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  • El muro

    Elina abrió los ojos justo cuando entré a su cuarto detrás de la madre; me miró desde la cama con cara de no reconocerme ni saber qué hacía en su casa a las nueve de la mañana; volvió a cerrarlos y la madre salió. Me vi sola ante su boca entreabierta, escuchándola roncar. Elina, por favor despiértate, dejé la mano sobre su hombro. No fui a buscar el pan, le dije a mi madre que no me daba tiempo, ella tendrá que caminar cinco cuadras hasta la panera y subir después los cinco pisos de regreso al apartamento. Elina me había dicho que fuera a recogerla temprano porque el mejor momento para recoger las conchas era cuando la marea acababa de bajar, y ahí estaba durmiendo a pierna suelta. Agarré el bolso para irme, de pronto pensé en lo que le diría a mi madre cuando me viera regresar tan pronto con las tostadas, la miel de abejas, los plátanos manzanos y el agua helada en la mochila. Volví a desplomarme al pie de la cama. Entonces ella abrió los ojos y permaneció inmóvil, por fin empezó a estirarse. Me entusiasmé, pero ella se dirigió al baño sin mirarme y se demoró cómo si nadie la estuviese esperando. Tenía los ojos aguados cuando ella regresó y casi sentí alivio de que siguiera sin notar mi presencia. Pero esta es la última vez, Elina, no vuelvo a hacer el papel de comemierda por causa tuya, ni hasta luego voy a decir. Me levanté en el mismo instante que ella se viraba con el bolso en hombro, ¿nos vamos?

    Iba delante con pasos perezosos que yo no me atrevía a sobrepasar. Caminaba con la vista fija en sus pies, buscando el momento oportuno para pedirle que compartiéramos el peso de mi mochila, pero pasaba el tiempo y no decía nada. Ella se detuvo con un suspiro, ¿a dónde vamos? No soporto tomar decisiones, además para mí todas las playas son iguales y ella lo sabía, la que eligiera iba a estar bien. Entonces vamos a la playa del Chivo. Me paré en seco, ahí van los tipos a … ¿Tienes miedo?, se echó a reír, ellos van a estar en lo suyo. Le dije que no era miedo, pero algo me apretaba el pecho. No me digas que tienes prejuicios, yo ando contigo sin preocuparme de lo que diga nadie, ni mi mamá, además lo mejor es que a ellos no les gustan las mujeres y no van a molestarnos.

    Pero ella no sabía como llegar, nos tomó dos horas y tuvimos que caminar más de un kilómetro, el agua seguía estando lejos. No quedó más remedio que meterse en el yerbazal y bajar por un camino de piedras. Fui delante casi raspándome las nalgas, no quería mirar hacia atrás, seguro ella se burlaba de mí. Pero entonces me pidió que le diera la mano para ayudarla. Cuando estuvimos en la parte plana vi que no me había soltado, aún quedaban diez o doce metros hasta la orilla. Yo no quería llegar, arrastraba los pies sin levantar la vista. Me preguntó si había conocido alguna muchacha últimamente. Sabía la respuesta, la disfrutaba de antemano y yo tardaba siempre un rato en responder. Finalmente decía que no, sólo eso. Entonces ella miraba a lo lejos y aseguraba con tono filosófico que algún día iba a aparecer esa persona, no una sino esa, disertaba sobre el destino y terminaba hablando de su novio de turno. Ese día sentí la tentación de responderle sí, conocí a alguien, precisamente te quería contar. Sólo pude mover la cabeza de derecha a izquierda. Ella tampoco dijo mucho, había terminado con su último novio y estaba deprimida. No me extrañó ni indagué por los detalles, de todas formas ella vendría a llorar sobre mi hombro en algún momento antes de regresar y preferí que por lo menos estuviéramos sentadas.

    Al fin nos vimos en una arena gruesa, ante unas rocas frías y claras. Detrás las olas daban latigazos contra la orilla. No voy a entrar, pensé, así es que no tendría que quedarme en trusa. Elina sí se quitó la ropa aunque tampoco se metería en el agua, no sabía nadar. Contemplé el movimiento de sus omoplatos, los dedos de sus manos sobre los hombros; siempre tenía frío, bastaba la humedad de las rocas, alguna gota que la salpicara cuando el agua rebotaba en la piedra. Sin embargo prefería estar en trusa. No pude evitar la comparación entre su cuerpo y el mío, se me escaparon los ojos hasta sus pies, la veía pasar la planta y los dedos de uno sobre el otro; otra vez tuve que reprimir la pregunta de si le gustaba que se los acariciaran. Cambiaron de posición bruscamente y al levantar la cabeza la vi frente a mí. ¿Alguna vez has pensado en estar con un hombre?, tal vez esa sea la solución para tu soledad y lo otro, un capricho. Por unos segundos no se escuchó otra cosa que las olas y las gaviotas a nuestro alrededor. Nunca había visto ninguna tan de cerca. Sentí una sobre la roca, casi detrás de mí, pero no quise moverme para no asustarla, traté de verla con el rabo del ojo y descubrí un hombre que se acercaba con su pita de pescar, esperé a que llegara, ¿sabe dónde podemos encontrar conchas?

    Marcos era tres años menor que ella. Me sorprendió, usualmente le gustaban ocho o diez años más jóvenes, no podía evitarlo. Este era un hombre que sabía lo que quería, el tiempo de la inmadurez había quedado atrás. Estaban juntos desde hacía tres meses. Tres meses y yo no lo conocía, ¿por qué? Siempre está ocupado con su trabajo, su música y… su mujer. A Elina no le importaba eso, ni celos sentía, pero él llevaba casi una semana sin aparecer ni telefonear. Ella tenía el número de su casa y el del trabajo, podía llamarlo. No, me respondió tajante, ya estoy cansada de ser siempre yo, de aferrarme a algo que ni sé si es real u otra historia que me estoy inventando. Me quedé callada sin saber por qué todo aquello me sonaba conocido. Sospeché que se le habían aguado los ojos, pero se agachó a recoger una concha. Tenía unos colores lindísimos y se me ocurrió que podíamos quedarnos allí, a lo mejor había más. Pero el pescador había dicho que dónde encontraríamos bastantes era después del muro. Yo no quería ir, veía dos cabezas por encima del concreto: dos hombres. ¿Y qué?, están en lo suyo, a lo mejor hasta nos dicen dónde hay caracoles.

    Cruzar el muro no fue ninguna panetela, era empinado y liso, pero no había otra forma de llegar al otro lado. Después de pasarlo dejé que ella se apoyara en mí, se me aflojaron las rodillas porque es más alta, pero traté de que no se diera cuenta. Apretó mi brazo por debajo del pulóver, estás fuerte. Tuvimos que pasar junto a los dos hombres, uno parecía muy joven, casi un adolescente. Me dio lástima verlo con aquel cincuentón gordo. Estaban en trusa e instintivamente busqué sus entrepiernas con la vista. No había señales de nada. Saludamos con la cabeza y seguimos. Elina volvió a meter la mano bajo la manga de mi pulover, creo que al viejo también le gustan las mujeres, ¿no viste cómo me miró? Volví la cabeza, el tipo nos seguía con la vista y el muchacho le dio un puñetazo en el hombro, el otro se rió como si le hubiera hecho cosquillas.

