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Author: sqsricardo

  • XIV PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA “ENRIQUE RIUS ZUNÓN”

    Convocatoria abierta en España por Ayuntamiento de Calasparra, en la categoría de Poesía. Admite participación sin restricciones y acepta envíos por correo electrónico.

    • Género: Poesía
    • Premio: 3.000 euros, un trofeo conmemorativo, publicación de la obra ganadora y 50 ejemplares para el autor
    • Fecha de cierre: 23:04:2026
    • Abierto a: sin restricciones
    • Entidad convocante: Ayuntamiento de Calasparra
    • País de la entidad: España
    • Envío por email:

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  • XLVI PREMIO IBEROAMERICANO DE POESÍA JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

    Convocatoria abierta en España por Diputación Provincial de Huelva, en la categoría de Poesía. Admite participación sin restricciones y acepta envíos por correo electrónico.

    • Género: Poesía
    • Premio: 25.000 euros
    • Fecha de cierre: 20:04:2026
    • Abierto a: sin restricciones
    • Entidad convocante: Diputación Provincial de Huelva
    • País de la entidad: España
    • Envío por email:

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  • XXVII PREMIO DE POESÍA”NICOLÁS DEL HIERRO” 2026

    Convocatoria abierta en España por AYUNTAMIENTO DE PIEDRABUENA (Ciudad Real), en la categoría de Poesía. Admite participación sin restricciones y acepta envíos por correo electrónico.

    • Género: Poesía
    • Premio: 1.800 euros, publicación, 100 ejemplares para el autor
    • Fecha de cierre: 18:04:2026
    • Abierto a: sin restricciones
    • Entidad convocante: AYUNTAMIENTO DE PIEDRABUENA (Ciudad Real)
    • País de la entidad: España
    • Envío por email:

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  • IV CERTAMEN INTERNACIONAL DE CUENTOS CORTOS “MÁNFER DE LA LLERA”

    Convocatoria abierta en España por Sociedad Cultural y Recreativa La Montera, en la categoría de Cuento corto. Admite participación sin restricciones y acepta envíos por correo electrónico.

    • Género: Cuento corto
    • Premio: 800 euros
    • Fecha de cierre: 17:04:2026
    • Abierto a: sin restricciones
    • Entidad convocante: Sociedad Cultural y Recreativa La Montera
    • País de la entidad: España
    • Envío por email:

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  • IV CONCURSO DE NOVELETA “TARTALO GASTEIZ”

    Convocatoria abierta en España por TARTALO. SEMANA DE LO FANTÁSTICO EN LAS ARTES EN VITORIA-GASTEIZ, en la categoría de Noveleta (Cuento largo). Admite participación sin restricciones y acepta envíos por correo electrónico.

    • Género: Noveleta (Cuento largo)
    • Premio: 750 euros, diploma, trofeo, publicación
    • Fecha de cierre: 16:04:2026
    • Abierto a: sin restricciones
    • Entidad convocante: TARTALO. SEMANA DE LO FANTÁSTICO EN LAS ARTES EN VITORIA-GASTEIZ
    • País de la entidad: España
    • Envío por email:

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  • Esteros: Consolidación de una poética

    Tomado de Unplash

    “Túneles”, “descensos”, “otros descensos”, son las tres partes del libro que integran Esteros, el más reciente título de Yanier H. Palao. Por cada concepto: una parte; por cada parte: varios poemas ¿o acaso un solo concepto, una sola parte, un solo poema? ¿Acaso estamos en presencia de una novela? Las clasificaciones son cada vez menos precisas. ¿Hay lirismo en este libro? Sí, del más elevado. ¿Hay una historia? Sí, de principio a fin. Una historia y un argumento, y personajes y ambientes y conflictos. ¿Entonces? No sé. Mejor preguntémosle al autor: Yanier H. Palao ¿qué se propone usted con este libro, tal vez… desconcertarnos?

    Esteros es otro intento, reconstrucción a medias, montaje, atrezo sentimental, simulación, exhumación, exceso de mí. Escaneo de la máquina de vapor el nombre Josefita. Estoy en medio de la Avenida de los Desamparados, frente a los antiguos almacenes San José. Ese es el nombre de mi madre, ahora delante de mí. La ciudad habla conmigo. No cumplí el objetivo, no se produjo la conversación. Este libro es otra forma de justificarme (p. 93). ¿Quiere decir usted que estos escritos compensan un posible diálogo con su madre? Había escrito para eso. Había cavado durante años los terrenos más duros del pensamiento. […] Pero debía hablarle. […] Esta vez tenía que hacerlo, pero no fue. Mis palabras pesaban, se trituraban en seco, se exiliaban. Mis palabras nunca salieron de la boca. Esta no fue la única vez, no hablo desde pequeño, cuando me rompieron los espejuelos y golpearon mi rostro, no hablé. No dije nada cuando un hombre de manos ásperas me quitó la camisa y besó mi cuello. ¿Qué hay en mí? Creo que un cementerio de palabras, quizá ni eso (p. 40). Veo que hay mucho dolor en lo que dice, pero, desde el punto de vista formal, ¿cómo usted privilegia esa expresión? Traducir, llevar al lenguaje escrito, ese ha sido mi empeño diario. Más que palabras imágenes, mis textos los veo en mi cabeza, se suceden una tras otra las imágenes. La palabra es lo último, es el resumen de mis ideas, es la forma, los volúmenes, el color, el olor y, por último, puedo decir es la piel de un cuerpo (p. 70). Hablemos un poco de los referentes que utiliza en el libro, por ejemplo, el que le da título: Esteros. ¿Cómo Yanier H. Palao ve los esteros? Mi madre creció viendo esas imágenes. Escribo pensando en los enlaces que tengo con la realidad que los ojos de ella vieron. […] Estero es la palabra, me sabe a recalo, a hombres pobres, sudados, con botas llenas de lodo, caminando al lado de la línea del tren. Estero, y en los dientes de perro veo objetos muertos que otros utilizan. Estero y mi madre joven con un pañuelo en la cabeza desyerba en una tierra dura, macera cañas de azúcar, las tuerce en el aire inclinando la cabeza hacia atrás para que caigan en la boca intermitentes chorros de guarapo (p. 9-10). A mi alrededor esteros, franjas poco seguras donde se hunde todo, y quedan suspendidas en la superficie las hojas más livianas, los mantos más ligeros. El aire desprende la cabellera de los cuerpos hundidos pegados a la masa negra y gelatinosa de las costas (p. 67-68). Bueno, según cómo usted lo define, hay mucho de eso en este libro, prácticamente, el sujeto lírico vive en una suerte de esteros, sujeto lírico que no es más que usted mismo, su propia vida, según nos ha dicho. Entonces hay un vínculo directo entre los esteros y los “descensos”, esa otra parte de su libro. ¿Qué puede decirnos sobre los “descensos”? Hundirse, descender por voluntad propia al lecho del río, descender como Virginia Woolf, como descienden las manos de las señoras por los bolsillos de sus faldas de corduroy –gastado– para sacar una imagen de la virgen de la Caridad del Cobre y besar la foto al centro. Hundirse, para llegar a la muerte (p. 17). ¿La muerte, ha pensado usted en el suicidio, en la muerte? Bueno, [p]ude terminar inyectándome sida junto a Yaima Franco en aquella fiesta privada a la que asistí. Pude irme con Rafael. Él me llamó antes de que su balsa cruzara los mares. Pude hacer algo más sincero, menos tortuoso que ver cómo se despedaza mi vida en palabras. Y esas palabras (pedazos) disolviéndose en una realidad que se hunde (p. 86). ¿Viene a ser entonces la literatura, es decir esas palabras, un acto de muerte, de hundimientos que lo salvan a usted de la muerte física, el suicidio? ¿Son los “túneles”, en su libro, algún símbolo de ese salvamento? [L]a escritura solo me sirve para justificar la precariedad de mis días, para creerme que es una herencia (p. 54). Los [t]úneles, arterias por donde se llega al lugar, al hecho, a lo sucedido. Los [t]úneles son la escritura como vía, escritura en la que puedo entender toda mi existencia. […] La savia asciende por los tejidos vegetales hasta llegar a las hojas más altas, donde se convierte la luz en alimento. Quién fuera como los árboles. Quién pudiera alimentarse solo de luz (p. 37)

    Sin lugar a dudas usted posee una personalidad que entraña grandes conflictos existenciales. Tiene simpatías con algún escritor o libro en particular donde se vea usted reflejado. [L]a poesía completa de Raúl Hernández Novás y Ángel Escobar (p. 89). Bueno, Yanier, ¿y después de los esteros qué? Quedará un polvo fino y muy salado expuesto al viento. Quizá sea este el principio o el fin de todo (p. 64). Señores, Esteros, este volumen de Yanier H. Palao, con el cual, vale decirlo, consiguió el Premio Calendario en el año 2013, es un cuaderno atípico donde predominan descripciones casi crinográficas e imágenes lúcidas que atrapan la realidad de los esteros de la vida; en ellas, vaciado de sí, el autor se rencuentra. Con un tono impreciso entre lo narrativo y lo poético, logra hacer metaliteratura,1 síntoma que, sin duda, añade definiciones a una voz que ha venido creciendo en carácter y autenticidad. Podemos decir que Yanier H. Palao es un poeta que se distingue de los fueros de la poesía más reciente de la Isla.

     

    Todas las respuestas a esta entrevista son muestras de la metaliteratura del autor en su libro Esteros.

  • Miami Grand Prix

    Foto de Ahmel Echevarría

    Estas no serán mis “impronunciables memorias, las que nunca te suben a la garganta, ni siquiera cuando estás dormido. O desnudo. O deceso”. Pero a diferencia del William Saroyan o el Boris Vilniak de la noveleta Mi nombre es William Saroyan (Abril, 2006) de Orlando Luis Pardo Lazo (La Habana, 1971) me he obligado al recuento, a recordar casi con una memoria extraña cuanto he visto y vivido tras ejecutar un salto físico y mental a un nuevo barrio, ciudad, provincia, país.

    A finales de marzo la uña roja de mi GPS se encajó en la mitad de una de las tantas callejuelas curvas en Normandy Isles. Mi esposa y yo nos vimos obligados no solo a dejar el viejo apartamento de dos habitaciones en South Beach —aquel refugio fue un gesto más que benevolente de una excompañera de estudio de mi esposa—, sino también a reducirnos en espacio por la misma cantidad de dinero mensual: mil dólares que irían al bolsillo del nuevo landlord: el exesposo de nuestra antigua arrendadora.

    Subrentados en la sala de un apartamento en Normandy Isles fueron transcurriendo nuestros días en Miami. El condominio tenía un jardín con arbustos de ciruelas, mangos, guanábanas y naranjas. Paradisíaco vergel; democráticamente compartíamos las frutas con los vecinos, ardillas, mapaches y un montón de pájaros según la estación del año. Justo al lado, separados por un pinar y una valla de barrotes metálica se extendía un campo de golf. Nos costó varios meses adaptarnos al ruido de las pelotas que caían en el techo.

    Miami Beach, Florida, Estados Unidos. ¿Salto sin red? ¿Salto al vacío?

    ¿El riesgo de fundirme cual aerolito al atravesar la atmósfera de Miami y convertirme en polvo cósmico o cómico?

    Tenía como plan de fuga un programa de maestría en lengua, cultura y literatura española convoyado con una plaza de Spanish Teaching Assistant en la Universidad de Connecticut. Para eludir como mínimo el mal de ojo o cualquier imprevisto, mi esposa y yo decidimos ocultar a quien no fuera parte de nuestros cofrades en Florida cualquier detalle sobre el máster y la mudanza; ya lo había dicho José Martí en una carta a Manuel Mercado, y era el campamento de Dos Ríos, la guerra y el 18 de mayo de 1895: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas”.

    ¿Se trataba de un futuro cercano con bordes romos y suaves? ¿Una red de seguridad?

    En este país todo acontece muy rápido y un máster parecía el plan perfecto para entreverarse en las duras espirales de un huracán categoría cinco. Atravesar el atroz temporal hasta llegar al ojo. En el centro de un huracán todo posee el tinte o la tesitura de la calma mientras te mantengas alejado de las paredes del ojo. Una bella y extraña calma.

    “Lo de la maestría sí que mantenlo engrasado, eso es un lujo”, me dijo una amiga. “Te juro que te ahorra por lo menos quince años. Te lo digo por experiencia, por no haberlo hecho hasta muy tarde.” La prosa de su mensaje era exacta, intensa.

    “Quince años…”, dije para mí. Incluso incluí en el mudo parlamento los puntos suspensivos. Luego volví a dar de cara contra la realidad en Miami: trabajé para un tapicero guatemalteco que nunca me pagó; más que mecánico de equipos de gimnasio fui el handyman o el utility worker del landlord que me subrentaba la sala de su apartamento.

    No es mucho ni peculiar cuanto vi, al menos no en Miami, inconmensurable pantano donde asolan el calor, la humedad, el estrés y el insomnio, y donde toman forma o sentido las mayores e inverosímiles pesadillas, esas ya vividas por otros. Son las formas del fracaso o el éxito en la empinada cuesta a trepar por todo emigrante o exiliado.

    Más de uno me ha dicho “después te reirás de todo lo que viviste”. Ante un parlamento como ese solo he podido hundir la cabeza entre los hombros y enarcar las cejas mientras siento la astilla de Cuba en el pulpejo.

    “Después te reirás de todo lo que viviste…”, recordar la frase y mirar a mi alrededor, y comparar mi presente con el año y medio vivido en Miami. Era soleado e hipercaliente aquel paisaje verde, como una vasta llanura en el mismísimo fondo de un agujero tan profundo y enorme como la Fosa de Bartlett.

    Hay en esa suerte de hoya o fosa un paisaje bucólico. Es el jardín con el ciruelo y los arbustos de mango preñaditos. Los mangos son un poco mayores que las ciruelas, unas pocas semanas después sabré de su dulcísimo sabor, también mis cofrades.

    Cuando todavía estaban verdes, con un poco de pavor pensé en la uña roja que en el GPS marcaría la posición de mi siguiente alquiler si todo iba mal o si surgía un imprevisto. ¿Dónde estaría yo cuando las frutas maduraran? Y con la misma le di Shift + Delete a la oración. No quise verla convertida en un mensaje enviado al universo desde el jardín de mi segunda renta en tan solo tres meses, pero lo cierto es que el landlord ya me había dicho al menos un par de veces: “Ahmel, una renta en Miami Beach cuesta más de 1000 dólares”, sonreía, bebíamos a su cuenta unas margaritas, los ojos cual canicas de hipermateria.

