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  • La laguna

    Esta es la historia de una pequeña felicidad que, por alguna inexplicable causa, tuvo lugar el día que cumplí dieciséis años. Ahora, después de tanto tiempo, no puedo asegurar si el suceso guarda relación con semejante acontecimiento de mi vida. Estoy dispuesto a garantizar, en todo caso, que era un domingo gris y húmedo, porque yo solo iba a la laguna los domingos, y, además, el invierno, como siempre que llegaba mi cumpleaños, sacudía por fin las ramas de los aralejos, los cedros, los mangos casi sin hojas, con sus vientecitos leves, grises, del norte, y dejaba caer las primeras lloviznas, un escurrir inseguro que se dispersaba, como una neblina, antes de llegar a la tierra. La tímida revelación invernal agregaba exaltación al viaje de los domingos. Era tan inesperado y efímero el invierno que su presencia transformaba el paisaje, como si de pronto despertáramos en otro sitio, como si luego de tanto sol, el país no fuera el país, sino un paraje lejano, de cobijas, nubarrones, escarchas y sombras. Y esa ilusión fugaz, como cualquier ilusión, constituía un goce agregado al goce habitual de los domingos.

    Para llegar a la laguna, solía tomar el tren de las once. Digo “tren” porque se desplazaba sobre raíles y porque alguna vez lo debió haber sido, y porque además así lo continuábamos llamando con esa obstinada voluntad por mantener la nobleza de los tiempos y las cosas. Estoy hablando en realidad de dos coches viejísimos, casi sin techo y sin cristales en las ventanas, tirados por una locomotora antigua que, si no era de vapor, lo simulaba bien, por el humo blanco e inexplicable que iba dejando a su paso. No era el único tren que cruzaba por mi pueblo: sí el único que realizaba el trayecto zigzagueante desde Marianao hasta Guanajay, vadeando los más recónditos caseríos (El Guatao, Corralillo, La Matilde, La Fautina), atravesando Vereda Nueva y más allá, y el único, además, que paraba no solo en cada pueblo (razón por la que le llamaban “el heladero”), sino en cada una de las estaciones, por perdidas o ilusorias que pudieran parecer. Pasaba dos veces: a la ida, a las diez o las once de la mañana; y a la vuelta, a las cuatro o las cinco de la tarde. Nunca se detenía exactamente en la estación, sino un poco más adelante, casi en el patio de mi casa. Maringo B., el conductor, era amigo de mi familia y siempre bajaba a beber un jarro de café. Gracias a Maringo B., podía realizar yo, totalmente solo y a gusto, aquellos viajes hasta la laguna en busca del güin para mis jaulas. Maringo B. les daba la tranquilidad de un viaje sin tropiezo.

    Debo reconocer, con toda humildad, que en mi pueblo (e incluyo muchos pueblos de los alrededores) nadie hacía las jaulas como yo. Lo había aprendido de mi abuelo, y lo había aprendido bien. Qué digo bien: extraordinariamente bien. Incluso mejor que mi abuelo, si iba a hacer caso a lo que decían cuantos lo conocieron. En mis manos, el güin no tenía misterio. Es preciso que sea sincero y reconozca que nunca he vuelto a ver jaulas para pájaros como las mías. También es cierto que ya casi no existen, es un arte perdido, como muchas otras cosas que desaparecen de este mundo despreocupado, vertiginoso y poco aplicado en el que vamos viviendo. Como todo arte, aquel de hacer jaulas no solo tenía que ver con la habilidad de mis manos, sino también con una mezcla de zozobra y serenidad, de segura incertidumbre, con mi obstinada paciencia, con los desasosiegos de mi razón y los equilibrios de mi imaginación. En cualquier caso, lo sé, eran construcciones admirables. Hasta fastuosas. Se alzaban con primor, casi por milagro. Pequeños alcázares para sinsontes, tomeguines, canarios y jilgueros. Palacios que primero “veía” con los ojos cerrados, siempre acostado sobre las baldosas frías del suelo de mi casa o sobre la hierba húmeda, junto al brocal del pozo ciego, y que más tarde mis manos se encargaban de convertir en algo tangible, manejando, con pericia que a mí mismo sorprendía, las dóciles varillas de güin.

    En cuanto a lo que llamábamos pomposamente “la laguna”… Nada, ninguna laguna, un pequeño charco sin nombre, cercano a la laguna verdadera, la de Ariguanabo, donde encontraba el mejor güin, el más empinado, duradero y manso que haya vuelto a encontrar nunca.

    Por lo general, el tren iba repleto de familias endomingadas que viajaban de un pueblo a otro, a reunirse con otras familias, a comer, beber, a dar gracias y celebrar el día de descanso. Me conocían, me saludaban. Cuando llegábamos al crucero de la finca El Anón, Maringo B. disminuía la marcha del tren y me decía adiós con su gorra gris de ferroviario. Yo me lanzaba jubiloso al camino rojo, con mi morral al hombro. Las familias también me decían adiós, con la deliciosa melancolía que suelen provocar los domingos, mucho más cuando se mezclan con los trenes. Agitaba mis brazos con la extraña fruición que suele provocar saltar de un tren, un domingo cualquiera, en medio del campo. “Adiós, adiós”, gritaba. Y seguía por un sendero que solo Igor y yo conocíamos, abierto por entre el monte no demasiado intrincado. Sendero seguramente desbrozado por nosotros mismos, y que bajaba, entre zarzas, aromas, en suave declive hasta la laguna cubierta de malanguetas, hostigada por aquellas pequeñas y enhiestas cañas que llamábamos güin. Me acercaba y el agua de la laguna se sentía en la piel. El sudor no era sudor, sino un presagio. En medio del silencio autoritario del monte, se escuchaba un rasgarse de hojas, el salto de algún sapo, un aguacate demasiado tierno, demasiado verde, que el viento lanzaba sobre los falsos nenúfares. Y el aroma del agua llegaba con la misma intensidad que tenía aquel otro aroma de los aguaceros que se desplomaban en septiembre sobre la tierra seca y ávida de ciclones. Y yo advertía el sabor dulzón, dichoso, que humedecía mis labios.

    Solía sentarme en el tronco caído de una palma. Había que entrar en la respiración de aquella laguna antes de comenzar a cortar el güin. Ante todo, se hacía preciso permitir que el silencio penetrara en uno con toda dignidad, y, por supuesto, había que conocer con precisión el modo justo de cortar las pequeñas cañas. No era algo que cualquiera estuviera en la capacidad de hacer. Si se cortaba mal, se secaba mal, perdía su solidez, se doblaba como un tallo muerto, y dejaba de ser útil, para jaulas o para cualquier otra cosa. Me sentaba, además, a esperar que Igor llegara desde El Cayo La Rosa, donde pasaba los fines de semana, en casa de sus abuelos. Venía andando, o corriendo, porque mi amigo no andaba, corría siempre, y para eso tenía las piernas más poderosas que yo hubiera visto. Además, hasta la laguna no existían, desde ningún punto, caminos indulgentes para los carromatos o las bicicletas. En la tarde, con los güines necesarios para el trabajo de la semana, sí que nos íbamos juntos hasta el crucero de El Anón, y esperábamos a que pasara el tren con Maringo B. y su gorra gris, y nos sentábamos satisfechos entre las familias que regresaban con las bolsas llenas de mangos, y un cansancio que nada tenía que ver con el de cada día, que era el agobio jocoso de los sillones, las bromas, las risas, las comidas, las cervezas, los rones y los interminables juegos de dominó.

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    Ese domingo de enero, sin embargo, en el que yo cumplía (por fin) los dieciséis años, sucedieron cosas fuera de lo habitual. Como es lógico, no fui capaz de darme cuenta entonces. El presente, muchas veces, cobra su forma definitiva en el pasado, de manera que solo ahora, al cabo de tantos años, tengo la certeza de que no habíamos despertado a un día cualquiera. Aunque ahora mismo continúo sin la certeza de saber si cuanto aconteció tuvo o no relación con el pequeñísimo acontecimiento de mi vida. Pequeños detalles, diría yo, pequeños anuncios, tuvieron lugar desde temprano, como que Maringo B., por ejemplo, no se bajara a tomar el café, y dejara, con evidente descortesía, que mi madre fuera con el jarro hasta la locomotora. Los vi hablando por lo bajo, con una concentración que me pareció intranquila. Mi padre, que venía de los campos, tenía la ropa seca a pesar de la llovizna. Tampoco traía el machete al cinto. Se unió un instante a mi madre, y vi que hablaba con el maquinista con idéntico cuidado. Además, el tren iba vacío. Bueno, casi vacío. Había un afilador de tijeras sentado en un alejado asiento del último vagón. Cuando me acerqué a él para sentarme en una butaca lateral, vi que era un negro viejo, de edad incierta. Como todos los negros de pelo blanco y cuerpo macilento, también este podía haber cumplido lo mismo setenta que cien años. Vestía una camiseta blanca, sin mangas, con cuello de botones dorados, y un pantalón de lino doblado hasta media pierna. Me llamó la atención la ropa limpia, extraordinariamente limpia, de un blanco impecable, y que desprendiera incluso un aroma fresco, a flores, a vetiver, que llegaba hasta mí con más fuerza que el olor de los falsos laureles mojados por la llovizna. Aquella ropa aseada desentonaba con los pies descalzos, como cueros endurecidos y cubiertos de tierra. A su lado, un estropeado abanico de guano tejido, una pequeña bolsa y la gran rueca azul, estructurada y provista de manivelas, que es, junto con la zampoña, el instrumento inevitable de los afiladores de tijeras. No respondió al saludo que le hice con la mano. No se movió. Ni siquiera pestañeó. Al cabo de unos segundos me atreví a mirarlo de frente y adiviné que tenía los ojos opacos, borrados y sin pupilas, como si hubieran sido creados con una mezcla de cristales y cenizas. Cuando estuvimos en el cruce de El Anón, el tren disminuyó su marcha. Maringo B. no me saludó con su gorra gris. Bajé del tren con una sensación difícil de definir, como si cuanto estuviera haciendo en el domingo de mi dieciséis cumpleaños fuera habitual y al propio tiempo aconteciera por primera vez. El camino hasta la laguna, debo reconocerlo, era el mismo que de costumbre, más húmedo, más verde, menos sofocante, aunque con idénticas zarzas y aromas, idéntica algarabía de gorriones y pericos, y la profecía inevitable del agua y sus falsos nenúfares, y el olor a tierra que tanto me gustaba. Me senté en el tronco de la palma caída. Algo me decía que debía esperar durante más tiempo la llegada de Igor, así como el momento preciso de cortar los güines.

    Igor llegó pasado el mediodía, con aire cansado y triste. Ignoro si “cansado y triste” sean las palabras adecuadas. En cualquier caso puedo asegurar que no era el Igor que yo conocía y necesitaba. Aquel sonreía siempre, era fuerte, impaciente, animoso, dispuesto a cualquier cosa que significara “entrar en acción”. Tenía dos años más que yo y me hacía ver la vida a través de su euforia y de su fuerza. Y es que a pesar de sus dieciocho años, Igor era un hombrón alto, blanco, casi rubio, construido como con cables de acero. Se descubría una contradicción entre el cuerpo poderoso y la mirada mansa, clara, jovial de los ojos verdosos, que parecían haber vivido mucho. No conocía el desánimo. Y sobre todo, cortaba el güin como nadie, si bien carecía de la paciencia necesaria como para crear algo con aquellos tallos amarillentos. Miraba mis jaulas con el asombro con que se miran los actos de magia. Yo admiraba su seguridad, su bondad y su fuerza. Él admiraba mi concentración, mi entrega y mi destreza. Pero el Igor que llegó aquel domingo tenía algo distante. Sonreía, como siempre, y no sonreía como siempre. Sus ojos se habían oscurecido, habían perdido, en cierto modo, el júbilo benévolo o la sabiduría. Hasta su cuerpo prepotente mostraba un cansancio poco común. Le pregunté qué le pasaba. Dejó que transcurriera un largo silencio antes de responder que no sabía, que en efecto algo debía sucederle, ignoraba qué, tal vez tuviera que ver con el día, con la llovizna, con el camino enfangado, o con que no había desayunado, no sabía, de verdad, no lo sabía. Le recordé que era mi cumpleaños. Se lanzó sobre mí sonriendo, fingiendo que me golpeaba, y hasta aquel juego, tan habitual, carecía de fuerza, de autenticidad. Quedamos luego acostados sobre la hierba, sin hablar, mirando el cielo gris o rojizo, las ramas de los aralejos, la fragilidad de la lluvia cuyas gotas desaparecían entre las hojas de un verde casi negro.

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    Me desnudé. Dije que iba a bañarme en la laguna. No era algo que hiciera a menudo, eso de bañarme (palabra inadecuada) en las aguas siempre frías y siempre sucias de la laguna. No me daba gusto entrar en aquel charco. Creo que solo me había sumergido en él una o dos veces. Y en esas pocas ocasiones el agua no había ascendido más allá de mis rodillas. Igor sí solía hacerlo. Cada domingo se desnudaba y entraba al agua, y cuando salía, más bien parecía que hubiera llegado del centro de la tierra: su piel estaba opaca, cubierta de lodo, de hojas, de tallos negros que simulaban sanguijuelas, y con un fuerte olor a musgos y a negrura que me provocaba una turbación desconocida. Y es que no bien se apartaban los falsos nenúfares y se ponían los pies en el fondo, este parecía agitarse, o mejor dicho se agitaba de verdad, y la superficie, terrosa de por sí, se confundía con el fondo. Me daba mala impresión que alguna parte de mi cuerpo, en este caso mis pies, mis piernas, entraran en contacto con algo oculto. Me incomodaba que mis ojos no pudieran controlar lo que sucedía debajo de mis muslos. Siempre temí, y temo, las cosas que no soy capaz de ver.

    Entré en el agua con aprensión y con frío. La desnudez no resultaba apropiada para el día de enero. El agua, la tierra con apariencia de agua que es una laguna, estaba aún más sucia que de costumbre, y se hubiera dicho que una capa de hielo la cubría. Mis pies se hundieron en el fango. Experimentaron el contacto desagradable del fango, de las piedras escurridizas, de las raíces de las malanguetas. Caminé hacia el centro de la laguna como si apartara un obstáculo pesado. Por un instante, el agua perdía su inmovilidad. Solo se alteraba a mi alrededor, en pequeñísimas ondas que desaparecían de inmediato. Desde el fondo ascendía el olor a musgo, a cueva, a oscuridad, a hierbas podridas. Hubiera jurado que los falsos nenúfares se apartaban a mi paso. Sentí enormes piedras que caían al agua y supuse que eran las ranas y los sapos. Sabía que allí no se podía nadar y lo intenté. Mi cuerpo se hundió entre las hojas verdes. Atiné a cerrar los ojos. Volví a la superficie con la inevitable sensación de que no salía del agua sino de la tierra. Respiré profundo. Miré a lo alto. Me pareció que veía pasar un pájaro blanco. Supuse que debía regresar a la orilla. Por el contrario, avancé un poco más. El agua cubrió mi pecho. Mis ojos estuvieron al nivel de las malanguetas. No carecía de belleza aquella superficie verde, donde se abrían flores blancas, cercada por los güines desafiantes de la orilla. Me di cuenta de que desde allí el mundo se veía diferente, como si estuviera cubierto por una bóveda. Llamé. Quise escuchar un eco que no se produjo. De las ramas altas de los aralejos cayeron lentas hojas negras. Salvo eso y el lejano, breve ladrido de un perro, hubiera dicho que me hallaba en un paisaje pintado, que era la figura detenida de un lienzo gigantesco. Creo que en ese instante imaginé cosas, demasiadas cosas que ya no puedo enumerar. Imaginé, por ejemplo, una jaula redonda, rematada por una ancha cúpula de güines verdes. Imaginé una música para esa jaula, una música nueva para mí. Imaginé un pájaro plateado, de metal, inmóvil, por supuesto, y con las alas abiertas. Imaginé que la jaula se hallaba en una terraza de cristales, y que afuera, el paisaje se veía blanco, blanco de nieve, o como yo imaginaba entonces la blancura y la nieve. Imaginé a Igor allí, en aquella terraza, junto a mí. Cerré los ojos con la esperanza de lograr que lo imaginado no se deshiciera. Cerrar los ojos me obligó a dar un paso que no fue un paso. El agua de las lagunas no permite pasos en falso. No fue, pues, un paso, sino un desplazamiento equivocado. Como si anduviera por el aire, por el cielo. Las lagunas se parecen al aire, al cielo. Perdí el fondo. Desapareció la sensación resbaladiza de las piedras, las hierbas del fondo. Sin abrir los ojos, agité los pies para mantenerme a flote. Como no estaba en el mar, ni en la tierra, fue otro movimiento infructuoso. Supe que algo me atraía desde el fondo. Al tratar de negar esa atracción, desesperada e instintivamente, los pies encontraron raíces, lianas, los tallos largos de los falsos nenúfares. Algo se anudó a mi pierna izquierda y empujó hacia abajo. La incertidumbre, o mejor dicho el miedo. Tal vez abrí los ojos. Tal vez solo descubrí una confusión y abrí los brazos. Como en el cielo, como si intentara volar. Y, claro, así como no hubiera podido volar en el cielo, tampoco podía en la laguna, y en ningún otro lugar. Son cosas que se aprenden rápido, que incluso se saben sin que se aprendan. El agua me vencía con rapidez, que era, al propio tiempo, de una inusitada lentitud. Y no era sumergirse en el agua, claro está, sino en el fango. Estoy seguro de que me sorprendió cómo dejaba de transcurrir el tiempo. Estoy seguro de que dejé de respirar durante aquella eternidad.

    Los brazos me alzaron, me sostuvieron por los sobacos, me llevaron a los güines de la orilla. Cuando abrí los ojos con un largo suspiro, Igor estaba sobre mí, hundía mi abdomen, abría mis brazos, pegaba su boca a la mía, intentando transmitir la vitalidad de su aliento. Al ver que yo reaccionaba, quedó inmóvil, en posición de acecho, los ojos verdosos, muy pegados a los míos, abiertos por el asombro, volvieron a adquirir poco a poco la jovialidad y la sabiduría. Suspiró a su vez, sonrió de un modo que no olvidaré. Una sonrisa a la que faltaba poco para abrirse en una franca carcajada. Profirió unas cuantas maldiciones y me abrazó y volvió a pegar sus labios a los míos para darme su aliento. Lo apreté contra mí y cerré los ojos. Al cabo de no sé cuánto tiempo, se irguió de un salto. Desde mi posición yaciente, lo vi como lo que en ese momento era, un gigante. Los dos estábamos cubiertos de yerbas y barro. Cualquiera que hubiera observado desde fuera el paisaje de la laguna no nos habría descubierto, hasta tal punto nos confundíamos el uno con el otro, y con cuanto nos rodeaba, vegetación, agua, tierra, de las que incluso ahora yo conocía definitivamente el sabor. Del mismo modo que tenía en mí, en mi aliento, el aliento de Igor, la saliva de Igor, y eso, lo confieso, me hizo extraordinariamente feliz.

    Nos vestimos con lentitud, sin mirarnos, casi sin darnos cuenta de lo que hacíamos. No supe si continuaba lloviznando; tampoco me importaba. Como era de esperar, no recogimos el güin de mis jaulas. Nos sentamos uno al lado del otro en el tronco caído de la palma, y nos agarramos las manos. Creo que mirábamos las malanguetas, los falsos nenúfares y creo que nada mirábamos. O al menos nada que estuviera allí, en el charco al que, con tanto entusiasmo, llamábamos “la laguna”.

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    Regresamos al pueblo andando, mejor dicho: haciendo equilibrio sobre los rieles, como un par de niños. Mi brazo derecho alzado se enlazó al brazo izquierdo y también alzado de Igor, y, a pesar de que mi amigo era más alto, de extremidades más desarrolladas, hallamos de alguna manera la proporción justa para mantenernos estables sobre los raíles y recorrer el largo camino hasta la casa. Íbamos cantando, susurrando: “Dame tu inmóvil placidez, derrama tu agua de paz sobre la fiera llama”. Mucho antes de aproximarnos a los primeros corrales, ya había caído la noche. Una noche rápida, fría, sin lunas y sin estrellas. El viento sacudía con fuerza las ramas de los aralejos. No llovía, o tal vez sí, no puedo asegurarlo. Es probable que la llovizna se hubiera convertido en la neblina que borraba los perfiles de las cosas. Entramos bastante tarde en las primeras calles. Las farolas estaban apagadas. Oscuro como la noche, el pueblo formaba parte de la noche, compartían idéntico silencio. Sabíamos que no era un pueblo abandonado porque escuchamos el llanto de un niño y una voz de mujer que intentaba calmarlo, una canción de cuna. Además del canto de los gallos, aquellos gallos enloquecidos del pueblo, que cantaban a cualquier hora. En la puerta de mi casa, Igor pasó su mano por mi cintura, me atrajo hacia sí. No me besó, pero sentí su aliento y eso fue mejor. Su aliento y el olor de su cuerpo, su calor. Con tanta oscuridad, no pude ver la sabiduría de sus ojos verdosos. Sin embargo, su mano en mi cabeza reveló cuanto había en ellos, todo lo que hubiera querido decir y no dijo. Creo que tampoco sonrió. Mi recuerdo, en cambio, lo ve sonriente. “Mañana nos vemos”, dijo. Solo eso. Tampoco es que hiciera falta más. Entré en mi casa sin hacer ruido, como un fantasma. Supongo que mis padres dormían. La única vida allí parecía proceder de la llama de una vela encendida ante la imagen de San Martín de Porres. Me acosté en el suelo, sin desvestirme. Las baldosas estaban frías. La casa olía a flores, pero mi ropa, mi cuerpo olían a tierra, a cuevas, a musgos, a raíces. Quise dormir. Aunque con aquel júbilo parecía imposible que pudiera cerrar los ojos.

  • El viejo, el asesino y yo

    Espero que no tenga usted nada que decir en contra de la maldad, mi querido ingeniero. En mi opinión, es el arma más resplandeciente de la razón contra las potencias de las tinieblas y de la fealdad.

    Thomas Mann, La montaña mágica

    Es la noche y el viejo balconea. El aire golpea suavemente su rostro, que alguna vez fue hermoso. Todavía lo es, aunque las huellas del tiempo en su piel no sean las que suele dejar una existencia feliz. Está solo. Tanto que al asomarse a la calle parece el hombre más solo del mundo.

    Me deslizo hasta él sin hacer ruido. Me deslizo como una serpiente. Se percata. Me mira con el rabillo del ojo, procurando tal vez que no me aproxime demasiado, que no penetre en su aura. Lo mejor que se puede hacer con una serpiente es mantenerla a distancia, lo comprendo.

    Aunque quizás no le importe. Suele afirmar que a su edad casi nada importa, conocer o desconocer, tomar champán o visitar a los amigos, nada. Le da muchas vueltas a eso de la edad, por momentos parece obsesionado, se burla de sí mismo. Que La Habana no es la de antes, los carros, los bares, los olores, la forma de vestir —el amor en La Habana tampoco es el de antes—, que ya no quiere hacer otra cosa demasiado distinta a mecerse en un sillón. Que los verdaderos amigos están muertos. Nadie como él para instalarse en el pasado: justo donde no puedo alcanzarlo, donde él puede reinar y yo no existo. Cierro los ojos y extiendo las manos en busca del pasado, no puedo. Tu generación, mi generación, dice. Creo que se burla de sí mismo a manera de ejercicio retórico, o quizás para evitar que alguien se le adelante. Un ceremonial apotropaico, un conjuro. Dice lo que imagina que otros podrían decir acerca de él, exagera y no queda más remedio que citarlo.

    Me acerco más. El balcón es chico, la manga de su camisa me roza el hombro desnudo. Es más alto que yo, es un hombre alto que, aun sin llevarlo, parece haber nacido con un traje. Siempre me han gustado los hombres de traje: estadistas, financieros, escritores famosos. Patriarcas, proceres, fundadores de algo. Cuando se reúnen varios de ellos me parece asistir a un lugar de decisiones importantes, a una especie de asamblea constituyente.

    El aire mueve diminutos fragmentos entre él y yo. Su espacio huele a lavanda, a lejanía, a país extranjero donde cada año cae nieve y los árboles se deshojan; huele a oscuridad cerrada y de elevado puntal, a mil novecientos cincuenta y tantos. Mediados de un siglo que no es el mío. Porque su época, según él, es la anterior a la caída del muro de Berlín; la mía es la siguiente. Todo cuanto escriba yo antes del XXI será una obra de juventud. Después, ya se verá. Creo que es una manera elegante de decir que estamos separados por un muro.

    —¿En tu casa hay balcón?
    No, pero sí una terraza con muchísimos cactos, cada uno en su maceta de barro o porcelana con dibujitos. Para el caso es lo mismo. No adoro los cactos, pero se dan fáciles. Proliferan entre el abandono y la tierra seca, arenosa, en mi versión reducida del desierto de Oklahoma. Algunos tienen flores, otros parecen cubiertos por una fina pelusa, pero hincan igual. Son las plantas más persistentes que conozco: aprendo de ellos.

    —No, pero sí una terraza —si me pongo a hablarle de mis cactos, capaz que se vaya y me deje con la palabra en la boca.

    Nunca lo ha hecho, Dios lo libre. Pero sé que puede hacerlo. Mejor dicho, que le gustaría poder hacerlo. No es grosero (fue educado en un colegio religioso y todavía se le nota, además, es cobarde), pero admira la grosería, la brutalidad deliberada como una forma de independencia de no sé cuántas ataduras, convenciones o algo así. Y no me imagino a mí misma sujetándolo por la manga de la camisa. Al menos por el momento.

    Así son las cosas. Temo aburrirlo. De hecho, tengo la impresión de que lo aburro. ¿Qué podría contarle yo, que apenas he salido del cascarón? «Una joven promesa de la literatura cubana», es ridículo. ¡Él ha visto tanto! ¡Me lleva tantos años! ¡Lo repite tan a menudo! Un caballero medieval bien enfundado en su armadura, en su antigüedad. Temo al malentendido. Temo que escape justo en el momento de haber alcanzado su definición mejor… temo. Cada vez que lo veo me lleno de temores (y temblores) y aun así no puedo dejar de acercarme a él. No me lo explico. Es absurdo, soy absurda. Revoloteo alrededor del viejo como una mariposilla veleidosa.

    Como de costumbre, hay mucha gente en la casa. Ruedan de un lado a otro, comentan, murmuran, toman ron. Parece una escena bajo el mar, dentro de una pecera, en cámara lenta. Moluscos.

    Otras tardes y otras noches resultan más animadas que ésta: discuten de literatura, hablan de la gente que no está en la casa, se interrumpen unos a otros, se apasionan. El viejo ironiza, grita, se queda ronco, le dan palpitaciones y luego es el insomnio, el techo blanco. Se promete a sí mismo no volver a acalorarse y reincide. (Uno no escribe con teorías —me ha dicho hoy y no estoy de acuerdo, pienso que nada es desechable, que uno escribe con cualquier cosa, pero en fin—.) No he estado presente en esos barullos que horripilan a los editores extranjeros. (No se pelean, es su forma de conversar, son cubanos —le ha dicho un mexicano a otro—.) Alguien me los describe. Siempre hay alguien para contarme punto por punto lo que ocurre. Menos mal, pienso.

    Porque delante de mí sólo dicen banalidades, sin alzar la voz apenas, como articulando muy a propósito unos diálogos más insípidos que los del Nouveau Roman o el cine de Antonioni. La asepsia verbal, la sentencia descolorida, la incomunicación. El gran aburrimiento. El viejo se pone elegiaco y cuenta de sus viajes lo mismo que podría contar un turista cualquiera. Le ha dado la vuelta al mundo más de una vez para cerciorarse, al parecer, de que todo lo que hay por ahí es muy tedioso. Habla de los epitafios que ha visto y planea el suyo. Confunde los detalles adrede. (Eso de que Esquilo participó en la batalla de Queronea no se lo cree ni él.) Cualquier originalidad, incluso la que resulte de una vasta erudición, podría resultar comprometedora a largo plazo y quizás antes. No se oyen nombres propios, ni siquiera los nombres de los muertos, (sólo Esquilo, Byron, Lawrence de Arabia y gente así), ninguno suelta prenda. Se repliegan. Cierran filas. Actúan como conspiradores. En ocasiones, por provocar, hablo mal de alguien, de algún conocido en el mundo de los vivos, y entonces todos se apresuran a defenderlo. «Es una impresión errónea», me dicen. O se callan todavía más. No hay manera. Como en un retrato de grupo, todos quieren quedar bien.

    Sucede que tengo mala reputación. Yo, la peor de todas, en principio asumo el comportamiento de un analista o un padre confesor. Me aprovecho de las crisis existenciales, de las depresiones, de los arrebatos de cólera. De todo lo que generalmente las personas no pueden controlar, al menos en nuestro clima tan fogoso. Ofrezco confianza, complicidad, discreción, nunca advierto a mi interlocutor que cualquier palabra que pronuncie puede ser utilizada en su contra; regalo alguna de mis propias intimidades, la cual se trivializa en mi boca y al instante deja de serlo. De ese modo, dicho sea de paso, he llegado a tener muy pocas intimidades (lo que no quiero que se sepa no se lo digo a nadie y hasta procuro olvidarlo), mi techo no es de vidrio.

