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  • Clemencia bajo el sol

    A L. Koldenkova Evangelina de las Mercedes Concepción de los Montes y Carvajal, razón por la cual me dicen Cuqui. No me atormente, señor, déjeme decirlo todo a mi manera. Sí, yo maté, aunque mi intención no era tanta, a Mireya, la querida de Reyes. El día usted lo sabe y la hora también. A Reyes lo conozco desde hace quince años; lo sé con exactitud porque ésa es la edad de Volodia, el hijo que tuvo con Ekaterina, la rusa.

    ¿Que eso no importa? Usted verá que sí. Ya estoy condenada, déjeme hablar, hablar hasta por los codos y las rodillas, que buena falta me hace.

    Reyes y Ekaterina vinieron a vivir en el cuarto de al lado cuando él terminó de estudiar en Rusia. Sí, en aquel entonces se decía Unión Soviética, pero como mi tío, el que me crió, aquel calvo que está en el último banco, siempre dijo Rusia, pues así digo yo cuando no estoy con mi hijo Miguel, porque a él no le gusta así. ¿Mi hijo? Catorce años, uno menos que Volodia. Sí, él sabe que yo maté a Mireya, y está un poco atemorizado, aunque en el fondo sé que está orgulloso de mí. Soy soltera, señor, y tengo compromisos en plural no sólo con hombres, que eso es lo de menos, sino con otras personas y sobre todo con varias cosas que supongo que se llamen ideas, no sé mucho del lenguaje.

    Le decía que Reyes y Ekaterina eran mis vecinos. Le seré franca. La primera vez que la vi, a Ekaterina, me pareció insoportable, estirada, era una rusa de la cabeza a los pies, tan blanca que dejaba pasar el sol por sus ojos, con el pelo rubio medio enredado, y era delgada como una caña tierna, y para colmo venía preñada. Parecía un fideo con un nudo en el centro.

    Lucía orgullosa, respingada, y entró en el pasillo sin saludar, hasta molesta cuando Reyes empezó a repartir besos y abrazos. Imagínese, usted sabe cómo somos nosotros, por más que le pese, usted también debe ser así. La curiosidad puede más que la decencia, y en cuanto tuve oportunidad me metí en el cuarto de Reyes. Eso fue a la semana de haber llegado ellos. Desde que me asomé (con el plato de arroz con leche en la mano, para disimular) sentí ese olor a nuevo, a tienda, que tienen los cuartos cuando se visten por primera vez. Sí, porque Reyes y Ekaterina trajeron todo de Rusia, parece que para hacerse la idea de que seguirían viviendo allá. Figúrese usted, con tanta bulla, tanto calor y tantas moscas, ¿cómo iban a lograrlo? Pero bueno, de eso se encargó el tiempo. Ella se puso de pie cuando me vio, a la defensiva, como hacen las gallinas cuando una perra olfatea la jaula, pero yo le extendí el plato y sonreí, con mis veintiséis años de mulata, y ella me dejó pasar.

    ¿Que eso no tiene relación con la occisa? ¿Qué occisa? ¡Ah, la muerta! Pero, por favor, déjeme hablar, claro que tiene relación mi historia con esa puta que maté sin querer. Tenga paciencia, ya me declaré culpable, escúcheme y que todos me oigan también, a ver si de alguna manera nos limpiamos un poco.

    Ekaterina no sabía ni papa de español, me di cuenta aquel día. Quería darme las gracias, y no podía. Yo puse el dulce encima de la mesa, y le tomé las manos. Cuqui, dije yo, ¿y tú? Estaba desesperada, pobrecita. Entonces puse su mano encima de mi pecho y repetí: Cuqui. Así varias veces, hasta que ella, porque era inteligente la muy cabrona, se dio cuenta y dijo: Cuqui. Luego hice lo mismo con mi mano en su pecho, diciendo Ekaterina, Ekaterina.

    ¿Reyes? No, hijo, Reyes estaba en el trabajo, si llega a estar allí, no habríamos logrado ni una palabra. Ustedes los hombres son tan torpes que lo complican todo y lo echan a perder. Busqué una cuchara y le di a probar el arroz con leche, que óigame, difícil que la mujer de usted lo haga como yo, con cascarita de naranja dulce y canela molida por encima, sin que se ensope el arroz, y con la leche… perdón, ahora sí me parece que me desvié un poco. Es que ¿sabe usted? fue así como Ekaterina aprendió español. Yo le iba diciendo Arroz, señalándolo, Leche, Azúcar, cogiendo los granitos con los dedos, vaya, como se dice, de forma audiovisual, y mientras tanto la barriga de Ekaterina creciendo.

    Todavía mi hijo Miguel no existía, así que yo tenía tiempo de sobra. Mi tío salía desde temprano para la tabaquería, y yo iba a la bodega a comprar mis cosas y las de Ekaterina, luego cargaba agua para las dos, y ya al mediodía empezábamos las clases. ¿Que por qué lo hacía? ¿Será usted bruto, con perdón, o es la estupidez propia de los hombres? Para mí era una diversión inmensa, me hacía la idea de estar viajando, tenga en cuenta que yo no he salido más allá del túnel de La Habana. Ella me iba diciendo poco a poco su historia, a medida que agarraba las palabras que yo le daba. Un día extendió un mapa enorme encima de la cama y me fue señalando dónde nació, dónde estudió, el lugar en que conoció a Reyes. Decía: Gusta mucho, Rey. Ella le decía Rey, y se ponía una corona de aire en la cabeza. Claro que entendí. Para ella era como un rey. Yo le dije: No, Ekaterina, todos hombres ser cabrones, ser diablos. No sé por qué le hablaba así, como los indios de los muñequitos. El caso fue que nos acostumbramos a estar juntas. Yo comí por primera vez en su casa sopa de remolacha, col y yogur, ella me explicó que se llamaba borsch, y óigame, los cubos de té que me daba eran imponentes.

    No, yo nunca le presenté a Osvaldo, el padre de mi hijo, ni él tiene nada que ver con este asunto. Es más, no voy a decir sus apellidos ni su dirección, él es casado, y aunque es el hombre que más me ha gustado en esta vida (y he tenido unos cuantos), tiene la cobardía natural que yo me conozco de ustedes; no creo que soporte una sola pregunta. En aquellos días Osvaldo iba mucho a mi cuarto, y en un descuido mío quedé embarazada. Cuando me di cuenta ya era tarde, y no me arrepiento, Virgen Santa, Miguel es lo mejor y casi lo único que tengo en esta vida.

    ¡Cuqui, venir, venir! fue como Ekaterina gritó cuando se puso de parto. Reyes estaba para las minas y no llegaba hasta dos días después. Pasé las de Caín ayudándola a bajar la escalera de caracol de la cuartería, y en la calle no había ni un gato. Al fin capturé a un policía en moto que nos hizo el favor de llevarnos al hospital. Volodia nació flaco y transparente como su madre, y si usted la hubiera visto, llorando y diciéndome: spasiva Cuqui, spasiva. Bueno, aquello fue del carajo. Dice mi tío que eso se llama el alma rusa, pero yo creo que era algo más.

    Me encargué de hablarle en español a Volodia; Ekaterina y Reyes sólo hablaban en ruso, y figúrese, ese angelito tenía que aprender de mí, y buenísimo que resultó cuando creció. Como a los ocho meses de nacer Volodia, llegó el día de mis dolores de parto.

    Le pedí a Ekaterina que cuidara a mi tío, que yo iba sola al hospital. Miguel fue un tronco desde el primer día, tragón, grande y hermoso como su padre. ¿Y sabe usted una cosa? La única visita que tuve fue la de Ekaterina. Llegó bajo la lluvia, y cuando la vi, ensopada hasta los talones, con un termo de té y un pozuelo de arroz con leche, no sabía si echarme a reír o a llorar. ¿Quién ha visto a una rusa haciendo dulces criollos?

    Nuestros hijos crecieron juntos, con decirle que Miguel tiene delirio con el té, y Volodia, Dios mediante, debe seguir enviciado con el café carretero que yo hago. A Mireya la vi por primera vez en el cuarto de Reyes y Ekaterina, hará cosa de cinco años. Reyes la llevó allí porque, según dijo, era una famosa alergista y quería que viera a Volodia, por la tos del niño. Me dio mala espina desde que la vi. Llamé aparte a Ekaterina y le dije: No es buena, no la dejes estar aquí en el cuarto. ¿Por qué, Cuqui? Haz lo que te digo, rusa, y no preguntes tanto. El caso fue que Mireya empezó a visitarlos todas las semanas, y hasta llegó a preguntarme si yo aceptaba que ella le pusiera tratamiento a Miguel, que de vez en cuando tosía por la noche. No señor, siempre supe que los niños tosen en La Habana Vieja por el polvo de las paredes, eso se les quita cuando crecen, yo sí la espanté rápidamente, y un buen día dejó de ir por allá.

    Ekaterina consiguió trabajo como traductora. Eran los años en que el ruso estaba de moda. Llevaba los escritos para el cuarto y en una máquina de escribir rarísima, de esas del tiempo de Nana Seré, pasaba horas y horas traduciendo. Yo me encargaba de llevar los niños a la escuela, y de todo lo demás. ¿Yo? ¿De qué yo vivo? De lo que gana mi tío, de las visitas de Osvaldo, y de vender arroz con leche. No es mucho, pero me las arreglo, señor, y Ekaterina me ayudó mucho, muchísimo. También vivo de la ilusión de lo que he leído, a mí no me apena decir que he leído a los rusos. Todo empezó cuando ella consiguió libros traducidos para ayudarse en su trabajo, y me animó a leerlos. Yo le advertí que no resultaría, que yo no llegaba ni al final de los periódicos, pero ella insistió tanto que empecé. Óigame, yo creía que los hombres rusos eran toscos y brutos como los osos, con los dedos cuadrados y los muslos fofos de no usarlos como es debido, hasta que leí Ana Karenina. ¡Válgame Dios! Eso sí que es una novela, no las de la televisión. ¿Y qué me dice de Chejov? Era el preferido de ella. Me acuerdo que siempre que terminaba La dama del perrito se echaba a llorar. El alma rusa, decía mi tío, pero yo creo que era ella misma la que lloraba, no el alma.

    Las cosas que habían comprado se fueron destiñendo en el cuarto, y ella se ponía furiosa con cada cucharón de madera que se partía, con los relojes en forma de llave del Kremlin que se detenían, cansados para siempre, oxidados por el salitre, y sobre todo cuando se despegó la foto inmensa de la catedral de San Basilio, que los niños usaron para papalotes.

    A mí todo eso me pareció natural, siempre le dije que las cosas rusas eran una mierda, pero comprendía su dolor, y déjeme decirle, a mí también me daba pena. Estábamos tan acostumbrados a los relojes de pulsera que pesaban una tonelada y a los zapatones que parecían de ladrillo que, cuando de pronto desaparecieron, no sabíamos qué hacer. ¿Y qué me dice de la carne enlatada? No, no voy a bajar la voz, yo no tengo pelos en la lengua ni horchata en las venas, mucha hambre que matamos con la carne rusa y con las manzanas de pomo. Es verdad que sabían a rayo encendido, pero ¿ahora qué? Ahora ni trueno ni rayo ni la madre que los parió. Pobre Ekaterina. No eran sólo sus cosas las que se desmoronaban. Reyes empezó a hablar en voz alta, y a gritar también, en ruso siempre, y Volodia, angelito, salía corriendo y se metía en mi cuarto. No fueron pocas las noches en que durmió con Miguel. Yo me quedaba muy preocupada, pero al día siguiente Ekaterina seguía tecleando y Reyes volvía a las minas, a veces por toda una semana.

    Uno de esos días, mientras yo vendía mi arroz con leche en el parque, vi a Mireya. Me preguntó primero por Miguel, luego por Volodia, y al fin por Reyes: que si yo sabía algo de él. ¿Para qué lo buscas?, dije yo. Para saludarlo, nada más. Eso dijo, y entonces supe que se había acostado con él. Recogí mis cantinas y me fui. Tuve por primera vez la seguridad de que todo se acababa. Yo también preguntaba por Osvaldo cuando se me perdía más de la cuenta. No, no es igual, no se vaya a creer que Mireya y yo tenemos algo en común por estar con hombres casados. Mira que se lo dije a Ekaterina: ¡Muchacha, deja esa bobera de hablar en ruso todo el tiempo con Reyes!, cuando te acuestes con él tienes que decirle Papi riquísimo, me vuelves loca. Ella se reía y se reía y se ruborizaba como una niña; no me hizo caso, y mire, ahí tiene el resultado.

    Hace más de un año que fue por última vez a mi cuarto. A mí me extrañó verla tan tarde, con el último vestido ruso que le quedaba y que sólo se ponía cuando iba a entregar las traducciones en el Palacio de las Convenciones.

    No sabía cómo decirme que se iba. Empezó por recordar el primer arroz con leche que le llevé, el día que nació Volodia, los fines de año que festejamos juntas, abrazando a los niños por el frío. ¿Es que vas a escribir tus memorias o qué diablos te pasa? Que me voy, y que me llevo a Volodia, y que no vuelvo más, y que apenas puedo aguantar los deseos de llorar, y con la misma se me echó al cuello, con una fuerza que, óigame, yo le digo a usted que no nos caímos por puro milagro.

    No despiertes a Miguel, no puedo despedirme de él. Luego tú le explicas. Y ya se iba corriendo por la escalera de caracol, cuando yo, todavía asombradísima, le caí atrás y le grité: ¡Oye, Ekaterina! ¿Te hace falta algo? ¿Te puedo ayudar? Sí, me gritó, suerte, deséame suerte, Cuqui. Y se largó. El llanto de Volodia todavía lo tengo clavado aquí, en el mismísimo centro del pecho, y el recuerdo de su carita de angustia a través del cristal del taxi todavía me despierta por la noche.

    Todo lo ruso se fue. Yo ya estoy cansada de lo que viene y se va. Se puede ser fuerte, pero existe un límite; no hay que exagerar. Ya ve, yo también lloro, y eso que no tengo el alma rusa que dice mi tío.

    ¿Cómo? Sí, señor, ya estoy terminando. No habían pasado ni tres meses cuando Mireya llegó y se instaló en el cuarto de Reyes, con el desparpajo de una mujer que está de vuelta de todo. Empezó por hacer una limpieza general, y fue sacando uno a uno los muebles para el pasillo, y los restregaba con un cepillo así de grande, y tiraba agua y más agua, pero qué va, el olor de Ekaterina y de Volodia estaba allí todavía, y a una le parecía que en cualquier momento iban a aparecerse por detrás de la puerta pidiendo café acabado de colar.

    Mireya lo sabía, y estaba desquiciada con la tiradera de agua, que ya era por paredes y ventanas, hasta por el techo, que también cogió su ramalazo de jabón. Yo soporté todo aquello en silencio, me repetí muchas veces que no era asunto mío, más me dolía la tristeza de Miguel que la alegría de Reyes, pero usted comprenderá que no me era fácil.

    Reyes cambió mucho. Yo creo que del trabajo lo botaron porque siempre estaba allí con ella, ayudando a renovar el cuarto. Me llamó la atención cuando empecé a verlos con bultos y maletas saliendo y entrando, pero traté de tranquilizar mi encabronamiento repitiéndome que no era problema mío. Pues resulta que estaban vendiéndolo todo, y por dólares, fíjese usted, yo lo supe varias semanas después cuando estaba en mi sitio del parque con mi cazuela de arroz con leche, y los vi, tres bancos más allá, exponiendo las cosas sobre el césped, como si fueran gitanos. La gente se detenía y cogía cada objeto para examinarlo y a mí se me estrujaba el corazón reconociendo desde lejos los primeros zapaticos de Volodia, la bata de maternidad de Ekaterina, el velocípedo en que rodó mi hijo Miguel, el juego de cazuelas esmaltadas con flores rojas. Hasta las matrioshkas estaban allí en hilera, de mayor a menor, como las ponía Ekaterina encima del televisor. Y yo allí, viendo cómo se evaporaban los recuerdos, una parte de mi vida. Para serle franca, fue allí, en el parque, donde me nació la idea de golpear a Mireya. A Reyes también, pero me acordé de Ekaterina poniéndose la corona, y lo dejé pasar. Tarde o temprano Ekaterina se va a enterar de todo, y sé que no me perdonaría si yo destimbalo al desgraciado ese, que bien vistas las cosas es hasta más culpable que Mireya.