    ¿Pueden las pesadillas tomar la velocidad de un auto de Fórmula Uno en una curva cerrada?

    Miami, ciudad insomne nunca ágrafa. Aquí, los signos gráficos convertidos en símbolos se multiplican en un mensaje que es uno y muchos. Su efecto tiene la forma del deseo, de mi deseo, man made (in)tangible materials.

    En Miami las historias más vendidas tienen pocos caracteres. Este tipo de (non)fiction nunca llega al lector impresa en libros o suplementos literarios, ni siquiera en formato ePub. ¿Es la verdadera literatura made in Miami? Ese escritor de advertisements es un Augusto Monterroso mucho más ingenioso y letal. Y su lector ideal siempre tendrá la forma de un posible cliente. Cuando al día siguiente ese sujeto despierte, el mercado y el deseo ya estarán allí.

    ¿Pueden acabar tan mal las pesadillas que adoptan la forma y el sentido del éxito una vez el destinatario de los advertisements esté dormido, desnudo o deceso?

    Entonces ocurre el atroz sonido del corcho al salir disparado del cañón de cristal. Falsa botella de champán. Celebración en burbujas.

    El Google Maps ubicó mi primer trabajo en Little River y a ese lugar le llamaban bodega o warehouse los dos sujetos que la subrentaban: el guatemalteco tapicero y mi landlord en Normandy Isles: un mexicano exfisiculturista que brindaba servicios a varios gimnasios. Para cada empleador, por separado o al mismo tiempo trabajé, o mejor: largué el bofe a cambio de cien dólares por jornada. Llegado momento supe cómo, y en forma de qué, acontecieron los pagos.

    Por lo pronto dígase Little River: ecosistema de negros en mayoría, más latinos pobres, creo. Me arriesgo a la calificación y la clasificación, aunque el mapa y el territorio sean mucho mayores que el tiempo que le dediqué a la cartografía y a la entomología, y a la velocidad con la que pueda acontecer la gentrificación.

    En la bodega debía lijar los cantos de unas planchas de playwood mal cortadas por un ingeniero venezolano de estirpe similar a la mía. Entre otros motivos, huyó de Caracas tras denunciar el robo de su motocicleta; por las malas supo que los mismos policías estaban detrás del hurto, policías que fueron arrestados tras la denuncia.

    El falso carpintero sabe que no puede regresar a Venezuela. Al cruzar la casilla de inmigración su nombre activará la venganza a manos de la policía. “Puedo amanecer en un callejón con un par de tiros en la frente, eso es muy común en mi país”, me dijo siete meses después de haberlo conocido, hacíamos una mudada en la casa de un ucraniano cuya colección de arte supuraba demasiado mal gusto y muchísimo dinero.

    Yo, falso lijador en la tapicería, graduado de ingeniería al igual que el venezolano, debía poner a punto de caramelo las planchas. Con ellas harían unas mesas subcontratadas por otra compañía para el Miami Grand Prix. Era mayo y la Fórmula Uno, era el 2024 y unas mesas que, a mí, falso lijador, me provocaban vergüenza ajena.

    En su mensaje dijo mi amiga: “créeme que tres años con solo una semana de vacaciones se sienten. Que en realidad son cinco días pagados. Tu amiga nunca se ha enterado de lo que es este país”. Ella usó emoticones, también yo.

    Aunque no somos nativos digitales nos hemos contaminado con las nuevas formas del lenguaje. Es la hiperconcentración del enunciado. Quizá el emoticón hubiera formado parte de las seis propuestas de Italo Calvino para la literatura en el nuevo milenio.

    Dadas por listas, las mesas no hubieran estado ready ni siquiera en una escena del libro Alicia en el país de las maravillas o del filme cubano Alicia en el pueblo de Maravillas. En el trasiego de las mesas siempre a contrarreloj desde el warehouse a un camión, y desde un almacén a la zona destinada al casi imposible maquillaje de los muebles, hice músculos y el ácido láctico dispersó dolor cuerpo arriba y cuerpo abajo.

    Mientras ubicaba el dolor en una zona de la cintura para que no doliera demasiado conocí a un pintor puertorriqueño. Un tipo que pinta carros. Un tipo muy mal vestido, aseguraba ser muy bueno en su negocio.

    Toda aventura que uno cree haber vivido será siempre poca cosa ante tipos como aquel. Viejo marinero del que ya no recuerdo si dijo: “fui marine y recorrí medio mundo y la otra mitad”.

    Pellejo aindiado recocinado al sol, cabello medio sucio recogido en una coleta, dientes rebajados literalmente hasta la mitad sabe Dios porqué. Dientes que miraba yo cuando el pintor de carros me hablaba de Francia, la comida y las francesas; de Cuba y la situación política, la música, las Morenas del Caribe, y entonces me mostró una foto del icono Regla Torres. La mejor voleibolista del siglo XX posaba sobre el Taraflex enfundada en el breve uniforme de combate.

    Tan pronto vi a Regla Torres pensé en Yeyín la capitana, Maestra Orión en Artes Marciales, exploradora del Cosmopalacio Intergaláctico, personaje principal de un cómic cubano de la década del 80.

    Y pensé en el diseño y utilidad de ambos uniformes. Y pensé que debía tener a Yeyín en mi Smartphone cual pata de conejo.

    Cuando entramos en la zona de confianza, aquel momento en que el pintor me habló de literatura, de sus autores preferidos y además preguntó qué tipo de literatura escribía yo, confesó que con no poca frecuencia lo visitaban marcianos. Miré sus ojos claros, sus dientes chatos y separados. ¿Eran los dientes de mascar la realidad? ¿O sus dientes se habían rebajado a consecuencia del cable que tipos como él se han tragado a lo largo de su vida?

    Tenía pruebas de esas visitas. Así casi dijo.

    Yo podría transcribir su largo relato compartido en un break, le dábamos la imposible forma final a unas blancas e impresentables mesas mal pintadas cuyo destino era el Miami International Autodrome. Pero es de buen gusto evitar las digresiones.

    En un bar de la Washington Avenue dio de cara con un sujeto pequeño que nadie más veía. Hablaron sin hablar, es decir, el marciano conversaba sin mover la boca. Aquel organismo con vida e invisible para otros sabía de la verdadera procedencia del pintor de ojos claros y dientes chatos: la Luna. Al pintor la abuela se lo confirmó.

    En la noche, provenientes del pequeño galpón en el patio de su casa, el pintor solía sentir ruidos de objetos que alguien o algo arrastraba, también ladridos. En una sola pieza quedó al asomarse por primera vez a la ventana.

    Esa noche lo vio todo. Y todo lo que observó con detenimiento volvería a suceder en más de una ocasión.

    La nave estaba en medio del cielo, no muy alta. Sí, una nave espacial. Tenía luces. Se abrió una compuerta, de la súbita oscuridad salió un brazo mecánico y una nave pequeña con marcianos, por supuesto. Él, por supuesto, no daba crédito.

    Incluso fotografió todo. O fotografió lo que pudo. Eso me dijo.

    En el break, haciendo gala de la desvergüenza o de las aptitudes del periodista que no soy le espeté sin rodeos: “déjame ver la foto…”.

    Detrás de los signos suspensivos agregué: “por favor, si no te parece mal”.

    En su iPhone las vi. Eran imágenes medio oscuras, fotografías de un aparatejo similar a las naves espaciales dibujadas por Carlos Alberto Masvidal en las páginas centrales de la revista cubana Juventud Técnica. Las comparaba en los ya lejanos 80.

    Siendo poco más que un adolescente solía comprar El Caimán Barbudo, Dedeté, Palante, Sputnik, Cómicos, ¡Aventuras! Son, o fueron, la variante impresa de una Cuba material, de un cándido relato donde había de todo menos ingenuidad, y si la había estaba inoculada en la testa de sujetos como yo o de mis cofrades del reparto Altahabana, a quienes el vendedor de revistas y periódicos nos guardaba las nuevas entregas de cada revista que comprábamos.

    Era la nave un aparatejo con formas cuadradas, luces y claraboyas rectangulares levantado del suelo. Un armatoste sin swing, sin marcianos al volante. Los avistamientos nunca tienen la forma que en las películas suelen lucir las naves espaciales, y el dolor en mi cintura ha seguido ahí, en la curva que gira a la derecha, y el registro de los avistamientos suele ser un documento deslavado de emoción.

    Vista la foto volví a pensar en Regla Torres, pero sobre todo en Yeyín.

    “Uno no puede más que decir algo de lo que sabe o ha experimentado”, me dijo mi amiga en el chat. Apenas puedo balbucear algo sobre Little River, sobre los negros que van cambiando el environment de los ómnibus New Flayer refrigerados que surcan la 79 St. mientras se alejan de Miami Beach, o balbucear algo acerca de los homeless y drogadictos —acaso la misma condición en un solo cuerpo en no pocas ocasiones—, o de los latinos que van y vienen en silencio, en su burbuja, rumiando un cansancio más histórico que bíblico que no se mitiga con una semana de vacaciones con solo cinco días pagados.

    En Miami mi amiga vivía muy bien, al interior de una familia adorable, pero con otra mentalidad, eso confesó. Decidió subir al norte: “Aquí ha sido otra cosa, no ha sido fácil, pero me sacudí de encima lo peor de Cuba, en mentalidad familiar y política. Ahora Miami es un poco diferente, pero que vengan al norte con ese apoyo de la maestría es mucho mejor. Liberador.”

    Desde el fondo de la Fosa de Bartlett releí el mensaje y tomé notas. Miraba el jardín, es decir, dentro de las paredes de mi cabeza mentalmente cambiaba la sala del apartamento en Normandy Isles por el verde que estallaba bajo el sol en la forma de un cerezo, dos arbustos de mango, otro de naranjas dulces, un pinar. Las pelotas de golf, caídas como proyectiles en el jardín desde el otro lado de la valla que nos separaba de un condominio con dos entradas de acceso restringido, me recordaban no solo la fragilidad de las persianas de cristal.

    Mientras tecleo este párrafo, de una sien a la otra atraviesa un gato amarillo de rabo corto; aparecen y desaparecen las mesas horribles que fueron aceptadas porque ya no había tiempo de subcontratar a alguien solo un poco más hábil que el tercio de hombres bajo el mando del guatemalteco tapicero y del mexicano exfisiculturista. Y estalla breve el dolor en mi cintura, también pasa un hombre de 79 años, cubano, renqueante, tres balazos en el cuerpo cuando era un tipo de mediana edad y custodiaba detenidos para ser enjuiciados en la corte. Lleva una pistola en la cintura y un cuchillo comando, el viejo tiene una perra de muy mal genio.

    Durante el tiempo que trabajé para el guatemalteco y el mexicano, ese hombre vivió en un engendro que llamaba tráiler. Fue mecánico del Aeropuerto José Martí. Le tomé afecto y ha vivido mil y una historias, en una de ellas rescató a la única sobreviviente de un accidente aéreo a pocos metros del Aeropuerto José Martí; en la otra es el autor de un supuesto atentado al exministro del interior Ramiro Valdés.

    Por alguna razón que desconozco ese hombre me recordaba a mi padre, fallecido repentinamente en Cuba a las pocas semanas de mi caída cual aerolito en South Beach. En el cuerpo de mi padre no había rastros de cáncer, y guiado por mí escribió un libro de memorias.

    Mi padre: salió vivo de Girón; era casi un adolescente en las filas del Batallón de la Policía Nacional Revolucionaria.

    Mi padre: oficial de Seguridad del Estado; no murió ahogado al caer, de noche, en una piscina durante un temporal en la Sexta Cumbre de los Países No Alineados.

    Mi padre: paciente librado de una trombosis y de un infarto cerebral.

    Mi padre: pasajero afortunado tras un accidente de tránsito en un Volkswagen 181 o un Citroën Mehari.

    Mi padre además esquivó el COVID. Con mi ayuda, en la segunda mitad del confinamiento escribió sus memorias sobre Girón, pero no sobrevivió a una intoxicación mezclada con una virosis y anemia en 2024.

    “Falta de medicinas y comida…”, me he dicho más de una vez mientras pienso en la muerte de mi padre, anciano que batallaba contra el agotamiento de un cuerpo vencido por el hambre y la deshidratación.

    Mi padre, al que no pude ver a lo largo de su enfermedad, tampoco en la funeraria.

    En nuestro último encuentro nos despedimos con un abrazo. La voz entrecortada, la de ambos. Bajo el umbral de su apartamento dijo “viste, no lloré”. Pero yo vi sus ojos medio anegados. En la larga conversación además dijo: “lo mejor que puedes hacer es irte…”.

    Habló con la franqueza de un padre y con la experiencia de un exoficial de la Seguridad del Estado que durante años trabajó con su uniforme verde olivo en el Ministerio de Cultura. Mi padre había leído mis libros y esperaba por el manuscrito de mi novela “Los perros”, la trama se desarrolla en las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), el archipiélago de campos de trabajo forzado construidos por el Gobierno Revolucionario en las llanuras de Camagüey.  

    Para seguir entendiéndolo todo tendré que escribir sobre el anciano renqueante, de 79 años, cubano, que pasaba el día trabajando entre hierros con una pistola y un cuchillo comando en la cintura. 

  • Los cuadros de mamá o el día que Marat me visitó por primera vez durante una caravana de los desnudos

    Desde que mamá pinta hombres desnudos vende muchos cuadros, al principio no me gustaban los cuadros, pero mamá es como un gorrión que revolotea de un lado a otro, un ser especial más allá de lo que significa que sea mi madre, es también particularmente modesta y equilibrada, para dedicar su talento a algo tan evidente y perdurable como los artistas plásticos, creo. Yo pretendía eliminarlos a todos, desaparecerlos de mi vida, de mi historia, a menos que ella los tuviera como un borrador, pero se hizo muy famosa y la fama para los artistas generalmente está acompañada por el dinero. Ahora me gustan mucho los cuadros, y los hombres desnudos, por lo que vivimos muy bien, mamá, sus hombres y yo.