    El terreno se volvió negro y rocoso, increíblemente crecían unas flores rosadas. Creo que yo también vendría a hacer el amor aquí. De momento ella no respondió, supuse que pensaba en Marcos. Sí, deber ser lindo al atardecer. Volvió a quedarse callada y yo sin saber qué decir, la arena aún estaba lejos. Finalmente fue ella la primera en hablar, ¿alguna vez has visto a dos tipos templando? ¿De dónde sacaba Elina esas ideas? A veces me das miedo. Se rió y yo salí caminando delante, había chapapote en el suelo, pero no le avisé. Cuando llegamos a la arena ella puso la jaba entre las dos y cada una empezó a recoger caracoles sin decir esta boca es mía. Entonces recordé que eran para ella y volví a tirar los que tenía en la mano. Sabía que me había visto, ojalá hablara, que me mirara un poco atravesado nada más para decirle que la artesanía era problema suyo, yo me las arreglaba para sobrevivir de alguna manera con mi sueldo. Me había despertado temprano en mi único día libre para acompañarla y la había encontrado durmiendo cómo si el mar, las conchas y el mundo tuvieran que esperar por ella, la princesa que no podía pasar ocho horas en una oficina, ni trabajar en algo que no le gustase por mucho dinero que ganara, pobrecita. Que se fuera para el carajo, me levanté y empecé a sacudirme la arena del short. Casi choco con un hombre, pidió disculpas y siguió, pero no llegó a ningún lado, volvió a pasar junto a nosotras y se quedó a dos o tres metros. Apareció otro, los vi cruzar miradas y pensé que iban a entrar a los matorrales. No se movieron, fingían no estar pendientes de nosotras, pero trabé a uno vigilándonos con el rabo del ojo. Agarré a Elina por un brazo, vámosnos. Se soltó sin mirarme. Hay dos tipos ahí mirándonos. Irán a templar, no tiene nada que ver con nosotras. La miré en silencio, ella seguía recogiendo caracoles cómo si yo no existiera. Si no vienes me voy sola. Tú te ibas de todas formas, ya te habías puesto de pie, así es que vete. Pensé levantarla por la fuerza y obligarla a venir, pero era más alta, iba a hacer el ridículo. Se merecía que la dejara sola con aquellos tipos que podían ser un par de violadores, nos habíamos metido allí sin saber qué clase de gente íbamos a encontrar, una genialidad que solo se le podía ocurrir a ella. Tú crees que lo sabes todo, verdad, me tratas como si estuvieras por encima de mí, me utilizas; coqueteas conmigo a ver hasta dónde puedes llegar, a lo mejor en el fondo estás loca porque te meta mano, pero no quieres dar el paso para poder decir que eres la heterosexual inocente violada. Nunca esperó que le dijera todo aquello y estaba sin habla. Me sentía realmente bien por primera vez en largo tiempo y quería decir más, que era una calienta bollos, así con esas palabras, y que en el fondo debía ser frígida. Empezó a meter los caracoles en la jaba con toda su calma, vámosnos, si a ti no te importa dar un espectáculo, a mí, sí. En ese momento recordé a los dos hombres. Cuando levanté la vista entraban en el matorral. Ni se te ocurra dirigirme la palabra después de hoy, y en cuanto a que quiera acostarme con una mujer, es posible, pero no va a ser contigo porque tú ni mujer pareces, no eres hembra, ni varón, ni nada.

    El regreso pareció más largo, ella iba dos metros delante y a mí me pesaban los pies. Nos acercábamos otra vez al muro, el hombre y el muchacho seguían allí. El mayor nos hizo una seña con la mano, no supe si la había interpretado bien. Elina me miró de reojo y supe que ella también lo había visto, nos estaba invitando a templar. El chiquito nos puso cara de si te acercas te saco un ojo. Debíamos volver a cruzar, me rezagué a propósito, que se las arreglara sola. Buscó apoyo para un pie, luego colocó el otro, sólo quedaba impulsarse con los brazos. Entonces se cayó. Corrí hasta ella, pero no dejó que la tocara. Trató de levantarse de nuevo y volvió a caer. Se había torcido el tobillo derecho y golpeado la rodilla con una piedra. No iba a poder cruzar el muro y si había otra forma de llegar a la carretera no podía caminar de todas formas. Calculé que desde donde estábamos era más cerca y luego podíamos parar un carro, si pudía llevarla cargada. Bajé la vista a mis brazos, tenía los músculos muy definidos; usaba pulóver ajustado para que las muchachas me preguntaran si hacía ejercicios. Siempre decía que sí, un poco, sin darle mucha importancia, pero ahora no iban a servirme para cargar a Elina. Me senté junto a ella en silencio. Qué íbamos a hacer, no había ni a quien pedirle ayuda. A ella se le escaparon los ojos hacia donde estaban el hombre y el muchacho. Iba a decirme que fuera allá, sabiendo que el tipo nos había hecho señas para que templáramos con ellos. Qué coño se había creído aquel imbécil. Qué clase de gente venía a ese lugar. ¿Qué clase de persona es ese amigo tuyo que dijo que vinieras aquí? Es periodista. Y seguro escribe reportajes muy interesantes aquí, verdad. Cerró los ojos, qué coño me iba a decir. Estábamos metidas en aquel problema por su culpa, pudimos habernos quedado recogiendo conchas donde yo había sugerido, pero no, ella quería cruzar el cabrón muro y ahora no se le ocurría nada para sacarnos de ahí. El tiempo pasaba, lo menos que podía hacer ella era abrir los ojos y tratar de pensar en algo, en vez de quedarse allí con su cara de reina ofendida. La miré, tenía el tobillo y la rodilla hinchados; los ojos se me aguaron a mí.

    En cuanto vi la cara del hombre supe que lo estaban haciendo, pero no lograba distinguir al muchacho; lo imaginé abajo chupándosela. Sentí escalofríos, pero seguí avanzando. El otro me veía acercarme y se reía sin dejar de moverse, me enseñó la lengua. ¿Por qué no cogí una piedra? Debí quedarme. Tal vez si voy hasta la carretera encuentro a alguien que nos ayude, a lo mejor antes. Tendría que dejarla sola un momento. Elina sola sin poderse mover con estos tipos cerca. Mejor regreso y me quedo con ella.

    Mi amiga se viró un pie y no puedo cargarla sola. En ese momento vi al muchacho contra el muro, tenía la espalda mojada por el sudor de la panza del otro. El tipo no dejó de penetrarlo y tuve que esperar que terminara. Se puso el short con toda tranquilidad mientras el muchacho lo miraba aturdido, todavía la tenía dura; yo no he acabado y quedamos en que después tú me hacías una paja. ¿No estás viendo que las muchachas tienen un problema? Tú lo que quieres es entrar en relajo con estas dos. A ti nadie te pidió ayuda, con ese cuerpo de lagartija dudo que puedas levantar un alfiler, así es que mejor te quedas aquí.

