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Author: sqsricardo

  • Lobos en la noche

    ―¿Listo, Esteban? —y con un gesto de cabeza responde un sí atemorizado. Salimos bien tarde en la noche, bajo una llovizna que amenaza con afiebrarnos. Mantenemos los pasos ligeros y suaves para no llamar la atención.

    Suerte que ya nadie hace guardia del comité en las cuadras como antes, y pueda delatarnos por sospechosos. Las calles están frías y solitarias: éste parece ser el día perfecto. Pasar por la estación de policía nos atemoriza porque el guardia de la puerta nos mira con recelo. Parece un espantapájaros, dice Esteban, y no quiero reír porque si el centinela se percata de la burla puede hacer un movimiento con uno de sus dedos y estaríamos llorando largo tiempo en un calabozo.

    Aprieto el saco donde traigo todo lo necesario: dos cuchillos, chágara, nylons y soga. Me alegra que la luna sea minúscula y nos proteja. Vuelvo a preguntarle a Esteban si recogió el carné y me palpo el bolsillo para comprobar que llevo el mío. Le pido, casi en súplica, que no deje caer los pies con tanta fuerza sobre los charcos, Esteban, me parece sentir el eco también temeroso de los pasos rebotando en las paredes y eso puede delatarnos. Vuelvo a insistir que pise todavía más suave, coño. Me mira impaciente y hace una mueca. Pienso que tal vez estoy exagerando y lo que hago es ponerlo más nervioso de lo que normalmente está.

    El saco pesa cada vez más por la lluvia. Lo cambio de hombro. Un gato negro cruza la calle y aunque evito mirar a Esteban, sé que tienen los ojos sobre mí. Pregunta si mejor no sería regresar. En este momento pasamos por debajo del farol de la esquina y Esteban se percata de mi incomodidad. No seas cobarde, le digo cuando ya esquiva mi mirada. Pero recuerdo la humedad y el mal olor de las celdas, y también me siento apendejado. Y para darle ánimos, no sé si a él o a mí, le recuerdo que Orula nos había dado permiso, y que el padrino Miranda dice que Orula nunca se equivoca. Entonces se persigna, besa el collar de Oshún que cuelga de su cuello y enciende un cigarro.

    Antes de llegar a la parada del tren dejo a Esteban con el saco escondido en un portal. Apenas avanzo unos pasos me pide que no me demore, avísame pronto para no estar mucho rato solo, mira a su alrededor y se abraza para ahuyentar el frío. Hago un gesto con la cabeza y con las manos le pido que no se impaciente, todo va a salir bien, ya verás. Me acerco a la parada, buenas noches, y nadie me responde, aquí no hay nadie educado, lo que sugiere un nivel escolar ínfimo, que trae consigo un orden social bajo, quizás demasiado bajo, el exacto para estos menesteres. Paneo con la vista para reconocer las caras. Se ve que todos son maleantes, que el miedo y la amargura les han comido la voz y las palabras, porque aquí lo que se necesita es silencio, y concentración.

    Pido el último y miro las caras y todas parecen las de siempre. Alguien desde una esquina levanta y deja caer el brazo con rapidez. Me convenzo de que todo el grupo está en lo mismo y no hay infiltrados que sacarán algún carnecito avisando que estamos detenidos. Saco el pañuelo y me sacudo la nariz, que es la contraseña, y veo acercarse la silueta de Esteban. Le digo que ponga los sacos en la esquinita de siempre, hasta que asome el tren, para no tener nada arriba que nos comprometa por si vienen registrando. Ahora corre y lo deposita detrás de unas matas y regresa con los mismos salticos, se detienen frente a mí y me sonríe. Le propongo que encienda un cigarro, con la intención de tenerlo ocupado, lo toma, continúa sonriéndome, los fósforos se le han humedecido y se desespera, me mira angustiado y sigue insistiendo, con dificultad le quito la caja y rato algunos hasta lograrlo.

    Nos guarecemos en la parada junto con el resto de los pasajeros, pero el viento nos tira el agua en ráfagas a la cara. Hemos acabado de llegar y ya estamos impacientes, deseo que ese tren acabe de asomar su nariz y nos recoja. Esteban se agacha para escudar la lluvia y enciende otro cigarro con la colilla anterior. Está muy pegado a mí, quizás buscando el calor de su cama. No quiero recordarle que el humo me molesta, prefiero verlo sedado. Conozco su nerviosismo. Temo perderlo porque es muy difícil encontrar un compañero que acepte correr estos riesgos; somos más perseguidos que los asesinos y casi nunca podemos contar la historia porque nos disparan a matar.

    Cuando vemos el reflejo de la luz del tren en el horizonte, se organiza la cola. Le hago una seña a Esteban y enseguida trae los sacos. El calor de la locomotora nos acoge como senos de mujer. Escojo el vagón más oscuro y me siento cerca de la puerta. Esteban nunca se queja y me persigue con la fidelidad de un perro. Se sienta a mi lado. No te duermas, por lo que más quieras, le digo y mueve la cabeza como un caballo para decir que no. ¿Por qué no rezamos un poco?, se lo prometimos al padrino, Esteban, murmuro sin que me oiga. Ahora está callado con la vista fija mirando al techo.

    Aunque hace frío las ventanas se mantienen abiertas. Asomamos la cabeza y el torso para mirar al camino, descubrir a tiempo alguna encerrona de la policía y tener la oportunidad de escapar. Siento los latigazos de la lluvia golpeándome el rostro y después recorriéndome el cuerpo hasta los pies. Esteban tira desesperado de mi camisa para preguntarme si no veo nada. Nada, le respondo y le pido que no vuelva a halarme la ropa, sabes que me molesta. Se queda tranquilo como un niño apenado que al momento se olvida y hace cualquier pregunta tonta. Trato de evitarlo, me levanto y finjo ir al baño para saber cómo anda el ambiente. Me sujeta el brazo y suplica que no me demore. A veces me confunde y no sé qué contestarle, no se da cuenta de que en este marginalismo, cualquiera que nos vea con esa necesidad del uno por el otro, no pensará que somos amigos de niños, que a pesar de todo tenemos buenos sentimientos, y que si estamos en esto es porque no tenemos otra alternativa; lo que podría suceder es que nos confundan y nos crean una parejita de esos hombres que se besan. Nada más que de pensarlo me dan deseos de darle un piñazo por el pecho a Esteban para que aprenda a comportarse.

    Miro a los que nos rodean; pero cada uno está en lo suyo. Nadie está dormido. Todos permanecen atentos a cualquier ruido que les avise que ésta será una noche de suerte. Logro que me suelte un brazo. Camino lentamente por el pasillo sujetándome de los asientos. El policía ferroviario conversa en voz baja en medio de un grupo que se calla al verme, hasta que vuelvo a alejarme. Seguramente son sus cómplices que le darán su parte y la del maquinista. A la mayoría les brillan los ojos de felinos desconfiados, los mueven nerviosos de un lado a otro. Tengo sueño y saco la cabeza por la ventanilla. Veo las luces del tren espantando la oscuridad hasta que se apagan. Enseguida la alegría me invade y voy a buscar a Esteban que ya está dormido. Lo sacudo y se despabila. Sorpresa, le digo, y me voy hacia la puerta. Cuando el tren enciende las luces nuevamente, ya está cerca el grupo de reses que dormita sobre el calor de los polines.

    Esteban me hala la camisa incesantemente para preguntarme si son muchas. De repente, la intensa claridad en plena noche ilumina los ojos de aquellos animales, que brillan en la oscuridad como linternas, creando un cuadro perfecto para el pintor que hubiese querido ser. No puedo evitar una sonrisa de emoción. Las reses intentan levantarse con demasiada lentitud para el peso de sus cuerpos y, encandiladas, no pueden escapar de los golpes que el tren les va propinando. Una de ellas cae al barranco y la persigo con la vista tratando de marcar el lugar. Corremos hacia una de las puertas traseras. Miro a Esteban y tiene las manos vacías, le grito que busque el saco y se sorprende, con torpeza se dirige a los asientos dando tumbos y regresa con el saco, me molesta su incompetencia pero no quiero ofenderlo para no echar a perder esto a última hora.

    El tren afloja la marcha, el policía se me interpone en el camino para que su gente pueda bajarse primero, finalmente, logro esquivarlo y saltamos como lobos sobre las presas. Noto que hay pocas para tanta gente, la mayoría ya tiene sus matarifes trabajándola, y le grito a Esteban que me siga. Lo único que responde es: aquí, aquí, ya, ésta; pero es muy difícil adueñarse de una sin que otros la rodeen al mismo tiempo. No quiero que me suceda lo que a muchos, que en la desesperación, la ambición y el odio, los cuchillos se confundan y se introduzcan en mi brazo, cercenen dedos, o amanezca al otro día al lado de los restos deshuesados de estas reses con un orificio en la aorta. Sigo corriendo y digo que me haga caso, quiero una para nosotros solos, sabiendo que si no la encuentro tendremos que esperar a que terminen los otros para recoger sus sobras. Él grita que me he vuelto loco, que me detenga. Pero no le hago caso. Bajo por el barranco y allí mismo está esperándonos, en silencio; mientras Esteban sonríe con la ingenuidad y alegría de un niño, le amarra la boca para que su llanto no delate y avise a cualquier policía de camino, saco el cuchillo y se lo clavo por una de las patas y un chorro de sangre se estrella contra mi cara y me ladeo y cierro los ojos y la boca, pero sigo cortando. Ella quiere levantarse pero no puede. Cuando deja caer la cabeza, Esteban comienza a cortar.

    Penso en lo preocupada que estará mi mujer, quizá esperando la noticia de que ya estoy detenido en la estación. Pienso en lo alegres que se pondrán su rostro y su barriga, sabiendo que va a descansar del sabor a pescado con fango, del picadillo de soya y la pasta de oca. Pienso en el cajón de medallas y diplomas que guardo bajo la cama. En lo sorprendidos que se quedarían aquellos que compartieron conmigo momentos históricos, como le dicen ahora.

    Después envolvemos la carne en los nylons y dentro de los sacos. Me paso la mano por la cara. Estoy agotado. Aunque nos sea imposible calcularlo por el nerviosismo, llevamos cortando cerca de una hora. Hay que apurarse para llegar a la parada porque el tren ya está por regresar, Esteban. No le pregunto si me escuchó para evitar que me responda en mala forma y yo lo ofenda y terminemos a puñetazos. El saco pesa, casi no puedo con él y camino dando tumbos. Envidio la fuerza de mulo de Esteban que carga el suyo sin contratiempos; pero él es lento físicamente y más aún de pensamiento. Y como lo sabe, porque estuvo en una escuela especial para retrasados mentales, generalmente es dócil y me acepta de jefe.

    —Apúrate, Esteban, cuando el tren pase, tira el saco y súbete rápido, no vaya a ser que te quedes, recuerda que no se detiene en firme.

    —No me dejes solo… en esta oscuridad me pondría a dar gritos hasta que alguien me recoja. Júrame que no me vas a dejar aquí.

    Es lógico que me provoque risa esa respuesta; pero he perdido el humor, al menos en estas circunstancias, no sé qué tiempo hace que no me río con ganas; quizás podría darme lástima con Esteban, pero tampoco me sale; en estos momentos no estimo a nadie como a mí, porque dependen de mi destino tres mujeres que no saben hacer otra cosa que agradecer mi esfuerzo.

    —Te lo juro, no te voy a abandonar; pero no jodas más con lo mismo y cállate.

    Llegamos a la parada y temo estar embarrado de sangre, aunque ahora llueve con más fuerza. Busco un charco de agua y me lavo la cara y la camisa para borrar cualquier rastro. Me duele la mandíbula de tanto apretarla, no sé si por el frío o por el miedo. Los mismos hombres desconfiados del trayecto volvemos a formar una masa oscura y silenciosa en la parada. Vemos la luz del tren que viene de regreso, surge de la lejanía como un pequeño sol que despedaza la oscuridad. Los minutos que se demoran en llegar me parecen horas. Nos acercamos a los rieles, escucho los hierros rechinando como gritos. Y lo abordo casi sin detenerse; Esteban tira el saco y la mano no le llega al tubo de la puerta porque el tren ha vuelto a acelerar su marcha, sus dedos quedan extendidos, su cuerpo se inclina, estiro el brazo para alcanzarlo, no puedo, apenas veo su rostro espantado, lo imagino, me llama, su voz de niño se pierde en el ruido de los hierros y el silencio de la noche, no distingo su cuerpo por la oscuridad, me pongo nervioso, si lo sorprenden a lo mejor me delata. Muevo los sacos de la puerta para que los otros no tropiecen más y dejen escapar un silbido de impaciencia o lo peor, que nos los roben. Lo acomodo en un asiento vacío como los demás matarifes, para decir que no son nuestros ni sabemos quién es el dueño, en caso de un registro de los policías de carretera. Esteban se me acerca, me empuja y aunque no veo su cara de loco, la conozco.

    —Te pedí que no me dejaras solo —dice en voz alta.

    —No te dejé solo y suéltame la camisa.

    —Lo hiciste, y te advertí que no me dejaras solo.

    —No lo hice, simplemente porque nunca lo haría, ¿me entiendes? Sabía que ibas a poder subir por alguna otra puerta, y en el caso de que no lo lograras, iba a esconder los bultos cerca de la parada, llegar hasta la casa para recoger la bicicleta y regresaba a buscarte; yo no soy un mierda y no grites más.

    —Pero yo necesito saber que nunca me dejarías en esa oscuridad.

    —Por supuesto que nunca lo haría, ¿cómo coño tú crees que yo iba a poder trasladar toda esta carne sin tu ayuda? Yo también necesito tu presencia, por algo te traje, ¿no?, y habla bajito que nos están mirando.

    Entonces comienza a suavizarse y mira a su alrededor percatándose de lo que está haciendo. Se sienta a mi lado sin quitarme la vista, tratando de adivinar mis verdaderas intenciones.

    —¿Hubieses regresado de verdad?

    Le digo que sí, la carne viene y va igual que el dinero; pero la amistad no, Esteban. Y ya, un poco más tranquilo, acomoda su cuerpo sobre el asiento, deja caer la cabeza hacia atrás. Me pregunta si estoy molesto y le digo que no jodas más, duérmete. Aprovecho para relajar también el cuerpo, aunque no la mente. El policía ferroviario finge dormir, como siempre, y no hay manera de que me adapte a su presencia. Sigo desconfiado; temo que en algún momento se levante y diga están detenidos. Le miro la pistola y me pregunto si dentro de ella está la bala que arrancará el llanto de mi familia.

    Penso nuevamente en la alegría de tener algo de comer para llevar a mi casa. En lo bien que se siente un hombre cuando puede hacerlo. En el miedo y la presión con que se hace. En que descansaría por unos días de los reproches de mi mujer por no aceptar abandonar el país. Todavía queda un trecho de peligro y los sacos mojados de agua y sangre pesan más. Ahora Esteban no se duerme. A pesar de la ligera alegría que demuestra, fuma un cigarro tras otro, y también mira desconfiado al uniformado que aún finge dormir y me toca con el codo avisándome cada vez que hace un gesto para acomodarse.

    Desde que ven las primeras luces de la ciudad, comienza el movimiento de las personas y los sacos para acercarse a las puertas y, a la vez, vigilar para correr y buscar monte, por si nos esperan para registrar como la mayoría de las veces. Con el reflejo de la luz del tren descubro el brillo de la chapa blanca del patrullero y las siluetas de los policías en el andén. Mi primer impulso es lanzarme al vacío y a la oscuridad con mi saco; pero sé que mi compañero no podrá hacerlo y seguramente su llanto avisará de la encerrona al resto de los pasajeros y querrán hacer lo mismo que yo, lo que alertará a la policía y con un cerco nos detendrán a todos. Voy hasta donde está Esteban y casi con la voz quebrada le digo que hale su saco detrás de mí, me va a preguntar qué pasa y le aprieto el hombro, le digo que haga todo lo que le pida sin preguntar, al menos por esta vez; asiente sin mirarme a los ojos y arrastra el saco, llegamos hasta una de las puertas contraria a la estación, busco algo que me sirva para reconocer el lugar, un árbol, y lanzo mi saco lo más lejos que puedo del tren, Esteban me mira con el rostro espantado, pido que haga lo mismo y se demora, no quiere hacerlo, niega, mueve la cabeza desesperado, es mía, dice, y nadie me la va a quitar y abraza el saco con fuerza, me agacho y le pido que entonces haga lo que le pido, está temblando, le tomo sus manos con las mías y sin que pueda reaccionar le quito el saco y lo lanzo también, me empuja y me doy un golpe en la cabeza que no me deja ripostar, apenas levanto la rodilla y evito que vuelva a tocarme, grita por qué lo hiciste y quiere tirarse del tren para buscarlo pero la oscuridad lo detiene como un muro que no puede saltar, queda indeciso y temo que por el miedo quede atrapado debajo del tren, lo sujeto por una pierna y logro hacerle perder el equilibrio y cae sentado a mi lado. Me le acerco con dificultad al oído y le digo que la estación está llena de policías, entonces queda estupefacto, con esos ojos inmensos de loco con que suele mirarme cuando el peligro lo acecha. Nos levantamos, le advierto que no haga comentarios, y cuando los policías te pregunten, le contestas lo de siempre: venimos de casa de unos amigos que viven por la Loma del Tanque, ahora dice a todo que sí, todavía siento el dolor en la cabeza. Nos sentamos a esperar que el tren acabe de detenerse. Alguien grita dando la alerta. Vemos el corre corre de los demás al percatarse de la encerrona, pero ya no pueden ocultar la carne, sólo se alejan de ella con gesto de incomodidad. El policía ferroviario corre a esconderse en la locomotora diciendo que no vio nada. Por varias puertas suben los agentes que van directamente hacia los bultos. Preguntan quiénes son los dueños, pero por supuesto, nadie responde, quedamos mirándonos inocentemente. Indagan nuestra presencia en el tren mientras revisan los carnés de identidad, preguntan en qué trabajamos. Comprendo, por todo el temor que tratan de sembrarnos, que no van a llevarnos a la estación de policía, y seguramente que la carne tampoco irá. Dicen que como no han encontrado dueño alguno de esos sacos tendrán que llevárselos. Los arrastran y después entregan los documentos de identificación y nos dejan sentados en aquella oscuridad sin decir nada hasta que vemos las luces de los autos alejarse.

    Descendemos y observo las marcas de los autos patrulleros en el fango. La parada está en calma. Ahora no tendremos que agradecerle a la lluvia su incesante monotonía para que mantenga alejados a los policías salvavidas, aunque después nos cueste una semana de fiebre y de tos. Los pasajeros tomamos rumbos distintos. Le digo a Esteban que mejor esperamos que se alejen porque pueden pedirnos una parte o querer quitárnosla a la fuerza. Nos acercamos al lugar y busco el árbol que me avise que estoy cerca de mi saco. Esteban encuentra el suyo primero, suerte que tiene a pesar de estar loco. Al fin encuentro la mía y emprendemos el regreso. Casi no se puede con los sacos y avanzamos muy lentamente. Evitamos pasar cerca de la estación de la policía, no importa que el tramo se nos haga un poco más largo. A veces vemos acercarse las luces de un carro, y soltamos los bultos por si es un patrullero, o un cooperante que avise a los guardias y no den tiempo ni a rendirnos y nos disparen con sus armas de fuego, como casi siempre hacen en estos casos de sacrificio de ganado.

    Cuando entro en la cuadra, rápidamente paso revista a las puertas y ventanas donde pueden delatarnos, por la envidia de no conseguir un pedazo de carne, o no poder arriesgarse por su cobardía. Por eso siempre que alguien me ve, le regalo lo suyo, y todo queda en el olvido. Desde entonces nos vigilan para vernos salir, y esperan el regreso para recibir su parte. Pero esta vez Esteban y yo acordamos engañarlos, saltar el muro del fondo y encontrarnos en la funeraria, estoy seguro que los despistamos y nos hacen durmiendo a esta hora.

    Me asusta ver una pareja en la entrada del pasillo de mi casa. Quiero soltar el saco pero sé que la poca fuerza que me queda es para llegar justamente hasta allí; después no podría volver a levantarlo. Así que me arriesgo y me acerco temeroso hasta que reconozco a mi mujer y a mi madre que me esperan cubriéndose con un nylon.

    —¿Qué coño hacen mojándose? —les digo mientras me ayudan a sostener el saco. Esteban cruza la calle y tira el saco en su puerta para abrirla. Entramos en silencio por la cuartería donde vivimos aunque no podemos evitar que nuestras pisadas se escuchen como una estampida de caballos. Llego hasta mi entrada y lo dejo caer tras la puerta: un hilillo de sangre corre por las losas.

    Primero me siento a esperar que se me pase el dolor del cuello, los brazos y la espalda. Mi madre, después de agradecer a los santos que mantiene con velas encendidas, ron y un tabaco humeante, viene hasta mí con una pastilla y un vaso de agua. Mi mujer me quita los zapatos, sonríe y le brillan los ojos cuando mira el saco: me recuerda las reses mientras el tren las golpeaba; ahora no se queja de que tengo mal olor en los pies y me los frota con sus manos y sus senos.

    En estos momentos y a pesar de todo, me siento orgulloso y le paso la mano por la cabeza apenado por las preocupaciones que le causo: un gesto de disculpa por esta manera de vivir que no merece, o no merecemos. Y miro a mi madre que tiene los ojos cerrados y mueve los labios en silencio y a cada rato se persigna.

    Tocan a la puerta y el corazón se me desboca. Mi mujer intenta inútilmente arrastrar el saco para esconderlo. Mi madre abre los ojos y mira nerviosa los santos rogándoles que no le hagan esta mierda a última hora. Soy yo, Esteban, dice, y avanzo buscando la voz con temblores en las piernas. Miro por la rendija para cerciorarme de que es él y abro la puerta.

    ¿Qué piensas hacer con la tuya?, me pregunta. Comérmela, le respondo, no voy a correr el riesgo de querer venderla y me cojan preso. Y tú, mira a ver qué cono haces, porque si te agarran, pórtate como un hombrecito y no menciones mi nombre. Lo mejor que puedes hacer es comértela también y olvidarte del mundo por estos días. Dice que seguramente no querré volver a llevarlo porque se porta mal. Le digo que mañana hablamos, es muy tarde. De todas formas, dice, no sé si tendré valor para volver a acompañarte, creo que te agradecería que no me invitaras más. Le digo que estoy cansado y empujo la puerta para cerrarla. No me responde y se va sin decir otra palabra. Siempre que llegamos me hace lo mismo, y después que transcurren unos días y se le acaba la carne y el dinero comienza a presionarme, me pregunta constantemente cuándo lo repetimos.

    Cierro la puerta y vacío el saco sobre la mesa. Aparecen unas inmensas bolas rojas. Digo que enciendan el fogón que vamos a estar comiendo hasta reventar. Mi madre corre para la cocina para llenar el tanque de luz brillante, mi mujer prepara las cazuelas y me mira con entusiasmo.