    Se especializó en hacer versiones de obras clásicas, las pinturas más conocidas donde aparecen mujeres las lleva a su versión masculina pero en desnudo, algo así como desvestir a un travestido. Los pinta primero con ropas y atuendos, después va eliminando cada pieza: tocados, sombreros, sostenes, brasiers, hasta dejarlos completamente desnudos, es divertido. Obras únicas son renovadas como los originales. Tiene mucho éxito, compradores exclusivos, coleccionistas famosos, diplomáticos, galerías en el exterior. Ella es feliz.

    Mamá, igual que los gorriones, nunca fue estable con sus novios, sus realsexboy, como los llama. Dura con ellos tres meses o hasta un año, después se aburre y los deja, los olvida, pero antes pasa por una crisis emocional y afectiva; durante un mes, deja de comer, de bañarse, se encierra en su cuarto, solo toma té y pinta, pinta hombres muertos. Es grande su colección pictórica de novios muertos, generales, guerreros, campesinos, obreros.

    Sus novios vivos se parecen a sus hombres, quiero decir a los hombres desnudos de sus cuadros, o al revés, sus cuadros se parecen a sus hombres, no sé. Cuando comienza un pintor nuevo, un estilo o una época, es que ha cambiado de novio, entonces vuelve a ser como los gorriones.

    Mamá no sabe cuánto odio los sábados, especialmente el último de cada mes, el día de caravana, como dice ella. Vienen todos sus modelos y los exnovios, pintores famosos, diplomáticos, amigos y amigas; hacen una gran fiesta, comen, beben, fuman, se desnudan, bailan, desfilan uno tras otro, caminan por la casa envueltos en sábanas, a cualquier hora invaden mi espacio, mojan el baño, llenan la casa de humo con sus cigarros, escuchan mi música, toman ron, miran a través de mi puerta, muestran las piernas, los pechos, las nalgas y sus penes como un trofeo, como la carta de triunfo.

    También odio los gorriones, mamá dice que son libres, que están en todas partes y hacen lo que quieren, sobre todo que no se esconden para hacer el amor, también dice que son como la alegría y el humo que llenan los rincones, contaminándolo todo, te contagian. El humo se transmite, penetra, es inevitable, te asfixia, te agobia, te borra los sentidos. Los gorriones entran a mi cuarto, revolotean, se comen las migajas de pan que dejo en los rincones, cargan en el pico cualquier cosa, una hebra de hilo, un pedacito de algodón, todo sirve para hacer su nido, en la mañana se despiertan a la misma hora y comienzan a cantar a la vez, como una alocada sinfonía sin ensayar, y siempre me pasa lo mismo, me despierto sobresaltado.

    Yo no salía del cuarto hasta que conocí a Javier. El día que lo vi por primera vez supe que me iba a acostar con él, era 28 de diciembre, faltaban tres días para mi cumpleaños, llovía, eran las seis de la tarde, escuchaba música hindú y me encontraba en una soledad profunda y peligrosa que anunciaba un suicidio la víspera de mi nacimiento; la depresión me comía. Sonó el timbre. Abrí. Lo miré de arriba abajo; él casi no me miró, quiero decir no me miró a los ojos. Me pareció seguro, confiado, imponente. Estaba mojado. El pulóver se le pegaba al cuerpo, se le marcaban sus buenos pectorales y una barriguita de intelectual de 30 años.

    —Buenas tardes —dijo, las gotas caían desde su pelo, corrían por la cara y dibujaban la silueta de sus cejas, de la boca mojada. Sus labios gruesos, húmedos y pálidos preguntaron si Camila estaba en casa, no respondí, olvidé que ese era el nombre artístico de mamá, también olvidé, como muy a menudo, que Juana María Pérez era mi madre y que era pintora, ¿cómo se puede ser artista en este siglo con ese nombre? Era algo en lo que estábamos de acuerdo mamá y yo, en su nombre artístico.

    —¿Camila? No, no, ella no está.

    —Bueno, dile que Javier estuvo aquí.

    —Pero pase y espérela, así se seca un poco, hace mucho frío.

    —No, gracias, estoy apurado.

    No vi más a Javier, quiero decir en carne y hueso. Se convirtió en un fantasma, en una amenaza sexual, en una ilusión óptica de perspectiva, color, luz y sombra, se convirtió en el fetiche de Juana María Pérez, alias Camila, mi madre. Ella comenzó a imaginarlo, a hacer estudios de color, de formatos. Bocetos, dibujos y pinturas se veían por toda la casa. La imagen de Javier se repetía en cada rincón. Personajes destravestidos, desfeminizados y desnudados pasaban por la imaginación de Camila, desde una galería universal de mujeres hasta la imagen viril de Javier. Madonas, bailarinas, geishas, damas, prostitutas.

    Tenía cinco bastidores montados y pintaba en todos a la vez, una hora para cada uno. Su vida se convirtió en Javier, llenó todas sus expectativas, artísticas y personales. Giocondo, le dice ella, habla de él, de lo bello que es, de su cuerpo, que cómo no lo conoció antes, que él sería un niño cuando ella tenía veinte años, que a veces se le olvida que se llama Javier, y habla y habla. Él nunca venía a la casa, indudablemente se veían en otro sitio donde él posaba para ella, después solo esbozaba y pintaba.

    A veces cuando suena el teléfono y ella está en casa yo no respondo, entonces ella sale de su cuarto-taller-seudo-harén-masculino con el pincel en la mano, siempre lleva un pincel, si es él quien está al teléfono comienzan a brillarle los ojos, sonríe y mira el techo como buscando la respuesta que contraste con la frase cursi o la propuesta sexual que seguro escucha, sonríe, instintivamente como un impulso el pincel deja de ser un apéndice de su cuerpo y se convierte en el más perfecto explorador y objeto sadomasoquista femenino, sonríe, mueve el cuello hacia los lados, se rasca la cabeza, apoya el pincel en la cadera, lo sube, lo muerde, lo vuelve a morder, sonríe, asiente, da una respuesta, sí, claro, eso mismo, frunce el ceño, no, eso no, lo chupa, lo baja, comienza a moverlo alrededor del pezón, lo mueve, lo gira suave, eleva una ceja, sonríe, se ríe a carcajadas y responde: allí estaré, y cuelga. Entonces entra al cuarto, sabe que la observo, cierra la puerta, imagino lo que hace ya no con el pincel, a la hora sale del cuarto lista y perfumada a encontrarse con él.

    Comencé a odiarlos a los dos y como venganza me masturbaba pensando en Javier, frente a Javier, tocando a Javier. Por la noche me llevaba algún cuadro a mi cuarto. Ella pasaba de un estilo a otro y yo pasaba de un amante a otro como el más fiel porno adicto, pero siempre imaginando a Javier. Sus pectorales, las manos grandes, firmes y seguras, las piernas rectas, pálidas, velludas y musculosas aparecían en las telas que ganaban colores cada día.

    El primer amante fue El Giocondo. Camila como una reencarnación de Da Vinci reproducía su cuerpo desnudo, sonrisa incluida. Javier sonreía serenamente como pensando en el vacío, burlándose de la gente, esbozaba una mueca de la ironía o complacía a la pintora que le dijo que pusiera esa expresión de placer postcoito, pero más allá de la capacidad de Camila para reproducir aquella universal sonrisa, Javier pensaba en mí, yo era el vacío, me miraba a mí, solo a mí. Estábamos solos, en una noche silenciosa. Javier frente a mi cama. Puse un disco de música antigua y encendí un palito de incienso, me acerqué, olfateé, el pelo le caía sobre los hombros, parecía mojado. Era buena Camila, éramos El Giocondo y yo. Lo besé, sus labios seguían sonriéndome, rocé sus párpados, no cerró los ojos, me miraba, toqué su cuello, me ericé, su pecho es lindo, es realmente lindo, blanco y limpio como el de un niño, lo besé, intenté morderlo, acariciarlo, apretarlo, tenerlo entre mis manos. Fue mi primera noche con Javier. Después vinieron otros cuadros, pero siempre era Javier el que me acompañaba. Gracias al pincel de mamá estuve una noche con Eros ante el espejo y ahora pasa la caravana de los desnudos, con los que bailo, fumo, sueño, y siempre Javier, se convierte en un hombre gordo de Rubens, en los bailarines de Degas o Los señoritos de Avignon de Picasso. Todo es como una repetición de ideas premeditadas, vividas, como si se cumpliera una sentencia, una visión anunciada, Javier y yo en un parque, Javier y yo en la playa, yo despidiendo a Javier que se va en tren quién sabe a dónde, pero siempre desnudo, mostrando su cuerpo, mezclando su vida con la mía, mezclando la vida de Camila con nuestras vidas, mezclando todas las escenas pictóricas logradas por Camila con mi soledad, con mi quietud aparente frente a Camila, como un videoclip, el que veo ahora desde mi cama en el que las bailarinas aparecen y desaparecen, van y vienen, los hombres apenas se muestran, se esfuman, las secuencias son las mismas, a veces imperceptibles, repetidas, degradadas, agresivas, androgénicas, proféticas, futuristas, agobiantes, efusivas, exóticas, eróticas, ambiguas, carnavalescas, vulgares, cotidianas, pornográficas. El sonido es contagioso igual que las imágenes, una apoteosis postmoderna y audaz de imaginación y magia que me atrae como un campo magnético, una droga, como mi madre, que bailó, y baila ahora en mi cuarto y habla mirándome a los ojos, yo soy un gorrión, ella es un gorrión que baila, canta y suda, la vida hay que vivirla, se desviste y me dice que la vida hay que vivirla, dice que soy un aburrido, eres un aburrido, que no bailo, no sabes bailar, que no me río, no te burlas de la gente, me dice mientras deja caer el vestido, ella quiere que sea como ella, tienes que ser como yo, que no tiene límites, no tengo límites, que se entrega al amor aunque él sea más joven, si llegó el amor bienvenido sea, me dice desnuda, bailando, riendo a carcajadas, alegre como los gorriones, invadiendo el espacio, como siempre, ella y yo, sin nadie entre nosotros, sin otros desnudos.

    Una mañana entró a mi cuarto con una aureola que nunca he podido definir pero que me atrae, me subyace, me soborna, me somete; te traigo el café dormilón, me dijo mirándome y acariciando la cara, me besó la frente; eres como tu padre, nunca pude resistirme a su mirada de niño, a su mirada de lástima, yo no entendía, no solo no entendía sino que no sabía, nunca conocí a mi padre, ni en fotos, era un fantasma que nunca supe dónde ubicar, por momentos era un hombre adorable, bello, inteligente, de pronto se tornaba en el más vil traidor y egoísta que la abandonó en este país con un hijo al que ni conoce, otras veces era el único hombre que la había hecho sentir lo que ningún otro, que por eso lo amó. En otros momentos también se había enamorado por su sonrisa, por su ingenuidad o porque era un caballero. Ella siguió acariciándome pero era a mi padre, o mejor, al hombre que fue mi padre. Después todo fue como ella quiso que fuera.

    Ahora está Javier. Sé que ella bailará para él, al ritmo de un tambor africano, sé que estará rodeada de luz, y que él la observará y ella riendo acariciará su pelo, sé que lo hará, se quitará la ropa como una puta francesa, experta, fría, sin escrúpulo, lo besará, morderá sus labios y él le morderá los pezones y ella también sufrirá en silencio como una geisha, sé que lo hará y no seré más lo deseado, lo oculto, sé que ella se ensillará en su pene suavemente, se moverá mientras le acaricia la espalda, las caderas, los pezones, y así así Javier ay ay Giocondo sí sí sí más más más así así ahora ahora ya ya más más, gritará, se moverá, morderá, besará como Camila. Ella lo comienza todo, dice que el principio de todo es lo más importante, que es determinante, que es la evolución de todo, habla con palabras muy definitivas, como si todo tuviera límite, no su límite indefinido, sino el fin de lo que está a su alrededor, por eso siempre es la primera en hablar, en llorar, en olvidar, en tomar el control de la situación, en traicionar. Me acaricia siempre primero, me besa, habla sin dejar que me sorprenda, que la interrogue o que dude de lo que hace o dice. También he intentado tomar la iniciativa pero no puedo.

    Ya lo dijo Piglia, mi lógica es toda ella resultado de un corte en esa cadena que declina filiaciones y hace de la muerte el resguardo más seguro de la sucesión familiar, no hay otra forma de decir aunque haya formas diferentes de demostrarlo. El nexo es más fuerte y seguro que la muerte.

    Todo cambió cuando mamá se encerró en su cuarto, pintaba, creo, no comía, nada era como al principio, como habitualmente, Javier no llamaba ni ella hablaba de él, ni cantaba, ni escuchaba música, ni pensaba en mí, bueno hacía tiempo que no pensaba en mí desde que apareció Javier, pero ahora era peor, no la veía, no salía del cuarto; siempre era igual cuando comenzaba a odiar a alguno de sus hombres, los mataba, los reflejaba, los representaba muertos en sus cuadros. Marat fue el elegido. Camila decidió pintar una apología de la muerte, su odio hacia Javier era proporcional al amor que le había entregado, la muerte se tornaba fría, diáfana, directa. La muerte de Javier sería una de las más trágicas, el suicidio más famoso de la historia de las manos y pinceles de mamá, ahora, en los cuadros de mamá.

    Mi odio hacia Javier también había aumentado por enamorarse de mamá y por dejarla sufriendo, la muerte de Javier se presentaba como una posibilidad real y aceptable, si Marat-Javier había sido muerto por Camila, entonces Javier debía morir por mí. Hay muchas maneras de hacer daño, si alguien está dispuesto a matarse acabará consigiéndolo siempre, lo mismo que un asesino. Si alguien se empeña en matar y no le importan las consecuencias acaba matando a quien quiere, no hay nada que hacer, lo tiene todo de su parte si no le importa lo que pase luego.

    Hoy es día de caravana, Javier está aquí, lo sé, y eso me alegra, escucho la música, las risas, la alegría de todos que invade cada rincón como si fuera necesaria para todos, lo cubre todo como el aire, me asfixia como todo lo ajeno, como el aire, como el cuarto lleno de gorriones. Algo triste, escabroso, inevitable, ronda mi cabeza: las filiaciones familiares, los límites indefinidos, la algarabía de los gorriones. Javier caminará toda la casa, ubicando en su mente un espacio que cree le pertenece, un espacio que solo conoce por referencia, husmeará, buscará, tocará; necesita respirar el aire de Camila, los límites vitales de un espacio donde se huele su espíritu, su vitalidad, su cuerpo desnudo; pero también se huele su muerte, su cuerpo desnudo en una bañadera dejando un testamento.