    Insisto: A ver, cuéntame de tu infancia, ¿tu padre era tiránico, opresivo? ¿Te pegaba? ¿Era cruel, verdad? ¿Cómo lo hacía? Vamos, cuéntame todos tus pecados, ¿a quién quisieras matar? ¿A quién matas cada noche antes de dormir? ¿Y en sueños? ¿Cómo lo haces? Y las personas hablan, claro que sí. Les encanta hablar de sí mismas. Se desahogan, descargan, delegan sus culpas en mí. Entonces los absuelvo, les digo que no son malos, los reconcilio consigo mismos, los ayudo a recuperar la paz.

    Como es de suponer, en realidad no adelantan nada. Qué van a adelantar. Simplemente se vuelven adictos a mí, a mi inefable tolerancia. Conmigo, qué suerte, se puede hablar de cualquier cosa. Sé escuchar. No interrumpo, no condeno. La atención es una droga. Olvidan que en verdad no soy analista ni padre confesor. Peligrosa amnesia que procuro cultivar. Ellos se proyectan en mí, discurren cada vez con mayor soltura hasta que sale a relucir algún material significativo. Mientras más profundo es el sitio de donde proviene, más notable, más escalofriante es la revelación.

    He ahí el momento: con ese material significativo —y algunos otros elementos tan secretos como el contenido preciso de una nganga— escribo mis libros. Cuentos, relatos, novelas, siempre ficción. (Tal vez me gustaría escribir teatro, pero no sé por qué desconfío de los autores que incursionan a la vez en géneros distintos y hasta opuestos. Me he habituado a narrar.) Trabajo mucho, reviso y reviso cada frase, cada palabra. Reinvento, juego, asumo otras voces, muevo las sombras de un lado a otro como en un teatro de siluetas donde veinte manos delante de una vela pueden figurar un gallo, desdibujo algunos contornos, cambio nombres y fechas, pero, desde luego, los modelos siempre reconocen, en mis personajes y sus peripecias, sus propias imágenes. Que son sagradas, claro está. Qué falta de respeto.

    Su ingenuidad resulta curiosa. No se percatan de que, al darse por enterados y poner el grito en el cielo, aportan a mis libros la imprescindible credibilidad que algunos lectores exigen y, de paso, me hacen tremenda propaganda —no hay nada como los trapos sucios para llamar la atención—. Gratis. Tampoco entienden que dentro de cien años nadie que me lea, si aún me leen (ojalá), los va a reconocer. Y si los reconocen, será porque de un modo u otro han accedido por lo menos a un trocito de gloria. No digo que debieran estar agradecidos; no digo que los rostros de los Médicis son aquellos que les inventó Miguel Ángel y no otros, porque la verdad es que suena demasiado soberbio, justo el tipo de cosa que se me ocurre no debo decirle a nadie.

    Los lectores ajenos a los círculos literarios —son ésos los que más me gustan— se asombran de mi desbordante y pervertida imaginación: ¿Cómo es posible crear tantos y tales monstruos? ¿De dónde salen? Si supieran… Creo que algunos ya andan investigando por ahí.

    Los escandalitos van y vienen; me acusan a la vez de oficialista y de disidente de un montón de causas; como tienden a hacer de todo una cuestión política, según las filias y las fobias de cada uno, me ponen lo mismo en la extrema izquierda que en la extrema derecha. Lo que sea, ¿acaso el dominico Fra Angélico no pintó a los franciscanos en el infierno? Bien pudo ser al revés. Me atribuyen unas ideas sobre el ser humano y eso, que ni siquiera comprendo muy bien, pues no acostumbro a pensar en términos de semejante envergadura —más que la especie, me interesan los individuos y, sobre todo, los individuos que me rodean. Me acusan de falta de creatividad, de resentida y envidiosa, intentan bloquear mis relaciones de negocios —de vez en cuando lo logran, un simple comentario delante de eso que llamo «el lector poderoso» puede resultar demoledor—, recibo amenazas por teléfono, a mi oficina en la editorial llegan constantemente anónimos plagados de injurias firmados por «La Espátula» y «La Mano Que Coge», me echan brujerías de todo tipo, en fin lo de siempre.

    A pesar de que en las «entrevistas» nunca uso grabadora (mi memoria para estos asuntos es excelente, puedo recordar durante años un dato al parecer insignificante), ninguno de mis modelos ha intentado hasta el momento desmentirme por escrito. No importaría si lo hicieran: mis versiones son más dignas de crédito en virtud del aforismo maquiavélico que dice «piensa mal y acertarás». Lo esencial es que nadie se atreve a demandarme, porque las zonas más truculentas de esas historias, las zonas más envenenadas y denigrantes, no las escribo, no les doy curso. Me las reservo como garantía, como la última bala en el tambor. Eso se llama chantaje y es eficaz. Sé que un día me van a asesinar y a veces me pregunto quién, cuál el último rostro que me será dado ver.

    Pero esta noche es especial. No persigo los crímenes recónditos ni los alucinantes fraudes o las traiciones o los pequeños actos mezquinos que pueblan la historia universal de la infamia. No provoco. Descanso. La inquietante proximidad del viejo de alguna manera me hace feliz. Siento la mirada fija de su amante clavada en mi espalda y eso me complace más. Me impide soñar que las cosas son diferentes. Ese muchacho no podrá concentrarse hoy en el vaso de ron ni en la conversación deshilachada que sostienen los demás ahí dentro. No podrá.

    —Después de la segunda botella te pones insoportable —ha sentenciado el viejo.

    Desde el balcón se divisa una callejuela tranquila. Estrecha, sucia hasta en la oscuridad, con el pavimento roto y charcos y fanguizales por todas partes. Como si se hubiese decretado un toque de queda, hoy ni los vecinos quieren alborotar. Del fondo de la casa llegan los boleros de siempre y un ligero ruido ambiental de cristales que chocan, fósforos que se encienden y crepitan, susurros similares al del océano que habita en los caracoles, risitas fúnebres. El gato se frota contra el viejo, se enreda a sus pies en un ovillo peludo. El viejo baja la vista, advierte que es sólo un gato y lo deja hacer.

    El fresco nocturno me rescata un poco de los furores de nuestro septiembre ardiente, mientras el ron, incitante y áspero, me acaricia por dentro. Pienso en Amelia. Los viernes, de cinco a siete, en la habitación de los altos de su taller. Divina. Ella no habla casi porque hablar —afirma— le provoca dolor de cabeza y porque de todos modos —sonríe lánguida— no tiene mucho que decir. Al menos no con palabras. Pienso que la amo.

    Por allá dentro flota una voz apagada, casi anónima entre las otras voces: Recuerdas tú, aquella tarde gris / en el balcón aquel, donde te conocí… Puede ser el bolero que ya pasó o el que está por venir. El mismo que oigo, a retazos, durante toda la noche.

    El muchacho, lo presiento, trata de llamar la atención como si tuviera que recobrar algo, como si hubiese algo por recobrar. Sube el volumen. Está loco, febrilmente loco por el viejo y eso se entiende. Aunque podría hacerlo, no se acerca a nosotros.

    —Él dice que tú le coqueteas —me ha advertido con el entrecejo fruncido como si dudara entre la risa y el enojo—. Ten cuidado.

    —¿Y qué piensa? —he preguntado supongo que ansiosa—. ¿Le gusta? ¿Le gusto?

    —No sé —de pronto ha gritado—. ¡No sé!

    —¿Qué crees tú? —he insistido casi con ternura—. Tú lo conoces mucho mejor que yo. Bueno, en realidad yo no lo conozco nada. ¿Qué crees tú?

    —Yo no creo nada —su voz ha sonado tensa, cargada de lúgubres premoniciones—. Tú te volviste loca. Loca de remate. Vas a sufrir…

    —¿Igual que tú?

    Ha vuelto a mirarme fijo y sus ojos grises parecen dos punzones de acero. Susurra:—Yo te mato, ¿entiendes? Yo te mato.

    He acariciado su mejilla hirsuta resbalando desde la sien hasta el mentón (tiene un hoyito, como Kirk Douglas) y allí mis dedos se han detenido en una imitación casi natural de las figuras de cierta cerámica griega muy antigua. En la vasija original, tan auténtica como la página de un libro, aparecían dos muchachas. Fondo rojizo, siluetas negras. Una acariciaba la mejilla de la otra de esa misma manera y el pie de grabado aseguraba que se trataba de un gesto típicamente homosexual. Mira mira…

    He tocado su frente y no ha hecho nada por impedirlo. Ni siquiera se ha movido. Arde en fiebre.

    —Eres una puta.

    Es interesante que me considere un rival, pienso, aunque sólo sea por instantes y después se diga que no, que no hay peligro. El mundo pertenece a los hombres y todavía más a ciertos hombres, ya lo dijo Platón. ¿Una mujer? Bah.

    Penso en Amelia mientras observo el rostro del viejo, quien todo este tiempo ha estado divagando despacioso y algo frívolo sobre la importancia de los balcones y las terrazas en la vida de la gente. Recuerdas tú, la luna se asomó / para mirar feliz nuestra escena de amor… Ambas imágenes se yuxtaponen, el viejo y Amelia. Se cruzan. Parecen fundidas sin sutura, como las mitades de Bibi Andersson y Liv Ullman en el famoso primer plano de Persona. Quizás el deseo pone en entredicho las identidades, porque el viejo y Amelia se integran en una sola cara y no es el ron ni el aire de la noche.

    Como aquella vez que lo vi desde mi oficina. Él estaba de pie en el pasillo, diciéndole malevolencias a alguien, como siempre, tirando piedras. (Afirma que eso de atacar al prójimo no luce bien a su edad; supongo, pues, que no puede resistir la tentación de ejercitar el ingenio a costa de los demás: no debe ser fácil renunciar a un hábito tan añejo. Muchos le temen y eso lo divierte.) En aquel tiempo él aún no tenía noticias de mí. Nada, una muchacha ahí, una muchacha cualquiera. Pero yo, desde mucho antes, llevaba siempre en mi cartera una foto suya recortada de una revista. Una foto de archivo, treinta años atrás, un joven bellísimo frente a una máquina de escribir. Amelia lo encuentra vulgar, de lo más corriente, pero ella no sabe nada de hombres.

    Ese día lo detallé desde la sombra, sin moverme de mi asiento, para descubrir al fin la rara discrepancia entre sus rasgos y sus pretensiones. Nariz corta, respingadita, graciosa. Labios llenos, sensuales, voluntariosos. Ojos soñadores, pestañas largas, abundante pelo blanco. ¿Es ésa la cara de un viejo cínico que no cree —ni descree— en nada ni en nadie? En el siglo XIX se creía que el rostro era el espejo del alma…

    El viejo se aparta del balcón, donde ha permanecido quizás el tiempo necesario —y suficiente— para convencer no sé a quién de la soberana indiferencia que le inspiro. Como si yo fuera el mismísimo fresco de la noche, algo que pasa. A mí, por ejemplo, ni siquiera hay que decirme que después de la segunda botella me pongo insoportable: da lo mismo y, además, lo cierto es que no necesito alcohol para ponerme insoportable en cualquier momento: es mi oficio. El muchacho, en cambio, cuando no bebe es bastante simpático.

    La espectacular indiferencia del viejo me convence a ratos (y lo que es peor, me pone triste), sobre todo cuando olvido que no mirar es mirar, que la persona que te ignora puede hacerlo porque sabe justamente dónde estás a cada instante. Supongo que sea así, pues en realidad no guardo memoria de haber ignorado jamás a nadie. ¿Cómo pretender que no existe lo que a todas luces sí existe? ¿Solipsismo? ¿Pensamiento mágico? No sé, pero tampoco ahora puedo dejar de seguir al viejo hasta el sillón donde se deja caer.

    La mirada del muchacho —¿sorpresa?, ¿interés?, ¿miedo?— tampoco puede dejar de seguirme a mí. Todo lo contrario de la indiferencia, su intensidad es tal que en ella se pierden los matices. Me envuelve, me quema, me atraviesa. Es una mirada que conozco al menos en su incertidumbre: he buscado en ella a mi asesino y no lo he encontrado. Qué bueno. Pero de todas maneras podría ser él, pues los asesinos, ya se sabe, no tienen necesariamente que tener miradas de asesinos. Muchos ni siquiera saben que lo serán, que ya lo son. Al igual que la víctima, se enteran a última hora. Cuando las emociones se precipitan y se escurren entre los dedos.

    El viejo se mece en el sillón de lo más contento. La casa es del muchacho, pero los sillones los ha comprado el viejo (he ahí la clase de detalles, domésticos si se quiere, que siempre alguien me cuenta) porque viene de visita casi todas las tardes y le encanta mecerse. ¿Qué otra cosa se puede hacer a mi edad? —es lo que dice. Y sonríe igual que Amelia cuando se describe a sí misma como una tímida cosita que pinta tímidas naturalezas, vivas y muertas.

    Me siento en una butaca frente a él. No dejo de observarlo. Por variar, mi insistencia no lo sobresalta. No me mira como se mira a las personas empalagosas y demostrativas. Incluso me asombra no advertir en él la más mínima inquietud. Sonríe otra vez. No sé, en lo absurdo también debería quedar un rincón para la coherencia… Ambos hemos leído recientemente esas páginas chismosas de A Common Life (Simon & Schuster, 1994) donde David Laskin se extiende y se regodea en el amor desolado que durante largo tiempo profesó Carson McCullers, la maliciosa chiquita del cazador solitario, el ojo dorado y el café triste, a Katherine Anne Porter. Una pasión a primera vista que de manera perversa fue derivando hacia un asedio compulsivo, abierto, irresistible, maniático. Tal vez Carson también aprendía de los cactos. Sus torturadas demandas inexorablemente fueron retribuidas con patadas y más patadas, desprecios y desplantes de todo tipo, con un odio que se me antoja inexplicable. Tan inexplicable y profundo como el amor (la diferencia) que lo había suscitado.

    —Nada de inexplicable —me dijo el viejo—. McCullers la perseguía, la molestaba y nadie tiene por qué aguantar eso.

    Sí, claro, sobre todo si estás en los calores de la menopausia y los hombres no te quieren y las deudas te llegan al cuello y tus libros no tienen el éxito de los de tu perseguidora. Si, encima, te asustan las lesbianas, tú sabrás por qué.

    Yo pensaba sentada en el suelo (él, por supuesto, en el sillón) y anoté que al viejo le disgustaba la vehemencia, el homenaje abrumador, la exuberancia intempestiva y desbordada de quien se lanza en pos de sus fantasías sin contar para nada con el protagonista de éstas. Un escritor no quiere ser descrito tan sólo como el objeto del deseo (admiración, ambición) de otro escritor. Un deseo furioso puede llegar a ser anulador (Katherine Anne: la deplorable mujercita que rechazó a Carson), un escritor aspira a existir por sí mismo. Qué cosa.

    Desde el suelo me preguntaba si el fuerte atractivo que el viejo ejercía sobre mí podría arrastrarme alguna vez a los extremos de Carson. Aparecérmele en todas partes con cara de sufrimiento de perro apaleado. Llamarlo todos los días por teléfono —lo he llamado tres o cuatro veces y nunca reconozco su voz en el primer momento, la plenitud de su voz, el registro grave, me recuerda más bien al joven de la foto en mi cartera, siempre me dice «gracias por llamarme»—, llamarlo no para preguntar por un conocido, por una fecha, no para hablar del tiempo, las yagrumas o nuestras inclinaciones aristocratizantes: a ambos nos gustaría poseer un título de nobleza, somos así. No, llamarlo para decirle que no hago más que pensar en él. Que me voy a suicidar y suya será la culpa. Acercar el auricular al tocadiscos: Yo te miré y en un beso febril / que nos dimos tú y yo sellamos nuestro amor… Obligarlo a cambiar su número, pesquisar el nuevo número. Volver a llamarlo. Mandarle cartas. Insistir, insistir hasta el vértigo. Perseguirlo hasta su casa, gemir, dar golpes enloquecidos en la puerta como en una habitación de la torre de Yaddo: «¡¡¡Katherine Anne, te quiero!!! ¡¡¡Déjame entrar!!!». Permanecer tirada en el quicio toda la noche hasta que él salga y pase por encima de mi cuerpo… No me importaría hacerlo, pensaba. ¿Y a él? ¿Le importaría a él que yo lo hiciera? Quién sabe.

    Todavía no he llegado a ese punto.

    Por lo pronto me dejo llevar, no hago el menor esfuerzo por ahogar el impulso de seguirlo, mirarlo, permanecer junto a él: encantador de serpientes. Sublime encantador que mueve las manos mientras habla —de su árbol preferido: la yagruma, se cubre de metáforas— como si dirigiera una orquesta sinfónica. El mismo gesto demorado que le he visto hacer en la televisión, donde lo creí un truco de cámara. (Conozco a la directora del programa, he estado pensando en ir a pedirle, de un modo muy confidencial, que me permita sacar una copia del vídeo. Lo peor que puede suceder es que diga no.)

    Mi atención no le molesta. Ahora lo sé. Más bien creo saberlo. ¿Cómo le va a molestar a un encantador la atención de una serpiente?

    Soy discreta, no hago locuras. Soy discreta de una manera pública: todos a nuestro alrededor ya van advirtiendo lo que ocurre. No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que el viejo, a menudo rispido, agresivo, negador —cuando se empeña en demoler a alguien, ya lo dije, lo que sale por su boca es vitriolo—, se comporta esta noche como un gentleman. Exquisito, elegante, sereno. Cuando abre y cierra el abanico, su enorme abanico oscuro, una dama de sangre azul, la marquesa de las amistades peligrosas. Y ese personaje, el de los chistes blancos y la sonrisa fácil, el que acomoda mi silla y me cede el paso, el que ha servido los postres con envidiable soltura (en la mesa siempre nos sentamos frente a frente y casi no puedo comer), le va de maravilla. Algo tan evidente no debe ser importante, este viejo es un hipócrita de siete suelas, un jesuita que sabe más que el diablo y se protege de los zarpazos de la bandidita, es lo que leo en las demás caras y me complace.

    «No hago locuras», quiere decir que no convierto mi ansiedad en secreto. No podría hacerlo aunque quisiera, pero basta con exhibirla para dar la impresión de ser una persona muy segura de mí misma, una persona sobre quien resbalan las opiniones, los comentarios ajenos. De cierta forma es verdad: mi imagen pública difícilmente podría ser peor de lo que ya es. Hoy sólo me preocupa el reconocimiento, la aprobación del viejo.

    El calor es suficiente para desabrochar un primer botón, sacarme el pelo de la cara, cruzar las piernas y la falda sube. Estoy sentada frente al viejo y vuelvo a pensar en Amelia, quien se marcha muy pronto a París con una beca por dos años de la École de Beaux-Arts. Naturalezas vivas, espléndidas, regias naturalezas. La falda es roja, breve sin incomodar. (En momentos así es cuando pienso que yo nunca sabría llevar un título nobiliario como un personaje de Proust le recomienda a otro: igual que lady Hamilton, tengo alma de cabaretera.) La blusa es gris como esos ojos que me vigilan entre fascinados y sombríos. Fascinados no conmigo, sino con el conjunto. El viejo y yo.

    Cómo me gusta decirlo: el viejo y yo.

    —¿Tú quieres algo con él y conmigo? —me ha preguntado el muchacho, conciliador.

    —No —le he respondido suavemente—. Sólo con él.

    —¡Eso no va a ocurrir nunca! —me ha dicho irritado—. Y si quieres te digo por qué.

    —¿Tienes muchas ganas de decirme por qué?

    —Yo… este… yo… No, mejor no.

    El viejo y yo conversamos. Es decir, parece que conversamos. Le pregunto algo sobre uno de sus libros. La biografía de un amigo muerto, uno de los verdaderos, un lindo libro donde el viejo se ha mostrado particularmente eficiente a la hora de escamotear detalles. ¿Buen tono? ¿Temor? ¿Censura? Me gustaría interrogarlo en el estilo de un paparazzi o un fiscal, en el estilo de Sócrates, enredarlo con su propia cuerda, hacerlo caer en contradicciones. Me gustaría verlo evadirse, sortear todos los obstáculos y pasar a la ofensiva. Me gustaría contradecirme yo y tocar su pelo blanco, apoyar un pie descalzo en su rodilla, todo a la vez, y sé que no es el momento. Nunca será el momento, ¿no es eso lo que me han dicho? En medio de una charla de salón me seduce la imposibilidad.

    —Nadie es como era él —afirma el viejo con una tristeza que no le conocía—. Nadie.

    Y no es la amistad entre escritores ni la cita de Montaigne. Es el pasado. Su reino. La madre del muchacho nos trae café en unas tacitas de porcelana azul con sus respectivos platicos también azules. Todo de lo más tierno, como jugando a ser una familia. Me sonríe. Le sonrío. El viejo coge la tacita en un gesto maquinal, ensimismado. Quizás piensa todavía en el muerto, un muerto que le sirve para descalificar al resto de la humanidad conocida y por conocer. Empezando por mí, desde luego, que no soy como era él. Para nada. Es lógico, pero me incomoda.

    Penso en la madre del muchacho, Normita. Una excelente cocinera que tiende a apurarnos cuando el muchacho y yo nos demoramos ochenta años en pelar las papas o escoger el arroz, una excelente señora en sentido general. Es viuda y vive en un pueblo del interior, sola en una casa muy amplia. Ahora está de visita por un par de semanas o algo así —para el muchacho su presencia constituye un alivio, imagino por qué la llama Normita en lugar de mamá—, pero se irá pronto, pues no soporta vivir lejos de su casa y su tranquilidad en este manicomio que es La Habana.

    Hemos descubierto (o construido) entre nosotras una afinidad peculiar. Me cuenta deliciosas anécdotas sobre la infancia de su hijo para horror de él. Se ríe. «Ponme en una de tus novelas», me dice y vuelve a reírse. «Así no vale, Normita», le digo. Es Escorpión, igual que yo, y dice que la gente tiene muchos prejuicios con los escorpiones, que en el fondo somos buenas personas. Si de verdad ella piensa que soy una buena persona, cosa que me resisto a creer, no sé qué prejuicio en esta vida puede quedarle a Normita. Pero siempre es reconfortante tener a alguien que le diga eso a uno. ¡Si lo sabré yo!

    Me ha invitado a irme con ella cuando regrese a su casa. O después si lo prefiero. Necesito respirar aire puro, ya que, en su opinión, estoy medio chiflada. Probablemente aceptaré. Quizás me resulte lacerante pasar por la calle de Amelia los viernes de cinco a siete y ver el taller cerrado a cal y canto. No estoy segura, pero es muy posible. Habrá que esperar a ver. Porque han sido años, casi desde que éramos adolescentes, Amelia conoce mi cuerpo como nadie… y de pronto ¡zas! Sí, yo también me iré. Dentro de poco hago así y cobro los derechos del último libro, pido vacaciones en la editorial (los anónimos que váyan llegando me los pueden guardar, a veces son utilizables), le doy todo el dinero a Normita y me instalo por tiempo indefinido en un pueblo del interior. Mis cactos y mis modelos pueden sobrevivir sin mí. No creo que me necesiten demasiado ni yo a ellos. ¿Podría escribir un libro enteramente de ficción? ¿Acaso puede existir semejante libro? No lo sé. Tal vez sería la mejor solución para todos, no lo sé.

    El viejo y yo hemos estado hablando del placer que produce acostarse boca arriba en la cama en el silencio en una tarde apacible y divagar. Deshacer los lazos que nos atan al mundo, dejarnos fluir en la soledad que de algún modo ya hemos aceptado. El muchacho se acerca a nosotros con el sempiterno vaso de ron en la mano. El viejo desaprueba con los ojos. El muchacho lo enfrenta retador. Pienso que el muchacho podría hacer algo desesperado en cualquier momento. Algo tan desesperado como el silencio que se empeña en mantener o la ferocidad de sus réplicas aisladas y no muy pertinentes… Divagar. Las imágenes se suceden unas a otras, se interponen, se entrelazan.

    Imágenes visuales, auditivas, aromáticas. Procedentes lo mismo de los libros, el cine o la música, que de ese eidos con límites borrosos (esfumados como el background de Monna Lisa) que por convención suele llamarse «la vida real». Una vida, a veces no tan cierta, que no sólo incluye los viajes, el momento indescriptible en que se descubre desde el avión cómo se alza vertiginosa Manhattan entre un mar de neblina, o el ronroneo sobrecogedor del primer vuelo sobre el Atlántico o las blancas cimas de los Andes. Una vida que también abarca, como miss Liberty o el Cristo de Río, la cotidianidad en apariencia más intranscendente, con sus afectos y desprecios, con sus pasiones anónimas de pronto tan, pero tan inmersas en lo ficticio, en la fábula. Porque mi mundo interior es impuro e inmediato, casi palpable, quienes me odian dicen que no lo tengo, pienso.

    Pero no menciono eso último por no perturbar al viejo, quien comprende y acepta y hasta participa de mi misma noción de divagar. Después de todo, quienes me odian son sus amigos. Con ellos comparte complicidades, credos estéticos, historias vividas; con ellos tiene compromisos. Esos mismos que le impidieron hacer la presentación de mi primera novela, donde me río un poquito de ellos (más de lo que

    sus egos hipersensibles pueden soportar, qué horrendo delito, ja), les saco la lengua y les guiño el ojo. Sé que ellos no significan para el viejo ni remotamente lo que significó el muerto. Porque nadie es como era él, nadie. ¿No es así como decía? Sé que el viejo está solo, que no lo olvida y siente miedo. Que los compromisos son los compromisos. Por esa razón, y no por aquella otra que con aire freudiano insinuaba el muchacho, entre el viejo y yo no puede suceder nada. He llegado demasiado tarde. Hay un muro.

    No quiero introducir asuntos espinosos ahora que nuestra divagación sobre la divagación, más allá de rencillas y despropósitos, fluye tan armoniosa.

    —Ustedes, ya que son tan cínicos, tan lengüinos, deberían discutir… ¿Por qué no se enfrentan, eh? —sugiere el muchacho y el viejo se hace el sordo.

    —Estamos discutiendo, lo que pasa es que tú no te das cuenta —comento y el viejo sonríe.

    ¡Ay viejo! Querría decirte que a mí también me gusta tu muerto (quizás menos que a ti, prefiero el teatro de O’Neill, su largo viaje del día hacia la noche es único, es genial, es incomparable desde cualquier punto de vista y tu muerto debió saberlo, no debió rechazar aquel desmesurado elogio desde la soberbia, lo siento, viejo, cada cual se inclina sólo ante sus propios altares), querría decirte que me gusta sobre todo la relación que hubo, que hay, entre ustedes, un viejo y un muerto, que me fascina tal y como la describes en tu libro, que los envidio a los dos porque yo nunca tuve amigos así…

    Voy a hablar y el muchacho me interrumpe en el primer aliento para decir que la divagación no es lo que creemos nosotros, sino un concepto muy diferente, relacionado con el sexo o algo por el estilo. No lo entiendo bien. Habla como si no pudiera evitarlo, como si las palabras salieran por su boca en un chorro a presión. Es un hombre desmesurado, violento, pienso no sé por qué. El viejo hace un gesto de impaciencia:

    —Sigue tú con tus divagaciones y déjanos a nosotros con las nuestras —dice en voz baja. ¿Las nuestras? ¿Las nuestras ha dicho? ¿Existe entonces algo que el viejo y yo podemos designar como «nuestro», aunque no sea más que la imposible suma de dos soledades? Tal vez lo ha dicho para mortificar a su amante. Alguien tan entrometido probablemente se merece que lo aparten de vez en cuando, al menos un par de milímetros. Ellos, pienso, deben estar acostumbrados el uno al otro (como Amelia y yo) con sus necesarios, vitales, imprescindibles conflictos; eso se les ve. El viejo me utiliza. Pero no me importa: que haga lo que quiera, lo que pueda.

    Porque me han contado que en una tarde bien tranquila, de esas que invitan a la siesta y a la divagación, el viejo se apareció en esta misma casa, todo agitado, con un ejemplar de mi primera novela en la mano. Se la tendió al muchacho y le dijo busca la página tal y lee, lee en voz alta. Y el muchacho le dijo ¿no quieres té?, ¿por qué no te sientas? Y el viejo le dijo lee, vamos, lee, como quien dice pellízcame a ver si no estoy soñando. Y el muchacho leyó. Unas diez páginas, en voz alta.

    Me han contado que el viejo, iracundo y alegre, caminaba de un lado a otro, se alteraba, se reía, se ahogaba, volvía a reírse, a carcajadas, se tocaba el pecho, pedía agua. Un desorden de emociones, el nacimiento de una nueva ambivalencia. ¿Tú has visto qué mujer más mala? No, no es buena. Lo peor es que todo esto (el muchacho señalaba el libro abierto como un pájaro con las alas desplegadas, como el diablo de Akutagawa) es verdad. Malintencionado sí, pero falso no es. ¡Un poco más y pone hasta los nombres de la gente con segundo apellido y todo! No, lo peor no es eso (el viejo hablaba despacio, saboreando las palabras). ¿Qué es lo peor? Lo peor es que ese librejo infame está bien escrito. Mira tú qué clase de oxímoron. Lo peor es que me gusta y que esta mujer perversa hasta me cae simpática… (Me seduce imaginar al viejo, con su voz tan envolvente, susurrándome al oído muchas veces la frase «mujer perversa, mujer perversa, mujer perversa». Yo me erizo.) Sí, a mí también, pero te juro que no quisiera verme en el lugar de esta gente. ¿Cómo se habrá enterado ella de cosas tan íntimas, eh?