    Elina se tensó cuando el tipo se agachó junto a ella. El muchacho también se acercó a examinarle el tobillo mirándola con recelo. El otro lo apartó, ¿tú eres médico acaso? El chiquito se puso rojo. Las manos del hombre subieron hasta la rodilla de Elina y se deslizaron por el muslo. Lo empujé, ¿qué pinga te pasa?. ¿Qué te ocurre, estás celosa? Se quedó mirándome fijo hasta que tuve que apartar la vista, ¿quieres tocarla tú? ¿Qué te pasa? yo no hago cuadros de tortilla, además ella no es lesbiana. No me atrevía a mirar a Elina. Ah, ¿no? Le acarició el pelo, el cuello, ella permanecía inmóvil y yo no sabía si irle arriba al tipo. ¿No quieres que tu amiguita te toque? Nadie se va a enterar. Entonces ella le apartó la mano, ¿nos vas a ayudar o no? ¿Y tú qué tienes para ofrecer a cambio? Palpé la arena con la mano en busca de una piedra, cualquier cosa, sin quitarle los ojos de arriba. El me vio, en realidad estás loca por meterle mano, ¿verdad? ¡Maricón!, lo que más rabia me daba era que no hacía otra cosa que mirarme fijo. Se puso de pie con tranquilidad, sacudió el short, si se deciden me avisan, ustedes gozan, nosotros miramos y todos pasamos un buen rato. A mí no me metas en eso, el muchacho se levantó con cara de asco, te dije que yo no entro en relajo ni me gustan las mujeres. De cerca me pareció menos flaco, entre los dos podíamos cargar a Elina y llevarla hasta la carretera, ahí las dos cogeríamos un taxi, yo tenía dinero. No conseguí abrir la boca, lo observé hasta que se hizo un punto. El otro se encogió de hombros, voy a estar allí para que lo piensen.

    No sé qué tiempo estuve arrodillada, los ojos fijos en la arena. Al fin me levanté en silencio y pasé un brazo bajo las piernas de Elina, el otro bajo su espalda; cerré los ojos, respiré profundo y caí de nalgas. Ella no hablaba tenía la vista perdida en el mar, pero yo sabía que el dolor la estaba matando. ¿Por qué no habré hablado con el chiquito? Lo busqué una vez más, sólo se veía al tipo recostado al muro junto a la orilla. Levantó la vista cómo si hubiera sentido mis ojos y nos cruzamos. Recogí las rodillas, apoyé la cabeza y empecé a llorar. Qué ridículo, Elina era la que se había torcido el tobillo y yo la que lloraba. ¿Por qué está pasando todo esto? ¿Cómo nos metimos en este problema? Se me acabaron las lágrimas en algún momento, quedé cómo aletargada y entonces ella suspiró, ve a llamarlo. No podía haber escuchado bien, la miré esperando que lo repitiera. Se limitó a clavarme unos ojos inexpresivos. No me dejé impresionar, primero rompo este muro de mierda a golpes. Pues empieza. Había dicho una estupidez, pero no quería darme por vencida, tiene que haber otra forma. Claro, dime cual. Me quedé callada, volví a acordarme del chiquito. Elina suspiró cansada, vas tú o me arrastro yo hasta allí.

    No tuve que hablar. En cuanto estuve frente a él se levantó, me alegró que no dijera nada, sólo que tuviera cuidado con una piedra que había en el suelo, y en seguida volvió a callarse. Elina estaba muy tranquila, me hizo sentar a su lado y el tipo se mantuvo a un par de metros. Por un momento permanecimos así: él, mirándonos con mucha paciencia; yo, sin alzar la vista; Elina, esperando, supongo. Le acaricié la rodilla, ¿te duele mucho?, ella observaba los movimientos de mis dedos sin hablar. Recordé las ganas que había tenido de acariciarle los pies hacía sólo ¿qué tiempo? Parecían siglos desde que habíamos llegado a la playa tan contentas, preocupadas únicamente por las conchas. Al fin decidí mirarla a los ojos, ¿qué pensaba ella de todo aquello? Le tomé una mano, yo no quería esto, Elina, de verdad, no quería. Me besó en la boca, creo que estaba cansada de escucharme. Tardé en reaccionar, tenía los ojos muy abiertos, veía las nubes mientras sentía sus labios calientes, entreabiertos, la lengua rozando la mía. Cuando notó mi falta de respuesta intentó separarse, pero le agarré por la nuca y la besé con ganas. En algún momento nos movimos y ella gimió de dolor; recordé su tobillo, ponte cómoda. La hice tenderse en el suelo y coloqué el bolso bajo su cabeza, yo me encargo de todo.

    Esa era la piel de Elina, su temperatura, la palpaba con los ojos cerrados hasta que llegué a su vientre. Metí la cabeza entre sus muslos y contemplé de cerca las partes por donde había pasado la cuchilla de afeitar esa misma mañana, la acaricié por fuera de la trusa con la nariz, el aliento. Sólo tenía que asomar un poco la lengua para saborearla, no sabía qué esperaba exactamente. De pronto me apretó la cabeza y no pude aguantar más.

    Elina no abría los ojos y yo me moría porque dijera algo, cualquier cosa. Le sequé el sudor de la frente y esperé. Aún estaba mareada por su olor. ¿Gozaste? La voz del tipo fue como un cubo de agua fría, ella se sentó de golpe y me agarró la mano. Nos habíamos olvidado de él, de lo que estábamos haciendo allí, había que cruzar el muro. Le pregunté si pensaba ayudarnos o no. Ya yo te ayudé, ¿no estabas loca por comerte a tu amiguita? Lo único que queremos es acabar de cruzar el cabrón muro, después nos las arreglamos para llegar a la carretera y coger un taxi. El la miró como si no me hubiera escuchado, a ti también te gustó, ¿verdad? El silencio se me hacía insoportable y busqué la mirada de Elina, pero cambió la vista. Con el rabo del ojo lo vi caminar hacia ella, ¿por qué no confiesas que te gustó? Yo la veía por encima del hombro de él, pero seguía sin moverme. Entonces le metió una mano entre los muslos, ella abrió los ojos pero se quedó tiesa. Estás empapada, tienes ganas de chuparla ahora tú a ella, ¿verdad? Los ojos de Elina gritaban, se veía paralizada por el miedo y sentí que me zumbaron los oídos. No tuve tiempo de razonar, descubrí la piedra, él me daba la espalda. Elina empezó a gritar estás loca, mira lo que hiciste. El tipo no se movía. Resbalé contra el muro en silencio, aquello tenía que ser una pesadilla, ella seguía gritando lo mataste, ahora cómo vamos a salir de aquí, nos van a llevar presas. Es mentira, está fingiendo, no puedo haberlo matado, pero no me atrevía a tocarlo, ella tampoco. Al fin reaccioné, hay que salir de aquí. No podemos dejarlo. Ese tipo era un pervertido, Elina, te iba a violar. No me iba a hacer nada. Pero tú estabas asustada, casi me suplicaste que hiciera algo, no te eches ahora para atrás. Yo no dije nada. Tú tienes la culpa de todo esto, tú quisiste venir a esta playa de mierda, tú te viraste el tobillo. No contestó, no parecía notar nada a su alrededor, le colgaban los labios. Traté de levantarla, de pronto era una masa fofa que se dejaba llevar y no hacía más que repetir nos van a meter presas. No podía tenerse en pie, metí la cabeza entre sus muslos y logré alzarla sobre mis hombros, me temblaron las rodillas, ahora trata al menos de sentarte en el muro. Estuvo a punto de resbalarse dos veces y caerme encima; la empujé por las nalgas hasta que logró sentarse. Entonces subí yo y crucé, ella se apoyó en mí tratando de no poner el pie derecho en el suelo. La agarré por los sobacos y empecé a arrastrarla hasta la carretera, tuve que detenerme un segundo a tomar aire y al levantar la vista mis ojos tropezaron con el muro; ella también lo vio y fue cómo un pinchazo, trató de levantarse. La agarré antes de que fuera a caerse, pero quiso ir saltando sobre un pie y apoyada en mi hombro. Nos volvíamos a cada momento, parecía que el muro seguía estando cerca, cómo nos persiguiera y tratábamos de escapar a toda costa.