    Vuelven a tocar a la puerta, y aunque esta vez nos volvemos a asustar sabemos que es Esteban para otra de sus preguntas. Abro la puerta y es la vecina del frente con un platico. Siento la voz de mi madre que dice que esto ya es insoportable, mi mujer asegura que es un chantaje, miro a la señora y descubro que quiere esconder sus ojos tras sus arrugas, le descubro la vergüenza por hacerlo, tomo el plato y corto un pedazo y se lo entrego, antes de cerrar la puerta veo tres siluetas, son las otras vecinas, una me dice que tiene la niña enferma, y mi mujer dice que la lleve al consultorio del médico, pero ella insiste, ruega con su mirada que la ayude y la mandíbula le tiembla, dejo escapar el aliento mientras tomo los tres platos para salir de eso de una vez y por todas y poder descansar, intentarlo, al menos, ver disfrutar a mi familia del placer de comérselo, mientras corto las partes de las vecinas, ellas se quejan de que Esteban no quiso ni abrirles la puerta, dicen que no es buen vecino como nosotros. Mi madre les explica que no debemos cocinar todos a la vez porque el olor se sentirá en todo el vecindario y nos delatará. Mueven la cabeza aceptando. Les pide que nos den las primeras dos horas, después te toca a ti, y señala a una que mueve la cabeza con obediencia, después tú y termina ella. Mi esposa se los entrega y tira la puerta con fuerza por la rabia. Mamá dice que es injusto que tenga que darles puesto, que ellas tienen hijos y esposos también, por qué no se sacrifican como yo, que si caigo preso, y ni que Dios lo quiera, se persigna, ninguna hará nada por mí, sólo darle a la lengua y decirles a todos que eres un delincuente de mala cabeza. Le paso el brazo por el hombro y digo que por favor, quiero descansar la mente, entonces sonríe, me besa las manos y vuelve a la cocina.

    Comienzan a freír los primeros filetes y según van cocinándose los devoran. Los toman con las manos y soplan, desesperadas por morderlos. Terminan casi al amanecer. Mi madre a veces eructa sin poder evitarlo, siento el regocijo con que lo hace. Mi mujer se ha zafado el botón de la saya por la llenura, aunque mira, como una hambrienta insaciable, el resto de la carne. Tiene preparados algunos bistecs para el desayuno de mi hija antes de ir para la escuela. Al menos por ahora no tendrá que escuchar todas las mañanas los lamentos de su mamá por no montarnos en una balsa para huir a Miami. Yo no he podido probar ni siquiera un miserable pedazo de carne. Todavía siento el nerviosismo por la tensión de la noche y el frío impregnado a los huesos. Me asusta pensar que cuando ésta se acabe, otra vez tendré que correr los mismos riesgos. Por eso, miro a los santos de mi madre y les pido que ocurra algo tan grande en mi vida que me salve de volver a intentarlo.

    Quién sabe hasta cuándo me dure la suerte.

  • Cosas esenciales

    Para Yuslenis, para Francis

    Muchas cosas son ahora un espacio negro en mi memoria. Pero había el mar, el camino oloroso y la galera, ¿de Cartago?; y aquel muchacho tan parecido a mí (mi amigo, creo), con su amante, aquella muchacha cuyos ojos hablaban de deseos y de cosas que yo no conocía entonces… ¿O era yo el amante, y el muchacho el que vibraba al recibir en su boca el mínimo seno salado de la mujer?

    Pero yo pudiera también haber sido la amante. Y probablemente veníamos del occidente los tres, ¿de Roma, de la Galia, de algún confín del futuro: del reino de Castilla, de la República Socialista de Cuba?… ¿O veníamos del pasado, mis dos muchachos trigueños, de sedosos embriones de rosas entre mis labios; la muchacha que una noche de luna me enseñaba, regalaba el primer bocado de un seno hecho justamente para mis labios de adolescente, casi de muchacha, detrás de una caja de sal?

    Yo venía huyendo: la muchacha y su amante, y también el otro, veníamos escapando: ¿de qué, de quién, desde dónde y hacia dónde? Yo venía, iba, regresaba huyendo, y había olor a mar, y por supuesto un mar, y un puerto desde donde zarpar, y una galera, un velero, un inmenso barco de vapor para zarpar.

    Nadie puede ahora precisar las circunstancias de esta historia. Los tres huíamos, es todo lo que puede saberse. Pero el punto de partida era seguramente una aldea irrespirable, y habíamos echado la suerte a la vastedad del mar.

    Yo era amigo del amante, y no deseaba SU muchacha, pero nunca había deseado a nadie como a esa muchacha. Y allá en aquella aldea detestable yo solía espiarlos cuando él se bamboleaba como un barco hecho a la mar entre sus piernas.

    ¿Pero acaso no era yo la muchacha? ¿Y quién espiaba a quién?… A veces yo sentía pena de verlos mirándonos, pero era tan agradable esa visión a lo lejos, casi asustado… Y entonces yo tendía a mi amante sobre la hierba y me le sentaba encima hasta llenarme, y le ofrecía a él (al muchacho), la vista de mis senos erguidos como promesas que palpitan.

    (Ah, dioses, ¿no era así como palpitaban aquellas uvas en los racimos cruzados sobre el lomo de una mula que un campesino conducía al mercado desde un viñedo de la aldea?)

    Yo era la muchacha, yo era el amante, yo era el amigo que soñaba con la muchacha sentándosele encima, no sobre su pubis, sino en su pecho, sobre su boca. Yo era entonces el amante que intuía los velados ofrecimientos de mi muchacha y el rubor codicioso de mi amigo.

    ¿Y quién de nosotros planeó la huida? ¿Quién convenció a quién de que había un motivo para huir?

    Reconozco que pude haber sido yo, el amigo de los amantes. Motivos pude tener muchos. La muchacha me deseaba, y yo la deseaba a ella. Y una vez, por cierto, me mostró como al descuido un seno encantador, mientras le decía a su amante que tenían naranjas de sobra aquel año y que podían vender algunas.

    Pero lo importante es que decidimos escapar de aquella aldea los tres juntos. Y un día temprano partimos. Recuerdo que fueron difíciles las marchas hasta encontrar el mar, y sentir que anulábamos a lo lejos aquella aldea ahora insospechable, que tal vez no haya sido nunca sino un recurso mío, nuestro, para nombrar al miedo, aunque ahora ya ni sé por qué la he mencionado, si no he hablado de vecinos ni de jueces, de los cuales están repletas todas las aldeas del mundo desde siempre.

    Lo cierto es que un día dimos con el mar y que zarpamos alegremente, y que otro día, por fin, mi amada y el muchacho se encontraron detrás de una caja de sal, en cubierta. Yo estaba entonces en mi camarote de primera clase (?), bebiendo ¿whisky?, o conversando con el capataz de la galera, mientras este azotaba a los remeros escitas que no cesaban de refunfuñar.

    Pero yo pude haber sido la muchacha. Yo era la muchacha, y a veces creo recordar a mi amado allá en el puerto ¿de Samos?, ¿de New York?, mientras nuestra nave se alelaba velozmente. Todavía puedo sentir la pena inesperada de verlo abandonado, allá, haciendo aquellos gestos y gritando… Pero ante nosotros estaba inmenso todo el mar y en mi cintura sentí de pronto la mano del muchacho. Era una mano delicada, casi de doncella.

    El sol se ponía a lo lejos y había brisa y éramos libres. Y entonces ya no sentí tanta pena.

    Marzo de 1997

  • Fallen Angels

    And the winner is… Ignacio Rodríguez for Fallen Angels.

    Well… I want to say thanks to my mother, my family in general and Little Jane for her support in this film. Thanks a lot, I love you.

    A Ignacio siempre le gustó comer de la que pica el pollo. Seguramente pensó hasta el final que lo había traicionado. Cuando llegué ante la puerta de su cuarto escuché aplausos. Eran su único vicio, los aplausos. Los grababa en los teatros, en los actos revolucionarios, en los encuentros deportivos… y después tenía la facultad de creerse que eran suyos cuando los escuchaba absorto en una grabadora Sony, de ésas de cinta que se usaban para las clases de inglés y que él se había robado con su amigo el Tommy una noche del año setenta y ocho. Por supuesto, estaba tan pasada de moda y tan maltrecha que sus bocinas transformaban aquellos aplausos en aguacero tropical, en fogata crepitante, en cascada… pero él escuchaba el aplauso celestial que le tributaba el mundo de las artes y agradecía por un viejo micrófono Toa, en inglés por supuesto, a la imaginaria concurrencia. Así lo había sorprendido varias veces a través de la puerta entreabierta de su cuarto. En esos momentos su cara parecía iluminada por una expresión de plenitud tan intensa que cualquier persona que no lo conociera se habría horrorizado. Cuando yo venía subiendo las escaleras escuché mi nombre o más bien el nombre artístico con el cual me había bautizado, la petite.

    Juana Ortiz no se vería bien, según él decía, en los créditos, menos aún en los de la gran película que salvaría al cine cubano del olvido y lo que era más importante, del ridículo. A veces no decía petite sino Little Jane, como aquel día. Debo decir que en eso de las tuercas sueltas yo no me quedo muy atrás. El problema es que siempre he deseado ser actriz de cine y viviendo como vivo eso no puede ocurrírsele más que a una loca de atar. Mi ex marido, que también es ex director de teatro experimental, sí, experimental, me decía que yo poseía más dotes histéricas que histriónicas y quizás hasta tenga razón el muy degenerado. Sin embargo yo seguía tratando de ser una actriz de respeto así como Rosita Fornés o Deysi Granados, de esas que cuando su nombre se pone en el cartel de un teatro, aunque sea con acuarela, todo el mundo acude en masa, a lo mejor por ver si salen en cueros, pero qué más da con tal de que vengan. Yo se lo había dicho a Ignacio, a mí con tal de ser famosa me podían ver hasta el esófago, que eso abre muchas puertas, y las mías habían estado cerradas tanto tiempo que no sabía si era capaz de dar un paso en un escenario, o de lograr que alguien se interesara en mis pechos, más bien pechitos. De todos modos había tenido la suerte de encontrarme con Ignacio. Él sería un enajenado como diría mi ex, que en todo se metía, pero además de ese problemita con lo de los aplausos su única y verdadera pasión era el cine. Día a día se decía a sí mismo que sería el primer cubano en ganarse el oscar. Ya había repetido y ensayado la escena de la entrega de premios tantas veces que por momentos uno tenía la ilusión pasajera de que realmente habría una oportunidad para él en aquel paraíso reservado para los que salen con las pupilas enrojecidas por los flashes en las revistas del corazón.

    Tenía las paredes tapizadas hasta el techo de fotos de artistas de cine, incluidos los de Mosfilm, y cuando se deprimía le daba por refugiarse en esa escena fabricada de la premiación. Yo venía a buscarlo para que me acompañara al aeropuerto a despedir a Francis, y cuando escuché tras la puerta el sonido catarroso del micrófono Toa me dije Solavaya, éste está más vola’o que una olla de presión. No era cosa de juegos. Ya se había robado, para los menesteres de su hipotético viaje a Los Angeles, un traje de etiqueta durante la filmación de una película en la que trabajaba de extra. Sí, de extra, aunque eso no le molestaba en lo absoluto. Otra de sus facultades era encontrar una justificación para todo, y lo de ser el peldaño más bajo de la infinita escalera hacia el Olimpo cinematográfico era considerado por él como una tradición natural, un obstáculo necesario en la ruta hacia el Hollywood soñado, idealizado, reclamado hasta en las nochebuenas junto a los arbolitos de Navidad improvisados por su tía con cascarones de huevo coloreados y bolitas de papel metálico, de ese que cubre los litros de leche… Yo pensaba por momentos que sus aspiraciones alcanzaban la dimensión de un delirio, como el de esa tía fabricando un arbolito de Navidad con una ramita de pino seco que al final sólo el entusiasmo hacía ver como un abeto. Y sin embargo esa misma euforia enloquecida me llevaba a creer que todo sería posible, que él ganara el oscar, que yo fuera estrella de cine, que su tía sustituyera con el algodón de dos íntimas sacrificadas la nieve falsa que se compra por centavos en los mercados del mundo… Tal vez el entusiasmo de la locura me había atrapado. Como diría mi ex, eso se contagia tan fácil como un catarro, o tal vez sea yo también una enajenada.

    Escuché en las escaleras el sonido de las plataformas cada vez más fuerte a medida que subía. Me imaginé la escena filmada por Néstor Almendros. La mano apoyada en el pasamanos que una vez fuera de mármol se desliza suavemente, alrededor todo está en penumbras. La mano asciende, cortada del cuerpo que se adivina tenso; los pies sin embargo se apoyan seguros, haciendo restallar un eco de madera contra las paredes, dejándose escuchar más y más cerca en la garganta decrépita del edificio. Por un momento pensé que la petite podía condensarse en un sonido estridente como el de esas plataformas de jirafa que le había enviado de Europa su cherí del alma, como ella le decía con su voz de matrona trasnochada que siempre era una sorpresa para quienes no la conocían. Eso era ella, el sonido de la calle irrumpiendo, la voz de la noche repleta de estrellas y borrachos y perros sarnosos que se derramaba sobre el piso de mosaicos gastados. Mirándolo imaginaba el ir y venir de tantos inquilinos que me habían precedido en aquel cuarto de mala muerte. Ese taconeo a lo Jane Harlow me sacó de mi concentración en el preciso instante en que el público, de pie, aplaudía mi pequeño speech de agradecimiento.

    Justamente la estaba mencionando a ella por su apoyo incondicional cuando dejó aparecer su perfil bergmaniano. Debí imaginar en aquel preciso instante que su expresión de hermetismo ocultaba la peor de las elucubraciones. Después se sonrió dejando ver sus dientes separados y aquel celaje de duda desapareció de mi cabeza. Aunque mi excentricidad la hacía reír yo sé que en el fondo me comprendía por tener ella también la suya, que era de padre y señor mío.

    Cuando la petite desembarcaba en una calle nadie quedaba ajeno al espectáculo. Muchos se preguntaban si era una cabaretera despistada o si habían adelantado los carnavales al ver semejantes indumentarias a la luz del día. Ella de la lentejuela no bajaba, y caminaba como si todo el tiempo su existencia fuera un clip de MTV. Era de esos personajes pintorescos del neorrealismo italiano que por una razón inexplicable crecen en La Habana como la mala yerba dejando boquiabiertos a los turistas. Ella se sabía Julietta Massina y juntos habíamos decidido que si el primer milagro se produjo en Milán, el segundo ocurriría aquí cuando estrenáramos nuestra película. A pesar de que fuera inculta y un tanto vulgar yo la apreciaba. Basta conocer un capítulo de su vida para llenarse de admiración por su persona. Aunque más lástima me daba su ex. Más que lástima es compasión lo que me inspiraba… ¿Cómo pudo casarse con la petite? Y peor aún, pretender hacer con ella teatro de vanguardia… Solo a un loco escapado de Mazorra le pasa una idea semejante por la mollera. Bueno, a Mazorra lo llevó su experimentación teatral. A la petite por su parte hubo que ingresarla y todo después de haber sido sometida, por él, a sesiones de electrochoc para indagar en la naturaleza esencial de la tortura… Era una época convulsa y sus influencias estéticas oscilaban entre la cultura occidental de los Hippies y la lucha antiimperialista con sus correspondientes ponchos, quilapayunes, quenas y charangos. Esa mezcla de política y vanguardia teatral fue un coctel demasiado fuerte para ellos… los tiró por la lona.

    Como siempre llegó con la lengua afuera, cosa comprensible dadas las dimensiones de sus zapatos y los siete pisos que había que devorar para llegar a mi embajada, término empleado por la presidenta del Comité de vecinos para referirse a la vocación antisocial de mi existencia, y antes de saludarme sacó de su cartera una inmensa bobina metálica que dejó caer pesadamente. Su cherí se había acordado de nuestra penuria y nos obsequiaba el material para filmar. Yo me quedé en silencio, mirando largamente la reluciente caja de metal y nos vi desde fuera en un plano general, detrás de la ventana, un plano convencional que demuestra claramente la poca importancia del suceso para los demás, y aproveché para que se me escapara una lágrima de agradecimiento que en un plano general, y estando yo de espaldas a la cámara, no se veía. La petite no le dio mucha importancia a mis lagrimones; como siempre traía una de esas urgencias imponderables que la hacían más teatral que una pionera declamando una poesía de Bonifacio Byrne. Con gestos a lo Raquel Revuelta en Lucía cuando pide la gardenia me exigió que la acompañara al aeropuerto para despedir a su cherí, el de las plataformas, que regresaba a Europa. Normalmente me pongo histérico cuando se me interrumpe la escena del oscar pero después de semejante obsequio tenía el deber moral de acompañar a la petite y a nuestro benefactor. Me puse el traje de las ocasiones serias e importantes y abandoné de su brazo mi embajada. Su extranjero nos esperaba frente al edificio, rodeado de negritos que le pedían chicle en cualquier idioma. Yo lo divisé desde la ventana en un plano nouvelle vague.

    Luego descendimos tanteando la oscuridad. Descender por las escaleras es el lado flojo de una película. Parece no tener importancia para nadie salvo para Joan Crawford cuando, paralítica, trata de escapar de la endemoniada Bette Davis. Por lo demás las escaleras sirven para subir o caerse en las comedias silentes, o en los melodramas de Mirta Legrand… Nuestro descenso por la escalera fue tenebroso. Podía sentirse la presencia gélida de Macuca la del comité detrás de su puerta como un animal en acecho, con el aparatico del asma apretado en la mano, en completa osmosis con el herrumbre centenario del cerrojo, que nos contemplaba en subjetiva de Alien… Luz azulada, susurros en el corredor, doly in, doly in, doly in hacia nuestros rostros asustados en la oscuridad de los escalones, ajenos al peligro, al Alien Macuca que se nos encima. Doly in, Doly in, Doly in… un segundo más en el descanso y seremos presa de la lengua viscosa del monstruo asmático, ya llega la calle, el francés, el Panataxi…

    Dice un pájaro amigo mío que el aeropuerto es una máquina del tiempo, desde allí uno se va para el futuro y por allí mismo regresa al pasado. Visto así tiene razón. Ésa era la impresión que me daba el aeropuerto cuando iba a despedir a Francis. Del otro lado, en el salón de espera, ya se sabía que uno estaba en otro país, que era decir otra época. Desde allí se escapaba un olor perfumado a extranjero como el que brotaba de la maleta de Francis cada vez que él la abría y por eso me había hecho la idea de que París olía como la ropa que se apretujaba en aquella maleta de cuero sintético, y entonces el regreso a mi Habana Vieja era dos veces más triste porque no sólo la veía más vieja y despintada sino también más apestosa. Por eso había buscado a Ignacio. Así, mientras él me contaba sus ideas descabelladas sobre cómo iba a ser nuestra película, yo no veía nada a mi alrededor, ni las calles más llenas de huecos que un gruyere, ni los balcones colgando amenazantes sobre las aceras, ni las colas infinitas, ni el sol reverberando contra el asfalto ya blando de tanto calor.

    A Ignacio se le había ocurrido una escena de terror en una escalera que incluía entre otros personajes a la presidenta del Comité de Defensa, a la mensajera de la bodega, a unas pioneras sin dientes, a un policía que ejercía como chulo de una jinetera, a un travesti, a un viejo rescabucheador, a un mercader de cuadros, a Jesucristo, los santos africanos… y a todo esto lo quería llamar secuencia de actualidades. En la escena una pareja intentaba escapar de un edificio en ruinas con una sospechosa maleta mientras una representación simbólica del pueblo se oponía por la fuerza. A todo esto yo respondí diciéndole que había olvidado a los campesinos, él objetó que esta clase ya había desaparecido aniquilada por la urbanización forzosa de los campos y que además el policía resumía con su presencia lo más rural de la población y que esto estaba sociológicamente probado… Entre este delirio cinemato-demográfico y los besos etílicos y pegajosos con los que Francis me tatuaba el cuello, no hallé otra solución que sacar la cabeza del Panataxi para respirar una larga bocanada de aire habanero, bien repleto de petróleo en suspensión y polvo… y esencias albañales diversas. Por un instante presentí que no había sido una buena idea traer a Ignacio, pero el cherí estaba encantadísimo con la idea de la película.

    De todas maneras era él quien había comprado los rollos y más que nadie tenía el derecho de saber qué cosa se iba a filmar sobre ellos. Claro que borracho como estaba no podía comprender lo que Ignacio se proponía con la escena. De saberlo nos lanzaba a los dos desde el Panataxi en movimiento. Él era francés y comunista; a mí me parecía que allá eso era un lujo y no una obligación, y venía a Cuba para ayudar a un amigo en dificultades. Por supuesto, ese amigo no era yo, ni Ignacio. En su idea el amigo resumía a todo el pueblo trabajador incluidos los niños y ancianos, como si el Titanic estuviese hundiéndose y él debiera repartir los botes salvavidas que nadie ha reclamado. Ignacio me ha contagiado además de su locura esa manía de comparar todas las situaciones cotidianas con escenas de películas clásicas y a veces tengo la impresión de no ser yo la que habla, o que soy la muñeca de un ventrílocuo tarado. En eso nuestra relación se asemeja un poco a la que tuve con mi ex… Yo por mi parte me encargué de que el amigo cambiara de sexo y disminuyera de tamaño en su cabeza y ahora el comunista francés venía todos los años a ver a su amiga, a su amiguita, a su petite princesse, una servidora. Ignacio continuaba hablando de aquella película surrealista y el cherí se interesó tanto en la historia que primero se me desprendió del cuello y luego se incorporó en el asiento, se frotó los ojos enrojecidos por la borrachera y no me hizo el menor caso hasta que llegamos al aeropuerto.

    Eran la Lola y el profesor del Ángel azul. Parecía que él tenía los ojos aguados por el alcohol pero lloraba realmente y la sola idea de abandonar a su petite lo hacía temblar de tristeza. El ron incluso no le gustaba, se había emborrachado para soportar la escena. La petite era toda Dietrich con sus brazos apoyados en jarras sobre las caderas y mirando entretenida hacia todas partes, ajena a las lágrimas del cherí como a las mías delante de la caja metálica. El francés se separó de nosotros para embarcar sus maletas y al hacerlo la petite me agarró por el brazo y con un sincero tono de desesperación me dijo: Tengo que llorar, coño, tengo que llorar. Tuve una revelación. Si ella me había traído no era únicamente para que la entretuviese. Yo estaba allí en calidad de director cinematográfico y era por tanto el encargado del éxito de aquella escena de despedida que no aparece en El ángel azul. Es verdad que Francis había estado a la altura de la tradición melodramática francesa pero Juanita, ni metiéndose los dedos en los ojos, lograría igualarlo. Le dije: Vamos un momento al baño. Había una vieja lavándose la cara… No me importó. Agarré a la petite por el moño y le di una entrada de galletas que la dejé ceniza. Al principio no entendió y quiso correr pero la volví a agarrar por los pelos y resbaló; al hacerlo se viró el tobillo, perdió los aretes y se rasgo el vestido, todo en un solo movimiento. Pero no llegó al piso, la levanté en peso antes de que se acabara de regar como los yaquis y la sacudí cual plumero. Eso me pareció cuando vi su pelo rubio oxigenado agitándose en el espacio azulejeado del baño, y a la vez me recordó una película underground que había ido a ver bajo la lluvia en el vídeo que le había prestado al Tommy, un esnobista de turno, o tal vez me pareció que una escena así podría incluirla en la película Una escena de violencia sin antecedentes lógicos es siempre un puñetazo expresivo. De todas formas el público, como el pueblo, se encarga de dar sentido a la insensatez del creador… La volví a sacudir con violencia para ver el efecto que produciría en slow-motion. Quedé satisfecho con el resultado. Aunque no todo es de buen gusto con ese efecto. La petite sin embargo abrió los ojos desmesuradamente creyéndome loco de remate, con una buena música su expresión sería perfecta, y comenzó a llorar como Meryl Streep en Sophie’s choice, sí, ésa es la escena; hasta que comprendió y me dijo gracias. La vieja, al lado, se había quedado boquiabierta. Esa expresión era la que debería tener el público la noche del estreno. Recogí los aretes y se los di. Ella repitió gracias y salió cojeando, enternecida en llanto, a despedir a su francés, a su cherí del alma como ella le decía. Un fade lento hubiera sido perfecto.