    Ignoro si la escena transcurrió exactamente así. Lo anterior es un esbozo tentativo, más o menos tragicómico. Pero en esencia fue así y así la concibo tomando en cuenta los hechos posteriores: a partir de entonces mis relaciones con el viejo, que antes apenas existían, se convirtieron en una diplomática sucesión de espacios vacíos, en una fila versallesca de puertas cerradas o entreabiertas, con celosías y el año pasado en Marienbad.

    Ahora, cuando dice «nuestras» y me envuelve en ese plural excluyente, de alguna manera me acerca. No sé. No es fácil interpretar al viejo —mi próximo libro, el que escribiré en casa de Normita, podría llamarse El Viejo. An Introduction, como los manuales anglosajones, y se lo enseño cuando aún esté en planas y podamos negociar con los detalles, no vaya a ser que al pobrecito le dé un infarto ante tal muestra de amor—, sólo siento que me acerca. Mejor aún, que ya estoy cerca aunque él no lo diga. ¿Qué puede importarme si de paso me utiliza para fastidiar un poco al muchacho?

    Permanecemos los tres en silencio. Normita y los otros conversan, toman café y fuman como si no estuviera ocurriendo nada. Quizás no está ocurriendo nada y sólo existe una persona, yo, colocada ahí para discurrir, suponer, para inventar historias sobre la gente y cada día buscarse un enemigo más. Una enredadora profesional.

    Miro al viejo, él me mira. Le sonrío, me sonríe. Cualquiera diría que somos un par de idiotas. Como si hubiese escuchado mis pensamientos, él se levanta y, en el tono más natural que ha podido encontrar, dice que se va. En mi cara algo debe haber de súplica (esa expresión no la necesito para mi trabajo, pero también la he ensayado frente al espejo, por si acaso se presentaba alguna coyuntura imprevista y aquí está), pues me explica, como a un niño chiquito, que ya es muy tarde, que ha permanecido incluso más tiempo que de costumbre. Que él es una persona mayor (un viejo) y no debe trasnochar, a su edad los excesos son peligrosos.

    ¡A mí con ésas! Pienso que le gusta aparecer y desaparecer, darse poco, a pedacitos, escurrirse entre las bambalinas y el humo de la ambientación, detrás de su enorme abanico oscuro como la diva más seductora. No tiene apuro y yo, que soy joven, tampoco debería tenerlo. Pero la edad no constituye ninguna garantía acerca de quién va a morir primero. Lo inesperado acecha y nos hace mortales de repente, nunca lo olvido. Como la gente abanderada del sesenta y ocho, quiero el mundo y lo quiero ahora…

    No sé de qué forma lo miro, porque sus ojos brillan y vuelven a soñar a pesar del cansancio, de nuevo se transforma en el joven de la foto en mi cartera cuando se aproxima, y él (el joven, el viejo, él), que nunca me ha tocado ni con el pétalo de una flor, ni con la púa de un cacto —lo de la púa va y le gusta, quizás hasta sueña, mal bicho, con arañarme la cara—, él, que se inquieta y hace muecas de pájaro incómodo cuando penetro en su aura, se inclina y me besa en la boca. Bueno, más bien en la comisura, pero pudo ser un error de cálculo, un levísimo desencuentro. Me besa como alguien que se despide y quiere dejar un sello. O como alguien que flirtea sin comprometerse, que juega a alimentar una pasión no correspondida. O como alguien que simplemente se siente bien. Como Peter Pan y Wendy, el último de los cuentos de hadas.

    Es sabia la idea de perderse ahora, pienso.

    No sé si el muchacho ha notado el gesto, es igual. Ellos intercambian algunas palabras que no alcanzo a oír y que tampoco me importan. Me he quedado petrificada, hecha una estatua de sal por asomarme a un pasado que no me pertenece, y sólo atino a levantarme de la butaca cuando el viejo ya se ha ido. Corro, pues, al balcón para verlo salir. Demora un poco en bajar la escalera (que es muy empinada y con escalones de diverso tamaño, la locura) y cuando al fin descubro su cabeza blanca, justo debajo del balcón, ya no sé si llamarlo, si gritar su nombre, si dejar caer sobre él la tacita de porcelana azul que aún conservo en la mano. Tú volverás, me dice el corazón, / porque te espero yo, temblando de ansiedad…

    No hago nada. Quizás porque he vuelto a sentir una mirada gris, más agresiva que nunca, clavada en mi espalda. Pero no es necesario: al llegar a la esquina el viejo se vuelve bajo la luz amarillenta de un farol callejero con algo de spotlight. Es la estrella, no hay duda. Me saluda con la mano, de nuevo dirige una orquesta sinfónica. Rachmaninof empecinado, dramático. Rapsodia sobre un tema de Paganini. No distingo bien su rostro, se pierde entre la luz y la sombra, sigue siendo el joven de la foto. No sé si se despide o si me llama. Prefiero creer que me llama. Si es así, me esperará. Entro, pongo la tacita sobre la mesa, recojo mi cartera, un chao Normita —besos no, ahora nadie puede tocarme la cara—, chao gente, la puerta y salgo.

    El muchacho sale detrás de mí. Escucho sus pasos, su respiración anhelante. Me alcanza en el primer descanso de la escalera. Me agarra por el brazo.

    —Déjalo tranquilo —creo que dice, no lo entiendo bien.

    —Quítame las manos de encima —trato de soltarme, él es más fuerte que yo.

    —No —aprieta más—. Hoy tú te quedas a dormir aquí.

    —Te dije que me quitaras las manos de encima.

    Es raro, ninguno de los dos grita. Todo transcurre a media voz, en la penumbra de un bombillo incandescente sobre una escalera de pesadilla. Al parecer no es algo público, se trata de un asunto a resolver entre nosotros.

    —¿Pero qué te has creído, puta?

    Me sacude. Forcejeo. No consigo deshacerme de él. No sé por qué no grito. Alguien tendría que venir. Vivimos en un mundo civilizado, ¿no? No se puede retener a las personas contra su voluntad. ¿Y si gritara? Arriba están Normita y los demás. Los boleros. En la esquina me espera el viejo. Y me darás… Tengo que sacarme a este loco de arriba, como sea. Pero no grito. ¿Será verdad que vivimos en un mundo civilizado? El viejo está en la esquina… tu amor igual que ayer… Con la mano libre le doy una bofetada. Parpadea, por un segundo el estupor asoma a los ojos grises. Después aparece la cólera y hay un instante donde me arrepiento… y en el balcón aquel… ¿Por qué nos obligamos a esto? Me suelta para propinarme la bofetada más grande, si mal no recuerdo la única, que haya recibido en mi vida. Tanto es así que pierdo el equilibrio. Con la última frase mis dedos resbalan por el pasamanos. Mármol frío. No hay nada bajo mis pies. Él trata de sujetarme y hay un instante donde se arrepiente. Al menos eso parece, pues grita mi nombre y, en lugar de «puta», oigo un «Dios mío». Su voz resuena, se multiplica, se fragmenta, viene de muy lejos. Golpes, muchos, incontables astillan y quiebran. Por todas partes. En la espalda y algo se congela. En la cabeza y cómo es posible tanto dolor y de repente nada. Se acabó, final del juego. ¿Era tan fácil? A partir del segundo descanso no soy yo quien rueda por la escalera, es sólo mi cuerpo. Dejo de oír. Me siento flotar, algo se hace lento. Hay un abismo, un resplandor. Pienso en Amelia.

  • La reja

    La niña, al piano, repite y repite con entusiasmo la misma frase de Haendel, se ríe, concluye y espera aplausos, mientras, con parsimonia, se inclina para saludar a la concurrencia. Adelanta un pie, se toma la falda del dobladillo —reverencia— y deja estar (¿con gracioso encanto?) el ramo de rosas en su mano izquierda. Las flores, recién sacadas de su jarrón, gotean el piso, su pantorrilla, y la gota la saca de su ensimismamiento.

    Excepción hecha de las gotas y el charquito, todo lo demás pareciera de una postal —regalo para sus favorecedores— de los cigarros Aguilitas, lo que nos autoriza a describirla así:

    «En imagen de sepia, la niña se acoda sobre el arpa (quién dice que la postal deba coincidir con su referente), y sonríe. Se lleva el índice a los labios, apoya, coqueta, las rosas en la cintura. El sepia anula los brillos y las sombras, pero se le adivina el pelo sedoso, los ojos de profunda mirada obscura. Como la imagen no quiere fidelidades locales, el fondo se difumina en tonos de arena; la luz misma es arenosa, punteada al grano, y sólo resalta la sonrisa de Roseta, primer plano sin fondo discernible. Roseta lleva una túnica, una pulsera en la muñeca, un ramo que es un primor.»

    Roseta, la que tocaba piano (no arpa) olvida por un momento —y tal vez para siempre— la gota en la pantorrilla, y se vuelve al jardín, donde acaba de llegar mamá y al fin, parece, van a instalar la reja: muchos ires y venires que le ha costado la reja a mamá, tardes de herrería para supervisar un trabajo fino.

    Instalar la reja no es fácil: Roseta va y se sienta junto a la madre, en los escalones del portal, mientras los hombres se afanan. Entre dos, levantan una de las puertas de fierro. Otro empotra los goznes, donde ya uno hizo barreno en la cantería. Un otro engrasa bisagras, que parecen reacias. Roseta los mira, al compás de la frase de Haendel, y se duerme.

    —Sueño pesado tiene esta niña, que no la sobresaltan martillazos.

    La tarde cae, en ocaso de metales, barullo de ponientes, y ya está lista la reja, soberano portón de cancela. Llena el arco de piedra de la entrada, o sea, andará por los dos metros, más o menos; la filigrana de hierro es profusa y densa. Para mejor, que la describan palabras:

    «Volutas de fierro, volutas y el entramado que la luz, en numinosa indiferencia, desdibujaba en mediodías y —gradualmente— iba abandonando a la tarde: ciudad de balaustre en pirueta de la verja, de gozne clamoroso, donde ninguna visita es sorpresa de anunciada en chirridos de entreabrires (…). Rejones impuestos, por primera vez, a las murallas, y cuyos más afinados conciertos remedan, igual, el rejón románico, guarda y bastión, inmune a badajazos de ariete y enemiga tropelía; barroco que, mudado en finta neoclásica en altares, sigue siendo placer de movimiento en los rejones, en las cancelas mínimas incluso, en guardacantones (ese hermano bastardo de la reja) y en verjas separa-balcones. Barroco en fierro, habanero al fin, barroco nuestro.»

    Persistente en el tiempo también, como gravedades y naderías barrocas, la Roseta nuestra, que va ya para los veinte: con sueño ya menos pesado, que si no interrumpen martillazos, sí temblores, resquemores de noche, manos suyas que se tocan a sí misma, y otros entreabrires: entreabrires de piernas, de labios, sobre sábanas demasiado frías y demasiado solas, también. En esos días de calores, Roseta sube al minarete, y sigue con los ojos las sombras que pasan en la sombra, parejas que regresan de la fiesta, hombres solos, mujeres en grupo, cuchicheando. Ahí está la reja: a los que pasan más cerca de la casa, los ve Roseta al tamiz de su filigrana, marcados por la reja, más allá de ella misma. La reja siempre ha estado ahí. Y en su minarete, Roseta se mete la mano bajo el camisón, y se deja irse y venirse, tranquila.

    La reja está ahí, resiste el embate de arietes, de tiempo y de ciclones, y hasta el odio de Roseta.

    La reja es una reja es una reja… Menos difícil que imaginar un primer nomotetes asperjándole, con hisopo bautismal, agua de bendición y nombre —reja te llamas, eres tu nombre y la mención de tu nombre una palabra, no eres palabra sino cosa, pero por las palabras te conocerán—, es imaginar al yunque y al herrero, en un atardecer cualquiera del Cerro, martillazo un poco ebrio, redundante, martillazo, remache y calores de herrería. Al herrero se lo puede describir de muchos modos, tal vez (¿por qué no?) así:

    Son sin ton ni son,
    pica el yunque,
    bongó.
    Sóngoro rejón
    alza el vuelo,
    tambor.
    Tómate tu ron,
    quiebra el fierro,
    calor.
    Etcétera, etcétera: tal tipo de descripción, abundosa en sóngoros y cosantes (¿cosongos?), repugna a Roseta, probablemente (si algo hay que autorice a un narrador a formular luidos estéticos) con razón. La madre de Roseta, en cambio, supervisaba los trabajos sin ron ni tambor, más bien, con abanico y chalina:

    —Pero esos peces, maese Guzmán, desentonan con el estilo.

    Que los quiere en puro estilo liberty, guirnaldas de fierro que sean volutas de flores, entiéndase. E importuna labores, ensalza, condena, aprueba.

    De aquellos tiempos, Roseta recuerda el piano, tardes y mañanas al piano, perdida en el pentagrama y el jardín. Mamá, de supervisar herrerías, llegaba tarde, cansada pero sonriente. La reja no estaba aún, pero sí estaba: algo estaba por ella, una conmutación que indicaba una ausencia, marcado y no marcado, merkmalträgend.

    Presencia prevista, acaso, en el subrayado de su ausencia, en el arco de piedra huérfano de gozne y cerrojo, de cometido y función.

    Presencia jeroglífica de la reja: como escrito en piedra (¿en la piedra Roseta?), signos misteriosos que leen otros signos.

    Síntoma de sí misma, en cambio —jeroglífico sin escoliasta—, la imagen de Roseta más allá de los veinte, como una foto en blanco y negro de algún estudio de Galeano: camina apresurada, se nota en el pelo que se mueve, y sola: esos extraños lentes terminados en punta, combinación (¿no será la foto?) en negro y blanco, le acentúan la edad. Silba, o parece que silba, alguna música. Sigue llevándose, a cada rato, el índice a los labios, pertinaz. Los gestos, como las piedras, insisten en perseverar en su ser, imitándose su propia forma.

    Pero la Roseta real no va por Galeano, sino por Zapata, al cementerio. Flores, también, pero no de niñita premiada, sino, más bien, domingo de duelo; Roseta deambula entre los mármoles de Colón, precisa las tumbas conocidas entre los olivos, reparte las rosas. El herrero que amaba a la dama de chalina y abanico debe ser cadáver (¿mas polvo enamorado?) ha mucho, Roseta pone el ramo a la tumba de su madre y razonablemente ignora la muerte del otro.

    La reja, como piedra o gesto, sigue estando ahí, en el mismo lugar donde, hace muchos años, la puso en el mundo —como Dios a sus criaturas— el herrero Guzmán.

    —Maese Guzmán, que gloria hubo.

    Gloria o glorias varias: una, secreta, casi murmullo, y otra de fanfarria y oropeles, y otra última, tránsito de muerte, todas (aun las que no sabemos) gloria al fin, tanto de vano y cuánto de ruido —y tanto menos de nueces.

    Primera gloria: Guzmán trabaja entre fierro y cabilla, un día igual a los otros. Que empieza a ser distinto cuando, de un sedán negro del veintinueve, desmonta una dama que lo interpela:

    —Usted es Guzmán, y le hizo una verja a los Peralta. Yo quiero una, más grande y que sea más fina.

    Para servirle; a tomar medidas se va Guzmán, sentado con un poco de engorro en los asientos de cuero mientras la señora maneja. Pequeña gloria, y triunfo, ante compañeros de gremio, pero hay más: la señora tararea, por lo bajo, a George Olsen y beyond, beyond, beyond the blue horizon; entre tarareo y tarareo, la señora le describe la reja —que, de prevista, ya existe—, y caballero se siente Guzmán, en escolta y guardia de Dulcineas, caballero: más, más, cuando su fermosa dueña le refiere viudeces y soledades, pasado de sí misma, confianzas que (siente Guzmán) están fuera del encargo.

    —El que era mi marido quería esa reja, yo la quiero por cumplirle el deseo y por la niña, no sea que se salga a la calle, y además ¿qué hace un muro sin cancela?

    Roseta —Roseta niña, como en postal de colección— corretea por el jardín, quiere que la midan con la cinta, pregunta vaguedades.

    Roseta —Roseta en su minarete— busca como quien busca silencio, hace ya tiempo, algo a que aferrarse: un hombre, un gran amor, verdades y respuestas o, más bien, verdades y respuestas practicables. Sabe —y duele— de amores pasajeros, hombres apenas entrevistos y felicidades en pérdida trocadas, verdades demasiado (o demasiado poco) terrenales, y muy poco terrenables. Un día, en alguna despedida, Roseta se aferra a los balaustres, por una hora, dos: el tiempo muere y con él todas las cosas y —se dice Roseta— ella con él. Los relieves del fierro se le marcan en las manos, a Roseta la saca de sí misma un aguacero de algún norte, y sabe que no puede retornar ya de algún lugar que no precisa —algo como exilio o partida o afasia—; saber el retorno imposible (piensa) es un alivio y una cruz.

    Como en la caverna de Platón, las sombras le pasan por la reja, tras ella. Juego de sombras chinescas, pantomima que no alcanza. Sombra y bulto son lo mismo.

    Roseta no recuerda, por supuesto, que Guzmán —como Casandra diciendo lo que no sabe— lo había dicho:

    —Su niña tiene una mirada de otra parte, señora, de angelito.

    Ni que su señora madre lo escuchaba, tarareando algo, y estamos en las glorias de Guzmán: sobre las seis —cuando la herrería del Cerro se sumergía en soledades— iba la madre de Roseta a supervisar trabajos y finezas de quien ya se sentía —para sí solo y en secreto— caballero de fermosa dueña:

    —No tan exuberante la cornucopia, mire usted, como que más quebrada, digamos.

    Las tardes en la calor de la forja ya iban siendo, para la señora, por lo menos hábito, allelluias para Guzmán. Con ojos distintos (¿quién cree ya el milagro de la mirada idéntica?) veían lo mismo: la reja formándose según (de un lado) un deseo, y un oficio (del otro); un hombre y una mujer distantes —por muchas razones— en los mismos doce metros cuadrados; la luz cenital y los ruidos del Cerro colándose en la pieza, la —¿más bien enorme?— Calzada de Jesús del Monte.

    Las diferencias explican el que una vez, tras haberle cambiado una llanta al sedán de la señora, prevalecieran respetos sobre deseos: la señora apoya las manos sobre la espalda de Guzmán, inclinada, y en lo mal puesto de un broche el herrero vislumbra delicias de Cantar de los cantares, pezones de rosa, senos que lo tientan; pero se vuelve y sigue trabajando, que algunas veneraciones distancian lo accesible. Y la soledad distancia desmesuras: la madre de Roseta se incorpora, se arregla el escote, recurre al abanico.

    También las diferencias explican el que Guzmán, que no durmió bien esa noche, no haya resuelto (por ejemplo) desvelos así:

    Posiblemente estar muerto;
    Haber querido ser recto.
    Por siempre ser en el coche
    Aquel que escinde la noche.
    Haber respetado un broche
    Que ofreció dulce concierto.

    Guzmán simplemente se esmera en su labor, hacedor de fierro fino; monta y desmonta las volutas pidiéndole a la Virgen lo que él dejó pasar, cumple, en oficio de herrero viejo, los deseos de la señora. Como los paneles de la reja, otros deseos se forjan y se deshacen, también, en ligazón de querencias y acatares: la madre de Roseta sabe cuándo Guzmán la mira —y se deja mirar—: beyond, beyond, beyond the blue horizon.

    También Roseta —Roseta, que va ya para los treinta— deja pasar cosas, oportunidades, vidas: todos los días la reja se cierra tras ella, Roseta pasa los cerrojos y deja fuera al gran amor, que no aparece, al hombre de su vida, que tampoco, a las verdades y respuestas que prefiere buscar dentro, desde su minarete. Calladas querencias que, de ser dichas fuera del Gran Amor, del hombre que no sea ése, a ras del suelo, más allá de la reja, teme Roseta que serían polvo, arena, música que se torna ruido. De cierto modo, Guzmán pide algo parecido a la Virgen: que su secreta gloria no devenga —de un plumazo de desprecio— ridículo triste.

    Las cosas son lo que son, sin arreglo —siente Roseta—: la reja es una reja es una reja. Maese Guzmán, que más que filosofemas vive oraciones (y buen oficio), meramente implora, y su oración se construye con las formas de la reja, panel tras panel.

    Como aquella historia del juglar de Nuestra Señora, que ejerció devotamente ante María las habilidades de acróbata y de saltimbanqui, hasta que la Virgen, conmovida, descendió en imagen para enjugarle el sudor de la frente. Los hombres olvidan — intuye Guzmán, en hacienda de entramados— que la eficacia de la oración no está casada a su forma, sino más bien a su fondo o tal vez a las circunstancias, como la vida piadosa.

    Bien distintos, entonces, de Guzmán, las glorias de Roseta: mañana odiará la mañana, pero esta noche se escapa de su afasia y de su exilio, en callada fiesta hasta el amanecer; la otra —la otra noche— se dejó ir con otro —otro hombre— en locuacidades de alcoba, sólo por sentir que de algo se libraba; y siempre se despierta Roseta odiando la luz, el mediodía, cansada. En vez del sepia de postalitas, más bien parece Roseta a la noche una pin-up girl de Vargas, medias con ligueros y tetas reventándole el corset; a la mañana, la misma imagen de revista, pero manoseada por todo un batallón en Normandía. Cuando al fin consigue despertarse, tras café y cognac, Roseta sabe que otra vez está viviendo posposiciones, que su hombre no es el de anoche, que no conoce su gran amor y que nadie entiende sus palabras —polvo, arena, música vuelta ruido—. Alma jeroglífica de Roseta que, mientras no muestre su otra cara, nadie va a leer: como la piedra Roseta, dice lo mismo en varias lenguas, pero cubiertas por sí mismas, las caras descifrables van ocultas. De sí, Roseta muestra lo que nadie entiende. Ella lo sabe, mas no sabe remediarlo, y siguen yendo y viniendo, en chirrido de goznes, sombras tras la reja.

    Demasiado lejos busca Roseta, ya lo dijo Guzmán:

    —Algo de angelito tiene la mirada de su niña, señora.

    El día que instalaron la reja, Roseta niña interrumpió su sesión de piano —tocaba algo de Haendel, pero cómo recordar qué— y se sentó, en el quicio del portal, a ver dar mandarria y barreno, empotrar las hojas, cerrar el jardín. Faltaba maese Guzmán ese día, y mamá estaba extraña: Roseta, sin darse cuenta, se durmió con sus rosas sobre el regazo, sin importarle martillazos.

    Guzmán, en plenitud casi de éxtasis, daba gracias a la Virgen en la iglesia de Regla. Guzmán, cumplido caballero, Guzmán en acción de gracias, y la Virgen —así podemos imaginarlo— enjugándole la frente: Guzmán vive todavía (como si esos momentos se le eternizaran) las últimas horas en su cuartón del Cerro, y la señora en sus brazos; Guzmán se felicita por la palabra justa.

    Que encontró en minutos de última sesión, cumplida en acabamiento de la verja; en halagos se deshacía la señora, satisfecha, y encontró Guzmán requiebros; en latidos se le fue el abanico a la señora, y luego al piso, mientras Guzmán le buscaba el cuello y le deshacía la cofia y, tras el abanico, luego ellos: tan larga como su viudez sintió la hora la madre de Roseta, tanto cuanto se iban, ella y el Cerro, en atardeceres y éxtasis.

    La reja descansaba sobre cuatro burros de herrería, a medio camino —sintió la señora— entre el piso y el cielo. Y gracias, Virgen Santísima, Guzmán viendo los fierros acabados, la promesa de Cantar de los cantares hecha carne, piernas, cuerpo. Ahora da gracias, arrodillado en la iglesia; más atrás está la bahía y luego la ciudad y más allá el mundo, en todas partes pasan cosas al mismo tiempo pero Guzmán es sólo ese momento, colgado en la mirada de la Virgen.

    Mística y placer, Cuba profunda, o tal vez, con cierta dejadez patriótica, oración y recholata, a Dios gracias: Roseta espera y desespera su Gran Amor, aeterna res, pasándola con hombres que le duran una noche. La reja se abre y se cierra, chirrido tras chirrido, y sólo ella permanece, prisión de sí misma, en puro estilo liberty.

    La reja empezó a estar en casa de Roseta —que era entonces la casa de la madre de Roseta— a partir de aquel día: Guzmán cumplía promesas en Regla, la señora, más alto que nunca, tarareaba (beyond, beyond, beyond the blue horizon) y, cuestión de buena familia, un periodista tomaba nota. A esa nos referíamos, otra de las glorias de Guzmán, papel impreso en la página de sociales:

    «Como grata noticia, nos llega la de que ayer fue develada, en sencillísima ceremonia que dispendio la señora viuda de Sánchez-Cadals, el portón de su residencia en las alturas del Vedado (…). Varias señoras, de lo más granado de sus amistades y por ende, de la sociedad habanera, asistieron alborozadas al cocktailparty, tras el cual, en breve exordio, la señora Sánchez-Cadals agradeció los buenos oficios y maestría artística del artífice herrero que llevó a cabo la confección de la reja, maese Pedro Guzmán, y dijo cumplir la voluntad del que fue su cónyuge al disponer la realización de la obra en el más puro estilo liberty (art-nouveau). Los últimos años de su vida, el señor Sánchez-Cadals había fungido como importador para nuestro país de la renombrada casa Tiffany. Concluyó la ceremonia la preciosa niña de la anfitriona, quien interpretó al piano, con prometedora gracia y encanto, fragmentos de una sinfonía de Haendel, para regocijo de los asistentes.»

    Los compañeros de Guzmán leen el periódico y lo felicitan, congratulaciones en las que, tal vez, se filtre un poco la envidia, pero ahí está Guzmán, en su gloria. Y entre los mármoles de Colón, pasea Roseta, un domingo al mes, ignorando —cosa extraña— todo eso. Pero sabiendo otras cosas: Roseta deja las flores en la tumba de mamá, y se pierde entre los panteones y los laureles buscando una suerte de paz — paz en paz, no paz pulsada—. No es el silencio de Colón, ni la reverente cercanía de los muertos, ni siquiera el que, en un camposanto, todos parezcan a todos ocupados: no. Es la ausencia de la reja, que cerca al mundo en dos mitades, pero que no alcanza a Colón. Tal vez porque el cementerio también está enrejado —y son ya los fueros de otra reja—. Tal vez porque Roseta, sin darse cuenta, ha establecido ahí sus propios fueros. O porque sí, porque es así: la reja es una reja es una reja, pero ahí el mundo —al menos para Roseta— es otro. U otra la reja. Cuando Roseta, de regreso, cruza el pórtico, siente de un modo pesado que va al encuentro de la suya, de la reja de Guzmán, Petrus faciebat. Camina hacia la entrada sabiéndolo: qué se le va a hacer, entonces.

    La señora no fue más donde Guzmán; qué se le va a hacer, debe haber sentido, pero de manera horra y profunda, Guzmán cuando ella le pidió que no la buscase: qué se le va a hacer, duele Guzmán, caballero de su dama. Y hace con más desgano que esmero unos cuantos encargos de otras casas —de las que, por supuesto, no viene nadie a corregirle primores en el hierro—. Se mira a sí mismo: solo, en el Cerro inmenso, aguardiente y martillazo. Se desgasta, tratando de repetir una reja como aquélla, pero sabe que la única fue ésa: los mismos florones, en otras, son ramplonería retórica; la misma ligazón de ramas de fierro, más oropel que engarce, amasijo sin gracia.

    Mas… ¿cómo imaginar la muerte del herrero?

    «Camina en las riberas del incondicionado y el súbito, el ansioso. En su gravedad pierde el peso, se mueve con los pies de Eco, aguijonada por los tábanos; entrevé visiones momentáneas, de limbo y de infiernillo. Maese Guzmán seguía la faroleda de Paula, guiado por la sierpe lucífuga, con reminiscencias, su paso, de la frase última de Goethe, mehr Licht, y las cortesanías contrapunteadas de la sentencia famosa de Tertuliano, es posible porque es imposible. En esos acrecentamientos de conjura, no esperada una figura es una flecha, fulge el súbito, disfrazado de hilo saturniano y grito virotista. Los herreruelos de coyundas gremiales lo interpelan, primer fulgor de lo incondicionado, la casualidad del encuentro en la Alameda de Paula, lejos de la zona del trabajo y la camaradería de labores. Toman Arrechavala a pico de botella, uno le pregunta, como para ir abonando pendencias, si puede descender de sus copetes de auto y linajes rancios, para sumarse a las libaciones callejeras. Guzmán ignora el agredido, un trago nunca se rechaza, más en noche de diciembre, quiere aliviar de imantaciones nefastas el trato y sonríe, en medida cortesía. Pasa la ronda de la botella y los herreruelos, en las sombras de su embeodura, quieren ahondar camorras, preguntan por la rubia de la reja, Guzmán presiente que la noche se pierde en irisaciones de muerte. Quiere volver sobre sus pasos, para que no se sobresalten lindes, pero uno de los imberbes suelta la grosería cenagosa, como una espátula que le raspa las heridas: ¿la puta del carro se te fue con otro, Guzmancillo?, ello convoca las Parcas de la cólera, la cuchillería y la bronca. La maldición cainita se rompe en botellazos, alguien se aparece con un cuchillo de matarife y Guzmán despacha al insolente con el barquero de la Estigia, pero su ángel lo abandona, otro de los peleadores le raja el cuello con una navaja, la sierpe lucífuga de las farolas de Paula se le pierde en espiraloides, más luz, más luz, y se remonta en el río de la muerte. Su destino estaba cumplido, cuando lo vi supe que estaba buscando las aguas del Leteo, le dice un bachiller a la gendarmería que se arremolina, inquiriendo el sucedido. Cumplida, la causalidad se ha replegado, dejando sitio a lo incondicionado, al fulgor y a las voracidades saturninas.»