    El cucharón con que sirvo el arroz con leche, regalo de mi tío, pesa más que el carajo. Esa mañana llegué al parque bien temprano. Yo nunca me fijo en el sol ni en las nubes, pero ese día sí, qué curioso, ¿verdad? Había un cielo azul claro, clarísimo, tan claro que se parecía a los ojos de Ekaterina, y yo no sé por qué le sonreí al viento, plenamente satisfecha.

    Le di tres golpes en la cabeza, con toda la fuerza que tienen mis brazos de mujer. Yo sé que usted no me lo va a creer, pero no estaba en mis planes matarla, lo único que quería era castigarla como se merecía la muy puta. ¿Qué dice? No, no me arrepiento. ¿Qué quiere que le diga? Mire, si algo tengo que lamentar, es que la sangre de la puñetera esa salpicara tan irremediablemente los libros de Tolstói y de Chejov que estaban, tirados en la hierba, como esperando clemencia bajo el sol.

  • Corazón partido bajo otra circunstancia

    De: Nuevos narradores cubanos (Ed. Michi Strausfeld)
    Para E. Cordero

    Desde niño me obsesiono con ciertas imágenes, ésta me persigue en los últimos tiempos: Una mujer corre desnuda por un campo de flores al amanecer. Quizás haya salido de algún filme impreciso o de alguna lectura que ya no recuerdo, lo cierto es que se instaló en mi cabeza y de ella no sale. La veo correr (a la mujer, por supuesto) pero cuando no aparece me invento su carrera. De tanto imaginar, lo que al principio resultó placentero (la desnudez del cuerpo, el pelo en armonía con los pasos, sus senos saltando sin maldad, el sol a contraluz, el campo de flores) se ha ido convirtiendo en su contrario. Una mujer corre desnuda por un campo de flores al amanecer, resulta una imagen infeliz, precisamente, por estar plagada de felicidad. No puedo resignarme a tanto idilio. El amanecer, las flores, el sol a contraluz, me ofrecen el tono de la cámara lenta. Para el espectador más simple, fuera de encuadre debería esperarla otro joven con los brazos abiertos. Siempre es así, en el cine y en todas partes. Al principio era yo mismo ese joven, durante un tiempo me fue reconfortable recibirla desnudo y hacerle el amor entre las flores. Luego, cuando me ganó el aburrimiento, opté por sustituirme. Como buen voyeur puse a otro en mi lugar hasta que se gastó la imagen.

    Debo aclarar que cuando pienso en la mujer desnuda por el campo de flores al amanecer, a continuación tejo una historia y convivo meses con ella en mi cerebro. De un tiempo a esta parte me cuestiono ese campo de flores, lo encuentro cursi, manido. La última vez, por simple omisión, con sólo agregar una bolsa de nylon a la mujer, logré sustituirlo. Lo que me resultaba idílico, casi irreal, de golpe quedó convertido en una imagen difícil. Una mujer corre desnuda en el amanecer con una bolsa de nylon, ya es otra cosa. Con sólo agregar bolsa de nylon, paso de mi placer habitual a un estado de angustia inquietante. Entonces, mientras la veo correr en mi cabeza, presiento que se llama Laura Miranda, o que por lo menos, así le dicen. Con otro nombre me hubiera sido imposible hilvanar la cadena de hechos que proporciona el cambio. Laura Miranda, llamarse así, resulta paladeable, fértil, completamente opuesto a Julia Pérez Pérez, por ejemplo. La imagino vestida, joven, vital, saliendo apurada de algún sitio importante. Pudiera ser de una empresa o de algún ministerio. Pero cuando me la invento tan común ocurre que después no me apasiona, se pierde entre papeles o entre la multitud y ya no puedo atraparla. Por otra parte, llamarse Laura Miranda no me parece apropiado para oficinistas ni para ingenieras, el nombre se malgastaría puerilmente en la oficina. Prefiero, por ejemplo, utilizarlo en la radio. Laura Miranda pudiera ser una notable actriz de radionovelas que con cierta prisa acaba de salir de la emisora. La imagino discreta, cotidiana, ausente del mundo exterior, pidiendo el último en la cola del camello. No resulta complejo, al menos para mí, concebir a una mujer de nombre Laura Miranda esperando impaciente en una cola que aborrece y que a la vez tiene en cuenta. Supongo, entonces, que la palabra ensimismada podría ser la ideal para definirla durante su estancia en la cola. Digamos que está pensando en regresar al trabajo. Un angustiante motivo para quien espera el camello es concebir la palabra «regreso» cuando aún no se ha partido. Además, «regreso», encierra otra interrogante: ¿por qué?

    Imaginándola en el borde de la acera, viendo los autos pasar hacia occidente, le propongo la siguiente coartada: Laura Miranda debe regresar al trabajo porque esa noche se celebraría, por todo lo alto, un homenaje a Félix B. Caignet. Hace señas, detiene su mirada en los carros con chapas estatales, maldice su poca suerte cuando los choferes continúan impasibles, o cuando responden con otra seña pretextando que van cerca. El padre universal de la radionovela, es decir, Félix B. Caignet, artista sumamente olvidado, resucita otra vez gracias al talento de Laura Miranda. Por azar, por esos malabares que contiene la palabra azar, ella dio con uno de sus guiones inconclusos y, finalmente, lograba imponerlo. De la noche a la mañana, ante los ojos incrédulos de numerosos colegas, dejó de ser la simple actriz de papeles secundarios para convertirse en la mejor realizadora. En silencio, forcejeó con sus palabras y las del maestro, adecuando Corazón partido a las nuevas circunstancias, y después, ya con el título y el guión adaptado, se dedicó en alma y cuerpo a convencer al director de la emisora. Una maniobra tan difícil como detener un carro a esa hora de la tarde. En corto tiempo los televidentes, como por arte de magia posmoderna, volvieron a convertirse en oyentes devotos de las radionovelas, gracias a Félix B. Caignet y al esfuerzo de Laura Miranda. Incluso, una corporación de equipos electrónicos aprovechó ese éxito para inundar la ciudad con unos radiecitos baratos marca Sonido. A pesar del ligero contratiempo en la parada la imagino feliz imaginando el giro que ocurriría en su vida, cuando unas horas más tarde regresara al trabajo. Corazón partido es un éxito rotundo y de ninguna manera ella, Laura Miranda, la precursora del éxito, podía perderse la fiesta donde la felicitaría el propio Ministro de Cultura. He aquí la razón por la cual Laura Miranda ha marcado en la cola del camello. Imagino su insistencia en detener algún carro, el calor sofocante, el dedo atento, un sinnúmero de ideas taladrando su mente de artista atrapada. Debía llegar, bañarse, comer algo, cerciorarse de que todo marchaba bien con la vieja Amalia, y luego volver. Los únicos veinte pesos que tiene en su cartera están reservados para alquilar algún carro si la coge un poco tarde.

    Laura Miranda, en el borde de la acera, podría pensar que conociendo al Ministro de Cultura, la televisión y el cine la recibirían con los brazos abiertos. Dios no daba muchas oportunidades, pero le había dado ésa. Corazón partido es el mayor escándalo cultural del país y todavía ella, Laura Miranda, no cuenta en su currículum con un minuto de televisión. Nadie me conoce, se dice, pero a partir de esta noche me van a conocer demasiado.

    Luego, de pie, apretujada, con la cartera delante para evitar carteristas, continúa sus reflexiones en el vientre del camello. La imagino dichosa, aferrada a la cartera, asegurando su mano al espaldar de un asiento. Como si no fuera el causante de su dulce existencia permito que actúe, la dejo ser la libre protagonista de mis sueños, aunque de vez en vez, me permita un torcimiento en su historia. Por la ventanilla observa el desconsuelo de quienes no pudieron tomar ese camello, comprueba que afuera ha empezado a llover y, de paso, como si no estuviera en planes advertirlo, descubre el reflejo de su rostro en el cristal. Laura Miranda es una mujer fea, delgada, con demasiada nariz para los protagónicos, pocos con ese rostro se arriesgarían en el cine o en la televisión. Ella lo sabe, supongo que lo sabe, pero desde su infancia cuenta con un viejo coro de famosos narizones como atenuante. Los descubrió en las películas del sábado. En numerosos instantes depresivos, ese coro, unas veces dirigido por Barbra Streisand y otras por el pequeño Dustin Hoffman, canta en su oído que los feos también tienen su oportunidad sobre la tierra. Si por lo menos contara con un par de senos similares a los de la rubia que viaja a su lado, o con menos nariz, y unos labios carnosos donde mostrase la pintura a plenitud, entonces las cosas marcharan de otro modo. Qué carajo, piensa, entonces no fuera yo misma sino esa mujer, rubia, alta, con uñas listas para la lima en cualquier parte, y no habría existido Corazón partido, ni Félix B. Caignet habría dejado de ser un artista olvidado. Lo importante es no detenerse, se dice Laura Miranda, y de repente, como si dialogara consigo misma, escucha su propia voz en otra parte.

    Un pasajero al final del pasillo trae un radio entre sus manos, dichoso, como si con ello estuviese prestando un gran servicio al país. El pequeño radio de pilas marca Sonido permite a su alrededor que todos estén pendientes de la voz de Laura Miranda. Pronto comprende que no es ése el único radio marca Sonido que propaga su voz, porque al otro lado de la rubia alguien con portafolios también extrajo el suyo, permitiendo a los oídos de una señora regordeta con jabas, de varios escolares de secundaria básica y de la propia rubia que estén al tanto de los sinsabores y desgracias de la protagonista. En el camello hay mucha gente alrededor de esos radios marca Sonido, gracias a Laura Miranda. Pero la radio es otra cosa, en la radio lo importante es la voz, y ella, la mejor actriz de su maldita emisora, de ese antro de envidias, de ese espacio frustrante y de cargas negativas, se siente muy mal. No la soportan, los mediocres no soportan el éxito de nadie, se dice. Y recuerda que Roque, el director de la emisora, le había dicho hacía un rato:

    —Laurita, las cosas no son como tú piensas.

    —¿Y cómo son, Roque, si puede saberse?

    —Despacio, para que camines rápido.

    —¿Todavía más despacio?

    —Yo en tu lugar no me quejaba tanto. Eres una gente con suerte. ¿Sabes cuántos pasan por aquí buscando un chance con sus guiones bajo el brazo? Tú lo lograste.

    —No me convences, Roque, de verdad que no.

    —Dale despacio, actúa con cautela.

    Cautela mierda, Roque, piensa, cuando su mano está a punto de soltar el espaldar del asiento. Bordean la rotonda de la Ciudad Deportiva y la curva remueve a la compacta multitud que se aplasta contra Laura Miranda. Faltó poco para que cayeran al suelo los dos radios marca Sonido que mantienen viva su voz en el camello. Con cautela Caignet estuviera olvidado y la emisora no fuera la de mayor audiencia. Corazón partido es un éxito, Roque, hay que retransmitirlo si los oyentes lo piden.

    —Pero yo sólo soy el director, Laurita, no te olvides de eso. Nada más que el director.

    —La radio es mierda, Roque, efímera, una máquina de moler instantánea. Aprovechamos ahora o nos jodemos para siempre.

    —Corazón no puede salir dos veces al aire —dijo Roque, entretenido con el bolígrafo.

    Ese cabrón nunca me mira a los ojos, se dice Laura Miranda. Pocos en la emisora se atreven a mirarla de frente. Quizás el C. V. P., en su afán de cerciorarse del personal que entra y sale, o Digna, la recepcionista, que le brinda café fuerte en pomo de medicinas a cambio de que le escuche uno de sus cuentos de ladronzuelos acechando turistas, o los del violador que desde hace meses se ha convertido en un látigo para las mujeres de la ciudad. Puros cuentos, salidos por esa boca con aliento a café, acentuados hasta el delirio para emular con su talento y el de Caignet y terminados con una frase cortante de recepcionista, que la mira fijamente a los ojos. Pero el resto del personal, comenzando por Roque, prefieren jugar con los bolígrafos y pensar que mientras en un camello haya dos tipos con radio marca Sonido, permitiendo en su vientre la radionovela, todo marcha muy bien en la ciudad.

    —¿Y las cartas, Roque, no me digas que yo inventé las cartas?

    —Ahora tengo reunión, pero esto lo seguimos hablando en la fiesta, porque tú vienes a la fiesta, ¿verdad?

    Claro que viene a la fiesta, claro que voy a la fiesta, se dice Laura Miranda, a punto de bajar del camello, ¿quién sino yo tiene más derecho a esa fiesta? ¿Quién sino ella tiene más derecho a esa fiesta? Corazón partido se retransmite aunque me deje de llamar Laura Miranda. Luego escucha su voz en los dos radios y se siente feliz, es una artista con éxito, con mucho éxito. Observa cada uno de los rostros atentos al destino trágico de su personaje y sonríe. Aunque ninguno de esos seres, sus oyentes, la reconoce, se sabe admirada, gracias al talento de Félix B. Caignet y a la suerte de haberse topado con su guión inconcluso.

    Las piernas de Laura Miranda evitan los charcos, atentas al menor resbalón. No lleva tacones, pero sabe que debe cuidarse. Camina por la acera del bar de la esquina, ensimismada, reflexiva, sin ánimos para comprobar, como siempre, a los habituales tomadores de ron concentrados en la suerte de los personajes de Corazón partido. Muchas veces al bajar del camello se ha detenido en el rostro del barman, en el sinfín de codos sobre el mostrador, en los vasos con mugre de alcohol pendenciero, en quien ordena silencio al que llega gritando. Pero esta vez, esta única vez, no tiene en cuenta a la gente del bar. De haber mirado hubiese visto, como siempre, su cuerpo en el espejo, los mismos borrachos, y a un nuevo inquilino con barbas, mochila y trago en mano, que concentrado en la radionovela, al mismo tiempo, examina las piernas de las varias mujeres que acaban de bajar.

    A tal punto la mente de Laura Miranda permanece en la conversación, a tal punto el bolígrafo de Roque todavía bailotea en su cerebro, que, justo en el cruce de la línea del tren, un hombre en bicicleta le grita una barbaridad para que atienda. Los planes, las palabras pensadas al Ministro, los aplausos, el diploma que iría a recibir, de no ser por la esquiva del hombre, y por los buenos frenos de la bicicleta, hubiesen quedado truncos junto a un cuerpo adolorido por el golpe.

    Es curioso, a partir de ese grito, del gesto del hombre, del asombro de ella, mi insistencia en la imagen de Laura Miranda pierde interés. La siento distante, como si nunca me hubiese inventado una mujer con ese nombre. Permito que camine junto al grupo que se bajó del camello, sin mayores contratiempos. Es una más perdida entre la multitud que esquiva charcos dejados por la lluvia. Al llegar a ese instante, la historia se vuelve incontinuable. Regreso, simplemente, a la imagen del campo de flores, tratando de empezar otra vez. Pero es en vano, llego al cruce de la línea del tren, le gritan a Laura Miranda, y luego me enquisto.

    Sin embargo, hace unos días encontré una brecha en mi cerebro, en vez de continuar la trayectoria de Laura Miranda, me detengo en la imagen que ofrece ese hombre en bicicleta. Empiezo a configurarlo empleando el mismo método y las cosas me cambian, sobre el enquistamiento prevalece la fluidez. Invento a ese hombre con un viejo pulóver, prominencia de estómago, mocho de tabaco apagado entre los dientes y dos latas de salcocho en la parrilla. Pedalea lento, hago que eluda guaguas, peatones diversos, otras bicicletas, mientras deja atrás el cruce de la línea del tren y el grito que dio a la mujer. Por supuesto, desconoce que se trata de Laura Miranda, la famosa protagonista de Corazón partido, aunque de ello pudiera enterarse unas horas después.