    Él vio al cherí dándome unos dólares para que regresáramos en taxi a La Habana Vieja y parece que se lo creyó, pero cuando el Francis se perdió camino de su avión y estuvimos solos le dije: Olvida el taxi, que esto es camello que tú conoces. Él respondió que ni muerto se subía en ese invento de bugarrones, que sería capaz de regresar a pie. Claro que tenía razón. Nada más a un aprovechador podía ocurrírsele fabricar un ómnibus en el que caben cuatrocientas personas amontonadas como las bestias. En provincia en lugar de camello lo llaman vacabús… Y bien, en el vacabús regresamos, como vacas, apestando a todo cuanto se puede apestar y poniéndonos al día en lo que a groserías se refiere. Miren que la gente es puerca. Y volviendo a él, ¿qué pensaba?, ¿que iba a pagarle el viaje en Panataxi hasta Regla? Que la virgen me ampare pues hasta hoy nada le debo, pero con lo que me cuesta sacarle un dólar al cherí no estoy en condiciones de mantener a directores de cine; y mucho menos a Ignacio que pasa su vida diciendo que yo malgasto mi existencia por las calles detrás de los turistas. A él le es muy fácil juzgar a los demás teniendo su renta que cae como bendición celeste from Haialeah. Bueno, para qué me quejo si incluso a su familia la critica, que si tienen mal gusto, que si se pasan el tiempo esperando que el de la barba se caiga, que no piensan en otra cosa que en comer… Nunca olvidaré el escándalo que le dio a su madre por teléfono, seguramente por una frase nostálgica de más. Me gustaría verlo en mi situación. Él iba a saber lo que es comer candela. Yo sé que piensa que soy una burda jinetera, lo que no se atreve a decírmelo, y entonces lo disfraza llamándome criatura pintoresca, neorrealista, Julietta Massina y otras comidas de bola por el estilo. En el fondo no se atreve a decirme lo que piensa cara a cara porque sabe que no soy ninguna putica de ésas que se venden por un par de jabones, no. Conmigo la cosa es más complicada de lo que parece. Si juntara a todos los novios y maridos que han pasado por mi barbacoa, la lista sería aún más estrambótica que la que él ha inventado para la escena de la escalera. Yo no sé lo que busco, pero sí lo que no busco. Ése es el problema, un tanto chesperiano como diría Ignacio. De los sementales de producción nacional sólo he recibido bofetones, traiciones, amenazas, obligaciones, abortos y los electrochocs de mi querido experimental; y eso no lo tienen en su currículum ni las masoquistas danesas, que me han dicho que son de lo más sofisticado que hay en la porno de hoy día. Sí, de nuestros machos únicamente la carne me ha dejado un buen sabor, aunque difícil de recordar gracias a su condimento de violencia. Y así, sin pretenderlo, he probado otras sazones que me han sido menos agresivas, por decirlo culinariamente. Cuando comencé en eso de los extranjeros era casi la única y entonces me llamaban excéntrica, claro, no existían los problemitas economicomentales que aquejan a las chicas de hoy día, así que de excéntrica llegué a jinetera sin culpa ni juicio. Sí, porque de los europeos del este pasamos sin transición lógica a los del oeste, como en el teatro experimental, nada de justificar o de explicar; actuar, actuar, sobrevivir, regatear, violentarlo todo, destruirlo todo. Mi ex debe de estar contento. Ay, Ignacio, si tú supieras cuántas veces te vi pasar y no quise que me vieras… y en las cosas que me he visto metida, hasta el cuello, sin una mano que se tendiera para sacarme de esos pozos que se me abrían ante los pies sin que tuviera tiempo de averiguar la causa. Manos había en cambio para hundirme bien hondo, bien profundo. Antes yo creía que era por lo de ser jipi, después le eché la culpa al teatro experimental, luego a mi excentricidad a lo Madonna, al hecho de reír en exceso, y por último a mis extranjeras compañías, pero viendo que a mi alrededor ya todas las manos se habían cambiado los guantes de cortar caña por otros de seda y que aquí se preparaba un gran banquete al que no me habían invitado, llegué a la conclusión de que todos esos abismos en los que mi conciencia cayó eran el fruto de la mediocridad circundante.

    Las manos que aniquilan son como aquellas que hurgaron la llaga del Cristo moribundo. Mi ausencia de cultura me lleva a pensar cubanamente que a todo eso habría que llamarlo placer de joder, porque eso es, una gran jodedera monumental que se prolonga en el tiempo y en el espacio variando cual ópera interminable y en la que cada quien busca la forma de joder sin ser jodido. Si existiera una cuarta dimensión, ésa sería la nuestra, la jodedera, y si se fuese menos hipócrita, la tendríamos como primer renglón exportable. La jodedera, llámesele hijeputada o puñalá trapera, puede incluso respirarse por las calles y llego a pensar que debe de ser ella la causante de la fetidez del aire. Ignacio no se parece sin embargo a los otros cubanos que he conocido. Él tiene un aspecto de asceta integrista que no todos los jipis buscadores del nirvana lograron. Nunca he podido sorprenderlo borracho, o con una novia, o novio, que también eso le pega a algunos que se hacen pasar por ascetas o meditadores. Tampoco he despertado en él ninguna reacción carnal. Parece ser que lo del cine le ha dado alergia a los seres humanos. Me doy cuenta de que de mí le gusta la imagen virtual sobre una pantalla de cine. Con su cámara de video él se realiza filmando las distintas expresiones de mi cara, manipulándome a su antojo como lo haría un sádico con una prostituta. Abre los ojos, mira a la derecha, muérdete los labios, suéltate el pelo… Por momentos tengo la impresión de que podría eyacular con una visión de La Falconetti martirizada o algo así bien dramático, en blanco y negro y silente. Ignacio detesta el ruido, salvo el de los aplausos que graba para la entrega de premios. Nuestra película será silente, en blanco y negro y bien dramática. Ésta es la naturaleza misma del cine, sombras y luces danzando sobre la pantalla inmensa, decía viéndose ya con el oscar apretado en la mano.

    No sé quién podría soportar una película cubana sin sonido, sin colores y más aún sin chistes. Yo me negué a ser flagelada en blanco y negro sin siquiera la posibilidad de gritar. Y de mis gritos yo estoy orgullosa. Son impresionantes y me han salvado en más de una ocasión. Yo he gritado desde un balcón del cual un novio deportista que tuve me quería tirar, yo he estado amarrada a mi cama y rociada con petróleo por otro amante que no podía soportar que yo lo compartiera con un músico de la orquesta sinfónica y mis gritos de película americana han despertado a los vecinos, yo he gritado para que la mujer de otro amante no me raje la cara con un pico de botella en una parada de ómnibus, he gritado para pedir auxilio mientras me ahogaba en la playa de Santa María, he pedido EL ÚLTIMO a voz en cuello en cualquier cola y siempre me lo han dado, he gritado en las reuniones para discutir un televisor que se va a adjudicar, para elegir al trabajador vanguardia, para que se fuera la escoria mientras pensaba que era yo más escoria que ellos por gritarles y quedarme con las ganas de irme. Me desgañité para que Fidel viviera, y la revolución. Me he quedado ronca vociferando contra los aviones espías, contra las plagas, los ciclones… No digo yo si tengo derecho a que mis gritos se inmortalicen en una película si son ellos quienes me han sacado de lo profundo de los hoyos; los gritos de una jodedora más, que jode antes de que la jodan. Sin embargo Ignacio decía que ya habíamos hablado y gritado por gusto durante demasiados años y que lo que hablaría a la gente sería el silencio de las imágenes, eso, el silencio. Seguro lo dice porque no tiene dinero para grabar el sonido… Aunque debo reconocer que es el único hombre que sin ser maricón no me ha querido meter mano. Bueno, en el baño del aeropuerto casi me revienta a golpes, todavía cuando me acuerdo me duele la cara. Pero resultó, porque Francis partió felicísimo después de ver las cataratas que brotaban de mis ojos. Tuve una visita gratis al Niágara. Después me quedé pensando si en la película Ignacio iba a poner una escena semejante pues en ese caso tendría que ir a darle los galletazos a su madre allá en Miami Beach, que lo que es a mí, ni muerta.

    Lo más gracioso fue verla correr por todo San Lázaro, con aquellas plataformas, disfrazada de Madonna en su Show de Erótica, dando traspiés en los baches mal alumbrados y perseguida por Donna Summer, Whitney Houston, Sarita Montiel, Celia Cruz, Maggie Carlés y otros tantos pájaros y travestis de Centro Habana en embravecida jauría. Fue una versión sin editar de Julieta de los espíritus. Yo en el fondo me alegré de un acto de repudio semejante. Esas cosas le pasan por fresca. Eso sí, hay que reconocer que lo que ella hizo no lo logró ni Carmen Maura en La ley del deseo, ni Almodóvar con todo y lo pájara que es lo pudo imaginar. Ahora quizás lo crea, después de haber pasado por La Habana, pero imaginarlo… todavía no puede.

    La petite tenía du vécu como diría su cherí y había logrado engañar a todos haciéndose pasar por un pájaro y hacía un número de travestismo en una azotea cerca de Infanta. Hasta un premio se había ganado en un festival nacional de transformismo gracias al cual nos fuimos una semana gratis al hotel Hanabanilla. Ya incluso algunos travestis le tenían envidia por ser tan mujer. Lograr engañarlos a ellos, que son la trampa en facones, eso es duro en La Habana y más duro en Centro Habana, región de todas las delincuencias tradicionales y de las que están aún en experimentación, y ella así tan chiquitica lo logró. Y lo seguiría logrando si no se lo hubiera dicho a su ex para dárselas de actriz. Él la delató en pleno show como la peor de las cederistas, y las locas presentes no pudieron soportarlo y, cual pueblo combatiente rumbo a la plaza, partieron sobre ella. Ni Ana Fidelia la hubiera alcanzado en aquel sprint calle abajo en dirección al hospital Ameijeiras. No sé qué necesidad imperiosa de afocar la hacía capaz de tales hazañas.

    Como consecuencia de aquel pasaje ignominioso por los bajos fondos hubo unos cuantos travestis rondando mi edificio para averiguar el paradero de Supremo Delirio, nombre de guerra de la petite para actuar en aquellos antros. Si me salvé de sus amenazas de desfiguración de rostro fue gracias a Macuca, que las amenazaba a su vez con mandarlas para la zafra y cortarles las uñas y el pelo. Esos argumentos las mantenían a raya, pero de la acera de enfrente lanzaban las peores injurias. Para la petite reservaban los insultos superlativos. La trataron de peor maricón de la Habana, de pájaro con cartera; la catalogaron como la tortillera más fuerte que habían visto en su vida lo cual, dada la situación, no se sabía si era un insulto o un cumplido. A mí me trataron de mariconsaurio intelectual y otras tantas metáforas tan barrocas como los portales repletos de columnas que los albergaban de Macuca y en los que Carpentier no imaginó semejantes escenas. En eso anduvieron hasta que se cansaron, o a lo mejor se las llevaron de verdad para la caña. Mi silencio fue ejemplar aunque nada heroico. Ni yo mismo sabía el paradero de la petite. Su ex la estuvo buscando y pasó también por el cuarto. Me dijo que el verla así, de travesti, lo había excitado y quería volver con ella. Me pareció normal. Él era una caricatura de la Flower generation, y con la petite sin dudas había querido tener una relación a lo John y Yoko. Llevaba incluso pantalones pata de elefante y estaba barbudo que daba asco. En el hospital psiquiátrico le habían dado pase.

    De golpe me dije, ¿y si todo esto no es más que un teatro suyo? A fin de cuentas en esta ciudad hay más gente haciéndose la loca que enfermos reales. Y éste es un experimental puro y duro, de los que tienen a Artaud como modelo, y Artaud estaba más loco que una cafetera Impud, así que la locura es para él un estado creativo, o sea que él está clarito clarito y seguramente busca a la petite para actuar en su vida, que nunca ha sido lo mismo que actuar en la pantalla.

    Conclusión: en mi mente, la película continúa.

  • La guagua

    Calle Monte, llegando a Belascoaín. Sudo en el calor de una 15 que se detiene en el semáforo. Ventanillas cerradas porque afuera llovizna. Sudo por los demás y ellos por mí. Quizás un solo cuerpo provoca esta asfixia, quizás si hubiera un cuerpo menos dentro de este rectángulo enlatado el aire alcanzaría para refrescarnos a todos. Esa cuota de aire que consume el anónimo pasajero n.º X, sería suficiente para no respirar el sudor ajeno, el dióxido carbónico de otros.

    «Pero acaso yo sea el que sobra», pienso, y me trago el deseo de culpar a alguien que a su vez piensa que pudiera ser él y se traga el deseo de culparme a mí. Estoy casi en la puerta, detrás de una muchacha que me roza, un blando nalgatorio que amenaza mi estabilidad sobre el pie izquierdo; me balanceo cuerdaflójicamente, evitando rozarla y que me rocen, porque no puedo voltearme a ver qué tengo atrás, una rodilla, un codo, un portafolio. Comprimido y ahogándome. Hundido aquí el Grenoille de Süskind se hubiera asfixiado. Y de pronto un tufillo de comida de ayer, un tufillo sin dueño y silencioso, el colmo, la apoteosis. Hay rabillos de ojo sospechando de todos. Forcejeo enconado por el aire. Vuelvo a culpar a alguien que a su vez culpa a otro que a su vez me culpa. Una nariz golpea a otra. Surgen los primeros codazos, los empujones exprofesos. Ya no es el balanceo de la guagua sino el empuja-empuja.

    El chofer tiene un ventilador pequeño. El chofer tiene su ventanilla abierta. El chofer no mira para atrás ni siente peste. El chofer ve mucha gente en Monte y Aguila y no para; abre las puertas más allá pero el tufillo es el único que se apea; los demás aprovechan para «cargarse» de aire pero no descienden. El chofer cierra la puerta y va a arrancar de nuevo, pero oye un silbido. (Claro, como el chofer no está asfixiándose puede oír un silbido; incluso puede identificar al que ha silbado con la lengua doblada entre los dientes, con la mano gritando «espérame, mi socio, dame un chance».) El chofer, frente al ventilador de aspas pequeñas, abre la puerta delantera y el silbador se monta. Como está sofocado espira fuerte y el aire cálido choca en nuestras narices. El chofer, con la ventana abierta (la lluvia sabe que ése es el chofer, por ahí no entra), dice que si no cierra la puerta ahí nos quedamos.

    Vuelven a empujar y rozo… bueno, rozo no: aprieto, comprimo, siento, las nalgas de la muchacha que tengo delante. (¿O será la muchacha quien aprieta, comprime, siente, el cuerpo del hombre que tiene detrás?) Es una cadena de empujones. Como el famoso juego de bolos: tocas a uno y todos se desploman. Desde la última puerta alguien grita «no empujen, no empujen», y el silbador responde desde la primera, «pero suban, ¿no?».

    Recuerdo que nos comprimimos. Recuerdo que nos​apretamos​unos​sobre​otros y que el chofer, al fin, cerró la puerta. No había espacio para sacar pañuelos, para agitar periódicos, para estirar los labios y soplamos mutuamente. Afuera había escampado, ¿pero en qué espacio levantar una mano, llevarla hasta la ventanilla de cristal y abrirla? No había espacio más que para mirarse. Las narices al hincharse chocaban y, lógicamente, al chocar se golpeaban, se mordían, «¡este átomo es mío, es mío, es mío!», y aspiraba cada uno con idéntica fuerza, de modo que el átomo de oxígeno se quedaba en el medio. Ya los «sentados» tenían otros sentados en las piernas, y el neutral vacío inter-asientos, ese huequillo entre las rodillas de unos y el espaldar de otros, ya había sido ocupado. Las mujeres ni pensaban en aprovechamientos o rescabucheos pese al contacto directo y forzoso con los hombres, que tenían, como ellas, todas sus partes insensibilizadas. En esta inmovilidad absoluta —seguramente mortal para un claustrófobo— sentí fatiga, escalofríos, ganas de caerme, pero me mantenían en pie los otros cuerpos. El aire estaba en proceso de extinción. Los cuellos, flácidos, comenzaron ladeándose y luego cayeron las cabezas unas sobre otras, como una gran multitud de borrachos.

    Desfallecidos e inmóviles todos supimos a la vez que aquello era una trampa. Todos supimos —instinto de conservación, gravitación del miedo, telepatía del espanto— que en la próxima parada el chofer intentaría abrir las puertas en vano: no habría espacio para que éstas se abrieran. En una guagua llena la clave es el empuje: cuando la puerta presiona hacia dentro para abrirse, el más próximo a ella empuja al inmediato, se activa la cadena empujadora y, al final, queda un mínimo espacio para la puerta abierta. Pero en una guagua saturada la presión de la puerta se anula, el pasajero inmediato está anulado y los demás también. Recuerdo que el chofer, frente al ventilador pequeño, ni se dio cuenta. Todos comprobamos que aquello era una trampa. Enmudecidos de terror y asfixia vimos llegar otras paradas. Las puertas gemían intentando abrirse, las puertas lloraban de impotencia. Al chofer le extrañó que nadie las golpeara, que nadie gritara «¡Abre atrás, abre atrás!», y que no lo ofendieran. Al llegar a la última parada intentó, inútilmente, abrirlas. Sólo entonces miró a su alrededor. Parecíamos maniquíes con la boca abierta. Junto a él vio a dos hombres, frente a frente, sobreviviendo cada uno del aliento del otro. El chofer sintió que le faltaba el aire. Enloquecido rompió la ventanilla y salló a tierra. Corrió pidiendo auxilio. Vino gente, demasiada gente. La policía, los bomberos. No sabían qué hacer. Sólo veían una guagua atiborrada de gente, caras aplastadas contra los cristales, ojos abiertísimos, bocas abiertísimas. Empezaron a tironear las puertas intentando arrancarlas. Inútil. Era espantoso el cuadro. Correteo de patrullas y ambulancias. Los bomberos trajeron cizallas de mano y varios oxicortes. «¡Hay que cortar la guagua, hay que cortarla!» Balones de oxígeno y de acetileno; mangueras y relojes contadores; llamas azules cercenando el metal. Discutían: «Hay que tener cuidado de no quemarlos; hay que cortar por esta franja». Hubo un previo cordón policial, un «para atrás, para atrás todo el mundo», coro de comentarios, miedo. Seguía llegando gente, crecía el murmullo, la expectación, hasta que el último bombero dio el último corte. La guagua se abrió en dos, se partió al medio, la reacción físico-lógica hubiera sido que ambas partes de la guagua cayeran contra el suelo y que el personal rodara hacia el vacío. Pero no. La guagua quedó rota, con una cicatriz oscura, pero sobre sus ruedas.

    Se movilizaron todos. Policías, bomberos, civiles. Unos por el frente y otros por detrás. Cada grupo comenzó a halar la guagua. Cada parte de ella rodaría, se separaría de la otra y nosotros caeríamos en el medio. Pero ocurrió algo insólito. La guagua se abría, cada parte de ella rodaba, se separaba de la otra, pero la masa de personas seguía compacta. La guagua había moldeado al grupo que ahora era un rectángulo de caras, espaldas, perfiles; un cuadro tridimensional de ojos y bocas terriblemente abiertos. Parecía la tétrica obra de un artista, tallada en mármol o hielo.

    Algunos, los de la periferia, se veían casi íntegros. Otros eran sólo un brazo o una oreja o el zapato derecho, como yo. Desde arriba era una vista única de cabellos, calvicies, hombros inacabados y sombras. Desde abajo era un óleo impresionista de zapatos. Cada lado merecía la firma de Velázquez, de Rembrandt, de Picasso: qué rostros, qué contrastes de luz, qué figuras geométricas.

    Desalojaron al público como frente a un incendio. Nos tiraron una enorme pollera por encima y nos llevaron, primero, al parqueo del edificio del MITRANS, y luego aquí, Museo Nacional de Bellas Artes, donde el público pasa de martes a domingo, de 2 de la tarde a 9 de la noche, y algunos —casi siempre extranjeros— preguntan quién es el autor de tan magnífica obra, o se marchan pensando que es un tal Mitrán, de apellido italiano porque confunden el autor con el donante.

  • No hay regreso para Johnny

    Aquí estar yo, ¿qué querer ustedes?, nos ha desafiado el gigante. Huevi y yo nos miramos sorprendidos, asustados, escépticos. No es el mismo. Se asemeja pero no es el mismo. A mucho estirar le llega al pecho mi depilada testa, y Huevi, algo más corpulento que yo, es un fleco de borlas comparado con el descomunal rubio de las huestes norteñas. Antes nos pareció un hombre de talla mediana, de fuerza mediana, de cólera mediana, y ahora ha evolucionado a pivot de la NBA, con la caja torácica dilatada, queriendo zafar los botones de la camisa, señalándonos con un dedo grueso como palo de escoba. Se ha convertido en un guerrero de la edad media, con músculos curtidos por innumerables batallas, con parsimonia de veterano gladiador.

    No es el mismo. Doscientas libras y pico distribuidas mayormente en el tren superior, un temible melón con patas que antes parecía derrotable por cualquiera de nosotros, y ahora verificamos que ni siquiera cayéndole juntos nos bastamos para arañarlo, que una trompada suya, asestada sobre nuestros pómulos, provocaría hematomas, derrames, consultas con el oculista, burlas, remordimientos.

    Hace un rato —balbucea Huevi—, usted maltrató a un amigo nuestro. ¡Ah!, amigo suyo, ¿no? —ironiza el pivot, sobrevalora sus fuerzas, se arrasca la nuca, contrae intencionalmente el bíceps derecho, saborea el temblor vocal de mi amigo, y agrega: A mí eso importarme una pinga. Nos impresiona que, pese al acento inglés, domine la semiótica del arrabal, la secular jerga asere; que parado ahí, acechando desde el umbral de cemento, apriete las patas delanteras, y adopte postura de imponente gorila. Nos impresiona que no tiemble una sola de sus facciones, que sólo haya abierto las aletas de la nariz y los ojos azules, y que, mostrando desprecio hacia nosotros, simples mortales antillanos, haya puesto boca de pez.