    Más o menos así —cuestión de estilo— debió morirse Guzmán, sin penas ni glorias: las glorias fueron sólo las suyas. Lo velaron en la capilla de Regla, cerca de la Virgen que le concedió su milagro personal; como aquel santo juglar de Notre-Dame, que en soledad vivió la oración y solo el milagro, y su gloria.

    Que qué se le va a hacer, en fin.

    Y más o menos en lo mismo, Roseta: su última adquisición fue un catalejo inglés, desecho de la guerra de Corea. Le acerca las sombras, Roseta identifica personas que pasan, le conoce los horarios a dos o tres, sabe a qué hora se acuesta el matrimonio de enfrente. No conoce a ninguno por su nombre, pero le gusta burlar la reja: desde su minarete, a veces distingue personas en el cementerio, una mujer, un entierro, el capellán. De noche, la reja le compite visiones —y sólo distingue Roseta siluetas en una ventana con luz, focos distorsionados (como las últimas luces de Guzmán) en algún local de concurrencias—. Roseta se defiende de la reja, y se tiende, desnuda y a obscuras, en el piso de su torre, persiguiendo sombras chinescas con su catalejo mientras algún amante la posee; la imagen se le mueve, se le multiplica, se estremece con ella, y Roseta se pierde en esas sombras que no alcanza a vislumbrar, sin cara y sin nombres.

    Prisión de sí misma, la reja está ahí, su existencia es ocurrencia y acto y proceso: siempre, entre sístoles y diástoles, se le va el catalejo o la vista a Roseta, y ahí están, como moviéndose, las volutas de fierro en espiraloides vegetales, la balaustrada de lirios y acantos, como si fueran —siente Roseta— los márgenes miniados de ella misma. Páginas de un breviario jeroglífico, confundiéndose, en tupida mescolanza, los signos que nadie entiende y las viñetas que los orlan.

    La oración, también, de Roseta —el gran amor, el hombre de su vida, las verdades y respuestas perdurables— se confunde con sus orladuras; dónde termina el jeroglífico y empieza el oropel, ya no lo alcanza, los ojos pierden ese horizonte azul.

    Un día, el jardín de Roseta se llena de gente, de curiosos; la reja está abierta y sigue, por primera vez, abierta en mucho tiempo: cuánto le hubiera gustado a Roseta, de par en par, un rato largo.

    Pero ¿qué tal si tanta historia jeroglífica es falsa, si los actos de Roseta no se entienden por lo que todos esos signos vagos muestran, si hay, en la reja y en Roseta, sólo viñeta, ornamento, barrocas naderías? Tal vez todo mienta, desdibuje, distorsione, pero una reja es una reja, sin duda, y la oración, ya en sus balbuceos, cosa recabando cumplimientos, no más.

    —Algo de angelito tiene la mirada de su niña, señora.

    Diciendo lo que no sabe, como Casandra, Guzmán: ahora Roseta está muerta, a unos hombres que no conoce les cabe determinar si fue asesinato, o suicidio, lo que la lanzó del minarete, en vuelo de segundos, sobre el jardín. Entre dos, echan el cuerpo a un lado; uno —después que los reporteros han hecho su trabajo— le tira una sábana encima. Otro aguanta una hoja de la verja, para que la saquen en camilla, y le acomoda una pierna, que se sale de la tela. Las cosas son lo que son, sin arreglo; dos o tres periódicos, en crónica roja, publicarán la foto de un cadáver en un césped, y todo lo que hay de cierto estará ahí. Tal vez —concedámoslo— falte en la foto la reja.

  • La verticalidad de las cosas

    Esta criatura de cabellos largos es bastante cargante. Por todas partes la encuentro y a todas partes me sigue. Es algo que detesto, pues estoy acostumbrado a la soledad. ¡Podría quedarse junto a los otros animales! El cielo está encapotado, sopla viento del este. Creo que «vamos» a tener lluvia. He dicho «vamos». ¿Por qué hablo en plural? Ah sí, lo be aprendido de la criatura de cabellos largos.

    Mark Twain, El diario de Adán

    Y si soy un hecho experimental, ¿soy el todo de este hecho?, ¿seré el todo? No; creo que no. Lo que me rodea forma parte del mismo hecho. Yo soy la parte principal del todo; no hay duda. Pero lo demás tiene también cierta significación.

    ¿Mi supervivencia está asegurada? ¿Deberé vivir atenta y cuidar de ella? Esto último es acaso lo más acertado.

    Mark Twain, El diario de Eva

    Cuando Yeni me dijo que iba a suicidarse pensé más que nunca que pertenecía a esa raza inconfundible: los bárbaros.

    Tenía dieciocho años (todos alguna vez tuvimos dieciocho años, ella aún los conserva aunque repentinamente encallecidos por la violencia del devenir). Sus ojos demostraban, ajenos a todo escrúpulo, las nobles impertinencias de esa edad; pero sobre todo mucha ignorancia, tanta como cabía en su cuerpo taponeado en 1.30 de estatura. Esa ignorancia que a veces se confunde con ingenuidad y que ostentan con equívoca convicción los habitantes de la sierra.

    Los orientales. Los bárbaros, de los que Yeni formaba parte genealógicamente, nacen con una ingenuidad diferente a la del resto de los mortales, pues en lugar de aligerarse de ésta durante el empedrado transcurrir de los años e irse convirtiendo en sinvergüenzas aptos para la vida, permanecen bajo el lastre de la ingenuidad y para disimularlo muchos suelen esconderse tras una máscara de falsa suspicacia, de modo que terminan convertidos en sinvergüenzas no aptos para la vida. Llegan a creerse hombres (y mujeres, Yeni es el caso) con un talento de incuestionable valor, al que llamarían sagacidad si el vocabulario se lo permitiera, pero que se limitan vagamente a identificar con una sonrisa que ellos consideran el colmo de la picardía, de la felinidad. No se imaginan que el resto del mundo pueda entenderlo de otra manera.

    Eso fue lo que más me llamó la atención aquella tarde en que tuvo lugar, en un patio tan sombrío como el de cualquier Escuela Superior (tan sombrío como el patio de los epicúreos, por poner un caso), nuestro primer tropiezo. Yo me detuve a mitad del trillo que compromete los albergues hacia la parte docente, viendo ese vestido a cuadros entallado en 1.30 de estatura que se me venía encima tranquilamente, pasito a paso, con distraída lasitud, y no pude hacer otra cosa que permanecer como un arbusto imprevisto en medio del camino.

    Entonces tropezamos. No hay que buscar razones cuando se trata de la efímera irrupción de realidad que nace de una coincidencia, y menos aún si es una nimia coincidencia. Tal vez actué así para sentirme superior a 1.30 de estatura, o tentado por el aire remoto de aquel fémino, o tal vez todo esto, pero además buscando un acercamiento que terminara en intercambio de fluidos. (Todos los varones que se internan en aquella epicúrea selva buscan el intercambio de fluidos con las becarias provincianas.) Yeni me miró tendiendo contra mí un cosmos de picardía, pero que me pareció más bien la sonrisa con que un alfarero había resuelto malograr a última hora su muñeca de porcelana.

    Terminamos en la cama. En su cama. En la cama de su albergue. La abrupta simplicidad de mi conquista tiene sus causas: el trópico, la ingravidez de una isla sobre sus aguas, la ligereza innata de sus habitantes, sobre todo tratándose de Yeni, por cuyas venas corre sangre bárbara, es decir, del oriente de la isla. Por supuesto, antes tuvimos que reírnos del tropiezo, cartografiarnos con sendas miradas, presentarnos a través de nuestros nombres. Ella se llamaba Yenisleidis, pero todo el mundo le decía Yeni, no para abreviar sino por cariño. Yo podía ser cualquiera, y por el momento preferí ser Alejandro Macro. Qué nombre más raro, me dijo, había un conquistador que se llamaba así, ¿no? Más o menos, le dije, pero puedes llamarme Ale como hacen todas mis conquistadas. Su primera carcajada dejó dos datos fundamentales: que había entendido la última palabra de mi chiste casi libidinoso porque siempre estaba pensando en eso, y lo otro era que quizá le agradaban mis intenciones.

    Es simple: la clave de mi éxito con Yeni es que las becarias provincianas se aburren.

    Nos soportamos durante un preludio reglamentario agradándonos recíprocamente hasta que no fue posible sostener la conversación sin tocarnos. Primero con los labios, como al descuido, luego como si tuviéramos sed (su saliva conservaba el sabor de alguna hierba), luego con las manos. Pude pensar que sus pechos se me abrieron de pronto como ramos de Jacinto. Que sus piernas conservaban la fuerza de lo elemental. Pero antes de darnos cuenta ya había transcurrido un tiempo imposible de medir en los relojes y un horizonte de perros ladraba muy lejos del albergue.

    No sé quién dijo primero vamos al albergue. Debió haber sido ella (yo tocaba su cuerpo en silencio) que hablaba mientras se dejaba amasar. Todo el tiempo decía cosas ridículas, como si le fuera imprescindible hacerme saber con palabras las reacciones de su carne. Así que fuimos al albergue, distribuido por cubículos y en cada uno había dos literas. La oscuridad en el pasillo y en las habitaciones ocultaba el sueño aburrido de las becarias, aunque no de todas, a juzgar por la inconfundible naturaleza de ciertos suspiros.

    En los albergues hay que hacer el amor en silencio, me había dicho Yeni mientras subíamos, no sé si como advertencia o para demostrar la solidez de su currículum en esta materia.

    Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, pude haber pensado. Y eso que Yeni pertenecía al oriente de la isla, donde la sinceridad ortogonal del sol y la irresponsable costumbre de no aplicarse cremas (pues no las hay) garantizan cierta condición apergaminada de la piel. Imagino que Yeni tenía algo de mulata, aunque no se notara a simple vista. Para percibirlo se necesitaba una mirada activa, es decir, cerrar los ojos, desnudarse y hacer contacto con su carne. Con la brutalidad de las maniobras de su carne. En honor a la verdad, no puedo afirmar que aquella noche troté el mejor de los caminos, ni siquiera que mi potra era de nácar (pues ya se sabe que tenía algo de mulata), ni siquiera que se trató de algo extraordinario. Peculiar. Ésa es la palabra exacta.

    Llegamos a su cubículo donde un interruptor quebró la penumbra con una luz que parecía gastada como una ropa vieja. Ella enseguida tiró su ropa que no era más que aquel vestido a cuadros, pues mi vista cayó al instante en la mancha de su sexo sin ropa interior. Nunca hubiera imaginado este atrevimiento. Sacarse la ropa de un solo golpe contra la luz de mi vista, casi fríamente. Andar por las calles con un vestido que la mantenía descubierta. Fue necesario apagar la luz para que las otras internas no saltaran del sueño aburrido a la fruición gratuita de un sex show.

    Aunque de show hubo muy poco: Yeni ardía sobre la cama, pero sólo eso. Yo estaba acostumbrado al sexo sofisticado de las muchachas de una Escuela Superior, filósofas del amor libre, barrocas en el preludio, cubistas durante el recorrido, y en el clímax era puro expresionismo abstracto. Lo de Yeni tenía más que ver con el realismo limpio. Apenas nos acariciamos levemente en vertical, ella cayó sobre la cama como si se tratara más bien de un examen clínico, hecha un temblor de carne, y se hizo penetrar. Esto era peculiar, pero más aún lo eran sus sonidos en cada orgasmo que alcanzaba con asombrosa rapidez, algo entre el gemido y la palabra. Es decir: como hablaba todo el tiempo durante el recorrido, cuando alcanzaba el orgasmo las palabras se torcían en espasmos y suspiros sin abandonar del todo su naturaleza significante. La luz del entendimiento me hace ser muy comedido, de modo que no repetiré las cosas que ella me dijo, baste con saberse que todo el tiempo anunciaba lo que íbamos haciendo y lo que ella sentía, lo cual era bastante minimalista, pero también es justo reconocer que, superado mi primer asombro, la cosa comenzó a interesarme, prestaba atención y hasta me sorprendí bárbaramente estimulado. Cuando amaneció, olíamos a falta de sueño, a sudor y a semen. Me pregunto a qué hora de la noche llegó su compañera de cuarto, que se arropó alevosamente a dos metros de nosotros como una comadreja.

    Con Yeni tenía mucho que hacer por las noches y poco de qué hablar, pero para dos seres que se entregan al concubinato es inevitable ir pasando a un conocimiento recíproco con la chismosa acumulación de los días. Así me fui enterando de su pasado: vivía en oriente, por supuesto. Toda su familia era de allá, de la sierra donde se escondió el pacífico ejército rebelde, del fin del mundo, de la punta de la cabeza del cocodrilo. Pero ahora sólo quedaban su madre y su padre, porque ya ella había dado el salto más grande de su vida, pues la luz del saber llega a los más opacos ángulos de la ingrávida isla, hasta a esa aldea agroalfarera donde las muchachas se llaman Yenisleidis, Isnaildis, Leyanis, y donde se dan también todas las oportunidades, por supuesto que se dan todas las oportunidades, ya que el pacífico ejército rebelde tuvo por allá sus comandancias, sus quilombos, sus cuarteles generales en la manigua, y luego fue avanzando de oriente a occidente, todos se marchan de oriente y llegan a occidente, donde está la capital, la acrópolis, y una vez establecido el nuevo poder en la capital, por todos y para el bien de todos, también la sierra se ve encandilada por la luz del saber, las oportunidades para los descendientes de esos veteranos de cuyos cerdos y vacas se alimentó el ejército rebelde, y por eso fue que Yenisleidis, Isnaildis, Leyanis, hicieron sus exámenes de ingreso para la Escuela Superior, cualquier Escuela Superior con tal de alcanzar el centro, con su ágora ciudadana, sus sofistas, sus perdularios y traficantes de baja estofa.

    De modo que Yeni aprueba el examen, un triunfo para toda la familia que con el tiempo ya se ha ido estableciendo en la acrópolis, voy a estudiar para la capital, luego ayudo a mis padres a mudarse para allá así que tal vez la aldea quede desierta como esos templos sin dioses, viva Yeni, el cerebro y la esperanza de la familia. Porque todo oriental nace con una idea fija: mudarse a la acrópolis, aunque sea bajo un puente, en una buhardilla, dentro del acueducto. Pero tienes que cuidarte porque allá la gente es muy viva, muy mañosa, y entonces es cuando brilla esa sonrisa pícara en el rostro de los orientales, el colmo de la felinidad, los bárbaros triunfadores que se naturalizan en la Roma imperial, en Cartago, en Lima, en el Distrito Federal, en cualquier acrópolis superpoblada, que soportan dentro del cuerpo cantidades navegables de aguardiente, que traen sus dioses díscolos y todas sus costumbres, como la de cocer los alimentos en hogueras utilizando los muebles estilo Chippendale para combustible, o esa otra de andar semidesnudos en las recepciones eclesiásticas haciendo temblar los monóculos de recatadas solteronas.

    Yeni era parte de ellos, de los bárbaros, de la alteridad selvática que se nos venía encima.

    Todo esto es predecible: la invasión de oriente a occidente, el General mulato que tuvo la suerte de ser enterrado en la capital señalando el camino a los gendarmes orientales que han ido llegando, temibles y malhabladores del acento citadino. Demasiado predecible, de modo que más vulneraba mi curiosidad el pretérito sexual de Yeni. Entre uno y otro escarceo, y como venía al caso, fui enterándome de que mi concubina había llegado virgen a la acrópolis, inmaculada como un pájaro de vidrio y desesperada por dejar de serlo. En lugar de ir a ofrecer su jugo primigenio al templo de Ishtar, y ante la vergonzosa perspectiva de ser una excepción entre las filósofas del amor libre que pululan en una Escuela Superior, decidió sacrificarse al primer peregrino que le echó el ojo. Anduvo algunos meses fornicando democráticamente con dos o tres, aprendiendo a cuidarse a base de instinto, empirismo, referencias de sus compañeras de albergue, y sobre todo mucha suerte que es lo fundamental en estos menesteres. En algún momento tuvo la convicción de que si la Virgen había sin pecado concebido, ella podría pecar sin concebir, es decir, se percató de la excepcional circunstancia de que no quedaba grávida aunque prescindiera de los anticonceptivos. Ya tendré tiempo, me dijo, cuando se me antoje salir preñada, de hacerme un tratamiento.

    Llegábamos al albergue todas las noches hartos de las clases y de devorar comida barata en los alrededores, todavía con un excedente de hambre que debía ser postergado para el día siguiente, pero al final nada de esto nos importaba, sólo nos urgía lo otro, sobre las sábanas amarillas (las sábanas de una becaria nunca son blancas), siempre de la misma manera: ella se quitaba de golpe su vestido a cuadros u otros dos que tenía, ofreciendo su abrupta desnudez (de alguna manera supe que sólo contaba con dos calzones para ocasiones precisas, de ahí su atrevimiento), apenas me dejaba divagar sobre su carne me empujaba a caer machihembrados sobre el angosto rectángulo. Luego venían sus monosílabos, sus frases de lugares comunes con voz pringosa, a veces alguna pregunta de cuya respuesta parecía depender la intensidad del instante próximo. Las ligeras variaciones nos las inducía su compañera de cuarto, inveterada activista del amor libre que casi nunca regresaba al albergue, pero cuando nos cogía la delantera la encontrábamos arropada en la cama con apenas un breve calzón, haciéndose la dormida a sólo dos metros de nosotros que íbamos directo al rectángulo a hacernos los dormidos no por mucho tiempo, pues enseguida Yeni se tragaba su silencio devolviéndolo en forma de carne abierta, y sólo durante aquellas sesiones de tácito exhibicionismo notábamos cuanto crujía nuestra litera, y sobre todo Yeni rebajaba sus soliloquios a apretados monosílabos, con tal sacrificio de su parte que a veces daba la impresión de que iba a implotar tragándose mi cuerpo. Esto era todo, aunque había más. Pero entonces yo no lo sabía. No podía tomar distancia ante aquel cuerpo macizo apretado en 1.30 de estatura que sólo hablaba cuando hacíamos el sexo (según Yeni, hacíamos el amor).

    Hay tres tipos de seres de naturaleza silenciosa: los tímidos, los que gozan de un mundo interior tan vasto como inefable, los que no tienen nada que decir. Yeni pertenecía a este último grupo. Cada vez que yo intentaba extraer de nuestra relación algo más que un intercambio de fluidos, me estrellaba contra el muro de una sonrisa involuntaria pegada a una cabeza que imaginaba aquella alteración de sus músculos faciales como el colmo de la picardía. Ni siquiera lograba arrancarle un destello de inteligencia a sus ojos ámbar cuando le formulaba un chiste de alta elaboración, sino simple y demoledoramente la misma sonrisa de quien no había comprendido y se esforzaba por ocultarlo. (Nada dice más de una persona que su capacidad de reírse con exactitud.) La risa de Yeni era mecánica y evidente como la estupidez, pero ella imaginaba todo lo contrario.

    En algún momento Yeni comenzó a espaciar a dos o tres veces por semana lo único que teníamos, nuestro invaluable tesoro, la piedra ontológica de nuestra relación: el intercambio de fluidos. Aquella tarde pastoril en que casi nada nos habíamos dicho bajo un álamo, ella abrió la boca para decirme, hoy no, papito (le había dado por llamarme de aquella manera tan pedestre, yo hubiera preferido ser Alejandro Macro), hoy no, que estoy cansadísima. Era justo, ella estaba cansada y pensándolo bien yo me sentía molido, licuado y luego deshidratado. Cada vez más frecuentemente ella tomaba la iniciativa de sentirse cansada y entonces yo buscaba la forma de también estarlo. Nos vemos mañana.

    Cuando se abrieron aquellos paréntesis me di cuenta que mis noches solitarias eran un abismo de molicie. Me estaba volviendo adicto a nuestro rectángulo. Entonces comencé a intuir que eso era todo, pero había más. Aunque por propia voluntad no tomaba distancia ante aquel cuerpo macizo apretado en 1.30 de estatura, era un hecho que ella me imponía la distancia con su ausencia. Me dio por preguntarme cómo era posible que la estuviera necesitando si se trataba de un mínimo cuerpo, es cierto que voluptuoso, pero al fin y al cabo sólo carne. Su silencio, su risa bruta, y sólo carne monótona, abierta, rutinaria. Evidentemente, el asunto estaba en el sexo, esa aplicación a golpe de metrónomo que Yeni convertía en algo tan elemental. Era un misterio, pues Yeni me gustaba por gusto.

    La tarde en que noté por primera vez que su boca sabía a tabaco tuve la certeza física de que aquello no era la simple adquisición de un vicio. Yeni había empezado a fumar unos inexplicables cigarrillos con filtro dorado, de esos que cuestan dos dólares, y que en nada sintonizaban con la pecunia de quien no contaba con más de dos calzones. En algún momento le hice notar que aquellas cajetillas representaban la cuarta parte del sueldo de un profesional, pero ella me regaló su risa empeorada por la expresión del fumador neófito, mientras me oponía sin más explicaciones que no le costaban nada. Me las regalan. Nunca supe si ya en aquel momento le daba lo mismo una cosa u otra con respecto a mí, o si se trataba de crasa imbecilidad, lo cual era lo más probable, pues aquella respuesta era como dar agua salada a un hombre sediento. Mi curiosidad aumentaba de forma estéril. No me atrevía a preguntarle nada, a exigirle nada, y cada vez me conformaba con menos: tenía el regateo de su carne una vez por semana sobre sus sábanas amarillas, a golpe de metrónomo, yo terminaba sudando de placer, derramándome por los poros sobre su piel bárbara. Entonces no me interesaba penetrar más allá de su carne, casi entendía su cansancio, justificaba sus ausencias, me inexplicaba sistemáticamente ya no sólo sus cigarrillos con filtro, sino sus nuevos calzones y su repentina parafernalia.

    En algún lugar había leído que el sexo es la nostalgia del sexo. Con Yeni fui comprendiendo el sentido vivo de esta frase, pues yo le hacía el sexo con nostalgia por lo indefinible, con ubicuidad. (Para ella aún hacíamos el amor, aunque fuera una vez por semana.) Y necesariamente tenían que cambiar las cosas: me sorprendí una tarde merodeando sin escrúpulos por los alrededores del albergue. Era el último día de la semana, la última hora de la tarde, y aún no había poseído mi ración de Yeni. Además de reírme de mí mismo, con angustia, pues ya no era Alejandro Macro sino Napoleón en Waterloo, empezaba a sospechar que ni siquiera había sido en algún momento un conquistador. Tenía que violentar el devenir.

    Cuando le pedí explicaciones, dime qué pasa entre nosotros, háblame claro, y cosas por el estilo, Yeni me observó con indiferencia, con desidia, y me soltó con ensayada calma que tenía otra relación. Eso me dijo: sucede que conocí a un muchacho y me empaté con él. Bueno, no es un muchacho, es un hombre y es italiano.

    A partir de entonces dejé de hacerle el amor con nostalgia: empecé a hacerlo con angustia. Pero antes, según el brusco giro de los acontecimientos, tuvimos que franquear el pequeño infierno de su confesión. El arrebato vino mucho después de sus palabras, pues en aquel instante no sé cómo (desde entonces estoy convencido de que la lucidez nace de la desesperación) pude intuir en sus ojos la inminencia de aquella irreprimible sonrisa. Sería un final posible: si yo me hubiera desesperado desde el primer momento, el nerviosismo de Yeni se hubiera fugado en aquella sonrisa, entonces yo podría haberla matado a golpes. Encendí uno de los cigarros con filtro dorado y le dije, está bien, está bien. Pero cuando te canses de él, búscame. Mi actitud la desconcertó tanto que vi bocetearse el llanto en sus ojos ámbar, y creo que fue la peor de las alternativas, porque enseguida pasé a preguntarle cómo había sido. Por qué no me lo dijiste. Y ella: lo encontré paseando por el malecón, se me sentó al lado y empezó habla que te habla, a darme conversación, y era tan educado y tan inteligente, aunque casi no entendía el español y tenía que repetirle las cosas, luego me invitó a comer un sándwich y de ahí a su habitación a ver unas fotos de Italia. Y yo: y qué tal las fotos. Y ella: no sé (aquí apareció la sonrisa que era el colmo de la picardía), no vimos las fotos. Y yo otra vez: por qué no me lo dijiste. Pero resulta ser que Yeni no quería perderme (nuevamente el boceto del llanto en sus ojos ámbar), tú también me gustas. Y ahora no te importa perderme, por eso me lo contaste todo. Desconcierto, total y dramatizado desconcierto (mantiene húmedos sus ojos ámbar, como miel adulterada en agua): no, no quiero que nos separemos.

    Aquí viene un corte brusco en el pequeño infierno, pues ella me dice, te deseo, ahora mismo te deseo. Y así fue como terminé haciéndole el sexo con angustia, otra vez en nuestro rectángulo, toda la noche escuchando los lugares comunes de su voz, sintiendo sus piernas elementales apretadas sobre mis riñones, sus corcoveos de hembra.

    Dos días completos desaparecí con la fútil convicción de castigarla, de someterla a mi ausencia, de demostrarme que la bárbara, la oriental, era saludablemente prescindible. Me convencí de todo lo contrario al tercer día cuando decidí tragarme mi estrecho amor propio como Júpiter devoró a su hijo, y monté guardia en los alrededores del albergue. A eso de las dos de la madrugada mis ojos de búho supieron su llegada en el auto del fulano que parecía el carruaje encantado de cenicienta. Se besaron tras el parabrisas (fue necesario para ellos la melosa despedida, para mí fue necesario verlos). La angustia y la rabia se explican por sí solas ante esta escena, pero yo no contaba con el ridículo cuando decidí ocultarme al paso de Yeni, y ella se volvió tranquilamente (ya el fulano no estaba), para decirme, con un tono de voz igual a su sonrisa: ¿estás jugando a los escondidos? Solo atiné a preguntarme cómo era posible que me hubiera descubierto, y me sentí culpable.

    Tuve la claridad suficiente para vislumbrar lo absurdo de aquella circunstancia: Yeni estaba mortalmente ofendida, pues yo ahora me dedicaba a espiarla, por tanto, yo era el victimario y ella sufría por su agujereada intimidad. Siguió arremetiendo con argumentos de hembra bárbara y yo comencé a percibirlo todo como en una obra de teatro, aniquilado, ausente de toda posibilidad volitiva. Si yo lo sabía todo y había aceptado las reglas del juego, por qué la espiaba (para Yeni aquello era un juego, con reglas y todo); y creo que fue esto último lo que me hizo intervenir en la farsa como un actor que había olvidado su papel, tartamudeando en medio del escenario, para no golpearla la agarré con ambas manos del cabello y la sacudí (debió ser con frenética dedicación), ella gritó que le dolía, carajo me duele, pero yo continué en esta función todo el tiempo que necesité para calmarme. No creo que la desesperación sea ciega: un hombre se encuentra desesperado y precisamente por ello es capaz de urdir un crimen con la pesantez y frialdad de un iceberg. Mientras la zarandeaba, sobre la pantalla de mi mente se desplegó una idea fija: la Sonata a Kreutzer; por absurdo que parezca pensé en el título del libro, tensé por última vez su pelo y fue suficiente para soltarla. Ella se repuso, lacrimosa, y ya no quería hablarme. Quería tenerme lejos, lejos, lejos. Déjame sola. Pero yo persistía a su lado como si esperara obtener algo, porque en el fondo más angosto de mi resentimiento esperaba obtener algo. Eso, quería eso. Estaba tan excitado que a partir de ese momento cedí y concedí hasta lo inverosímil para obtener su absolución. Y por inverosímil que resulte, al cabo de hora y media Yeni estaba bárbaramente dispuesta a arrancarse el vestido, meterse conmigo en el rectángulo y empezar a decirme al oído aquellas cosas ridículas que tanto me gustaban. (En algún momento me sentí con ventaja sobre el otro que no debía entender bien el castellano erotizado de Yeni.)

    Me gusta; fue el saludo con que me abrió los ojos a la mañana siguiente. Todavía estaba desnuda porque habíamos amanecido solos en el cubículo. Enseguida, y sin que yo se lo preguntara, me hizo saber qué era lo que le gustaba: la relación de nosotros. ¿La relación de nosotros? Tampoco pude entender si era imbecilidad o sadismo, cuando me aclaró que no. Nosotros no, la relación mía con Darío. Darío Manera, así se llama el italiano. Él me quiere, está enamorado de mí y no me exige nada. Vronsky, le dije, yo pensé que se llamaba Vronsky. Ella no me entendió, y mucho menos cuando lloré con el único deseo de inspirarle lástima.