    Este es el mejor momento de la fiesta, oigo la voz de Camila leyendo el poema de Maurice Planchet. Nunca recuerdo que esta es una ciudad llena de alegrías, de humo y de gorriones libres que hacen algarabía y lo cagan todo, como los días de caravana, los invitados de mamá llegan con sus histerias e historias, fuman, lo llenan todo de humo, se meten en cualquier lugar de la casa y también lo cagan todo; mamá solo se divierte y lee el poema como si fuera de un poeta muerto, dice que debió haberlo escrito ella, censura el ego del escriba, creo que lo envidia, adopta su pose, su voz, su punto de vista, es dueña de su duda, rodea su personalidad con palabras ajenas, es cómplice, crítica. Aprueba y disfruta, niega.

    Seguro se desviste y toca a los hombres, los acaricia, los alaba, los humilla, los clasifica mientras lee a Planchet, ellos la siguen, la aplauden, deben hacer un círculo a su alrededor, la acosan, y ella solo ríe, es feliz. Los odio, no me adapto a compartir a mi mamá con ellos, ni mi cuarto. También escucho los pasos de alguien acercándose a mi cuarto que debe ser Javier, lo espero decidido, escucho la voz de Camila más fuerte, segura. Se entona: Me gusta estar al lado del Camino, despedir trenes que pasan velozmente y no esperan, lee como un lector virtual, hay silencios espaciados, solo escucho la música, a veces miro donde las cosas son indiferentes, este cuerpo acostumbrado a las nostalgias, inmóvil, retóricamente impúdico se aferra a negar la avalancha, hace énfasis en los momentos poéticos de más alcance encantando a los oyentes, el rostro se cubre con máscaras verdes, los árboles son inútiles para el viajero más allá de la lujuria, miro de reojo, las voces me llaman, los pasos son una delicia, susurran los cantos que pronostican humedades, me erecto evidente aunque me niegue la mujer de Lot.

    Reinterpreta, caricaturiza al poeta como un lector enamorado de la obra ajena. Un ángel caído cuidaba los orgasmos, ahora me observa entonando la canción de los guerreros, se escuchan gritos, gemidos, el polvo es tenue, se acerca la caravana, la espera es ríspida sin miedo a la noche fría ni a la exaltación de una sonrisa mojigata. Camila se convierte en el mejor crítico de Maurice Planchet, espontáneo, brillante, es imposible ser indiferente a su declamación, a su defensa del poeta. Es bueno gritar desde la sombra, romper el silencio con la voz que heredo y dejar el cuerpo desnudo a la intemperie, tu cuerpo también es ajeno a las pieles que invitan, sonríen, me dejo engañar, sigue ajeno, pero no soy el de antes, me escondo detrás del coro, en la última fila de los eunucos; se deja absolver por la pasión que la hace arengar, gritar, los oyentes aplauden, gritan, chocan las copas cómplices de Planchet y de Camila que debe bailar, desnudarse, catar a los hombres que la rodean, ubicarlos según el tamaño de su cuerpo o de su pene como siempre ocurre en todas las caravanas; la ilusión sortea los contornos, casi agua diluida en un deseo desesperado que se debate entre la quietud y el caos que presupone la partida.

    El poema se funde con la voz de Camila, con la música y con las voces de hombres y mujeres que también aplauden, cantan y beben. Me he comido pétalo a pétalo cada flor que viene de tus manos, leve y otra vez leve sin oportunidad para cronos; la hojarasca, el bullicio, siguen ahí, no reparo en guiños y ademanes, como reptar en el suelo agreste, soez, gentil de esta urbe que me traga. La voz de Camila se torna diferente, vibrante, insidiosa, lasciva.

    Una imagen tristísima se viene con una aureola kafkiana de lo que pudo haber sido la caravana de los desnudos, orgía premeditada sin límites posibles, Eyaculación al vacío. Levito en éxtasis perpetuo buscando un ángel caído, oyendo las otredades del tiempo, ahuyentando las memorias, allí, justo donde cambian las cosas. No era el sentido de las frases lo que mamá utilizaba ni pretendía utilizar, en definitiva eran las palabras del poeta que las hacía suyas, lo que una vez fue circunstancial ahora era imprescindible, el sentido le importaba poco, las usaba como un arma, como un proyectil destinado a una víctima. La víctima era Javier que se acercaba a mi cuarto, mientras mamá leía yo esperaba que él tocara a mi puerta y llamara, borracho, desnudo, que empujara la puerta, me golpeara, me tirara a la cama, y me penetrara varias veces, después solo le quedaba terminar en mi bañadera. Escucho sus pasos cada vez más cercanos…

  • La laguna

    Esta es la historia de una pequeña felicidad que, por alguna inexplicable causa, tuvo lugar el día que cumplí dieciséis años. Ahora, después de tanto tiempo, no puedo asegurar si el suceso guarda relación con semejante acontecimiento de mi vida. Estoy dispuesto a garantizar, en todo caso, que era un domingo gris y húmedo, porque yo solo iba a la laguna los domingos, y, además, el invierno, como siempre que llegaba mi cumpleaños, sacudía por fin las ramas de los aralejos, los cedros, los mangos casi sin hojas, con sus vientecitos leves, grises, del norte, y dejaba caer las primeras lloviznas, un escurrir inseguro que se dispersaba, como una neblina, antes de llegar a la tierra. La tímida revelación invernal agregaba exaltación al viaje de los domingos. Era tan inesperado y efímero el invierno que su presencia transformaba el paisaje, como si de pronto despertáramos en otro sitio, como si luego de tanto sol, el país no fuera el país, sino un paraje lejano, de cobijas, nubarrones, escarchas y sombras. Y esa ilusión fugaz, como cualquier ilusión, constituía un goce agregado al goce habitual de los domingos.

    Para llegar a la laguna, solía tomar el tren de las once. Digo “tren” porque se desplazaba sobre raíles y porque alguna vez lo debió haber sido, y porque además así lo continuábamos llamando con esa obstinada voluntad por mantener la nobleza de los tiempos y las cosas. Estoy hablando en realidad de dos coches viejísimos, casi sin techo y sin cristales en las ventanas, tirados por una locomotora antigua que, si no era de vapor, lo simulaba bien, por el humo blanco e inexplicable que iba dejando a su paso. No era el único tren que cruzaba por mi pueblo: sí el único que realizaba el trayecto zigzagueante desde Marianao hasta Guanajay, vadeando los más recónditos caseríos (El Guatao, Corralillo, La Matilde, La Fautina), atravesando Vereda Nueva y más allá, y el único, además, que paraba no solo en cada pueblo (razón por la que le llamaban “el heladero”), sino en cada una de las estaciones, por perdidas o ilusorias que pudieran parecer. Pasaba dos veces: a la ida, a las diez o las once de la mañana; y a la vuelta, a las cuatro o las cinco de la tarde. Nunca se detenía exactamente en la estación, sino un poco más adelante, casi en el patio de mi casa. Maringo B., el conductor, era amigo de mi familia y siempre bajaba a beber un jarro de café. Gracias a Maringo B., podía realizar yo, totalmente solo y a gusto, aquellos viajes hasta la laguna en busca del güin para mis jaulas. Maringo B. les daba la tranquilidad de un viaje sin tropiezo.

    Debo reconocer, con toda humildad, que en mi pueblo (e incluyo muchos pueblos de los alrededores) nadie hacía las jaulas como yo. Lo había aprendido de mi abuelo, y lo había aprendido bien. Qué digo bien: extraordinariamente bien. Incluso mejor que mi abuelo, si iba a hacer caso a lo que decían cuantos lo conocieron. En mis manos, el güin no tenía misterio. Es preciso que sea sincero y reconozca que nunca he vuelto a ver jaulas para pájaros como las mías. También es cierto que ya casi no existen, es un arte perdido, como muchas otras cosas que desaparecen de este mundo despreocupado, vertiginoso y poco aplicado en el que vamos viviendo. Como todo arte, aquel de hacer jaulas no solo tenía que ver con la habilidad de mis manos, sino también con una mezcla de zozobra y serenidad, de segura incertidumbre, con mi obstinada paciencia, con los desasosiegos de mi razón y los equilibrios de mi imaginación. En cualquier caso, lo sé, eran construcciones admirables. Hasta fastuosas. Se alzaban con primor, casi por milagro. Pequeños alcázares para sinsontes, tomeguines, canarios y jilgueros. Palacios que primero “veía” con los ojos cerrados, siempre acostado sobre las baldosas frías del suelo de mi casa o sobre la hierba húmeda, junto al brocal del pozo ciego, y que más tarde mis manos se encargaban de convertir en algo tangible, manejando, con pericia que a mí mismo sorprendía, las dóciles varillas de güin.

    En cuanto a lo que llamábamos pomposamente “la laguna”… Nada, ninguna laguna, un pequeño charco sin nombre, cercano a la laguna verdadera, la de Ariguanabo, donde encontraba el mejor güin, el más empinado, duradero y manso que haya vuelto a encontrar nunca.

    Por lo general, el tren iba repleto de familias endomingadas que viajaban de un pueblo a otro, a reunirse con otras familias, a comer, beber, a dar gracias y celebrar el día de descanso. Me conocían, me saludaban. Cuando llegábamos al crucero de la finca El Anón, Maringo B. disminuía la marcha del tren y me decía adiós con su gorra gris de ferroviario. Yo me lanzaba jubiloso al camino rojo, con mi morral al hombro. Las familias también me decían adiós, con la deliciosa melancolía que suelen provocar los domingos, mucho más cuando se mezclan con los trenes. Agitaba mis brazos con la extraña fruición que suele provocar saltar de un tren, un domingo cualquiera, en medio del campo. “Adiós, adiós”, gritaba. Y seguía por un sendero que solo Igor y yo conocíamos, abierto por entre el monte no demasiado intrincado. Sendero seguramente desbrozado por nosotros mismos, y que bajaba, entre zarzas, aromas, en suave declive hasta la laguna cubierta de malanguetas, hostigada por aquellas pequeñas y enhiestas cañas que llamábamos güin. Me acercaba y el agua de la laguna se sentía en la piel. El sudor no era sudor, sino un presagio. En medio del silencio autoritario del monte, se escuchaba un rasgarse de hojas, el salto de algún sapo, un aguacate demasiado tierno, demasiado verde, que el viento lanzaba sobre los falsos nenúfares. Y el aroma del agua llegaba con la misma intensidad que tenía aquel otro aroma de los aguaceros que se desplomaban en septiembre sobre la tierra seca y ávida de ciclones. Y yo advertía el sabor dulzón, dichoso, que humedecía mis labios.

    Solía sentarme en el tronco caído de una palma. Había que entrar en la respiración de aquella laguna antes de comenzar a cortar el güin. Ante todo, se hacía preciso permitir que el silencio penetrara en uno con toda dignidad, y, por supuesto, había que conocer con precisión el modo justo de cortar las pequeñas cañas. No era algo que cualquiera estuviera en la capacidad de hacer. Si se cortaba mal, se secaba mal, perdía su solidez, se doblaba como un tallo muerto, y dejaba de ser útil, para jaulas o para cualquier otra cosa. Me sentaba, además, a esperar que Igor llegara desde El Cayo La Rosa, donde pasaba los fines de semana, en casa de sus abuelos. Venía andando, o corriendo, porque mi amigo no andaba, corría siempre, y para eso tenía las piernas más poderosas que yo hubiera visto. Además, hasta la laguna no existían, desde ningún punto, caminos indulgentes para los carromatos o las bicicletas. En la tarde, con los güines necesarios para el trabajo de la semana, sí que nos íbamos juntos hasta el crucero de El Anón, y esperábamos a que pasara el tren con Maringo B. y su gorra gris, y nos sentábamos satisfechos entre las familias que regresaban con las bolsas llenas de mangos, y un cansancio que nada tenía que ver con el de cada día, que era el agobio jocoso de los sillones, las bromas, las risas, las comidas, las cervezas, los rones y los interminables juegos de dominó.

    2

    Ese domingo de enero, sin embargo, en el que yo cumplía (por fin) los dieciséis años, sucedieron cosas fuera de lo habitual. Como es lógico, no fui capaz de darme cuenta entonces. El presente, muchas veces, cobra su forma definitiva en el pasado, de manera que solo ahora, al cabo de tantos años, tengo la certeza de que no habíamos despertado a un día cualquiera. Aunque ahora mismo continúo sin la certeza de saber si cuanto aconteció tuvo o no relación con el pequeñísimo acontecimiento de mi vida. Pequeños detalles, diría yo, pequeños anuncios, tuvieron lugar desde temprano, como que Maringo B., por ejemplo, no se bajara a tomar el café, y dejara, con evidente descortesía, que mi madre fuera con el jarro hasta la locomotora. Los vi hablando por lo bajo, con una concentración que me pareció intranquila. Mi padre, que venía de los campos, tenía la ropa seca a pesar de la llovizna. Tampoco traía el machete al cinto. Se unió un instante a mi madre, y vi que hablaba con el maquinista con idéntico cuidado. Además, el tren iba vacío. Bueno, casi vacío. Había un afilador de tijeras sentado en un alejado asiento del último vagón. Cuando me acerqué a él para sentarme en una butaca lateral, vi que era un negro viejo, de edad incierta. Como todos los negros de pelo blanco y cuerpo macilento, también este podía haber cumplido lo mismo setenta que cien años. Vestía una camiseta blanca, sin mangas, con cuello de botones dorados, y un pantalón de lino doblado hasta media pierna. Me llamó la atención la ropa limpia, extraordinariamente limpia, de un blanco impecable, y que desprendiera incluso un aroma fresco, a flores, a vetiver, que llegaba hasta mí con más fuerza que el olor de los falsos laureles mojados por la llovizna. Aquella ropa aseada desentonaba con los pies descalzos, como cueros endurecidos y cubiertos de tierra. A su lado, un estropeado abanico de guano tejido, una pequeña bolsa y la gran rueca azul, estructurada y provista de manivelas, que es, junto con la zampoña, el instrumento inevitable de los afiladores de tijeras. No respondió al saludo que le hice con la mano. No se movió. Ni siquiera pestañeó. Al cabo de unos segundos me atreví a mirarlo de frente y adiviné que tenía los ojos opacos, borrados y sin pupilas, como si hubieran sido creados con una mezcla de cristales y cenizas. Cuando estuvimos en el cruce de El Anón, el tren disminuyó su marcha. Maringo B. no me saludó con su gorra gris. Bajé del tren con una sensación difícil de definir, como si cuanto estuviera haciendo en el domingo de mi dieciséis cumpleaños fuera habitual y al propio tiempo aconteciera por primera vez. El camino hasta la laguna, debo reconocerlo, era el mismo que de costumbre, más húmedo, más verde, menos sofocante, aunque con idénticas zarzas y aromas, idéntica algarabía de gorriones y pericos, y la profecía inevitable del agua y sus falsos nenúfares, y el olor a tierra que tanto me gustaba. Me senté en el tronco de la palma caída. Algo me decía que debía esperar durante más tiempo la llegada de Igor, así como el momento preciso de cortar los güines.