    En ocasiones resulto excesivo construyendo su imagen. Pero en los últimos tiempos, con simples pinceladas, he logrado ser preciso. Verlo pedalear en mi cabeza me permite esbozarle su asunto inmediato: llegarse al hospital donde trabaja Yunaisy, recoger el salcocho, comprar un litro de ron y alimentar los puercos de la casa. Creo prudente imaginar que los puercos no sean suyos, ni tampoco la casa. Por primera vez los muslos de Yunaisy lo serán, podría llamarse Navarrete y desde los tiempos de la guerra de Angola ser la sombra de su jefe, ahora gerente de una Corporación, como el jefe no está, Navarrete garantiza la vida de los puercos y de paso cuida la casa en compañía de los muslos de Yunaisy, Yunaisy, pantrista del hospital, comenta con los enfermos Corazón partido, pero desde la ventana se interrumpe cuando ve a Navarrete en dirección al patio, Navarrete sumerge sus manos en los latones del Hospital y Yunaisy, dichosa, lo espera junto al par de bicicletas, porque van a pasar un buen día, imagino los codos de Navarrete con restos de arroz con frijoles, las latas de salcocho rebosantes, el mocho de tabaco equilibrado, peste, mucha peste, cuando acomodan la carga en la parrilla, ahora pedalean sobre la humedad del pavimento, Navarrete compra ron en el bar, Yunaisy, mucho más joven que él, lo espera, lo ve venir satisfecho por la compra, guarda la botella en la cajita de madera de su propia parrilla y protesta porque ya está repleta, Navarrete, descamisado, sudoroso, sin mocho de tabaco en la boca, voltea el salcocho en el corral, acomoda la comida con sus manos, acaricia los puercos, acompañado por dos perros pastores, y es feliz imaginando el par de muslos de Yunaisy, Navarrete, desde el patio, todavía con los codos embarrados, adivina lo que está cocinando Yunaisy, adivina lo que guarda entre sus muslos Yunaisy, y los perros, babeados, con sus grandes colmillos al asecho, se recuestan al muro, Navarrete, convencido de que no hay ladrón que salte ese muro, lo observa mejor para sentirse tranquilo y toca el bulto que tiene en la entrepierna, porque es la primera vez que va a gozar con Yunaisy, Yunaisy, cocinando, escuchando por enésima vez el cassettico con Corazón partido que le prestó un paciente, es todo llanto por las lágrimas de Laura Miranda, mientras Navarrete, impertinente, sin sentimientos, con maldad parecida al malhechor de la novela, se le acerca, le levanta el vestido y a pesar de su vientre, la conecta con furia por atrás.

    Esas imágenes mundanas me permiten continuar con la historia de Laura Miranda. Inexplicablemente, vuelvo al cruce de la línea del tren. Navarrete le grita, A ver por dónde caminas, comemierda, y ella cae en la cuenta de que poco faltó para que la aplastaran con esa bicicleta. Pero no sólo ella cayó en esa cuenta, desde el bar cercano a la línea, por el espejo, varios ojos pudieron apreciarlo. Entre ellos, los del hombre barbado y con mochila, que, dejando el capítulo de la radionovela inconcluso, acabó de un trago el medio vaso de ron y empezó a caminar detrás de Laura Miranda. Mejor dicho, detrás de la rubia que bajó del camello junto a Laura Miranda. Para el hombre, desde el mismo instante en que las vio aparecer, las piernas de esa rubia le proporcionaron un indescriptible cosquilleo, una erección incalculable, un deseo de seguir tras sus pasos sin medir las consecuencias. Y si detectó la presencia de la otra, es decir, la de Laura Miranda, fue por causa del grito del hombre en bicicleta.

    Dos cuadras después, mochila al hombro, alcohol de mala muerte en la cabeza, él continúa su persecución placentera. La boca salivea imaginando muy cerca esas piernas, el peso de la mochila no existe, las gotas esporádicas de lluvia no caen sobre su cuerpo cansado, a Laura Miranda jamás le han gritado desde una bicicleta. Laura Miranda, como todo lo demás, es un simple espejismo. Nada existe para el hombre barbado, salvo la belleza de esas piernas. Los tres se alejan en la misma dirección, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos. Para el perseguidor, sin embargo, habrá un instante favorable. Tiene que haberlo. Apelando a un filoso cuchillo esa rubia tendrá que aceptar y ser suya. Lo sabe, por eso siente confianza, camina despacio, sin tener en cuenta a esa otra que avanza a su lado. Todo es cuestión de ganar la otra cuadra. Pero, contrario al pronóstico, por azar, por esos malabares que contiene la palabra azar, alguien, capa en mano, sale al encuentro de la rubia, la abraza, besa su boca con total espaviento, brinda protección inesperada, dejando al pobre hombre, barbado, con mochila y cuchillo dispuesto, sin saber dónde meter sus pretensiones.

    La ve partir bajo la capa, bajo el brazo del aparecido, y siente deseos de llorar. El mundo vuelve a ser el mundo otra vez, las aceras vuelven a tener charcos de agua, la noche está a punto de caer y la mujer delgada a quien gritaron comemierda, en la línea del tren, vuelve a ser Laura Miranda. Por supuesto, él no conoce su nombre, y tampoco pudiera imaginar que esa enjuta figura pertenezca a la actriz que le apasiona los sueños. Queda unos segundos jadeante, con las gotas de lluvia resbalándole en la cara, las piernas de la rubia en el cerebro y la erección dispuesta. Pero no todo está perdido, piensa el hombre catando ese cuerpo, aferrando sus dedos al filoso cuchillo, caminando de prisa, apretando ese cuello. No todo está perdido, gracias al azar, a esos malabares que contiene la palabra azar.

    Para Laura Miranda el vaho cercano de ese hombre resulta inexplicable, amenazante, mucho más el cuchillo. Quiere obedecer como Dios manda, pero el hilo de su orina resbala por las piernas y encharca sus zapatos. Camina o te pico, putica, mi putica, escucha en el oído con dureza de alcohol y con vaho. Siente el brazo encima de su hombro tan familiar como el del hombre que esperaba a la rubia, y sin saber cómo, se va alejando de los charcos, las guaguas, los camellos, las calles, la ciudad, la vida. La hoja de un cuchillo, a cada instante, le recuerda que pertenece por entero a ese hombre. Toma por trillos, por ciertos caseríos, bordea las paredes de un muro alto que protege una gran casa, siente perros ladrar del otro lado, siente la voz de un dueño que controla, siente puercos, siente su propia voz en Corazón partido, sin poder avisar a sus oyentes que ella es Laura Miranda y se acaba de orinar en sus zapatos. Quiere gritar a cuatro vientos que por culpa de un hombre y de un filoso cuchillo se va cortando el cuello cuando el desnivel del camino lo propicia. Pero detrás queda la posibilidad de auxilio, el accidente, el tropiezo con alguien capaz de comprender, a simple vista, lo imposible que es la relación de un tipo con ese estalaje y una mujer que acaba de salir de una emisora.

    En un rincón de una antigua escuela primaria se ve desnuda, amarrada, muy cerca del vaho y de todo el rencor de ese hombre. La humedad dejada por la lluvia, sin embargo, la salva un poco del sometimiento, le permite respirar, oler a tierra recién removida. Pero de inmediato descubre, a menos de dos metros, el hueco proporcional a su tamaño donde va a ser enterrada. Laura Miranda, con la mordaza impidiéndole el grito, suelta lágrimas para aplacar la cercanía de ese hueco. Comprende el final del guión inconcluso que es su vida. Llora. Maldice haber tomado el camello, maldice al mismísimo Ministro de Cultura, maldice a Félix B. Caignet y a Corazón partido, maldice a la vieja Amalia. Siempre digo que va a durar más que yo y miren esto, piensa. Laura Miranda podía haber quedado en la emisora hasta la hora de la fiesta, soportando los cuentos de la recepcionista, entibiando sus labios con café fuerte en pomo de medicinas, esquivando miraditas rabiosas de colegas en celo, editando, calculando sus palabras al Ministro. Pero Amalia, la vieja Amalia, siempre, desde una ancha butaca, le exige su vuelta de agregada. ¿Acaso cuando me muera no te vas a quedar con todo esto?, gánatelo entonces, le dice. ¿Quién la mandó a ella, a Laura Miranda, no haber nacido en uno de esos hospitales de La Habana? ¿Quién la bautizó con sus problemas de vivienda? ¿Quién la sacó del pueblecito, la puso en un tren a probar suerte y luego dejó caer ante sus ojos el maldito guión de Corazón partido? Por el momento llorar es un consuelo. Mientras, el hombre se da un trago de alcohol, sin apuro, convencido de que es el dueño de la noche y de Laura Miranda. A su lado está el cuchillo, filoso, ofreciendo seguridad de culpable; más cercanos, el pico y la pequeña pala que permitieron abrir ese hueco. Laura Miranda vuelve a mirar el hueco. Tanto desgastarse con las palabras de Félix B. Caignet, sus giros lingüísticos, las mudas temporales, la vieja Amalia, rufianes y señoritas prudentes adaptados a los tiempos que corren, para, finalmente, terminar en un húmedo hueco. Su llanto aflora incontenible, se siente perdida, pero el propio instinto de vivir hace que no pierda de vista cada gesto del hombre. Lo observa, le siente el olor a larga ausencia de baño, el silbido fúnebre, la sonrisita maliciosa cuando le mira el sexo. Lo ve rascarse la barba y darse otro trago, como si estuviera en el medio del monte, de campismo.

    —Vas a gozar de lo lindo, cabroncita —dice, cuando le toca el sexo, pero no siente erección acariciándolo. Hubiera preferido cualquier otro. Tiene que pensar en las piernas de la rubia para sentirse a gusto. Por más que la mira, con ella, con Laura Miranda, los deseos no aparecen. Mientras la toca, quizás revise en su memoria la colección de buenas piernas que ha tenido, y de paso, las veces que luego de alcanzar el placer, sin más remedio, apenado, casi llorando, ha pedido un humilde perdón a esas mujeres antes de acuchillarlas. Para él, cualquiera de aquellas piernas resultan superiores a la carne de gallina que ahora acaricia, y cuando sus dedos recorren con desgano ese cuerpo, quizás esté augurando su última vez. Por eso, y por su mala figura, nada en ella le resulta apetecible, pero el azar, esos malabares que contiene la palabra azar, la puso en su camino para su mala suerte. El daño ya está hecho, cabroncita, dice, sólo falta que éste se pare, y de rodillas aproxima su cuerpo a la carne de gallina de Laura Miranda. Repasa cada parte sonriendo, frotando el pantalón en la entrepierna, pero su esfuerzo es inútil. Entonces, prefiere ganar tiempo, abrir con cuidado la mochila, extraer una bolsa de nylon, un radiecito marca Sonido, un farol que prende al instante y unos panes con pasta.

    Ella lo ve comer recostado a la pared de la escuelita, eructar como un puerco, sintonizar el radio, prender un popular humedecido, darse un largo trago y saborearlo satisfecho. Digna, la recepcionista, no se equivocó cuando advertía la presencia del tipo en la ciudad. Sus cuentos, de tanto repetirlos, parecían argumentos de películas del sábado. Nadie en la emisora soportó esas historias con la misma paciencia de Laura Miranda. Las víctimas eran personajes cercanos, vecinos de la recepcionista, amigos de amigos de amigos que cobraban forma gracias a su lengua con aliento a café. Niñas, jovencitos y mujeres violadas, descuartizadas, enterradas, de manera increíble pasaron por su boca, como mismo ella pasaría cuando alguien topara con su cuerpo, convertido en una pasta hirviente de gusanos, y después transmitiera la noticia.

    —Cabroncita, tú eres una cabroncita —dice el hombre desnudo, ya conseguida la erección, el cigarro a medio terminar, arrodillado otra vez entre las piernas de Laura Miranda. La repasa con fuerza y no siente la carne de gallina en la mujer, porque se le ha convertido en la rubia. Esas piernas que toca son las de la rubia. El bajo vientre que escupe, tratando de lubricar una carne imposible, es el de la rubia. La penetración furiosa, el vaho alcoholizado y las palabrotas que suelta cuando gime, se pierden en el cuerpo de la rubia. Pero quien se estremece, muy cerca de un hueco, es Laura Miranda, la actriz principal de Corazón partido, alguien que sufre como sus personajes y se siente morir bajo la torpeza de un hombre. Goza cabroncita, le grita desesperado, y la taladra, la muerde, la destroza, mientras ella concentra el pensamiento en el amarre de sus manos. Lo importante es vivir, Laura Miranda, alejarte un buen tiempo de ese hueco, continuar con Corazón partido, retransmitirlo las veces que los oyentes sugieran, conseguir casa propia, convencer a Roque, al Ministro, llegar de una vez y por todas al cine y a la televisión. Suficientes motivos para lacerar su carne con la soga, sentir el rasguño en la piel, la lágrima que rueda en su mejilla. Lo importante es vivir, Laura Miranda, aunque barbado y satisfecho, ese hombre se incline gritando a cuatro vientos: Goza esto, cabroncita, para después caer exhausto sobre el cuerpo imaginado de la rubia, como un niño al cumplir con sus deberes.

    Desde hace algún tiempo me cuestiono esas lágrimas de Laura Miranda. En vez de permitir que ellas afloren, muy contenida, la pongo a respirar en la humedad. Sin que el hombre barbado despierte tratará de escurrirse para luego intentar la carrera. Pero antes, deberá forcejear con un nudo. A tientas, con mucho vaho y aliento de alcohol pendenciero, lo tendrá que intentar. La imagino nerviosa, sudando, como si hubiese disfrutado de la fornicación. Ese hombre dormido sobre ella, con todo el tiempo del mundo a su favor, dentro de poco la enterrará para siempre. Sólo podrá impedirlo si vence el amarre. Todas sus fuerzas las concentra en descifrar ese amarre. Los relojes del universo detienen su marcha para que Laura Miranda desate un amarre. Pero sus nervios no lo tienen en cuenta, la traicionan. El nudo es mayor que su deseo. La intención, superior a la confianza. Desde el radio marca Sonido escucha las palabras del viejo Estanislao, la voz de la emisora, su emisora, que le llegan como si fuese un milagro. Ese viejo, con múltiples disculpas, informa a los amables radioyentes que en lugar del programa acostumbrado, transmitirán otro especial con la presencia del Ministro. Laura Miranda se concentra en la voz. Tiene que hacerlo. El ronquido del hombre barbado no impide que pueda imaginar a ese otro, ojeroso, con su saco dril cien de ceremonias oficiales, dichoso por su ausencia. Ella debía estar allí, en la emisora, impidiendo que el viejo locutor le gane espacio, pero el azar, esos malabares que contiene la palabra, la ha puesto muy cerca de un hueco. Laura Miranda forcejea con el nudo, llora, es la figura principal, y no ese viejo mediocre. Bastante ha sufrido por su histórica voz. Buches que resultaron amargos por su causa. Habladurías. Chismes de pasillo. Maquinaciones para que Corazón partido se frustrara bajo cualquier circunstancia. Laura Miranda, muy cerca del Ministro, le intenta explicar su problema de vivienda, los sinsabores, sus angustias, el anhelo de llegar alguna vez al cine o a la televisión. Pero sus nervios, como siempre, la traicionan. Balbucea palabras inexactas y el Ministro compre…

  • ¿Por qué llora Leslie Caron?

    El Instituto de Meteorología ha dicho que hoy será un día cálido y soleado. Y luego de hacer sus respectivas acrobacias con las probabilidades y porcientos de lluvia, vientos y oleaje, ha concluido que las temperaturas máximas en la tarde oscilarán entre veintinueve y treinta y dos grados centígrados. Habrá sido un día cálido y soleado, pero yo he amanecido con frío, un frío que nace en el abdomen, y con mucho viento, y un oleaje de espanto me recorre todo el cuerpo. Estoy casi lluvioso. Invernal.