    Logramos coger un taxi enseguida y nos dejó en el hospital. El chofer incluso me ayudó a llevar a Elina hasta el cuerpo de guardia. Tuvimos que esperar afuera un momento porque había otros casos urgentes, yo quería llamar a su familia pero ella me pidió que esperara, no vayas a contarles. Hubo un momento de silencio, las dos pensábamos lo mismo, ¿tú crees que lo maté de verdad? Me apretó la mano, no podías hacer otra cosa, a lo mejor no está muerto, ese tipo es fuerte, seguro se desmayó y ya. Pero ella tampoco lo creía, se quedó callada y me abrazó. Estábamos tan juntas que su boca casi me rozaba el cuello, por un segundo se pegó a mi piel. Tal vez ella tenía razón, aquel hombre era fuerte, a él no le convenía acusarme después de todo, yo podía decir que trató de violar a Elina, iba a ser su palabra contra la nuestra. Todo iba a salir bien, la abracé y sonreí, todo va a salir bien.

    No tuvo fractura. Le pusieron una venda elástica y le mandaron calmantes, reposo y fomentos. Yo tenía que regresar a mi casa y el viaje era largo, su familia ya estaba allí. Al despedirnos quedamos en que la llamaría al día siguiente. Fue lo primero que hice al llegar al trabajo. Respondió ella misma, pensaba que era Marcos aunque en realidad se habían despedido tres horas antes. El la había llamado por la noche y en cuanto ella le contó del accidente corrió a su casa para verla. Escuché toda la historia de reconciliación en silencio hasta la parte del sexo a escondidas de la madre, ya habían hecho el calentamiento previo por teléfono, ella lo esperó sin blumer y él sólo había tenido que bajarse el zipper del pantalón. Pude haberle dicho que sabía cómo iba a terminar todo aquello, es más podría haberle descrito la escena que tendría lugar dos meses después: nosotras dos en la playa, o tal vez en un parque, ella llorando sobre mi hombro, diciendo que los hombres eran una mierda. Nosotras dos, Elina, siempre nosotras dos. Pero no dije nada, le pregunté si le había contado lo de la playa. Su tono de voz cambió, en la playa no ocurrió nada de particular, recogimos caracoles y me torcí el tobillo, eso fue todo.

    No volví a llamarla en el resto de la semana, ni ella a mí en mucho tiempo. Un día nos encontramos en la calle, ella intentaba parar un taxi, pero todos pasaban llenos. Me llamó falsa, mala amiga, hace un siglo que no se de ti. Le pregunté por Marcos. Está bien, tocando en una orquesta de jazz. El nuevo novio se llama Alejandro y es pintor. Este sí sirve, me dijo, ha tenido una vida difícil y sabe valorar las cosas, quiere estabilidad, comprensión. Había dejado la mano extendida hacia la calle por si acaso mientras hablaba, ¿y tú qué, has conocido alguna muchacha? Algunas, pero no le dije que continuaba sola, seguí con la vista a una señora con un perro y si ella estaba mirándome fijo, en espera de un relato detallado, se quedó con las ganas. El chirrido de unas gomas nos hizo volvernos a las dos, tuvo que montarse rápido porque ya venía un par de mujeres corriendo hacia el taxi. No dejes de ir a verme, tengo un montón de cosas que contarte. Le dije un sí de compromiso y creo que ella se dio cuenta. Sentí alivio cuando el carro arrancó y respiré profundo; entonces volvió a invadirme su olor, sus manos en mi cabeza. Se me aguaron los ojos y no pude evitar preguntarme si seguiría recogiendo caracoles en la playa.

  • Colchón de plumas

    Cuando lo mires por la ventanilla inclínate un poco, pero no te des mucha vista, que la luz de la luna no ilumine del todo esa belleza, intenta crear un ambiente, eso también es arte, actúa con rapidez, habla en voz baja y calmada, pon los puntos y las comas, demuéstrale que no eres una muchachita cualquiera. Cuando comiences una frase deja reposar la lengua entre los dientes y respira profundo, enseguida notarás como se desespera. Trabaja con la mirada, no permitas que mencione la palabra “no” cuando te vea entornar los ojos al estilo de Marlene Dietrich y te escuche decir que tienes una magnífica boca de sanguijuela, y que tus amigas están dispuestas a todo. Ya dentro no mires con fijeza, solo hazlo de reojo para que no pierdas de vista sus movimientos. Si notas que él te mira, cruza las piernas y muéstrale los muslos, no olvides que los hombres son animales extremadamente sexuales y en su instinto natural estará presente el deseo de querer tocarlo todo.

    En ningún momento pierdas la cordura, habla solo lo necesario y sonríe, siempre sonríe. Deja que el pelo te caiga sobre los ojos, palpa tus senos pero no te excedas en tocamientos vanos, busca una pose que lo haga imaginarte desnuda, eso le dará cierta sensación de calor y ahogo, recuerda que el tipo estará pensando ya en todo lo que vendrá después. Pasados algunos minutos él se desabotonará la camisa para dejarte ver, porque a él también le fascinará mostrarse. Si miras con disimulo notarás en la parte superior de su jean, justo donde se encuentra la abotonadura metálica, algo andará en extremo elevado. Tú centrarás la mirada en el paisaje y como quien no desea las cosas, dirás, con tu mejor voz, “Hace una noche preciosa para ir a la playa”. En un momento te le insinuarás, fría, calculadora, que descubra que has asesinado a la niña recién graduada para traer de un golpe la serpiente, fingirás que no te interesa ese cuerpo fornido, y ni siquiera notarás que él ya la tiene fuera del pantalón y con una de sus manos le prodiga un esmerado trato. Su semblante habrá cambiado de tono, será dócil, cariñoso, te acariciará el pelo e intentará convencerte de que lo mires y veas cómo se la hace. Te dirá: te quiero. Proferirá algunos quejidos y por que no, se acercará a tu oído para pedirte sin rodeos que se la toques. Pero tú preferirás metértela en la boca, así todo terminará antes de lo previsto. Hazlo de manera tal que él se olvide de tu cuerpo. Chupa, lame, sé laboriosa. Solo déjate manosear los muslos, pero cierra bien las piernas. Sube, baja, recréate, finge, pídesela de una vez, suplícale, hazle creer que tienes tremendas ganas de metértela. El tipo te va a querer tocar. Va a sentir la necesidad de hurgar en lo tuyo porque ya la tiene en punta y desea meter los dedos en esa cosa húmeda antes de… y sabes qué no puedes dejarlo, en ese instante te esforzarás en mover la lengua, y te va a seguir tocando. Tú sentirás que se te quieren abrir las piernas, solas, porque al igual estarás a punto de venirte, pero no puedes, sabes que no puedes porque aún no te ha pagado y si descubre que también eres un tipo, nos jodimos.