    Cuando dejé el albergue como el ser más patético que había plantado su huella en aquellas regiones, tuve un discreto acceso de dominio sobre mí mismo. Nombrar las cosas. Creí que el primer paso sería el de nombrar las cosas. Así, yo era un trapo. Yeni era…, bueno, el hijo de Yeni sería un hijo de puta. Y el tal Darío Manera (tenía que llamarse Darío, no podría ser de otro modo), por ahora era un ser sin muchos atributos, sin una categoría definitiva para nuestro caso, era un turista más, que según Yeni estaba enamorado de ella y no le exigía nada. Aquello, sin dudas, pertenecía a la estirpe falaz de la carta a los Corintios. Me pregunté enseguida cómo podía entenderse eso de estar enamorado sin exigir nada. Era como navegar sobre aguas sin ancla. Y quien navega de ese modo es porque se va a ir lejos, lejos, lejos; como nacer en Génova y venir a parar a las Américas. Cuántas indias orientales andan sueltas. Cuánto fornicio viejo en el nuevo mundo. Y luego volverse a casa. El último grano de lucidez en mi reloj de arena, cayó con el nombre de Poznisev, ese personaje de Tolstói que asesina a su mujer, y luego afirmaba que la depravación empieza allí donde el trasiego sexual no implica un compromiso moral.

    Vaciado mi reloj de arena comenzó otro pequeño infierno. Busqué los lugares más concurridos de la acrópolis para dejarme ver hecho una porquería humana (millones de testigos no eran suficientes para mi angustia), dejé que los ojos se me licuaran ante gentes que se me cruzaban en la acera, los miré con la afianzada esperanza de que guardaran el recuerdo de un tipo que sufría.

    El verdadero infierno es que hacía todo aquello en serio, sin la más mínima capacidad de reírme de mí mismo. De alguna manera di fuego a uno de aquellos cigarros con filtro dorado que Yeni me otorgaba (sentía inexplicables deseos de hacerme daño), fumé, y luego lo apagué sobre mi muñeca izquierda, en el lugar donde suele llevarse la esfera del reloj.

    ¿Qué te pasó?, me dijo Yeñi al verme al cabo de unos días, en el rectángulo. Ambos teníamos cara de mala noche por distintos motivos. Ella dejó penetrar con impaciencia y comenzó a hacer cosas que no eran suyas. Primero me volteó bajo la condición de su cuerpo macizo (casi nos salimos del angosto rectángulo) y ella quedó encima, vertical, cabalgando y sobándose los pechos con aquella sonrisa tatuada en el rostro. Aquello generó en mí, a un tiempo y por primera vez, la homogénea combinación de angustia y placer, que con el tiempo degeneró en el placer de la angustia.

    Transcurrieron días de torcido equilibrio que Yeni confundió con la estabilidad equilátera de un triángulo. Fue mostrándome aristas suyas que yo nunca había sospechado. Darío estaba tan enamorado de ella que no le exigía nada, era un amor superior, un amor italiano, hecho de restaurantes, cerveza enlatada, habitaciones de hotel con aire acondicionado. ¿Y tú estás enamorada de Darío? Bueno, me voy a enamorar de él, es muy inteligente y educado. Me compra cosas. Te compra cosas, y qué más. Se va a casar conmigo y me va a llevar a Italia. Por supuesto que se va a casar contigo, qué italiano no se casaría contigo. He tenido tremenda suerte. Has tenido tremenda suerte, te empataste con un extranjero. Suerte, porque lo que todas las muchachas del albergue están buscando a mí me cayó del cielo. El extranjero te cayó del cielo, es una especie de ángel italiano, como Miguel Ángel, lástima que se llame Darío. No jodas, mira, tú deberías conocerlo, porque él es galerista y tú eres pintor, a ver si te compra alguna obra y hasta te invita a Italia. Claro, en Roma seríamos una sagrada familia…, pero, dime una cosa, ¿cómo sabes que está enamorado de ti? Chico, porque me lo ha dicho, me lo dice siempre. Siempre. Pero te lo dice en italiano ¿no? Ya, no fastidies. Tienes razón, te ha caído del cielo, verticalmente: el que nace para árabe, del cielo le cae el camello. No seas así, chico, tengo que aprovechar esta oportunidad (sonrisa picara por primera vez en la conversación). Claro, no se puede despreciar un dromedario en este país que es una tierra baldía.

  • El retrato

    Ella se llamará Ana. Será pintora.

    Él se llamó Jorge. Fue propietario de un Chevrolet 57 y chofer.

    Ellos se llaman Gabriel y Héctor. El primero es bello. El segundo posee al primero.

    Ana conocerá a Jorge en la acera del hotel Presidente un día en que ella intentará llevar hasta Ánimas 112, su cuarto, a dos marchands norteamericanos. Ellos pagarán los cinco dólares que Jorge les cobró por el viaje, y Ana invitará al chofer, provocativa, a visitarla cuando él fuera de nuevo por La Habana Vieja.

    Él fue la semana siguiente, sin pretextos, viajes imaginarios o casualidades de última hora. A ella le habrá gustado mucho su cuerpo robusto y velludo, el desenfado casi vulgar de su jerga, el bulto preciso y compacto de su pelvis, las manos gruesas, el cabello cortísimo y negro, la barba incipiente, las patillas largas y profusas, las orejas sin las argollas de moda, el torso breve y musculoso. Ella lo bautizará Toulouse-Lautrec aunque no se lo diga. Le habrá gustado su piel trigueña, continuamente sudada, y la despreocupación con que dejaba acumular las pequeñas gotas de la frente y desplazar las grandes del pecho y el abdomen. A lo sumo él se abría la camisa y trataba de ventilarse batiendo la tela contra la carne. A ella le habrá gustado su primitivismo y la seguridad con que lo exhibía. A ella le gustarán los hombres que gustaban antes de las revoluciones sexuales y los movimientos feministas. Adorará sentirse penetrada, avasallada por un cuerpo grávido que la cubra completamente hasta llegar a los umbrales de la asfixia. Sólo eso le insuflará fuerzas para pintar y se las quitará de nuevo: un ciclo eterno que la arruinará como artista. «Yo no soy pintora; soy una de las putas de Toulouse-Lautrec», escribirá en un diario que a nadie le interesará leer: nunca aparecerá: no existirá.

    Ella abrirá la puerta, se sorprenderá realmente, y así sorprendida le preparará una infusión de canela y jengibre porque no tendrá café. Será de noche. Estarán solos. Mientras hierva el agua ella correrá al espejo del baño para escrutarse, obsesiva, la fealdad del rostro largo y enjuto, la nariz escabrosa, la frente ancha, el pelo lacio y demasiado seco, el cuello raquítico. No intentará maquillarse; se dirá que la expresividad de la mirada la torna bonita, y con esa convicción regresará a la sala.

    Él le preguntó por los norteamericanos, y ella le responderá que no habrá tenido suerte, a ellos no les habrá interesado su pintura. Fue entonces cuando él supo que ella será pintora. Pintora. La palabra no le sugirió nada preciso, sólo una extraña imagen se posó en su mente: los dedos de Ana apretando una brocha, tal vez un pincel. Ana atravesará esa imagen con una rapidez fotográfica: Ana rozándole el miembro por encima de los pantalones. Ella le pedirá desnudarse inmediatamente y le aclarará que no puede sostener una relación con hombre alguno sin verle antes la pinga.

    Él lo hizo, parsimonioso, y eso aumentará el deseo de ella; las rodillas le temblarán de tanto deseo. Sentirá un ahogo, y creerá haber perdido la voz para siempre. Pero la mirada no: la fijeza de la mirada le arrebatará las ropas a Jorge como arañazos sordos. La vivacidad del pene durante la ceremonia del desnudamiento le servirá a Ana para corroborar que aquel hombre habrá sido correctamente elegido. Un hombre que no se preguntaba nada. Un hombre que sabía percibir la furia de su mirada y no le reprochaba una frialdad que no existirá. Varias veces escribirá esa idea en el diario y estará tentada a decir que esa conducta suya será la de una mujer posterior a las revoluciones sexuales. Pero no lo escribirá, no lo pensará siquiera. Sólo afirmará: «Detesto las contradicciones».

    Jorge desnudo fue la destrucción de Ana. Ella vestida se arrastrará arrodillada hasta la destrucción, a unos centímetros de su boca. Pondrá unos cojines para alcanzarla. La mojará con la punta de la lengua, la pellizcará con los labios, la morderá muy suavemente, la succionará, la esconderá dentro de sí con la falsa tranquilidad de que las cosas sumergidas terminan por desaparecer. Ella jugará con la destrucción, querrá tenerla y dejarla, la sacará y volverá a descubrirla, enorme —¿por qué ella habrá de suponer siempre que la destrucción es algo enorme?—, y no se atreverá a tocarla por miedo a perder la posibilidad de destruirse. Llorará.

    Jorge trató de incorporarla tomándola por los codos, pero Ana se resistirá con desgano. Estará fláccida. Él cobró más fuerzas y repitió el movimiento. Ana tendrá que ceder, erguirse hasta que el pene le roce el ombligo. Sentirá el frío de la saliva en el vientre. Le implorará a Jorge caminar por la habitación.

    Él se desplazaba con la torpeza del asombro. (Era un chofer modelando.) Pero su pene seguía vibrátil, balanceándose precariamente en el aire. Ana se secará las lágrimas y extática empezará a sugerir posturas atrevidas. Al final, después de una veintena de poses, él estuvo obligado a machihembrarla encima del piso, en una esquina de la sala, con la cabeza de ella chocando contra la pata de una vieja silla de mimbre.

    Cuando Gabriel y Héctor tocan a la puerta, Jorge había eyaculado tres veces y Ana estará deseosa de coger los pinceles abandonados durante semanas, desde su última aventura erótica. Tendrá una idea muy vaga. Querrá pintar su propia mirada. Jorge se vistió con premura. Ana lo hará despacio. Gabriel y Héctor entran intempestivos, sin importarles la presencia del desconocido, como si no existiera. Jorge se fue apenas presentado: ella no soportará la mezcolanza de sus amantes con sus amigos gays. Después de saludar a Ana con la espectacularidad típica de quienes no se ven desde hace un año, Héctor comenta la huida de Jorge en tono jocoso. Ana defenderá una vez más su concepto separatista del mundo. Héctor riposta-frase célebre:

    No es que tú pongas las yaguas antes de caer las goteras, sino que tienes el techo forrado de yaguas siempre. Eso es fraude.

    Ella tal vez la consignará en el diario, como prueba del ingenio del amigo. Tratando de cambiar el curso de la conversación, Ana le preguntará a Héctor sobre sus andanzas en España. Él se extiende en la respuesta pero lo hace con la misma neutralidad que siempre usa cuando habla delante de Gabriel. El único énfasis se lo dedica al centro Humboldt en las islas Canarias: «un lugar de ambiente donde no van ni travestis ni transexuales ni gays muy afeminados; por supuesto, tampoco lesbianas. Son cuatro pisos dispuestos alrededor de un parque que tiene un lumínico con el emblema del centro: un dinosaurio. Los pisos están repletos de discotecas, bares, cines porno, saunas, cuartos oscuros… Es inmenso, cinco o seis veces La Manzana de Gómez».

    Ella no abrirá la boca para admirarse. Gabriel se mantiene mudo. Ella se tomará demasiado en serio su papel de anfitriona y querrá introducirlo en el diálogo:

    —¿Y tú, Gabriel, extrañaste mucho a Héctor?

    «Estúpida interrogante», anotará ella. Gabriel lo extraña mucho, ha vivido extrañándolo desde el principio de esa relación, como si todo el tiempo Héctor hubiera estado muy lejos suyo. Pero esa clase de distancia no es posible tocarla, empieza por respirarse: es como un aire denso que se le va acumulando a Gabriel y llega a impedirle la respiración misma; se queda ciego, sordo, pierde la capacidad de sentir la distancia. Se enajena. Vivir es saber cuán distantes están los otros de uno. El viaje del que ama le otorga a Gabriel el privilegio de esa lucidez. Qué alivio saber que un océano real lo separa de Héctor y no esa insondable asfixia cotidiana.

    —Muchísimo.

    Ana se mostrará inquieta y dispersa. Terminará declarándose incapaz de continuar atendiéndolos. Utilizará como pretexto a la musa. Antes de despedirse, Héctor saca de la mochila un estuche con tubos de óleo. Ana casi se desmayará de felicidad por el regalo, tan oportuno. Besará al amigo mil quinientas veces en las mejillas y la boca. Ya al final, cuando la pareja está en la calle, Ana elogiará a Gabriel desde el umbral:

    —Sigues bello.

    En realidad esa frase irá dirigida a Héctor, sólo él la disfruta. Abraza fuerte a Gabriel por los hombros, como diciendo: «Eres bello, me perteneces». En alta voz inquiere:

    —¿De verdad me extrañaste muchísimo?

    El silencio. La manera más absoluta de despojarnos de toda propiedad.

    —¿De verdad?

    La insistencia. El intento de exorcizar el silencio, esa fisura por donde intuimos que el otro se nos va escapando.

    —Casi me muero.

    Héctor lo besa en la boca. Manifiesta deseos de hacer el amor. Hacer el amor. Hacer el amor es encuerarse y pedirle al maestro, por favor maestro, alza mi culo basta tu cintura/…por favor maestro hazme decir por favor maestro jódeme ahora, por favor/… por favor acaricia tu verga con blancas cremas/por favor maestro toca con la cabeza de tu pene mi arrugado agujero del ser/ por favor maestro vete metiéndómela suavemente…/ por favor maestro métemela un poquito, un poquito, un poquito,/ por favor maestro húndeme tu enorme cosa en el trasero/ y por favor maestro hazme retorcer mi trasero para devorar el tronco de tu pene/ por favor maestro, por favor jódeme de nuevo con tu ser, por favor jódeme. Por favor/ Maestro empuja hasta que me duela la blandura hasta la/ Blandura por favor maestro haz el amor a mi culo… y jódeme de verdad como a una chica/…/ Por favor maestro hazme gemir sobre la mesa/ Hazme gemir por favor maestro jódeme así/… Por favor maestro llámame perro, bestia anal, culo húmedo/ y jódeme con más violencia…/ y lánzate dentro de mí en un brutal latigazo final…/ y vibra durante cinco segundos para eyacular tu calor de semen/ una y otra vez, metiéndomela a golpes mientras yo grito tu nombre Cómo te amo/ por favor Maestro.

    Héctor lee en España un largo poema de Allen Ginsberg; se reconoce en algunos versos, los copia, los recuerda como si en realidad esos fragmentos constituyeran todo el poema. Pero no se los trae a Gabriel. En Angola, su jefe, también su amante, lo ha poseído así, brutal, sobre el escritorio donde Héctor ha mecanografiado tantos informes de la compañía. Los empujones han fracturado el cristal y herido un muslo de Héctor. Pero Gabriel no debe leer esas cosas, no debe saber nada de ese capitán, ese maestro. La primera vez que Héctor y Gabriel se acuestan, Gabriel se interesa por la cicatriz. «Me caí cuando niño sobre una botella rota.» La primera vez que Gabriel se acuesta con un hombre ese hombre tiene una cicatriz; Gabriel pregunta por ella y lo engañan.

    Hacer el amor es para Gabriel que Héctor se le encime, lo bese, lo toque, lo lama, lo siga besando, lo toque más, lo succione, lo bese, lo bese, ay, y lo masturbe. Gabriel es el espejo de Héctor. Hacer el amor es para Gabriel vivir la experiencia de esa simetría. ¿Cuántas veces ha querido romper esa imagen, esos reflejos? Sería deshacer el amor.

    Debe haber algo que diferencie el erotismo homosexual, le explica Héctor sin que Gabriel nunca le haya preguntado. El reino de Gabriel es el silencio. La superioridad de los homosexuales sobre los heterosexuales radica en que los primeros pueden prescindir de la penetración, cifrar la entrega en la ternura, la espiritualidad, sigue argumentando Héctor. El reino de Héctor es la insistencia.

    Héctor es artesano. Tiene treinta y dos años. Gabriel estudia filosofía en la universidad. Tiene veinte. Esta noche hacen el amor. ¿Qué es hacer el amor? «Hacer el amor con un hombre que no piense que hace el amor, me inspira», escribirá Ana en su diario. Después de irse Héctor y Gabriel, Jorge regresó. Ella lo abrazará, le pedirá disculpas por la demora de la visita, no habrá podido acortarla más. Le enseñará el regalo, le acariciará la verga, lo despojará de la ropa y le pedirá tenderse sobre el sofá, quieto.

    Ana tendrá un lienzo ya preparado. Lo embadurnará con timidez. Ella querrá aprehender la fuerza devastadora de su mirada sobre el cuerpo de Jorge, no detallar los rasgos de los ojos que la producirán. «El dibujo carece de fuerza, no me sirve. No puede haber retrato, ni rostro, ni nada definible. La fuerza carece de forma», ¿escribirá?, sabiendo que la idea no será original ni completamente verdadera. Eso no le importará; ella será una puta, no una pintora. Podrá permitirse cualquier desfachatez, cualquier locura: lanzar brochazos eufóricos sobre la tela pasivísima. Jorge se durmió sin emitir comentario alguno. Dormido así será más profanable. Ella gozará esa indefensión, lo escrutará hasta la fiebre. Los ojos enrojecidos. El llanto otra vez. Pero se le ocurrirá que habrá de ser más excitante hacerlo reposar en una habitación que habrá de tener una ranura, a través de la cual ella habrá podido observarlo sin que él posara para ella. Ana precisará la existencia de un límite, una barrera; sólo saber que ese cuerpo no le pertenecerá la impulsará a su conquista. Ella necesitará el susto de la prohibición, el placer del hurto. «Héctor siempre me dice que yo soy un maricón con tetas. Creo que es cierto.» No podrá pintar más, tapará a Jorge con una sábana.

    ¿Será una mujer posterior a las revoluciones sexuales? ¿Qué deberá ser una mujer después de las revoluciones sexuales? Esos pensamientos la contaminarán, fugaces, pero no los escribirá. No los habrá pensado siquiera. «Detesto las contradicciones» será la frase que más repetirá en el diario y nunca la explicará.

    —¿Me fuiste infiel? —Héctor persiste en la misma pregunta y aprovecha ahora para quitarle la sábana a Gabriel y obligarlo a mostrar la belleza de su desnudez. Pudoroso, Gabriel vuelve a cubrirse. Al fin decide quebrar el silencio.

    —Nunca.

    —No sé si creerte —y lo destapa de nuevo, lascivo.

    ¿Qué es la creencia?: lo que no existe. Lo que existe es la necesidad de la creencia (Manuscrito de Gabriel: Apuntes filosóficos, página 34).

    —Deseo hacer el amor otra vez —insiste Héctor, reaccionando al mutismo de Gabriel.

    Ninguno de los dos desea al otro. ¿Qué es el deseo? Una creencia. Algo que no existe. Lo que existe es la necesidad del deseo (Ídem, página 78).

    Gabriel no responde, se entrega, busca el deseo.

    Ana le contará a Héctor cada detalle de su relación con Jorge y la necesidad de encontrar un lugar idóneo para observar al amante a hurtadillas. A cambio, Héctor le narra las aventuras suyas con los hombres españoles, debidamente calladas en la última visita.

    Ana adorará a ese Héctor confesional y exaltado que se devela cuando está solo. Sin embargo, le preguntará por el otro. Ana no entenderá cómo un muchacho tan bello puede vivir enclaustrado como si fuera una mujer del siglo XIX. Héctor replica, argumenta que Gabriel sale para lo imprescindible: la universidad. Ni a las bibliotecas tiene que ir porque él le ha traído los libros de España. La calle está muy mala, Ana; a Gabriel no le falta nada. Héctor se lo da todo: dinero, ropa, comida… Ana estará tentada a recriminar el egoísmo del amigo, pero la contendrá la sensatez.

    Héctor comenta que los dos cuartos pequeños de su casa que él acostumbra alquilar, están desocupados ahora; son contiguos y entre ellos es posible agenciarse el espionaje. Ella aclarará que no tendrá dinero, él se los ofrece gratuitamente hasta que el cuadro esté listo. Ana dudará de tanta bondad, pensará que Jorge pudo sentirse mal en la casa de unos gays, a ella también le molestará esa proximidad. ¿Valdrá la pena poner en peligro su relación con Toulouse-Lautrec por aquella idea?

    Ana aceptará e inventará una causa distinta para explicarle el cambio a Jorge. Él le creyó.

    Gabriel no comprende el altruismo repentino de Héctor, tan reacio a compartir su espacio incluso con amigos a quienes les apremia más la ayuda. Pero calla, recibe a los refugiados con la cara bella e inexpresiva de siempre. No soporta la chabacanería del chofer, no entiende esa mezcla entre pintura y jerga solariega, pero calla. Su silencio es total.

    Ana alabará el minucioso trabajo de marquetería que la separará de Jorge. Él se sorprendió al encontrarse aquel cuarto inmenso dividido en dos, y cuando se quedaron solos manifestó su aturdimiento. ¿No vinieron aquí a estar juntos, Ana? Sí, pero cuando él hubo muerto por el cansancio de tanto fornicar, ella quedará sola y pintará, sobreponiéndose a la destrucción física. Él lo acató todo, aún sin comprender. Él no tenía que comprender.

    Por minúsculos resquicios que habrá entre las figuras geométricas que compondrán la pared, Ana escrutará el cuerpo de Jorge. Ella le pedirá dormir desnudo. Él no indagó razones, le bastó el masaje casi etéreo que ella le propinará en los genitales para intuir la pertinencia de obedecerla. Unicamente después, cuando estuvo solo, empezó a extrañarse. Miraba el techo, las imágenes formadas en la madera, la lámpara. ¿Qué hacía él allí? Había algo incomprensible en todo aquello; nunca antes se tropezó con una mujer así, tan rara.

    Cuando la palabra «rara» apareció en la mente de Jorge, Ana inundará el lienzo de un ocre intenso que irá transfigurando las pequeñísimas manchas de amarillo del primer día. Avanzará, frenética. Destapará otro tubo de óleo: verde. Dudará. Sentirá que algo la observará lascivamente desde el cuadro en ciernes. Querrá liberarse de toda la ropa, impúdica, conminada por esa fuerza. ¿Será su propia mirada que habrá comenzado a revelarse? ¿Existirá su mirada más allá de ella realmente?

    Cuando la palabra «rara» apareció en la mente de Jorge, él se incorporó, palpó las decenas de triángulos, óvalos y pirámides que se interpondrán entre la rareza y él. Casi por instinto pegó las pestañas al barniz. Buscó. Vio a la pintora en cueros, de espaldas, encabritada sobre un trípode, balanceándose como una esquizofrénica en crisis, derrochando óleo a diestra y siniestra. Se creyó repentinamente descubierto, tuvo miedo y se alejó un instante del resquicio. Pero la atracción fue mayor.

    No será el cuerpo delgado de Ana quien lo seducirá sino un efluvio cálido e indescifrable. Empezó a masturbarse mirando a Ana porque será lo único concreto que se le ofrecía. Sintió que él también se estaba convirtiendo en un hombre raro. Imaginaba otros cuerpos y los iba superponiendo sobre el de Ana. Ninguno lo motivaba. La causa de su enardecimiento era otra.

    Ana estará hierática, inclinada hacia delante, el clítoris rozando el cuerpo del trípode. No sabrá qué la irá excitando hasta obligarla a aferrarse con los dedos al asiento. ¿Querrá hacer el amor con Jorge? ¿Querrá hacer el amor? Tendrá que buscar a Toulouse-Lautrec para saberlo. Tendrá que buscar a alguien.

    Ana se levantará e irá lenta, tiesa y contraída.

    Jorge se tendió nuevamente, con los ojos abiertos y la verga dura, fracturable. Ella no lo mirará.

    Él tampoco la miró.

    Ella sentirá ese temblor repetido.

    Él se derramó como pinceladas epilépticas.

    Ella y él, por vez primera irreconocibles, ajenos.

    Héctor no puede conciliar el sueño, suda, enciende la luz del escritorio, deambula por el cuarto. Gabriel lo vigila con los ojos semicerrados, la sábana tensa, atrapada por los talones y los dedos de las manos. Héctor sale del cuarto, camina por el pasillo, se detiene ante la puerta de la otra habitación. Se enardece. Piensa en Gabriel pero en verdad no piensa en Gabriel. Se enardece. No puede salir para la calle, caminar, buscar en la oscuridad. Piensa en Gabriel, se lo dice muchas veces para creerlo. Retrocede, abre la puerta, se le aproxima con furia, le arrebata la sábana, le baja el calzoncillo, intenta succionarlo. Gabriel está yerto, aterrorizado. Los ojos se le han hecho dos globos enormes, el pene es una arruga gruesa inatrapable. Héctor se le sienta encima, frota su ano contra la arruga, que va dejando de existir. Se estruja contra lo que ya no existe. Procura los labios de Gabriel, que apenas se entreabren. Los lame, la lengua toda afuera. Gabriel tirita. El aire acondicionado está muy frío. Gabriel no habla, Héctor recobra la lucidez, se desmonta, quita el aire, apaga la luz, se tiende, Gabriel se cubre. Héctor le dice que tuvo una pesadilla.

    Ana se separará del cuerpo anónimo que la atravesó y paseará intensa e inacabada por la habitación. Sentirá como si algo la conminara hasta el frenesí y el agotamiento. Si no lograra controlar eso, terminará golpeándose, lacerándose el cuerpo. Sin embargo, no podrá nada. Moverá los objetos que encontrará a su paso, los apretará hasta que amenacen romperse. Los impulsos la harán llegar delante del cuadro; la idea de destruirlo la compulsará a contraer los dedos. «Es una mueca, una mueca de las manos», pensará. No, no deberá descargar aquello contra su propia obra. Tratará de preservar el cuadro colocándolo de frente a la pared.

    Habrá un alivio paulatino, y después una quietud adormecedora. Ana reconocerá a Jorge, lo abrazará. Él le besó, apacible, como quien hubiera rozado un recuerdo.

    A la mañana siguiente, cuando Ana voltee el cuadro para seguir pintando, volverá a experimentar el mismo desasosiego. Sin explicaciones plausibles que atribuirle, terminará aceptando la única en la cual nunca habrá creído hasta entonces: la genialidad. Una sensación tan extraña como aquélla sólo habrá podido provenir de una conexión espiritual profundísima y esencial de la artista con su obra y de ambos con los misteriosos ritmos cósmicos.

    «Durante esos días no me sentí puta sino pintora; toda la energía sexual la descargué en el lienzo. Fue tanta la entrega que olvidé a Toulouse-Lautrec. Era simplemente Jorge. Ya ni era», podrá escribir.

    Jorge también se despertó con apetencias descomunales. Esta vez, lejos de provocarle inquietud, las asumió ufano, como naturales suyas. Aquella desmesura ratificaba su virilidad.

    Héctor abre los ojos, ha tenido un sueño fabuloso con el capitán, un sueño que no sabe si es un recuerdo o una premonición o una fantasía. Lo que sea, es bueno: Héctor no quiere desprenderse de semejante asidero.

    Gabriel permanece estirado desde anoche, sufre de un encogimiento que no logra articularse físicamente. El más mínimo roce lo convertiría en un ovillo.

    Jorge caminó desnudo hasta Ana, eterna sobre el trípode. Le puso la verga erecta sobre la espalda, la acomodó a lo largo de las vértebras, luego pegó su cuerpo al de ella y pudo abrazarla por detrás. Con las manos le atrapó los senos. Ella se erizará. Sin embargo, no dejará de maniobrar con el pincel para besar a Jorge. No le hablará. No lo mirará. Él le respiró el fogaje de su aliento en el oído de ella. Ana estará todo el tiempo enhebrada por espasmos, pisando la insistencia de un borde. Él se exacerbaba más. Ella hará un levísimo ademán para separarse. Sin comprenderla, él acató la distancia súbita.

    Retrocedió tambaleante y enseguida volvió a acercársele, tratando de situarse entre el cuadro y ella, pero el brazo de Ana se lo impedirá. Con su mano gruesa Jorge inmovilizó aquel brazo. Ella reaccionará al fin, sabrá que él estaba ahí, que la destrucción estuvo a unos centímetros de su boca. Cerrará los ojos, molesta, y los abrirá, violenta casi, cuando sienta esa enorme cosa latiéndole en los labios. Con los pies impulsará el resto del cuerpo hacia atrás y el trípode caerá. Él la sujetó más fuerte aún por el brazo y la obligó a erguirse. Los dedos de Ana habrán dejado libre el pincel, que imprimirá una mancha azul sobre el piso.

    Ella discutirá, hablará del respeto mutuo, de la necesidad artística, del ultraje. Él le reprochó frialdad. Ella repetirá los mismos argumentos. Él desistió, alarmado por aquella verborrea inusual en Ana, y la soltó.

    Ana alzará el trípode, lo colocará en su sitio y volverá a sentarse. Tardará unos minutos para recuperarse del temblor que le inutilizará la mano. Jorge salió del cuarto y bajó las escaleras, furibundo. Héctor baja también, alucinado.

    A través de los cristales de la sala, Jorge, sentado, trataba de diluirse en la inasible rectitud del horizonte. La vista y la mente anhelaban una fijeza que fuera blancura, despojo, nulidad. Imposible.

    De pie, Héctor observa las líneas múltiples del cuerpo de Jorge. Sinuosas, nítidas, alcanzables. Héctor pondera la nube magnífica que emergía de la cintura de Jorge y le impide concentrarse en la integridad del paisaje.