    Después que me hicieron nacer, hubo grandes disputas familiares por mi nombre. Héctor contra Alejandro; Enrique contra Jorge. Que si Hugo, que si Javier. Al final, triunfó Francisco. Pero todos estos años he venido siendo Panchito y, en ocasiones, Panchy con «i» griega para que sea más sexy… Sólo que yo he llegado a preferir, por sobre todos los nombres, el de Leslie Caron. Es tan musical, tan europeo. Además, mis compinches admiten que entre ella, la actriz, y yo, existe un gran parecido, la misma gracia y la misma condición etérea…

    Pertenezco a una familia «sagrada», de esas que ya no vienen más, casi perfectas. Con una madre, un padre, adorable hermanita, un perro y muchas plantas, resulta ser un clan apretado y ajeno. La casa, por supuesto, es el clásico nidito decorado y decoroso. En fin, que al parecer yo termino siendo la única nube gris que empaña la prosperidad de tal cielo azul.

    Porque hay que admitir que en mí la dialéctica funcionó mal; o tan bien que no se ajusta a las imperfecciones de nuestros tiempos. No sé. El caso es que los miembros de mi familia, como casi todos, son «entes productivos», «social-men-te-ú-ti-les», asalariados del progreso y la concordia, santos y vírgenes bastiones de la economía… Y yo, por mi triste parte, me siento solo como una mariposa o una caracola: soy una bella parásita. Me preocupo de embellecerme y alegrarme hoy, y no pienso en el tan venerado mañana, que cada vez más promete ser atómico o neutrónico o qué sé yo…

    No he seguido estudiando porque me aburre sobremanera que durante cinco o seis horas diarias haya especialistas que me atiborren de esquemas, prejuicios, sucesión de calamidades y errores, falsas perspectivas y redundancias. Me harté, simplemente. Y el futuro al carajo.

    ¿Y dónde podría ganarme «la sal» con el sudor de mi frente? ¿Dónde sin perecer calcinado en el frío horno de los horarios y las reuniones? ¡Qué tiempos tan bárbaros éstos!, diría Atila.

    Yo prefiero ejercer de «alegre». La alegría más volátil es la mía; cada trozo de calle o de ciudad es mi escenario, y yo soy la más cotizada vedette. Me sepulto bajo una montaña de lentejuelas y luces de mercurio, no vaya a ser que perezca ahogado por el peso de mis propias luces… Por esto, adoro las paradas de guaguas, los parques, las tiendas y los mercados, las colas de los cines. Eso sí, jamás he tenido un baño público en mi currículum. Soy demasiado hipocondríaca y romántica todavía.

    Lo mío son las flores, la música —Barbra Streisand es mi ídolo—, los helados, y la playa con el sol, la espuma del mar y las gentes; sobre todo las gentes, ¡cielos! Casi casi desnudas. ¡Qué paisito éste! Es la isla mágica de los hombres lindos. Todo el mundo es bello. Por todas las partes me cercan y me devoran hombres jóvenes, fuertes, de todas las formas y colores. Son mamutes que te aplastan con tanta vitalidad. Me cercan —como «un collar de palpitantes ostras sexuales», diría Neruda—, pero tan pocos me pertenecen alguna vez. Porque si mirar es bueno, tocar es mejor.

    Tocar: perecer. Un instante, un golpe de ala y a volar a lomos de un tiempo implacablemente epidérmico. ¡Qué manera de perjudicarnos! Pero en fin… El caso es que me paro frente al espejo y me veo siempre y termino preguntando: ¿qué será de esta loca? ¿Qué puedo hacer contigo, Leslie Caron? ¿Por qué habré tenido que ser así? He intentado cambiar, pero no logro hallar nada que verdaderamente me interese. Nada ni nadie. La mayor parte de las gentes me inspira lástima; son vacíos, tan falsos; se mueven a través de los estrechos márgenes de los esquemas que les imponen. Yo he optado por esta esclavitud. No me he elegido a mí mismo, mas acepto las cartas servidas y hago mi juego mortal como cualquier otro. Es como el color de los ojos; no me gusta éste, sin embargo, no queda otra alternativa que utilizarlos para ver. ¡Y qué cosas he visto y veo!

    He visto a un padre que trabaja demasiado y que «se reúne» todavía más; que cuando no pesca con los socios, anda con las queridas; un padre que jamás ha recordado qué día nacieron los hijos.

    He visto a una madre que también trabaja como una mula; que se encarcela en su propia piel siempre atiborrada de coldcream; que cuando no sufre las machangadas del marido, pone al hijo a peinar sus pelucas y luego va a olvidar las penas. He visto a una hermana que se casa con un tipo sólo porque tiene una casa en Miramar y un carro y una videocasetera y un etcétera larguísimo; una hermana que se va y deja sin ajuar, casi desnuda, a la loca del hermano. ¡Y cómo la envidian todos! Sí, veo claramente.

    Y veré a un pobre pájaro alicaído, arrugado, solo, sin familia ni amigos reales; tal vez, rodeado de algunos cómplices tan fantasmas y viejos como él. Un pájaro esperando que algún día termine esta concatenación de muertes cotidianas a las que se ha sometido. No me hipoteco el futuro ni dramatizo y ojalá que no sea del todo así. Pero: ¿qué hacer? ¿Qué golpe milagroso podría cambiar el curso de estas visiones?

    Y hay veces que mando al carajo la fobia a las arrugas y me dejo cobrar un precio exorbitante y —créanme— lloro y lloro como una niña. Sí, amanezco frío y lluvioso, y me vengo, así, de la utilería tan perfecta de un día cálido y soleado y de las realidades sádicas…

    Y si alguien preguntara: «¿Por qué llora Leslie Caron?», sólo respondería: «Porque la vida es una cabrona».

  • Retrato de una infancia habanaviejera

    ¿Y por qué tendría que negarlo? Sí, soy de La Habana Vieja, y a mucha honra, vaya, ¿quién les dijo a ustedes que voy a avergonzarme por mis orígenes? Yo pertenezco al casco histórico, ¿y qué, tú, qué pasó con eso?

    (Todo esto lo digo con las manos partidas, en jarra, una pierna cruzada sobre la otra, el pie descansando en punta, una sonrisa cubanísima, de exportación, los hombros desnudos y acentuados hacia adelante, desafiantes como los de la Cecilia Valdés en la novela de Cirilo Villaverde; la pobre mulatona fue una jinetera del siglo XIX, allá en la Loma del Ángel; todo el bendito tiempo empinando hombros, boca y culo, ¡oyéee, con el dolor que da eso en la cervical!)

    Mi caso es algo diferente, yo no soy exclusivamente negra, ni tan siquiera cuarterona, ni china, ni rubia, ni trigueña aindiá, ni jabá. Yo soy más bien un ajiaco de todo ese rebumbio, y más.

    Pues sí, mi niño, como mismitico te iba diciendo, yo me crié, desde que abrí los ojos al cielo azul tropicalísimo, estos ojitos que se va a tragar el fango, ¡ay, tú, no, solavaya!, pues di mis primeros pasos, gateé por los adoquines de la ciudad monumento, patrimonio de la humanidad y de todas esas sanacás que inventa la Unesco.

    ¿Que qué? Ay, mijito, habla claro, con ese acento no se te entiende ni pitoche. ¿Que usted es fotógrafo? Eso ya lo sé, mi vida linda, óyeme, ¿tú crees que soy ciega o bizcorneá? Si desde que te vi con la cámara colgando del cuello me pegué a ti. ¡Claro, corazón de melón, a mí me encanta que me tiren fotos!

    No, pa que tú veas es la primera vez que a mí me retrata un turista, un gallego. ¡Aaaah! ¿Que tú no eres gallego? ¿Y se puede saber de dónde tú vienes, cosita rica? Porque extraterrestre sí que no, qué va, tú no tienes ni una pizquita así de marciano. ¿De Portugal, y resides en París? ¡Eso está fuerte! Ay, tú estás un poquito raro. Bueno, y qué importa, a ver, ¿cómo quieres que me ponga? ¿Ya? ¡Contrá, qué rápido tú eres, ni los cupets te hacen ná!

    Niño, los cupets son los garajes nuevos donde venden gasolina en fulas. En fin, no te demoro más con cuentos del más allá, fíjate, yo soy nacida y criada en un palacio colonial, ¡un palacete chico! Pero de palacio ya no le queda ni el nombre.

    Ahora se llama solar, vaya, para ser más concreta, en la calle Muralla 160, entre Cuba y San Ignacio. No te puedo enseñar el edificio porque se derrumbó, hace un tongón de años, ¡quién se acuerda de aquello! Yo era chiquitica así. Mira, mi abuela me estaba dando la comida, ¡no, y menos mal que todo el mundo estaba en la calle, trabajando, o haciéndose los que trabajaban!, pues mi abuela se dio cuenta de que en el plato estaba cayendo como una boronilla del techo, y cual endemoniá recogió lo principal, es decir, yo y veinte fulas que había comprado en el mercado negro; ¡qué luz la de mi abuela, virgen de la Milagrosa, alabao sea san Lázaro!

    No bien salimos del edificio, ¡cataplún! Piedra y polvo na má, igualitico al Partenón ese de los griegos que vi en un libro prestado. Luego de la catástrofe nos albergaron dos años; más tarde, bien tarde, nos dieron un apartamentico, ¡no, pero ahí todavía queda gente esperando porque le den casa!

    Imagínate, en ese albergue de la calle Monserrate hay mujeres que se han hecho viejas pellejas. Nosotras navegamos con suerte porque la presidenta del consejo de vecinos es tremenda chivatona y tenía un contacto que nos resolvió. Nos otorgaron un apartamentiquito, como ya te dije, muy modesto él, en la calle Empedrado número 505 entre Villegas y Monserrate.

    La calle Empedrado es famosísima por La Bodeguita del Medio, a la cual no puede ir ningún cubano si no es acompañado de un extranjero. Pero no te vayas a equivocar (miro a todos lados), cuidadito ahí, a mí me priva este país, ¡aquí somos requetefelices y palanta y palante!

    Hace un calor del carajo, pero mira cómo hay playas y arrecifes, las playas pa los turistas y los dientes e ’perro pa los nativos. Pinta pallá, ahí viene Maruja, la señora del pañuelo en la cabeza y el bastón, la viejita de la jaba. ¡Ay, verdad, qué torpe, si todas las viejas llevan jabas! Chico, esa que camina apoyándose en la puerta de latón de la bodega. Esa viejuca es de lo más mortalítica, quiere decir superchévere. Ella es hija de isleños, de los de Canarias, pero nació aquí, esa pobre señora se pasa la vida en las colas, del cuarto a la bodega y de la bodega al cuarto.

    Un día se paró en la esquina, miró a la profundidad, al abismo interior de la jaba vacía y dudó: Ay, mi madre, Cristo bendito, qué memoria la mía, estoy ya tan arteriosclerótica que ya no sé si es que voy o vengo del mercado. Con eso te lo digo todo.

    ¿Qué cosa, mi chino, que cambie el tema? Sí, sí, sí, yo sé que a ustedes los fotógrafos les amargan estos temas. A mí lo que me entristece es ver cómo en las fotos la pobreza se ve así, tan bonita. ¡No, mi amor, eso yo no te lo voy a negar, aquí sí hay pobreza, y mucha!

    Escúchame bien, ¿ves a esa mujer sentada con el perro, y al otro tipo que mira pallá, y al negro de punta en blanco que hasta la cabeza la tiene blanquita en canas? — dicho sea de paso, ese negro debe de ser viejo como loco, porque pa que a un negro se le vean las canas es porque es de un siglo de antes de nuestra era—, pues ese conjunto de personajes tú los ves y los fotografías y ya, y luego te largas a tu país, pero lo bueno de la foto, lo que tú te pierdes, es ese más allá que hay de la puerta padentro, detrás del niche canoso.

    Por esa puerta padentro hay una lobreguez que le para los pelos de punta al más pinto. ¡Una miseria que ya quisieran las favelas venezolanas o brasileñas! Cállate boca, ahí llegó la fiana, brigada central. A propósito, ¿allá por donde tú vives no pusieron en la televisión Brigada central? Es un serial español, donde actúa Imanol Anas, el que hizo de Leonardo Gamboa con Daisy Granados haciendo de Cecilia Valdés. Yo lo conocí, ¡niño, estáte tranquilo!, ¡más decente!

    Me firmó un autógrafo y todo, en la plaza de la Catedral. ¿Te quedaste botao, no entendiste? Bueno, desmaya el chisme. ¿Y cuál es el cuento con estos dos policías que se aproximan como quien no quiere la cosa? ¿Qué sucede, compañero? Usted mismo el de la camarita. Aquí hay mucha dignidad pa que lo vaya sabiendo. ¿La joven lo está molestando?

    No, porque por acá pululan una cantidad de muchachos malcriados, escoria, vaya… ¿Cómo dijo, una foto de nosotros? ¿Los dos juntos? Estamos trabajando y nos puede costar caro, bien, dale, métele ahí rápido, ¿cómo nos colocamos, nos reímos? Mejor no nos reímos. Chácata. Ya usted sabe, aquí estamos para servirle. Cuba es un eterno verano, venga a vivir una tentación.

    A mí me han dado un revirón de ojos, se ve que no les gustó que estuviera renguinchá de ti, fotógrafo. Sí, aquí hay mucha dignidad, demasiada, sobra, pero la dignidad no se come, cariño, en fin, el mar… Hablemos de los peces de colores. ¡Apunta pallá, no te las pierdas, ay qué niñitas tan monas, una en el velocípedo, y la otra con perrito de lo más chulo!

    Ah, ya las habías visto, por supuesto, el fotógrafo es el que ve más rápido, más hondo y mejor. Cualquiera diría dos típicas habaneritas, graciositas, ahorita te preguntan la hora a ver si eres yuma, primero pa pedir chicles, luego que las saques del país… Pa que tú veas, la gente engaña, ellas sólo querían una foto, ya tú ves, todavía quedan niños educados.

    Yo también lo soy, que se sepa que tengo trece años nada más, mi chino, y ni sé en qué etapa de la vida estoy, aquí una se hace tembona en un pestañazo, pero al mismo tiempo no conozco na de la vida. Pa mí el mundo es La Habana Vieja, cuanto más Centro Habana. Una vez me desplacé hasta el Vedado, pero el transporte está en llamas, en candela, vaya, no hay quien se empate con un camello, nombrete que les hemos puesto a las guaguas en la actualidad.

    ¿A pie? ¡Mi cielo, no hay jama, no hay proteína pa tanto! Tú sí que puedes porque tú estás ranqueao en las grandes ligas con respecto a carnes, vegetales y frutas. Pero aquí una ni ve pasar la carne. Yo, en la vida he visto una vaca viva. ¡Ah, no, espérate!: una vez vi una en el noticiero de las ocho de la noche por el Canal Seis.

    Sí aquí tenemos sólo dos canales, el Seis, que es el de la novela, y el Dos, que es el de la pelota y los discursos. Desde que tengo uso de razón veo la telenovela brasileña, es una cosa que me priva, en un televisor marca Caribe, en blanco y negro, pero de que la veo la veo, ¡cómo no! En un futuro no muy lejano, a lo mejor mi mamá, o yo misma, consigamos un aparato a color…

    ¡No, no, no, tú no te me puedes negar, tienes que hacerle una foto a ese que viene por ahí! Te presento a mi padrino, él es palero, abakuá, y todo lo que tú quieras y mucho más, ¡a su prenda hay que decirle usted! Cuando lo necesites él te puede hacer un buen trabajo, amarrar a tu mujer pa que no te deje nunca, envolver a tu jefe pa que te aumente el sueldo, lo que tú pidas por esa boca él lo logra, ¡es un puñetero volao!

    Padrino, no se asuste, quieto ahí que lo van a retratar, vas a salir publicao en el mundo entero. El mundo entero, el imposible. Ya se aleja indiferente, cantando un bolero, trafucándole la letra. Ahí se va mi padrino, ajustándose la gorra sudá. Te voy a contar un poco de mí, fotógrafo, dime si te interesa, claro.

