésa era la sensación: como si la tuviera desprendida del cuerpo. Sería una victoria pírrica (hay cosas más difíciles que llevar una mujer a la cama), pero cuando uno se lo ha propuesto llega a ofuscarse con ello y no quiere saber de nada más.

    —Yo esperaba su respuesta muy exaltado —había tenido un día completo para imaginármela— pero en su rostro ya se hacía visible cómo al empuje de mi vehemencia iban cayendo uno tras otro los tabiques que la separaban de mí. Se había recostado a mi hombro; yo sentía el olor de su pelo, el calor que emanaba su cuerpo, la flacidez agradable de sus brazos desnudos. Era la segunda entrada de aquel motivo casi musical de la primera vez, en el taxi; lo sentía ir llegando y se alegraba mi alma. Alrededor nuestro, en el hall, no había nadie, o por lo menos así me parecía, ya incapaz de percibir otra cosa que no fuera ella. Entonces, en el momento en que, aunque nada había ocurrido físicamente, «ya era mía», le tomé las manos y el ligero chasquido de una descarga eléctrica se dejó escuchar nítidamente.

    —Nos miramos asombrados. Yo no sabía qué explicación darle a esa descarga eléctrica, porque es algo que no ocurre aquí. Ella sin embargo conocía su origen nada sobrenatural y a pesar de esto, como después llegó a confesármelo, asoció esa pequeña descarga eléctrica a una presencia demoníaca que se dio a conocer, informó allí de su presencia, de esta manera. Era como si se nos hubiera advertido «nada bueno saldrá de esto». Pero ¿qué podía pasarme? No estaba para pensar en fantasmas y ella no podía dar marcha atrás aun queriendo. Fuimos a tomar el elevador. Allí estaba también mi vecino esperándolo y, como nos resultaba violento estar ahí, frente al lift, sin decir palabra, Elena dijo:

    —¿Cuándo acabará de bajar el lift?

    A lo que mi vecino reaccionó sorprendido:

    —¡Ah! ¿Pero se dice lift? ¿Se llama lift en ruso?

    Sobre la mesita de portal sudaba la jarra con la limonada. Jorge tenía los pies extendidos y sorbía su limonada lentamente. Yo lo mismo y pensaba vagamente en lo que me había contado. Consideré que podía cortar su relato allí porque él ya estaba calmado y a mí, a decir verdad, me daba igual. No había logrado interesarme y le continuaba oyendo más bien por cortesía. Claro que no me había cogido por el cuello de la camisa y dicho en un susurro, como para abrirme el apetito: «Le voy a contar algo realmente extraordinario, algo sobre lo que nunca oyó hablar». Simplemente, el pobre gago, pasando miles de trabajos, me refería su historia que yo escuchaba aparentando interés porque, para no confundirles, a los tartamudos se les presta una atención desmedida, que no observamos con un interlocutor normal. Esto genera escenas cargadas de misterio, alarmantes, como la visión que una vez tuve de una plática en la que uno de los interlocutores era tartamudo, detalle que yo desconocía. Conversaban un hombre joven y una muchacha con el torso inclinado hacia adelante y el oído vuelto hacia él, como el que está oyendo. Pero como en ese justo instante no estaba oyendo nada en realidad debido a los grandes intervalos de silencio entre frase y frase, se daba la situación única de estar oyendo sin oír. La vista de esta escena me recordó esos cuadros de pintura galante en los que uno de los personajes está «hablando» y el otro «oyendo». Mas de un cuadro no se puede esperar sonido alguno y yo aquella vez estuve cosa de un minuto sin saber a qué atribuir aquel silencio.

    IV

    Fue todo amor los cinco días que estuvo en Moscú, me dijo. ¿Moscú la ciudad blanca, la capital asiática? ¿Las almenas kirguizas del Kremlin? Nada de eso. Le quedó muchísimo por ver de Moscú. Ahora lo único que contaba eran los paseos largos que se dio con Elena por sus calles.

    Elena era una mujer muy bella, de una belleza que sugería esplendidez y no frivolidad ni perfidia. Me la hizo ver sentada frente a él, vistiendo una blusa blanca tiesa por el almidón, sus antebrazos descansando en la minúscula mesilla de un café. ¿Cómo podía suponer que aquella mujer buena era el amor de su vida? La escuchaba sin tomarla mucho en cuenta. Muy enamorado, eso sí, cualquiera haría lo mismo, pero sin interesarse por la primera vez que ella había visto el mar, ni por nada que no fuera saber que hoy estaba sentado frente a ella acodado a la minúscula mesilla del café.

    Elena le contó que uno se acostumbra tanto al invierno que al sexto mes de ver caer nieve y soportar heladas la existencia del trópico, del ecuador, se antoja un fino engaño, semejante a la fe en la resurrección y en la vida del más allá en la que cifra todas sus esperanzas el creyente. De modo que los reportajes de la TV que mostraban los países cálidos adquirían el inseguro valor de la estampa que en el texto religioso ilustra la vida regalada que se le reserva al justo, al paciente, al que sabe esperar.

    A Dios gracias no había que esperar toda una vida. En marzo aumentaban las horas de sol y la nieve comenzaba a fundirse en las aceras. Carámbanos del grosor de un brazo se desprendían de los aleros y se estrellaban con fuerza contra el pavimento, el fragor del hielo al fragmentarse llenando el aire. (Los largos paseos y las pláticas tocaban a su fin: él viajaría a otra ciudad para asistir a unos cursos.)

    La víspera del viaje ocurrió un incidente que le abrió los ojos a Jorge Torres. Ese día, al querer entrar en la habitación, usualmente abierta a esa hora, se le hizo esperar unos minutos. Cuando por fin cedió el picaporte encontró a Elena y a Ángel sentados junto a la ventana. Los observó llevar su conversación ficticia, saludarlo sin querer terminar la falsa…

    Jorge Torres me miró fijamente a los ojos a través del humo del cigarro para ver la impresión que esta parte del relato causaría en mí. Yo debía saltar intrigado y aventurar una suposición de esa índole: «¿Lo había estado engañando?» o bien: «¿Qué hacía esa mujer encerrada con aquel hombre cuando Ud. no estaba?». Torres esperó en vano la pregunta y aquello terminó por agradarle. Yo no habría entendido nada de haber formulado tal pregunta, me habría quedado tras el primero de los círculos concéntricos de su relato.

    Esa pregunta, tal conjetura, estaba excluida. ¡Qué fácil todo si se hubiera podido encontrar una pregunta así, una conjetura así para esta historia!

    Por fin descubrió una camisa nueva que le proporcionó la clave del misterio y se quedó «mudo de asombro». Desconocía cómo habían podido averiguar la fecha de su cumpleaños (Ángel le había estado dando el visto bueno a aquella camisa de regalo para Jorge).

    —¿Estaba siendo traicionado por aquel hombre, por Ángel?

    —Precisamente, y eso era lo grave. Perdí los estribos. Le pregunté qué pretendía con aquello, le grité que no tenía madre y que se merecía que le pegara.

    No intentó defenderse. Comprendía muy bien la gravedad del hecho.

    ¿Aconsejándola en lo de la camisa? Sí, muy buena justificación. Gracias. Esa mujer lo que andaba buscando era que yo cargase con ella. ¿Acaso no se daba cuenta? ¿No lo sabía?

    El bueno de mi vecino sólo atinó a responderme con una de sus sonrisas de ángel: ¡Pero ella es tan buena!

    Mejor hubiera dicho «de una virtud ejemplar» y esa hubiera sido la frase exacta. ¡Qué miedo sentí! ¡Nunca había sentido tanto! Amar significa un compromiso tan grande que la mayoría de las gentes se desentienden de él, despavoridos.

    —Al día siguiente partí para la ciudad del Volga donde recibiría mis clases. Subí al tren, y al verla llorosa junto al pescante, me dije que no la vería nunca más. Ahí se quedaba en Moscú entre la niebla y el gentío agitando un pañuelo de despedida.