    Igor llegó pasado el mediodía, con aire cansado y triste. Ignoro si “cansado y triste” sean las palabras adecuadas. En cualquier caso puedo asegurar que no era el Igor que yo conocía y necesitaba. Aquel sonreía siempre, era fuerte, impaciente, animoso, dispuesto a cualquier cosa que significara “entrar en acción”. Tenía dos años más que yo y me hacía ver la vida a través de su euforia y de su fuerza. Y es que a pesar de sus dieciocho años, Igor era un hombrón alto, blanco, casi rubio, construido como con cables de acero. Se descubría una contradicción entre el cuerpo poderoso y la mirada mansa, clara, jovial de los ojos verdosos, que parecían haber vivido mucho. No conocía el desánimo. Y sobre todo, cortaba el güin como nadie, si bien carecía de la paciencia necesaria como para crear algo con aquellos tallos amarillentos. Miraba mis jaulas con el asombro con que se miran los actos de magia. Yo admiraba su seguridad, su bondad y su fuerza. Él admiraba mi concentración, mi entrega y mi destreza. Pero el Igor que llegó aquel domingo tenía algo distante. Sonreía, como siempre, y no sonreía como siempre. Sus ojos se habían oscurecido, habían perdido, en cierto modo, el júbilo benévolo o la sabiduría. Hasta su cuerpo prepotente mostraba un cansancio poco común. Le pregunté qué le pasaba. Dejó que transcurriera un largo silencio antes de responder que no sabía, que en efecto algo debía sucederle, ignoraba qué, tal vez tuviera que ver con el día, con la llovizna, con el camino enfangado, o con que no había desayunado, no sabía, de verdad, no lo sabía. Le recordé que era mi cumpleaños. Se lanzó sobre mí sonriendo, fingiendo que me golpeaba, y hasta aquel juego, tan habitual, carecía de fuerza, de autenticidad. Quedamos luego acostados sobre la hierba, sin hablar, mirando el cielo gris o rojizo, las ramas de los aralejos, la fragilidad de la lluvia cuyas gotas desaparecían entre las hojas de un verde casi negro.

    3

    Me desnudé. Dije que iba a bañarme en la laguna. No era algo que hiciera a menudo, eso de bañarme (palabra inadecuada) en las aguas siempre frías y siempre sucias de la laguna. No me daba gusto entrar en aquel charco. Creo que solo me había sumergido en él una o dos veces. Y en esas pocas ocasiones el agua no había ascendido más allá de mis rodillas. Igor sí solía hacerlo. Cada domingo se desnudaba y entraba al agua, y cuando salía, más bien parecía que hubiera llegado del centro de la tierra: su piel estaba opaca, cubierta de lodo, de hojas, de tallos negros que simulaban sanguijuelas, y con un fuerte olor a musgos y a negrura que me provocaba una turbación desconocida. Y es que no bien se apartaban los falsos nenúfares y se ponían los pies en el fondo, este parecía agitarse, o mejor dicho se agitaba de verdad, y la superficie, terrosa de por sí, se confundía con el fondo. Me daba mala impresión que alguna parte de mi cuerpo, en este caso mis pies, mis piernas, entraran en contacto con algo oculto. Me incomodaba que mis ojos no pudieran controlar lo que sucedía debajo de mis muslos. Siempre temí, y temo, las cosas que no soy capaz de ver.

    Entré en el agua con aprensión y con frío. La desnudez no resultaba apropiada para el día de enero. El agua, la tierra con apariencia de agua que es una laguna, estaba aún más sucia que de costumbre, y se hubiera dicho que una capa de hielo la cubría. Mis pies se hundieron en el fango. Experimentaron el contacto desagradable del fango, de las piedras escurridizas, de las raíces de las malanguetas. Caminé hacia el centro de la laguna como si apartara un obstáculo pesado. Por un instante, el agua perdía su inmovilidad. Solo se alteraba a mi alrededor, en pequeñísimas ondas que desaparecían de inmediato. Desde el fondo ascendía el olor a musgo, a cueva, a oscuridad, a hierbas podridas. Hubiera jurado que los falsos nenúfares se apartaban a mi paso. Sentí enormes piedras que caían al agua y supuse que eran las ranas y los sapos. Sabía que allí no se podía nadar y lo intenté. Mi cuerpo se hundió entre las hojas verdes. Atiné a cerrar los ojos. Volví a la superficie con la inevitable sensación de que no salía del agua sino de la tierra. Respiré profundo. Miré a lo alto. Me pareció que veía pasar un pájaro blanco. Supuse que debía regresar a la orilla. Por el contrario, avancé un poco más. El agua cubrió mi pecho. Mis ojos estuvieron al nivel de las malanguetas. No carecía de belleza aquella superficie verde, donde se abrían flores blancas, cercada por los güines desafiantes de la orilla. Me di cuenta de que desde allí el mundo se veía diferente, como si estuviera cubierto por una bóveda. Llamé. Quise escuchar un eco que no se produjo. De las ramas altas de los aralejos cayeron lentas hojas negras. Salvo eso y el lejano, breve ladrido de un perro, hubiera dicho que me hallaba en un paisaje pintado, que era la figura detenida de un lienzo gigantesco. Creo que en ese instante imaginé cosas, demasiadas cosas que ya no puedo enumerar. Imaginé, por ejemplo, una jaula redonda, rematada por una ancha cúpula de güines verdes. Imaginé una música para esa jaula, una música nueva para mí. Imaginé un pájaro plateado, de metal, inmóvil, por supuesto, y con las alas abiertas. Imaginé que la jaula se hallaba en una terraza de cristales, y que afuera, el paisaje se veía blanco, blanco de nieve, o como yo imaginaba entonces la blancura y la nieve. Imaginé a Igor allí, en aquella terraza, junto a mí. Cerré los ojos con la esperanza de lograr que lo imaginado no se deshiciera. Cerrar los ojos me obligó a dar un paso que no fue un paso. El agua de las lagunas no permite pasos en falso. No fue, pues, un paso, sino un desplazamiento equivocado. Como si anduviera por el aire, por el cielo. Las lagunas se parecen al aire, al cielo. Perdí el fondo. Desapareció la sensación resbaladiza de las piedras, las hierbas del fondo. Sin abrir los ojos, agité los pies para mantenerme a flote. Como no estaba en el mar, ni en la tierra, fue otro movimiento infructuoso. Supe que algo me atraía desde el fondo. Al tratar de negar esa atracción, desesperada e instintivamente, los pies encontraron raíces, lianas, los tallos largos de los falsos nenúfares. Algo se anudó a mi pierna izquierda y empujó hacia abajo. La incertidumbre, o mejor dicho el miedo. Tal vez abrí los ojos. Tal vez solo descubrí una confusión y abrí los brazos. Como en el cielo, como si intentara volar. Y, claro, así como no hubiera podido volar en el cielo, tampoco podía en la laguna, y en ningún otro lugar. Son cosas que se aprenden rápido, que incluso se saben sin que se aprendan. El agua me vencía con rapidez, que era, al propio tiempo, de una inusitada lentitud. Y no era sumergirse en el agua, claro está, sino en el fango. Estoy seguro de que me sorprendió cómo dejaba de transcurrir el tiempo. Estoy seguro de que dejé de respirar durante aquella eternidad.

    Los brazos me alzaron, me sostuvieron por los sobacos, me llevaron a los güines de la orilla. Cuando abrí los ojos con un largo suspiro, Igor estaba sobre mí, hundía mi abdomen, abría mis brazos, pegaba su boca a la mía, intentando transmitir la vitalidad de su aliento. Al ver que yo reaccionaba, quedó inmóvil, en posición de acecho, los ojos verdosos, muy pegados a los míos, abiertos por el asombro, volvieron a adquirir poco a poco la jovialidad y la sabiduría. Suspiró a su vez, sonrió de un modo que no olvidaré. Una sonrisa a la que faltaba poco para abrirse en una franca carcajada. Profirió unas cuantas maldiciones y me abrazó y volvió a pegar sus labios a los míos para darme su aliento. Lo apreté contra mí y cerré los ojos. Al cabo de no sé cuánto tiempo, se irguió de un salto. Desde mi posición yaciente, lo vi como lo que en ese momento era, un gigante. Los dos estábamos cubiertos de yerbas y barro. Cualquiera que hubiera observado desde fuera el paisaje de la laguna no nos habría descubierto, hasta tal punto nos confundíamos el uno con el otro, y con cuanto nos rodeaba, vegetación, agua, tierra, de las que incluso ahora yo conocía definitivamente el sabor. Del mismo modo que tenía en mí, en mi aliento, el aliento de Igor, la saliva de Igor, y eso, lo confieso, me hizo extraordinariamente feliz.

    Nos vestimos con lentitud, sin mirarnos, casi sin darnos cuenta de lo que hacíamos. No supe si continuaba lloviznando; tampoco me importaba. Como era de esperar, no recogimos el güin de mis jaulas. Nos sentamos uno al lado del otro en el tronco caído de la palma, y nos agarramos las manos. Creo que mirábamos las malanguetas, los falsos nenúfares y creo que nada mirábamos. O al menos nada que estuviera allí, en el charco al que, con tanto entusiasmo, llamábamos “la laguna”.

    4

    Regresamos al pueblo andando, mejor dicho: haciendo equilibrio sobre los rieles, como un par de niños. Mi brazo derecho alzado se enlazó al brazo izquierdo y también alzado de Igor, y, a pesar de que mi amigo era más alto, de extremidades más desarrolladas, hallamos de alguna manera la proporción justa para mantenernos estables sobre los raíles y recorrer el largo camino hasta la casa. Íbamos cantando, susurrando: “Dame tu inmóvil placidez, derrama tu agua de paz sobre la fiera llama”. Mucho antes de aproximarnos a los primeros corrales, ya había caído la noche. Una noche rápida, fría, sin lunas y sin estrellas. El viento sacudía con fuerza las ramas de los aralejos. No llovía, o tal vez sí, no puedo asegurarlo. Es probable que la llovizna se hubiera convertido en la neblina que borraba los perfiles de las cosas. Entramos bastante tarde en las primeras calles. Las farolas estaban apagadas. Oscuro como la noche, el pueblo formaba parte de la noche, compartían idéntico silencio. Sabíamos que no era un pueblo abandonado porque escuchamos el llanto de un niño y una voz de mujer que intentaba calmarlo, una canción de cuna. Además del canto de los gallos, aquellos gallos enloquecidos del pueblo, que cantaban a cualquier hora. En la puerta de mi casa, Igor pasó su mano por mi cintura, me atrajo hacia sí. No me besó, pero sentí su aliento y eso fue mejor. Su aliento y el olor de su cuerpo, su calor. Con tanta oscuridad, no pude ver la sabiduría de sus ojos verdosos. Sin embargo, su mano en mi cabeza reveló cuanto había en ellos, todo lo que hubiera querido decir y no dijo. Creo que tampoco sonrió. Mi recuerdo, en cambio, lo ve sonriente. “Mañana nos vemos”, dijo. Solo eso. Tampoco es que hiciera falta más. Entré en mi casa sin hacer ruido, como un fantasma. Supongo que mis padres dormían. La única vida allí parecía proceder de la llama de una vela encendida ante la imagen de San Martín de Porres. Me acosté en el suelo, sin desvestirme. Las baldosas estaban frías. La casa olía a flores, pero mi ropa, mi cuerpo olían a tierra, a cuevas, a musgos, a raíces. Quise dormir. Aunque con aquel júbilo parecía imposible que pudiera cerrar los ojos.

  • El viejo, el asesino y yo

    Espero que no tenga usted nada que decir en contra de la maldad, mi querido ingeniero. En mi opinión, es el arma más resplandeciente de la razón contra las potencias de las tinieblas y de la fealdad.

    Thomas Mann, La montaña mágica

    Es la noche y el viejo balconea. El aire golpea suavemente su rostro, que alguna vez fue hermoso. Todavía lo es, aunque las huellas del tiempo en su piel no sean las que suele dejar una existencia feliz. Está solo. Tanto que al asomarse a la calle parece el hombre más solo del mundo.

    Me deslizo hasta él sin hacer ruido. Me deslizo como una serpiente. Se percata. Me mira con el rabillo del ojo, procurando tal vez que no me aproxime demasiado, que no penetre en su aura. Lo mejor que se puede hacer con una serpiente es mantenerla a distancia, lo comprendo.

    Aunque quizás no le importe. Suele afirmar que a su edad casi nada importa, conocer o desconocer, tomar champán o visitar a los amigos, nada. Le da muchas vueltas a eso de la edad, por momentos parece obsesionado, se burla de sí mismo. Que La Habana no es la de antes, los carros, los bares, los olores, la forma de vestir —el amor en La Habana tampoco es el de antes—, que ya no quiere hacer otra cosa demasiado distinta a mecerse en un sillón. Que los verdaderos amigos están muertos. Nadie como él para instalarse en el pasado: justo donde no puedo alcanzarlo, donde él puede reinar y yo no existo. Cierro los ojos y extiendo las manos en busca del pasado, no puedo. Tu generación, mi generación, dice. Creo que se burla de sí mismo a manera de ejercicio retórico, o quizás para evitar que alguien se le adelante. Un ceremonial apotropaico, un conjuro. Dice lo que imagina que otros podrían decir acerca de él, exagera y no queda más remedio que citarlo.