    Yo siempre me he destacado por ser tremenda pandillera, pero sana, sin hacerle daño a nadie. A mí lo que me gusta es estar en la calle, mataperreando, jodiendo, riéndome, de marimacha, arrecostá en cualquier pared viendo a los turistas pasar.

    Debe de ser extrañísimo eso de ser extranjero, ustedes van por la vida así, tirando fotos como en una película, sin inquietarse por si llegó el huevo, o que si la leche se cortó con el calor y por eso no la despacharon. A mí, cuando me preguntaban de chiquitica que qué quería ser cuando fuera grande, respondía que extranjera.

    A veces odio ser yo, pero otras lo que siento es deseos de seguir aquí, sin hacer ná, mirando a todo el mundo pasar. ¿Estoy despeiná? No, es que no soporto salir desarreglá en las fotos, qué dirán por ahí después, mira a esa chiquita con las pasas paradas.

    A mí me fascina verme bonita en los retratos, sucede como con las casas, es cierto que aquí la ciudad está desbaratá, pero todavía quedan algunos lugares más o menos elegantes.

    Lo que es esta zona del casco histórico la han restaurado de manera b-a-s-t-a-n-t-e acogedora, pero lo que es de ahí pallá, pa envuelta de la iglesia de la Merced, de Muralla hacia Paula, lo que son las calles Santa Clara, Luz, Acosta, Jesús María, Merced, San Ignacio, Muralla, Inquisidor, Habana, Cuba, Aguacate, Villegas, todo eso está en ruinas.

    Por ahí anda un chiste que dice que los americanos deciden bombardear Cuba de una vez, ya, pa que Quien Tú Sabes no se llene más la boca diciendo que los americanos quieren agredirnos y que esto y que lo otro.

    Entonces envían un cazabombardero pa acabar con nosotros, pero en el momento de tirar la bomba, el piloto mira para la ciudad, toca con el codo al copiloto preguntando: «Oh, Scott, ¿quién se nos habrá adelantado?». Y sin embargo, la vida tiene cada cosa, porque así y todo la ciudad luce simpaticona.

    Yo he chancleteao este barrio que tú no tienes ni una idea, de cabo a rabo, este niño, no hay familia decente ni bandolero que yo desconozca. Soy socia, ambia, vaya, hasta de los curas de la iglesia de la Merced y del Espíritu Santo.

    Si supieras la suerte que tengo para las amistades mayores. Mi madre trabajaba en una pizzería que acaban de cerrar, en la calle Obispo, ahora se dedicará a fundar una Paladar, es decir una pizzería en fulas, semiclandestina. La ayudaré, por supuesto.

    ¿Los materiales? Los ingredientes querrás decir, ¿que de dónde voy a sacarlos? A mí sí que no me preguntes sobre esa situación, yo qué sé. De por ahí. En una ocasión comí gato, sin enterarme, unas albóndigas de miau. ¡No, ahí sí que no, mi vida linda, los perros son sagrados en este país!

    Tú no ves que los perros pertenecen a san Lázaro, que es un viejito muy santo, milagrosísimo él. Desde que soy gente asisto cada diecisiete de diciembre al Rincón, donde se encuentra el santuario del viejito que me protege, ¡y de rodillas, de r-o-d-i-l-l-a-s, ni ná ni ná! Porque yo soy de lo más devota.

    ¿De quién, a quién tú mencionaste? Por favor, cariño, no pronuncies ese nombre que trae mala suerte. Yo me considero única y desinteresadamente devotísima de Babalú Ayé, que no es otro que san Lázaro. A mí nadie me obligó, con ese don se nace, es muy natural. Aquí el que no tiene de congo tiene de karabalí.

    Acto seguido podrás interpretar que a todo lo largo y ancho de esta islita, por delante, por detrás y por los cuatro costados, toditos tenemos nuestra cosa hecha, su cuestión preparada. ¿El qué? ¿El comucuánto? ¡Oye, mira que tú eres cómico!

    Pues él, ¿el comunismo me dijiste? Él, ahí, de lo más bien, encantado de la vida, saludable y alimentadísimo, como si con él no fuera, haciéndose el de la vista gorda. ¿Qué otras cosas lindas podría contarte? Vaya, para que te lleves una excelente imagen de este país.

    ¡Ya sé! Pues, tengo una amiguita que vive muerta con el circo, encandilada con los payasos y con los elefantes y con los trapecios y todo cuento. Sí, me confesó que sueña con ser trapecista. Yo, antes, quería ser gimnasta, como aquélla, la Nadia Comaneci, ¿la recuerdas? Pero clausuraron el CB deportivo de la calle Mercaderes, las instalaciones se jodieron por falta de mantenimiento.

    Ya no quiero ser gimnasta. ¡El CB, niño! ¿Tú no sabes lo que es un CB deportivo? No, para nada, no es se ve, se escribe C y B. ¿Cómo, igual a esa tarjeta? En mi vida había visto yo carta tan brillosa. No seas mentiroso, tú. ¿Que con esa postalita se puede pagar? ¡Qué va, pa su escopeta, ni me la acerques, no quiero cuentos con trucos raros!

    (Ahora me alejo, haciéndome la brava, la rebelde, la salvajona, pero esto de la foto me llene trastorná; él se detiene en una esquina, el vecindario lo aborda; retrata a todos cuantos se meten delante del lente, después regala las pruebas que van saliendo, ha alborotado al barrio; le sacó una al tipo que le dicen el cosaco, debido al sombrero y el bigotón, el socio estaba en tremenda pea, con un ojo entretenido y el otro comiendo mierda, manda un feo que ni malanga, pero ¿quién lo iría a decir?, resultó ser superfotogénico, quedó bonito y todo; en la parada sobreviviente de guaguas fotografió a Pepito, quien regresaba del policlínico con una placa de los pulmones en la mano, toda la luz del universo atravesaba la radiografía; sin contención ni remilgos vuelvo a engancharme de mi amigo el fotógrafo, aquí estoy, pegá como un moco, pero él es de lo más cariñoso, pareciera cubano.

    ¿Que qué? Ya empezó de nuevo, es tremendo preguntón.) ¿Que por fin qué voy a ser cuando sea mayor? (Me la puso en China, ya le conté que me decepcioné con la gimnástica.) Ay, chico, todavía tengo tiempo, no le he dado mucha cabeza a ese asunto. Como soy medio marimacha a lo mejor va y me dedico a técnica de bicicleta.

    (De súbito, descubro a Lola, la lavandera, sentada en un banco cagao por los sinsontes del parque de la plaza de Armas, ahí está más solita que la soledad misma, con un suetercito rojo, sucio que da grima, con el calor que se está mandando; yo que siempre ando en chores bien corticos, a punta de nalga, sin ná pa arriba, porque como aún no he desarrollao bien. Lola fija la vista en la luna de Valencia, anda por Belén con los pastores, acariciando a otro perrito abandonado, a quien ella de seguro acaba de recoger, es una perrera de ampanga.)

    Pues, oye lo que te voy a decir, mi curucucucho de mamey, si se pone más dura la situación me dedicaré yo también a lavar pa la calle, o a mirar pa los celajes, igual que Lola, o a recoger perros, o a las tres cosas juntas. ¿No te parece una buena idea? Tal vez, pensándolo mejor, si esto se arregla, si cambia, vaya, quién sabe.

    ¿Tú de verdad tienes fe en que esto se compondrá algún día? ¿Crees que yo pueda llegar a ser fotógrafa? Sí, como tú.

  • Las aguas del abismo

    Las hordas de los perros del hortelano, implacables e innúmeras, desertaron al fin la biblioteca; la temporada de la caza de exámenes había terminado; pude volver tranquilo a la sala grisblanca con algo de templo y de sepulcro, colocar mi carpeta sobre una mesa a dos a la última de a uno acababa de adelantárseme una vieja, pisándome de paso con un tacón como una daga; entregué mi pedido a la bibliotecaria de cara de vinagre, me dispuse a esperar en el sofá mullido del vestíbulo, encendiendo un cigarro que, bien lo sabía yo, iba a multiplicarse por tres o cuatro mientras venían los libros, siempre traídos por sabe Dios qué sádica tortuga; extendí el pie adolorido, me eché atrás, me puse a ver pasar la variopinta fauna de biblioteca (pido disculpas por lo de variopinta; es palabreja que abunda en las usuales traducciones del ruso tanto como escasea en la literatura de lengua castellana, del Mio Cid a la fecha, supongo por las mismas, recónditas razones; la apunto sólo porque se me ocurrió allí mismo, nunca para dar pie a comentario alguno a posteriori o margen, literarias malicias a las que soy ajeno; ojalá se vacíe alguna mesa sola, pensaba yo también; he entresacado, a modo de ilustración circunstancial, un par apenas de las mil y una cosas que me vinieron a la mente durante los minutos de la espera; constatar siquiera una centésima parte de su total es tarea a la que renuncio de antemano; aun cuando la memoria lo conservase todo como dicen que hace en realidad, lo que sucede es que no poseemos, al menos todavía, la llave que abre esa pandórea caja no me hace falta alguna ese conocimiento incluso ahora, que me afano en reconstruir un par de horas escasas de una tarde invernal; necesitara en caso tal seiscientas páginas para cada minuto, no las menos posibles en que intento apretar esta historia; sin contar con que el tiempo, la memoria, sinónimos acaso, no son eso que el vulgo entiende como tales -pero cierro el paréntesis);

    así sentado, fumaba yo, esperaba; un viento repentino —maldito invierno— hacía hablar el metal de las persianas, ululaba allá afuera, anacrónico coro de plañideras árabes; me arrebujé en mi abrigo —maldito— sin resultado —invierno—; de este modo llegué al segundo cigarro; mi caja de fósforos callaba (pero yo hubiera jurado que estaba llena), y hube de recurrir a mi recién vecino de espera; admiré unos instantes, tras prender mi cigarro, el viejo encendedor, pesado, de un metal oroviejo, delicados relieves figurando uno como dragón que vomitaba asiático florescencias de fuego; lo devolví a su dueño —ojos claros, mi edad, suéter rojogastado de rombos arlequinos, poco que ver con el objeto que parecía pedir para hacer juego algún señor maduro de traje y portafolios; regresé a mi cigarro;

    una de las ventajas indiscutibles del cigarro es que permite colmar o fabricar las pausas que uno quiera, cuando uno quiera; yo, por qué no confesarlo, casi siempre las quiero; no soy tímido, pero tampoco especialmente sociable; en general prefiero fumar a conversar, aun con aquellas personas que prefiero; eso me ha hecho ganar reputación de tipo comprensivo, lo que tampoco es especialmente cierto; y de discreto, cosa que sí es verdad, aun cuando no lo sea por convicción especial, sino, más bien, por pura indiferencia (todo este análisis de personalidad, tal vez exacto, no lo he hecho yo, lo que fuera un estímulo aunque un esfuerzo que no haría por mí mismo, sino Martha, con el agravante de que poco a poco, con el paso del tiempo, ha ido volviéndose su tema favorito, a cualquier hora; al principio a ella le encantaba, por ejemplo, que yo fumara despaciosamente después de cada amor; le parecía muy chic, muy cosa de película —ella no fuma, claro—; ahora ha dado en decir que el humo le da alergia, lagrimea y se frota la nariz para demostrarlo, lo cual, amén de ser una burda artimaña, pone en peligro de extinción la poca nariz que tiene; a mis observaciones sobre el particular, ella responde que no hay motivo para preocuparse, ya que yo tengo suficiente nariz para los dos, y sobra; etcétera; pero lo que a ella le molesta, a pesar de sus campañas antinicotínicas, no es el cigarro —sería lo de menos—, sino lo que me hace fumar, que es como decir que le molesto yo; cuando se lo insinúo, monta infaliblemente en cólera —feroz cabalgadura—, llora y protesta que estoy cansado de ella y que por eso invento —yo— cosas como ésa; la calmo, la consuelo; hacemos el amor; más tarde fumo; vuelve el ciclo a empezar);

    todo este paréntesis interminable no es más que una intentona, algo excesiva, es cierto, por dejar claro que no soy el lobo estepario, pero que no me gusta conversar; por lo menos, no especialmente; y que el fumar me sirve de coraza o caracol como a otros de trampolín, enlace o contraseña —¿tiene fósforos?, por ejemplo, y de ahí a charlotear de cualquier cosa, desde pelota a sexo—; y, en fin, que no veo por qué tendría que ser de otra manera; lo que la gente llama conversación no es hablar de verdad, sino cambiar palabras, o darse mutuamente la oportunidad de reforzar los egos respectivos por medio de abundosas excreciones verbales, que al otro no interesan; o soltar y escuchar palabras para no pensar; o sentirse, de tal modo, cointegrantes de algo, como el círculo de humoristas del cuento que tenían ya todos sus chistes sabidos y numerados, torciéndose de risa en cuanto alguno citaba el diez, o el veintidós; o cualquier cosa, en fin, excepto una conversación verdadera, entendiendo por conversación verdadera el intento de comprender a sí mismo y al otro con ayuda del verbo —y esta definición es pobre y es oscura, pero me extiendo demasiado y necesito contar una historia, ceñirla paso a paso para entenderla, y a cada paso me aparto del camino en pos de alguna de mis ideas fijas (afirma Martha, a propósito, que soy esquizoide, y además obsesivo; ella debe saberlo, pues estudia Psicología, esa carrera demencial); las ideas fijas, que son como mariposas y como señuelos que van tentando fuera de su camino al narrador—;

    acabando de una vez con digresión tanta diré que, para asombro mío y escándalo del universo, los libros que pedí me fueron entregados antes de terminar el segundo cigarro; cojeando me dirigí a mi mesa, no sin antes comprobar que ninguna de a uno estaba libre —la vieja del tacón volvía hacia mí un cráneo que brillaba, ceroso, bajo unas greñas grises cuidadosamente presilladas—, fumé lo que quedaba del segundo cigarro, abrí un libro, empecé a leer; no hay sedante que iguale —ni siquiera el suave movimiento, el ballet en ralentí de los peces de acuario tras el vidrio— a la prosa geométrica de un ensayo francés, aun traducido; está todo tan en su lugar como en la fachada del Petit Trianon, y el efecto es el mismo; el de algo armonioso, preciso, no muy imponente, es cierto —la imponencia es virtud sajónica, un poco de juguete, pero calculado hasta la millonésima de fracción—;