    Conmigo viajaba ahora un representante de la fábrica que había organizado los cursillos. Un ruso taciturno amigo de hacer chistes inextricables con la mayor seriedad del mundo.

    Yo viajaba al encuentro de la Rusia que conocía por los libros: mozos membrudos de cabellos descoloridos, los tártaros de rostro impasible, el kazajo de las revistas ilustradas con radio transistorizado, sus arqueadas piernas enfundadas en flamantes jeans. La multitud que cascaba indolente pepitas de girasol… Mi oído captaba sonoridades siglo XIX, de literatura clásica rusa: Kostromá, Riazán, Saratov… A Saratov iba yo.

    Llegamos al día siguiente. Descendí al andén y respiré hondo. Habíamos cruzado un puente, avistado un río, los remolques avanzando trabajosamente corriente arriba, tirando de barcazas. ¿Qué me esperaba en aquella ciudad? ¿Qué otra Elena? No, ninguna otra. Di media vuelta tocado por la certidumbre de que la vería ahora mismo y, efectivamente, allá venía corriendo, desbocada, muy alegre de haberme hallado.

    —¿Increíble?

    —Para Ud. y para mí tal vez sí. A ella no le había costado nada tomar esa decisión. El misterio de la mujer. (¿De la mujer rusa?) No había dudado un segundo, al verme ir tan feliz en el tren, de que me seguiría. Compró un boleto de avión, cubrió cientos de kilómetros. Allí estaba. ¿No me alegraba de verla?

    Aquello me emocionó, no pudo disgustarme. La besé amigablemente, atraje su cabeza y aspiré el aroma de su pelo.

    ¡Estaba en casa!

    Ella tomó mis manos, se las llevó al regazo y fijó en mí unos ojos aún secos que no tardaron en cubrirse de lágrimas…

    Salimos caminando seguidos del ruso que no dio muestras de asombro. Al llegar a la parada del trolebús se limitó a preguntarme si sabría encontrar el hotel. Le aseguré que sí, y yo y Elena nos fuimos a pasear por un maleconcito junto a aquel mismo río que había visto desde el tren. Nos habíamos encontrado de nuevo. ¿Qué significaba esto? ¿Para toda la vida? ¿Había venido a encontrar mujer a miles de kilómetros de casa? ¿Acaso me quería tanto? ¿Acaso se puede querer tanto a alguien? Yo tenía veinticinco años y nunca le había preguntado si me quería o no, si me amaba o no. Se tiene esa edad y se estudia uno siempre como desde afuera, ¿qué tal me veo? ¿No estoy haciendo el ridículo? A veces se montan unas escapadas y se vive despreocupadamente, se permite uno hacer piruetas en público, gaguear a gusto, imaginarse libre por un momento; pero nunca se deja engañar por estas fugaces vacaciones y, en general, somos aburridos y, lo que es peor aún, pusilánimes. Ser así nos salva de dar pasos en falso, pero lo trágico de esta actitud sin discernimiento es que te guarda lo mismo de lo bueno que de lo malo. Y cuando alguien te quiere de verdad y le preguntas: ¿Me quieres? Su respuesta no te interesa nada porque al oír: «Sí, te quiero», se es tan pobre de espíritu que uno piensa para sí, ¿y a quién más quieres con esas piernas que tienes?

    Ese día, allí en el corazón de Rusia, mi pregunta de siempre recibió una respuesta que dejó mal la estimación que me tengo, que todos nos tenemos.

    —¿Acaso te dije alguna vez que te quería? —me respondió—. Yo no te quiero, ni «te aaamo», para que lo entiendas mejor. Me he guardado muy bien de hacerlo porque me gustas y no quiero buscarme ningún otro hombre ahora que te he encontrado, pero estás muy enfermo para permitirme el lujo de quererte. Perdóname que te sea sincera, pero al oírte preguntar esto pensé que te podía perder. Créeme, sé muy bien lo que digo. ¡Te presto mi cuerpo para ponerte a flote y me vienes con esa pregunta! Perdóname, pero me asustaste tanto que debo decírtelo así. Si quieres puedes pensar que te quiero y para ti será verdad. Mucha gente vive con menos que eso y les va bien.

    Yo me le reí a Jorge en la cara:

    —No me digas que le creyó. Lo estaba engañando como a un niño.

    —Yo también pensé lo mismo. Pero un engaño así, de existir, tiene la misma fuerza que la verdad porque no me lo decía sólo para aparentar. Una actitud así, aun siendo falsa, es llevada por el orgullo hasta sus últimas consecuencias, al menos en ese momento yo la creía capaz de eso y también me asusté.

    —Vivimos en esa ciudad tres meses. Lo que para mí no representaba nada parecía ser mucho para ella. Me quedé de una pieza cuando comprendí que se casaría conmigo en cuanto se lo propusiese. Así fue. No me dijo nada, ni gritó de alegría, ni hizo un gesto. El ligero estrabismo de su mirada se acentuó más por un momento. Parpadeó una o dos veces, y como siempre ocurría, sin transición visible en su rostro, los ojos se le llenaron de lágrimas. Al momento me arrepentí de haberlo hecho. Su comportamiento era imprevisible. Una mujer demasiado frágil para mí. Nunca llegaré a entenderla. Estoy seguro de que Ud. tampoco podría, y conozco a pocos hombres capaces de hacerlo. He pensado mucho en esto. Es horrible. Ese mismo día le pegué.

    No soy un degenerado ni un alma negra (al menos quiero creerlo). Cuando por fin vinimos a vivir a Cuba, pensé que eso se acabaría, pero me engañaba. Mientras más hacía por mí, más le pegaba.

    Aprendí a hablar de nuevo a los veinticinco años porque ella no quiso que yo siguiera siendo un gago sin remedio. Pasé meses con un logopeda y ya podía pedir algo en la calle sin que la gente se fijara en mí. Me recogía piedrecitas para llenarme la boca y me daba conversación por las noches para que mi lengua aprendiera a moverse sin tropiezos. Me enseñó a cocinar muy bien. A veces invitábamos a nuestros amigos y yo preparaba el almuerzo. Ángel venía a vernos. Seguían siendo los buenos amigos de siempre. Él con una mujer nueva cada vez. Se quedaban conversando en la sala y yo me llevaba a su amiga a la cocina para que no se aburriese sola en la terraza. Alguna vez quiero contar esto: la noche en que llegamos a Cuba, sin poder separar los gagueos de mis palabras, cuando ya todo estaba preparado para sentarnos a cenar, a mí solo se me ocurrió decir: «¿Puede dármelas?». Entonces no estaba solo en la cocina. Me oí decir esta tarugada junto a la mirada591 atónita de ¡ella!, su respuesta retumbándome en el pecho por el solsticio de invierno. Quedamos callados los dos, mirándonos en lo más íntimo hasta que dejó caer su mirada, hundiéndola en mi pecho.

    —Te estoy hablando, Jorge, de una escena de puerto en la que todavía me dan ganas de llorar, y ya comprendes que puedes hacerlo con todo el mundo, menos conmigo.

    He dejado de hablarle al pobre de Jorge, pero entra con toda su historia en mis recuerdos. ¿Qué te ha pasado, Jorge?, ¿te sientes bien?

    —No, para nada. He caído al abismo y considerarla a ella, la mujer que me ha salvado y luego me ha llevado a esta existencia, es algo que ahora resumo de muchos modos.

  • Clemencia bajo el sol

    A L. Koldenkova Evangelina de las Mercedes Concepción de los Montes y Carvajal, razón por la cual me dicen Cuqui. No me atormente, señor, déjeme decirlo todo a mi manera. Sí, yo maté, aunque mi intención no era tanta, a Mireya, la querida de Reyes. El día usted lo sabe y la hora también. A Reyes lo conozco desde hace quince años; lo sé con exactitud porque ésa es la edad de Volodia, el hijo que tuvo con Ekaterina, la rusa.