    Con Lila yo pasarla bien, gozar de verdad. Negrita buena, bonita. Mujeres cubanas no ser igual que las nuestras. Las nuestras mezcla con saxons, fríos, tiesos… y acá, cubanas, mezcla con españoles, árabes, africanos. You are different, yes. Lila camina, baila, mover cin-tu-ra, manos: Celia Cruz, yes, Celia Cruz. Ustedes ignoran eso porque están dentro y no darse cuenta. A Cuba, falta money, a lot of money. If I had… eh… Si yo tengo money, hacer tiendas, muchas, and hotels en playas, muchos, and… ustedes ver pros-pe-ri-dad. Esto es país lindo, de gente linda and hot, I mean… fuego, yes, caliente. Yo algún día veo gran cosa aquí. Nosotros, I mean, mis amigos, creo en lo futuro ser buen país esto. Cada vez yo vengo a Cuba, traigo ropas para ustedes, para niños, porque allá sobrar. Personas echan en basura algo que ustedes pueden usar. Allá preguntan a mí ¿servir esto a cubanos, Johnny? Yes, yes, yo decir, everything, todo servir. Siempre sueño venir a esta isla. Mi abuelo estar en La Habana en mil-ocho-cientos-noventa-ocho, con ejército nuestro, and… siempre hablarme de acá. Como yo ser niño, imagine, yes… imagino jugar con soldaditos, carritos, que yo vengo a combatir contra españoles. Yo tengo risa hoy, antes no, era una ob-se-sión. Después yo crezco, estudio historia de ustedes, saber de Maceo, the battles… eh… los mujeres que él tiene, los hijos… Ése ser el más grande de Cuba. Tiene valor, y ser hombre fuerte, muy fuerte.

    ¡Ay, mamá, claro que es igual que con un cubano! Existen detalles. Por ejemplo, él siempre habla en inglés pero a veces lo hace en español, sobre todo ciertas palabras… Tú sabes, las que a una se le escapan cuando está volá. Sí, vieja, ¿no me digas que tú no las decías con papi? Bueno, esas mismas, las grita, con acento, claro, pero con una fuerza que llega a gustarme más que si las dijera un cubano. Tampoco imagines que todo es color de rosas. A veces se manda una peste en los sobacos, de dios me libre con dios me ampare. Al principio ni muerta se lo confesaba, pero ahora, sin pena ninguna le digo: Juega agua, papi. Y él, pobrecito, se va derecho al baño sin decir ni pío. ¿Y tú crees que se le quita? ¡Qué va! Siempre le queda un tufito, muy leve, pero más molesto que el de un baño público. Sin embargo los europeos son peores. ¿Qué si sí? Jean Pierre se mandaba un grajo. Menos mal que nuestra relación duró sólo dos semanas. Gato al agua, aquel francés. Entraba al baño, se afeitaba, se echaba desodorante, perfume, y ya se creía limpio. Para mí que no tenía olfato. Cuando estaba con él, sí, en la pisadera, vieja, me entraban unos mareos y unas ganas de vomitar. También se le ocurrían cada cosas. Si veía, vamos a suponer, a un hombre pidiendo para San Lázaro, se acercaba a él y se ponía a conversar como si estuviera hablando con el historiador de la ciudad. ¿Sería comemierda, anormal, o qué? Johnny no. Tú lo has visto. Es parecido a nosotros en el sentido del humor y en la forma de comportarse. Lo mismo hace un cuento de Pepito, que baila casino, como el día de la fiestesita, ¿te acuerdas? Aunque, de verdad, verdad, una no llega a sentir la misma conexión que con un cubano. Con mis primeros novios yo conversaba muchísimo, sobre cualquier bobería: de las fajazones en el barrio, de la shopping, de la telenovela brasileña… Pero a partir de que me empaté con el primer yuma, empecé a aburrirme porque hablan mierdas cantidad. Encontrarme con Johnny ha sido, en parte, una suerte. Él no es lindo. Una, guiada por las películas que ve, piensa que el yuma del ligue tiene que parecerse a los protagonistas, y olvida que en el mundo, ya sea en Cuba o en el yanki, hay tonga de calvos, dentusos, orejones. Tú dices que Johnny se parece al hombre lobo, es tu opinión. Nunca has tenido buen gusto. El único defecto que le veo son las piernas. El otro día estaba en cueros, peinándose frente a la luna de la cómoda, de espaldas a mí, y pude vacilarlo sin que lo notara. Tiene músculos por toda la espalda, así, hasta las nalgas, que son peluitas, y duras como las de un bailarín. Hasta ahí estaba perfecto. Ahora, me puse a mirarle los muslos, y son flacos, y las rodillas dos pelotones gordos, y las canillitas parecen que van a partirse. Sí, sí, lo vacilé cuanto me dio la gana. Hasta que se viró y me sorprendió mirándolo y me preguntó: ¿Qué, yo estoy bien? Respondí sin fijarme en sus piernas, mirando siempre al pecho, al abdomen: Riquísimo, papi, riquísimo.

    La pegada que carga en ambas manos está garantizada. Con la víctima reciente ha hecho de las suyas, tal vez por eso su mano izquierda parezca el guante de un cirujano lleno de aire, o más bien, la ubre de una vaca Holstein. Porque flageló a sus anchas el semblante del anterior oponente, porque, insensible al dolor, sació totalmente su furia, la dejó salir de su cuerpo como un fluido más, como si el río sanguíneo: hirviente, tempestivo, drenara en forma de puños contra el quejoso borracho. Hasta que llegaron los vecinos y lo rodearon y el yuma se dio a la fuga porque algo grave iba a ocurrir. Después, asistido por los espectadores, el apaleado se incorporó, subió a su camión y terminamos el viaje. En medio de un animado grupo que vino a recibirlo, descendió finalmente el colchón en casa de la prometida de Huevi. Antes de perderse de nuestra vista, antes de acelerar el vehículo, el camionero nos había conmovido cuando molesto por nuestra pasividad nos acusó de cobardes, llamándonos pencos, ratones, pendejos; nos acusó de apóstatas, de pronorteamericanos, llamándonos guatacas, hueleculos. Salimos, entonces, a la captura del fugitivo norteño. Fue difícil encontrar su madriguera. Primero regresamos al lugar de los hechos pero nadie supo de él. Los vecinos, suponiendo estrechos nexos entre el camionero y nosotros, nos encuestaron con sincera preocupación. Va mejorando, los tranquilizó Huevi. Rastreamos Habana Vieja y Centro Habana, indagando, enfrentando miradas desconfiadas, respuestas inútiles, evasivas. Casi nos damos por derrotados antes de investigar en Diez de Octubre, y bueno, hallamos este tallercito cercano a la esquina de Toyo donde divisamos el Chevrolet azul del cincuenta y siete con su puerta abollada, y supimos que habíamos encontrado al yuma. Estamos agotados por el viaje. Desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde, cabalgando en una bicicleta china, pedaleando urgidos de venganza, turnándonos el pedaleo y la parrilla, porque Huevi ya no es el de antes, que no se cansaba, ahora, después que una horda de parásitos tapizó su intestino, está más débil y teme constantemente que la poderosa válvula anal ceda ante el empuje de la osmótica diarrea. La idea no ha sido feliz, me enrolé equivocado en este barco, porque yo iba hacia un territorio menos conflictivo, a ver a mi abuelita, cuando Huevi, lobo feroz, me interceptó, rogó que lo ayudara, que el colchón lo disfrutarían él y su novia después de la boda, que yo sería testigo, que me bebería una cuantas cervezas gratis. Con tales argumentos no pude negarme. La misión era trasladarlo a casa de sus suegros y para ello había que hallar el transporte adecuado. En la Virgen del Camino, por la cuadra delgada que ladea el restaurante Terry, emergió aquel camión verde churrioso, parqueado solito, como esperándonos. Yo no soy casado, la casada es mi mujer, pude leer en el extremo superior del parabrisas. El chofer dormía, roncaba, se babeaba. Nos asomamos a la ventana: Eh, mi tío —aparto el pompón del retrovisor, lo toco por el hombro—, ¿alquila? El camionero de mala gana, como si mascara una croqueta cruda, nos informa que si no aflojamos cincuenta pesos no va el negocio. Hoy me siento sin ganas de coger el timón, añade cruzándose de brazos, si no quieren pagar se van pa’l carajo. Nos miró con ojos henchidos de cerveza, torció la boca y escupió por la ventanilla, haciendo volar un plomizo gargajo por encima de nuestras cabezas, humedeciéndonos el rostro con el rocío de la alcohólica saliva. Sin embargo, pese a nuestra estrechez económica y al desagrado sensorial que nos brindaba el conjunto chofer-cabina de camión, aceptamos la tarifa. Está bien, se resignó Huevi, y me preguntó si podía prestarle veinte para completar, contesté que sí, que por gusto no iba a ser testigo de su boda. Decidimos subir el vetusto colchón matrimonial. Para sostenerlo con mayor firmeza introduje la mano por uno de los agujeros, agarré una pareja de muelles, y tiré hacia arriba. Huevi y el camionero empujaban desde abajo. Primero subió una mitad. Saqué la mano del hueco, y, sin poder evitar romper la tela, lo halé por una de las esquinas y la mitad restante cayó sobre la cama del camión. Montamos los tres en la cabina, y en la primera curva, apenas por un azaroso corte del volante, el beodo evitó atropellar una lenta y escuálida motocicleta Karpaty. Ya desde entonces comenzó a preocuparnos la ebriedad del camionero. Mientras recuerdo esto, Huevi, sin mediar palabras, respondiendo al desafío del yanki, ha echado mano a un tubo galvanizado de media pulgada que le queda cercano, y yo, por mi parte, me apodero de una llave española treinta y seis.

    Johnny no va a aprender español nunca, Lilita. Si continúa reuniéndose con tu primo Tato y con los del solar, va a terminar hablando como ellos. Ayer le escuché decir las primeras groserías, y hoy, en cuanto bajó del carro, soltó otra. Le dio una patada a una goma porque se había ponchado y dijo: ¡Pinga!, sin importarle un comino que lo escucharan los que andaban por ahí. Al parecer lo hace para congraciarse porque los que estaban en la acera se echaron a reír y al final él también se rió. Como quiera que sea cae simpático y desde que trajo los regalos se ha echado al solar en un bolsillo. Ese gesto no lo hace cualquiera, fíjate que no se olvidó de nadie: a Tato le trajo las cuchillas de afeitar, a Nelsa un par de blúmeres, hasta Felipe el bobo enganchó una gorra… Igual que la forma que tiene de relacionarse con los vecinos. Mira si no mide en ponerse a hablar con la gente que el otro día, el martes, cuando se quedó aquí contigo, me levanté por la mañanita para lavar y tender la sobrecama, y lo sorprendo conversando con Meña. Me dio una risa. Tú sabes que Meña está medio loca. Ella quejándose como siempre, de que si falta la leche, de que si el apagón, y él —para que tú veas lo que son las cosas— empezó a hablarle de lo mismito que habla Fidel, de que si los hospitales son gratis, de que si las operaciones allá cuestan miles de dólares y aquí hasta uno de nosotros puede hacerse una. Hasta de Martí habló. Meña quedó calladita sin saber qué decir primero pero ya como vencida contestó: Bueno, tú puedes explicarme y requetexplicarme, yo sólo sé que hay mucha hambre… y con la misma, se metió en su casa, y allá adentro siguió hablando sola. Johnny es un vacilón. Pero si Tato insiste en enseñarle esas chusmerías, el día menos pensado nos va a hacer pasar un bochorno. Anteayer oí que tu primo le decía que para invitar a un trago a una muchacha tenía que preguntar: ¿Quieres templar, mi cielo? Y que en vez de decir: Tengo ganas de dormir, dijera: Me apena dejarlos solos, señores, pero me estoy… No te voy a repetir la grosería pero es grande. ¿Tú imaginas eso, Lilita? No te rías. Suerte que tú siempre andas con él y lo salvas de pronunciar esas cochinadas. ¡Ojalá no se le ocurra soltarlas delante de alguien importante!

    Este Chevrolet, así, costar mucho dinero allá, lo que yo pedir. Con piezas originales y no tiene nunca choque, vale mucho. Cuando yo abro y veo motor brillante, it looks wonderful, then yo querer alquilarlo porque siento bien manejar auto viejo, porque yo estoy en otro tiempo, ir para atrás, yo pongo música: Nat King Colé, Frank Sinatra, even Elvis Presley… and then, eh… sueño, amigo, sueño. Así gusta a mí la vida. Hoteles, piscinas, restaurants son shit, mierda. Mejor entre ustedes, tomo ron, como chicharrones, juego dominó, y Lila conmigo siempre para dar besitos. Ustedes no saben que ser felices. Mi país no es humano, sino máquina, no amar, sino piensa en dinero. Ustedes ser so-cia-bles. Allá no. Gente decir: calor entrar en el alma igual que frío. It’s bull shit. No es cierto. Calor no es sol, no aire, no mar, no playa, no ron. ¿Entienden? It’s culture, yes, cul-tura, rumba, idioma, mezcla pieles, religiones, ¡yes!, mezcla como sustancias, y reaccionar y surgir calor. No sé decir en español. ¿Exo-termis-mo? ¿No? También calor viene de ustedes, de risa, de cuentos.

    No creo que lo haga. El yuma debe esperar a que seamos nosotros quienes ataquemos aunque yo, por mi parte, aguarde a que sea Huevi quien tome la iniciativa. El mecánico ha encendido la antorcha, el acetileno brota inflamado, complejo de ángel le ha entrado a este mulato que cuida su negocio como el hortelano a las flores, que mantiene distancia de advertencia. Antes nos ha amenazado, si había problemas no los iba a tolerar, y arrimó la llama a mi rostro, quemándome casi. Sé lo que se traen pero si arman bronca voy a intervenir, concluyó. Huevi había prometido que no. Sólo quería que el tipo se disculpara. Lo mismo me había prometido antes, hace unas horas, cuando el borracho lo insultó y él lo conminó a bajar del camión. No te fajes Huevi —le aconsejé—, recoge el colchón y lo llevamos caminando, ya estamos cerca, asere. Mi amigo se disponía a entender cuando el camionero abandonó en son de guerra su asiento y vino hacia nosotros. Ora manoteaba a la altura de la barbilla de Huevi y hacía como si se limpiara las manos con violencia, ora escupía en el piso, ora gritaba improperios con apasionada y vulgar prosa: te despingo y te piso la cabeza, so yegua. Huevi al fin lo golpeó. Recto al mentón y cayó de rodillas el ofendido timonel. El hombre volvió a pararse y Huevi combinó mejor: izquierda, derecha recta, swing de izquierda para rematar, y le partió ligeramente la nariz, y el hombre cayó sentado. Luego intervine. Aplaqué los ánimos. El borracho ofendió con saña demoledora a Huevi: hijueputasingaoporculo te voy a picar las nalgas maricóndelcoñoetumadre, y no sé cómo logré que volviéramos a subir los tres al vehículo, y continuáramos viaje entre los recovecos de La Habana Vieja. El borracho siguió soltando malas palabras, decía que nosotros lo habíamos metido en una pendejera de calles que nadie entendía, que la comemierduría se pegaba, que por ende, nosotros éramos unos traga mojones. Huevi tragaba en seco, contenía el enfado, y yo, temiendo que por segunda vez el camionero se negara a llevarnos, guiñaba un ojo pacificador a Huevi, y le sonreía. No como ahora, claro. Ahora le sonrío para que desista del combate desigual. El rubio se ha puesto en guardia, pero no como un púgil principiante, sino con la seguridad y elegancia que exhibiría Rocky Marciano en sus mejores tiempos. Extiende su mano zurda hacia delante, lista para, cual serpentino látigo, fustigar en jab nuestros entrecejos. El poderoso puño diestro permanece al acecho, como resorte comprimido, a la altura del mentón. De modo que el yuma parece esculpido en bronce, un coloso invencible, y nuestras armas podrían poco contra él. Sí, mejor sería batirse en retirada ahora mismo y decir: Nos equivocamos, mister, adiós.

    Mira, hija, no es para ponerse brava. Verdad que Johnny ha sido muy bueno con nosotras, con Tato, con la familia en general, y también con los del barrio. Pero hay que entender a la gente. Cuando tú saliste de la casa, lo peor había pasado, no viste nada. Aquel hombre ni se defendía. Verdad que estaba borracho como una cuba pero ¿quién hoy no se emborracha? Tu primo Tato lo hace diariamente ¿y por eso merece una paliza? Sabes que no. Tu novio es muy impulsivo, mi hija. Salió como una fiera a comerse al pobre hombre. Comprendo la obsesión que tiene con ese carro, que desde que lo vio le cayó al dueño con la picuita y hasta que no se lo alquilaron no estuvo tranquilo. Siempre fregándolo, pasándole el trapo como si fuera de él, y buscando la mejor música para su cacharrito. A mí también me hubiera gustado tener uno así, me recuerda al que tenía tu abuelo, aunque el del viejo era un Ford que vendió antes de morir… Cuando vi que el camión aquel dobló como un cohete la esquina, me horroricé, cerré los ojos, y ya cuando los abrí, había chocado. Jamás pensé que Johnny se fuera a las manos con el camionero, no había razón para tanta agresividad. Lo mejor que puedes hacer, mi hijita, es arreglarte con la gente. Llama a cada uno de los vecinos, discúlpate con ellos. ¿Qué tú querías que hicieran? Si al menos Johnny se hubiera contentado con los portazos, pero no, tuvo que bajar al infeliz, agarrarlo por el pescuezo y caerle a piñazos. Bastante aguantó la gente, Lilita. Si demoras un poco más, no sé qué hubiera ocurrido. ¿Te fijaste cómo renqueaba el pobre hombre cuando fue hasta su camión, o nada más viste lo que te convino? Y todavía dices que se iba a bajar para fajarse con Johnny. No fastidies. Si ese hombre de soplarlo nada más se caía, Lilita; y, además, se notaba que era un alma de dios, cuando chocó lo primero que hizo, de la vergüenza que sentía, fue poner la cabeza sobre el timón y lamentarse como un muchacho. Si Johnny no llega a trabarle la pierna con la puerta estoy seguro de que se hubieran arreglado, porque el camionero no parecía malo. Iba a bajarse para explicar, como es costumbre. El animal de tu novio —sí, porque es un animal— agarró la puerta, y pámpata, pámpata, contra la pierna del infeliz. No, chica, no, la gente fue más que buena. ¿Para qué tenías que insultarlas? Lo mejor que hiciste fue aconsejarle a tu novio que se perdiera, porque después, tú viste, que cuando vieron bien los moretones que tenía el camionero y oyeron los quejidos que daba, unos cuantos querían cogerle el lomo a Johnny. Dos de ellos, los que venían en el camión, creo, regresaron hace un rato por aquí buscándolo. Dios quiera no lo encuentren porque yo le tengo cariño a él y me disgustaría que le pasara algo… Arréglate con la gente, Lilita. Si cantidad de veces le advertí a Johnny que no parqueara ese carro aquí, en esta cuadra, no sólo por los ladrones, sino porque estas calles son muy estrechas, y el accidente no avisa.

    Lo quiero, mami. Sí, no te rías. ¿Piensas que, porque me burlo de él, no lo quiero? Me ha hecho persona. Antes, cuando estaba en el Pre, las blanquitas me miraban por encima del hombro y me acomplejaban. Tú las veías moviendo el pelo, hablando de que si tal champú daba caspa, de que si tenían que ir a la playa a solearse, de que si tal bronceado!… Me acomplejaban. ¿Y en doce grado? Peor. Éramos tres negritas, Nelsa, Katiuska, y yo, y había dos mulatas de pelo bueno que no se juntaban con nosotras. Las tres éramos igualiticas, tímidas a más no poder… En otras aulas no pasaba igual, las negras formaban sus grupos y se la pasaban bonchando a las blanquitas y las berreaban con facilidad… ¡La vida hubiera dado por estar en aquellas otras aulas! Cuando me embullaste a que empezara la Universidad creí que mejoraría. La cultura ayuda mucho, pensé. Pero ¡qué va! Las únicas negras, como digo yo, de pura cepa, éramos una congolesa, que ni recuerdo cómo se llamaba, y yo. Para colmo, aquella muchacha se pegó a mí como una ladilla. Tú has visto esos perritos callejeros que de pronto empiezan a perseguirte y a mover el rabito y se quieren hacer tuyos a la tuerca. Bueno, era igual. Yo quería cortar con ella pero se sentaba a mi lado en las conferencias y después también en las clases prácticas. Te darás cuenta cómo me sentí cuando la gente empezó a llamarnos las congolesas. Mi peor deseo realizado. Encima el solar distrayéndome, sacándome de paso. La propia Nelsa se dedicó al bisne, y me daba envidia que se echara arriba buena ropa y yo con aquel vestido verde, ¿te acuerdas? Y los tenis negros llenos de etiquetas tapando los huecos, ¿qué parecería cuando entraba a la facultad? No, mami, tú no tenías culpa. Nunca te he reprochado nada. La vida es así. Mira ahora la cara que pone la gente cuando me bajo del carro con Johnny. Me miran y hacen lo indecible por saludarme. Hasta Katiuska, el otro día, que yo iba con él a la tienda, se acercó de lo más efusiva, y a sacarle fiesta, hablándole en inglés y todo. Me dio una risa por dentro. ¿Ella no quería ser médico? ¡Ah! Que se joda. Cuando más embullada estaba le corté la conversación y, dándole una envidia espantosa, me fui con mi rubio. Antes por nada del mundo yo hacía algo semejante. Cuando dejé la Universidad, hasta Katiuska me viró la espalda considerando una fracasada. A partir de que conocí a Johnny mi vida cambio. Empecé una relación verdadera. Yo misma empecé a verme distinta, a descubrir mis virtudes, a darme valor… Por eso me preocupa lo que pasó el otro día, y a la vez me jode, porque Johnny, incluso con sus defectos, es más buena gente que nosotros. Él pudiera venir a Cuba sólo a disfrutar su dinero, y no lo hace. Siempre preocupándose por ayudar, por unirse a nosotros. Tú recuerdas la vez que me puse bravísima porque no me dio dinero para comprar el cuartico que Nelsa vendía, y en cambio se gastó una millonada en traer el aparato de oxígeno para el policlínico, bueno, aquella vez lo traté que ni a un perro, y fue cuando supe cuánto me quería ese hombre. Me regaló un relojito de pulsera más lindo, y dos cerditos de peluche con una banderita que decía: Amigos para siempre. Me llegó al corazón aquel día. Por eso después le perdoné que hubiera ido a trabajar al campo con los comuñangas. Tú no lo sabes, pero estaba tan embullado que no faltó nada para que me arrastrara con él. Menos mal que la sangre no llegó al río, y me quedé, y fueron aquellos días en que me enredé con Giacomo y Vittorio. Cuando Johnny regresó después de un mes, tenía tierra por todas partes: en las orejas se podía sembrar un boniatal, y las uñas parecían pezuñas de puerco. Le di un baño con estropajo que lo dejé más oloroso que a un bebito. Menos mal que no se le ocurrió repetir esa locura y se dedicó más a las donaciones.