    busqué, a tientas y mecánicamente, el cigarro tercero y la caja de fósforos que bostezó vacía cuando la abrí (pero yo hubiera jurado que estaba llena); mi recién vecino de mesa me tendió una fosforera metálica, pesada y oroviejo con un reptil llameado que reconocí al tiempo de intentar, vanamente, prenderla; ardió al instante sin embargo, de un chispazo esmeralda, en manos del vecino; le brindé otro cigarro; gracias, dijo, no fumo; yo volví a mi lectura; ¿Medusa y Cía?, preguntó al rato; ¿qué?, dije yo; Medusa y Cía, repitió, que si es lo que estás leyendo; le dije que sí; no es mal libro, dijo; lo miré; tenía tanta cara de habérselo leído como yo de San Juan Evangelista; en lugar de eso le pregunté si lo había hecho; sí, hace tiempo, no está mal, pero no acaba de gustarme, aunque contiene una idea muy interesante, o más bien la sugiere; ¿cuál?, le pregunté, ya resignado, esperando llegase pronto en mi socorro alguna de las avinagradas bibliotecarias y nos mandase callar; la idea de la naturaleza como imaginación, sonrió mi vecino con los ojos verdes, gatofelinos; Caillois encuentra analogías entre la actividad natural —verbigracia, dibujos del mármol y las mariposas, ocelos y danza de la mantis— y la humana —pintura, mascaradas rituales de las edades líticas— (se veía absurdamente joven, mi vecino, pronunciando palabras como aquéllas con su tranquilidad); natura naturans, natura naturata, indecisión, indefinición, intercambiabilidad de ambas; luego esa idea tiene como un segundo encanto, y es que podemos invertirla, virarla del revés como un bolsillo, y encontrar en su reverso una idea no menos interesante, la de imaginación como naturaleza, le dije que eso de virar las ideas del revés no parecía un procedimiento precisamente respetable, ni muchísimo menos; al contrario, me afirmó mi vecino, es ésa la piedra de toque de las ideas; las ideas que perecen, tripas al aire, al ser viradas del revés son las ideas pulpo, las ideas sin verdadero agarre natural; pura dialéctica, mi socio; en este caso, de todos modos, no veo la relación, un poco molesto, aunque ya interesado; ¿cómo que no?; la imaginación como naturaleza, es ya una idea platónica, por no ir más lejos y remontarnos al maya hindú o al hugalaya de los tibetanos; son cosas muy distintas, dije yo; tan sólo en apariencia, dijo mi vecino de suéter arlequinado; el mundo como emanación aparencial del topus uranus, pleroma o sefirot, y el mundo como tejido de apariencias o rueda de metamorfosis ilusorias nos viene resultando, a estas alturas, el mismo perro con distinto bozal; una fuente de imágenes, el soterrado trípode de las madres o ménades —mónadas, perdón— crea y contiene en sí, en tales concepciones, todo lo que percibimos en duración, duración incluida —el tiempo es, sin duda alguna, la mayor ilusión, o sea, como dirían los físicos, nuestro continuum espacio-temporal, el mundo—; dejando a un lado, como cosa ociosa, las connotaciones ontológicas y el llamado problema último de las filosofías, esta idea arroja fecundas iluminaciones sobre la cultura humana, pues ¿qué es esa cultura, sino una segunda naturaleza, creada, creadora, la cual, sirviendo de habitación al hombre, espacio segregado, constituye por tanto la natura más importante y vital para él?; si invertimos la famosa sentencia de Thomas Browne, según la cual todas las cosas son artificiales, pues la Naturaleza es el Arte de Dios, tendremos que todas las cosas son naturales, puesto que el Arte (techné o poiesis, actividad creadora) es la Naturaleza del Hombre, idea de una mayor fertilidad desde este punto de vista; las ideas, pues, son tan naturales como un plátano o como este cigarro que, dicho sea de paso, se ha acabado;

    tendió su fosforera y yo, de manera mecánica, el cigarro, la llama se elevó verdeprofundo; ¿qué gas tiene esa cosa, pregunté, que ha dejado al cigarro como un sabor de azufre?; eso se le pasa, dijo mi vecino; el azufre, en este caso, es sólo una señal; ¿una señal de qué?; el vecino se reía con ojos verdelucientes, ¿de qué hablábamos?, dijo, de la imaginación, creo yo, le respondí; tenemos entonces que la imaginación resulta el ser más preciado, el ser del hombre y su natura —naturata y naturans, y perdona que insista en tales latinajos, pero me gustan tanto—, precioso más que el alma misma; le pregunté qué entendía por el alma, y me dijo que era un viejo concepto, demodé y en desuso, pero muy interesante, lástima no pudiéramos hablar ahora un poco sobre el tema porque había recordado que tenía una cita, que otro día nos veríamos, levantándose, mi nombre es Ofiel; Efraín, dije yo; su mano era fría, mano de gente muy blanca; se alejó, ancha espalda, suéter rojogastado, cojeando un poco;

    afortunadamente, la vieja del tacón se había ido, Dios sabe cuándo o cómo; ocupé feliz su asiento junto a la ventana de persianas metálicas que el viento ululante estremecía; al sentarme toqué algo con el pie dolorido; una polvera antigua, de un metal como bronce; supuse que, de seguro, se le cayó a la vieja; me miré en el espejito ovalado, y decidí peinarme; aquí termina lo normal del relato; cuando volví a mirarme en el espejo, vi en el lugar del mío un rostro de muchacha —miré atrás; miré el espejo; me miré yo (sin espejo); lo acerqué bien (el espejo); la muchacha tenía ojos verdiamarillos; vestía un como ropón basto, atado a la cintura con un cordón trenzado; en los cabellos largos, oscuros, revueltos, llevaba flores, muchas flores, flores sin orden ni ganas de adornar, sencillamente flores, amarillas y verdes, enredadas dondequiera; no estoy seguro de que fuese hermosa; parecía muy cansada; permanecía de pie, centinela descalza, junto al gran espejo; me echó los brazos al cuello, me miró de muy cerca, ojos verdedorados, ven, es la hora; nos cercaba una tiniebla profunda, cavernosa, total, y el resplandor verdehumo del espejo, ¿venía de tras de mí o del mismo espejo, adonde ella señalaba, ven conmigo?; eso no es una puerta, es un espejo, dije; no es un umbral, dijo ella, es una puerta de luz, te lo ruego, amor mío, recuerda; es la hora de buscar, ¿de buscar qué?, la hora de buscar, buscar la fresa, buscar la copa, da igual, es lo mismo, se iba echando hacia atrás, fresa de piedra, vaso de dulce carne, o yo estaba cayendo sobre ella, néctar es sangre, íbamos a caer abrazados sobre el espejo, sima es cima, que ahora era como una mesa, soma es soma, y como una gema fulgurante, summum sum!; ven, es la hora, sabemos lo que somos, mas no sabemos lo que podríamos ser, caíamos ya; algo, un repeluzno, me hizo desasirme bruscamente de sus brazos, recuerda, amor; la polvera cayó al suelo con sonido metálico y pesado; una saeta última de sol dio sobre la tapa y vi brillar un áureo instante, borrosa pero allí, las escamas de la sierpe de fuego.

  • Historias de Olmo

    Viaje a China

    Olmo se abrocha los zapatos, va a China, vuelve de China y se desabrocha los zapatos.

    Periplos

    Olmo viaja de La Habana a París, de París a Barcelona y de Barcelona a Feldafing. En Feldafing toma el tren equivocado y en vez de ir a Erding, como era su idea, va a Tutzing. En el trayecto se le ocurre que quiere visitar la estación de Hackerbrücke. Le gusta la palabra Hackerbrücke. Pero le tiene miedo. Dice: «Hackerbrücke: palabra que te parte los dientes». También le gusta la palabra Mühltal, otra estación. «Palabra que parece una vaca.» Finalmente se queda dormido en el tren. Ya es tarde para ir a Erding. Pero piensa que algún día irá a Erding. Y a Gauting. Y tal vez a Eching. Y vuelve a quedarse dormido soñando con la palabra Pasing.

    Decepción

    Olmo llega muy abatido, se sienta en el sofá y explica su decepción con el lenguaje. Explica que las palabras ya no sirven para nada: —¿Qué es la palabra calabaza sino una calabaza vacía? Dice también acerca del lenguaje: —De acuerdo. Es una escalera para subir a las cosas. Pero una escalera con defectos. Subes y te caes. Se ve muy abatido. Entonces a la abuela de Olmo se le ocurre la idea de cantarle una nana y Olmo se va quedando dormido y tiene un sueño muy bonito en un mundo sin palabras.

    Blatta orientalis

    Olmo quiere suicidarse y escoge un hotel barato. Se sube a la cama y hala la lámpara del techo por si se cae y ve una cucaracha en la pared. ¡Olmo siente por las blatta orientalis un terror ancestral! Ahora la cucaracha está dentro de uno de sus zapatos al pie de la cama y Olmo no sabe qué hacer. Se acuesta sin hacer ruido y se tapa de pies a cabeza y se hace el muerto mientras imagina un mundo sin blatta orientalis.

    De la soledad de los acontecimientos

    Cuenta Olmo: —Ningún acontecimiento está solo en el mundo, señores. Verán. El taimado Gordolobo es mi vecino. Si pego el oído puedo sentir a Gordolobo apretarse contra la pared y cantar con voz espantosa y vestido de campesina bávara operetas lascivas. Cuando nos cruzamos Gordolobo me sonríe porque sabe que yo sé de su abyecta naturaleza. Ningún acontecimiento está solo en el mundo. Napoleón veía venir un zorro desde el campo enemigo y sabía que la batalla estaba perdida. Una vez una rata se coló por la cañería de mi apartamento. Gordolobo había conseguido expulsar a los filipinos del entresuelo porque los domingos hacían «curas de risa». Pues bien, materia nigra, narratio brevis: la rata, la rata traída a colación, llevaba en la boca el brazo de una muñeca. ¡Ninguna rata viene del infierno, señores! Y mi rata provenía ¡lo aseguro! del piso de los filipinos. Gordolobo tampoco ama a los perros. Ni a las flores. Deja que se sequen en la ventana como una advertencia para todos.

    Olmo no puede pensar

    Olmo llega muy sobresaltado y dice que no puede pensar. Que le han echado una brujería en la puerta de la casa —«¡una gallina muerta con un lacito rojo amarrado a una pata, oh!»— y que no puede pensar. Nadie sabe qué hacer con Olmo que se sostiene la cabeza con las manos y repite todo el tiempo lo mismo: que no puede pensar.

    Del uso de las metáforas

    El día es tan bello que un amigo de Olmo se siente perturbado. Piensa que el sol es una naranja que rebota en el horizonte. En eso se topa con Olmo que viene pensativo. El amigo le dice a Olmo: «¡Olmo, fíjate qué día más bello, el sol es una naranja que…!». Olmo lo mira como si hubiera visto al diablo y echa a correr mientras grita: «¡Necio, necio!».

    Pruebas

    Cuenta Olmo: —A veces esperas que la realidad se te vuelva una lámina. Entonces crees que la tienes. Pero no la tienes. Pues no basta con laminar la realidad. Tampoco basta con que enciendas un cigarro en busca de profundidad. A veces en busca de profundidad se pierde en realidad. Y viceversa. Una vez un filósofo le dijo a otro filósofo que era probable que en la sala donde estaban hubiera un rinoceronte. Que de la realidad podía esperarse cualquier cosa. Que era probable que en la sala donde estaban hubiera un rinoceronte y que no faltarían pruebas para tal aseveración. El otro filósofo le contestó que no había suficientes pruebas para tal aseveración. Que de la realidad no podía esperarse cualquier cosa. Que no había un rinoceronte en la sala donde estaban y que no faltarían pruebas para tal aseveración. Cuenta Olmo mirando a la profundidad de la sala.

    Escritor

    Olmo se topa con un escritor que se jacta de no escribir. «¡Veinte años sin escribir!», rechina los dientes el escritor muy cerca de la cara de Olmo. El escritor arranca un pedazo de papel, hace unos garabatos y se lo da a Olmo: «¡Esto es lo único que tendrán de mí!». El escritor enciende un cigarro y dice más calmado: «Deberían darme un premio por mi silencio». Fuma y susurra: «Pero yo no aceptaría el premio». Se queda observando el humo del cigarro: «Y no iría a recogerlo».

    Aqueronte

    Algunas noches Olmo recibe la visita de Eulalia, su tía muerta. Ella suele hacerlo por lo general cuando Olmo intenta dormirse. «Ay Olmo, hijo mío, qué mala cara tienes, cariño.» Ella se sienta en la cama junto a Olmo y se pinta las uñas de las manos: «Rosado. Uno de mis colores preferidos», dice alargando las manos. Luego revisa las gavetas de la cómoda: «Olmo, mi amor, ¿cuándo aprenderás a doblar los calzoncillos, corazón?». Luego revisa los apuntes de Olmo sobre la mesa y lee en voz alta: «No tengo sustancia interior… y remo en el Aqueronte… como si de la vida se tratase… ¡Ay Olmo, por Dios, que te vuelves loco, mi vida!». Se pinta otra vez las uñas y dice estirando las manos: «Morado. Uno de mis colores preferidos».

    Instrucciones para bajar una escalera

    Olmo descubre una mañana que no sabe cómo bajar la escalera. (Sabe cómo subirla: ha leído un Manual de Instrucciones para subir una escalera. Pero no sabe cómo bajarla.) Olmo retrocede aterrado y busca en el librero algún Manual de Instrucciones para bajar una escalera. No lo halla. Sin embargo halla uno de cocina paquistaní y se hace una tortilla al curry un poco chamuscada pero en general bien.

    La Convención

    Una vez Olmo se asomó a la ventana y vio un pájaro mecánico posado en una rama. Sus piezas acoplaban perfectamente incluso al levantar vuelo. En los días siguientes Olmo vio otros pájaros mecánicos. Sobre su mesa de comer o volando en la lejanía. También en forma de puntos, instalados en el horizonte. Olmo se rascó la cabeza: «Culpa de La Convención». ¿Qué Convención? No lo sabía. Pero le fascinaba la idea de que Detrás de Todo Aquello se Ocultaba La Convención. Fue una dura época para Olmo, donde no escasearon las mayúsculas ni los pájaros mecánicos.

    Turcos

    Olmo quiere visitar H. pero le aconsejan que no vaya a H., que allí matan a los turcos. «¡¿Turcos?!», se sorprende Olmo. «¿Y yo qué tengo que ver con los turcos?» Se mira en el espejo. Nada especial en la cara. No, las orejas no. Los ojos tampoco. Ni la boca, se relaja Olmo. De pronto: la nariz. Olmo se queda estupefacto: «¡Dios mío, la nariz!». No que la nariz fuera turca pero. Había algo. Tal vez la punta. O la curva. Sabía Dios. «¡La nariz!» Olmo retrocede espantado, se mete dentro de la sábana y se tapa de pies a cabeza.

    Sistema inflacionario

    Olmo tenía entre sus planes escribir alguna vez un libro acerca del sistema inflacionario de las ratas en sus madrigueras. Decía de los machos: por lo general son rapaces, díscolos y mentirosos. De las hembras alababa especialmente su zalamería, su vaivén gramatical, su contoneo «espirituoso» entre las inmundicias acumuladas.

    Perspectivas

    Visto de espaldas, Olmo produce la trágica impresión de un acromegálico que mira a la lejanía. Visto de frente: una bola, una bola cómica que rueda a ras de los acontecimientos.

  • Él es mi Pastor y nada me faltará

    Todo está donde debe ser.

    El diablo en su catre, el pene hacia fuera, la vela encendida.

    Tiene las manos quemadas, por eso no puede frotarse el pene, pero el pene se erecta solo, muellea solo, y eyacula sobre un muslo.

    El diablo se levanta para lavarse el muslo que apesta a semen de diablo,

    pero tiene las manos quemadas, TIENE LAS MANOS QUEMADAS, tiene el muslo quemado por el semen, tiene el alma quemada y por eso abre la puerta.

    Hay un muchacho mirando el cielo.

    Los calzoncillos del diablo le dan al muchacho risa porque al diablo se le caen los calzoncillos y el vello de su pubis se hace notable, apetecible.

    Para el diablo es una suerte, adentro está el pene más erecto que nunca y el muchacho debería cogerlo entre sus dedos.

    De hombre fuerte, piensa el diablo mientras le mira al muchacho los ojos.

    Es un muchacho mirando el cielo y no una muchacha mirando el cielo, piensa el diablo mirando el cielo y aunque tiene las manos quemadas no perderá la oportunidad del amor.

    El diablo en el portal de su puerta, y el muchacho en el portal de la puerta del diablo, y los dos mirándose con el rabo del ojo, olisqueándose con mutuo apetito, hasta que al muchacho le cae un insecto en el ojo y ya su rabo no ve lo que el diablo muestra, hasta que el diablo lo invita a pasar para soplarle el ojo con calma, suponiendo que la calma es: un minuto donde ocurre el tiempo aunque el tiempo esté quemado y la vida se aproxima a la cámara lenta y es posible la cámara lenta con una vela apagada y todo absolutamente todo está donde no debe ser.

    Ten cuidado con mi ojo, por favor, dice el muchacho sin ojo. Y el diablo tiene un cuidado parecido a la calma.

    Tiene las manos quemadas, por eso no puede sacar el insecto, por eso el insecto se va volando solo, por eso el muchacho se acuesta en el catre, se desnuda, y se vira.

    Y el diablo se acuesta en el catre, se desnuda y le pega el pene al muchacho.