    ¿Que eso no importa? Usted verá que sí. Ya estoy condenada, déjeme hablar, hablar hasta por los codos y las rodillas, que buena falta me hace.

    Reyes y Ekaterina vinieron a vivir en el cuarto de al lado cuando él terminó de estudiar en Rusia. Sí, en aquel entonces se decía Unión Soviética, pero como mi tío, el que me crió, aquel calvo que está en el último banco, siempre dijo Rusia, pues así digo yo cuando no estoy con mi hijo Miguel, porque a él no le gusta así. ¿Mi hijo? Catorce años, uno menos que Volodia. Sí, él sabe que yo maté a Mireya, y está un poco atemorizado, aunque en el fondo sé que está orgulloso de mí. Soy soltera, señor, y tengo compromisos en plural no sólo con hombres, que eso es lo de menos, sino con otras personas y sobre todo con varias cosas que supongo que se llamen ideas, no sé mucho del lenguaje.

    Le decía que Reyes y Ekaterina eran mis vecinos. Le seré franca. La primera vez que la vi, a Ekaterina, me pareció insoportable, estirada, era una rusa de la cabeza a los pies, tan blanca que dejaba pasar el sol por sus ojos, con el pelo rubio medio enredado, y era delgada como una caña tierna, y para colmo venía preñada. Parecía un fideo con un nudo en el centro.

    Lucía orgullosa, respingada, y entró en el pasillo sin saludar, hasta molesta cuando Reyes empezó a repartir besos y abrazos. Imagínese, usted sabe cómo somos nosotros, por más que le pese, usted también debe ser así. La curiosidad puede más que la decencia, y en cuanto tuve oportunidad me metí en el cuarto de Reyes. Eso fue a la semana de haber llegado ellos. Desde que me asomé (con el plato de arroz con leche en la mano, para disimular) sentí ese olor a nuevo, a tienda, que tienen los cuartos cuando se visten por primera vez. Sí, porque Reyes y Ekaterina trajeron todo de Rusia, parece que para hacerse la idea de que seguirían viviendo allá. Figúrese usted, con tanta bulla, tanto calor y tantas moscas, ¿cómo iban a lograrlo? Pero bueno, de eso se encargó el tiempo. Ella se puso de pie cuando me vio, a la defensiva, como hacen las gallinas cuando una perra olfatea la jaula, pero yo le extendí el plato y sonreí, con mis veintiséis años de mulata, y ella me dejó pasar.

    ¿Que eso no tiene relación con la occisa? ¿Qué occisa? ¡Ah, la muerta! Pero, por favor, déjeme hablar, claro que tiene relación mi historia con esa puta que maté sin querer. Tenga paciencia, ya me declaré culpable, escúcheme y que todos me oigan también, a ver si de alguna manera nos limpiamos un poco.

    Ekaterina no sabía ni papa de español, me di cuenta aquel día. Quería darme las gracias, y no podía. Yo puse el dulce encima de la mesa, y le tomé las manos. Cuqui, dije yo, ¿y tú? Estaba desesperada, pobrecita. Entonces puse su mano encima de mi pecho y repetí: Cuqui. Así varias veces, hasta que ella, porque era inteligente la muy cabrona, se dio cuenta y dijo: Cuqui. Luego hice lo mismo con mi mano en su pecho, diciendo Ekaterina, Ekaterina.

    ¿Reyes? No, hijo, Reyes estaba en el trabajo, si llega a estar allí, no habríamos logrado ni una palabra. Ustedes los hombres son tan torpes que lo complican todo y lo echan a perder. Busqué una cuchara y le di a probar el arroz con leche, que óigame, difícil que la mujer de usted lo haga como yo, con cascarita de naranja dulce y canela molida por encima, sin que se ensope el arroz, y con la leche… perdón, ahora sí me parece que me desvié un poco. Es que ¿sabe usted? fue así como Ekaterina aprendió español. Yo le iba diciendo Arroz, señalándolo, Leche, Azúcar, cogiendo los granitos con los dedos, vaya, como se dice, de forma audiovisual, y mientras tanto la barriga de Ekaterina creciendo.

    Todavía mi hijo Miguel no existía, así que yo tenía tiempo de sobra. Mi tío salía desde temprano para la tabaquería, y yo iba a la bodega a comprar mis cosas y las de Ekaterina, luego cargaba agua para las dos, y ya al mediodía empezábamos las clases. ¿Que por qué lo hacía? ¿Será usted bruto, con perdón, o es la estupidez propia de los hombres? Para mí era una diversión inmensa, me hacía la idea de estar viajando, tenga en cuenta que yo no he salido más allá del túnel de La Habana. Ella me iba diciendo poco a poco su historia, a medida que agarraba las palabras que yo le daba. Un día extendió un mapa enorme encima de la cama y me fue señalando dónde nació, dónde estudió, el lugar en que conoció a Reyes. Decía: Gusta mucho, Rey. Ella le decía Rey, y se ponía una corona de aire en la cabeza. Claro que entendí. Para ella era como un rey. Yo le dije: No, Ekaterina, todos hombres ser cabrones, ser diablos. No sé por qué le hablaba así, como los indios de los muñequitos. El caso fue que nos acostumbramos a estar juntas. Yo comí por primera vez en su casa sopa de remolacha, col y yogur, ella me explicó que se llamaba borsch, y óigame, los cubos de té que me daba eran imponentes.

    No, yo nunca le presenté a Osvaldo, el padre de mi hijo, ni él tiene nada que ver con este asunto. Es más, no voy a decir sus apellidos ni su dirección, él es casado, y aunque es el hombre que más me ha gustado en esta vida (y he tenido unos cuantos), tiene la cobardía natural que yo me conozco de ustedes; no creo que soporte una sola pregunta. En aquellos días Osvaldo iba mucho a mi cuarto, y en un descuido mío quedé embarazada. Cuando me di cuenta ya era tarde, y no me arrepiento, Virgen Santa, Miguel es lo mejor y casi lo único que tengo en esta vida.

    ¡Cuqui, venir, venir! fue como Ekaterina gritó cuando se puso de parto. Reyes estaba para las minas y no llegaba hasta dos días después. Pasé las de Caín ayudándola a bajar la escalera de caracol de la cuartería, y en la calle no había ni un gato. Al fin capturé a un policía en moto que nos hizo el favor de llevarnos al hospital. Volodia nació flaco y transparente como su madre, y si usted la hubiera visto, llorando y diciéndome: spasiva Cuqui, spasiva. Bueno, aquello fue del carajo. Dice mi tío que eso se llama el alma rusa, pero yo creo que era algo más.

    Me encargué de hablarle en español a Volodia; Ekaterina y Reyes sólo hablaban en ruso, y figúrese, ese angelito tenía que aprender de mí, y buenísimo que resultó cuando creció. Como a los ocho meses de nacer Volodia, llegó el día de mis dolores de parto.

    Le pedí a Ekaterina que cuidara a mi tío, que yo iba sola al hospital. Miguel fue un tronco desde el primer día, tragón, grande y hermoso como su padre. ¿Y sabe usted una cosa? La única visita que tuve fue la de Ekaterina. Llegó bajo la lluvia, y cuando la vi, ensopada hasta los talones, con un termo de té y un pozuelo de arroz con leche, no sabía si echarme a reír o a llorar. ¿Quién ha visto a una rusa haciendo dulces criollos?

    Nuestros hijos crecieron juntos, con decirle que Miguel tiene delirio con el té, y Volodia, Dios mediante, debe seguir enviciado con el café carretero que yo hago. A Mireya la vi por primera vez en el cuarto de Reyes y Ekaterina, hará cosa de cinco años. Reyes la llevó allí porque, según dijo, era una famosa alergista y quería que viera a Volodia, por la tos del niño. Me dio mala espina desde que la vi. Llamé aparte a Ekaterina y le dije: No es buena, no la dejes estar aquí en el cuarto. ¿Por qué, Cuqui? Haz lo que te digo, rusa, y no preguntes tanto. El caso fue que Mireya empezó a visitarlos todas las semanas, y hasta llegó a preguntarme si yo aceptaba que ella le pusiera tratamiento a Miguel, que de vez en cuando tosía por la noche. No señor, siempre supe que los niños tosen en La Habana Vieja por el polvo de las paredes, eso se les quita cuando crecen, yo sí la espanté rápidamente, y un buen día dejó de ir por allá.