    Me acerco más. El balcón es chico, la manga de su camisa me roza el hombro desnudo. Es más alto que yo, es un hombre alto que, aun sin llevarlo, parece haber nacido con un traje. Siempre me han gustado los hombres de traje: estadistas, financieros, escritores famosos. Patriarcas, proceres, fundadores de algo. Cuando se reúnen varios de ellos me parece asistir a un lugar de decisiones importantes, a una especie de asamblea constituyente.

    El aire mueve diminutos fragmentos entre él y yo. Su espacio huele a lavanda, a lejanía, a país extranjero donde cada año cae nieve y los árboles se deshojan; huele a oscuridad cerrada y de elevado puntal, a mil novecientos cincuenta y tantos. Mediados de un siglo que no es el mío. Porque su época, según él, es la anterior a la caída del muro de Berlín; la mía es la siguiente. Todo cuanto escriba yo antes del XXI será una obra de juventud. Después, ya se verá. Creo que es una manera elegante de decir que estamos separados por un muro.

    —¿En tu casa hay balcón?
    No, pero sí una terraza con muchísimos cactos, cada uno en su maceta de barro o porcelana con dibujitos. Para el caso es lo mismo. No adoro los cactos, pero se dan fáciles. Proliferan entre el abandono y la tierra seca, arenosa, en mi versión reducida del desierto de Oklahoma. Algunos tienen flores, otros parecen cubiertos por una fina pelusa, pero hincan igual. Son las plantas más persistentes que conozco: aprendo de ellos.

    —No, pero sí una terraza —si me pongo a hablarle de mis cactos, capaz que se vaya y me deje con la palabra en la boca.

    Nunca lo ha hecho, Dios lo libre. Pero sé que puede hacerlo. Mejor dicho, que le gustaría poder hacerlo. No es grosero (fue educado en un colegio religioso y todavía se le nota, además, es cobarde), pero admira la grosería, la brutalidad deliberada como una forma de independencia de no sé cuántas ataduras, convenciones o algo así. Y no me imagino a mí misma sujetándolo por la manga de la camisa. Al menos por el momento.

    Así son las cosas. Temo aburrirlo. De hecho, tengo la impresión de que lo aburro. ¿Qué podría contarle yo, que apenas he salido del cascarón? «Una joven promesa de la literatura cubana», es ridículo. ¡Él ha visto tanto! ¡Me lleva tantos años! ¡Lo repite tan a menudo! Un caballero medieval bien enfundado en su armadura, en su antigüedad. Temo al malentendido. Temo que escape justo en el momento de haber alcanzado su definición mejor… temo. Cada vez que lo veo me lleno de temores (y temblores) y aun así no puedo dejar de acercarme a él. No me lo explico. Es absurdo, soy absurda. Revoloteo alrededor del viejo como una mariposilla veleidosa.

    Como de costumbre, hay mucha gente en la casa. Ruedan de un lado a otro, comentan, murmuran, toman ron. Parece una escena bajo el mar, dentro de una pecera, en cámara lenta. Moluscos.

    Otras tardes y otras noches resultan más animadas que ésta: discuten de literatura, hablan de la gente que no está en la casa, se interrumpen unos a otros, se apasionan. El viejo ironiza, grita, se queda ronco, le dan palpitaciones y luego es el insomnio, el techo blanco. Se promete a sí mismo no volver a acalorarse y reincide. (Uno no escribe con teorías —me ha dicho hoy y no estoy de acuerdo, pienso que nada es desechable, que uno escribe con cualquier cosa, pero en fin—.) No he estado presente en esos barullos que horripilan a los editores extranjeros. (No se pelean, es su forma de conversar, son cubanos —le ha dicho un mexicano a otro—.) Alguien me los describe. Siempre hay alguien para contarme punto por punto lo que ocurre. Menos mal, pienso.

    Porque delante de mí sólo dicen banalidades, sin alzar la voz apenas, como articulando muy a propósito unos diálogos más insípidos que los del Nouveau Roman o el cine de Antonioni. La asepsia verbal, la sentencia descolorida, la incomunicación. El gran aburrimiento. El viejo se pone elegiaco y cuenta de sus viajes lo mismo que podría contar un turista cualquiera. Le ha dado la vuelta al mundo más de una vez para cerciorarse, al parecer, de que todo lo que hay por ahí es muy tedioso. Habla de los epitafios que ha visto y planea el suyo. Confunde los detalles adrede. (Eso de que Esquilo participó en la batalla de Queronea no se lo cree ni él.) Cualquier originalidad, incluso la que resulte de una vasta erudición, podría resultar comprometedora a largo plazo y quizás antes. No se oyen nombres propios, ni siquiera los nombres de los muertos, (sólo Esquilo, Byron, Lawrence de Arabia y gente así), ninguno suelta prenda. Se repliegan. Cierran filas. Actúan como conspiradores. En ocasiones, por provocar, hablo mal de alguien, de algún conocido en el mundo de los vivos, y entonces todos se apresuran a defenderlo. «Es una impresión errónea», me dicen. O se callan todavía más. No hay manera. Como en un retrato de grupo, todos quieren quedar bien.

    Sucede que tengo mala reputación. Yo, la peor de todas, en principio asumo el comportamiento de un analista o un padre confesor. Me aprovecho de las crisis existenciales, de las depresiones, de los arrebatos de cólera. De todo lo que generalmente las personas no pueden controlar, al menos en nuestro clima tan fogoso. Ofrezco confianza, complicidad, discreción, nunca advierto a mi interlocutor que cualquier palabra que pronuncie puede ser utilizada en su contra; regalo alguna de mis propias intimidades, la cual se trivializa en mi boca y al instante deja de serlo. De ese modo, dicho sea de paso, he llegado a tener muy pocas intimidades (lo que no quiero que se sepa no se lo digo a nadie y hasta procuro olvidarlo), mi techo no es de vidrio.

    Insisto: A ver, cuéntame de tu infancia, ¿tu padre era tiránico, opresivo? ¿Te pegaba? ¿Era cruel, verdad? ¿Cómo lo hacía? Vamos, cuéntame todos tus pecados, ¿a quién quisieras matar? ¿A quién matas cada noche antes de dormir? ¿Y en sueños? ¿Cómo lo haces? Y las personas hablan, claro que sí. Les encanta hablar de sí mismas. Se desahogan, descargan, delegan sus culpas en mí. Entonces los absuelvo, les digo que no son malos, los reconcilio consigo mismos, los ayudo a recuperar la paz.

    Como es de suponer, en realidad no adelantan nada. Qué van a adelantar. Simplemente se vuelven adictos a mí, a mi inefable tolerancia. Conmigo, qué suerte, se puede hablar de cualquier cosa. Sé escuchar. No interrumpo, no condeno. La atención es una droga. Olvidan que en verdad no soy analista ni padre confesor. Peligrosa amnesia que procuro cultivar. Ellos se proyectan en mí, discurren cada vez con mayor soltura hasta que sale a relucir algún material significativo. Mientras más profundo es el sitio de donde proviene, más notable, más escalofriante es la revelación.

    He ahí el momento: con ese material significativo —y algunos otros elementos tan secretos como el contenido preciso de una nganga— escribo mis libros. Cuentos, relatos, novelas, siempre ficción. (Tal vez me gustaría escribir teatro, pero no sé por qué desconfío de los autores que incursionan a la vez en géneros distintos y hasta opuestos. Me he habituado a narrar.) Trabajo mucho, reviso y reviso cada frase, cada palabra. Reinvento, juego, asumo otras voces, muevo las sombras de un lado a otro como en un teatro de siluetas donde veinte manos delante de una vela pueden figurar un gallo, desdibujo algunos contornos, cambio nombres y fechas, pero, desde luego, los modelos siempre reconocen, en mis personajes y sus peripecias, sus propias imágenes. Que son sagradas, claro está. Qué falta de respeto.

    Su ingenuidad resulta curiosa. No se percatan de que, al darse por enterados y poner el grito en el cielo, aportan a mis libros la imprescindible credibilidad que algunos lectores exigen y, de paso, me hacen tremenda propaganda —no hay nada como los trapos sucios para llamar la atención—. Gratis. Tampoco entienden que dentro de cien años nadie que me lea, si aún me leen (ojalá), los va a reconocer. Y si los reconocen, será porque de un modo u otro han accedido por lo menos a un trocito de gloria. No digo que debieran estar agradecidos; no digo que los rostros de los Médicis son aquellos que les inventó Miguel Ángel y no otros, porque la verdad es que suena demasiado soberbio, justo el tipo de cosa que se me ocurre no debo decirle a nadie.

    Los lectores ajenos a los círculos literarios —son ésos los que más me gustan— se asombran de mi desbordante y pervertida imaginación: ¿Cómo es posible crear tantos y tales monstruos? ¿De dónde salen? Si supieran… Creo que algunos ya andan investigando por ahí.

    Los escandalitos van y vienen; me acusan a la vez de oficialista y de disidente de un montón de causas; como tienden a hacer de todo una cuestión política, según las filias y las fobias de cada uno, me ponen lo mismo en la extrema izquierda que en la extrema derecha. Lo que sea, ¿acaso el dominico Fra Angélico no pintó a los franciscanos en el infierno? Bien pudo ser al revés. Me atribuyen unas ideas sobre el ser humano y eso, que ni siquiera comprendo muy bien, pues no acostumbro a pensar en términos de semejante envergadura —más que la especie, me interesan los individuos y, sobre todo, los individuos que me rodean. Me acusan de falta de creatividad, de resentida y envidiosa, intentan bloquear mis relaciones de negocios —de vez en cuando lo logran, un simple comentario delante de eso que llamo «el lector poderoso» puede resultar demoledor—, recibo amenazas por teléfono, a mi oficina en la editorial llegan constantemente anónimos plagados de injurias firmados por «La Espátula» y «La Mano Que Coge», me echan brujerías de todo tipo, en fin lo de siempre.

    A pesar de que en las «entrevistas» nunca uso grabadora (mi memoria para estos asuntos es excelente, puedo recordar durante años un dato al parecer insignificante), ninguno de mis modelos ha intentado hasta el momento desmentirme por escrito. No importaría si lo hicieran: mis versiones son más dignas de crédito en virtud del aforismo maquiavélico que dice «piensa mal y acertarás». Lo esencial es que nadie se atreve a demandarme, porque las zonas más truculentas de esas historias, las zonas más envenenadas y denigrantes, no las escribo, no les doy curso. Me las reservo como garantía, como la última bala en el tambor. Eso se llama chantaje y es eficaz. Sé que un día me van a asesinar y a veces me pregunto quién, cuál el último rostro que me será dado ver.

    Pero esta noche es especial. No persigo los crímenes recónditos ni los alucinantes fraudes o las traiciones o los pequeños actos mezquinos que pueblan la historia universal de la infamia. No provoco. Descanso. La inquietante proximidad del viejo de alguna manera me hace feliz. Siento la mirada fija de su amante clavada en mi espalda y eso me complace más. Me impide soñar que las cosas son diferentes. Ese muchacho no podrá concentrarse hoy en el vaso de ron ni en la conversación deshilachada que sostienen los demás ahí dentro. No podrá.

    —Después de la segunda botella te pones insoportable —ha sentenciado el viejo.

    Desde el balcón se divisa una callejuela tranquila. Estrecha, sucia hasta en la oscuridad, con el pavimento roto y charcos y fanguizales por todas partes. Como si se hubiese decretado un toque de queda, hoy ni los vecinos quieren alborotar. Del fondo de la casa llegan los boleros de siempre y un ligero ruido ambiental de cristales que chocan, fósforos que se encienden y crepitan, susurros similares al del océano que habita en los caracoles, risitas fúnebres. El gato se frota contra el viejo, se enreda a sus pies en un ovillo peludo. El viejo baja la vista, advierte que es sólo un gato y lo deja hacer.

    El fresco nocturno me rescata un poco de los furores de nuestro septiembre ardiente, mientras el ron, incitante y áspero, me acaricia por dentro. Pienso en Amelia. Los viernes, de cinco a siete, en la habitación de los altos de su taller. Divina. Ella no habla casi porque hablar —afirma— le provoca dolor de cabeza y porque de todos modos —sonríe lánguida— no tiene mucho que decir. Al menos no con palabras. Pienso que la amo.

    Por allá dentro flota una voz apagada, casi anónima entre las otras voces: Recuerdas tú, aquella tarde gris / en el balcón aquel, donde te conocí… Puede ser el bolero que ya pasó o el que está por venir. El mismo que oigo, a retazos, durante toda la noche.

    El muchacho, lo presiento, trata de llamar la atención como si tuviera que recobrar algo, como si hubiese algo por recobrar. Sube el volumen. Está loco, febrilmente loco por el viejo y eso se entiende. Aunque podría hacerlo, no se acerca a nosotros.

    —Él dice que tú le coqueteas —me ha advertido con el entrecejo fruncido como si dudara entre la risa y el enojo—. Ten cuidado.

    —¿Y qué piensa? —he preguntado supongo que ansiosa—. ¿Le gusta? ¿Le gusto?

    —No sé —de pronto ha gritado—. ¡No sé!

    —¿Qué crees tú? —he insistido casi con ternura—. Tú lo conoces mucho mejor que yo. Bueno, en realidad yo no lo conozco nada. ¿Qué crees tú?

    —Yo no creo nada —su voz ha sonado tensa, cargada de lúgubres premoniciones—. Tú te volviste loca. Loca de remate. Vas a sufrir…

    —¿Igual que tú?

    Ha vuelto a mirarme fijo y sus ojos grises parecen dos punzones de acero. Susurra:—Yo te mato, ¿entiendes? Yo te mato.

    He acariciado su mejilla hirsuta resbalando desde la sien hasta el mentón (tiene un hoyito, como Kirk Douglas) y allí mis dedos se han detenido en una imitación casi natural de las figuras de cierta cerámica griega muy antigua. En la vasija original, tan auténtica como la página de un libro, aparecían dos muchachas. Fondo rojizo, siluetas negras. Una acariciaba la mejilla de la otra de esa misma manera y el pie de grabado aseguraba que se trataba de un gesto típicamente homosexual. Mira mira…

    He tocado su frente y no ha hecho nada por impedirlo. Ni siquiera se ha movido. Arde en fiebre.

    —Eres una puta.