    El negro de unos treinta años miraba fijo a la autopista, y por momentos sonreía, lo miré como quien simula hacerlo inconscientemente, para satisfacer la morbosa sensación de imaginar todo lo que hay debajo de esa vestidura a la que todos estamos sometidos. Llegué a pensar que nada es más insensato y arbitrario que la obligación al ocultamiento.

    Él no llevaba jean, sino un pantalón corto con dos bolsillos en los laterales, el torso lo cubría con una camiseta que se adhería a su piel color de foca. Con premeditado disimulo crucé las piernas, deduje que estaría mirándome discretamente. No conforme, me toqué los rellenos del pecho y me alcé un poco la saya. Se escuchó la pícara carcajada de Marla y el sonido carrasposo de un: ¡Ahhh! de Frida que concluyó con una risita nada convencional. Me apresuré en decir la consabida frase: “Hace una noche preciosa para ir a… ” Y no pude concluir la oración porque en ese instante él extendió una mano en el aire, y no sin antes hacerla tropezar con mis piernas, la condujo a la guantera que estaba frente a mi. No pude negar que el imperceptible roce de sus yemas me hizo desconcentrarme, aunque no dejé de observar cómo sus dedos hurgaban en busca de una supuesta cajetilla de cigarros que no apareció.

    Mis ojos y todo yo, se infiltraron allí dentro. Y logré verla, semioculta detrás de una hoja de periódico, descansando en el fondo.

    ¿A qué lugar podemos ir? preguntó una vez más cerrando la guantera, y por encima de su hombro me miró a la cara, yo esquivé la mirada volteando el rostro para mirar un espantoso paisaje de edificios.

    No tardé en descruzar las piernas para estirarme la saya hasta las rodillas. Algo abominable comenzaba a rondar mis pensamientos, algo que me hacía dudar de ese abrir por abrir sin lógica. Allí no había cigarros, ni siquiera una cajetilla vacía, supuse que el único y verdadero propósito de la acción consistía en querer mostrar lo que había dentro.

    Mi respiración ahora alcanzaba un ritmo desmedido, el oxígeno fluía de manera tal que funcionaba como un perfecto bloqueador de los sentidos. Escuché cuando él exclamó unas palabrejas a las que no le presté el más mínimo interés, ni siquiera advertí cuántas veces pude reiterar: “la noche está preciosa para ir a la playa”, bien que pude en tan sólo dos minutos haber ensayado alrededor de unos quince tonos de voces diferentes. Quise voltearme para echar una mirada al asiento trasero, lanzarles a ellas una mirada de urgencia en la que deletrearía: QUIE-RO-BA-JAR-ME-EL-NE-GRO-YA-SA-BE-LO-QUE-SO-MOS-Y-LO PE-OR-ES-QUE-TIE-NE-UN-RE-VÓL-VER-EN-LA-GUAN-TE-RA.

    No pude, porque ahora él se entretenía en amasarme las piernas por encima de la saya que fue corriéndose hasta llegar nuevamente a la mitad de los muslos. La mano escalaba por mi vientre, intentaba hallar refugio en el territorio falso de una mujer que jamás ha existido. Yo, por puro placer deseé entregarme para olvidar los muros e imposibilidades.

    Volaba; volábamos juntos el negro y yo, viajábamos sobre el lomo de un enorme ganso blanco.

    El negro completamente desnudo me decía palabras lindas al oído, infinitas frases nunca antes escuchadas. Muy despacio hice navegar mi boca por su espalda, no me detuve hasta llegar a sus nalgas para entonces ponerlo de frente y morder con mucho cuidado sus caderas y algo más. Me gustaba verlo con las piernas abiertas moviéndose de esa forma, él hacía que mis deseos se multiplicasen, estaba seguro de que dios lo había puesto en mi camino porque sabía mi necesidad de escuchar palabras.

    Con mi boca repetí la acción una y otra vez, no me cansaba de ensalivarle el sexo, él me miraba sonriendo y nos dejábamos caer sobre aquel colchón de plumas que fue tragándose de a poco nuestras desnudeces.

    Llegó un aire con sabor a sal. El auto detenido en la arena, y el cañón de un revólver apuntándome a la sien. Desde la parte trasera se escucharon los lloriqueos de Marla y Frida, me volví y vi los espesos lagrimones deslizándose sobre el maquillaje. En esta ocasión se me antojaba decorar la escena poniéndole a Marla y Frida detrás de sus espaldas unas ridículas alitas embadurnadas en sangre, porque ahora lloraban como ángeles, y suplicaban que no nos hiciera daño.

    Pero el negro mostró una sonrisa cínica y dijo que nos iba a matar a las tres.

    Fue ahí cuando pensé que podría golpearlo en la mejilla, encajarle las uñas en los ojos para arrebatarle el revólver, y no lo hice porque en el instante en que me preparaba para cerrar el puño, él retiró el arma de mi cabeza y muy calmado se volteó hacia el fondo. Pude apreciar cómo se mordía el labio inferior, lo hacía con una delicadeza que más que a la violencia conllevaba al deseo. De inmediato comprendí que todo comenzaba a ser solo un divertimento.

    -¡Tú!,… ¿cuál es tu nombre?

    Marla contestó limpiándose las lágrimas que sospeché falsas, usando un pañuelo que embarraba de pintura. Se sacudió la nariz y luego cruzó los brazos. Con el cañón del revólver el negro apuntaba ahora a la otra que parecía querer tapizarse en la esquina del asiento.

    – Fri…Frida…

    – Bien, Frida, no tengas miedo, si tú haces todo lo que yo te pida, aquí no va a pasar ni carajo…

    – ¿Pero, quién es usted?- gritó Marla interrumpiéndolo, ya casi a punto de un desmayo.

    El negro mirando a los alrededores le pidió en voz baja que se callara. Solo se escuchaba el sonido que produce el agua cuando rompe en la arena. Saboreándose los labios volvió a atacar a Frida.

    – Ahora tú, mariconcito, vas a ser una niña de verdad, y las niñas de verdad son muy buenas ¿verdad?… ¡Responde, coño!

    – ¡Si, si, si!

    – Bien, así me gusta. Ahora tú se la vas a tocar a tu amiguita Marla, y ella te la va a tocar a ti.

    – ¿…Tocársela?…

    – ¡Si niña, sí!, ¿tú no sabes lo que es coger una? …- dijo sin concluir la frase, y sin dejar de hacer blanco con el revólver en le pecho de Frida, estiró la mano desocupada y la metió dentro del vestido de Marla para remover con gusto lo que encontró.