    Huevi ha demostrado que tiene huevos tan desmesurados como los de Maceo. Yo no, yo, mientras él avanza, he ido retrasándome precavidamente, y será porque mis huevos son de tamaño normal, y porque pienso que, total, la idea fue de Huevi, y que él debe llevarla a cabo. Aun así me aflige que mi amigo avance hacia nuestro adversario solitariamente, y que el mecánico, neutral hasta hace un rato, se apreste a cortarle el paso con la flamígera arma, mientras yo, penquísimo, siento fatiga por una insólita hipotensión, una reacción vagal diría el médico, fatiguita dirían los socios del barrio, pendejitis aguda diría mi papá. Se nublan los personajes, y a la vez me da lástima que el Huevón, como le decíamos en el Pre, sea tan valiente que ni siquiera me obligue a imitarlo. Y me adelanto llave en mano —vikingo blandiendo su maza, mordiéndome la lengua, afeando los rasgos— hacia el temible melón con patas, el aberrado amante del Chevrolet. El yanki me observa, abre los ojos conmovido, como si fuera yo la pequeña copia de Frankenstein, y abre también las manos y las alza en señal de rendición, y dice: Okay, I give up, qué querer ustedes. El mecánico se aparta. Sorpresivamente el gigante empequeñece. Yo, disculparme con ustedes, dice, yo crazy porque amigo de ustedes romper auto, y ese auto no ser mío, yo prometer cuidar

  • Un arte de hacer ruinas

    Para Reina María Rodríguez

    «Cuando necesitas aumentar el tamaño de tu casa y no hay patio donde construir más, ni jardín que ocupar, ni siquiera balcón, cuando necesitas ampliarte y vives con la familia en un apartamento interior, lo único que te queda es elevar los ojos al cielo y descubrir que en tanta altura de techo bien cabría otro piso, una barbacoa. Descubres, en suma, la generosidad vertical de tu espacio, que permite levantar otra casa allá adentro.»

    «Cuando ya has fabricado la barbacoa y vives, si así puede decirse, en cierta comodidad con la familia, si tu suegra y una sobrina de tu mujer vienen de provincias, dispuestas a pasar en tu casa una temporada tan larga como la vida misma, lo único que te queda es hacerle la visita al psiquiatra. Porque odias ya tanto a la madre de tu mujer (por no hablar de la sobrinita) que no puedes sentarte a la mesa con ella. Y también porque, apiñados como viven, te has vuelto incapaz de acostarte con tu esposa y eso te llevará al divorcio, que es lo de menos, por no decir a la locura y el suicidio.»

    «El psiquiatra va a preguntarte entonces si estás dispuesto a obedecer a todo cuanto él te indique, no importa cuán taro parezca. Y tú dices que sí porque quieres curarte, porque ya te consideras enfermo. ¿Tiene manera de conseguir un chivo?, te pregunta. Un chivo vivo, aclara. Sí, respondes. Cómprelo y llévelo a su casa, es lo que te ordena. Y que vuelvas por la consulta en dos semanas.»

    «Criar un chivo en una barbacoa puede ser menos raro que vivir con la suegra. Regresas al apartamento con el animal (dentro de sus casas tus vecinos crían cerdos y patos y gallinas) y lo pones a vivir en familia. Aunque vivir con él se hace imposible enseguida. Para empezar se ha merendado el forro de todos los muebles, un maletín de la suegra y una bata de casa. Caga por todas partes, huele a chivo, y de noche no deja dormir. Tú resistes un día, al segundo le pegas una buena tunda al animal, y al tercero regresas al psiquiatra mucho antes del plazo convenido.»

    «Tiene que estar más loco que los locos que vienen a su consulta. ¿Qué clase de tratamiento es éste?, gritas ante sus ojos. Y resulta que el tratamiento empieza ahora, como declara él. ¿Ahora qué va a mandarme?, le preguntas con lágrimas. Saque ese chivo expiatorio de su casa, dice.»

    «Obedeces de nuevo, revendes el dichoso animal (una transacción tan rápida no te permite ganar nada) y al otro día estás de nuevo en la consulta. Pues dormiste, de madrugada te despertó tu mujer, tuvieron sexo tan bueno como antes, y a la hora del desayuno, la familia completa a la mesa, te has dado cuenta del cariño con el que tu suegra te echaba más café en el café con leche. Comprendiste de pronto que la vida sin chivo puede ser maravillosa.»

    Yo quería encabezar así mi tesis sobre las barbacoas. No lo había inventado ni leído, se trataba de un caso real. Me lo había contado el psiquiatra.

    «¿Sabes qué quiere decir tu apellido?», me preguntó quien todavía no era el tutor de mi tesis, los dos sentados en un banco de la estación de trenes.

    «Constructor», respondí.

    «Le envidié siempre ese apellido a tu abuelo.»

    Él llevaba gafas oscuras para esconder sus ojos de la luz.

    «Vas a ser urbanista en una familia de urbanistas.»

    La voz de los altoparlantes anunció que en unos minutos arribaría el tren que él esperaba.

    «¿Y tu padre no puede servirte?»

    Mi padre trabajaría hasta fines de año en una universidad extranjera.

    «Me imagino que pensaste en mí como hubieras pensado en tu abuelo, de estar vivo.»

    Yo asentí.

    «Pero llevo tanto tiempo retirado de la facultad que deberías buscarte otro tutor.»

    «¿Por qué una tesis sobre las barbacoas?», preguntó.

    El tren hizo entrada ruidosamente.

    «¿Hacia dónde está creciendo esta ciudad?», le dije por encima del estrépito.

    «Hacia adentro, en barbacoas.»

    Él se puso en pie para examinar a los que pasaban.

    «Hacia adentro.»

    Descubrió entre el montón de gente a uno, y se apuró en ayudarlo con el equipaje.

    Debió presentarme como estudiante o como el nieto de su mejor amigo. En cambio, de aquel hombre no me dijo nada.

    «Tengo el carro aquí cerca», le ofreció.

    Salimos de la terminal y los vi subir al viejo automóvil soviético del profesor.

    «Intentémoslo», dijo antes de que el motor impidiera cualquier conversación. «Ve por casa.»

    En la facultad hacía años que lo daban por fallecido y parecían satisfechos ahora de que volviera a su departamento.

    «Explícame de qué se trata», me pidió, dispuesto a entrar en materia.

    Las ventanas de su apartamento permanecían completamente cerradas. La piel y los dorados de algunos lomos de libros brillaban a la luz artificial en pleno día, y la temperatura era la que podría encontrarse dentro de una caverna. De niño yo visitaba a mi tutor en otro apartamento, ese mismo con las ventanas abiertas.

    «Una idea valiosa», consideró.

    Evidentemente gozaba de aquel momento en que todavía éramos libres.

    «Luego vendrá el trabajo», me advirtió. «La falta de alegría, la redacción, el acabamiento, un sistema.»

    Aún en aquel encuentro la corriente podía arrastrarnos hacia cualquier sitio, nadábamos como dos borrachos. Mi tutor recordó todas las ciudades que iba a ser esta ciudad. Hubo un momento en que sentí que, de abrir una ventana, no la encontraríamos allá afuera.

    A solas en el estudio, alcancé a examinar un plano antiguo colgado entre los libros. Representaba la parte más vieja de la ciudad y llevaba una fecha: 1832. Sentí, mientras leía esa fecha, que una sombra cruzaba hacia el fondo de la casa. Y pensé entonces en el hombre bajado del tren.

    «Había cólera ese año», explicó mi tutor al regresar de la cocina, «y en una bodega en la esquina de Cuba y Lamparilla vendían esos planos».

    Aquel plano describía el itinerario del cólera, el avance de la muerte por la ciudad.

    La leche formó una nube en la taza de té. Quise preguntar si estábamos solos en el apartamento, pero no me atreví. Al despedirme reparé en el cuenco de monedas junto a la puerta. Siempre que mi abuelo me traía yo sacaba una. Habían monedas de todas partes del mundo y la que eligiera podría servirme de destino.

    También mi tutor sonrió por los recuerdos.

    «Por última vez», accedió.

    Metí la mano en el cuenco y saqué un botón metálico con un ancla a relieve.

    «De un uniforme de Marina. No vale, saca una moneda.»

    Removí el contenido del cuenco y elegí una áspera.

    «Vamos a ver a dónde te lleva.»

    Al tacto parecía una pieza sin terminar.

    «A mí me ronca arriba», llegué a leer antes de que me fuera arrebatada.

    Al final del pasillo, en una de las habitaciones del apartamento, relampagueó una luz muy grande. Mi tutor escondió la moneda.

    «No es más que un juguete», intentó convencerme. «No sirve de nada.»

    Abrió la puerta del apartamento y se apuró en sacarme.

    La sombra en el apartamento, la moneda y el fogonazo que brilló detrás de una de las puertas: todo era misterioso. Devoré los primeros libros, preparé notas y una semana más tarde, a la hora convenida, toqué el timbre de su casa.

    Al centro de la puerta se abría un ojo mágico y alguien lo usó sin decidirse a abrir.

    Pulsé otra vez el timbre, y quienquiera que fuera se marchó. Iba a bajar las escaleras en el mismo momento en que mi tutor llegó con una bolsa de la que sobresalía un mazo de vegetales marchitos. Pidió disculpas por su tardanza, ya no tenía con él a su criada de siempre.

    Las ventanas se encontraban tan cerradas como en mi visita anterior, tras la puerta del final del pasillo no brillaba luz alguna. Y me asombré de hallar en su lugar de siempre el cuenco.

    «Rincón», me dijo al entregarme un vaso de agua.

    Yo no entendí.

    «La bodega donde vendían planos del cólera… Bodega de Rincón, en Cuba y Lamparilla.»

    Bajamos a buscar su auto y dentro del auto me interesé por la moneda.

    «Nunca te llamó la atención que hubiera de distintas épocas», empezó a decir.

    «De niño la geografía apasiona mucho más que la historia. Otros países importan más que otras épocas… Será que todavía no tenemos que empezar nuestros viajes en el tiempo.»

    «Claro», acoté sin comprender qué relación habría entre esa conversación y la moneda.

    «El cuenco de casa está lleno de dinero de muchas partes y de muchas épocas.»

    «Sí.»

    «Uno no sabe a dónde va a parar. Sales a comprar vegetales una mañana cualquiera…»

    Se interrumpió frente a una señal de calle cerrada por reparaciones.

    «Un momento», me pidió al bajar del auto.

    Habló con alguien de la cuadrilla que trabajaba en la calle, echó una ojeada a un registro subterráneo destapado y regresó al auto.

    «Sales a comprar vegetales en una mañana cualquiera, y descubres que el cólera recorre la ciudad. Saliste a mil ochocientos treinta y dos, sin tiempo para asombrarte. De momento necesitas una moneda, porque sabes que en la bodega de Rincón, en Cuba y Lamparilla, te la cambian por un plano que va a guiarte en ese laberinto.»

    «¿De cuándo es la moneda que saqué?», corté sus divagaciones.

    «Era un juguete, tal como te dije. Para uno de esos juegos donde compras y vendes propiedades.»

    Tuvo que hacer otro desvío por obras en la calle.

    «Ya no eres el niño que tu abuelo traía a casa. El tiempo, como deben haberte enseñado, es un espacio más. Ahora te toca explorarlo.»

    Sentí que lo más importante me había sido escamoteado. Mi tutor detuvo el auto y resultaba increíble el silencio.

    «Quiero que conozcas a alguien», dijo.

    El edificio adonde entramos había sido declarado inhabitable y nadie parecía vivir en él. Era el lugar menos pensado para hacer una visita. Encontramos a dos hombres que retiraban madera de un apuntalamiento y la cargaban hacia los pisos de arriba. Mi tutor llamó a una puerta con candado. En la puerta se abrió una puerta más pequeña y una mano salida a través de ella abrió el candado.

    Pasamos a una sala que podía ser trastienda de algún anticuario. Un sofá cama era la única concesión hecha a una casa. Se ofrecían bancos de parque en lugar de muebles, el espacio estaba subdividido por pedazos de rejas. Las lámparas eran enormes faroles de portales y en las paredes colgaban rótulos de calles. Hallamos a un hombre a quien mi tutor preguntó por su salud.

    «El profesor D», me fue presentado.

    «Ex profesor.»

    Resultaba irreconocible aunque lo había visto durante mis primeros años de carrera. Ahora fumaba sin parar, daba paseos entre sus pertenencias y llamó nuestra atención hacia un vaso de cristal lleno hasta el borde.

    «¿Lo ven?»

    No fue lo menos raro allí hasta que el agua se agitó como si la removiera una mano invisible.

    «Explosiones subterráneas», dictaminó.

    La brigada con que nos tropezáramos tendía el cable coaxial para teléfonos, la construcción del metro había sido abandonada…

    «Refugios antiaéreos», supuse.

    El líquido dejó de estremecerse y mi tutor sacó un paquete.

    «Verde», declaró. «No había negro.»

    «El verde es bueno para el esmalte.»

    Tenía los dientes manchados de fumar, puso la mano del cigarro en uno de mis hombros.

    «¿Ves todo esto?», me dijo. «Ya no encuentra sitio en esta ciudad. Lo saqué de donde no va a levantarse nunca, y ni yo mismo supe en qué iba a convertirse mi casa cuando traje las primeras.»

    No aclaró en qué se había convertido, si en un rastro o en un basurero. Tuve que evitar que la ceniza me cayera encima.

    «En mi edificio una mujer empezó por un perro abandonado y va por quince ya.»

    Me miró como si no entendiera. En el piso de arriba empezaron a dar martillazos.

    «No hago té porque no hay gas», convino.

    Dejaron de clavar.

    «Barbacoas por arriba y explosiones por debajo.»

    «Un milagro seguir vivos», murmuró mi tutor.

    «El escándalo de todos los congresos de urbanistas», sostuvo D. «Una ciudad con tan pocos cimientos y que carga más de lo soportable, sólo puede explicarse por flotación.»

    Se dejó caer en el sofá.

    «Estática milagrosa.»

    Volvieron a martillar en el piso de arriba y mi tutor se acercó el vaso del experimento a los ojos.

    «Creí que era agua», reconoció.

    «Un poco más denso, profesor. El ron de marzo.»

    La superficie de aquel ron estaba cubierta de polvo del techo. Mi tutor miró hacia arriba.

    «Quiero que le prestes tu libro a este muchacho», pidió al fin.

    Sentado en medio de sus arqueologías, D miró a la punta encendida del cigarro.

    «Pero él no me ha contado qué busca.»

    Así que empecé por lo del chivo en el apartamento.

    «Muchas de esas cosas las robó antes de que les llegara la hora del derrumbe», dijo mi tutor a la salida.

    «Que no se enteren en la facultad», me advirtió del libro.

    Era un volumen mecanuscrito de unas trescientas páginas. Su autor, el entonces profesor D, lo había titulado Tratado breve de estática milagrosa.

    Me preocupé de llegar a la próxima cita con una hora de antelación. Sin ser visto, espié los movimientos de mi tutor en la estación de trenes. Lo acompañaba el mismo tipo que había venido a recoger unas semanas antes y el tipo le entregaba algo que supuse dinero. Mi tutor lo tomó, se despidió de él y fue hasta su auto. Allí buscó un cuaderno donde escribió durante un rato. Y cuando el tren salió de la estación fue a sentarse en un banco, decidido a esperarme.

    Sin embargo, toda mi prevención de llegar antes y espiar fue desarmada, porque él reconoció que le alquilaba un cuarto de su casa a aquel hombre. Ambos tenían una relación de negocios, no había ningún misterio. Estiró las piernas como si le llegara una felicidad repentina y preguntó por mi lectura del tratado.

    Yo había encontrado en aquel libro un término que podía serme útil.

    «Escribes tugurización en tu tesis», anunció mi tutor, «y…».

    La gente podía copar un edificio hasta hacerlo caer. Se hacían un espacio donde no parecía haber más, empujaban hasta meter sus vidas. Y tanto intento de vivir terminaba casi siempre en lo contrario.

    A nuestro alrededor se abrazaban y despedían, se ayudaban con sus bultos. Y estaba, por otra parte, el empeño de esos edificios en no caer, en no volverse ruinas. De modo que la perseverancia de toda una ciudad podía entenderse como lucha entre tugurización y estática milagrosa.

    Llegó otro tren repleto.

    Pero si lo que yo quería era conseguir mi título de urbanista, no había oído hablar de nada de eso, porque un jurado de la facultad no querría saber de derrumbes. La ciudad tenía los mismos bordes fijos, no daba seña ninguna de extenderse. Donde caía una edificación no levantaban otra. Salíamos del derrumbe del modo más barato, con la construcción de un parque, de un espacio vacío. Las parejas hallaban los rincones que podían, las mujeres quedaban preñadas en aquellas citas, las salas de maternidad se repletaban, los muertos demoraban en morirse…

    Mi tutor y yo veíamos cómo se vaciaba otra vez la terminal de trenes, cómo arribaban a la ciudad oleadas de tugures.

    Una semana más tarde recibí la visita del profesor D. Iban a publicarle su libro y venía a buscarlo, y esta esperanza hizo que se extendiera a hablar de proyectos. Encendía con un cigarro el inicio de otro y conversaba de los libros que vendrían. Prometió que esperaría a mi graduación para sumarme a sus investigaciones, quería también que mi tutor entrara en ellas. Habló de formar un equipo de trabajo como el que había tenido alguna vez. Luego, sin causa aparente, se desanimó, dejó de hacer planes, y descreyó incluso de la publicación prometida.

    Fue entonces que le oí hablar de los tugures. El cigarro en la boca o lo sombrío de su ánimo impedía a veces entender sus palabras, pero aquí está lo que alcancé: Los más viejos edificios de la ciudad llamaban la atención de los tugures. No pasaba mucho tiempo hasta que un primer tugur se iba a vivir al edificio merodeado. Ese primero conseguía traer a otros y poco a poco lo llenaba todo con su gente. Reunidos en el edificio (mientras más alto mejor y mejor todavía mientras más soberbio), sacaban de una habitación chiquita cuatro habitaciones, de un piso hacían dos. Horadaban las paredes para meter las vigas de sus barbacoas. Y parían sin piedad las mujeres tugures, y llamaban cada vez a parientes más lejanos.

    Cada noche al acostarse, dejaban caer sus cabezas en la almohada con deseos de dar el último golpe sobre la tierra. Buscaban el derrumbe por todos los medios. Y no para morir, pues un tugur legítimo propiciaba la caída de un edificio sin que se le posara encima ni el polvo de un ladrillo. Sus triunfos consistían en regresar a casa y no encontrarla en pie. Había que verlos entonces entre quienes de verdad sufrían, haciéndose contar, con la más hipócrita de las expresiones en la cara, cada uno de los pormenores del desastre.

    «¿Para qué?»

    D no pareció entenderme.

    «¿Para qué echan abajo los edificios?», concreté mi pregunta.

    «Son de sombra ligera, tienen sangre de nómadas», me dijo. «Y es duro ser así en una isla pequeña.»

    «Piensa en que el horizonte se alcanza enseguida. Das dos pasos, llegas a la costa, y todas las promesas que te fue ron hechas como nómada resultan nada. Lo que la sangre te dicta en cada anochecer es cuento de camino si la tierra no sigue.»

    «Pero si no puedes salir, entonces entra», recomendó. «Quieto no vas a quedarte.»

    Su entusiasmo había vuelto a la carga.

    «Cuando no encuentras tierra nueva, cuando estás cercado, puede quedarte todavía un recurso: sacar a relucir la que está debajo de lo construido. Excavar, caminar en lo vertical. Buscar la conexión de la isla con el continente, la clave del horizonte.»

    Encendió el último cigarro que le quedaba. Hicimos silencio durante unos minutos.

    «Nada es como que se derrumbe el edificio donde vives», soltó.

    «Si tu casa se viene abajo, te queda todavía la propiedad sobre la tierra. Te queda tu rincón y puedes empezar de nuevo.»

    Miró el estado de mi apartamento y pareció encontrarlo demasiado sólido.

    «Pero cuando cae el edificio donde has vivido toda tu vida», agregó, «descubres que hasta entonces no has tenido más que aire, más que el poder de flotar inconscientemente a cierta altura del suelo. Y perdido ese privilegio, ya no te queda nada».

    Consumió su cigarro hasta que labios y mejillas no pudieron sacarle más humo.

    «Entonces las circunstancias hacen de ti un tugur», fue lo último que dijo, y una o dos horas antes del amanecer se marchó.

    «¿Tienes contigo el tratado?», tuvo que repetirme esa misma tarde la voz de mi tutor en el teléfono.

    Miré el reloj sin ver la hora, me aclaré la garganta para decirle que el libro ya estaba devuelto.

    «D vino anoche y hablamos toda la madrugada… Me acabo de despertar ahora mismo.»

    «Discúlpame, pero esta mañana D murió en un derrumbe.»

    Eran casi las cinco de la tarde.

    «Le cayó encima el techo de su casa.»

    Prometí que estaría en el apartamento de mi tutor cuanto antes. Y todavía sin recuperarme de la noticia, recordé a aquellos tipos que desmontaban madera de un apuntalamiento y clavaban encima del techo de D.

    Había sido el único en morir.

    «Le construyeron una barbacoa encima.»

    «Más bien parece un suicidio», dijo lleno de calma mi tutor. El edificio estaba declarado inhabitable y él quiso correr el riesgo de seguir adentro.

    «Hablé con su ex mujer en el reconocimiento del cadáver. Será mejor no remover las cosas.»

    Ex mujer, ex profesor… Ya estaba de lleno en el tiempo que parecía corresponderle.

    «Voy a hacer un café», consideró mi tutor.

    Yo me fui al baño. Algo que no sabría explicar, una sospecha, hizo que empujara otra puerta, y entrar a la habitación del final del pasillo fue como entrar a otra casa. El piso había sido levantado y era apenas de cemento sin frotar. En una esquina se alzaba un horno hasta la altura del techo y en otra quedaba la vieja mesa de dibujo de cuando mi tutor era estudiante. Al avanzar, con cuidado de no hacer ruido alguno, una cuerda rodeó mi cuello.

    Tendida de pared a pared, colgaban de ella papeles humedecidos que la oscuridad me dejó reconocer como billetes. Junto al horno encontré una maleta llena de monedas como la que yo había sacado del cuenco. Hechas de la misma aspereza del piso de la habitación, habrían salido de aquel horno. Mi tutor alquilaba el cuarto al hombre de la terminal no precisamente como dormitorio.

    Oí ruidos de afuera y sólo tuve tiempo para guardarme unas monedas. Los billetes húmedos, raros también seguramente, quedaron en la tendedera.

    «Fue una trampa lo del libro», dijo mi tutor al entregarme la taza.

    Si le habían prometido publicárselo, quienquiera que le hubiera hecho tal promesa quería el libro hundido en el derrumbe, debajo de los escombros, sepultado.

    Razonaba ahora con las razones de su amigo muerto.

    «Quiero mostrarte algo», me indicó en voz baja.

    Metí una mano en el bolsillo y palpé las monedas robadas. En un estante de libros, junto al extraño plano del cólera, él guardaba un cuaderno de lomo de tela. Le puso un dedo encima y estuve a punto de creer que el estante se abriría a un corredor secreto.

    «Si algo pasara», me confió, «aquí están mis notas de lecturas. Es lo único que queda de ese libro».

    «¿Qué puede pasar?», pregunté con sonrisa poco verosímil.

    El viejo profesor expulsó todo el aire de sus pulmones.

    «Un accidente cualquiera.»

    Se sirvió otra taza de café, como nunca acostumbraba.