    Ekaterina consiguió trabajo como traductora. Eran los años en que el ruso estaba de moda. Llevaba los escritos para el cuarto y en una máquina de escribir rarísima, de esas del tiempo de Nana Seré, pasaba horas y horas traduciendo. Yo me encargaba de llevar los niños a la escuela, y de todo lo demás. ¿Yo? ¿De qué yo vivo? De lo que gana mi tío, de las visitas de Osvaldo, y de vender arroz con leche. No es mucho, pero me las arreglo, señor, y Ekaterina me ayudó mucho, muchísimo. También vivo de la ilusión de lo que he leído, a mí no me apena decir que he leído a los rusos. Todo empezó cuando ella consiguió libros traducidos para ayudarse en su trabajo, y me animó a leerlos. Yo le advertí que no resultaría, que yo no llegaba ni al final de los periódicos, pero ella insistió tanto que empecé. Óigame, yo creía que los hombres rusos eran toscos y brutos como los osos, con los dedos cuadrados y los muslos fofos de no usarlos como es debido, hasta que leí Ana Karenina. ¡Válgame Dios! Eso sí que es una novela, no las de la televisión. ¿Y qué me dice de Chejov? Era el preferido de ella. Me acuerdo que siempre que terminaba La dama del perrito se echaba a llorar. El alma rusa, decía mi tío, pero yo creo que era ella misma la que lloraba, no el alma.

    Las cosas que habían comprado se fueron destiñendo en el cuarto, y ella se ponía furiosa con cada cucharón de madera que se partía, con los relojes en forma de llave del Kremlin que se detenían, cansados para siempre, oxidados por el salitre, y sobre todo cuando se despegó la foto inmensa de la catedral de San Basilio, que los niños usaron para papalotes.

    A mí todo eso me pareció natural, siempre le dije que las cosas rusas eran una mierda, pero comprendía su dolor, y déjeme decirle, a mí también me daba pena. Estábamos tan acostumbrados a los relojes de pulsera que pesaban una tonelada y a los zapatones que parecían de ladrillo que, cuando de pronto desaparecieron, no sabíamos qué hacer. ¿Y qué me dice de la carne enlatada? No, no voy a bajar la voz, yo no tengo pelos en la lengua ni horchata en las venas, mucha hambre que matamos con la carne rusa y con las manzanas de pomo. Es verdad que sabían a rayo encendido, pero ¿ahora qué? Ahora ni trueno ni rayo ni la madre que los parió. Pobre Ekaterina. No eran sólo sus cosas las que se desmoronaban. Reyes empezó a hablar en voz alta, y a gritar también, en ruso siempre, y Volodia, angelito, salía corriendo y se metía en mi cuarto. No fueron pocas las noches en que durmió con Miguel. Yo me quedaba muy preocupada, pero al día siguiente Ekaterina seguía tecleando y Reyes volvía a las minas, a veces por toda una semana.

    Uno de esos días, mientras yo vendía mi arroz con leche en el parque, vi a Mireya. Me preguntó primero por Miguel, luego por Volodia, y al fin por Reyes: que si yo sabía algo de él. ¿Para qué lo buscas?, dije yo. Para saludarlo, nada más. Eso dijo, y entonces supe que se había acostado con él. Recogí mis cantinas y me fui. Tuve por primera vez la seguridad de que todo se acababa. Yo también preguntaba por Osvaldo cuando se me perdía más de la cuenta. No, no es igual, no se vaya a creer que Mireya y yo tenemos algo en común por estar con hombres casados. Mira que se lo dije a Ekaterina: ¡Muchacha, deja esa bobera de hablar en ruso todo el tiempo con Reyes!, cuando te acuestes con él tienes que decirle Papi riquísimo, me vuelves loca. Ella se reía y se reía y se ruborizaba como una niña; no me hizo caso, y mire, ahí tiene el resultado.

    Hace más de un año que fue por última vez a mi cuarto. A mí me extrañó verla tan tarde, con el último vestido ruso que le quedaba y que sólo se ponía cuando iba a entregar las traducciones en el Palacio de las Convenciones.

    No sabía cómo decirme que se iba. Empezó por recordar el primer arroz con leche que le llevé, el día que nació Volodia, los fines de año que festejamos juntas, abrazando a los niños por el frío. ¿Es que vas a escribir tus memorias o qué diablos te pasa? Que me voy, y que me llevo a Volodia, y que no vuelvo más, y que apenas puedo aguantar los deseos de llorar, y con la misma se me echó al cuello, con una fuerza que, óigame, yo le digo a usted que no nos caímos por puro milagro.

    No despiertes a Miguel, no puedo despedirme de él. Luego tú le explicas. Y ya se iba corriendo por la escalera de caracol, cuando yo, todavía asombradísima, le caí atrás y le grité: ¡Oye, Ekaterina! ¿Te hace falta algo? ¿Te puedo ayudar? Sí, me gritó, suerte, deséame suerte, Cuqui. Y se largó. El llanto de Volodia todavía lo tengo clavado aquí, en el mismísimo centro del pecho, y el recuerdo de su carita de angustia a través del cristal del taxi todavía me despierta por la noche.

    Todo lo ruso se fue. Yo ya estoy cansada de lo que viene y se va. Se puede ser fuerte, pero existe un límite; no hay que exagerar. Ya ve, yo también lloro, y eso que no tengo el alma rusa que dice mi tío.

    ¿Cómo? Sí, señor, ya estoy terminando. No habían pasado ni tres meses cuando Mireya llegó y se instaló en el cuarto de Reyes, con el desparpajo de una mujer que está de vuelta de todo. Empezó por hacer una limpieza general, y fue sacando uno a uno los muebles para el pasillo, y los restregaba con un cepillo así de grande, y tiraba agua y más agua, pero qué va, el olor de Ekaterina y de Volodia estaba allí todavía, y a una le parecía que en cualquier momento iban a aparecerse por detrás de la puerta pidiendo café acabado de colar.

    Mireya lo sabía, y estaba desquiciada con la tiradera de agua, que ya era por paredes y ventanas, hasta por el techo, que también cogió su ramalazo de jabón. Yo soporté todo aquello en silencio, me repetí muchas veces que no era asunto mío, más me dolía la tristeza de Miguel que la alegría de Reyes, pero usted comprenderá que no me era fácil.

    Reyes cambió mucho. Yo creo que del trabajo lo botaron porque siempre estaba allí con ella, ayudando a renovar el cuarto. Me llamó la atención cuando empecé a verlos con bultos y maletas saliendo y entrando, pero traté de tranquilizar mi encabronamiento repitiéndome que no era problema mío. Pues resulta que estaban vendiéndolo todo, y por dólares, fíjese usted, yo lo supe varias semanas después cuando estaba en mi sitio del parque con mi cazuela de arroz con leche, y los vi, tres bancos más allá, exponiendo las cosas sobre el césped, como si fueran gitanos. La gente se detenía y cogía cada objeto para examinarlo y a mí se me estrujaba el corazón reconociendo desde lejos los primeros zapaticos de Volodia, la bata de maternidad de Ekaterina, el velocípedo en que rodó mi hijo Miguel, el juego de cazuelas esmaltadas con flores rojas. Hasta las matrioshkas estaban allí en hilera, de mayor a menor, como las ponía Ekaterina encima del televisor. Y yo allí, viendo cómo se evaporaban los recuerdos, una parte de mi vida. Para serle franca, fue allí, en el parque, donde me nació la idea de golpear a Mireya. A Reyes también, pero me acordé de Ekaterina poniéndose la corona, y lo dejé pasar. Tarde o temprano Ekaterina se va a enterar de todo, y sé que no me perdonaría si yo destimbalo al desgraciado ese, que bien vistas las cosas es hasta más culpable que Mireya.