    Es interesante que me considere un rival, pienso, aunque sólo sea por instantes y después se diga que no, que no hay peligro. El mundo pertenece a los hombres y todavía más a ciertos hombres, ya lo dijo Platón. ¿Una mujer? Bah.

    Penso en Amelia mientras observo el rostro del viejo, quien todo este tiempo ha estado divagando despacioso y algo frívolo sobre la importancia de los balcones y las terrazas en la vida de la gente. Recuerdas tú, la luna se asomó / para mirar feliz nuestra escena de amor… Ambas imágenes se yuxtaponen, el viejo y Amelia. Se cruzan. Parecen fundidas sin sutura, como las mitades de Bibi Andersson y Liv Ullman en el famoso primer plano de Persona. Quizás el deseo pone en entredicho las identidades, porque el viejo y Amelia se integran en una sola cara y no es el ron ni el aire de la noche.

    Como aquella vez que lo vi desde mi oficina. Él estaba de pie en el pasillo, diciéndole malevolencias a alguien, como siempre, tirando piedras. (Afirma que eso de atacar al prójimo no luce bien a su edad; supongo, pues, que no puede resistir la tentación de ejercitar el ingenio a costa de los demás: no debe ser fácil renunciar a un hábito tan añejo. Muchos le temen y eso lo divierte.) En aquel tiempo él aún no tenía noticias de mí. Nada, una muchacha ahí, una muchacha cualquiera. Pero yo, desde mucho antes, llevaba siempre en mi cartera una foto suya recortada de una revista. Una foto de archivo, treinta años atrás, un joven bellísimo frente a una máquina de escribir. Amelia lo encuentra vulgar, de lo más corriente, pero ella no sabe nada de hombres.

    Ese día lo detallé desde la sombra, sin moverme de mi asiento, para descubrir al fin la rara discrepancia entre sus rasgos y sus pretensiones. Nariz corta, respingadita, graciosa. Labios llenos, sensuales, voluntariosos. Ojos soñadores, pestañas largas, abundante pelo blanco. ¿Es ésa la cara de un viejo cínico que no cree —ni descree— en nada ni en nadie? En el siglo XIX se creía que el rostro era el espejo del alma…

    El viejo se aparta del balcón, donde ha permanecido quizás el tiempo necesario —y suficiente— para convencer no sé a quién de la soberana indiferencia que le inspiro. Como si yo fuera el mismísimo fresco de la noche, algo que pasa. A mí, por ejemplo, ni siquiera hay que decirme que después de la segunda botella me pongo insoportable: da lo mismo y, además, lo cierto es que no necesito alcohol para ponerme insoportable en cualquier momento: es mi oficio. El muchacho, en cambio, cuando no bebe es bastante simpático.

    La espectacular indiferencia del viejo me convence a ratos (y lo que es peor, me pone triste), sobre todo cuando olvido que no mirar es mirar, que la persona que te ignora puede hacerlo porque sabe justamente dónde estás a cada instante. Supongo que sea así, pues en realidad no guardo memoria de haber ignorado jamás a nadie. ¿Cómo pretender que no existe lo que a todas luces sí existe? ¿Solipsismo? ¿Pensamiento mágico? No sé, pero tampoco ahora puedo dejar de seguir al viejo hasta el sillón donde se deja caer.

    La mirada del muchacho —¿sorpresa?, ¿interés?, ¿miedo?— tampoco puede dejar de seguirme a mí. Todo lo contrario de la indiferencia, su intensidad es tal que en ella se pierden los matices. Me envuelve, me quema, me atraviesa. Es una mirada que conozco al menos en su incertidumbre: he buscado en ella a mi asesino y no lo he encontrado. Qué bueno. Pero de todas maneras podría ser él, pues los asesinos, ya se sabe, no tienen necesariamente que tener miradas de asesinos. Muchos ni siquiera saben que lo serán, que ya lo son. Al igual que la víctima, se enteran a última hora. Cuando las emociones se precipitan y se escurren entre los dedos.

    El viejo se mece en el sillón de lo más contento. La casa es del muchacho, pero los sillones los ha comprado el viejo (he ahí la clase de detalles, domésticos si se quiere, que siempre alguien me cuenta) porque viene de visita casi todas las tardes y le encanta mecerse. ¿Qué otra cosa se puede hacer a mi edad? —es lo que dice. Y sonríe igual que Amelia cuando se describe a sí misma como una tímida cosita que pinta tímidas naturalezas, vivas y muertas.

    Me siento en una butaca frente a él. No dejo de observarlo. Por variar, mi insistencia no lo sobresalta. No me mira como se mira a las personas empalagosas y demostrativas. Incluso me asombra no advertir en él la más mínima inquietud. Sonríe otra vez. No sé, en lo absurdo también debería quedar un rincón para la coherencia… Ambos hemos leído recientemente esas páginas chismosas de A Common Life (Simon & Schuster, 1994) donde David Laskin se extiende y se regodea en el amor desolado que durante largo tiempo profesó Carson McCullers, la maliciosa chiquita del cazador solitario, el ojo dorado y el café triste, a Katherine Anne Porter. Una pasión a primera vista que de manera perversa fue derivando hacia un asedio compulsivo, abierto, irresistible, maniático. Tal vez Carson también aprendía de los cactos. Sus torturadas demandas inexorablemente fueron retribuidas con patadas y más patadas, desprecios y desplantes de todo tipo, con un odio que se me antoja inexplicable. Tan inexplicable y profundo como el amor (la diferencia) que lo había suscitado.

    —Nada de inexplicable —me dijo el viejo—. McCullers la perseguía, la molestaba y nadie tiene por qué aguantar eso.

    Sí, claro, sobre todo si estás en los calores de la menopausia y los hombres no te quieren y las deudas te llegan al cuello y tus libros no tienen el éxito de los de tu perseguidora. Si, encima, te asustan las lesbianas, tú sabrás por qué.

    Yo pensaba sentada en el suelo (él, por supuesto, en el sillón) y anoté que al viejo le disgustaba la vehemencia, el homenaje abrumador, la exuberancia intempestiva y desbordada de quien se lanza en pos de sus fantasías sin contar para nada con el protagonista de éstas. Un escritor no quiere ser descrito tan sólo como el objeto del deseo (admiración, ambición) de otro escritor. Un deseo furioso puede llegar a ser anulador (Katherine Anne: la deplorable mujercita que rechazó a Carson), un escritor aspira a existir por sí mismo. Qué cosa.

    Desde el suelo me preguntaba si el fuerte atractivo que el viejo ejercía sobre mí podría arrastrarme alguna vez a los extremos de Carson. Aparecérmele en todas partes con cara de sufrimiento de perro apaleado. Llamarlo todos los días por teléfono —lo he llamado tres o cuatro veces y nunca reconozco su voz en el primer momento, la plenitud de su voz, el registro grave, me recuerda más bien al joven de la foto en mi cartera, siempre me dice «gracias por llamarme»—, llamarlo no para preguntar por un conocido, por una fecha, no para hablar del tiempo, las yagrumas o nuestras inclinaciones aristocratizantes: a ambos nos gustaría poseer un título de nobleza, somos así. No, llamarlo para decirle que no hago más que pensar en él. Que me voy a suicidar y suya será la culpa. Acercar el auricular al tocadiscos: Yo te miré y en un beso febril / que nos dimos tú y yo sellamos nuestro amor… Obligarlo a cambiar su número, pesquisar el nuevo número. Volver a llamarlo. Mandarle cartas. Insistir, insistir hasta el vértigo. Perseguirlo hasta su casa, gemir, dar golpes enloquecidos en la puerta como en una habitación de la torre de Yaddo: «¡¡¡Katherine Anne, te quiero!!! ¡¡¡Déjame entrar!!!». Permanecer tirada en el quicio toda la noche hasta que él salga y pase por encima de mi cuerpo… No me importaría hacerlo, pensaba. ¿Y a él? ¿Le importaría a él que yo lo hiciera? Quién sabe.

    Todavía no he llegado a ese punto.

    Por lo pronto me dejo llevar, no hago el menor esfuerzo por ahogar el impulso de seguirlo, mirarlo, permanecer junto a él: encantador de serpientes. Sublime encantador que mueve las manos mientras habla —de su árbol preferido: la yagruma, se cubre de metáforas— como si dirigiera una orquesta sinfónica. El mismo gesto demorado que le he visto hacer en la televisión, donde lo creí un truco de cámara. (Conozco a la directora del programa, he estado pensando en ir a pedirle, de un modo muy confidencial, que me permita sacar una copia del vídeo. Lo peor que puede suceder es que diga no.)

    Mi atención no le molesta. Ahora lo sé. Más bien creo saberlo. ¿Cómo le va a molestar a un encantador la atención de una serpiente?

    Soy discreta, no hago locuras. Soy discreta de una manera pública: todos a nuestro alrededor ya van advirtiendo lo que ocurre. No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que el viejo, a menudo rispido, agresivo, negador —cuando se empeña en demoler a alguien, ya lo dije, lo que sale por su boca es vitriolo—, se comporta esta noche como un gentleman. Exquisito, elegante, sereno. Cuando abre y cierra el abanico, su enorme abanico oscuro, una dama de sangre azul, la marquesa de las amistades peligrosas. Y ese personaje, el de los chistes blancos y la sonrisa fácil, el que acomoda mi silla y me cede el paso, el que ha servido los postres con envidiable soltura (en la mesa siempre nos sentamos frente a frente y casi no puedo comer), le va de maravilla. Algo tan evidente no debe ser importante, este viejo es un hipócrita de siete suelas, un jesuita que sabe más que el diablo y se protege de los zarpazos de la bandidita, es lo que leo en las demás caras y me complace.

    «No hago locuras», quiere decir que no convierto mi ansiedad en secreto. No podría hacerlo aunque quisiera, pero basta con exhibirla para dar la impresión de ser una persona muy segura de mí misma, una persona sobre quien resbalan las opiniones, los comentarios ajenos. De cierta forma es verdad: mi imagen pública difícilmente podría ser peor de lo que ya es. Hoy sólo me preocupa el reconocimiento, la aprobación del viejo.

    El calor es suficiente para desabrochar un primer botón, sacarme el pelo de la cara, cruzar las piernas y la falda sube. Estoy sentada frente al viejo y vuelvo a pensar en Amelia, quien se marcha muy pronto a París con una beca por dos años de la École de Beaux-Arts. Naturalezas vivas, espléndidas, regias naturalezas. La falda es roja, breve sin incomodar. (En momentos así es cuando pienso que yo nunca sabría llevar un título nobiliario como un personaje de Proust le recomienda a otro: igual que lady Hamilton, tengo alma de cabaretera.) La blusa es gris como esos ojos que me vigilan entre fascinados y sombríos. Fascinados no conmigo, sino con el conjunto. El viejo y yo.

    Cómo me gusta decirlo: el viejo y yo.

    —¿Tú quieres algo con él y conmigo? —me ha preguntado el muchacho, conciliador.

    —No —le he respondido suavemente—. Sólo con él.

    —¡Eso no va a ocurrir nunca! —me ha dicho irritado—. Y si quieres te digo por qué.

    —¿Tienes muchas ganas de decirme por qué?

    —Yo… este… yo… No, mejor no.

    El viejo y yo conversamos. Es decir, parece que conversamos. Le pregunto algo sobre uno de sus libros. La biografía de un amigo muerto, uno de los verdaderos, un lindo libro donde el viejo se ha mostrado particularmente eficiente a la hora de escamotear detalles. ¿Buen tono? ¿Temor? ¿Censura? Me gustaría interrogarlo en el estilo de un paparazzi o un fiscal, en el estilo de Sócrates, enredarlo con su propia cuerda, hacerlo caer en contradicciones. Me gustaría verlo evadirse, sortear todos los obstáculos y pasar a la ofensiva. Me gustaría contradecirme yo y tocar su pelo blanco, apoyar un pie descalzo en su rodilla, todo a la vez, y sé que no es el momento. Nunca será el momento, ¿no es eso lo que me han dicho? En medio de una charla de salón me seduce la imposibilidad.

    —Nadie es como era él —afirma el viejo con una tristeza que no le conocía—. Nadie.

    Y no es la amistad entre escritores ni la cita de Montaigne. Es el pasado. Su reino. La madre del muchacho nos trae café en unas tacitas de porcelana azul con sus respectivos platicos también azules. Todo de lo más tierno, como jugando a ser una familia. Me sonríe. Le sonrío. El viejo coge la tacita en un gesto maquinal, ensimismado. Quizás piensa todavía en el muerto, un muerto que le sirve para descalificar al resto de la humanidad conocida y por conocer. Empezando por mí, desde luego, que no soy como era él. Para nada. Es lógico, pero me incomoda.

    Penso en la madre del muchacho, Normita. Una excelente cocinera que tiende a apurarnos cuando el muchacho y yo nos demoramos ochenta años en pelar las papas o escoger el arroz, una excelente señora en sentido general. Es viuda y vive en un pueblo del interior, sola en una casa muy amplia. Ahora está de visita por un par de semanas o algo así —para el muchacho su presencia constituye un alivio, imagino por qué la llama Normita en lugar de mamá—, pero se irá pronto, pues no soporta vivir lejos de su casa y su tranquilidad en este manicomio que es La Habana.

    Hemos descubierto (o construido) entre nosotras una afinidad peculiar. Me cuenta deliciosas anécdotas sobre la infancia de su hijo para horror de él. Se ríe. «Ponme en una de tus novelas», me dice y vuelve a reírse. «Así no vale, Normita», le digo. Es Escorpión, igual que yo, y dice que la gente tiene muchos prejuicios con los escorpiones, que en el fondo somos buenas personas. Si de verdad ella piensa que soy una buena persona, cosa que me resisto a creer, no sé qué prejuicio en esta vida puede quedarle a Normita. Pero siempre es reconfortante tener a alguien que le diga eso a uno. ¡Si lo sabré yo!