    «No lo sabía», me dijo. «Cuando te llevé allá, quiero decir. Cuando te lo puse en las manos.»

    Pregunté qué era lo que no sabía entonces.

    «Los que han estado cerca de ese libro han terminado mal», dijo.

    Enumeró personas y accidentes. Todo el equipo del profesor D había encontrado finales poco halagüeños. Pero hasta hace unas horas el autor de aquel libro vivía y lo ocurrido podía tomarse como una cadena de casualidades.

    «Ahora quedamos tú y yo.»

    El asesinato perfecto derrumbaba, con el muerto, la escena del crimen.

    «Perdóname.»

    Pregunté qué debía hacer con esas notas en caso de que sucediera algo.

    «Salvarte», ordenó mi tutor.

    En la calle, a la luz de la tarde, revisé las monedas. «A mí me ronca arriba», estaba inscripto en una de sus caras. «A mí me ronca abajo», se leía al voltearlas.

    De noche, cuando el derrumbe dejó de ser atendido por curiosos, estuve allí. Un perro daba vueltas y se coló entre los escombros, en busca de algo. Después alguien silbó, unos pedazos de pared se removieron, y el perro salió del túnel que había excavado.

    Al fondo, como en esos juguetes de niñas a los que se les abren las fachadas, la única pared en pie conservaba los rótulos de calles del profesor D. Y me acordé del título de un libro que él planeaba escribir: Un arte de hacer ruinas. Entre volverse un tugur o ser un muerto, había elegido lo segundo.

    Después de la muerte de D, lo primero que hacía cada mañana era asegurarme de que mi tutor se encontraba sano y salvo. La tesis avanzaba lentamente y la puerta de la habitación del fondo no volvió a estar abierta. Una tarde en que estuve solo en el estudio, mientras hojeaba el cuaderno de lomo de tela, vi reflejado al huésped de la habitación del fondo en un cristal y, al volverme, no lo encontré ya.

    A la siguiente mañana nadie levantaba el teléfono de aquella casa. Hallaron a mi tutor sentado en una de las butacas de su estudio, muerto. La luz entraba por las ventanas como hacía mucho tiempo. En la biblioteca faltaba el cuaderno y la habitación del fondo guardaba solamente una mesa de dibujo. Ni rastro del horno y la tendedera de billetes falsos.

    «Infarto del miocardio», dictaminó el forense.

    La muerte parecía haberlo encontrado en su butaca mientras reposaba. No se le había desplomado el techo encima y no se percibían señales de violencia en el cadáver. Tenía puestas sus gafas de leer sin libro alguno a mano, hojeaba seguramente el cuaderno robado.

    «Salvarte», me había aconsejado.

    Yo guardaba en un bolsillo las únicas pruebas del extraño trabajo clandestino en la habitación del fondo, y no tenía claro qué participación había sido la de mi tutor en ello.

    Durante semanas mantuve la vigilancia por los alrededores de la estación de trenes, me vi obligado a abandonar el trabajo en mi tesis. Una tarde, a punto de desistir ya, vi bajar de un tren al antiguo huésped de mi tutor.

    Cargaba la maleta que ya le conocía y hablaba con una mujer que lo sobrepasaba en estatura. A diferencia de otros recién llegados, no llevaba prisa. Fuimos de aquí a allá en paseos inútiles. Por lo nimio de sus ocupaciones sospeché que esperaba la hora de una cita.

    Ya de noche lo seguí por una avenida sin iluminar. Los árboles hacían más oscuro el sitio y él se detuvo ante la boca de un túnel que debía ser refugio antiaéreo. Miró hacia todos lados sin conseguir verme, abrió una reja y entró.

    Un auto iluminó por un instante el sitio y estuve a punto de convencerme de que nada era real, ni la reja sin cierre en la boca de un túnel, ni la pared de piedra detrás de los árboles. Yo seguía a un desconocido sin saber bien para qué.

    Dentro del túnel, demoré en descubrir claridad suficiente. Abrí una cuchilla que llevaba conmigo y traté en vano de escuchar pasos. La poca altura obligaba a avanzar encorvado. Pronto el piso se volvió de cemento y llegué a la intersección con otro túnel completamente a oscuras, de diámetro más grande.

    Unos tablones de madera indicaban la continuación del camino, por el suelo corrían hilos de agua.

    «Un ramal del metro que no será», me dije.

    Aumentó la pendiente, el cemento rugoso se agarraba a las suelas de los zapatos. Me pareció escuchar pasos, me detuve, pero al silencio que hice no lo interrumpió nada. La iluminación empezó a ser brillante y descubrí que el camino desembocaba en una gran luz. Debía tratarse de otra intersección, esta vez iluminada. Cuando un brazo me detuvo, dejé caer la cuchilla.

    Detrás de los barrotes de una de las paredes, una mujer me extendía su brazo. Miré el tinte encendido de su pelo, la cuchilla en el piso y la luz del final, más allá de la cual no parecía haber nada.

    «A mí me ronca arriba», pronunció con la mano extendida.

    Apilaba monedas como las que yo guardaba en mi bolsillo. Hizo un gesto de impaciencia y lo aplaqué, dejé una de esas extrañas monedas en su mano.

    «A mí me ronca arriba», repitió sin dejarme pasar.

    «A mí me ronca abajo», completé la contraseña.

    Si a tantos metros bajo tierra se abría una taquilla, el espectáculo que me esperaba tendría que ser muy raro. Di un paso atrás y la cuchilla ya no se encontraba. Al final del túnel la luz brillaba más que en un día soleado. El espacio, una vez que se entraba a tanta claridad, era enorme. Reflectores dispuestos en el techo no permitían imaginar que existiera techo alguno. Un cielo de playa, de radiante verano, se abría sobre mi cabeza.

    Pocas cosas ocupaban ese espacio que parecía no tener fin. No se veía a nadie y la desolación de tan gran lugar no invitaba a avanzar. Sería tan aburrido como recorrer un sol. Luego percibí unas líneas, un plano de ciudad trazado a escala natural. Y no demoré en ver, aquí y allá, distantes unas de otras, algunas edificaciones. El entendimiento, lo mismo que la vista en medio de tanta luz, se abriría poco a poco a certidumbres que prefería no tener. Así que intenté el regreso.

    Pero me fue imposible hallar salida. Había llegado a una ciudad de pesadilla y no sabía despertarme. Saqué las monedas en espera de algo que no ocurrió y me acordé, sin razón, de la esquina de Cuba y Lamparilla. O con no menos razón que la de estar en aquel sitio bajo tierra.

    De no salir inmediatamente, tendría que reconocer que allí existía una ciudad muy parecida a la de arriba. Tan parecida que habría sido planeada por quienes propiciaban los derrumbes. Y frente a un edificio al que faltaba una de sus paredes, comprendí que esa pared, en pie aún en el mundo de arriba, no demoraría en llegarle.

    Se trataba del edificio del profesor D levantado de nuevo. Yo tendría que cruzar su entrada y buscar la puerta que contenía una puerta más pequeña, tendría que cerciorarme de que era en todo igual. Sólo así, más entrampado aún que al atravesar una taquilla y meterme en tan gran luz, habría llegado a Tuguria, la ciudad hundida, donde todo se conservaba como en la memoria.

    «Mi pensamiento está muy lejos, en la soledad de Bethmoora, cuyas puertas baten en el silencio, golpean y crujen en el viento, pero nadie las oye. Son de cobre verde, muy bellas, pero nadie las ve. El viento del desierto vierte arena en sus goznes, pero nadie llega a suavizarlos. Ningún centinela vigila las almenadas murallas de Bethmoora, ningún enemigo las asalta. No hay luces en sus casas ni pisadas en sus calles. Está muerta y sola más allá de los montes, y yo quisiera ver de nuevo a Bethmoora pero no me atrevo.»

    Le escuché muchas veces a mi abuelo esta frase. Aprendí sus palabras sin comprenderlas del todo, sin saber si aludían a una ciudad real o imaginaria. Y como ocurre con tantas citas de la memoria, su momento definitivo le llegó tiempo después, inesperadamente.

  • El día que no fui a Nueva York

    A Sonia: Versión moderna del hada de los deseos

    DEAR MRS. FERNANDEZ: YOU ARE INVITED y en el membrete de la hoja la dirección del HUNTER COLLEGE: LEXINGTON AVE. AND 68 STREET, NEW YORK, NUEVA YORK. Levanté la vista hacia los rascacielos de la Gran Manzana, donde dicen que no da el sol en las calles, y me encontré con la luz cegadora de La Habana al mediodía.

    Empecé a soñar. A ir a Nueva York. Y Paseo se convirtió en Fifth Avenue y el Almendares en Central Park. El Malecón era simbiosis del Hudson y el East. El art déco «López Serrano» el Empire State y La Torre el mirador del World Trade Center y desde allí, en la noche, el Vedado se hizo Manhattan.

    Y pensé que, hasta ese día, mi vida había sido una serie de actos preparatorios de este viaje porque Nueva York me estaba esperando desde la primera postal y porque algo en mi persona vivía allí desde siempre. Y que si mi alma se conciliaba con algún otro espacio era con Nueva York. Una ciudad repleta de personas que dicen ser newyorquinas. Que tolera el enjambre y recibe a todos sin saludar a nadie. Donde todos son extranjeros y los turistas se sienten en casa. La ciudad. La que hicieron los inmigrantes para mostrarla al resto del mundo.

    Dejé de vivir. Dividí mi tiempo en actos racionales y dementes. Entre los primeros solicité mi permiso de salida, insistí day by day hasta tenerlo. Llené mis planillas y las envié a la Sección de Intereses. Y me dediqué a desesperar.

    Comencé a vivir una vida prestada. Días que sólo tendrían sentido por ser los anteriores al viaje. De día era un robot haciendo movimientos mecánicos mientras mi cabeza hacía planes, itinerarios, cambiaba de metros y gritaba en las calles (dicen que en Nueva York se puede hacer todo y nada es causa de asombro) porque era intensamente feliz. Y Woody Allen tocaba clarinete en mi oído, mientras Sinatra y Liza Minelli cantaban New York, New York.

    Pero las noches eran fascinantes. Inmóvil entre la ansiedad y el terror, pensaba en New York y cada pedazo de mí se estremecía en la espera. La ciudad me aguardaba y yo iba hacia ella. Y había en esto deseo, lujuria y todas las sensaciones se aglomeraban y mezclaban. Mundana, peligrosa, atrayente, sabia, snob, culta, naif, marginal, famosa. A un amante no se le podía pedir más. Quería zambullirme en las luces y la gente y que la ciudad se tragara mi persona con sus pequeñas vanidades en modesto sacrificio a esta diosa pagana.

    San Juan de Letrán se parece a St. Patrick. Sobre todo el altar de la derecha, donde está Dios con los dos ángeles. Nunca voy a estar más cerca de Nueva York que en esta esquina blanca, oscura y gótica. Y pedí: no salud, ni bienestar, ni prosperidad, ni paz. Bendiciones abstractas y duraderas. Sino algo muy concreto. Ir a Nueva York, aunque sólo pudiera caminar por las calles como una vagabunda. Miré a Dios para asegurarme de que me escuchaba. Yo nunca pido nada material. No es el síndrome del viaje que padecemos en esta isla sin fronteras, es algo más, me urge ir. Te prometo que si voy te llevaré flores a St. Patrick aunque tenga que robar los tulipanes de Park Avenue.

    Old New York. Uno de los trece estados originales que primero se llamó New Amsterdam y fue rebautizado en 1674 por el duque de York. Dentro: New York y allí Manhattan.

    Manhattan: mía y de Woody Allen, el psicoanálisis y la anhedonia. Con su gente apurada, sus yellows cabs y sus taxi drivers árabes, el embotellamiento y todo su mundo subterráneo de metros, reggae y hard rock. Conglomerado de modernas lombrices de tierra con bufanda y portafolio violando la dermis de la ciudad from uptown to downtown, to Chinatown con los chinos que conocen Pekín y Shangai por las historias gastadas de sus abuelos. To Little Italy con su Carrusel napolitano de Spaghettis y Tarantelas.

    ¿Y si no voy? ¿Y si esto es una jugarreta del destino para probar mi estabilidad emocional, mi capacidad para enfrentar la decepción? No puede ser, toda la fuerza de mis estrellas, astronómicas y astrológicas, dibuja una constelación y lo que veo en el cielo es la hemorragia de luces de la siempre insomne.

    Descendí una escalera improvisada, sin pasamanos. Junto al río se levanta un boceto de casa, en esta parte el agua no es sucia. Me siento en un banco que alguien seguramente botó por estar roto y me siento Mariel Hemingway o Diane Keaton in the bank of the river. Mientras, observo hipnotizada las manos apergaminadas que sostienen la baraja y me miran para que mis ojos le digan más de lo que ven y las cartas comienzan a hablar de lo que vendrá. La Sota de Espadas: un viaje. El As de Bastos: firmeza y luego, uno detrás de otro: 5 de Oro, 3 de Copas y 3 de Oro. De nuevo un viaje. ¿Seguro? Inquirí sintiéndome recoger mi equipaje en el Kennedy. Casi. Sota de Copas: Santa Bárbara, que será primero funcionaria de inmigración, luego de la Sección de Intereses y al final aeromoza que me llevará allá.

    Improvisé mi pequeño altar con flores y velas y a solas pedí, supliqué, rogué, imploré, mandé, ordené, exigí, requerí: Quiero ir a Nueva York. Y miré a la santa guerrera que en mi estampita tornasolada andaba el camino del destino. Tú sabes que no es Roma la Ciudad Eterna, sino esta, donde dicen que todo el mundo está loco.

    Claro, hay que ser muy insensible para permanecer cuerdo allí, inmerso en tanto superlativo sin caer en el estado de gracia de la demencia. O el caminito de la imagen se me antojaba Broadway, atrevidamente sinuosa entre tanto trazado perfecto de calles y llena de teatros con entradas carísimas para ver antológicas puestas en escena de El Fantasma de la Ópera o Los Miserables.

    Nueva York: colmo de todo, coctel de verbos, actriz de cine, mezcla de olores, sabores, cosmopolitismo con mayúsculas. Novia de todos y ciudad de nadie, que tiene el pasado en el MET, el presente en las calles y el futuro en el celuloide.

    ¿Y si de veras voy? ¿Y si se convierte en asfalto bajo mis pies y sus edificios en techo para mi cabeza llena de sueños, y el metro sólo en un simple servidor encargado de llevarme rápido de un lugar a otro? ¿Qué hace uno cuando los sueños se convierten en realidad? ¿Dónde guardo mi fantasía, mis cientos de New York acumulados para que estén a buen recaudo? ¿Cómo preservar la ciudad imaginada en mi cabeza y en mi corazón? Nunca la realidad ha superado los sueños y siempre la víspera ha sido mejor que el mañana. Entonces, cuando nos veamos, la habré perdido para siempre porque será la de todos y habrá quedado aprisionada en el vulgar lente de una cámara fotográfica: arquitectónica e inmóvil. Y se habrá acabado el platonismo, lo inalcanzable y ya no voy a poder amarla porque sólo se ama eternamente lo que…

  • Greenpeace

    Rigoberto Molina, alias Gravilla, Prisciliano Jiménez, alias Sangre’e mono y Bárbaro Casas, alias Negroemierda, estaban acurrucados y mustios en un rincón de la celda cuando un agente que parecía una mezcla de los tres abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarme pasar.

    —Si hay algún problema, grite —me advirtió—, yo estaré aquí cerca, viendo la telenovela. Anoche se acabó buenísima.

    Dije que sí y el policía se retiró. Moví una silla hasta ponerla frente a los detenidos, me senté y los miré solidariamente. Ellos me contemplaron con La expresión huidiza de tipos en cola para hacerse un espermograma.

    —Mi nombre es Nicanor O’Donnell —anuncié—, soy el abogado que va a defenderlos. Quiero que me lo cuenten todo sin ocultar ningún detalle, como se lo contarían a un amigo.

    Ninguno habló durante un par de minutos. Claro, habrían reaccionado ante el instructor, porque un oficial es un poder invulnerable, y es mejor avenirse con lo que no puede ser derrotado; mi cortesía, en cambio, estaría a sus ojos tiznada de debilidad, y en el débil uno puede vengar lo que el fuerte le hizo. Encendí un cigarro y les brindé la cajetilla. Sangre’e mono aceptó el convite, y me introduje por esa brecha.

    —¿Los han tratado bien?

    —Nos han tratado como a delincuentes —dijo Gravilla, en un tono vibrante que no dejaba dudas acerca de la injusticia implícita— y nada de lo que usted haga les quitará esa idea de la cabeza. El juicio va a ser una farsa, como siempre.

    —Debo entender que ustedes se consideran inocentes.

    Me miraron, belicosos.

    —¿Y usted no?

    —Yo lo único que sé es que los acusan de atentado al patrimonio cultural, sabotaje, distribución de propaganda enemiga, intento de sacrificio ilegal de ganado, agresión física al administrador de una granja estatal y usurpación de funciones, para empezar. Tienen que convencerme de que no son culpables, para que yo pueda convencer al juez.

    —¿Qué quiere decir usurpación de funciones?

    —Que estaban vestidos de milicianos cuando iban a matar a la vaca.

    —¡No estábamos matando a ninguna puñetera vaca! —chilló Sangre’e mono—, ¡al revés, queríamos salvarla! ¡Lo que pasa es que basta que vean a tres tipos disfrazados entrándole a golpes a otro, de noche, en la manigua y con una vaca al lado, para que piensen que los tres tipos son los malos!

    Convine en que la gente es muy superficial y dada a llevarse por las apariencias.

    —De todas formas, sigo sin entender —añadí con sinceridad—, ¿por qué no me lo cuentan desde el principio? Yo no tengo apuro. Pueden coger todos los cigarros que quieran.

    En definitiva lo hicieron. Gravilla no se mostró muy convencido de que valiera la pena, pero Sangre’e mono y Negroemierda estaban locos por reconstruirlo todo de nuevo, con la elocuencia que el oficial instructor les fragmentó y piloteó en el interrogatorio. Y yo, que había aceptado el caso de puro oficio y a desgana, comencé a descubrirme fascinado con el relato. Incluso le di algún dinero al policía para que fuera a comprar unos tabacos.

    Tres meses antes, Gravilla había citado a los otros dos en su barbacoa.

    Sangre’e mono había estado preso por tenencia ilegal de divisas, cuando tener divisas era ilegal. Y negroemierda pasó una noche en la tercera estación por darle dos pescozones en público a una mulata. Sin embargo, ninguno de ellos era un delincuente de raza. Los tres se habían desentendido de sus empleos y se ganaban la vida en el invento, es decir, vendiendo pulóveres, jabones y cassettes. En el barrio todo el mundo bacía lo mismo.

    Belén es una de esas vecindades en que se diluyen los silogismos y las fronteras. En cierto modo, nadie está al margen de la ley, y todos lo están. Geográficamente situada en la zona más densa de la ciudad, no ha perdido el espíritu de aldea. La habita la gente más pobre, y a un tiempo la más alejada de la naturaleza, pues no hay árboles ni flores ni agua suficiente. Es una barriada histórica, pero se vive al día. Y Sangre’e mono y negroemierda, con todo y ser folklóricamente incapaces de llegar puntuales a cualquier reunión social, se encontraron con Gravilla cinco minutos antes de lo acordado.

    —¿Cuál es el misterio, Gravilla? —preguntaron simultáneamente, después de una ronda de alcohol que en el contexto equivalía al five o’clock tea.

    —No es un negocio —aclaró Rigoberto—, es otra onda. Se los digo para que no se vayan afilando los dientes.

    Los demás no comentaron nada. Eran amigos desde antes de aprender a caminar, y durante todo ese tiempo Gravilla se había ganado entre ellos una indiscutida reputación de ideólogo. Viniera con lo que viniera, valdría la pena escucharlo.

    El anfitrión fue hasta la ventana y regresó con una maceta en la que campeaba un arbusto marchito. Posicionó el tiesto en el centro del corro y miró gravemente a los demás. Hubo un silencio especulativo.

    —¿Mariguana? —preguntó Sangre’e mono, con las membranas de la nariz vibrando como hocico de curiel.

    —No seas verraco —dijo Gravilla—, es un helécho. Bueno, un helecho muerto. La vieja lo cultivó y me lo dejó, y una semana después de partirse ella se muere el helecho.

    Los otros se miraron. Ya le habían dado el pésame a Gravilla en tiempo y forma. Por el fallecimiento de la madre, naturalmente.

    —¿Religión? —aventuró Negroemierda—. ¿Quieres decir que el alma de la vieja estaba enlazada con la de la matica esa?

    —Por algo te dicen Negroemierda. Coño, ¿ustedes no vieron la televisión anoche? No hubo apagón ni descarga ni motivito ni nada, así que tuvieron que verla.

    —¿La novela?

    —No. El programa sobre la destrucción del medio ambiente.

    Los invitados pestañearon, inseguros.

    —Yo lo vi —asintió Sangre’e mono— pero no le hice cráneo. ¿Por qué no te explicas de una vez, Gravilla? ¿Quieres vender helechos a los extranjeros?

    —Quiero —dijo Gravilla, con especial resonancia— fundar un Comando Ecológico.

    Aquello fue como una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU en plena huelga de traductores simultáneos. Negroemierda se quedó incólume, pero Sangre’e mono saltó y corrió hacia la puerta.

    —¿Tú estás loco, asere? Yo no quiero volver al tanque, y mucho menos por candelas políticas. Si vas a poner bombas o regar papeles, gózalo tú solo. Voy echando.

    —Siéntate, Prisciliano —ordenó Gravilla—, o acaba de ponerte en cuatro patas y comer yerba. Un Comando Ecológico no tiene nada que ver con la política.

    Desconcertado al oírse llamar por su nombre de pila, Sangre’e mono obedeció, no sin persignarse furtivamente.

    —Oigan, y entiendan. Una de las cosas que le juré a la vieja antes de partirse fue precisamente que no iba a acercarme al tanque ni para que me cogieran las medidas. No, yo tampoco quiero meterme en rollos, ni pasarme la vida vendiendo jabones o toreo una alemana. No, caballero, hay cosas más importantes, vaya, que le atañen a todo el mundo. ¿Saben ustedes que todos los días desaparecen miles de animales y plantas?

    —¿Se los roban? —infirió Negroemierda.

    —No, seboruco, se mueren, se extinguen. ¿Desde cuándo ustedes no ven una cotorra suelta? Ya no quedan ni en Isla de Pinos. Mi abuelo cazaba venados en el monte, miren a ver si encuentran uno ahora. ¿Y jutías? Y eso que en Cuba no estamos tan mal. Ya casi no hay ballenas, por ejemplo. Ni tigres, ni ese tipo de oso chino, blanco y negro con una mancha en el ojo, no me acuerdo cómo se llama. ¿Les parece puerco el río Almendares? Bueno, así está el mar dondequiera.

    —Es verdad —admitió Sangre’e mono—, el domingo fui a la playa y había un mojón flotando.

    —¿Se dan cuenta? ¿Y los árboles? Sin árboles no va a haber aire, va a crecer el hueco ese del ozono y nos vamos a achicharrar todos. Coño, la muerte de la vieja y del helecho me puso a pensar. En lugar de vivir en la que se cae, hay que pensar en cosas grandes, caballero, o el mundo se te hace muy chiquito.