    El cucharón con que sirvo el arroz con leche, regalo de mi tío, pesa más que el carajo. Esa mañana llegué al parque bien temprano. Yo nunca me fijo en el sol ni en las nubes, pero ese día sí, qué curioso, ¿verdad? Había un cielo azul claro, clarísimo, tan claro que se parecía a los ojos de Ekaterina, y yo no sé por qué le sonreí al viento, plenamente satisfecha.

    Le di tres golpes en la cabeza, con toda la fuerza que tienen mis brazos de mujer. Yo sé que usted no me lo va a creer, pero no estaba en mis planes matarla, lo único que quería era castigarla como se merecía la muy puta. ¿Qué dice? No, no me arrepiento. ¿Qué quiere que le diga? Mire, si algo tengo que lamentar, es que la sangre de la puñetera esa salpicara tan irremediablemente los libros de Tolstói y de Chejov que estaban, tirados en la hierba, como esperando clemencia bajo el sol.

  • Corazón partido bajo otra circunstancia

    De: Nuevos narradores cubanos (Ed. Michi Strausfeld)
    Para E. Cordero

    Desde niño me obsesiono con ciertas imágenes, ésta me persigue en los últimos tiempos: Una mujer corre desnuda por un campo de flores al amanecer. Quizás haya salido de algún filme impreciso o de alguna lectura que ya no recuerdo, lo cierto es que se instaló en mi cabeza y de ella no sale. La veo correr (a la mujer, por supuesto) pero cuando no aparece me invento su carrera. De tanto imaginar, lo que al principio resultó placentero (la desnudez del cuerpo, el pelo en armonía con los pasos, sus senos saltando sin maldad, el sol a contraluz, el campo de flores) se ha ido convirtiendo en su contrario. Una mujer corre desnuda por un campo de flores al amanecer, resulta una imagen infeliz, precisamente, por estar plagada de felicidad. No puedo resignarme a tanto idilio. El amanecer, las flores, el sol a contraluz, me ofrecen el tono de la cámara lenta. Para el espectador más simple, fuera de encuadre debería esperarla otro joven con los brazos abiertos. Siempre es así, en el cine y en todas partes. Al principio era yo mismo ese joven, durante un tiempo me fue reconfortable recibirla desnudo y hacerle el amor entre las flores. Luego, cuando me ganó el aburrimiento, opté por sustituirme. Como buen voyeur puse a otro en mi lugar hasta que se gastó la imagen.

    Debo aclarar que cuando pienso en la mujer desnuda por el campo de flores al amanecer, a continuación tejo una historia y convivo meses con ella en mi cerebro. De un tiempo a esta parte me cuestiono ese campo de flores, lo encuentro cursi, manido. La última vez, por simple omisión, con sólo agregar una bolsa de nylon a la mujer, logré sustituirlo. Lo que me resultaba idílico, casi irreal, de golpe quedó convertido en una imagen difícil. Una mujer corre desnuda en el amanecer con una bolsa de nylon, ya es otra cosa. Con sólo agregar bolsa de nylon, paso de mi placer habitual a un estado de angustia inquietante. Entonces, mientras la veo correr en mi cabeza, presiento que se llama Laura Miranda, o que por lo menos, así le dicen. Con otro nombre me hubiera sido imposible hilvanar la cadena de hechos que proporciona el cambio. Laura Miranda, llamarse así, resulta paladeable, fértil, completamente opuesto a Julia Pérez Pérez, por ejemplo. La imagino vestida, joven, vital, saliendo apurada de algún sitio importante. Pudiera ser de una empresa o de algún ministerio. Pero cuando me la invento tan común ocurre que después no me apasiona, se pierde entre papeles o entre la multitud y ya no puedo atraparla. Por otra parte, llamarse Laura Miranda no me parece apropiado para oficinistas ni para ingenieras, el nombre se malgastaría puerilmente en la oficina. Prefiero, por ejemplo, utilizarlo en la radio. Laura Miranda pudiera ser una notable actriz de radionovelas que con cierta prisa acaba de salir de la emisora. La imagino discreta, cotidiana, ausente del mundo exterior, pidiendo el último en la cola del camello. No resulta complejo, al menos para mí, concebir a una mujer de nombre Laura Miranda esperando impaciente en una cola que aborrece y que a la vez tiene en cuenta. Supongo, entonces, que la palabra ensimismada podría ser la ideal para definirla durante su estancia en la cola. Digamos que está pensando en regresar al trabajo. Un angustiante motivo para quien espera el camello es concebir la palabra «regreso» cuando aún no se ha partido. Además, «regreso», encierra otra interrogante: ¿por qué?

    Imaginándola en el borde de la acera, viendo los autos pasar hacia occidente, le propongo la siguiente coartada: Laura Miranda debe regresar al trabajo porque esa noche se celebraría, por todo lo alto, un homenaje a Félix B. Caignet. Hace señas, detiene su mirada en los carros con chapas estatales, maldice su poca suerte cuando los choferes continúan impasibles, o cuando responden con otra seña pretextando que van cerca. El padre universal de la radionovela, es decir, Félix B. Caignet, artista sumamente olvidado, resucita otra vez gracias al talento de Laura Miranda. Por azar, por esos malabares que contiene la palabra azar, ella dio con uno de sus guiones inconclusos y, finalmente, lograba imponerlo. De la noche a la mañana, ante los ojos incrédulos de numerosos colegas, dejó de ser la simple actriz de papeles secundarios para convertirse en la mejor realizadora. En silencio, forcejeó con sus palabras y las del maestro, adecuando Corazón partido a las nuevas circunstancias, y después, ya con el título y el guión adaptado, se dedicó en alma y cuerpo a convencer al director de la emisora. Una maniobra tan difícil como detener un carro a esa hora de la tarde. En corto tiempo los televidentes, como por arte de magia posmoderna, volvieron a convertirse en oyentes devotos de las radionovelas, gracias a Félix B. Caignet y al esfuerzo de Laura Miranda. Incluso, una corporación de equipos electrónicos aprovechó ese éxito para inundar la ciudad con unos radiecitos baratos marca Sonido. A pesar del ligero contratiempo en la parada la imagino feliz imaginando el giro que ocurriría en su vida, cuando unas horas más tarde regresara al trabajo. Corazón partido es un éxito rotundo y de ninguna manera ella, Laura Miranda, la precursora del éxito, podía perderse la fiesta donde la felicitaría el propio Ministro de Cultura. He aquí la razón por la cual Laura Miranda ha marcado en la cola del camello. Imagino su insistencia en detener algún carro, el calor sofocante, el dedo atento, un sinnúmero de ideas taladrando su mente de artista atrapada. Debía llegar, bañarse, comer algo, cerciorarse de que todo marchaba bien con la vieja Amalia, y luego volver. Los únicos veinte pesos que tiene en su cartera están reservados para alquilar algún carro si la coge un poco tarde.

    Laura Miranda, en el borde de la acera, podría pensar que conociendo al Ministro de Cultura, la televisión y el cine la recibirían con los brazos abiertos. Dios no daba muchas oportunidades, pero le había dado ésa. Corazón partido es el mayor escándalo cultural del país y todavía ella, Laura Miranda, no cuenta en su currículum con un minuto de televisión. Nadie me conoce, se dice, pero a partir de esta noche me van a conocer demasiado.