    Jorge no existió más. Sólo hay esa nube, sin horizonte, sin espacio real o imaginario para apoyarse o flotar. Sólo hay ese impulso, esa fe, esas rodillas sobre el piso, esa boca famélica que se va tragando la nube, esa lengua como un relámpago, esa lluvia, esa acidez triunfal hasta el estómago.

    La blancura. El despojo. La nulidad. Jorge apostaba, obstinado, a la línea del horizonte, que poco a poco fue tornándose borrosa y absurda; luego se aferraba a los cristales, demasiado limpios para negarle la imagen de Héctor arrodillado y omnipotente; luego apretaba los párpados; luego no supo.

    «Excesivamente abstracto», evaluará Ana su cuadro en un instante de desapego. ¿Aquellas manchas sin concierto, aquellos colores vivos degradados por antojo hasta una palidez mortecina traducirán su mirada? El temor de haberse equivocado la obligará a continuar, porque sólo en su mano, en el avance de su mano, hallaría la respuesta.

    La perseverancia es miedo. Toda pregunta repetida, toda búsqueda obsesiva, están guiadas por la misma timidez esencial. No somos osados cuando interrogamos. Inquirir algo es quedarse atrapado en la propia duda; todo movimiento creado por ella es falso, encubre una inercia a la que somos incapaces de sobreponernos nunca. ¿Y qué es la vida: un acto afirmativo y arbitrario o una interrogante paralizadora? (Ídem, página 99).

    Gabriel se atreve a incorporarse en la cama. Cruza las piernas hasta hacer que los pies toquen los glúteos. La sábana es un chal muy íntimo que cae con blandura sobre sus hombros fornidos. Gabriel es libre. Sabe todo esto: Héctor y Jorge han bajado, Ana pinta, nadie husmeará en la belleza de él: Gabriel goza de un olvido absoluto. No existe. Quisiera correr por el cuarto, danzar, tararear una canción tal vez infantil. Ha leído o alguien le ha dicho que la libertad es ese regocijo efímero que sobreviene con el olvido. La palabra efímero lo detiene, ¿o han sido más bien los deseos quienes se han escurrido de pronto y lo han hecho pensar en la palabra?

    Flexiona el tronco, alcanza con la mano la gaveta adosada a la cama, hurga dentro de ella y encuentra el tarot, la espiga de incienso y la fosforera. Gabriel sabe que abajo, después de succionar a Jorge, Héctor se ha parado y empieza a masturbarse frente a él. El chofer se sorprendió por la grandiosidad de aquel pene. Descomunal y robusto. Terso y uniforme. Imperioso. Altanero. Gabriel sabe que Héctor no pretende posar para el otro, incluso la sospecha de que ese oteo hondo a sus genitales sea un reproche, una blasfemia o una culpa recóndita, lo induce a voltearse. Sus nalgas son rotundas.

    Gabriel sabe que a través de los cristales Héctor fija los ojos en el cuerpo exquisitamente lánguido de Jorge sobre el sofá, como si fuera un horizonte que una vez pudo hacerse táctil en un sueño y ahora es sólo eso: memoria, tristeza, capitán moribundo, horizonte mayúsculo hasta la ceguera.

    Pero Gabriel sabe que Jorge arrasó con los paisajes. Tormenta. Impetuoso avanzó, enhiesto para siempre, dispuesto a desdibujarlo todo. Y sabe también que Héctor, cortés y valiente, se dobla hacia delante en una reverencia secular, y con las dos manos separa las nalgas una de otra y está a punto de llamarle Maestro a Jorge.

    «Demasiado académico», valorará Ana. Gabriel sabe que ella, al contrario de sus propias intenciones, habrá contorneado una nube casi perfecta en el lienzo. «¡Y pensar que lo he entregado y arriesgado todo por una imagen que al final no era mi mirada!» Pero Gabriel sabe que ése no es el final; Ana insistirá, se empeñará en borrar o perpetuar la imagen después de preguntarse si en realidad su mirada no sería esa nube y no poder responderse.

    El final es siempre un acto afirmativo y arbitrario. Enemigo acérrimo de las interrogantes (Ídem, página 112).

    Gabriel sabe que Jorge se la fue metiendo suavemente a Héctor, un poquito, un poquito, un poquito, y terminó hundiéndosela por completo en el trasero. Sin cremas blancas, sin mesa, sin que mediara una súplica o una indicación; sin que Jorge lo nombrara perro, bestia anal, culo húmedo, ni nada. ¿Qué es hacer el amor? ¿Qué debe ser? ¿Qué puede?

    Gabriel sabe que Jorge puso su mano sobre la de Héctor cuando Héctor comienza a frotarse el pene. Jorge movía la cintura y la empujaba, agresivo, contra la nube; la traspasaba, la convertía en una película transparente —un cristal en medio de la sala —, cuya delgadez le permitía tocar la mano convulsa de Héctor, que dibujaba un horizonte del otro lado.

    Gabriel sabe que la violencia de los brochazos rápidos y opresivos de Toulouse-Lautrec arremetió después contra esa mano, para eliminarla del paisaje y consumar la creación del horizonte —recto, blanco, posible— con la suya sola, la única mano—: lo peor.

    «Poético. Muy poético. Falso», juzgará Ana. A distancia del cuadro apreciará la nube, que permanecerá allí, protuberante, inmovible como un reto, tal vez como una verdad; maltrecha por las pinceladas, hendida, goteante de sí misma, casi una pérdida total, pero jamás una pérdida: siempre allí.

    «Primitivo. Común. Cursi», Ana prolongará su tormento.

    Gabriel sabe que Jorge no se arrepentía de nada, ni siquiera meditaba sobre lo sucedido; antes bien se dedicaba a imaginar con placer y morbo infinitos lo que hubo de acontecer entre Héctor y él más tarde, enseguida, porque la intensidad de Jorge era mucha y no admitía espera. Declaró:

    —Si yo tuviera una pinga como la tuya, sería el hombre más feliz de Cuba. Tendría miles de mujeres. Es una lástima.

  • La causa que refresca

    Bienvenida. Sí, yo siempre estoy aquí, en la entrada del aeropuerto o del hotel, esperando por ti. Veo en tu sonrisa que tú también me has reconocido a la primera ojeada. Yo soy lo que soñaste todos estos años, justamente lo que buscas. Tengo ojos mestizos y la piel mordida por el sol y el salitre, pelo indómito y músculos de trabajo y no de gimnasio. O lo que queda de esos músculos, porque, como bien sabes, la situación está dura. Tengo cara de intelectual autodidacta y partyman, todo en una sola pieza. Natural, encantadoramente medioharapiento. ¿Lo ves? En mis facciones está el peligro, el delicado riesgo del robo o la enfermedad venérea, pero también la dulzura de la caña, la sincera amistad, el buen salvaje de Rousseau. Bienvenida. Sí, yo seré tu guía.

    ¿Dónde quieres ir primero? Claro, al hotel… cinco estrellas, capital extranjero, of course, lleno de typical tropical, tan auténtico como un dólar impreso en papel higiénico. Para disfrutar de la piscina y asombrar a mi natividad con los milagros del aire acondicionado y el servicio de habitaciones. Para quejarte de los altos precios y de la falsa imagen de las giras y recorridos por la parte histórica de la ciudad, donde los guías hablan de colonizadores muy muy malos y de indios y negros muy muy buenos. Pero no te preocupes: eso también es parte del juego, el necesario preludio. Ahora, por supuesto, Amistur. Porque tengo un amigo que tiene un cuarto vacío y te lo alquilará por el simple encanto de tu sonrisa y una cifra casi ridícula en tu moneda fuerte duramente ganada con el sudor de tu frente. Por solidaridad proletaria, porque tú, se ve por encima de la ropa, no eres ni una millonada ni una capitalista explotadora, y tu auto y tu casa no son tu culpa, sino la división Norte-Sur, al que le tocó le tocó, y comoquiera los dejaste lejos, en tu casa, y aquí no cuentan (qué lástima). Sabemos que tú lanzaste adoquines en la Universidad, cuando el 68, y tienes prendidas con alfileres a tu pelo las canciones de Silvio y Pablito, y en tu cuarto el póster del Fidel. Y el pueblo unido jamás será vencido, y la sonrisa indígena y doliente de Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz, un gallardete del Frente Farabundo Martí y la foto de Camilo Torres, el cura guerrillero. Y por eso eres elemento activo en las tómbolas de ayuda a los niños huérfanos de Guatemala y discutes hasta las once en el pub de la esquina de tu casa sobre la verdadera identidad del subcomandante Marcos, y el futuro de las reformas en la isla.

    No te preocupes, todos sabemos eso. Eres una de nosotros disfrutando de los colores y la inconstancia y el sabroso contacto latino del transporte público, en su variante hipersalvaje del metrobús, vulgo camello. Guarda (por el momento) tu moneda fuerte, entrégate al juego de la cola y de ser usuaria y no cliente. Mimetízate en pocas semanas, nadie te reconocerá, es la regla del juego. Serás una de nosotros, pese a tu tez lechosa y tu alta estatura, a tu pelo irrigado por los mejores champús, a tu metabolismo sin granos ni grasas sobrantes, a toda tu imagen de perfecta factura, de la que, lo sabemos, tú no tienes la culpa. Porque no se escoge el lugar donde nacer. Tú nunca quisiste mirar los toros desde la barrera, la vida desde el ómnibus climatizado, la realidad desde la prensa. Ven, entonces. Vamos a los barrios marginales, marihuana, navaja y folklore, machismo y aguardiente, tan colorido, tan auténtico. No te cohíbas, toma tus fotos. Es gratis. Vamos a la playa sin auto y sin nevera portátil, aunque tu dorador te delate y tampoco aquí puedas librarte de los niños que ruegan «una monedita, señora», y tengas que contener tu deseo del topless ante el sol del trópico. Ven al concierto de la Nueva Trova, luego al del grupo de rock alternativo que canta en un exótico spanglish. Ven al underground, la otra cara de la moneda, con sus teatristas frustrados y sus poetas de vanguardia y sus etéreas, girovagantes damiselas de buena familia, mezclilla en sus ropas, letreros en mil idiomas, poses de crítica al gobierno pero siempre sonrisas afables. Ven, yo conozco todo. ¿Quieres oír de Bob Marley y el planeta rastafari? ¿De Carlos Vareta y el mundo trova? ¿De Pello el Afrokán y la galaxia rumba? Yo soy el poste indicador de los caminos, ven. Bienvenida a la otra Ciudad Esmeralda, pequeña Dorothy.

    A ti, claro, no te interesa ver lo otro. Eso que ya conoces, que no encaja en este ambiente tan paradisíaco de palmeras y salitre. No te llaman la atención ni las tiendas de autoservicio ni las discotecas ni las imitaciones de Mc Donalds, todo en dólares, claro. Ni la juventud de cromo que las ronda. Tú lo sabes, porque has leído a Bataille y a Foucault y a Lyotard y hasta a Alvin Toffler, es la cultura pop que explotará como una burbuja, el desarrollo, lo artificial, lo falso, antifolklórico deshumanizado, sin alma… Sí, me apetece un helado, y yo tampoco tengo ganas de hacer cola, ¿entramos? Para esto te dije que guardaras tu moneda fuerte. ¡Fantásticos estos Burguis!, ¿eh?

    He aquí tu pequeño ladrillo en el muro, tu obra de caridad focalizada. Se sabe que tú no puedes cambiar el mundo, ni nadie te lo pide. Que no eres rica ni estás entrenada para la lucha, porque si no… si tú tuvieras un lanzacohetes, algunos hijos de puta caerían, ¿verdad? ¿Conoces la canción de Bruce Cotburn, no es cierto? No lo tienes, pero tus escasos ahorros… es una buena idea dar esa fiesta, yo invitaré a todos, consigue tú la comida y la bebida, y si quieres algo más… ¿tal vez la granja que nos acerca a Jah?, también. La ley no importa mucho, ¿verdad? La ley es la culpable, la ley la hizo el colonizador, nosotros haremos la trampa.

    ¿La estás pasando bien? Es hermoso lo bien que te sientes, lo satisfactorio de hacer regalos a quien no tiene. Gracias por este pantalón y el par de tenis, no puedes imaginarte la falta que me hacían. ¿Quieres leer mis poemas? No los he publicado, no venden, la industria editorial es una mafia, pero ¿verdad que te conmueven, te llegan, te ilustran la dura realidad? Y con el necesario fondo de optimismo de un pueblo que, a pesar de todo, lucha y no se rinde. Te regalo algunos… no importa, si logras publicarlos me mandas el libro… puedes mandarme otros libros, claro. Se supone que yo no sepa cuán cara es la cultura en esos países malos donde se hacen las cosas buenas.

    Por supuesto, seis semanas es poco tiempo, tu novio allá no tendrá ni tiempo para extrañarte, con todo su trabajo en la productora de discos y las tasas de interés… ¿que es un asqueroso yuppie sin conciencia social? No digas eso, él también estuvo en las barricadas, pero claro, nunca se atrevió a venir, a confrontar su sueño con la realidad. Todo es distinto a como lo imaginaste entonces. Pero vale la pena, ¿no es cierto? Y ya tú sabías que la Tierra Prometida no era… no, no llores… o si tienes que hacerlo, aquí tienes mi hombro… no eres culpable, anda, límpiate esos preciosos ojos azules, ven conmigo, déjate hacer. Seis semanas es poco tiempo, pero pueden pasar muchas cosas…

    Disfruta el tablero de ajedrez de mi cuero tostado sobre tu piel nivea, mientras te doy una y dos y cien veces jaque mate entre jadeos. ¿Tú eras de las que creía que eso de la virilidad afrocaribeña era otro mito? Y el cariño que empalaga del contacto continuo de los cuerpos sudorosos en el cuarto sin aire acondicionado, y tus orgasmos al principio silentes, contenidos, luego adaptándote a ésta, la escuela latina, del grito y el arañazo y la mala palabra desvirtuándose de su sentido ofensivo en medio de la pasión que borra las diferencias entre países. En la cama todos somos iguales, ¿no? Y podrás nombrarme ipso facto dictador con plenos poderes en la República De Tu Cuerpo Horizontal (y vertical y hasta oblicuo, que hay que tener imaginación). Y pedirme que contigo nunca tenga esa democracia, ni monarquía constitucional ni nada civilizado, sólo este puro salvajismo que tanto te complace. La bella y la bestia, la turista y el nativo. La primermundista y el subdesarrollado.

    Tú y yo sabemos que esto no tiene futuro, pero dice el zen que el mañana no existe. Ven a mi vida, conoce a mi familia. Mi hermano murió en la guerra, mi primo está preso… líos políticos, no, tú no entiendes… en realidad, él tampoco, por eso está preso. ¿Si alguien entiende?… Mira, ésta es una foto de mi hermana, se casó con un italiano y a veces escribe desde Milán, le va bien, pero ésa estaría igual debajo de una piedra con tal de tener ropa y comida y carro y vídeo. Pero tú y yo sabemos que eso no lo es todo. Por eso estás aquí, ¿verdad? Porque para ti también hay algo más.

    Le caes bien a mi mamá, ¿te fijaste? Y no te preocupes, no hablas tan mal el español, mis amigos se ríen siempre. Es que somos así, risueños, nos burlamos de todo. Es el choteo criollo. Pero también somos tristes, con la secular melancolía del indio extinto y el negro arrancado de su tierra. Somos como somos. No intentes explicarnos. Éste es el país de la Siguaraya. ¿Y eso qué significa? Ah, interesante… lástima que casi no quede tiempo.

    Seis semanas es poco. Tenía que llegar este momento. ¿Quedarte conmigo? Por favor… Ya sabes que no se puede, no es tu mundo, no es igual que ir de visita… ¿Yo? Me encantaría, claro, pero tanto gasto… claro, si tú insistes… No llores, no hagas promesas falsas. Seis semanas son sólo mes y medio. Te arreglarás con tu novio. Él te quiere, no es tan yuppie después de todo. ¿Serías tan amable de llevar estas cartas? Es que el correo internacional, a veces… Claro, puedes escribirme. Conoces mi talla, no creo que vaya a engordar. Yo también te quiero, ya sé que tratarás de volver lo antes posible, embulla a tus amigas… los míos ya están ansiosos por conocerlas. Corre, que se te va el avión, no dejes tu bolsa de souvenirs, cuidado, se te cae el afiche de Camilo con el Che. El último beso. Buen viaje, linda…

    Seis semanas son sólo mes y medio. Yo sólo soy un guía. En cierto modo un sacerdote que ha escuchado tu confesión del pecado de ser del Primer Mundo, de no pasar hambre, de tener cultura, de poder viajar, de no ser latina, de cambiar los sueños y el idealismo por la tranquilidad material. Y te absuelvo por tu penitencia de expiar tu culpa bendiciéndonos con moneda fuerte, con tu ingenua simpatía, con tus maletas que llegaron llenas y se van casi vacías, por tu caridad y tu satisfacción de estar haciendo algo por la justicia social. Yo te absuelvo y te dejo suficiente culpa para que regreses pronto a esta Cuba de detrás de la postal, a este juego de máscaras que somos y eres, a esta identidad folklórica y postmoderna. Para que te sientas luchadora por la libertad, mujer activa, hembra con conciencia social, y en las noches después del cansancio del trabajo puedas dormirte con la sonrisa en los labios, porque tú estás ayudando a que el mundo ande mejor. Yo te absuelvo y renuevo en tu corazón la fe en la causa, una causa de seis semanas al año, de amor latino y sabor prohibido, de idealismo y sexo. Una causa hecha justo a tu medida de mujer atrapada en la vorágine de la vida moderna. Segura y cómoda, fácil de llevar. La causa que refresca.

    Y amén, no faltaba más.

  • Un poema para Alicia

    Alicia, Alicia mía, hemos crecido tanto, y demasiado solos.
    Frank Abel Dopico

    Sé que te llamabas Alicia y te sentabas en el último asiento de la fila, junto a la ventana. Sé que pasabas la clase mirando afuera, mientras el profesor enunciaba leyes de Kirchhoff y un montón de cosas más. Sé que mirabas de soslayo y te reías de los dibujitos en el pizarrón, para continuar observando el mundo perfecto que construía el barredor del patio allá abajo, a seis pisos de ti, apartando las hojas secas cuadro a cuadro, con un orden que se te antojaba hipnótico, mágica rutina para escapar a la voz del profesor anunciando «estudio individual» con preguntas iniciales para la próxima clase. Sé que te llamabas Alicia y nunca contestabas y el profesor te mandaba a sentar colocando un 2 junto a tu nombre para recordarlo. Todo lo sé porque el profesor era mi amigo que luego llegaba a casa hablando de ti y yo escribía tu historia mientras lo amaba a escondidas.

    Lo de hacerse amigos fue cosa del tiempo. Primero él te citaba a su cátedra para hablar de tus malas notas y se empeñaba en explicar lo que no escuchabas, bajando la vista de tu rostro triste y jugueteando con el lápiz entre los dedos. —a la universidad no se viene a perder el tiempo, Alicia. Tú levantabas los ojos cansados y suspirabas moviendo la cabeza desde la puerta. Él veía tu delgada figura alejarse caminando despacio y se juraba a sí mismo que haría de ti una buena estudiante, aunque algo me decía que no eran tus notas lo que llamaba su atención, quizás tu cara triste, el desinterés por todo, no sé, algo que lo obligaba a citarte todas las semanas y preguntar al resto de los profesores y buscarte en los pasillos y el patio donde te encontró aquel día que no te presentaste en el examen.

    —¿qué pasa, Alicia? Alicia aparta la vista del libro que está leyendo y tropieza con los ojos del profesor de física. —ya se enteró… —hace una mueca con los labios— nada, llegué tarde y ya no podía entrar. —no te hablo del examen, Alicia, hablo de ti, ¿qué pasa? La muchacha baja la vista y guarda el libro en la mochila diciendo que no es nada. El otro se sienta en la hierba junto a ella y repite su pregunta. —no es nada, profesor… él ya no me quiere, es eso, ya no me quiere.

    Sé que mi amigo sonrió tomándote la mano para levantarte e invitarte a irse juntos, lejos de la universidad, tomar un helado por ahí, cualquier cosa, otro ambiente donde se pudiera conversar como hicieron aquel día. —usted no entiende, profesor, si él me deja yo me mato, él es mi vida, mi todo, mi dios, si él deja de quererme yo ya no quiero vivir. —a los veinte años se es muy apasionado, Alicia, pero todo va pasando, acabas de empezar tu vida, estás estudiando una carrera, ¿no quieres ser ingeniera? Alicia sonríe tristemente y mira al mar diciendo que detesta la electrónica. —pero a él le gusta mucho, ¿sabe?, siempre está inventando cosas con cables y corrientes y yo quiero ayudarlo, por eso empecé a estudiar esto, para estar más cerca de él.

    Mi amigo quedó triste después de esa primera conversación y llegó a casa contándome que hacía mucho tiempo vivías con un hombre mayor que tú, al que amabas mucho, con la total entrega de la juventud, y mi amigo quiso ayudarte, quiso mudar tu rostro gris y tu desgana y su cátedra se convirtió en el sitio donde encontrarse y hablar de cualquier cosa, incluso de las leyes de Kirchhoff que tanto detestabas.

    —ahora sí me muero, profesor. Alicia entra bruscamente y se sienta colocando los codos encima de la mesa y apoyando la cara entre las manos para llorar. El otro se acerca intentando abrazarla. —¿qué pasa, Alicia? —que no me quiere, me rechaza, me detesta, me trata como a un perro, yo esperé unos días como usted me dijo para ver si se sentía mal, pero continuó indiferente, vagando por la casa como un fantasma que no me quiere ver, ayer… —Alicia se incorpora secándose las lágrimas— él llegó tarde pero yo estaba despierta, lo sentí trasteando en los calderos y me levanté para calentarle la comida, dijo que lo dejara en paz, que me ocupara de lo mío, él sabía arreglárselas solo, entonces pregunté qué pasaba y tiró el plato al piso con una fuerza que me hizo salir corriendo espantada, lo sentí ir al cuarto, quitarse la ropa y acostarse… antes, cuando nos molestábamos por algo, yo llegaba a hurtadillas frente a la cama y me desnudaba, entonces empezaba a besarlo, despacito, recorriendo su cuerpo que descansaba bocabajo, mordiéndole los pelos de las piernas con mis labios y subiendo las manos para alcanzarle… —Alicia mira al profesor y éste asiente callado— y apretárselo todo, le bajaba el calzoncillo y pasaba mi lengua entre sus nalgas, yo sabía que estaba despierto y le gustaba, quería seguir y entonces yo dejaba correr mi saliva y le abría las nalgas con mi cara mientras lo apretaba allá abajo pasándole la lengua por todas partes, hasta que bruscamente él se viraba boca arriba, agarrándome por los pelos y dirigiéndome la cabeza para tragarme su sexo mientras repetía «Alicia, Alicia mía, hemos crecido tanto», y el poema nos gustaba tanto a los dos que entonces yo ya no podía parar y seguía ahí, tragándomelo despacio, absorbiéndolo hasta sentir que se venía en mi boca y yo era tan feliz, profesor, tan feliz de verlo feliz, y satisfecho conmigo, con su Alicia… —la muchacha calla unos instantes y el profesor respira— pero ayer, cuando se tiró en la cama, yo esperé un ratico y entonces fui al cuarto y cuando empecé a besarlo se levantó furioso, dio un tirón a su cuerpo y me agarró por el pelo apartándome la cara y gritando que me largara, me alejara de él, yo empecé a llorar y me empujó para afuera, gritó que yo era una enferma, una loca y un montón de cosas más que no escuché porque cerró la puerta… ya no me quiere, profesor, ¿qué voy a hacer?, ya no me quiere…

    Sé que mi amigo te abrazó mientras llorabas y luego secó tus lágrimas, te acomodó el pelo y dijo que debías abandonarlo, hacer una nueva vida, buscar un muchacho de tu edad. —usted no entiende, profesor, hay cadenas que nos unen, yo estoy ligada a él por demasiadas cosas, condenada a su suerte, lo que él sea seré yo, a donde vaya iré y si no puede ser así, yo muero… Mi amigo hablaba de ti con cierto brillo en los ojos que me hacía sospechar que más que pena, más que lástima por aquella muchacha angustiada, más que un simple cariño de profesor, estaba naciendo otra cosa, más fuerte y más nociva para él y para mí, que escuchaba en silencio.

    —otra vez leyendo poesía sin entrar a clases, eso no está bien, Alicia. —es que… él me leía poemas antes, ¿sabe?, nos acostábamos juntos y me abrazaba fuerte, cuando se sentía triste yo enseguida lo notaba y entonces me tendía junto a él para que me pasara la mano por el pelo mientras le leía, a veces lo veía llorar con los ojos cerrados y besaba sus párpados, él me abrazaba fuerte, muy fuerte, repitiéndome el poema y apretándome la carne, yo sentía que se iba enfureciendo muy adentro y entonces había que apagar la luz y quitarse la ropa, él se volvía una bestia, me tapaba la cara con un almohadón y empezaba a besarme y morderme todo el cuerpo, diciendo cosas pero yo no podía hablar, permanecía callada con el rostro tapado mientras él me abría las piernas y me metía los dedos con fuerza, yo movía mis caderas para él y me apretaba el pubis para sentir cómo bufaba y casi enloquecía masturbándose con la otra mano y pidiendo más, un poquito más hasta que sentía su esperma caliente corriendo sobre mí y cómo se tendía bocabajo en la cama, respirando aún agitado, entonces yo debía levantarme silenciosa y dejarlo solo, dejarlo que se quedara dormido en sus recuerdos, y me sentía tan feliz de verlo reposado que al día siguiente le preparaba el desayuno que más le gustaba.

    Mi amigo escuchaba las confesiones que luego me contaba. Tú permanecías distante en el último asiento de la fila y él te veía alejarte mientras mirabas afuera con esos ojos de abandono. Yo trataba de animarlo diciendo que cada cual hace su vida según le convenga, pero él quería ayudarte, quería devolverte el brillo de tus veinte años, aunque nunca te gustara su asignatura, de la que ya apenas se hablaba en la cátedra de física.

    —¿qué tienes, Alicia? —no es nada, profesor, vine a aclarar una duda para el examen. —¿pero qué tienes en la frente? Alicia se revuelve el pelo intentando sonreír, pero el profesor la toma por el brazo y le aparta los mechones para ver el morado en la frente. —no es nada… me caí… El profesor insiste y ella sacude el brazo molesta y gritando que la suelte, que él no tiene derecho sobre su cuerpo, nadie tiene derecho. Él se aparta y la muchacha se sienta bajando la cabeza.

    —disculpe… usted es mi amigo… —suspira— fue un accidente, profesor, un accidente, me golpeé con la pared. —¿él tuvo algo que ver? Alicia calla haciendo un mohín con los labios, luego aparta la vista y suspira resignada. —él está muy solo, los dos estamos solos, nos tenemos el uno al otro, eso es todo… yo siento su tristeza y soy el doble de triste porque no puedo ayudarlo, por eso siempre trato de ser lo mejor para él, yo lo amo, profesor, es lo único que amo, prescindiría de todo por recuperarlo, pero él quiere alejarse… ayer cuando salía del baño, yo siempre salgo envuelta en una toalla, y en eso él abrió la puerta de la calle, nos quedamos uno frente al otro, yo bajé la vista pero supe que me miraba, entonces sentí que la puerta volvía a cerrarse porque él se había marchado, por la noche estaba estudiando en la mesa de la cocina y lo sentí llegar con una mujer, esto me desconcertó, traté de no hacer bulla y ellos ni notaron mi presencia, se metieron en el cuarto riendo, me sentí muy mal, profesor, muy mal… —Alicia aprieta los labios tragándose las ganas de llorar y continúa— sentí las risas de la mujer, habían bebido, parece, y no se percataban de la hora, yo me acerqué a la puerta sin hacer ruido, y vi cómo ella se desnudaba bailando alrededor de él que decía groserías, y se tambaleaba un poco, entonces la mujer empezó a quitarle la camisa y a lamerle el pecho, con maneras de puta, sin poesía, profesor, sin ternura le zafó el pantalón y se la agarró para metérsela en la boca, él seguía allí tambaleándose y mirando al techo hasta que bajó la vista y algún ruido tuve que hacer yo para que me descubriera y me gritara, la mujer viró la cabeza asustada y él gritó que si quería mirar me sentara en la cama, que lo viera templándose a una hembra de verdad, él estaba muy borracho, él no es así, profesor, pero la mujer se levantó molesta y empezó a vestirse y a insultarlo diciendo que se iba, yo no sabía qué hacer, me quedé allí parada con el libro de física en las manos mientras ella pasó por mi lado sin mirarme y él atrás enredado con el pantalón tratando de alcanzarla hasta que la puerta se cerró de golpe, entonces él se acercó a mí, caminando despacio, apagó la luz y empezó a hablar entre dientes, colérico y borracho, dijo que yo lo único que hacía era joderle la existencia, preguntándome qué quería, yo no podía retroceder porque estaba contra la pared aterrada viendo a su sombra acercarse y sus palabras cuestionándome qué quería, y llamándome putica, putica mía, hasta que me agarró fuerte por el pelo virándome de espaldas y me subió el pullover agarrándome aquí abajo muy fuerte y preguntando si lo que quería era eso, diciendo que yo no iba a acabar con su vida y empezó a golpearme la cabeza contra la pared apretándome hasta que me arrancó el blúmer y… —Alicia calla y se tapa la cara, el profesor se acerca pero ella levanta bruscamente la cabeza con los ojos muy abiertos— él nunca me había penetrado, profesor, nunca, siempre nos masturbábamos, pero ayer… cuando sentí sus espasmos mezclados con mi dolor, sentí sus brazos apretándome desde la espalda y lloramos los dos, nos tiramos en el piso a llorar y él pidió perdón en medio de las lágrimas y lo abracé fuerte, sin mirarlo, para que no estuviera solo y no me sentí sola, estamos encadenados, profesor, ¿usted puede entenderlo?, y la única forma de salvarnos, la única forma de apartar todo lo malo de nuestras vidas es quedándonos juntos, hasta el final juntos, profesor… —la muchacha lo mira fijamente y él la ve temblar, morderse los labios— en un momento se levantó, buscó la camisa y se fue… yo no pude terminar de estudiar, pero siento que me ama, todavía me ama y yo lo amo más.