    Negroemierda llevaba más de un minuto moviendo la cabeza de arriba abajo, y siguió haciéndolo. Sangre’e mono encendió un cigarro, gesticuló como un rapero y soltó una andanada de objeciones.

    —¿Y qué carajo vamos a hacer nosotros tres, Gravilla? Eso es cosa del gobierno. Aquí todo tiene que estar controlado; si armas un grupúsculo, aunque sea de tomadores de refresco con pajita, te miran atravesao. ¿Y de qué vamos a vivir, si nos pasamos todo el tiempo en lo del Comandado Escatológico?

    —Ecológico. La ecología es la ciencia que estudia cómo hacer que los animales y las plantas no se mueran. Ahora en todo el mundo hay mucha gente preocupada por eso. Se llaman los Verdes, y tienen hasta partidos.

    —¿Partidos? ¿Y me estás diciendo eso para tranquilizarme? Candeeela…

    —Déjame hablar, cojones. Miren, nosotros no vamos a hacer nada malo. Dondequiera que alguien amague con tumbar una mata por gusto, le caemos y discutimos con él. Si un tipo piensa echarse un animal o lo hace sufrir, le bajamos una muela. El gobierno no tiene que enterarse. ¿Y de qué vamos a vivir? Chico, por el momento, de lo mismo. Tú puedes convencer a un tipo de que no tumbe un pino, y después venderle un pulóver. No hay ningún conflicto ideológico en eso. Lo importante es saber que estamos haciendo algo útil para que los helechos no se mueran.

    Dicho esto, Gravilla les pasó la botella de alcohol. Negroemierda bebió con parsimonia, y luego le palmeó el hombro al anfitrión.

    —Chico, lo que es a mí, ya me tocaste la bomba. Coño, si parece una cosa linda, como cuando éramos pioneros. Y hasta podemos conseguir una pincha decente y salir de una vez del giro de los jabones. ¿Tú crees que haría bien si voy y hablo en la fundición, a ver si tienen algo para mí?

    —Claro —dijo Gravilla.

    El primer Comando Ecológico independiente del país, o de la ciudad, o por lo menos del barrio de Belén, se proyectó a la vida social el domingo siguiente. En los días que mediaron entre la reunión constitutiva y el fin de semana, Negroemierda, elegido jefe de Información, recortó y archivó cuanto artículo sobre el tema le cayó en las manos, incluyendo una vieja edición de Robin Hood. Partiendo de lo que se decía en aquellos textos, era indudable que los ecologistas constituían una fuerza noble y pujante en el mundo civilizado, y que Greenpeace, su blasón, contaba con barcos y aviones y oficinas. Sangre’e mono sugirió ponerle un nombre al Comando, cualquier nombre menos inquietante que Comando, y lanzó algunos, que iban desde El rayo Verde hasta José Martí, pasando por un verso de Lorca. Gravilla dijo que no, que el nombre no hacía falta, y Negroemierda, que era un tipo influenciable, estuvo de acuerdo.

    El domingo, a guisa de debut, Gravilla convocó a una ofensiva para ayudar a los animales callejeros. Recogieron cincuenta gatos, dieciocho perros, cuatro ratones, una jicotea, doce lagartijas, seis gallinas y alrededor de noventa cucarachas.

    Concretamente fue Sangre’e mono quien trajo las cucarachas, y Gravilla lo amonestó en el seno de la organización.

    —No seas animal. Las cucarachas son bichos dañinos.

    —¿Y qué? Tú no pusiste límites. Dijiste que hay que proteger a todos los animales. Las cucarachas no tienen la culpa de ser cucarachas y de que les guste posársele encima a la gente.

    —Bueno, pero hay prioridades. Las jicoteas pueden extinguirse, pero nunca he leído que se extingan las cucarachas. Al contrario, cada vez hay más. Suéltalas. Y échale los ratones a los gatos.

    —Eso plantea un dilema ético —dijo Negroemierda, que había leído muchísimo en los últimos días—; ¿vamos a propiciar la muerte de los ratones? A lo mejor los gatos se los comían, a lo mejor no, pero si se los echamos seguro que se los comerán, y es del carajo que seamos nosotros los que alteremos el equilibrio ecológico causando la muerte de cinco roedores.

    —Está bien. Dales un poco de ventaja. Ponlos a un metro de los gatos y suéltalos. Y ya que hablaste de dilemas éticos, devuelve las gallinas.

    —Eran gallinas callejeras —se defendió Negroemierda, pero los demás lo miraron de arriba abajo y cedió un poco—, bueno, casi, casi. Había una posada en la cerca.

    En definitiva, se pusieron con cincuenta pesos cada uno —cotización mensual, según Gravilla—, compraron dos libras de leche en polvo y se la dieron a los perros y los gatos y los reptiles. Estos últimos, en franco desprecio por la iniciativa Verde, echaron a reptar y se escaparon, pero los demás agradecieron el alimento, si bien un gato arañó a Sangre’e mono.

    —Y ahora, ¿qué? —preguntó el herido—, ¿vamos a vender pulóveres para mantener a los perros y los gatos cada semana?

    —Éste es un acto simbólico, animal. Somos un Comando, y hacemos lo que podemos.

    —No vuelvas a decirme animal, asere. Se supone que los estamos defendiendo, no podemos usarlos como insulto.

    Negroemierda empezó a trabajar de sereno en la fundición, y se llevó todos los libros para leerlos en su puesto. A la semana le contó a los otros que Buda prohibía matar cualquier cosa que alentara, y que los budistas se habían agotado en polémicas seculares para dirimir si un discípulo de Siddharta tenía derecho a pisar hormigas a su paso, toda vez que podía aplastar a un sabio reencarnado. Para no chapotear en el mismo pantano lógico, Gravilla dispuso considerar especies protegidas a los animales mayores de cinco centímetros, principalmente mamíferos y aves, domésticos o no, siempre que no fueran vectores de enfermedades o no los estuvieran criando para el fin de año. Y ésta fue, a grandes rasgos, la política que siguió el Comando en lo tocante a la fauna local.

    La flora preocupaba especialmente a Gravilla. Su devoción conservacionista nació de un helecho con valor filial; así, al domingo siguiente llevó a sus mesnadas a una cuadra del Vedado en que se planificaba podar arbustos con trabajo voluntario. La encendida filípica con que fustigaron a los irresponsables devolvió como secuela una inesperada acusación de saboteadores del trabajo del CDR, y la consecuente amenaza de llamar a la policía. El Comando optó por una retirada táctica, pero esa misma noche, bajo los ronquidos de la guardia cederista, desenterraron los arbustos mutilados, los llevaron al Bosque de La Habana y los plantaron allí.

    Dos meses después de la asamblea fundacional, la ejecutoria del Comando incluía operaciones tan sonadas como las que se relacionan:

    1. Concienzudo vapuleo de un viejo, dueño de un coche y un caballo, por montar treinta niños —a dos pesos per cápita— en cada vuelta recreativa a la manzana, con innegable perjuicio físico y, presumiblemente, moral para el equino. En lo adelante, el anciano montó a sólo diez niños, bien que a seis pesos el boleto. Los padres de los niños se quejaron, el viejo delató al Comando, pero la cosa no pasó de ahí porque el caballo pereció ese mismo día, de una hernia monstruosa.

    2. Excursión a un balneario costero para recoger latas y desperdicios. La basura, en seis grandes bolsas de nylon, fue acarreada por los tres miembros del Comando y otras tantas muchachas, conocidas ocasionales de la playa, hasta un vertedero clandestino en medio del barrio. Después se prendió fuego al vertedero, con el saldo colateral de dos tendederas chamuscadas y tres gatos absolutamente carbonizados; entre ellos, el agresor de Sangre’e mono. Los cadáveres fueron llevados subrepticiamente al Zoológico y arrojados como ofrenda en la jaula de los tigres.

    3. Trasquilado de un perro de raza husky, mascota de un vecino, en consideración a lo que debía sufrir un animal oriundo de Alaska en plena canícula habanera. El dueño del perro intentó protestar; se le dieron una explicación y un puñetazo, aunque no en ese orden. Después, para compensarlo, se le vendió un pulóver barato.

    4. Siembra de árboles en zonas excesivamente urbanizadas y polutas, como el propio barrio de Belén. En vista de que no había mucho espacio ad hoc, el Comando decidió romper algunos tramos de acera, traer tierra vegetal de un solar yermo, cegar con ella los huecos y plantar ahí las posturas. Helechos, ante todo. Los niños sorprendidos arrancando los retoños fueron inmediata y drásticamente reprimidos.

    Etcétera. Un largo etcétera.

    Al cabo de los dos meses, Negroemierda perdió su trabajo, y los demás no habían conseguido uno. El subatendido negocio de los pulóveres y jabones apenas si bastaba para cotizar. En cambio, la pasión ecologista había subido en la columna de mercurio. Hacer el bien social es un virus de acción rápida, y la enormidad del mal que se ha retado exige y encandila. Basta, si no, mirar el planeta desde cualquier ángulo.

    —Estuve pensando —dijo un día Negroemierda, devenido el verdadero teórico del movimiento, en tanto que Gravilla se ocupaba cada vez más del plano operativo—: coño, todavía no hay nada que nos identifique. Hay que jugar al duro. Esto viene desde los ascetas, pasando por Robin Hood, Rousseau y los hippies. Todos ellos volvieron a la naturaleza. Al verde. Nosotros somos Verdes. Tendríamos que adoptar un uniforme, para vestirlo durante las acciones ecológicas.

    —Un uniforme… —reflexionó Sangre’e mono—, bueno, yo puedo resolver unos metros de poliéster verde con un socito, pero nos va a salir caro.

    —No hace falta —dijo Gravilla— caballero, con tres uniformes de miliciano resolvemos. Yo tengo dos mudas, de cuando me movilizaban por la Reserva.

    —Y yo tengo otro —anunció Negroemierda—, ¿ven? Es lo que yo digo, hay que empezar por la imagen. A los uniformes les bordaremos un almiquí en el bolsillo. También podríamos dejarnos el pelo largo y meternos a vegetarianos. La onda natural, ya saben. Pero de nada servirá si no subimos la parada. Hay que hacerse sentir de verdad, lograr que la gente hable de nosotros.

    La propuesta de restringir la alimentación a lo aportado por el reino vegetal no tuvo buena acogida, pero las otras sí. Durante el tercer mes, unos locos peludos y barbudos, vistiendo uniformes verde olivo recientemente entallados, empezaron a hacer leyenda en la ciudad. Sobre todo después de que alguien dijo haberlos visto rondando por allí la noche antes de que apareciera un helecho arborescente, de diez metros, trasplantado en medio de la Plaza de la Catedral.

    La barbacoa fue rebautizada Cuartel General, y abrió una oficina de atención al público. Cualquiera podía ir allí y denunciar un caso de crueldad con animales o plantas, de irresponsable deterioro del entorno. Gravilla y Negroemierda intentaron matricularse en un Taller Internacional de Política Ecológica, convocado por la Academia de Ciencias, pero, quién sabe por qué, ambas solicitudes fueron rechazadas. Sangre’e mono asumió entonces la tarea de contactar activistas extranjeros, pero a la segunda noche hubo una redada frente al hotel y logró escabullirse a duras penas.

    El Comando no era una facción política. Pero eso sólo lo sabían ellos. Cuando escuchó planes para bloquear con hormigón las tuberías que desaguaban en el Almendares y con mierda la chimenea de una fábrica de accesorios plásticos, la mujer de Sangre’e mono lo dejó, vaticinándole un porvenir enrejado. En el barrio, la gente dejó de saludarlos, tomándolos por informantes o provocadores. En respuesta, el trío distribuyó carteles manuscritos con la leyenda PARA VIVIR EN ESTE PAÍS, PRIMERO HAY QUE LIMPIARLO.

    Entonces, en el clímax underground, un simpatizante, que los había, acudió al Cuartel General a contarles del oscuro contubernio entre el administrador de una granja estatal y unos delincuentes ahí para sacrificar una que otra vaca a su cuidado, a cambio de un rotundo porcentaje. Y les dijo que la noche siguiente iban a matar una Holstein, lechera recordista.

    —Tenemos que salvarla —dijo Gravilla, exultante—; vale más una sola vida que todas las posesiones del hombre más rico de la tierra.

    Y esa noche hicieron un juramento de sangre y Gravilla dijo que Negroemierda tenía razón, que había que ser vegetariano, e incluso debían buscar una forma de no comer tampoco vegetales, porque un verdadero ecologista debía superar a Buda. Y meditaron, y casi levitaron, y después se fueron a la vaquería y sorprendieron al administrador y le cayeron a trompadas pero en eso llegó la policía, porque el simpatizante, que era el dueño del cabrón gato que arañó a Sangre’e mono y luego murió achicharrado, les había tendido una trampa, y basta que vean a tres tipos disfrazados entrándole a golpes a otro, de noche, en la manigua y con una vaca al lado, para que piensen que los tres tipos son los malos, abogado.

    Eran las tres de la mañana, y Negroemierda se fumaba el último tabaco.

    —La desgracia fue vestirnos de verde —concluyó—; ahí nos volvimos locos.

    Pero coño, abogado, es que hay tanto por hacer… ¿Dónde jugarán los niños? ¿Lo ha pensado?

    No contesté. Gravilla, vuelto hacia la pared, parecía dormir. No había pronunciado palabra durante el largo relato de sus cómplices. Sangre’e mono lloraba sin pudor.

    —¿Podría hacer algo por nosotros? —preguntó, sorbiendo ruidosamente por la nariz.

    —Algo —dije—, pero va a ser difícil.

    El policía asomó en el umbral.

    —¿No está aburrido, abogado? Descanse un poco. Oiga, se perdió el mejor capítulo de la telenovela.

    —Ya voy —dije, y miré en silencio a los tres ecologistas. Tres marginales sin vínculo laboral, con cargos suficientes para diez vidas. La imagen rampante de la derrota. Me incorporé.

    —Si necesitan alguna cosa de momento, quizás pueda resolverlo. ¿Más cigarros?

    No contestaron. Fui hacia la puerta. Cuando iba a salir, escuché la voz de Gravilla.

    —Hay algo que quiero pedirle.

    Me volví. Gravilla tenía una expresión indefinible, entre suplicante y divertida.

    —Si está a mi alcance… —repuse.

    —Seguro que lo está. Un helécho. ¿Puede conseguirme un helecho? Uno pequeñito.

    Dije que ya vería, y me fui.

    4 de julio de 1996

  • Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2026

    Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2026

    El premio está diseñado para reconocer la excelencia en la poesía. Los participantes deben presentar una obra original en el género de poesía.

    Fecha de apertura de la convocatoria: Abierta

    Fecha de cierre: 16 de febrero de 2026

    Género: Poesía

    Premio: Recibirá un diploma y la cantidad de $500,000.00, además de la publicación de su obra.

    Participantes: Abierto a escritores mexicanos y extranjeros que residan en México, mayores de 18 años.

    Entidad convocante: INBAL y el Gobierno del Estado de Aguascalientes, México.

    Participación: A través de medios electrónicos.

  • El tartamudo y la rusa

    La idea que nos servirá de tema para nuestro próximo relato nunca se anuncia como tal desde un primer momento. Incluso no creo que exista el criterio que nos permita desecharla o aceptarla como buena. Sencillamente hemos oído o visto algo que le ha dado otra «vuelta de tuerca» a determinado aspecto del mundo que conocemos y lo masticamos lentamente sin poder determinar su naturaleza. Esa nube, amorfa y sin sabor, es sometida a análisis. Entreabriendo los labios dejamos escapar algo de ella para observarla a trasluz: ajá, una historia de amor. ¿Una interesante historia de amor? ¿Un vulgar triángulo tal vez?

    A partir de aquí iniciamos un cotejo inconsciente con todo lo que sabemos y recordamos al respecto. Se verifica, para expresarnos más claro, un proceso de búsqueda de un modelo literario (o modelo adquirido por medio de la lectura) que nos permita acercarnos con mayor o menor acierto a esta nueva experiencia y valorarla a la luz del conjunto de criterios y situaciones previamente formalizadas que lo conforman.

    Si damos con el modelo adecuado, el problema —en la mayoría de los casos— deja de interesarnos: nos limitamos a comprobar su identidad con alguno conocido (pueden ser necesarias ciertas aproximaciones que tengan en cuenta las especificidades del caso) y se le nombra.

    De no hallar uno que «cubra» o responda adecuadamente a nuestra historia surge un segundo problema que puede denominarse como «Problema de la formación de un modelo primario». Un análisis de este proceso y de la posterior utilización de los modelos ya existentes comportaría un especial interés pues quizá permitiría develar las causas que nos impulsan a escribir.

    Así, es la falta del modelo adecuado lo que nos lleva —una vez convencidos de que no conocemos alguno semejante— a conformar uno personal para explicarnos mejor una situación nueva, una historia, o, de resultar esto imposible, al menos formalizarla: convertirla en una unidad o bloque asociativo estable con el que nos sea más fácil operar sin «perdernos en la variedad».

    También es cierto que el modelo casi siempre existe porque ¿es acaso posible que en los muchos siglos de literatura no hayan surgido modelos universales, abarcadores de casi toda la experiencia humana? Resulta entonces una suerte que una vida normal no alcance para leerlo todo. Aunque dudo realmente que esto llegase a limitar a algún escritor muy leído pues siempre se registran mutaciones capaces de alterar la fidelidad del modelo. (Existen, no obstante, ciertas invariantes relacionadas con nuestra condición de humanos que fácilmente pueden ser explicadas por unos pocos modelos literarios y no literarios, pues los primeros no son sino reflejos de los segundos, vigentes desde siempre.)

    A veces el modelo es tan ajustable al problema que nos ocupa, que si alguna locación o algún nuevo matiz capaz de introducir un error de aproximación nos tientan a conformar uno propio, nos remuerde la conciencia y escribimos «como ocurre en un cuento de Poe», «una idea tomada de Chéjov», etc. Los exergos y citas no son sino eso: referencias al modelo literario que más se acerca a lo que uno mismo quiere decir.

    Esta historia del tartamudo y la rusa —para la cual no pude hallar en mi memoria un modelo ya listo— la oí de labios de un hombre que una noche me confundió con mi hermano mayor, médico de profesión.

    La contaré sin trampas, sin ocultar nada a pesar de haberme «visto de perfil» en más de un momento mientras la escuchaba. Esa noche un tal Jorge Torres, tomándome por médico, me pidió ayuda, facultativa para su esposa y espiritual para él. Esta última era la que yo estaba más posibilitado de dar y resultó ser, a fin de cuentas, la única necesaria en aquel caso. Digo que la contaré sin trampas porque quiero exponer el modelo que me conformé y tratar de hacer ver al lector qué paralelos encontré en mi memoria para determinados episodios a medida que iba escuchando y tiempo después por obra de pensar en ello. Esas llamadas que calzan el texto son como las fuentes de este trabajo y para ampliarlo habría que acudir a ellas.

    Por ejemplo cuando escribo «otra vuelta de tuerca» el lector enterado sabe a qué me refiero y qué idea debe asociarse a esta «pieza» de mi construcción. Así, y del mismo modo, todo lo demás. Tal vez sea muy joven para poder de otra forma: no he vivido casi y en cambio he leído mucho. Pude haber empezado in media res para azuzar el interés del lector, pero no lo quise por no alterar la lógica de lo que iba a exponer; porque primero medité extensamente sobre los modelos, luego sobre su posible utilización, y así lo he expuesto. La historia de amor, el tratamiento dramático también aparecerán, pero ya limpio de disquisiciones teóricas. A partir de aquí este es un cuento como cualquier otro.

    I

    La sala está casi a oscuras porque he olvidado encender la luz y continúo leyendo con la claridad que entra por la ventana. Afuera llueve y, sea porque la luz es ya tan tenue que no consigo distinguir lo escrito, sea porque me atrae el rumor de la lluvia, levanto la vista y sigo así, atento al freír de las gotas contra mi ventana. Al rato me envuelve una total oscuridad, he cerrado el libro y dejo que la brisa bañe mi espalda.

    Cuando por fin me dispongo a encender la lámpara, oigo el «chas» de unos pasos junto a mi verja. Pienso que es alguien que tiene prisa en llegar a su casa aguijoneado por el mal tiempo, pero no, los pasos vuelven, escucho que se abre la verja y tocan a mi puerta. Grito: «entre» sin haber prendido todavía la luz y mi visitante, que no me puede ver, al franquear el umbral se detiene en seco, asombrado ante mi habitación a oscuras.

    Acciono por fin el interruptor y lo invito a pasar. Le pregunto a quién busca. Quiere contestarme, lo veo boquear, levantar la cabeza y tensar el cuello como un asmático falto de aire y pienso que sufre uno de esos fuertes ataques que provoca la humedad de este mes del año.

    —Siéntese, ahora se le pasa —le digo tomándolo todavía por un asmático, y sólo cuando lo oigo balbucear con gran trabajo «¿Ud. es el doctor?» caigo en la cuenta de que se trata de un gago o tartamudo que al parecer, por el esfuerzo que le cuesta articular las palabras, está dominado por un gran nerviosismo.

    Como no se hace entender, me indica por señas que salga al portal: no es él quien necesita ayuda, sino su mujer, «mi mujer» acaba por decir y repite: «mi mujer, mi mujer». Una amiga suya, su novia, sabe Dios quién, yace sin conocimiento en el portal. Tiene el vestido desgarrado y está descalza.

    Entre los dos la entramos a la casa.

    —¿Qué le ha ocurrido? ¿Un accidente?

    El hombre niega con la cabeza.

    —¿Un ataque?

    —No, doctor, un desmayo.

    Lo miro sorprendido porque se ha expresado sin dificultad y le pregunto:

    —¿Un desmayo? ¿A causa de qué?

    —¿A causa de qué? De que le he estado pegando como media hora y ella sin decir palabra… Morirse es lo que debería.

    Le doy un vaso de agua para que se calme y le pido que tome asiento mientras me ocupo de su mujer. Como me ha llamado «Doctor» comprendo que me ha tomado por mi hermano mayor, el médico, que alguien debe haberle dicho que vive en esta casa. No intento sacarlo de su error porque la lluvia ha arreciado y, como al parecer, no es nada grave, la presencia de un verdadero médico no es necesaria.

    Le tomo el pulso a la mujer que sigue sin volver en sí, con una sonrisa en los labios. No parece que el marido le hubiese pegado mucho como dijo: no descubro hematomas grandes ni enrojecimientos, más bien parece un desmayo provocado por la tensión nerviosa.

    Estoy de espaldas a mi visitante, junto a su mujer, cuando una segunda voz me interfiere y, por un momento, pienso que alguien más ha entrado a la sala. No es la voz que me ha dicho entrecortadamente «mi mujer, mi mujer», ni tampoco la que ha silabeado ceceando: «morirse es lo que debería». Ésta es una voz grave, la voz de otro hombre.

    II

    Estuve por decirle que su historia no me interesaba. Pero dejé pasar el instante intrigado por el milagro de su nueva voz y cuando quise deshacerme de aquella historia que no quería oír, comprendí que de hacerlo cometería un crimen con ese hombre que necesitaba desahogarse con alguien.