    Luego, de pie, apretujada, con la cartera delante para evitar carteristas, continúa sus reflexiones en el vientre del camello. La imagino dichosa, aferrada a la cartera, asegurando su mano al espaldar de un asiento. Como si no fuera el causante de su dulce existencia permito que actúe, la dejo ser la libre protagonista de mis sueños, aunque de vez en vez, me permita un torcimiento en su historia. Por la ventanilla observa el desconsuelo de quienes no pudieron tomar ese camello, comprueba que afuera ha empezado a llover y, de paso, como si no estuviera en planes advertirlo, descubre el reflejo de su rostro en el cristal. Laura Miranda es una mujer fea, delgada, con demasiada nariz para los protagónicos, pocos con ese rostro se arriesgarían en el cine o en la televisión. Ella lo sabe, supongo que lo sabe, pero desde su infancia cuenta con un viejo coro de famosos narizones como atenuante. Los descubrió en las películas del sábado. En numerosos instantes depresivos, ese coro, unas veces dirigido por Barbra Streisand y otras por el pequeño Dustin Hoffman, canta en su oído que los feos también tienen su oportunidad sobre la tierra. Si por lo menos contara con un par de senos similares a los de la rubia que viaja a su lado, o con menos nariz, y unos labios carnosos donde mostrase la pintura a plenitud, entonces las cosas marcharan de otro modo. Qué carajo, piensa, entonces no fuera yo misma sino esa mujer, rubia, alta, con uñas listas para la lima en cualquier parte, y no habría existido Corazón partido, ni Félix B. Caignet habría dejado de ser un artista olvidado. Lo importante es no detenerse, se dice Laura Miranda, y de repente, como si dialogara consigo misma, escucha su propia voz en otra parte.

    Un pasajero al final del pasillo trae un radio entre sus manos, dichoso, como si con ello estuviese prestando un gran servicio al país. El pequeño radio de pilas marca Sonido permite a su alrededor que todos estén pendientes de la voz de Laura Miranda. Pronto comprende que no es ése el único radio marca Sonido que propaga su voz, porque al otro lado de la rubia alguien con portafolios también extrajo el suyo, permitiendo a los oídos de una señora regordeta con jabas, de varios escolares de secundaria básica y de la propia rubia que estén al tanto de los sinsabores y desgracias de la protagonista. En el camello hay mucha gente alrededor de esos radios marca Sonido, gracias a Laura Miranda. Pero la radio es otra cosa, en la radio lo importante es la voz, y ella, la mejor actriz de su maldita emisora, de ese antro de envidias, de ese espacio frustrante y de cargas negativas, se siente muy mal. No la soportan, los mediocres no soportan el éxito de nadie, se dice. Y recuerda que Roque, el director de la emisora, le había dicho hacía un rato:

    —Laurita, las cosas no son como tú piensas.

    —¿Y cómo son, Roque, si puede saberse?

    —Despacio, para que camines rápido.

    —¿Todavía más despacio?

    —Yo en tu lugar no me quejaba tanto. Eres una gente con suerte. ¿Sabes cuántos pasan por aquí buscando un chance con sus guiones bajo el brazo? Tú lo lograste.

    —No me convences, Roque, de verdad que no.

    —Dale despacio, actúa con cautela.

    Cautela mierda, Roque, piensa, cuando su mano está a punto de soltar el espaldar del asiento. Bordean la rotonda de la Ciudad Deportiva y la curva remueve a la compacta multitud que se aplasta contra Laura Miranda. Faltó poco para que cayeran al suelo los dos radios marca Sonido que mantienen viva su voz en el camello. Con cautela Caignet estuviera olvidado y la emisora no fuera la de mayor audiencia. Corazón partido es un éxito, Roque, hay que retransmitirlo si los oyentes lo piden.

    —Pero yo sólo soy el director, Laurita, no te olvides de eso. Nada más que el director.

    —La radio es mierda, Roque, efímera, una máquina de moler instantánea. Aprovechamos ahora o nos jodemos para siempre.

    —Corazón no puede salir dos veces al aire —dijo Roque, entretenido con el bolígrafo.

    Ese cabrón nunca me mira a los ojos, se dice Laura Miranda. Pocos en la emisora se atreven a mirarla de frente. Quizás el C. V. P., en su afán de cerciorarse del personal que entra y sale, o Digna, la recepcionista, que le brinda café fuerte en pomo de medicinas a cambio de que le escuche uno de sus cuentos de ladronzuelos acechando turistas, o los del violador que desde hace meses se ha convertido en un látigo para las mujeres de la ciudad. Puros cuentos, salidos por esa boca con aliento a café, acentuados hasta el delirio para emular con su talento y el de Caignet y terminados con una frase cortante de recepcionista, que la mira fijamente a los ojos. Pero el resto del personal, comenzando por Roque, prefieren jugar con los bolígrafos y pensar que mientras en un camello haya dos tipos con radio marca Sonido, permitiendo en su vientre la radionovela, todo marcha muy bien en la ciudad.

    —¿Y las cartas, Roque, no me digas que yo inventé las cartas?

    —Ahora tengo reunión, pero esto lo seguimos hablando en la fiesta, porque tú vienes a la fiesta, ¿verdad?

    Claro que viene a la fiesta, claro que voy a la fiesta, se dice Laura Miranda, a punto de bajar del camello, ¿quién sino yo tiene más derecho a esa fiesta? ¿Quién sino ella tiene más derecho a esa fiesta? Corazón partido se retransmite aunque me deje de llamar Laura Miranda. Luego escucha su voz en los dos radios y se siente feliz, es una artista con éxito, con mucho éxito. Observa cada uno de los rostros atentos al destino trágico de su personaje y sonríe. Aunque ninguno de esos seres, sus oyentes, la reconoce, se sabe admirada, gracias al talento de Félix B. Caignet y a la suerte de haberse topado con su guión inconcluso.

    Las piernas de Laura Miranda evitan los charcos, atentas al menor resbalón. No lleva tacones, pero sabe que debe cuidarse. Camina por la acera del bar de la esquina, ensimismada, reflexiva, sin ánimos para comprobar, como siempre, a los habituales tomadores de ron concentrados en la suerte de los personajes de Corazón partido. Muchas veces al bajar del camello se ha detenido en el rostro del barman, en el sinfín de codos sobre el mostrador, en los vasos con mugre de alcohol pendenciero, en quien ordena silencio al que llega gritando. Pero esta vez, esta única vez, no tiene en cuenta a la gente del bar. De haber mirado hubiese visto, como siempre, su cuerpo en el espejo, los mismos borrachos, y a un nuevo inquilino con barbas, mochila y trago en mano, que concentrado en la radionovela, al mismo tiempo, examina las piernas de las varias mujeres que acaban de bajar.

    A tal punto la mente de Laura Miranda permanece en la conversación, a tal punto el bolígrafo de Roque todavía bailotea en su cerebro, que, justo en el cruce de la línea del tren, un hombre en bicicleta le grita una barbaridad para que atienda. Los planes, las palabras pensadas al Ministro, los aplausos, el diploma que iría a recibir, de no ser por la esquiva del hombre, y por los buenos frenos de la bicicleta, hubiesen quedado truncos junto a un cuerpo adolorido por el golpe.

    Es curioso, a partir de ese grito, del gesto del hombre, del asombro de ella, mi insistencia en la imagen de Laura Miranda pierde interés. La siento distante, como si nunca me hubiese inventado una mujer con ese nombre. Permito que camine junto al grupo que se bajó del camello, sin mayores contratiempos. Es una más perdida entre la multitud que esquiva charcos dejados por la lluvia. Al llegar a ese instante, la historia se vuelve incontinuable. Regreso, simplemente, a la imagen del campo de flores, tratando de empezar otra vez. Pero es en vano, llego al cruce de la línea del tren, le gritan a Laura Miranda, y luego me enquisto.

    Sin embargo, hace unos días encontré una brecha en mi cerebro, en vez de continuar la trayectoria de Laura Miranda, me detengo en la imagen que ofrece ese hombre en bicicleta. Empiezo a configurarlo empleando el mismo método y las cosas me cambian, sobre el enquistamiento prevalece la fluidez. Invento a ese hombre con un viejo pulóver, prominencia de estómago, mocho de tabaco apagado entre los dientes y dos latas de salcocho en la parrilla. Pedalea lento, hago que eluda guaguas, peatones diversos, otras bicicletas, mientras deja atrás el cruce de la línea del tren y el grito que dio a la mujer. Por supuesto, desconoce que se trata de Laura Miranda, la famosa protagonista de Corazón partido, aunque de ello pudiera enterarse unas horas después.