    El pene entra por el túnel y se convierte en ómnibus, los pasajeros viajan agradecidos, cada uno con su equipaje y su calma, tranquilos, esperando que el ómnibus llegue, con un clima que hace que los pasajeros se duerman y se acurruquen uno encima del otro y se viren y se peguen.

    Ten cuidado por favor, dice el muchacho cuando ya el diablo: n o p u e d e t e n e r l o porque el túnel va a derrumbarse y el ómnibus se quedará atrapado.

    Todo está donde debe ser.

    La botella junto al catre y el diablo en la ducha.

    No se enjabona sino que deja que el agua lo moje, QUE EL AGUA LO MOJE, que el agua le enchumbe los pensamientos y lo pensamientos glu glu se ahoguen para siempre.

    Tiene las manos quemadas, pero esto no impide que pueda agarrar la botella, sostenerla un momento y empinarse de su pico.

    Para el diablo es una suerte, la botella parece un pene de cristal, dorada y querida como el muchacho querido, y los pensamientos glu glu se ahoguen para siempre.

    Por eso se empina de la botella y chupa, y algo en el pubis se erecta, muellea solo, y eyacula sobre un muslo.

    El diablo cambia la funda del catre, su muslo apesta a semen de diablo pero la funda nueva que pone huele a sábanas floridas, a semen de muchacho y nubes de papel, pero el olor de su semen es más fuerte que nada y por eso enciende la vela.

    Hay una oscuridad a medias que despierta en el diablo un deseo de crimen.

    Sus propios calzoncillos le dan risa y hambre, con seguridad hipocondría, picazón en los oídos, crecimiento de tumores en su glándula endocrina.

    La botella brilla en sus manos y es una verdadera suerte que la botella no esté quemada.

    El diablo decide vestirse, necesita pasear como todos los diablos.

    Pasear y no asesinar, piensa el diablo de buen humor, el diablo de buen humor, el diablo de buen amor.

    Con esa ropa tan nueva parece un diablo de cristal, cualquier muchacho se enamoraría enseguida.

    Cualquier muchacho y no cualquier muchacha, piensa el diablo de cristal y chupa, y aunque tiene las manos quemadas se acuerda del muchacho como mismo se acuerda del fuego.

    El fuego le quemó las manos y lo hizo aullar de dolor, aullaron el recto y el intestino delgado, y algunas hemorroides se le salieron al diablo como para dejar constancia.

    El pene estuvo flácido dos días y dos noches, dónde está mi pene, pensaba el diablo, mi pene de mi corazón.

    Al tercer día el pene resucitó de las sombras y subió al cielo.

    La oscuridad fue claridad alrededor del diablo mientras el espíritu de una paloma negra volaba en torno a su pene, elevándose, suponiendo que un espíritu es: lo que desaparece hacia otras profundidades, como el fuego, distinto del fuego en forma y color, como el muchacho, distinto del muchacho en textura y pene.

    Después que el ómnibus salió del túnel, otro ómnibus y otro túnel quisieron probar fortuna.

    Entonces el diablo le dio la espalda y el muchacho se la besó con un beso interminable, alcanforado, lo cual permitió que el túnel se abriera de par en par y que el ómnibus avanzara deseándoles a los pasajeros una feliz estancia en el túnel.

    Todo está donde debe ser.

    El muchacho bailando rock and roll y el diablo por toda la ciudad, buscándolo.

    Pero la música es casi lo único más verdadero que existe y el señorito x entrando en el baile que lo baile que lo baile que si no lo baila le doy castigo malo, salga usted que lo quiero ver bailar saltar brincar por los aires, y el señorito diablo entrando en la disco que lo busque que lo busque que si no lo encuentra le doy castigo malo.

    Otro muchacho baila con el muchacho y brinda con el muchacho con una botella grande parecida a la del diablo, POR LA LIBERTAD, que no contiene lo que debe contener sino cierto mejunje ketaminílico, una droga ultramoderna como la flor de los siete colores, donde flotan peces y líquenes, POR LA LIBERTAD, pues la semana pasada fue una semana agotante, llena de poco ruido y muchas nueces.

    Y primero la libertad se apropia de los oídos, la vista, luego del gusto y después del tacto.

    Una libertad sin antecedentes y sin sucedentes, a excepción de que el mismísimo diablo en persona entrara por esa puerta y se llevara consigo al muchacho para hablar con el muchacho de diablo a muchacho, o de muchacho a muchacho, o de diablo a diablo.

    Por el camino el muchacho recobraría la lucidez y una pantalla se abriría en su cerebro, enseñándole imágenes que no sabría aceptar, y se desmayaría, y el diablo tendría que llevarlo a cuestas.

    Se acordaría de todo, suponiendo que todo es: el abrazo de dos muchachos que no saben darse la lengua ni quitarse sus ajuares, el beso de dos muchachos que necesitan cogerse la boca y nada los insta a salir corriendo, si es que hay que salir corriendo, sí, es que hay que salir corriendo.

    Se acordaría de todo y de haber empezado a llorar, y de haber puesto la boca muy blanda para que alguien hiciera con su boca un amasijo o mejor un manantial, y se convirtiera su boca en la boca predilecta de alguien.

    Y la libertad se apropia de su mente.

    El muchacho se desmaya mientras se abre la puerta y entra el mismísimo diablo en persona.

    Nadie lo reconoce y para el diablo es una suerte.

    Ahora tendrá que llevarlo a cuestas.

    Todo está donde debe ser.

    La vela más encendida que nunca y la habitación más alumbrada que nunca, más sucia que nunca pero el diablo más feliz que nunca, sentadito al lado del catre, bebiendo de su botella.

    Sobre el catre no puede echarse porque ya hay otro cuerpo echado, un cuerpo que aún no recobra el conocimiento.

    Sentadito al lado del catre, bebiendo de su botella y el pene sin prepucio, hinchado, sin fuerza para entrar en ningún túnel pero ahora debe pasar la confronta y el túnel queda muy cerca, rum rum porque el ómnibus es Vanguardia Nacional y los pasajeros aplauden el servicio público, arriba el servicio público y abajo la privatización de la industria del transporte.

    Dentro del cuerpo algo quiere resucitar, sin embargo con el diablo encima desde la una de la mañana ha sido y será imposible, ni siquiera porque se trata de un muchacho tan bello y joven, tan saludable.

    El diablo ni siquiera ha insistido en despertarlo.

    Salió a buscarlo y lo encontró enseguida, en una disco repleta de jóvenes, de muchachos jóvenes y no de muchachas jóvenes, pensó el diablo con una satisfacción de oreja a oreja, aunque el diablo no se fijó en los demás, olfateó un poco y reconoció al muchacho en el centro, descendiendo lentamente.

    Lentamente como el amor.

    Por eso es esta la sexta vez que lo pisa desde hace seis horas, sin que el cuerpo se despierte ni haya síntomas de vida.

    Pero el sueño de los muchachos así, es un sueño más profundo que el amor, suponiendo que el amor es: la sexta esencia del éxtasis, la primer esencia y la segunda esencia, la tercera y la cuarta, y también la quinta, pero sobre todo, y esto lo sabe el diablo mejor que nadie en el mundo, la sexta esencia.

    Son las siete de la mañana, el diablo no se baña pero se perfuma.

    Sale y cierra la puerta con llave para que el muchacho no logre escapársele otra vez. Necesita comprar otra vela y otra botella, y ropa limpia para vestir al muchacho, porque iremos a cenar fuera, piensa el diablo lentamente, como el amor.

    Se demora entrando y saliendo de las tiendas, entrando y saliendo, e n t r a n d o.

    A las nueve compra una vela roja y a las diez un vino tinto que le recuerda su pubertad. Regresa distraído, su pene se erecta con el contacto de cada hombre que pasa, y él lo regaña pequeño pene vicioso, algo mejor nos espera.

    Pero nada mejor los espera.

    El muchacho no va a despertarse ni con seis velas encendidas ni con seis botellas de vino ni con seis diablos entrando y saliendo.

    No hay muchacho, solo células rígidas que no resucitarán para siempre ni serán embalsamadas como debe ser porque cuando el diablo descubra la desgracia se le quitarán las ganas de todo y después de llorar seis noches seguidas y después de hacer luto, tirará el cuerpo a la basura.

    La habitación apestará a muchacho y el diablo se entretendrá en acariciar sus ropas, unas ropas que apestan a nube y semen, pero sobre todo a nube.

    Los años pasarán antes de que el diablo se ponga demasiado viejo y su curiosidad escudriñe las ropas del muchacho que una vez amó.

    Encontrará un libro de bolsillo titulado Lot y sentirá celos.

    Encontrará un pasaporte muy limpio, casi luminoso, la foto del muchacho en el pasaporte resplandecerá más de lo común.

    Todo está donde debe ser.

    El diablo en el portal de su casa, mirando alternativamente el cielo y un pasaporte que acaba de encontrarse entre las sábanas de su catre, y déjame encender la vela, déjame encenderla, contra.

    El diablo está desnudo, como debe ser.

    Hurga en la basura porque su portal apesta, todo apesta más que el semen y todavía hay restos del muchacho en la basura, suponiendo que el muchacho era: DIOS.

  • Tres tazas

    A Zulema le gusta despertar de a poco, no soporta los golpes de sol como flashazos que entran por las ventanas de cristal, en cuanto Rachel corre las cortinas, dice que ya es tarde y deben prepararse. Transitar, de modo instantáneo, de la somnolencia a la realidad, le provoca a Zulema fuertes dolores de cabeza, una rabia reticente y un mal humor contra el cual ya no hay remedio: aunque Rachel ponga en el estéreo el disco de Edith Piaf, las canciones de Bod Dylan, incluso la antología de grandes voces del Jazz, nada podrá contrarrestar el humor de perros que Zulema arrastra de la cama al baño, del baño a la cocina y de la cocina a la sala.

    Rachel trata de redimirse, desabotona un poco la blusa, desata el nudo que trae en el pelo, camina en puntas de pies, tararea bajo una canción de Janis Joplin y dice que ella hará el desayuno: remueve los huevos sobre el sartén, prepara el batido y le unta mantequilla a las tostadas, mientras Zulema enciende la computadora, revisa el correo y establece el itinerario del día. Durante el desayuno Rachel se esmera en limpiarse con la punta de la lengua las migajas de pan que se le pegan en los labios. Zulema mantiene su rabia muy cerca, atada a las patas de la mesa, pero en cuanto Rachel se baja los tirantes de la blusa, los gestos de la cara la delatan y aunque simule leer las indicaciones en la caja de leche, no puede desviar la vista de esos pezones rosados que como armas de alto calibre, le apuntan directamente al pecho.

    La rabia, atada a los pies de la mesa, se echa al suelo como un perro cansado y se queda dormida sobre la alfombra Roja-India-Persa-wellcome to my house. Zulema cambia de ánimo, troca la amargura por ansiedad y aunque Rachel le diga que no muerda, que eso duele, ella aprieta los dientes, se sienta a horcajadas y dice que al que no quiere caldo, se le dan tres tazas.

    Antes de salir a la calle deciden por dónde comenzar, con las direcciones de los pedidos electrónicos elaboran un mapa de calles, barrios y municipios. Trazan con una línea de puntos discontinuos las combinaciones de avenidas para viajar en taxi, sacan una cuenta rápida de cuanto gastarían en el pasaje y deciden que una vez más incluirían la comida en sus honorarios. Zulema prepara el bolso de ambas, siempre ha sido buena catalogando objetos de contingencia, además de los pintalabios, la colonia y los documentos de identidad, guarda preservativos, spray de pimienta, dos máscaras, un pomo de lubricante, una navaja pequeña y un par de javitas de nylon.

    A la casa del primer cliente pueden ir a pie, queda a menos de un kilómetro y la tarde está tan fresca que les resultaría agradable una pequeña caminata bajo los árboles. Rachel tiene la costumbre de sacar cuentas mientras camina. Durante los dos años y medio de trabajo han ahorrado lo suficiente para pagar las deudas, establecerse legalmente en la ciudad, e incluso han pensado en la idea de tener un bebé. A Zulema nunca le ha gustado la idea de que un niño crezca sin la figura del padre, camina bajo el amparo de la sombra sin prestarle atención a las cuentas de Rachel ni a sus planes a largo plazo, mira los parteaguas del portal en la acera de enfrente y recuerda su niñez en el campo, la perdida de la inocencia tras el muro de la represa y la determinación de salir de aquel lugar en cuanto tuviera la edad suficiente para valerse por sí misma.

    Antes de llamar a la puerta se alisan un poco la ropa, Rachel le retoca a Zulema el marbellin de las pestañas y le advierte que menos de cincuenta no van a pedir: -él quiso con las dos y eso sale más caro.

    El apartamento tiene cuatro cuartos, una sala amplia y está lleno de muebles, equipos eléctricos y estantes. El tipo debe tener mucho dinero, piensa Rachel, le podemos pedir 100 e incluso exigirle que nos incorpore la comida. El hombre camina hasta el refrigerador, saca una botella de vino, busca tres vasos en la cocina y dice que después de un primer trago pueden comenzar a quitarse la ropa. Desde la cama resalta un cuadro enorme colgado en la pared, no tiene figuras, ni paisajes, ni animales, son unos trazos en rojo y negro que a Rachel le resultan grotescos pero que a Zulema le llaman mucho la atención, podría incluso pedirlo a cambio de una tanda doble o llegar a un acuerdo con el tipo por un precio justo.

    -Sobre la cama de nuestro cuarto se vería precioso-dice Zulema mientras se quita el vestido.

    -Hace juego con las cortinas, pero es horrendo, yo no entiendo nada, hasta me da un poco de miedo- dice Rachel.

    Cuando el tipo regresa a la cama Rachel le muestra la distribución de los precios y hace hincapié en el plato fuerte, muestra las máscaras, los preservativos y el tubo de lubricante. Dice que la sesión previa no va incluida en el precio, que se paga aparte y que dura aproximadamente quince minutos. El hombre está de acuerdo con un pedido completo, muestra el dinero, lo guarda en la mesita de noche, se acomoda sobre el butacón y dice que ya está listo.

    De todo el trabajo la sesión previa es lo que más le gusta a Zulema, es la única etapa en la cual puede ser ella misma. Trepa por el cuerpo de Rachel y se mezclan en un beso largo, un beso laberíntico, un beso que cuando está a punto de finalizar comienza de nuevo. Olvidan al hombre sobre el butacón, olvidan los quince minutos reglamentados y se besan como quien cuenta una historia extensa y atractiva, llena de venturas, desventuras, vueltas de tuerca, giros dramáticos y el final feliz se alarga, se torna lento, muy lento, como si los personajes no pudieran vivir separados de la historia.

    Después del beso Zulema vuelve la vista hacia el cuadro, Rachel mira al hombre y dice que se ha quedado dormido.

    -¿Cómo es posible? -va hasta el butacón, le toca el brazo, trata de abrirle los ojos y se da cuenta que el hombre ha muerto.

    Las chicas, aún desnudas sobre la cama, no saben qué hacer: llamar a la policía; irse corriendo; pedir una ambulancia; buscar a los vecinos; apretarle el pecho y darle respiración boca a boca; borrar sus huellas que deben estar en el picaporte de la puerta, en el pasamanos de la escalera, en los vasos de vino, en los balaustres de la cama, en las sábanas, la almohada y el marco dorado del cuadro que cuelga en la pared. Mantienen la vista clavada en el tipo como si tuvieran la esperanza de una última reacción, que abra los ojos, diga que solo estaba durmiendo, que le bajó la presión o le subió el azúcar, que ya pueden continuar o que cojan el dinero en la mesita de noche y vengan otro día. Zulema se acerca al cadáver, le pone los dedos bajo la nariz:-no respira- dice- creo que debemos irnos.

    -Sí- vámonos ya- responde Rachel mientras toma la ropa del suelo, abre la mesita de noche y agarra el sobre del dinero.

    Cuando va a salir del cuarto Zulema le dice que es mejor esperar.

    -¿Cuánto hay en el sobre?.