    Mi amigo fumaba nerviosamente mientras hablaba de ti, sufría por no poder hacer nada porque a cada intento suyo, tú levantabas la vista salvajemente repitiendo que lo amabas. Yo intentaba cambiar la conversación con aquello de «entre marido y mujer nadie se debe meter», pero él insistía, volvía a fumar y hablaba de hacer algo, ir a tu casa y golpear al tipo, acusarlo ante la policía, pero una mujer de veinte años es ya una mujer y nada puede hacerse. Tú seguías con las ojeras y tu rostro gris mientras él te miraba desde el pizarrón, evitando preguntarte en clases algo que sabía no responderías porque tú ya estabas en alguna parte, lejos del aula y los libros, lejos de los muchachos del grupo organizando juegos deportivos y festivales culturales. Tú ya estabas perdida, Alicia, cuando mi amigo te conoció para empezar a amarte.

    —me dijiste que ibas a ir al juego del domingo, ganó tu grupo. —no pude ir, profesor, es que… el domingo fue su cumpleaños. —¿y qué tal? —bien, él no estaba en casa y yo pasé todo el día limpiando y organizando una cena, cuando llegó estaba un poco esquivo, pero yo me esmeré preparando lo que más le gusta y la pasamos bien, sin muchas palabras, pero bien, comimos juntos y hasta nos tomamos una botella de vino como en los buenos tiempos, yo le regalé un libro de poesía y otro de electrónica —sonríe— y él se sintió feliz, sólo que después cometí un error… —Alicia suspira y se rasca la cabeza— dije que tenía una sorpresa, apagué la luz y me fui al cuarto, al rato aparecí con una vela en las manos y vestida con uno de los vestidos viejos que guarda en el ropero, un vestido de su ex mujer… —se muerde los labios— ella murió, profesor, y él la amaba tanto que yo pensé que quizás su recuerdo en este día lo haría feliz, pero me equivoqué, de repente se levantó furioso, encendió la luz, golpeó la vela de mis manos haciéndola caer al piso y me arrastró tomándome por el cuello, hasta el espejo, me pegó la cara diciendo que yo era una embustera y una loca, que nunca iba a parecerme a ella y entonces me rompió el vestido lleno de ira, y me dejó en blúmers diciéndome que ni siquiera era una mujer, que tenía cuerpo de niña, y cara de niña y pensamiento de niña estúpida y que nunca, nunca más volviera a hacer eso, que nunca más me atreviera a profanar el recuerdo de la mujer que amó como no va a amar a nadie, porque nadie en el mundo va a parecerse a ella y menos yo, entonces me quedé llorando, estoy tan sola, profesor, no entiendo por qué dejó de amarme si antes no era así, antes el día de su cumpleaños era una fiesta para los dos, fue este día la primera vez que nos amamos, él bebió completa la botella de vino, nos tendimos en el piso y empezó a acariciarme, era tan tierno y recitaba mi poema, «Alicia, Alicia mía…», mientras bebía pasándome la mano por el pelo, así tan dulce que yo sentí que su soledad me pertenecía, estaba entregándomela entera para curarse de todo, sentí que me necesitaba tanto, y lo vi tan vulnerable ante mis manos que acariciaban sus labios, que entonces supe que era mío para siempre y yo suya para siempre, por eso dejé que sus manos recorrieran mi cuerpo, que amasaran mis senos y tocaran mi vientre virgen hasta llegar al centro de mis piernas, mientras me besaba, muy dulcemente, con mucho cuidado para que yo no sintiera dolor, murmurando ternura en mis oídos, ternura, ¿sabe qué cosa es eso?, yo era virgen y sus dedos conocían cómo acariciar el cuerpo de una mujer, cómo penetrar despacio haciéndome suya para siempre, rompiendo mi adolescencia y convirtiéndome en hembra que sangraba desnuda para él, abierta para él, jadeando para él, porque este cuerpo es suyo, profesor, no lo ha sido de nadie más porque no quiero, él es todo para mí, y mi cuerpo y mi alma y mi pensamiento y toda yo le pertenezco.

    Yo veía que tu tristeza iba profanando el cuerpo de mi amigo, sus visitas eran sólo tú, Alicia y sus ojos mustios, sus palabras sombrías, su pasión por aquel hombre que mi amigo odiaba sin conocer. Mi amigo que se volvió taciturno y fue apagando su risa mientras tú lo calabas despacio, alejándolo de mí, haciéndote centro y necesidad y parte de su cuerpo o casi obsesión, porque él quería protegerte, tender su mano hasta ti y amarte, Alicia, mi amigo quería amarte y entonces yo pasaba mi mano por su pelo respirando resignada.

    —¿dónde estabas, Alicia?, hace tres días no vienes a la universidad, te estaba esperando. —vine a despedirme, profesor, usted ha sido tan bueno conmigo, pero él tiene razón, yo no sirvo.

    Alicia comienza a caminar pesadamente desde la puerta, y él la ve cojear un poco y sentarse con desgana. El pelo le cae sobre el rostro donde las ojeras resaltan encima de su palidez. —hice todo lo que pude por recuperarlo, pero nada tiene sentido, ya nada tiene sentido para mí.

    —¿qué te hizo, Alicia?, ¿qué pasó? —no es él, profesor, soy yo la que no sirve para nada, ¿sabe?, siempre traté de ser todo para él, llenar sus espacios huecos, sin comprender que hay vacíos insustituibles, es que no sirvo, ¿ve?, ya nada tiene sentido.

    —sí tiene sentido, sí tiene sentido, Alicia, sólo hay que volver a empezar, tú tienes todo el tiempo del mundo, y no estás sola, yo estoy contigo. Alicia levanta la vista sonriendo amargamente mientras él se agacha a sus pies tomándole una mano. —se acabó… —suspira y aparta la vista— el otro día cuando llegó a la casa dijo que tenía que irme, ya no podíamos continuar juntos, yo debía hacer mi vida lejos de él, ¿pero qué es vivir si él ya no está?, me acerqué hablando dulcemente y él me dio la espalda diciendo que su decisión era irrevocable, pero no lo escuché, lo abracé por la espalda implorando que no me dejara sola y me apartó bruscamente, dijo que estábamos enfermos y para curarnos teníamos que estar alejados, yo volví a abrazarlo llorando, sabía que iba a enfurecerse pero necesitaba abrazarlo y continué hasta que me dio un puñetazo y me tiró al piso, dijo que no quería hacerme daño pero si insistía tendría que demostrarme que éste era el fin, yo no lo podía creer, profesor, yo lo amo, y tantos años juntos… ¿qué iba a hacer lejos de él?, entonces lo agarré por los pies y empecé a besarlo jurando que haría todo lo que me pidiera, todo sin molestarme, sólo para hacerlo feliz y de repente enloqueció, dijo que él me enseñaría cuál era la felicidad que me esperaba si me quedaba, se quitó el cinto y comenzó a golpearme por todo el cuerpo, yo seguía en el piso sin decir nada, aguantando hasta que me alzó por el pelo y me arrastró como una bestia loca hasta la cama, hizo que me quitara la ropa y fue hasta el clóset, sacó unas cadenas y me ordenó acostarme boca arriba con los brazos y las piernas abiertos, yo no podía negarme, profesor, no podía, y él amarró las cadenas a mis muñecas y mis tobillos, sosteniéndome de las cuatro esquinas de la cama, entonces, sin apagar la luz se quitó la ropa delante de mí, es la primera vez que lo vi desnudo totalmente y quise cerrar los ojos, pero gritó obligándome a abrirlos y lo vi, totalmente desnudo delante de mí exigiendo que lo mirara bien, que le mirara a la cara, fue hasta la gaveta y buscó una foto de su antigua mujer, una foto donde ella sonreía y dijo que quería que nos viera, que la viera yo a ella para que acabara de convencerme que nunca iba a sustituirla y entonces se lanzó sobre mi cuerpo y empezó a besarme, pasarme la lengua por los senos mientras yo lloraba y él frotaba su sexo contra el mío, moviéndose más, llenándome el vientre de saliva, hasta que levantó su cabeza encima de mi pubis y dijo el poema, «Alicia, Alicia mía», sonriendo como un loco, yo no podía moverme y lo miraba y lo sentía lamiéndome allá abajo, y apretando mis caderas, lastimando las llagas de los cintazos hasta que se incorporó agarrándose el sexo sin dejar de mirarme y preguntando si de veras quería quedarme, llamándome «putica enferma, Alicia de porquería», que lo único que tenía para mí era eso, y eso era lo que hundía en mi vagina, moviéndose de arriba abajo, penetrando con fuerza, con mucha fuerza mientras yo lloraba viéndolo reír como un loco, hundiéndose bruscamente dentro de mí, sin ternura, profesor, diciendo palabras locas hasta que de repente me la sacó y comenzó a pasarla por mi vientre llenándome de esperma y repitiendo que si eso era lo que yo quería y no era eso, profesor, no era eso… —el profesor hace un ademán de abrir los labios pero ella coloca su mano encima sin mirarlo— estuve toda la tarde amarrada, yo estaba muerta, profesor, estoy muerta, por la noche él volvió, apagó la luz y soltó las cadenas sin dirigirme la palabra, yo logré levantarme y caminar casi a rastras hasta el baño, él se encerró en su cuarto y yo abrí la ducha, dejé que el agua corriera por mi cuerpo, limpiándome de todo… no sé cuánto estuve allí, tampoco sé a qué hora volvió a marcharse, por la mañana recogí algunas cosas y me fui… he estado dando vueltas, no sé, ya estoy muerta, profesor, no sé ni a dónde voy, pero pensé en usted, usted ha sido tan bueno conmigo y pensé que a lo mejor saldría a buscarme a la casa donde ya no vivo y por eso vine a despedirme, ahora, déjeme ir…

    El profesor acaricia las muñecas marcadas de la muchacha y de repente se levanta con furia. —tú no vas a ninguna parte, te vas a quedar conmigo y a él lo voy a denunciar, Alicia, esto no se va a quedar así. Alicia se levanta despacio. —usted no puede hacer eso, profesor. —lo puedo hacer, claro que lo puedo hacer, por ti voy a hacer cualquier cosa, ¿tus padres saben esto? Ella comienza a andar dándole la espalda. —yo estoy sola, profesor, mi madre murió hace muchos años, cuando yo era una niña, y mi padre no cuenta…

    El profesor se interpone entre la puerta y la muchacha, la toma de los hombros y la abraza, le besa la cabeza y siente ganas de llorar, una mezcla de dulzura y soberbia y amor por tanta soledad. —tú no estás sola, mi niña, yo estoy contigo, y esto no se va a quedar así, yo lo denuncio, te juro que lo denuncio, coño, lo mato, y aunque no quieras voy a hablar con tu padre, esto no se va a quedar inmune. —usted no puede hacer eso, profesor… —Alicia levanta el rostro, le acaricia la mejilla, y lo mira, mudando de una sonrisa tierna, mueca tragando en seco, hasta quedar en un gesto de asco— usted no puede hacer eso porque yo lo amo.

    El profesor siente cómo ella suelta sus brazos y se aparta, dándole la espalda nuevamente hasta llegar a la puerta y detenerse. —si habla con mi padre, profesor, dígale que Alicia, su Alicia, lo seguirá amando a pesar de cualquier cosa. Sé que te llamabas Alicia y nunca más te sentaste en el último asiento de la fila. El profesor de física no volvió a mencionar tu nombre en clases, ni siquiera se atrevió a acompañar a los muchachos del grupo a la casa, donde tu padre les dijo que te habías mudado lejos. Sé que mi amigo estaba muerto en algún sitio de su alma y ni siquiera yo podía llegar, cuando lo veía sentarse en el piso, abrazando sus rodillas, sin hablar, así toda la noche, basta que el curso terminó y él abandonó la universidad y el pizarrón y tu asiento vacío desde donde se veía el patio llenándose de hojas secas, tan solo como nosotros, Alicia, demasiado solos.

  • Esperando a Elio

    Me desperté de repente sintiendo esa horrible presión en la vejiga sobrecargada de líquido, que roza con el dolor. Luché un rato entre las ganas de orinar y las de seguir durmiendo. Al fin no lo soporté más, me levanté y me encaminé tambaleándome hacia el baño. Ya sobre la tasa observé la pelambre que tenía debajo del vientre y descubrí una cana.

    En aquella época yo vivía un romance con un muchacho más joven que yo, pero hasta ese preciso instante no había tenido conciencia de mi edad y el tiempo que pasa tan de prisa y todos esos detalles tan patéticos. Corrí de vuelta a la cama y me tapé la cabeza con la almohada. Estaba verdaderamente deprimida y cuando me deprimo me da por meter la cabeza bajo la almohada o cualquier otro sitio oscuro. Tenía ganas de morir.

    Creo que fue justo en ese momento, no estoy segura, que se me ocurrió la idea que lo solucionaría todo. Quise consultarla con mi hermana, pero nadie contestó al teléfono. Entonces llamé a Elio, el muchacho con el que estaba saliendo.

    —Sí —dijo al noveno o décimo timbrazo—, dígame.

    —Hola —respondí—, soy yo.

    —¿Cómo estás, amor? —su voz me entraba por la oreja izquierda y se expandía por todo el cuerpo en ondas eléctricas.

    —Tengo deseos de verte —anuncié sin preámbulos—, me muero de las ganas de verte.

    —Ven para acá —pidió—, ¿puedes venir?

    —Volando —grité—, tengo que contarte algo.

    —Te espero —dijo y colgó.

    Me vestí de prisa y fui a su casa a pie. Pude haber tomado una guagua, la distancia era considerable, pero me encontraba ansiosa y no creo que me hubiera sentido cómoda aprisionada entre cuerpos con sus respectivos olores y auras y locuras.

    En general evito el contacto con los demás humanos, salvo cuando es absolutamente indispensable, como en el caso del sexo o los saludos y esas cosas. Es una especie de fobia a las personas, su proximidad me marea, me da náuseas, fatiga, algo verdaderamente espantoso.

    Cuando llegué a casa de Elio, hallé una nota: «Tuve que salir urgente. Volveré dentro de unas dos horas. Te quiero». La releí varias veces intentando controlarme. Estaba furiosa.

    Bajando la escalera me torcí un tobillo. El dolor me obligó a sentarme ahí mismo. Un hombre subía con un bolso de leche en la mano. Me aparté un poco para darle paso. Se detuvo frente a mí. Me estreché más contra la pared y observé mis uñas. Descubrí churre debajo de la del índice e intenté sacarlo con los dientes.

    —¿Esperas a alguien? —preguntó al fin el sujeto.

    Moví un hombro para no mostrarme demasiado descortés.

    —Si quieres, puedes esperar en mi casa…

    Lo miré. Parecía un par de años mayor que yo. «¿Tendría él canas en los pelos de la ingle?», me pregunté.

    —Vivo en el tercer piso —hizo un gesto hacia arriba—. Vamos, te invito a un té.

    Me levanté y bajé cojeando. El tobillo me dolía como si estuviera lleno de abejas rabiosas.

    En la esquina había una especie de parque: bancos, un poco de hierba, dos o tres matas. Me senté en el banco más próximo, conté hasta sesenta, doblé un dedo, volví a contar hasta sesenta, doblé otro dedo, así hasta tener ambos puños cerrados. Habían pasado diez minutos.

    «Debo comprarme un reloj», pensé.

    Una vieja se acomodó a mi lado. La miré de reojo: era muy vieja y fea, con toda la cabeza canosa y las cejas y también le salían canas de las orejas. Me la imaginé desnuda y me subió una bola del estómago a la garganta.

    —¡Arrrrribamaní! —gritó de repente—. ¡Rrrrricomaní! ¡Coooompraturricomaní!

    Tenía en la mano cuatro o cinco cucuruchos de papel. La mano le temblaba bastante y los cucuruchos danzaban en el aire. Sentí asco y además ese olor como si jamás en su vida se hubiera bañado. Un niño se le acercó, le extendió un peso a cambio de un cucurucho, lo abrió y se metió un montón de granos en la boca. Eso era más de lo que yo podía soportar.

    Me trasladé apresurada a otro banco. El tobillo estaba hinchado, a cada pisada respondía con una ola de dolor punzante.

    Una pareja de perros se acoplaban sin la menor vergüenza frente a mi banco. Ella era más grande y él pasaba trabajo montándola. Los observé un tiempo largo, parecía que nunca iban a terminar. Sentí que estaba húmeda; sin darme cuenta me excité mirando a esos cochinos perros.

    Saqué un cigarro, lo prendí e intenté volver a contar los segundos.

    —¿Me permites? —un policía se me había acercado con un cigarro entre los dedos. Le extendí la fosforera—. ¿Vives por aquí? —preguntó con mi fosforera en la mano.

    Hay que tener cuidado al hablar con los policías. Aunque sepas que estás limpio y no tienes nada que temer, debes tener cuidado.

    —No —respondí delicadamente.

    —¿Estás tomando sol? —tenía mi fosforera en su mano y no acababa de darle fuego a su cigarro.

    —Sí —dije—, hace un buen sol.

    —¿Y tú no trabajas?

    Lo miré adivinando sus intenciones. Parecía amistoso, pero nunca se sabe.

    —Trabajo —respondí—, trabajo en cultura, tengo horario abierto.

    —¿En cultura? —se animó—. ¿Eres artista?

    —Sí —dije—, algo así…

    Clavé la vista en mi fosforera con angustia. Creo que lo notó, porque al fin encendió su cigarro y me la devolvió.

    —Ven acá —pronunció en tono confidencial—, quiero que me aclares algo…

    —Sí —lo animé con desgano—, ¿dime?

    —¿Es verdad que todos los artistas están locos?

    No sé si me preguntó en serio. No sabía qué responderle de manera que no se ofendiera. A lo mejor, era un policía buena gente que estaba aburrido y tenía ganas de conversar sobre la vida de los artistas. A lo mejor era un tipo soñador que se realizaba mirando telenovelas después de reprender a algunos delincuentes y mandarlos para la cárcel y se imaginaba en secreto actuando para el público. A lo mejor tenía un par de canas en los cojones.

    —No sé —le dije—, todo el mundo, artistas o no, están un poco locos… ¿No crees?

    —Sí —respondió pensativo y sonrió—, gracias por el fuego.

    Se alejó, volviéndose un par de veces para mirarme. Le hice un adiós con la mano, sonriendo también. Los perros ya no estaban, me perdí el final del show.

    Me quedé pensando en el policía, en que un policía no es justamente lo que uno se imagina; al menos no siempre. Entonces volví a ver al tipo ese, el vecino de Elio del tercer piso. Venía empujando un sillón de ruedas, lo parqueó debajo de una mata, a la sombra, y se sentó en el banco justo al lado. No me vio. Hablaba algo que yo no oía con el ser sentado en el sillón.

    Se trataba de alguien con una cabeza muy grande y extremidades minúsculas. Tenía un gorro sobre la cabeza, por eso no estaba claro si era hembra o varón. De su boca semiabierta y floja colgaban hilos de baba que el vecino de Elio limpiaba de vez en vez con un pañuelo. Pero lo más impresionante eran los ojos. Muy grandes y muy azules, unos ojos verdaderamente inteligentes en ese rostro estúpido.

    Yo estaba fumando ya mi tercer cigarro cuando el vecino de Elio me descubrió observándolos. Hizo un gesto de reconocimiento y no me quedó más remedio que acercarme a ellos.

    —Éste es Max —me presentó al dueño del sillón de ruedas.

    —Hola Max —saludé a los ojos azules que me miraban asustados.

    Pestañeó y desvió la vista. El vecino de Elio pasó el pañuelo por los labios babeados de Max.

    —¿Qué tienes en el pie? —señaló mi tobillo.

    —Me lo torcí —respondí frotándomelo.

    —A ver —se arrodilló ante mí, tomó mi pie y se lo puso encima del muslo. Luego haló muy rápido haciéndome gritar del dolor. De repente sentí que se me había aliviado bastante.

    —¿Eres médico? —retiré mi pie de su muslo y lo moví para arriba, para abajo y para los lados.

    —No —dijo—, pero uno aprende de todo.

    —Sí —miré a Max. Me pareció que sonreía.

    —¿Podrías decirme la hora? —le pedí.

    —No sé —me señaló el reloj que llevaba en la muñeca—, está parado desde hace años.

    No comprendo para qué la gente usa relojes parados. Max soltó una especie de gruñido y su acompañante se levantó.

    —Quiere que lo pasee un rato —explicó.

    —¿Puedo empujarlo un poquito? —agarré las maniguetas del trono de Max.

    Asintió. Me paré y caminé guiando el sillón entre los bancos.

    —Despacio —dijo el hombre—, con cuidado.

    Me sentí como una mamá con el cochecito de su bebé y el padre feliz a su lado. Imaginé mis senos cargados de leche y tuve deseos de besar al vecino de Elio. Lo miré. Tenía una cara muy triste. No sé cómo no lo había notado antes, era muy lindo y triste. Sus labios parecían desear también un beso. Me detuve. Max gruñó inconforme.

    —¿Te cansaste? —preguntó el vecino de Elio—. ¿Te aburriste y ya quieres irte?

    —No —respondí volviendo a empujar a Max—, simplemente recordé algo. Debo llamar a una persona… ¿Hay algún teléfono público por aquí?

    —Yo tengo teléfono en la casa —respondió— y lo del té sigue en pie…

    El vecino de Elio era un buen tipo. Me caía bien. Le sonreí, saqué el pañuelo que traía en el bolso y le limpié la baba a Max. Sus ojos azules me miraron agradecidos.

    Aquella casa no parecía ser una casa de hombre soltero. Tal vez había una mujer tras todo eso, no lo sé. No me atreví a preguntar y él no me explicó nada. Subió con Max en los brazos, me señaló el teléfono, llevó la criatura a uno de los cuartos y bajó a buscar el sillón. Lo hacía todo con una seguridad que indicaba que venía haciéndolo desde siempre. Marqué el número de mi hermana, me dio ocupado, marqué el de Elio, por si acaso, nadie contestó, conté veinte timbrazos, volví a llamar a Diana, seguía ocupado y colgué.

    Me puse a mirar el cuadro que había en la pared frente a mí, mientras el vecino de Elio preparaba el té. Era un cuadro abstracto, pero se me antojaba lleno de pingas de colores. Muy bonito.

    —Miró —dijo el vecino de Elio entrando con una bandeja en la que, además de té traía platicos con galletas, queso y otras chucherías.

    —¿Cómo?, no lo entendí.

    —Joan Miró. Un pintor español…

    —¡Ah! —comprendí que se refería a la Naturaleza muerta con pingas de colores.

    —Muy lindo.

    —Sí —sonrió invitándome a la mesa—, ¿lograste comunicar?

    —No —revolví el azúcar en la tasa.

    Hizo un gesto de cuánto lo siento y se levantó.

    —Disculpa, voy a ver cómo está Max —desapareció en el cuarto.

    Se demoró un poco. Cuando volvió, ya yo me había comido casi todo el queso.

    Puso una música extraña y se sentó a beber su té.

    —Voy a volver a intentarlo —señalé el teléfono.

    Asintió ensimismado.

    Esta vez mi hermana contestó al primer timbrazo, parece que no se había movido de al lado del aparato.

    —Hola soy yo —dije—, ¿cómo andas?

    —Hola —se alegró al escucharme—, ¡qué bueno que llamaste!

    —Te estaba llamando desde hace quinientos años. He tomado una decisión trascendental y necesito comentártela.

    —¿Qué te pasó?

    —Me voy a suicidar —anuncié feliz—, creo que estoy comenzando a envejecer y no quiero seguir viviendo.

    —¿Y eso? —se sorprendió Diana—, ¿cómo se te ocurrió?

    —Esta mañana —bajé la voz porque se trataba de cosas personales, aunque el vecino de Elio no parecía prestarme ninguna atención tomando su té— he descubierto una cana en mi cuerpo.

    —Tienes la cabeza llena de canas —protestó ella— desde que tenías dieciocho años te la he visto llena de canas…

    —No fue en la cabeza —le expliqué en susurros—, fue AHÍ.

    —¡Ah! —dijo—, creo que debemos discutirlo…

    —No —la corté—, no hay nada que discutir. Soy una persona sensata. Despídeme de tu padre.

    Su padre era mi padre, pero como ella vivía con él, era más suyo que de nadie.

    —¡Espera! —gritó—. ¿Podrías dejarme tu vestido indio? Y también el collar de acerina, ¿sí? ¡Por favor!

    —Está bien, haré un sobre con las cosas para ti. ¿Crees que puedas quedarte también con Dorotea?

    Dorotea era mi jicotea de tres años. Necesitaba a alguien que se ocupara de ella.

    —Claro —dijo Diana—. ¿Ya pensaste en cómo lo harás?

    —No —respondí turbada—. Ésa es la parte problemática del asunto. Pero ya se me ocurrirá algo…

    El vecino de Elio estaba recogiendo las tasas. Me alegré de que no estuviera escuchando mi conversación, pero me daba pena extenderme por más tiempo.

    —Bueno —dije—, chao.

    —Chao —respondió—, te quiero.

    —Yo también te quiero. Pásala bien —le deseé.

    —Sí —dijo—, tú también. Suerte.

    Colgué. Marqué el número de Elio. Veinte timbrazos estériles. Tenía ganas de templar con Elio antes de suicidarme. Soy un poco sentimental en esas cosas.

    —¿Ya acabaste? —preguntó el vecino de Elio regresando de la cocina.

    Asentí.

    El cassette se había acabado, él lo viró y volvió a presionar el «play». Era una música verdaderamente extraña.

    —¿Es hindú? —le pregunté.

    —No, argelina.

    Se sentó frente a mí, justo debajo del cuadro erótico. Saqué la caja de cigarros, le extendí uno, pero lo rechazó con un gesto.

    —No fumo —confesó—, lo dejé.

    —Siempre he admirado a la gente que ha logrado dejar de fumar —aspiré el humo con placer.

    —Es mi sobrino. El hijo de mi hermana melliza —me miró de frente.

    —¿Quién? —pregunté tontamente.

    —El mes próximo cumple trece años.

    —¿Max? —adiviné.

    —¿No es adorable? —sonrió.

    —Sí —asentí apagando el cigarro—, tiene unos ojos preciosos.

    —Ven —se levantó y me tendió la mano.

    Lo seguí. Entramos al cuarto donde se encontraba Max. Estaba en penumbras, pero pude distinguir una cuna en el centro, algunos muebles para bebés, juguetes, todo muy bonito y limpio. En una esquina estaba un pequeño columpio.

    Nos acercamos a la cuna y lo vimos dormir. Con los ojos cerrados parecía horrible. Sentí muchos deseos de irme, no tenía nada que hacer en ese lugar, con esa gente, pero el vecino de Elio me sostenía muy fuerte de la mano. Miraba con ternura la criatura grotesca y sonreía.

    Después suspiró y me guió en silencio a la sala.

    —Me voy —le dije recogiendo el bolso.

    —Sí —contestó—, hasta luego.

    Me detuve ante la puerta ya abierta. Me daba un no sé qué irme, como si faltara algo.

    Entonces él lo dijo.

    —Mi hermana se suicidó hace trece años.

    No supe qué decir. Miré el cuadro de las pingas a su espalda, después su cara linda y triste, me acerqué y le di un beso.

    Después me fui.

  • Diana cazadora and Colorado Springs

    Ni tú ni la luna, Diana, sino este infierno donde me hundo frente a un barman. Pedí otro trago y fui metiendo en el vaso la ciudad, las putas, los poetas, borrachos, locos, comunistas, disidentes, niños y viejos; los removí a conciencia, con rabia, y sorbí ese coctel visceral y patriótico que me condujo a lugar inconfesado con sospechoso cartelito de Toilette y que no era baño ni nada sino el meadero del sucio bar y mis pies comenzaron a nadar en orine y vomité a aquella caterva de gentes que me había bebido.

    Los vomité despacio, primero a ellos y luego a toda la patria. Y ahora me siento mejor, más rabioso y más solo.

    La ciudad y tú, Diana. La ciudad fundada por el Adelantado antes de que Dios fundara a Diana y de que yo la fundiera a mí y al Morro. Escena inicial: el Paraíso de las Mulatas, noche tórrida, D se acerca a A y a G y deja caer un par de C. Traducción: Diana se acercó a nosotros, miró con desprecio a Aida, mi costilla rencillosa, antes de descargar su furibundo poema de amor por mí: dos regias laticas de cerveza, quien las probó lo sabe.