    En ocasiones resulto excesivo construyendo su imagen. Pero en los últimos tiempos, con simples pinceladas, he logrado ser preciso. Verlo pedalear en mi cabeza me permite esbozarle su asunto inmediato: llegarse al hospital donde trabaja Yunaisy, recoger el salcocho, comprar un litro de ron y alimentar los puercos de la casa. Creo prudente imaginar que los puercos no sean suyos, ni tampoco la casa. Por primera vez los muslos de Yunaisy lo serán, podría llamarse Navarrete y desde los tiempos de la guerra de Angola ser la sombra de su jefe, ahora gerente de una Corporación, como el jefe no está, Navarrete garantiza la vida de los puercos y de paso cuida la casa en compañía de los muslos de Yunaisy, Yunaisy, pantrista del hospital, comenta con los enfermos Corazón partido, pero desde la ventana se interrumpe cuando ve a Navarrete en dirección al patio, Navarrete sumerge sus manos en los latones del Hospital y Yunaisy, dichosa, lo espera junto al par de bicicletas, porque van a pasar un buen día, imagino los codos de Navarrete con restos de arroz con frijoles, las latas de salcocho rebosantes, el mocho de tabaco equilibrado, peste, mucha peste, cuando acomodan la carga en la parrilla, ahora pedalean sobre la humedad del pavimento, Navarrete compra ron en el bar, Yunaisy, mucho más joven que él, lo espera, lo ve venir satisfecho por la compra, guarda la botella en la cajita de madera de su propia parrilla y protesta porque ya está repleta, Navarrete, descamisado, sudoroso, sin mocho de tabaco en la boca, voltea el salcocho en el corral, acomoda la comida con sus manos, acaricia los puercos, acompañado por dos perros pastores, y es feliz imaginando el par de muslos de Yunaisy, Navarrete, desde el patio, todavía con los codos embarrados, adivina lo que está cocinando Yunaisy, adivina lo que guarda entre sus muslos Yunaisy, y los perros, babeados, con sus grandes colmillos al asecho, se recuestan al muro, Navarrete, convencido de que no hay ladrón que salte ese muro, lo observa mejor para sentirse tranquilo y toca el bulto que tiene en la entrepierna, porque es la primera vez que va a gozar con Yunaisy, Yunaisy, cocinando, escuchando por enésima vez el cassettico con Corazón partido que le prestó un paciente, es todo llanto por las lágrimas de Laura Miranda, mientras Navarrete, impertinente, sin sentimientos, con maldad parecida al malhechor de la novela, se le acerca, le levanta el vestido y a pesar de su vientre, la conecta con furia por atrás.

    Esas imágenes mundanas me permiten continuar con la historia de Laura Miranda. Inexplicablemente, vuelvo al cruce de la línea del tren. Navarrete le grita, A ver por dónde caminas, comemierda, y ella cae en la cuenta de que poco faltó para que la aplastaran con esa bicicleta. Pero no sólo ella cayó en esa cuenta, desde el bar cercano a la línea, por el espejo, varios ojos pudieron apreciarlo. Entre ellos, los del hombre barbado y con mochila, que, dejando el capítulo de la radionovela inconcluso, acabó de un trago el medio vaso de ron y empezó a caminar detrás de Laura Miranda. Mejor dicho, detrás de la rubia que bajó del camello junto a Laura Miranda. Para el hombre, desde el mismo instante en que las vio aparecer, las piernas de esa rubia le proporcionaron un indescriptible cosquilleo, una erección incalculable, un deseo de seguir tras sus pasos sin medir las consecuencias. Y si detectó la presencia de la otra, es decir, la de Laura Miranda, fue por causa del grito del hombre en bicicleta.

    Dos cuadras después, mochila al hombro, alcohol de mala muerte en la cabeza, él continúa su persecución placentera. La boca salivea imaginando muy cerca esas piernas, el peso de la mochila no existe, las gotas esporádicas de lluvia no caen sobre su cuerpo cansado, a Laura Miranda jamás le han gritado desde una bicicleta. Laura Miranda, como todo lo demás, es un simple espejismo. Nada existe para el hombre barbado, salvo la belleza de esas piernas. Los tres se alejan en la misma dirección, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos. Para el perseguidor, sin embargo, habrá un instante favorable. Tiene que haberlo. Apelando a un filoso cuchillo esa rubia tendrá que aceptar y ser suya. Lo sabe, por eso siente confianza, camina despacio, sin tener en cuenta a esa otra que avanza a su lado. Todo es cuestión de ganar la otra cuadra. Pero, contrario al pronóstico, por azar, por esos malabares que contiene la palabra azar, alguien, capa en mano, sale al encuentro de la rubia, la abraza, besa su boca con total espaviento, brinda protección inesperada, dejando al pobre hombre, barbado, con mochila y cuchillo dispuesto, sin saber dónde meter sus pretensiones.

    La ve partir bajo la capa, bajo el brazo del aparecido, y siente deseos de llorar. El mundo vuelve a ser el mundo otra vez, las aceras vuelven a tener charcos de agua, la noche está a punto de caer y la mujer delgada a quien gritaron comemierda, en la línea del tren, vuelve a ser Laura Miranda. Por supuesto, él no conoce su nombre, y tampoco pudiera imaginar que esa enjuta figura pertenezca a la actriz que le apasiona los sueños. Queda unos segundos jadeante, con las gotas de lluvia resbalándole en la cara, las piernas de la rubia en el cerebro y la erección dispuesta. Pero no todo está perdido, piensa el hombre catando ese cuerpo, aferrando sus dedos al filoso cuchillo, caminando de prisa, apretando ese cuello. No todo está perdido, gracias al azar, a esos malabares que contiene la palabra azar.

    Para Laura Miranda el vaho cercano de ese hombre resulta inexplicable, amenazante, mucho más el cuchillo. Quiere obedecer como Dios manda, pero el hilo de su orina resbala por las piernas y encharca sus zapatos. Camina o te pico, putica, mi putica, escucha en el oído con dureza de alcohol y con vaho. Siente el brazo encima de su hombro tan familiar como el del hombre que esperaba a la rubia, y sin saber cómo, se va alejando de los charcos, las guaguas, los camellos, las calles, la ciudad, la vida. La hoja de un cuchillo, a cada instante, le recuerda que pertenece por entero a ese hombre. Toma por trillos, por ciertos caseríos, bordea las paredes de un muro alto que protege una gran casa, siente perros ladrar del otro lado, siente la voz de un dueño que controla, siente puercos, siente su propia voz en Corazón partido, sin poder avisar a sus oyentes que ella es Laura Miranda y se acaba de orinar en sus zapatos. Quiere gritar a cuatro vientos que por culpa de un hombre y de un filoso cuchillo se va cortando el cuello cuando el desnivel del camino lo propicia. Pero detrás queda la posibilidad de auxilio, el accidente, el tropiezo con alguien capaz de comprender, a simple vista, lo imposible que es la relación de un tipo con ese estalaje y una mujer que acaba de salir de una emisora.