    Con el arma presente se inició el juego de las manos y los gemidos. Aún desconozco cuánto tiempo tardamos en despojarnos de la ropa, para sentir cómo nuestros sexos se tornaban tibios y acariciables. Algo me hizo abandonar el miedo, fue ver cómo el negro soltó el arma en el asiento delantero para abrirse de piernas y reacomodarse de rodillas frente a mí. Cuando quedamos mirándonos frente a frente, recosté la espalda en el asiento e incliné las nalgas para sentirme más cómodo.

    Por un momento pensé que el arma podía ser solo un juguete para asustar.

    Su lengua se entretenía en el lóbulo de una de mis orejas, yo iba mordiéndolo desde los hombros hasta el cuello. Con los ojos cerrados imaginaba que en realidad el negro me amaba. Todo parecía ser un sueño, mi propio sueño hecho realidad. Sin imaginarlo él me dijo con una voz tierna: “métemela” “métemela”

    Y lo hice, para revivir en mí esa necesidad de sentir cómo su piel de hombre negro se fundía a mi piel de hombre blanco. Su sexo rodaba por mi estómago, lo sentía tan caliente como una rebanada de pan recién sacada del horno. Con mis labios acaricié el pelo que se enroscaba bajo sus axilas. Realizaba movimientos bruscos con las caderas y me detenía a intervalos porque le dolía y se quejaba. Él utilizaba sus dos manos con un poco de esfuerzo y buscaba la ranura de mis nalgas que sobresalían del asiento. Hubo un minuto en que mi frente reposó sobre su pecho. Mientras él me besaba el pelo sudado pidiéndome más, mucho más, yo alcé la cabeza para detener mi mirada en sus ojos adormecidos y entreabrí los labios para besarlo.

    Y justo cuando llevé mi boca a la suya, vi un rayo luminoso que llegó mucho antes que el sonido del disparo y los cristales rotos.

    No hubo dolor, pero los labios fueron cerrándose como conchas de mar. Dejamos de emitir sonidos. El negro palideció sin decir una palabra, deslizó sus dedos por mi mejilla dejando caer suavemente su mano por mi hombro, miré a su pecho ensangrentado, palpé bajo mi pezón e intente cubrirme con las manos el huequito de la herida, allí dejé una mientras con la otra acaricié la cabeza rapada del negro dejándole sobre la frente un fino rastro de sangre. Muy a lo lejos escuché el grito de Marla. “¡Le diste a los dos!” “¡Los mataste, coño!” “¡Le diste a los!…” El negro cerró los ojos, no sin antes presionar su mano junto a la mía y dejó colgando la cabeza en mi pecho, como si hubiese sido cortada por una guillotina. Sentía cómo las gotas de su sangre y la mía corría por mis nalgas, creí verlo derretirse sobre mi cuerpo, cuando intenté echarlo a un lado comprendí que era incapaz de mover un dedo, entonces una nube oscura se enterró en mis ojos, y allí estaba, a punto de alzar el vuelo, el ganso blanco.

  • Oráculo

    Como una piedra, rodando. Rodando pendiente abajo. Así me sentía. Y para evitar el despeñamiento o hacer más suave la caída intenté aferrarme a las viejas canciones de Serrat, al greatest hits de Bob Dylan, al primer álbum de Tracy Chapman, y a Sabina, a Charly García, Fito Páez, Santiago Feliú, a Lenny Kravitz y a Silvio. Escuchaba un track, al azar escogía otro, luego otro y cambiaba de disco. Había apostado por la música para sobrellevar la noche, sin embargo terminé preparando mi cama. No me sentía agotado, solo que a falta de un verdadero plan simplemente quería acostarme. Para dormir. Profundamente. Necesitaba que aquella húmeda noche de diciembre transcurriera y llegara el amanecer, porque las fotos y la carta de Manu —las fotos y la carta que Manu le dio a Patricia para que me las hiciera llegar— me tomaron por sorpresa en la mañana mientras ponía en orden mi buró.

    Tras mis intentos fallidos con los discos que había elegido, mi peor decisión para irme a la cama y amanecer fue apagar la luz, apretar el play de mi reproductor y poner en marcha una grabación casera —yo había hecho una nueva copia de un casete que mi amigo Ariel y yo grabamos en mi apartamento a finales de los noventa. A la par que tomábamos media botella de un duro ron casero, Ariel tocaba la guitarra y cantaba sus canciones. Me gustaban las letras, había de todo en ellas, en especial ira y amor en grandes dosis. Me sentaba bien aquel casete que nunca quise prestarle a nadie por temor a perderlo o a que dañaran la cinta. Pero hice una excepción y mi temor se hizo real ocho años después cuando vi enredarse la cinta en el reproductor de uno de mis amigos. Pude salvarla. Nuevamente tenía su voz y la guitarra en dos caras de un casete de sesenta minutos. En la cinta no solo quedaron registradas sus canciones, algunos comentarios y el chasquido de los vasos cargados de ron, para mi sorpresa, casi al final de la segunda cara del casete y luego de varios minutos de silencio —tal vez diez minutos—, escuché un raro sonido: el de la cerradura y el picaporte, el ruido de la puerta de mi apartamento al abrirse y la voz de Manu que eufórica dice: “Te tengo una sorpresa, compré entradas para…”

    Justo ahí se trunca la grabación.

    Escuchaba aquel casete con bastante frecuencia pero siempre apretaba el stop cuando acababa la última canción.

    Encendí la luz.

    Escuché la voz de Manu un par de veces más.

    Coincidencias. La grabación original debió haberse acabado antes. Coincidencias. La cinta del casete donde estaba haciendo la copia siguió rodando y los cabezales de audio del equipo registraron los ruidos del ambiente. Coincidencias. Una llave se introduce en la cerradura, la puerta se abre y Manu entra a mi apartamento. Estaba muy excitado. Lo recuerdo. Quería darme una sorpresa. Manu había conseguido entradas para un concierto en el Teatro Nacional. Vanito, uno de los integrantes de la banda Habana Abierta, haría un concierto en la sala Avellaneda. Teníamos dos papeletas para sentarnos en la platea. Sábado, 8:30 p.m., cómo olvidar aquella noche. ¿Coincidencias? ¿Lo sucedido aquel día en que hacía la copia del casete con las canciones de Ariel era en verdad una coincidencia? Figuras, así lo llamaba Cortázar a falta de un nombre mejor.

    Miré el reloj.

    10:13 p.m.

    Estaba a tiempo. Podía intentarlo.

    Decidí entonces cambiarme de ropas, tomar el paraguas y salir.

    Bajo una fina llovizna fui a la avenida Independencia. Allí esperaría uno de los ómnibus de la conexión Boyeros-Habana Vieja, necesitaba llegar a las ruinas del muelle abandonado.

    Al subir al ómnibus agradecí que para muchos no fuera una buena decisión salir a la calle en una húmeda noche de diciembre. El autobús estaba casi vacío, viajábamos el chofer, un conductor y no más de quince pasajeros. El viaje desde mi barrio a la parte vieja de La Habana es largo y podría hacer todo el trayecto sentado.