    Quién hubiera podido imaginar que tú, Cazadora, aparecerías con tu protagónico fondillo mercenario y esa sentencia de «América para las americanas» que saltaba por tus ojos brillantes. Qué encontronazo entre las dos culturas. Porque Diana tal vez no sabía lo que es amor de mulata, de una cubana dispuesta a defender sus mejores conquistas bajo este cielo y esta tierra. O sí lo sospechaba y se propuso exterminar nuestro amor indígena con dos balazos de lata amarga y helada, mientras volvía a cargar su rifle, sus dos ojos, para mirarme luciferina, vil, y yo, búfalo joven, urdía el umbral de una aventura.

    Esa noche agoté mis defensas contra esa forma de amor torpemente anexionista: abundé en decúbitos pronos y supinos sobre Aida en la habitación de un hotelucho, quemé las mejores páginas del Kamasutra sobre su piel, intenté borrar a Diana, la piel de Diana en Aida, los ojos de gringa en los ojos oscuros, pero sólo conseguí incorporarla a la escena y aunque intenté anularla con el recurso infalible de imaginarla orinando, todo fue inútil. Por el pozo abierto de la ventana (no había persianas sino un hueco por el que entraba la luna, es decir, Diana, fisgoneando) nos sorprendió el amanecer, a Aida con las greñas jubilosas y a mí desamparado y vencido por el fantasma de la noche anterior.

    Sólo podía hacer una cosa: buscarte entre las ruinas, invocarte en las calles sagradas, seguir tu estela por los bares decentes. No me fue fácil.

    Pero yo sabía que todos los caminos tenían que dar a ti, Diana, y te encontré saliendo de las piedras de la iglesia Dolores, pulsando una camarita que movías como un detector de fantasmas.

    Diana quería visitar el Morro. Pareció feliz de poder compartir su español conmigo, porque yo era un artista independiente, y porque la palabra independencia la llevaba como un veneno saludable en el tuétano, mezcladas en dosis iguales las Trece Colonias, la guerra de Secesión, los discursos de Lincoln y Luther King, las canciones de Lennon y Bob Dylan, el grito de anarquía feminista y hasta el cine independiente, del cual era fanática.

    Yo no quise explicar qué es un artista independiente. La tarde prefiguraba una tormenta de verano por encima del Morro. Y tú, enhorquetada sobre los cañones que defendieron la ciudad contra aquellos piratas que de todos modos entraron y arrasaron con tesoros y mujeres; tú, Diana, dentro del castillo, metías los dedos en la historia como en un pastel, hasta quedar solos, bajo una torre que sirvió de atalaya a algún vigía.

    Supe así que un 23 de abril la primavera de Colorado S., en California, se había asomado al hogar de Diana para verla manchar su primer pañal con un buen augurio.

    Después pude estudiar todos sus rostros: la primera comunión, cumpleaños, días de acción de gracias, Navidades, fiestas del 4 de julio y otras fotos ante una casa de madera con techo a dos aguas (lo imaginé rojo y fresco), y junto a un hombre breve (el padre) y una matrona sureña (la madre). También mostró algunos retratos de su éxodo a la gran urbe de Manhattan, rodeada de hombres de negocios que le habían dado a comer el árbol del bien y el mal.

    Mientras guardaba las fotos, me aseguró que sólo había querido mostrar el lado claro de su vida. Sonrió y me besó en los labios. Olía a dentífrico y a regalo. Olía a postal, a campo y fruta. Olía a Norteamérica. En ese momento olía al lado claro de su vida y me sumergí en ella, en un seno que cedió bajo el botón de la blusa, una redonda manzana de California que mordí despacio. Diana cerró los ojos y aulló a la noche todavía lejana, mientras el cielo se abría y asombraba una luna lívida en el crepúsculo.

    No ocurrió más porque estuvimos a punto de ser sorprendidos por una empleada del castillo que pastoreaba a los visitantes retrasados hacia la salida. Nos despedimos en el mismo corazón de la ciudad, frente al inmenso cadáver blanco del hotel Casa Granda y mientras subía la fatigosa Enramadas, consideré mi futuro:

    1. recalar en la casa de Aida y someterme a sus interrogatorios policiales y a los fragores de su cuerpo;

    2. regresar como un hijo pródigo al dulce hogar donde mi familia da gracias a Dios por el pan negro de cada día;

    3. buscarte, Diana, no en el aullido de loba amamantadora, sino en el show del Casa Granda.

    Tiré a suerte, salió la primera opción, pero la deseché, encarándola con el argumento servil de que la suerte es el pretexto de los fracasados.

    Lustroso como un caballo de carreras me aposté frente al hotel y tuve que soportar hasta las diez el río de turistas y la grey de putas que hacían el pan con amor y escualidez. Por fortuna, Diana vino en mi rescate y me condujo Babel arriba hasta la azotea. Había un show de toques de tambores batás y sobreabundantes poemas de Guillén y mujeres con turbantes.

    Obligué a Diana a despojarse de un collar amarillo con su arcano tan negro. ¿Por qué lo hacía? Una noche memorable, en medio de un corte del fluido eléctrico, Aida había acudido con una vela que puso sobre la mesita de noche. Bajo esa única luz comenzamos un cuerpo a cuerpo. En medio de la batalla campal pude ver, con asombro creciente, cómo Aida se iba transfigurando: primero su piel, que pasó del ámbar al mármol con ese color que sólo tienen la muerte o el amor, y luego su boca se tornó pequeña, del malva al rosa, y sus ojos donde cabía mi cuerpo se fueron achinando, y toda su piel comenzó a brillar, a titilar, y cientos de espíritus cayeron sobre mí para habitarme y poseerla.

    Después encontré en una gaveta de Aida un papel que suscribía las recitaciones de Santa Martha (la Virgen de las mujeres con desamparo vaginal, el demonio lúbrico que amarraba de por vida a los amantes), y lo rompí para inutilizar el hechizo de aquel espíritu obsesor que tomaba prestado el cuerpo de Aida.

    ¿Entiendes, Cazadora? Por eso se impuso el machismo nacional a la injerencia norteña. El pretexto usado fue sabio, aunque apócrifo: el collar te quedaba horrible. Y tú fingiste caer en la trampa, porque no te importaba, o porque confundías, émula de los funcionarios nacionales, la Cultura con la Hechicería.

    Diana no fumó Gauloises ni yo opté por Marlboros. Tampoco bebimos, ni hicimos caso de la fiesta de aprendices de brujo. Nos bebimos el humo de su pasado, la pérdida de su virginidad en un retiro de boy scouts, su trabajo como edito ra en un periódico newyorquino, y le oí decir que había dos Nueva York: la de Woody Allen y la de Martin Scorsese, dos ciudades y dos ficciones que se obstruían y negaban y reproducían; a las dos ella las conocía a fondo, tenía una en cada pulmón, de ahí el asma y el dolor en su vicioso pulmón izquierdo, que la atraía a la paz del hogar en Colorado S. junto al padre y la matrona, y el soplo tormentoso de su pulmón derecho, «Conqueror Worm», dijo, que le permitía trabajar como una yegua durante dos años para gastarse después cada centavo en este viaje que había comenzado por el grasiento México y que incluía a Cuba y América del Sur. No era el azar concurrente lo que nos había puesto cara a cara en el Paraíso de las Estrellas, frente al Castillo del Morro y como gatos sobre el tejado de zinc caliente del Casa Granda, sino su pulmón derecho, su vocación de cowboy con faldas y su imperturbable resolución de vivir.

    Esa noche las armas secretas de Aida hicieron su efecto en mí y Diana y yo no hicimos el amor ni la guerra, sino que fui vencido por el sueño. Soñé que yo era un tonto que se jugaba la vida en otro país, que recorría desaforadamente la isla de una punta a la otra, que ganaba el título mundial de ajedrez y le estrechaba una mano colorada al Presidente. Y tú, Diana, eras la jinetera licenciosa que no oías consejos y terminabas tu vida con la cara y el alma agujereadas en una linda casita en el sanatorio de Los Cocos.

    Luego de aquel sueño intranquilo, al menos no amanecí convertido en un monstruoso insecto. Era el mismo, ahora sobre el regazo de Diana, quien me miraba sin verme, reproduciendo a todas las matronas sureñas.

    Compartimos un beso incestuoso y me rogó que la guiara a la Imprenta.

    La Imprenta era un verdadero Museo en el cual los hombres me ignoraron para adorar a Diana, el perfil lucífero de Diana en su vestido gris melancólico.

    La llevaron como abejorros por cada una de las máquinas, aquellas Chandlers que debieron reproducir, en un tiempo irrecobrable, entintados retratos de rufianes cuya captura merecía una buena recompensa. Era como si Diana se reencontrara con la historia de su país a través de un Aleph inaudito que el tedio de la mañana no podía vencer.

    Vanidad de vanidades, no pensaré en el almuerzo pantagruélico ni en otras nimiedades que te diferencian, Cazadora furtiva, del resto de las historias de amor. Pero si algo mi borrachera no hiperboliza es que la luna estuvo saliendo de día y de noche. Te lo dije y tú sólo sonreiste, imponiéndome ese terror ancestral que tuvieron los Conquistadores del Fuego.

    Esa noche copularon tu idioma y el mío, y se hablaron Shakespeare y Cervantes, las gaitas escocesas y las trompetas chinas, Presley y el Benny.

    Y si junto al Morro Diana olía a Norteamérica, ahora su sabor me condujo de un sueño a otro, abriendo puertas y laberintos tras sus muslos, peces de fuego: probé las metáforas de los normandos que arponeaban sus ballenas en los mares glaciales; probé a las tribus ojibwas reunidas junto a la pipa de la guerra, y las visitaciones del peyotl; bebí de los rápidos entre los cañones de esplendor magnífico en El Colorado; sorbí a los inmigrantes que levantaban negocios prósperos hablándose a gritos en todas las lenguas del Viejo Continente; probé la quimera, la pepita de oro y el polvo de los bisontes; mordí los comercios de Penny Lane y me sumergí en el Submarino Amarillo; probé la cultura grecolatina, los cráteres lunares, el tiempo y el desamparo, y los arcanos abiertos ante mis ojos. Probé a todas las Dianas reales y a todas las de las pinturas, esculturas y literaturas. Me la bebí despacio, mezclé sus aguafuertes, la pinté sobre mi piel y me pinté en ella, consagrado y exhausto.

    Ya no era nadie. No debía dinero, no tenía hambre, no recordaba mi nombre. Era el género humano, Adán sacado de su sueño y contemplando a su costilla hecha mujer y lámpara. Diana respiraba a mi lado por su pulmón izquierdo, asmática y dispuesta a todo. Pero poco a poco fuimos volviendo al mundo de los hechos reales, y a la mañana siguiente ella tenía que partir hacia La Habana (dijo La Vana), y de allí a México, porque en honor a la verdad estaba ilegal en mi patria, y de México viajaría a Buenos Aires y de allí a Chile y de Chile a la luna, o quién sabe, porque mientras me hablaba la imaginé amando a todas las culturas, a rostros aindiados sobre los volcanes y en las ambulancias de la Cruz Roja Internacional, a niños guerrilleros de Sendero Luminoso sobre la vena de los Andes, a comerciantes de pinchos en Machu Picchu y a los bebedores de coca y mate.

    Abruptamente Diana comenzó a llorar, con ese llanto americano y universal. Era demasiado para mí, Cazadora, saber que podías llorar despojada de la fiereza del águila sobre un acosado islote masculino que aún se enredaba entre tus piernas.

    Corriste hacia el baño y cerraste la puerta por dentro y temí lo peor, porque los suicidios sólo son buenos en los filmes. Pero luego saliste del baño, Diana, con esa hermosura que sólo dan la tristeza y la maternidad, más perfecta que la Diana de Boucher y que todas las Dianas vestidas y desnudas que la vasta Pinacoteca Universal ofrece a los voyeuristas de las Artes. Por primera vez tuve conciencia de tu desnudez, mientras te frotabas el sexo con una toalla como si fueras a sacar conejos o palomas o alguna réplica de mí mismo que pudieras llevarte como souvenir para el Norte revuelto y brutal que nos desprecia.

    Después Diana sacó de una maleta una piara de fotos, las tiró sobre la cama y anunció que me quería mostrar un secreto, lo verdadero detrás de lo real, el lado sombrío de su vida, para el cual bastaba sólo un ojo de asombro.

    Eran pocas, pero estaban ordenadas sádicamente, revelando la concurrencia del doctor Jeckyll y de mister Hyde en Diana. La primera rehacía a un hombre de barba cansada, espejuelos redondos y cara de premio Nobel, sonriendo a la cámara. Diana explicó que se trataba de un amigo de su padre, de un reconocido pacifista con muchos libros que advertían el auge creciente de los grupos neonazis en California. Pues ese hombre, dijo, ese hombre que merecía la confianza de su padre y de la nación la había violado, sí, a ella, a Diana, en una cabaña en Las Rocosas. Sin darme tiempo a reaccionar mostró otra foto: se trataba esta vez de un negro viejo con una gabardina. Parecía humilde y azorado. Diana dijo: Éste es el amor de mi vida, mi entrada al New York de Scorsese. Su nombre, Jim. Era un líder de los panteras. Jim no me hacía el amor, sólo exigía un fellatio. Me enseñó todas las drogas: marihuana, cocaína, el crack. Era un alma noble y atormentada.

    Decía que Cristo tenía que ser negro. Era un espíritu demasiado elevado para mi país. Apareció en un carro con un tiro en la sien.

    La inocencia de cada foto hacía su testimonio más absurdo, pero también más probable. Pero yo no quería creer lo que decía, aunque el mundo esté lleno de viciosos, violadores y espíritus atormentados. No sé por qué, comencé a sospechar que todo aquello era una trampa para destruir ese tiempo en que la sublimación de un ser en otro conmociona toda seguridad personal.

    Diana podía estar destruyendo cualquier atisbo de amor, las llamas roja y azul bajo un cubo de agua helada. Tal vez yo era uno más alcanzado por la flecha de Diana y ella, en otro país, volvería a encender y a apagar la llama doble, huyendo del amor, asentada en su oficio de cazadora solitaria.

    Nunca podré probarlo. Sólo puedo asirme a la madrugada última, en la cual jugamos a Lady Godiva y el caballo, al Cowboy y la pistola Rosa, a la Guerrillera y su Fusil, a la CIA y el G-2, a si tú me la Paramount Pictures yo te la Metro Goldwyn Mayer. Nunca antes nada, ni el Beowulf, ni el cuadro más bullicioso de Picasso, asistió a tal combinación de palabras y gestos. Diáspora y resaca, polifonía que los sentidos iban traduciendo, españinglés gun​man​ven​yeah​muérdeme​así​please​ay​mamacita​yes​vírate​oh​mother toma​la​pink​gun​ahora​now?​si​coño​ahora​never​ay​así​yes​oh​yes​ayayay​ayayayay​AUUUUUUHHH.

    ………… Riquíiiiiisimo B i n g o We are the champions.

    Dormimos en el suelo y en el aire, y amanecimos recordando que había pasado la noche de un día difícil y que ya, ahora mismo, eran el boleto, la despedida, el vuelo. Olor a petróleo. Caras estresadas. Empleados que chequean boletines y equipajes. Diana se muerde el corazón y mira la luna. Entrego sus maletas.

    Ella me arregla el cuello de la camisa y cierra el botón superior como si hiciera mucho frío. Pero el calor cae como un huevo frito sobre nosotros.

    Anuncian que los pasajeros pueden abordar el avión. Ella saca de la nada un sobre y me dice que es un regalo. Le digo que no. ¿Dinero? Ella sonríe, llora: Nada de eso, una foto. Sé que es dinero, pero abro el sobre y veo que sí, que es una fotografía. No de Washington ni de sus bucles afeminados ni de la Casa Blanca. Estamos Diana y yo en Colorado S., ante una casa de madera con el tejado fresco y rojizo, a dos aguas. Para que sobrevivas, me dice mientras yo guardo el sobre. Nos besamos y ella murmura algo así como «Creo que éste es el comienzo de una larga amistad», antes de desaparecer en el ruido de los motores del avión. Y cae el happy end y yo vuelvo a resbalar en la peste a ron y a excrementos.

    Diana Correcaminos, te fuiste oliendo a mala noche y a mi país, no a ese olor folklórico de los posters, sino a mi olor, a raíz de hombre, a leche cortada y a llanto de niño con hambre y con calor. Y así huele esta Toilette en la que estoy doblado, mirando ese cuadro abstracto que el vómito hace, y en el cual quise meter la ciudad completa, con sus negros y sus parejas y sus locos y sus comunistas y sus niños y piedras. Todos bajo la misma soledad y la falta de amor que nos constriñe.

    Tú estallarás entre los frutos de Colorado S. o estarás metiendo entre tus piernas a la Gran Urbe Universal. Te desnudarás sobre el Empire State y te vestirás bajo las cataratas del Niágara. Quién sabe. Pero yo, antes de regresar a casa junto a mi familia, que me juzgará necio y perdido, o a los brazos de Aida, quien me despreciará o se rendirá, quiero mirarte en esa luna, Diana, donde tú estás, Cazadora, mejor que en cualquier lienzo, desde antes que caminara sobre ti el primer astronauta, antes de que te desflorara un boy scout y un pacifista te violara o te obligara un Negro Pantera a los fellatios y la droga. Allí tú, Diana, aún estás limpia, dando una luz que no te pertenece, sino a los hombres que como yo te andan buscando.

  • El regreso

    Caminaba, como quien cuenta cada espacio recorrido, pretendiendo reducir la distancia entre el recuerdo y la nostalgia, andaba con pasos lentos y seguros tan distintos a los de antes, a pesar de ser el mismo, y tener en los ojos esa interrogación por todo lo desconocido.

    Eran las mismas casas, igual gente llenando las esquinas, allí estaba además intacto el parque donde tantas veces le pareció vivir escondido del mundo, pero ahora lo veía sin un velo en los ojos, no ya como un refugio para una adolescencia inútil.

    Pudo cambiarle el color a las paredes, después de todo, sólo algunas habían variado la forma. Bastaba con imaginar menos deteriorados los muros, convertir en césped la espesura de hierba en el jardín de aquella mansión, y desprender más tarde el sello que impedía la entrada a la antigua casa de su abuela Cecilia.

    Tuvo el instinto de tirarle fotos, imaginando por segundos que se las mostraría en Miami; luego le pareció estúpido el haber olvidado, en un breve espacio de tiempo, que su abuela había muerto; pensó que siempre le sucedían estas cosas, y de haber sido un viejo, él mismo se burlaría de su demencia senil, pero era joven aún, y al menos para otras cosas tenía una gran memoria.

    Iba mirando cada rincón de la cuadra, mientras buscaba en su mente la imagen que justificara la vanidad de poseer la facultad de indagar en forma fácil los recuerdos. Otra vez dirigió su mirada al parque, éste aún conservaba su jardín de rosas en el centro, el escenario que lo hacía semejar un anfiteatro estaba también igual, y sólo había variación, después de tantos años, en la consigna que hoy decía «RESISTIREMOS».

    Una broma en su pensamiento lo hizo reírse levemente; pensó que al regresar a Miami le diría a su amigo Jaime que habían puesto aquel cartel en su memoria, ya que éste era el lugar preferido de él para ser poseído por todos sus amantes. Allí lo había descubierto, por primera vez, besándose con Alberto. Recordaba el sonrojo de aquel día de forma extraña, primero, fue la sensación de ira, al descubrir que su mejor amigo era un maricón; después esta impresión se redujo al asombro, y al final, las palabras de Jaime le provocaron risa: ¡Qué clase de civilizado eres!, le dijo éste, así de simple, como si nada hubiese sucedido, como una forma de censura por su incomprensión. Realmente le costó trabajo ver el mundo diferente; «es muy difícil llegar a ser tolerante», pensó. De niño solía lanzarle piedras a Juan Manuel, junto a sus amigos, que eran implacables con todo aquel que mostrara un signo de debilidad.

    A Juan Manuel lo apodaban «tojosa», y él se vanagloriaba de haber roto un huevo sobre su cabeza para «enseñarlo a ser hombre».

    Sin embargo, la llegada de Jaime a su vida lo había alejado de las piedras, lo había acercado a un mundo más infantil y lleno de fantasías internas que le provocaban más excitación que su vida anterior.

    Había abandonado las cacerías de abejas, y el sacrificio de lagartijas ya no formaba parte de sus pasatiempos. Ahora eran otros los sueños, conoció el esotérico mundo de la creación. A Jaime le encantaba dibujar a personas desnudas, y quizás por estos dibujos se acrecentaba en él la necesidad prematura del erotismo. Un día fueron sorprendidos espiando a Sandra, mientras orinaba en la letrina de su derruida vivienda, la madre de ésta les prohibió volver a entrar en aquella casa, y un enorme castigo para ambos fue la consecuencia de aquel acto.

    Después, cada padre pensaba que su hijo era el inocente, provocando la separación de los dos hasta la adolescencia… y en esta etapa de su vida había descubierto que su amigo era maricón, ¡vaya ironía!

    Esperó la noche, procurando no hacerse evidente, se vistió con la peor ropa traída en el viaje, y aún así, no pudo evadir los reclamos de un niño, que le preguntaba si tenía chiclet o algún dólar que le regalase. Después de hacerlo, seguido por las promesas del niño de no comentarlo a ningún vecino, se aprovechó de la oscuridad para cruzar la verja que estaba en el frente de la casa, se dirigió rápidamente a través del pasillo lateral, hasta el punto de ésta, y al llegar allí, sacó una llave maestra preparada para aquella ocasión. Después de varios intentos, pudo al fin abrir la puerta. Despegó al hacerlo, el sello que la unía a la pared del portal, lo estrujó entre sus manos, y logró finalmente penetrar en la habitación.

    Un ligero temor comenzó a multiplicarse en su interior, al atravesar la puerta del cuarto de su abuela Cecilia. «Después de todo», pensó para calmarse, «ella murió en Miami», pero un recuerdo ineludible, de alguien que le había dicho que los muertos regresan al lugar donde más quieren, le hizo volver a su anterior estado.

    En medio de la lucha entre el miedo y su obsesión, acudió al arma de la memoria; su temor era por los muertos, y ya entonces, al volverla a ver viva, su pánico se iría agotando hasta desaparecer totalmente. Allí estaba otra vez su abuela Cecilia enseñándole las últimas fotos Polaroid recibidas de su madre. «Ella nos va a sacar de esta mierda», le decía, «y a esta ñángara de basura la vamos a dejar aquí, para que no joda más».

    «Pobre abuela», pensó, «quizás mi tía Ana o, como ella la llamaba, “la ñángara” no la hubiese metido tanto tiempo en un home, como lo hizo mi madre, o en este caso en un asilo, lo que sucede es que la ausencia nos lleva a idealizar a la gente, y los defectos de un familiar cercano nos hacen canonizar a aquellos que ya no están, cuando sería más fácil comprender y tolerar a los que aún no ños han abandonado».

    Al hacer alusión a su tía Ana, en la mente, dirigió sus pasos al cuarto que había sido de ella. Le pareció sentir aún el olor a tabaco que siempre salía de atrás de la puerta, allí donde estaba la estatua de San Lázaro con las muletas, y al que su tía llamaba Babalú. «Hasta en nombrar a ese santo tenían divergencias Cecilia y su tía», pensó él, «esta guerra de ambas era algo más que simples peleas generacionales, que siempre existen, era, más bien, la causa, la forma de actuar ante los hechos». «La percepción del mundo está dada por las circunstancias», meditaba él, a medida que se adentraba aún más en el pasado; «la vida nos hace ver las cosas de diferentes ángulos, y en base al modo en que nos afecte, actuamos frente a ella; para abuela Cecilia, la vida se reducía en soñar cómo salir un día de aquel lugar que odiaba, pensando siempre que la reclamaría aquella que un día nos dejó a todos, aquella que nos mandaba cartas perfumadas, para escapar de este mal olor que provocaba el sudor y el cansancio de los días; aquella que, después de todo, nunca dejó de ser mi madre», pensó, a pesar de que una noche lo había dejado a su suerte, algo que nunca le perdonó, aun cuando no se lo reprochase.

    El tiempo todo lo repara, para bien o para mal, el tiempo todo lo cambia, nuestros gestos, nuestras ideas varían en cada paso por el mundo, en cada palabra que se asimila, y cada golpe que se recibe, y el tiempo, ahora, lo había puesto allí nuevamente, enfrente de aquellas paredes, ayer llenas de cuadros, y hoy, llenas de humedad, quizás provocada por el vacío. Iba volviendo a colocar cada figura, cada imagen en la pared; el cuadro de Fidel en la sala, que su tía Ana arreglaba una y otra vez, el santuario de Santa Bárbara, también de su tía, que dominaba todo un rincón del cuarto de desahogo.

    También volvían los gritos, los reproches de un lado y del otro:

    • ¡No lo enseñes a ser un inútil, coño, que mucho me he jodío yo para que estudie, y tenga una carrera el día de mañana, y no sea un comemierda que se pase la vida pensando en irse de aquí, y al final no sea nada!

    • ¡Algún día Dios te va a castigar por ser tan mala y tan grosera, y te vas a quemar con todos tus brujos!

    • Por tanto, más te vale que eso no pase, porque entonces te vas a morir de hambre, porque esa que tanto te quiere desde el Norte, no te va a mantener con las foticos y sus postalitas musicales.

    Después de aquello, recordaba que siempre llegaban los llantos de su abuela, los gritos de nostalgia o de agonía, que clamaban por la hija ausente, este mismo llanto lo volvió a ver en Miami, esta vez por la desolación y la angustia de sentirse culpable de la muerte de su tía Ana en la soledad de aquella casa, que nunca volvería a ver. Se acercó lentamente al espacio que ayer estuvo ocupado por el comedor, detrás de éste, en la pared lateral, también colgaba un cuadro, era la Última cena, aquel que su tía cambió más tarde por otro lleno de frutas tropicales. En aquel lugar brotaban, a veces, los pocos momentos de paz en aquella casa, un ligero instante de dicha, los espacios de tiempo que formaban la alegría, que justificara más tarde el deseo de recordar.

    Volvía la imagen sonriente de Cecilia en un rincón de la mesa, un día de su cumpleaños, donde siempre había regalos forrados por su tía Ana. Todo esto llegó a idealizarlo con el tiempo en Miami, haciendo de esta forma más dolorosa la nostalgia. Su madre era menos pródiga en estos días, pensó, y para salvar el descuido del olvido, firmaba un cheque para su abuela, el mismo día del cumpleaños, o una mañana después; cheque este que él cambiaba, ya que Cecilia, tenía una especie de locomofobia, que le impedía salir tan siquiera al portal.

    En aquellos momentos, podía verse a Cecilia añorar, con humedad en los ojos, otro tiempo perdido para siempre en la distancia, y ella misma se censuraba, diciendo que había pasado su vida leyendo a San Agustín, y sin embargo, llegó a cometer los mismos errores de la adolescencia de éste, antes de ser convertido, «viviendo de espaldas a la luz, y de frente a todo lo que brille».

    Pensaba que en esos días, él era muy joven aún para entenderlo, pero el tiempo le había enseñado que a veces en la vida, los malos no resultan serlo tanto, y al final, los buenos terminan siendo unos grandes hijos de puta. Él también había comprendido todo aquello demasiado tarde, y nunca pudo apartar las culpas que ahora lo habían llevado nuevamente hacia aquel lugar. Podía escuchar otra vez las sentencias de su tía Ana, cuando le decía: Cuando veas a alguien tendido sobre el suelo, no lo patees, extiéndele una mano, y si temes acaso que te contamines, extiéndele entonces una vara, pero nunca lo abandones a su suerte, siempre que puedas hacer lo contrario… Él nunca le había escrito, siguiendo las enseñanzas de su madre, ni aun cuando la supo enferma y sola en un hospital de La Habana, pero ahora estaba allí para redimirse, para abrazar a su sombra, si era posible, ya sin importarle el temor a los muertos, después de todo, allí estaba su lugar, su infancia, su mundo perdido entre las piedras y el fango de la miseria, el lugar donde pertenecía, sin importarle ya vivir bajo una tiranía. Allí estaba el sitio que no podría apartar jamás de él, y detrás, estaba el lejano refugio para el olvido, y la vida que siempre le pareció ajena, a pesar de dominar el inglés casi a la perfección, y acostumbrarse a crecer, sin más raíz que la tristeza de tenerla… se quedaría allí, entre la oscuridad de la ausencia, esperando ver los fantasmas a los que pertenecía… a los que no abandonaría nunca…

    Un ruido de golpes y pasos precipitados lo hicieron volver a la realidad, y un diálogo en alta voz lo hizo palidecer, esta vez de temor.

    • ¡Llama a la policía, Facundo! ¡Ha de ser un ladrón, porque no creo que sea el sobrino de Ana, que dicen que se volvió loco en el Norte!

    • ¡La puerta está rota, García! ¡Entre los dos lo podemos coger, yo tengo una pistola que de algo me va a servir, y para acá viene Manolo, el de vigilancia!

    … Ahora estaría atrapado de forma absurda, «quizás sería un buen pretexto para no regresar jamás», pensó, mientras una extraña sonrisa acompañó su rostro, ya no estaría lejos del futuro predestinado que le auguraba su tía… Ahora, ya sería redimido para siempre.