    En un rincón de una antigua escuela primaria se ve desnuda, amarrada, muy cerca del vaho y de todo el rencor de ese hombre. La humedad dejada por la lluvia, sin embargo, la salva un poco del sometimiento, le permite respirar, oler a tierra recién removida. Pero de inmediato descubre, a menos de dos metros, el hueco proporcional a su tamaño donde va a ser enterrada. Laura Miranda, con la mordaza impidiéndole el grito, suelta lágrimas para aplacar la cercanía de ese hueco. Comprende el final del guión inconcluso que es su vida. Llora. Maldice haber tomado el camello, maldice al mismísimo Ministro de Cultura, maldice a Félix B. Caignet y a Corazón partido, maldice a la vieja Amalia. Siempre digo que va a durar más que yo y miren esto, piensa. Laura Miranda podía haber quedado en la emisora hasta la hora de la fiesta, soportando los cuentos de la recepcionista, entibiando sus labios con café fuerte en pomo de medicinas, esquivando miraditas rabiosas de colegas en celo, editando, calculando sus palabras al Ministro. Pero Amalia, la vieja Amalia, siempre, desde una ancha butaca, le exige su vuelta de agregada. ¿Acaso cuando me muera no te vas a quedar con todo esto?, gánatelo entonces, le dice. ¿Quién la mandó a ella, a Laura Miranda, no haber nacido en uno de esos hospitales de La Habana? ¿Quién la bautizó con sus problemas de vivienda? ¿Quién la sacó del pueblecito, la puso en un tren a probar suerte y luego dejó caer ante sus ojos el maldito guión de Corazón partido? Por el momento llorar es un consuelo. Mientras, el hombre se da un trago de alcohol, sin apuro, convencido de que es el dueño de la noche y de Laura Miranda. A su lado está el cuchillo, filoso, ofreciendo seguridad de culpable; más cercanos, el pico y la pequeña pala que permitieron abrir ese hueco. Laura Miranda vuelve a mirar el hueco. Tanto desgastarse con las palabras de Félix B. Caignet, sus giros lingüísticos, las mudas temporales, la vieja Amalia, rufianes y señoritas prudentes adaptados a los tiempos que corren, para, finalmente, terminar en un húmedo hueco. Su llanto aflora incontenible, se siente perdida, pero el propio instinto de vivir hace que no pierda de vista cada gesto del hombre. Lo observa, le siente el olor a larga ausencia de baño, el silbido fúnebre, la sonrisita maliciosa cuando le mira el sexo. Lo ve rascarse la barba y darse otro trago, como si estuviera en el medio del monte, de campismo.

    —Vas a gozar de lo lindo, cabroncita —dice, cuando le toca el sexo, pero no siente erección acariciándolo. Hubiera preferido cualquier otro. Tiene que pensar en las piernas de la rubia para sentirse a gusto. Por más que la mira, con ella, con Laura Miranda, los deseos no aparecen. Mientras la toca, quizás revise en su memoria la colección de buenas piernas que ha tenido, y de paso, las veces que luego de alcanzar el placer, sin más remedio, apenado, casi llorando, ha pedido un humilde perdón a esas mujeres antes de acuchillarlas. Para él, cualquiera de aquellas piernas resultan superiores a la carne de gallina que ahora acaricia, y cuando sus dedos recorren con desgano ese cuerpo, quizás esté augurando su última vez. Por eso, y por su mala figura, nada en ella le resulta apetecible, pero el azar, esos malabares que contiene la palabra azar, la puso en su camino para su mala suerte. El daño ya está hecho, cabroncita, dice, sólo falta que éste se pare, y de rodillas aproxima su cuerpo a la carne de gallina de Laura Miranda. Repasa cada parte sonriendo, frotando el pantalón en la entrepierna, pero su esfuerzo es inútil. Entonces, prefiere ganar tiempo, abrir con cuidado la mochila, extraer una bolsa de nylon, un radiecito marca Sonido, un farol que prende al instante y unos panes con pasta.

    Ella lo ve comer recostado a la pared de la escuelita, eructar como un puerco, sintonizar el radio, prender un popular humedecido, darse un largo trago y saborearlo satisfecho. Digna, la recepcionista, no se equivocó cuando advertía la presencia del tipo en la ciudad. Sus cuentos, de tanto repetirlos, parecían argumentos de películas del sábado. Nadie en la emisora soportó esas historias con la misma paciencia de Laura Miranda. Las víctimas eran personajes cercanos, vecinos de la recepcionista, amigos de amigos de amigos que cobraban forma gracias a su lengua con aliento a café. Niñas, jovencitos y mujeres violadas, descuartizadas, enterradas, de manera increíble pasaron por su boca, como mismo ella pasaría cuando alguien topara con su cuerpo, convertido en una pasta hirviente de gusanos, y después transmitiera la noticia.

    —Cabroncita, tú eres una cabroncita —dice el hombre desnudo, ya conseguida la erección, el cigarro a medio terminar, arrodillado otra vez entre las piernas de Laura Miranda. La repasa con fuerza y no siente la carne de gallina en la mujer, porque se le ha convertido en la rubia. Esas piernas que toca son las de la rubia. El bajo vientre que escupe, tratando de lubricar una carne imposible, es el de la rubia. La penetración furiosa, el vaho alcoholizado y las palabrotas que suelta cuando gime, se pierden en el cuerpo de la rubia. Pero quien se estremece, muy cerca de un hueco, es Laura Miranda, la actriz principal de Corazón partido, alguien que sufre como sus personajes y se siente morir bajo la torpeza de un hombre. Goza cabroncita, le grita desesperado, y la taladra, la muerde, la destroza, mientras ella concentra el pensamiento en el amarre de sus manos. Lo importante es vivir, Laura Miranda, alejarte un buen tiempo de ese hueco, continuar con Corazón partido, retransmitirlo las veces que los oyentes sugieran, conseguir casa propia, convencer a Roque, al Ministro, llegar de una vez y por todas al cine y a la televisión. Suficientes motivos para lacerar su carne con la soga, sentir el rasguño en la piel, la lágrima que rueda en su mejilla. Lo importante es vivir, Laura Miranda, aunque barbado y satisfecho, ese hombre se incline gritando a cuatro vientos: Goza esto, cabroncita, para después caer exhausto sobre el cuerpo imaginado de la rubia, como un niño al cumplir con sus deberes.

    Desde hace algún tiempo me cuestiono esas lágrimas de Laura Miranda. En vez de permitir que ellas afloren, muy contenida, la pongo a respirar en la humedad. Sin que el hombre barbado despierte tratará de escurrirse para luego intentar la carrera. Pero antes, deberá forcejear con un nudo. A tientas, con mucho vaho y aliento de alcohol pendenciero, lo tendrá que intentar. La imagino nerviosa, sudando, como si hubiese disfrutado de la fornicación. Ese hombre dormido sobre ella, con todo el tiempo del mundo a su favor, dentro de poco la enterrará para siempre. Sólo podrá impedirlo si vence el amarre. Todas sus fuerzas las concentra en descifrar ese amarre. Los relojes del universo detienen su marcha para que Laura Miranda desate un amarre. Pero sus nervios no lo tienen en cuenta, la traicionan. El nudo es mayor que su deseo. La intención, superior a la confianza. Desde el radio marca Sonido escucha las palabras del viejo Estanislao, la voz de la emisora, su emisora, que le llegan como si fuese un milagro. Ese viejo, con múltiples disculpas, informa a los amables radioyentes que en lugar del programa acostumbrado, transmitirán otro especial con la presencia del Ministro. Laura Miranda se concentra en la voz. Tiene que hacerlo. El ronquido del hombre barbado no impide que pueda imaginar a ese otro, ojeroso, con su saco dril cien de ceremonias oficiales, dichoso por su ausencia. Ella debía estar allí, en la emisora, impidiendo que el viejo locutor le gane espacio, pero el azar, esos malabares que contiene la palabra, la ha puesto muy cerca de un hueco. Laura Miranda forcejea con el nudo, llora, es la figura principal, y no ese viejo mediocre. Bastante ha sufrido por su histórica voz. Buches que resultaron amargos por su causa. Habladurías. Chismes de pasillo. Maquinaciones para que Corazón partido se frustrara bajo cualquier circunstancia. Laura Miranda, muy cerca del Ministro, le intenta explicar su problema de vivienda, los sinsabores, sus angustias, el anhelo de llegar alguna vez al cine o a la televisión. Pero sus nervios, como siempre, la traicionan. Balbucea palabras inexactas y el Ministro compre…