    Desde mi asiento junto a la ventanilla veía transcurrir la ciudad. Toda una ciudad guareciéndose del mal tiempo a sabiendas de que la lluvia era el anuncio de bajas temperaturas. El cielo estaba cargado y bajo, a ras de las azoteas, llovía desde el atardecer del día anterior —caían duros aguaceros, luego escampaba, una densa calma parecía deslizarse entonces sobre el asfalto, y la tranquilidad era perturbada por la llovizna, que se iba tornando más fuerte hasta arreciar.

    Al bajar del ómnibus escampó.

    No tenía sentido ganarle tiempo a la lluvia. Volvería a llover. Decidí aprovechar aquella calma y fui rumbo al boulevard de Obispo. Debía simplemente caminar. Intentaba esquivar los charcos que se sucedían sobre los adoquines, veía mi cuerpo reflejado en las vidrieras, esquivaba también a quienes hacían el camino en dirección contraria ensimismados o temiendo ser sorprendidos por un aguacero. Caminar. Simplemente caminar. La música abandonaba el interior de los cafés a ambos lados del boulevard mezclada con los vapores de la grasa donde freían carnes, pescados, papas. Caminar. Simplemente caminar. En la intersección con la calle Mercaderes torcería a la derecha rumbo a la avenida del puerto.

    Cuando apenas me faltaban seis cuadras para llegar al embarcadero comenzó a lloviznar y abrí el paraguas.

    Estaba cerca del embarcadero en ruinas, quizá a cien metros, pero las luces de la avenida descubrían solo las vigas de acero torcidas a la entrada y necesitaba ver todo el muelle. Miré la hora. Faltaba cerca de veinte minutos para la medianoche. Según mi reloj no tenía sentido apurarme —tenía poco más de veinte minutos a mi favor—, sin embargo el único ruido que escuchaba era el de los pocos autos que circulaban por la avenida del puerto. Temía haberme equivocado en la elección del lugar y el cálculo del tiempo. Cerré el paraguas. Corrí. Necesitaba llegar al embarcadero.

    Una vez frente al muelle intenté recuperar el aliento. Me sentía fatigado, mi paso no disminuyó a lo largo de toda la carrera, porque en el embarcadero abandonado, sobre los últimos pilotes, encontraría La Sucia Caja de Cristal.

    Pero el muelle estaba vacío.

    No había rastros de La Caja en los alrededores, tampoco tenía a quién preguntarle. Miré al cielo, seguía cargado y bajo. ¿Debía aprovechar la escampada y hacer el camino de regreso? ¿O esperar? Debía tomar una decisión y además tener en cuenta que podía sorprenderme un aguacero y también el asma. Necesitaba recuperar el aliento. Me apoyé entonces en una de las vigas y volví a mirar al cielo. Traté entonces de serenarme. Respirar suavemente. Inhalar. Expirar. Hacerlo despacio. Inhalar y exhalar aquel aire de mar que arrastraba hacia la parte vieja de la ciudad el salitre y el olor del carburante derramado en el agua.

    Caminé hasta el final del muelle y me paré de cara a la bahía: uno de los transbordadores hacía la ruta Casablanca-Habana. Miré el reloj. Faltaba poco menos de diez minutos para las doce. Me volví hacia la avenida: dos automóviles circulaban por las carrileras que conducen hacia El Vedado, un ómnibus del servicio de la madrugada viajaba en sentido contrario y una pareja caminaba a lo largo de la acera que se extiende junto al litoral. Cuando intenté imaginar qué planes podían tener aquellas personas escuché un ruido.

    Lo conocía.

    Emergía desde una de las calles que desemboca en la avenida del puerto.

    El sonido se hizo más grave cuando La Caja dejó la avenida para adentrarse en el muelle abandonado. Avanzaba lentamente. Empercudida. Burda. Mal cortada, como si fuera la obra de un cristalero borracho. Trituraba los escombros que se interponían en su camino o los empujaba al mar. Las grandes piezas de cristal rozaban algunas vigas añadiendo un agudo chirrido al ruido de su paso. Nada la detenía. Avanzaba hacia mí. Rezumando agua. A pesar de la lluvia los lamparones de barro cubrían buena parte de las paredes de La Caja. Debía salirme de su ruta.

    La enorme caja de cristal dejó de moverse justo donde yo estuve parado. Quedó con una mitad apoyada en los últimos pilotes del embarcadero y la otra suspendida sobre agua. En equilibrio.

    Miré al cielo. El aire arrastraba las nubes de tormenta, los relámpagos acuchillaban los nubarrones. Debía tocar una de las paredes de La Caja, hacer un claro en el barro. Debía hacerlo. Había hecho un viaje desde mi apartamento hacia la parte vieja de la ciudad sin otro rumbo que aquel embarcadero en ruinas, bajo la lluvia, para encontrarme con La Sucia Caja de Cristal. Y la tenía delante de mí. Sin embargo no me atrevía a extender el brazo, a pegar mi mano contra el cristal, a remover una parte del manchón de barro.

    Pero lo hice.

    Mis dedos dejaron cinco trazos. Leves. Sabía que no bastaba. Entonces pegué mi mano. Contra el cristal. La moví, despacio. Y saqué un pañuelo y volví a moverla en círculos. Tras hacer un gran claro hice la pregunta.

    En La Caja, bajo los hilos de agua que continuaban escurriéndose sobre las grandes piezas, vi a Manu.

    Vestía de negro.

    Los dread locks a la altura de los hombros.

    Los ojos entornados.

    Un gorrión en el pecho.

    La imagen que revelaba La Caja era similar a la foto que Patricia tenía enmarcada sobre el televisor en la sala de su casa. Orlando L tomó aquella foto en mi apartamento. Y la copia que yo conservaba —junto a las ocho fotos y la carta que Manu me envió en un sobre con su amiga Patricia— me tomó por sorpresa en la mañana mientras ponía en orden mi buró.

    ¿Coincidencias?

    La copia de una vieja grabación casera, una foto tomada por Orlando L, Manu, un sobre traspapelado en mi buró, el concierto de Vanito, La Sucia Caja de Cristal.

    ¿Coincidencias?

    Tal vez era una figura.

    Pegué el índice en el claro que hice luego de frotar sobre uno de los lamparones de barro, y Manu —o la imagen de Manu mostrada por La Sucia Caja de Cristal— abrió los ojos. Un leve tono café, grandes. Húmedos. Vi dos esquirlas rodar en sus mejillas. Puse entonces mi mano abierta en la pared de La Caja y Manu extendió su brazo. Creí sentir una oleada tibia. Leve. Era el leve calor de su mano en la mía. Suavemente puse mi otra mano. Miré a Manu. Sonreía. Decidí hacer un claro más grande y volví a pegar mis manos contra la pared de cristal. Yo quería que la imagen de Manu se acercara todavía más, que pegara sus manos contra las mías, que también hiciera lo mismo con todo su cuerpo para sentir la oleada tibia sobre el mío aunque la pared de cristal se alzara entre los dos.