    Me ha invitado a irme con ella cuando regrese a su casa. O después si lo prefiero. Necesito respirar aire puro, ya que, en su opinión, estoy medio chiflada. Probablemente aceptaré. Quizás me resulte lacerante pasar por la calle de Amelia los viernes de cinco a siete y ver el taller cerrado a cal y canto. No estoy segura, pero es muy posible. Habrá que esperar a ver. Porque han sido años, casi desde que éramos adolescentes, Amelia conoce mi cuerpo como nadie… y de pronto ¡zas! Sí, yo también me iré. Dentro de poco hago así y cobro los derechos del último libro, pido vacaciones en la editorial (los anónimos que váyan llegando me los pueden guardar, a veces son utilizables), le doy todo el dinero a Normita y me instalo por tiempo indefinido en un pueblo del interior. Mis cactos y mis modelos pueden sobrevivir sin mí. No creo que me necesiten demasiado ni yo a ellos. ¿Podría escribir un libro enteramente de ficción? ¿Acaso puede existir semejante libro? No lo sé. Tal vez sería la mejor solución para todos, no lo sé.

    El viejo y yo hemos estado hablando del placer que produce acostarse boca arriba en la cama en el silencio en una tarde apacible y divagar. Deshacer los lazos que nos atan al mundo, dejarnos fluir en la soledad que de algún modo ya hemos aceptado. El muchacho se acerca a nosotros con el sempiterno vaso de ron en la mano. El viejo desaprueba con los ojos. El muchacho lo enfrenta retador. Pienso que el muchacho podría hacer algo desesperado en cualquier momento. Algo tan desesperado como el silencio que se empeña en mantener o la ferocidad de sus réplicas aisladas y no muy pertinentes… Divagar. Las imágenes se suceden unas a otras, se interponen, se entrelazan.

    Imágenes visuales, auditivas, aromáticas. Procedentes lo mismo de los libros, el cine o la música, que de ese eidos con límites borrosos (esfumados como el background de Monna Lisa) que por convención suele llamarse «la vida real». Una vida, a veces no tan cierta, que no sólo incluye los viajes, el momento indescriptible en que se descubre desde el avión cómo se alza vertiginosa Manhattan entre un mar de neblina, o el ronroneo sobrecogedor del primer vuelo sobre el Atlántico o las blancas cimas de los Andes. Una vida que también abarca, como miss Liberty o el Cristo de Río, la cotidianidad en apariencia más intranscendente, con sus afectos y desprecios, con sus pasiones anónimas de pronto tan, pero tan inmersas en lo ficticio, en la fábula. Porque mi mundo interior es impuro e inmediato, casi palpable, quienes me odian dicen que no lo tengo, pienso.

    Pero no menciono eso último por no perturbar al viejo, quien comprende y acepta y hasta participa de mi misma noción de divagar. Después de todo, quienes me odian son sus amigos. Con ellos comparte complicidades, credos estéticos, historias vividas; con ellos tiene compromisos. Esos mismos que le impidieron hacer la presentación de mi primera novela, donde me río un poquito de ellos (más de lo que

    sus egos hipersensibles pueden soportar, qué horrendo delito, ja), les saco la lengua y les guiño el ojo. Sé que ellos no significan para el viejo ni remotamente lo que significó el muerto. Porque nadie es como era él, nadie. ¿No es así como decía? Sé que el viejo está solo, que no lo olvida y siente miedo. Que los compromisos son los compromisos. Por esa razón, y no por aquella otra que con aire freudiano insinuaba el muchacho, entre el viejo y yo no puede suceder nada. He llegado demasiado tarde. Hay un muro.

    No quiero introducir asuntos espinosos ahora que nuestra divagación sobre la divagación, más allá de rencillas y despropósitos, fluye tan armoniosa.

    —Ustedes, ya que son tan cínicos, tan lengüinos, deberían discutir… ¿Por qué no se enfrentan, eh? —sugiere el muchacho y el viejo se hace el sordo.

    —Estamos discutiendo, lo que pasa es que tú no te das cuenta —comento y el viejo sonríe.

    ¡Ay viejo! Querría decirte que a mí también me gusta tu muerto (quizás menos que a ti, prefiero el teatro de O’Neill, su largo viaje del día hacia la noche es único, es genial, es incomparable desde cualquier punto de vista y tu muerto debió saberlo, no debió rechazar aquel desmesurado elogio desde la soberbia, lo siento, viejo, cada cual se inclina sólo ante sus propios altares), querría decirte que me gusta sobre todo la relación que hubo, que hay, entre ustedes, un viejo y un muerto, que me fascina tal y como la describes en tu libro, que los envidio a los dos porque yo nunca tuve amigos así…

    Voy a hablar y el muchacho me interrumpe en el primer aliento para decir que la divagación no es lo que creemos nosotros, sino un concepto muy diferente, relacionado con el sexo o algo por el estilo. No lo entiendo bien. Habla como si no pudiera evitarlo, como si las palabras salieran por su boca en un chorro a presión. Es un hombre desmesurado, violento, pienso no sé por qué. El viejo hace un gesto de impaciencia:

    —Sigue tú con tus divagaciones y déjanos a nosotros con las nuestras —dice en voz baja. ¿Las nuestras? ¿Las nuestras ha dicho? ¿Existe entonces algo que el viejo y yo podemos designar como «nuestro», aunque no sea más que la imposible suma de dos soledades? Tal vez lo ha dicho para mortificar a su amante. Alguien tan entrometido probablemente se merece que lo aparten de vez en cuando, al menos un par de milímetros. Ellos, pienso, deben estar acostumbrados el uno al otro (como Amelia y yo) con sus necesarios, vitales, imprescindibles conflictos; eso se les ve. El viejo me utiliza. Pero no me importa: que haga lo que quiera, lo que pueda.

    Porque me han contado que en una tarde bien tranquila, de esas que invitan a la siesta y a la divagación, el viejo se apareció en esta misma casa, todo agitado, con un ejemplar de mi primera novela en la mano. Se la tendió al muchacho y le dijo busca la página tal y lee, lee en voz alta. Y el muchacho le dijo ¿no quieres té?, ¿por qué no te sientas? Y el viejo le dijo lee, vamos, lee, como quien dice pellízcame a ver si no estoy soñando. Y el muchacho leyó. Unas diez páginas, en voz alta.

    Me han contado que el viejo, iracundo y alegre, caminaba de un lado a otro, se alteraba, se reía, se ahogaba, volvía a reírse, a carcajadas, se tocaba el pecho, pedía agua. Un desorden de emociones, el nacimiento de una nueva ambivalencia. ¿Tú has visto qué mujer más mala? No, no es buena. Lo peor es que todo esto (el muchacho señalaba el libro abierto como un pájaro con las alas desplegadas, como el diablo de Akutagawa) es verdad. Malintencionado sí, pero falso no es. ¡Un poco más y pone hasta los nombres de la gente con segundo apellido y todo! No, lo peor no es eso (el viejo hablaba despacio, saboreando las palabras). ¿Qué es lo peor? Lo peor es que ese librejo infame está bien escrito. Mira tú qué clase de oxímoron. Lo peor es que me gusta y que esta mujer perversa hasta me cae simpática… (Me seduce imaginar al viejo, con su voz tan envolvente, susurrándome al oído muchas veces la frase «mujer perversa, mujer perversa, mujer perversa». Yo me erizo.) Sí, a mí también, pero te juro que no quisiera verme en el lugar de esta gente. ¿Cómo se habrá enterado ella de cosas tan íntimas, eh?

    Ignoro si la escena transcurrió exactamente así. Lo anterior es un esbozo tentativo, más o menos tragicómico. Pero en esencia fue así y así la concibo tomando en cuenta los hechos posteriores: a partir de entonces mis relaciones con el viejo, que antes apenas existían, se convirtieron en una diplomática sucesión de espacios vacíos, en una fila versallesca de puertas cerradas o entreabiertas, con celosías y el año pasado en Marienbad.

    Ahora, cuando dice «nuestras» y me envuelve en ese plural excluyente, de alguna manera me acerca. No sé. No es fácil interpretar al viejo —mi próximo libro, el que escribiré en casa de Normita, podría llamarse El Viejo. An Introduction, como los manuales anglosajones, y se lo enseño cuando aún esté en planas y podamos negociar con los detalles, no vaya a ser que al pobrecito le dé un infarto ante tal muestra de amor—, sólo siento que me acerca. Mejor aún, que ya estoy cerca aunque él no lo diga. ¿Qué puede importarme si de paso me utiliza para fastidiar un poco al muchacho?

    Permanecemos los tres en silencio. Normita y los otros conversan, toman café y fuman como si no estuviera ocurriendo nada. Quizás no está ocurriendo nada y sólo existe una persona, yo, colocada ahí para discurrir, suponer, para inventar historias sobre la gente y cada día buscarse un enemigo más. Una enredadora profesional.

    Miro al viejo, él me mira. Le sonrío, me sonríe. Cualquiera diría que somos un par de idiotas. Como si hubiese escuchado mis pensamientos, él se levanta y, en el tono más natural que ha podido encontrar, dice que se va. En mi cara algo debe haber de súplica (esa expresión no la necesito para mi trabajo, pero también la he ensayado frente al espejo, por si acaso se presentaba alguna coyuntura imprevista y aquí está), pues me explica, como a un niño chiquito, que ya es muy tarde, que ha permanecido incluso más tiempo que de costumbre. Que él es una persona mayor (un viejo) y no debe trasnochar, a su edad los excesos son peligrosos.

    ¡A mí con ésas! Pienso que le gusta aparecer y desaparecer, darse poco, a pedacitos, escurrirse entre las bambalinas y el humo de la ambientación, detrás de su enorme abanico oscuro como la diva más seductora. No tiene apuro y yo, que soy joven, tampoco debería tenerlo. Pero la edad no constituye ninguna garantía acerca de quién va a morir primero. Lo inesperado acecha y nos hace mortales de repente, nunca lo olvido. Como la gente abanderada del sesenta y ocho, quiero el mundo y lo quiero ahora…

    No sé de qué forma lo miro, porque sus ojos brillan y vuelven a soñar a pesar del cansancio, de nuevo se transforma en el joven de la foto en mi cartera cuando se aproxima, y él (el joven, el viejo, él), que nunca me ha tocado ni con el pétalo de una flor, ni con la púa de un cacto —lo de la púa va y le gusta, quizás hasta sueña, mal bicho, con arañarme la cara—, él, que se inquieta y hace muecas de pájaro incómodo cuando penetro en su aura, se inclina y me besa en la boca. Bueno, más bien en la comisura, pero pudo ser un error de cálculo, un levísimo desencuentro. Me besa como alguien que se despide y quiere dejar un sello. O como alguien que flirtea sin comprometerse, que juega a alimentar una pasión no correspondida. O como alguien que simplemente se siente bien. Como Peter Pan y Wendy, el último de los cuentos de hadas.

    Es sabia la idea de perderse ahora, pienso.

    No sé si el muchacho ha notado el gesto, es igual. Ellos intercambian algunas palabras que no alcanzo a oír y que tampoco me importan. Me he quedado petrificada, hecha una estatua de sal por asomarme a un pasado que no me pertenece, y sólo atino a levantarme de la butaca cuando el viejo ya se ha ido. Corro, pues, al balcón para verlo salir. Demora un poco en bajar la escalera (que es muy empinada y con escalones de diverso tamaño, la locura) y cuando al fin descubro su cabeza blanca, justo debajo del balcón, ya no sé si llamarlo, si gritar su nombre, si dejar caer sobre él la tacita de porcelana azul que aún conservo en la mano. Tú volverás, me dice el corazón, / porque te espero yo, temblando de ansiedad…

    No hago nada. Quizás porque he vuelto a sentir una mirada gris, más agresiva que nunca, clavada en mi espalda. Pero no es necesario: al llegar a la esquina el viejo se vuelve bajo la luz amarillenta de un farol callejero con algo de spotlight. Es la estrella, no hay duda. Me saluda con la mano, de nuevo dirige una orquesta sinfónica. Rachmaninof empecinado, dramático. Rapsodia sobre un tema de Paganini. No distingo bien su rostro, se pierde entre la luz y la sombra, sigue siendo el joven de la foto. No sé si se despide o si me llama. Prefiero creer que me llama. Si es así, me esperará. Entro, pongo la tacita sobre la mesa, recojo mi cartera, un chao Normita —besos no, ahora nadie puede tocarme la cara—, chao gente, la puerta y salgo.

    El muchacho sale detrás de mí. Escucho sus pasos, su respiración anhelante. Me alcanza en el primer descanso de la escalera. Me agarra por el brazo.

    —Déjalo tranquilo —creo que dice, no lo entiendo bien.

    —Quítame las manos de encima —trato de soltarme, él es más fuerte que yo.

    —No —aprieta más—. Hoy tú te quedas a dormir aquí.

    —Te dije que me quitaras las manos de encima.

    Es raro, ninguno de los dos grita. Todo transcurre a media voz, en la penumbra de un bombillo incandescente sobre una escalera de pesadilla. Al parecer no es algo público, se trata de un asunto a resolver entre nosotros.

    —¿Pero qué te has creído, puta?

    Me sacude. Forcejeo. No consigo deshacerme de él. No sé por qué no grito. Alguien tendría que venir. Vivimos en un mundo civilizado, ¿no? No se puede retener a las personas contra su voluntad. ¿Y si gritara? Arriba están Normita y los demás. Los boleros. En la esquina me espera el viejo. Y me darás… Tengo que sacarme a este loco de arriba, como sea. Pero no grito. ¿Será verdad que vivimos en un mundo civilizado? El viejo está en la esquina… tu amor igual que ayer… Con la mano libre le doy una bofetada. Parpadea, por un segundo el estupor asoma a los ojos grises. Después aparece la cólera y hay un instante donde me arrepiento… y en el balcón aquel… ¿Por qué nos obligamos a esto? Me suelta para propinarme la bofetada más grande, si mal no recuerdo la única, que haya recibido en mi vida. Tanto es así que pierdo el equilibrio. Con la última frase mis dedos resbalan por el pasamanos. Mármol frío. No hay nada bajo mis pies. Él trata de sujetarme y hay un instante donde se arrepiente. Al menos eso parece, pues grita mi nombre y, en lugar de «puta», oigo un «Dios mío». Su voz resuena, se multiplica, se fragmenta, viene de muy lejos. Golpes, muchos, incontables astillan y quiebran. Por todas partes. En la espalda y algo se congela. En la cabeza y cómo es posible tanto dolor y de repente nada. Se acabó, final del juego. ¿Era tan fácil? A partir del segundo descanso no soy yo quien rueda por la escalera, es sólo mi cuerpo. Dejo de oír. Me siento flotar, algo se hace lento. Hay un abismo, un resplandor. Pienso en Amelia.