    La historia se abría en un vuelo a once mil metros de altura. Entre él, Jorge Torres, que asistiría a unos cursillos en la URSS, y una bella mujer sentada al otro lado del pasillo se había establecido una corriente de simpatía: sorpresa fingida ante el complicado cierre del cinturón de seguridad, falso brindis por el suave despegue… Por fin ella hizo una pregunta que el aire algodonado de a bordo se tragó y Jorge, obligado a responder algo, se preparó a capturar al vuelo el asombro que provocaría su respuesta. Tardó un segundo en hacerlo, le sonrió de nuevo (lo había estado haciendo desde que notara las piernas de su vecina) y suspirando dijo por fin:

    —Yo soy gago, señora. Discúlpeme si no logra entenderme.

    Si era gago ¿para qué le había estado sonriendo a su simpática vecina?, se quejó ahora, ¿buscándose el problema? Balbucear «soy gago señora» (soy un desgraciado) era una petición de indulgencia, una vieja maniobra suya para incitar la lástima.

    Me dijo Jorge Torres que al momento se sintió bien bajo la mirada ligeramente estrábica de su interlocutora, porque sus ojos no lo miraron con la fijeza escudriñadora a que estaba acostumbrado, sino que flotaron frente a él como buscando alguna parte de su cara en la que posarse y, al no encontrarla, fueron a esconderse tras la banda de pelo rojo que cubría la mitad de su propio rostro. Después fueron sus manos las que puso en movimiento y, medio rostro cubierto aún por el pelo, sacándolas de sí como lo haría un hombre envuelto en un hábito, tomó las de Jorge entre las suyas y le dijo sin mirarle:

    —No se preocupe por eso, la tartamudez no es nada anormal.

    Al contarme esto, Jorge Torres se incorporó de un salto y haciendo un gran esfuerzo (de pronto se había alterado) me dijo:

    —¿Se puede usted imaginar que ya en el avión usó esas palabras: «la tartamudez», y no fui capaz de cortar ahí mismo nuestra conversación?

    Lamentarse ahora no tenía sentido. Cualquiera hubiera cometido el mismo error; además, la mujer era rusa. Hablaba el español bien pero con un acento que un año de estancia en La Habana, adonde había viajado para perfeccionarlo, no había eliminado.

    Jorge me enseñó una foto que llevaba consigo en la billetera. Una postal muy nítida hecha en un estudio de Moscú, con una dedicatoria en diagonal al reverso. Luego debía tener en cuenta aquel viaje en avión —su primer viaje en avión—, la suerte de encontrar una mujer que a las primeras palabras dichas con la inseguridad provocada por experiencias similares, le estrechó las manos e hizo el ademán de llevárselas a su regazo. Porque él registró ese ademán, ese gesto que no evolucionó porque aún no se conocían bien y que tiempo después llegó a serle tan familiar que ahora, al rememorar aquella escena, esbozó una sonrisa que resumía todo lo trágico— él se empeña en verlo así— de la historia de ellos.

    Una vez en tierra, ya amigos, tomaron un taxi que los llevó hasta Moscú. No sabía si volvería a verla otra vez pero era suficiente lo poco que ya tenía de su lado: el recuerdo del contacto con la piel suave de sus manos, el brillo de sus ojos y de su pelo rojo, lo muelle del asiento del taxi en el que viajaba relajado, hablando sin oírse, tan feliz que el mismo problema de su tartamudez, al que tantos disgustos le debía, no se le antojaba ahora digno de atención.

    Se acercaban a la ciudad. Las siluetas de los edificios se recortaban contra el fondo gris del cielo. Kilómetro a kilómetro se iba desvaneciendo el equilibrio que había surgido entre ellos dos, los abedules al borde del camino y las casas de campo entrevistas al paso con sus huertos y animales. El resto del viaje lo hicieron en silencio. Como él mismo expresó, «ya había dejado de gaguear alegremente». Estaba convencido de que esa ciudad fría y desconocida se la tragaría irremediablemente y le entró el temor de que se separarían y no volvería a verla jamás.

    Se despidieron en los bajos del hotel con un apretón de manos. Ella debía apresurarse para no alarmar a quienes la esperaban; pero mañana, bueno, hoy, lo llamaría a su habitación para saber cómo se había instalado.

    —¿Era agosto o julio? —le pregunté a Torres desde la cocina adonde había ido a preparar una limonada.

    —Agosto. Allí son muy frescas las noches en agosto, se siente bastante frío.

    Estuve parado en la acera hasta que el taxi se perdió de vista. Entonces entré al vestíbulo del hotel que a pesar de lo avanzado de la hora encontré lleno de gente: varios árabes que identifiqué por la manera de vestir, un grupo de italianos que parecían haberse reunido allí abajo con el propósito expreso de gastarse bromas y tres circunspectos ancianos de nacionalidad indefinida que regresaban de algún paseo y, esperando el elevador, estudiaban el comportamiento de los italianos con la vista fija, como científicos que observaran un fenómeno raro sin la menor simpatía.

    A los quince minutos ya estaba en mi habitación preparándome para dormir. Me senté en el borde de la cama frente a una gran ventana panorámica que permitía ver gran parte de la ciudad. Aquí y allá titilaban las vallas de neón y las luces de los apartamentos. Veía también la franja acerada de un río. ¿El Moskvá? Me caía de sueño. Busqué la frazada tanteando, sin volverme y apagué la lámpara de mesa. Ya debía estar bien lejos dentro del sueño cuando el timbre del teléfono me hizo desandar el tramo recorrido.

    Levanté el auricular.

    —Oigo, ¿quién habla? —no me acordaba de nada y me hacía en mi casa, en Cuba.

    —¿Es usted, Jorge? Es Elena quien le habla. ¿Ya está durmiendo? Me alegro, así sé que no tuvo problemas. Le volveré a llamar mañana. ¡Que duerma bien! ¡Chao!

    III

    Traje de la cocina una jarra con limonada y salimos al portal para no despertar a Elena. La había acostado sobre el diván de la sala, arropado con una manta, y ahora dormía profundamente. Afuera había cesado la lluvia. Torres prosiguió su historia:

    —Al día siguiente, al despertarme, descubrí a mi compañero de cuarto. Un hombre delgado, de unos treinta y cinco años, que ocupaba una cama junto a la mía. La noche anterior lo había sentido llegar como una hora después de la llamada de Elena y, aunque ya era hora de desayunar, seguía durmiendo. Lo zarandeé y volvió hacia mí una cara angelical por la paz del sueño. A mí me intrigó esa cara de justo que, como supe después, no tenía nada en común con su dueño. Pasados unos días, cuando sentado en el hall junto a Elena trataba de convencerla para que subiera a mi habitación, ella me preguntó con quién compartía el cuarto. Yo comencé a contarle sobre el cara de ángel y su vocación de playboy, cuando aquel pasó por nuestro lado haciendo correr su vista dos o tres veces de las piernas de Elena a su cara y limitándose a saludarme en voz alta pero sin mirarme.

    A ella pareció caerle bien porque le sonrió en respuesta. Me dijo: «Apuesto a que en Cuba trabaja en una cafetería (resultó ser cierto: estaba en Moscú como premio por su buen trabajo). ¿No ves lo bien peinado que va?». No acababa de decírmelo y ya el hombre se estaba rehaciendo el peinado frente al mármol reluciente de una de las columnas del hall. Se volvió para mirarnos: ¿lo estábamos viendo hacer? y, acodándose frente a la recepcionista, puso en juego con otra sonrisa angelical su atractivo irresistible.

    Elena me dijo: «Hasta aquí me llegó el olor de su colonia. Un hombre muy atractivo como quiera que lo mires. ¿Treinta y cinco años? Ni gota de grasa, rostro angelical como tú mismo dices: mi amigo es un lovets duch (pescador de almas)». Parece que en ruso la frase le sonaba mucho más convincente, porque Elena siempre la repitió en ruso. Yo, por mi parte, nunca la había oído y me pareció muy afortunada para Ángel (era su verdadero nombre) y así lo hemos seguido llamando entre nosotros.

    Nos reímos los dos, pero a mí me desagradaba esa atención de ella por cosas ajenas a nosotros. Ella, simplemente, estaba igual de nerviosa; pero yo pensé que trataba de desviar el curso de la conversación y no acceder a subir conmigo al cuarto. Sentía mi cabeza como a dos palmos de mi tronco. Ésa era la sensación: como si la tuviera desprendida del cuerpo. Sería una victoria pírrica (hay cosas más difíciles que llevar una mujer a la cama), pero cuando uno se lo ha propuesto llega a ofuscarse con ello y no quiere saber de nada más.

    —Yo esperaba su respuesta muy exaltado —había tenido un día completo para imaginármela— pero en su rostro ya se hacía visible cómo al empuje de mi vehemencia iban cayendo uno tras otro los tabiques que la separaban de mí. Se había recostado a mi hombro; yo sentía el olor de su pelo, el calor que emanaba su cuerpo, la flacidez agradable de sus brazos desnudos. Era la segunda entrada de aquel motivo casi musical de la primera vez, en el taxi; lo sentía ir llegando y se alegraba mi alma. Alrededor nuestro, en el hall, no había nadie, o por lo menos así me parecía, ya incapaz de percibir otra cosa que no fuera ella. Entonces, en el momento en que, aunque nada había ocurrido físicamente, «ya era mía», le tomé las manos y el ligero chasquido de una descarga eléctrica se dejó escuchar nítidamente.

    —Nos miramos asombrados. Yo no sabía qué explicación darle a esa descarga eléctrica, porque es algo que no ocurre aquí. Ella sin embargo conocía su origen nada sobrenatural y a pesar de esto, como después llegó a confesármelo, asoció esa pequeña descarga eléctrica a una presencia demoníaca que se dio a conocer, informó allí de su presencia, de esta manera. Era como si se nos hubiera advertido «nada bueno saldrá de esto». Pero ¿qué podía pasarme? No estaba para pensar en fantasmas y ella no podía dar marcha atrás aun queriendo. Fuimos a tomar el elevador. Allí estaba también mi vecino esperándolo y, como nos resultaba violento estar ahí, frente al lift, sin decir palabra, Elena dijo:

    —¿Cuándo acabará de bajar el lift?

    A lo que mi vecino reaccionó sorprendido:

    —¡Ah! ¿Pero se dice lift? ¿Se llama lift en ruso?

    Sobre la mesita de portal sudaba la jarra con la limonada. Jorge tenía los pies extendidos y sorbía su limonada lentamente. Yo lo mismo y pensaba vagamente en lo que me había contado. Consideré que podía cortar su relato allí porque él ya estaba calmado y a mí, a decir verdad, me daba igual. No había logrado interesarme y le continuaba oyendo más bien por cortesía. Claro que no me había cogido por el cuello de la camisa y dicho en un susurro, como para abrirme el apetito: «Le voy a contar algo realmente extraordinario, algo sobre lo que nunca oyó hablar». Simplemente, el pobre gago, pasando miles de trabajos, me refería su historia que yo escuchaba aparentando interés porque, para no confundirles, a los tartamudos se les presta una atención desmedida, que no observamos con un interlocutor normal. Esto genera escenas cargadas de misterio, alarmantes, como la visión que una vez tuve de una plática en la que uno de los interlocutores era tartamudo, detalle que yo desconocía. Conversaban un hombre joven y una muchacha con el torso inclinado hacia adelante y el oído vuelto hacia él, como el que está oyendo. Pero como en ese justo instante no estaba oyendo nada en realidad debido a los grandes intervalos de silencio entre frase y frase, se daba la situación única de estar oyendo sin oír. La vista de esta escena me recordó esos cuadros de pintura galante en los que uno de los personajes está «hablando» y el otro «oyendo». Mas de un cuadro no se puede esperar sonido alguno y yo aquella vez estuve cosa de un minuto sin saber a qué atribuir aquel silencio.

    IV

    Fue todo amor los cinco días que estuvo en Moscú, me dijo. ¿Moscú la ciudad blanca, la capital asiática? ¿Las almenas kirguizas del Kremlin? Nada de eso. Le quedó muchísimo por ver de Moscú. Ahora lo único que contaba eran los paseos largos que se dio con Elena por sus calles.

    Elena era una mujer muy bella, de una belleza que sugería esplendidez y no frivolidad ni perfidia. Me la hizo ver sentada frente a él, vistiendo una blusa blanca tiesa por el almidón, sus antebrazos descansando en la minúscula mesilla de un café. ¿Cómo podía suponer que aquella mujer buena era el amor de su vida? La escuchaba sin tomarla mucho en cuenta. Muy enamorado, eso sí, cualquiera haría lo mismo, pero sin interesarse por la primera vez que ella había visto el mar, ni por nada que no fuera saber que hoy estaba sentado frente a ella acodado a la minúscula mesilla del café.

    Elena le contó que uno se acostumbra tanto al invierno que al sexto mes de ver caer nieve y soportar heladas la existencia del trópico, del ecuador, se antoja un fino engaño, semejante a la fe en la resurrección y en la vida del más allá en la que cifra todas sus esperanzas el creyente. De modo que los reportajes de la TV que mostraban los países cálidos adquirían el inseguro valor de la estampa que en el texto religioso ilustra la vida regalada que se le reserva al justo, al paciente, al que sabe esperar.

    A Dios gracias no había que esperar toda una vida. En marzo aumentaban las horas de sol y la nieve comenzaba a fundirse en las aceras. Carámbanos del grosor de un brazo se desprendían de los aleros y se estrellaban con fuerza contra el pavimento, el fragor del hielo al fragmentarse llenando el aire. (Los largos paseos y las pláticas tocaban a su fin: él viajaría a otra ciudad para asistir a unos cursos.)

    La víspera del viaje ocurrió un incidente que le abrió los ojos a Jorge Torres. Ese día, al querer entrar en la habitación, usualmente abierta a esa hora, se le hizo esperar unos minutos. Cuando por fin cedió el picaporte encontró a Elena y a Ángel sentados junto a la ventana. Los observó llevar su conversación ficticia, saludarlo sin querer terminar la falsa…

    Jorge Torres me miró fijamente a los ojos a través del humo del cigarro para ver la impresión que esta parte del relato causaría en mí. Yo debía saltar intrigado y aventurar una suposición de esa índole: «¿Lo había estado engañando?» o bien: «¿Qué hacía esa mujer encerrada con aquel hombre cuando Ud. no estaba?». Torres esperó en vano la pregunta y aquello terminó por agradarle. Yo no habría entendido nada de haber formulado tal pregunta, me habría quedado tras el primero de los círculos concéntricos de su relato.

    Esa pregunta, tal conjetura, estaba excluida. ¡Qué fácil todo si se hubiera podido encontrar una pregunta así, una conjetura así para esta historia!

    Por fin descubrió una camisa nueva que le proporcionó la clave del misterio y se quedó «mudo de asombro». Desconocía cómo habían podido averiguar la fecha de su cumpleaños (Ángel le había estado dando el visto bueno a aquella camisa de regalo para Jorge).

    —¿Estaba siendo traicionado por aquel hombre, por Ángel?

    —Precisamente, y eso era lo grave. Perdí los estribos. Le pregunté qué pretendía con aquello, le grité que no tenía madre y que se merecía que le pegara.

    No intentó defenderse. Comprendía muy bien la gravedad del hecho.

    ¿Aconsejándola en lo de la camisa? Sí, muy buena justificación. Gracias. Esa mujer lo que andaba buscando era que yo cargase con ella. ¿Acaso no se daba cuenta? ¿No lo sabía?

    El bueno de mi vecino sólo atinó a responderme con una de sus sonrisas de ángel: ¡Pero ella es tan buena!

    Mejor hubiera dicho «de una virtud ejemplar» y esa hubiera sido la frase exacta. ¡Qué miedo sentí! ¡Nunca había sentido tanto! Amar significa un compromiso tan grande que la mayoría de las gentes se desentienden de él, despavoridos.

    —Al día siguiente partí para la ciudad del Volga donde recibiría mis clases. Subí al tren, y al verla llorosa junto al pescante, me dije que no la vería nunca más. Ahí se quedaba en Moscú entre la niebla y el gentío agitando un pañuelo de despedida.

    Conmigo viajaba ahora un representante de la fábrica que había organizado los cursillos. Un ruso taciturno amigo de hacer chistes inextricables con la mayor seriedad del mundo.

    Yo viajaba al encuentro de la Rusia que conocía por los libros: mozos membrudos de cabellos descoloridos, los tártaros de rostro impasible, el kazajo de las revistas ilustradas con radio transistorizado, sus arqueadas piernas enfundadas en flamantes jeans. La multitud que cascaba indolente pepitas de girasol… Mi oído captaba sonoridades siglo XIX, de literatura clásica rusa: Kostromá, Riazán, Saratov… A Saratov iba yo.

    Llegamos al día siguiente. Descendí al andén y respiré hondo. Habíamos cruzado un puente, avistado un río, los remolques avanzando trabajosamente corriente arriba, tirando de barcazas. ¿Qué me esperaba en aquella ciudad? ¿Qué otra Elena? No, ninguna otra. Di media vuelta tocado por la certidumbre de que la vería ahora mismo y, efectivamente, allá venía corriendo, desbocada, muy alegre de haberme hallado.

    —¿Increíble?

    —Para Ud. y para mí tal vez sí. A ella no le había costado nada tomar esa decisión. El misterio de la mujer. (¿De la mujer rusa?) No había dudado un segundo, al verme ir tan feliz en el tren, de que me seguiría. Compró un boleto de avión, cubrió cientos de kilómetros. Allí estaba. ¿No me alegraba de verla?

    Aquello me emocionó, no pudo disgustarme. La besé amigablemente, atraje su cabeza y aspiré el aroma de su pelo.

    ¡Estaba en casa!

    Ella tomó mis manos, se las llevó al regazo y fijó en mí unos ojos aún secos que no tardaron en cubrirse de lágrimas…

    Salimos caminando seguidos del ruso que no dio muestras de asombro. Al llegar a la parada del trolebús se limitó a preguntarme si sabría encontrar el hotel. Le aseguré que sí, y yo y Elena nos fuimos a pasear por un maleconcito junto a aquel mismo río que había visto desde el tren. Nos habíamos encontrado de nuevo. ¿Qué significaba esto? ¿Para toda la vida? ¿Había venido a encontrar mujer a miles de kilómetros de casa? ¿Acaso me quería tanto? ¿Acaso se puede querer tanto a alguien? Yo tenía veinticinco años y nunca le había preguntado si me quería o no, si me amaba o no. Se tiene esa edad y se estudia uno siempre como desde afuera, ¿qué tal me veo? ¿No estoy haciendo el ridículo? A veces se montan unas escapadas y se vive despreocupadamente, se permite uno hacer piruetas en público, gaguear a gusto, imaginarse libre por un momento; pero nunca se deja engañar por estas fugaces vacaciones y, en general, somos aburridos y, lo que es peor aún, pusilánimes. Ser así nos salva de dar pasos en falso, pero lo trágico de esta actitud sin discernimiento es que te guarda lo mismo de lo bueno que de lo malo. Y cuando alguien te quiere de verdad y le preguntas: ¿Me quieres? Su respuesta no te interesa nada porque al oír: «Sí, te quiero», se es tan pobre de espíritu que uno piensa para sí, ¿y a quién más quieres con esas piernas que tienes?

    Ese día, allí en el corazón de Rusia, mi pregunta de siempre recibió una respuesta que dejó mal la estimación que me tengo, que todos nos tenemos.

    —¿Acaso te dije alguna vez que te quería? —me respondió—. Yo no te quiero, ni «te aaamo», para que lo entiendas mejor. Me he guardado muy bien de hacerlo porque me gustas y no quiero buscarme ningún otro hombre ahora que te he encontrado, pero estás muy enfermo para permitirme el lujo de quererte. Perdóname que te sea sincera, pero al oírte preguntar esto pensé que te podía perder. Créeme, sé muy bien lo que digo. ¡Te presto mi cuerpo para ponerte a flote y me vienes con esa pregunta! Perdóname, pero me asustaste tanto que debo decírtelo así. Si quieres puedes pensar que te quiero y para ti será verdad. Mucha gente vive con menos que eso y les va bien.

    Yo me le reí a Jorge en la cara:

    —No me digas que le creyó. Lo estaba engañando como a un niño.

    —Yo también pensé lo mismo. Pero un engaño así, de existir, tiene la misma fuerza que la verdad porque no me lo decía sólo para aparentar. Una actitud así, aun siendo falsa, es llevada por el orgullo hasta sus últimas consecuencias, al menos en ese momento yo la creía capaz de eso y también me asusté.

    —Vivimos en esa ciudad tres meses. Lo que para mí no representaba nada parecía ser mucho para ella. Me quedé de una pieza cuando comprendí que se casaría conmigo en cuanto se lo propusiese. Así fue. No me dijo nada, ni gritó de alegría, ni hizo un gesto. El ligero estrabismo de su mirada se acentuó más por un momento. Parpadeó una o dos veces, y como siempre ocurría, sin transición visible en su rostro, los ojos se le llenaron de lágrimas. Al momento me arrepentí de haberlo hecho. Su comportamiento era imprevisible. Una mujer demasiado frágil para mí. Nunca llegaré a entenderla. Estoy seguro de que Ud. tampoco podría, y conozco a pocos hombres capaces de hacerlo. He pensado mucho en esto. Es horrible. Ese mismo día le pegué.

    No soy un degenerado ni un alma negra (al menos quiero creerlo). Cuando por fin vinimos a vivir a Cuba, pensé que eso se acabaría, pero me engañaba. Mientras más hacía por mí, más le pegaba.

    Aprendí a hablar de nuevo a los veinticinco años porque ella no quiso que yo siguiera siendo un gago sin remedio. Pasé meses con un logopeda y ya podía pedir algo en la calle sin que la gente se fijara en mí. Me recogía piedrecitas para llenarme la boca y me daba conversación por las noches para que mi lengua aprendiera a moverse sin tropiezos. Me enseñó a cocinar muy bien. A veces invitábamos a nuestros amigos y yo preparaba el almuerzo. Ángel venía a vernos. Seguían siendo los buenos amigos de siempre. Él con una mujer nueva cada vez. Se quedaban conversando en la sala y yo me llevaba a su amiga a la cocina para que no se aburriese sola en la terraza. Alguna vez quiero contar esto: la noche en que llegamos a Cuba, sin poder separar los gagueos de mis palabras, cuando ya todo estaba preparado para sentarnos a cenar, a mí solo se me ocurrió decir: «¿Puede dármelas?». Entonces no estaba solo en la cocina. Me oí decir esta tarugada junto a la mirada591 atónita de ¡ella!, su respuesta retumbándome en el pecho por el solsticio de invierno. Quedamos callados los dos, mirándonos en lo más íntimo hasta que dejó caer su mirada, hundiéndola en mi pecho.

    —Te estoy hablando, Jorge, de una escena de puerto en la que todavía me dan ganas de llorar, y ya comprendes que puedes hacerlo con todo el mundo, menos conmigo.

    He dejado de hablarle al pobre de Jorge, pero entra con toda su historia en mis recuerdos. ¿Qué te ha pasado, Jorge?, ¿te sientes bien?

    —No, para nada. He caído al abismo y considerarla a ella, la mujer que me ha salvado y luego me ha llevado a esta existencia, es algo que ahora resumo de muchos modos.