    Cerraría los ojos, intentaría imaginar que tomaba a Manu por los brazos. Quería abrazarlo.

    Tras cerrar mis ojos sentí que sus manos tocaban mis manos.

    Tras cerrar mis ojos sentí una tibia y leve presión en los brazos.

    Tras cerrar mis ojos Manu apretó fuerte y tiró de mis brazos.

    Sentí todo el calor de su cuerpo. Mientras me abrazaba, Manu pegó su rostro contra mi pecho. Respiré hondo. En el torrente se mezclaba el olor de su cabello, un leve aroma de agua de lavanda, el salitre y el vaho del carburante derramado en la bahía. En medio del abrazo sus labios buscaban los míos. Un largo beso. Muy largo. Profundo. Y mi sexo, duro, maniatado por el jeans, hincaba su pelvis.

    Bajo las pesadas nubes de tormenta que se arrastraban a ras de la ciudad, en aquella húmeda madrugada de diciembre y dentro de La Sucia Caja de Cristal nos fuimos desnudando.

    Tenía a Manu frente a mí. Los ojos entornados, los dread locks a la altura de los hombros y un gorrión en el pecho.

    Lo tomé por la cintura, pero lo puse de espaldas a mí. Suavemente lo obligué a encorvarse. Y sus manos se apoyaron en la sucia y húmeda pared de la caja. Besé su espalda, las nalgas. Y mi lengua se fue impregnando del indómito acre de Manu. Mis manos obligaron sus piernas. Las fui separando más. Llegar y beber de cada poro, toda la sal impregnada en la piel, también las esquirlas de mar que caían sobre nuestros cuerpos. Y miré su rostro. Sonreía. El cabello azotando áspero el vacío. Y atravesé el arco que eran sus piernas. Sentí entonces sus manos acariciar mi espalda. Qué hacer con todo su cuerpo si el deseo en mí no es sucesivo. Su carne durísima delante de mí. Las piernas, una barriguita incipiente, el cuello y los labios. Sentir la aspereza del cabello en mi piel. La boca y la lengua, o perderse en la espiral de la oreja. Qué hacer con todo su cuerpo si el deseo en mí no es sucesivo. Tuve su glande, y la barriga. El pecho y el cuello. La oreja y los labios. Un beso. Largo. Los relámpagos acuchillaban las nubes. Otro beso. Largo y profundo. Comenzó a lloviznar cuando lo obligué a inclinarse otra vez. Y mi cuerpo quedó dentro del suyo. Gemidos. Relámpagos. Breves gemidos se repetían dentro de las paredes de cristal. Finas gotas de lluvia caían sobre nosotros. La brisa. Penetraba en La Caja. Giraba dentro de La Caja. Nos envolvía. Una espiral que arrastraba consigo el vaho del carburante, salitre y aroma de lavanda. Las piernas y las nalgas de Manu amortiguando la embestida. Sus manos contra el frío y sucio cristal de la caja. Mis manos ciñendo la imposible fuga de Manuel. Gotas de lluvia y sudor y barro sobre la piel y en la lengua. La carne abierta, tibia. Mi sexo, duro, dentro de la carne tibia y abierta y húmeda. Relámpagos. Sus uñas, hincando, gemidos. La llovizna. Gemidos. Mi carne, la suya, tibia, adentro, gotas de lluvia. Adentro. Tibias y gruesas gotas.

    Adentro.

    Doblarme de a poco sobre Manuel.

    Quedarse allí, sobre una espalda tibia. Húmeda.

    Manu sonrió. Luego besó mis labios.

    La llovizna se volvió pertinaz y abrí el paraguas. Extendí mi mano, la pegué contra el cristal, pero esta vez Manu no movió las suyas. Tenía los ojos entornados.

    Decidí hacer otro claro en los lamparones de barro. Escogería otra de las paredes. Necesitaba sentir a Manu. Quería sentir otra vez sus manos en las mías. Saqué mi pañuelo. Limpié. Puse mi mano contra La Caja.

    Pero comenzó a vibrar.

    Sobre las paredes se precipitaron varios hilos de agua.

    Manu no abrió los ojos.

    Se escuchó un chirrido. La Caja se movía. Empercudida, enorme, mal cortada. Debía hacerme a un lado. Se alejaría entre las vigas de acero y sobre la estela de escombros triturados que dejó en su entrada al muelle. Cuidando mantener la distancia caminé junto a La Caja. Miraba a su interior. La imagen de Manu, que no había cambiado la postura, se volvía difusa bajo los lamparones de barro. Me agaché, tomé una piedra tan grande como una pelota de béisbol, pero no tenía sentido lanzarla contra la caja. En aquella húmeda medianoche de diciembre, desde la entrada del muelle abandonado vi perderse La Sucia Caja de Cristal en una de las calles que entronca con la avenida del puerto.

    Caminé hasta el borde final del muelle —cerré el paraguas, había cesado la llovizna—. Un remolcador llevaba mar afuera un buque mercante. Navegaban lentamente en medio de la bahía. Los vi avanzar, alejarse, también vi cómo el remolcador terminó la maniobra de arrastre y esperé su regreso.

    Abandoné el embarcadero cuando el mercante desapareció en la bruma.

    Tomaría por el boulevard de Obispo. Intentaría esquivar los charcos que se sucedían sobre los adoquines mientras veía mi rostro reflejado en las vidrieras. No tenía sentido ganarle tiempo a la lluvia. El cielo seguiría cargado, bajo, a ras de la ciudad. Llovería. Debía simplemente caminar. Caminaría para llegar a la parada del autobús de la conexión Habana Vieja-Boyeros. Si el ómnibus demoraba podía pagar un taxi.

    Bajé a la avenida.

    Hice el camino de regreso a mi apartamento con una libélula incrustada en el pecho.

  • XXXVI Premio de Poesía “Jaime Gil de Biedma”

    La Diputación Provincial de Segovia convoca el XXXVI Premio Internacional de Poesía en Lengua Castellana “Jaime Gil de Biedma”, que se presenta en dos categorías. Esta convocatoria es competitiva y se enmarca dentro de las subvenciones reguladas por la ley y el Plan Estratégico de la Diputación.

    1ª Categoría: Premio Jaime Gil de Biedma, abierto a todos los participantes.

    2ª Categoría: Premio para jóvenes poetas, reservado a autores nacidos después del 31 de marzo de 1996.

    La dotación total del premio es de 17.000 euros, distribuidos de la siguiente manera:

    • Premio Jaime Gil de Biedma: 12.000 euros.
    • Premio para jóvenes poetas: 5.000 euros.

    El plazo de admisión de trabajos se abrirá el 1 de enero de 2026 y se cerrará el 31 de marzo de 2026. Los participantes deberán presentar un poemario inédito, con un mínimo de 500 versos o 3.500 palabras, sin firma ni indicación de autoría.

    La presentación puede hacerse de forma presencial o electrónica, cumpliendo con los requisitos establecidos en las bases completas del concurso. Para más información, visita la sede electrónica de la Diputación de Segovia.

    Los premiados tendrán la oportunidad de ver sus obras publicadas, conservando la propiedad intelectual de sus creaciones.