    Rachel cuenta.

    -200 dólares.

    -Suficiente- dice Zulema –terminemos lo que habíamos empezado- y mira con sus ojos negros como si pidiera algo imposible de negar, algo de vida o muerte, algo que al que da le cuesta poco y al que recibe, le va la vida en ello.

    -Está bien, pero vamos para otro cuarto- y luego es la alfombra, las paredes amarillas de la habitación continua, los cuadros que cuelgan de la pared, los balaustres de la cama y la vista pegada al techo.

    -Necesito un cigarro-dice Zulema.

    -Pero tú no fumas..

    -Ya sé, pero es que estoy contenta, hoy siento que te quiero, hoy haremos algo diferente.

    Rachel se incorpora sobre la cama:

    -ese hombre está muerto en el cuarto de al lado, tenemos que irnos.

    -¿Por qué no vas a comprobar si aún está muerto?.

    -Claro que sigue muerto- dice Rachel- ¿cuándo has visto que alguien deje de respirar y vuelva a la vida?.

    -No sé, en una película, metían aquellos gaticos en las cajas de cristal y probaban el gas de las cámaras para judíos. El gatico se echaba en el suelo, muerto, y cuando abrían la caja salía disparado.

    -Eso es cosa de películas, el tipo sigue muerto y nosotras tenemos que irnos.

    -Espera un rato- dice Zulema- vamos a buscar dinero dentro de la casa, si encontramos suficiente no tendríamos que trabajar durante todo el mes.

    -Está bien. Yo busco desde la sala hasta aquí y tú empieza en el pasillo hasta el fondo del apartamento.

    Registran gavetas, armarios, cajas de zapatos, alacenas y estantes pero solo encuentran un billete de veinte dólares, dos latas de leche condensada, un paquete de galleticas de soda, cuatro cervezas y un vestido malva precioso. Zulema dice que el vestido será para ella sin posibilidades de reclamación:

    -yo lo encontré, aunque puede ser que te lo preste, cuando ya me aburra de usarlo.

    Comparten la comida y aún desnudas deciden dormir un rato. Cierran las puertas de la habitación donde está el cadáver, buscan en el armario la mejor de las sábanas, reúnen una docena de almohadas y duermen a pierna suelta hasta la media noche. Rachel es la primera en despertar, va hasta el baño y de regreso se sienta en una esquina para ver el cuerpo desnudo de Zulema, como hacía todas las noches de aquella primera semana en el cuarto de alquiler, cuando creía imposible haber encontrado una chica tan bella en la terminal de trenes, con una maleta vacía, un vestido de flores y la magia inaudita de un par de ojos negros.

    Zulema despierta de a poco, enciende el televisor y se cuelga de un documental del Animal Planet donde unos cangrejos tratan de cruzar la carretera entre las ruedas de los autos. Rachel encuentra en el congelador algunas postas de pollo y le pregunta a Zulema si le gustaría comer una ensalada como solo ella sabe preparar. Enciende el fogón de gas y mientras hierve el agua en la cazuela, unos cangrejos son aplastados sobre el asfalto y en la habitación de al lado un cadáver se comienza a llenar de moscas.

    Rachel toma de la alacena tres tazas grandes, sirve la ensalada y le dice a Zulema que ha cambiado de idea, que podrían quedarse un tiempo, al tipo nadie lo va a extrañar, en todo el apartamento no hay fotos de familiares ni amigos, podrían desconectar el teléfono, poner en la puerta un cartel donde el hombre indique que se ha ido de viaje, salir solo de noche para no tropezarse con nadie en las escaleras, cortar el cadáver en trozos, meterlo a la licuadora y echarlo por el tragante del lavaplatos.

    -Nos pasaríamos el día entero sobre estas sábanas –dice Rachel.

    Zulema acepta con entusiasmo pero impone una condición: que le cuelgue sobre la cabecera de la cama el cuadro de marco dorado y trazos rojos y negros, y si le da tanto miedo bien que podría cerrar los ojos.

    En la pantalla los cangrejos son sustituidos por un grupo de monos que suben a los árboles para salvar a sus crías de la tormenta y antes del cierre de la programación, una meseta nevada llena de pingüinos emperadores desafía el viento; las aves sentadas sobre los huevos se comienzan a congelar. Rachel recuerda el sueño de formar una familia, piensa que ese apartamento sería ideal para tener un bebé. A Zulema no le gustaría educar a un niño sin la figura del padre y cuando termina el ruido de la licuadora Rachel dice que podría cortar algunas sábanas, hacer unas bien pequeñas, como para un bebé recién nacido, convertir fundas de almohadas en culeros e incluso coser un par de baticas con la sobrecama de motivos estivales. Zulema sonríe y aún desnudas se mezclan en un beso largo, muy largo, un beso que cuando está a punto de finalizar comienza de nuevo, un beso laberíntico e infinito. Se besan como quien cuenta una historia extensa y atractiva, llena de venturas, desventuras, vueltas de tuerca, giros dramáticos y el final feliz se alarga, se torna lento, muy lento, como si los personajes no pudieran vivir separados de la historia.

    Después del beso Zulema vuelve la vista hacia el cuadro, Rachel mira al techo y dice:

    -Horacio, lo podríamos llamar Horacio, es un nombre bonito, ¿verdad?

  • Cinco razones para querer a Reina

    Reina es negra, eso lo dice todo, incluso la historia podría terminarse en esa palabra, dejando un vacío de vocablos y colores. Negra como el cielo, los pájaros, y los árboles. Vive en un pueblo de viejos, casi todos los jóvenes se fueron porque buscaban otros colores, es muy triste despertar en las mañanas y encontrar que el cielo está mas negro que ayer, aunque los pájaros cantan son negros, y que me dicen de las sombras oscuras de los árboles negros, todo es triste, por eso los jóvenes decidieron abandonar el pueblo y abrazar el camino, hasta que el cielo negro termine y comience otro color.

    Por desgracia Reina es la única negra del pueblo, por supuesto que ha pensado huir también, pero está vieja, tan vieja que ni ella misma sabe cuan vieja es. Reina ya está acostumbrada a que los demás la traten como a una negra, la justificación es que es un pueblo de ancianos peleones, que desembocan su ira con el color de su piel, y la culpan de que todo sea oscuro, hasta que Reina no se largue, el cielo no cobrará el color de antes. Lo cierto es que ya nadie recuerda como eran antes las cosas, simplemente el cielo se fue volviendo negro, de poquito en poquito.

    Reina vive sola, su casa es alegre con olor a tierra y a frijoles. Por las tardes enciende el radio y asomada en la ventana escucha la novela de las tres, el aparato a veces no quiere funcionar pero ella lo tira contra el suelo y le da unas cuantas patadas, y lo lanza contra la pared con varias malas palabras y entonces el radio deja de funcionar finalmente hasta el otro día, eso me pasa por negra. Una tarde Leonarda la vino a visitar y la encontró triste, enseguida buscó el radio y comenzó a trastearlo, de pronto el narrador de la novela se escuchó y Reina saltó de la alegría.

    ¿Cómo lo hiciste? No sé, todo es cuestión de unir cables, el rojo con el negro, y así… A Leonarda no le gustan las novelas, uno no solo se entretiene sino que es parte de ese mundo, de esos personajes, una vez se embulló con una y terminó por obstinarse de la vida, del cielo negro, de los pájaros, y de los árboles, cuando la novela llegó a su capitulo final, decidió escribir más episodios, donde los personajes seguían con otros conflictos y con eso se mantuvo motivada hasta que se casó y tuvo a su hijo. Al marido lo mordió un cerdo venenoso, y murió a los tres días de la mordida, su hijo mató al cerdo, y luego de la muerte del padre, decidió marcharse, para encontrar un cielo de otro color.

    Leonarda se quedó sola, abandonada en su cabaña que se esconde en la colina, donde los pájaros cantan sin parar. Cuando terminó la novela, Leonarda sacó sus cartas y jugaron hasta el anochecer. Ambas comieron frijoles en silencio, y Leonarda fregó la loza antes que Reina apagara el radio y se sentara en el portal para pensar. A veces quisiera irme, cómo todos los demás, dijo Leonarda, se sentó al lado de Reina diciendo todo aquello sin mirarla. ¿No te sientes bien aquí? No es eso, ni siquiera estoy aburrida, es que me siento sola, si al menos viviera con alguien. A veces yo también tengo deseos de irme, no resisto la idea de ser la única negra en este pueblo. Si pensarás un poquito más te darías cuenta que tu lugar es este, aquí todo es negro, la gente que es diferente a ti, es la que sobra. A mi no me molesta tu color.

    ¿De verás? Tú si eres mi amiga. No, Reina, perdóname, pero yo no soy tu amiga. ¿No? Pero si tú me vienes a visitar, y conversamos mucho, y hasta comemos juntas, ¿eso no es amistad?, nunca hemos tenido ninguna discusión. ¿Hay en mi algo que te disgusta? No, al contrario me caes bien, lo que pasa es que yo quiero irme de este pueblo, pero no quiero hacerlo sola, quisiera irme contigo, pero tu no quieres, por eso no te considero mi amiga, los amigos nunca se separan, y si yo me voy, jamás te volveré a ver. ¿Entiendes? Por eso no te considero mi amiga.

    ¿Pero te volviste loca Leonarda? ¿Qué hacen un par de viejas tiradas en el camino, buscando un cielo de otro color? Prefiero morirme aquí donde todos me odian, que en cualquier lugar, con hambre, cansancio, y un montón de necesidades. Aquí te vas a morir sola Reina, igual que yo.

    Hoy se termina la novela, el radio volvió a fastidiarse, Reina está ansiosa, se ha cagado en su madre más de diez veces, no ha querido tirarlo porque tiene miedo de que no funcione más. Trató de unir cables, rojos con negros y nada, ni una señal. Comienza a lamentarse que no debió nacer, que porque es tan infeliz, que lo único que quiere en esta vida es escuchar el último capitulo, y después morirse, que si se queda sin saber el final de la novela se va a suicidar. Reina llora, han pasado quince minutos de novela, decidió salir de la casa y echar a correr lejos. Después se cansó y le faltaba el aire y le dolía el pecho y el corazón más rápido que de costumbre, la muerte se le iluminó en el rostro y murió.

    Eres una vieja dramática Reina, las novelas terminan por volver loca a una, si no voy a tu casa y te encuentro tirada en el camino, te mueres de verdad. No te rías Leonarda, no puedes entenderme, todos estos meses no me he perdido un capitulo, todo este tiempo he esperado el final, para que la vida me recompense de esta manera. La vida es mucho mas complicada que el capitulo final de una novela Reina, todo es mentira. ¿Que sabes tu? Nada más piensas en irte, eres demasiado egoísta, además tu no eres mi amiga, no tienes derecho a decirme vieja trágica, prefiero que me digas negra antes que trágica. Dije dramática. ¿No es lo mismo?

    Esa noche fueron a casa de Carlota para que le contara el final de la novela a Reina. Carlota y Leonarda son viejas amigas, Carlota si es amiga de Leonarda porque se conocen de muchos años, desde niñas. Reina trató de que la conversación entre las dos no se dilatara y esta terminara por contarle de una vez el final. ¿Es tu amiga? Pregunta Carlota. No, mi vecina. El cerdo mordió al marido de la descarada, y este cayó al suelo, rabiando del dolor. Poco después el medico le dijo que su marido no se salvaría, el cerdo era venenoso.

    La descarada sufrió cantidad, estuvo llorando sin cesar en el tiempo que el hombre agonizaba, y entonces fue que ella le dijo que pidiera su último deseo. ¿Adivinen lo que pidió el hombre? Reina y Leonarda no se dirigieron la palabra, durante el camino. Decepcionada, venir de tan lejos para escuchar tales barbaridades, eso tu amiga lo inventó, es injusto que una novela pueda terminar tan mal. Leonarda interrumpió a Reina para decir que lo más importante es que está violando una ley, el narrador de la historia dijo que ninguna de la dos durante el camino se iban a dirigir una palabra, y tu no has hecho más que hablar. A Reina le molesta otras cosas, eso de que Leonarda no la considere su amiga es muy fuerte y doloroso, le da vergüenza que la gente no las vea como amigas, y si como vecinas, lo que sucede es que Leonarda se avergüenza porque ella es negra, y no quiere que la gente del pueblo la odie por eso.

    No vengas más a mi casa Leonarda. Me siento incomoda, además yo tampoco te considero mi amiga. Reina, no compliques las cosas, estás así porque no te gustó el final de la novela. No es por eso, lo que sucede es que yo si te considero mi amiga, no podemos estar en líneas diferentes. Leonarda sonrió y le dio la espalda a Reina sin decir palabra. Cuando quieras saber de mi estaré en mi cabaña, en la colina donde los pájaros no dejan de cantar.

    El marido agonizante le pidió a su mujer que le sacara la pinga y se la masturbara. La descarada no pudo soltar una palabra. ¡Pero estás loco! Lo que me quedan son segundos de vida, quiero morir del orgasmo. La mujer primero le pasó la lengua, descubrió la cabeza roja y sacó sus tetas para cubrir la pinga con ellas, y agitarla. La descarada no hacía más que llorar, la muerte se reflejaba en el rostro del marido que cerraba los ojos y soltaba quejidos de satisfacción. Chupamela, decía el marido en un susurro. No te mueras mi amor, sin ti no soy nada. Las manos y las tetas de la descarada se llenaron de semen, el esposo, murió con los ojos abiertos, y un aliento a orgasmo que le salía por la boca.

    La descarada le cerró los ojos, y continuó llorando hasta el final. Reina se asomó a la ventana, afuera llovía, ahora no volverá jamás a escuchar una novela en lo que le queda de vida. Se siente sola, una vez una mujer en el pueblo le dijo que se iba a quedar así, porque los negros se mueren solos, negros y solos sin que alguien ilumine con una vela la muerte que se te viene de pronto sobre el lecho. Abrió la sombrilla y abrazó el camino en medio de la lluvia. Leonarda ya dormía, pero se alegró mucho que Reina fuera a llegarse a su cabaña con los truenos y el aguacero.

    ¿No pudiste esperar a que escampara? No, me sentía sola, la soledad me estaba aterrando. Lo que pasa es que piensas mucho Reina, uno no puede estar pensando cosas tristes asomada en una ventana. Le dio algo para que se secara y encendió otra vela para que aumentara la luz. Yo te quiero mucho Leo. Yo también te quiero Reina, por eso es que no puedo ser tu amiga. Ya no me importa que no quieras ser mi amiga. ¿Entonces cuando nos vamos de este pueblo? Cuando quieras. Leonarda apagó una vela, Reina la otra, en medio de la oscuridad se acostaron juntas en la cama y se acariciaron hasta el otro día.

    Primera razón: quiero casarme contigo enfrente de todos, tener el privilegio de que nos odien y nos deseen la muerte, la gente va aplaudir cuando nos vayamos, harán una fiesta, justo lo que necesitamos, en una partida que será como en la luna de miel, que todos aplaudan deseándonos una noche apasionada llena de amor.

    Segunda razón: el camino será de nosotras, nuestros pasos serán lentos, una velará por la otra, si alguna en cualquier momento se siente sola, la otra abrirá sus brazos y producirá calor para que la soledad se derrita y poder así continuar el camino que nos queda.

    Tercera razón: no importara si el cielo cambia de color o no, lo importante es que el camino nunca termine, ni los pájaros dejen de cantar, y que tampoco Reina deje de decir malas palabras cuando las cosas no salen como se espera.

    Cuarta razón: Leonarda se subirá a un árbol en busca de mangos negros, Reina estará debajo tratando de que si Leo cae, termine encima de ella, después juntas irán al lago y se bañarán en la orilla, desnudas, tetas contra tetas, sexo contra sexo, barrigas contra barrigas.

    Quinta razón: el sendero esta por terminar, solo unos pasos y todo habrá acabado, Reina quiere regresar, tiene miedo. Leonarda no, si han llegado hasta aquí hay que enfrentar el final, pero los finales son decepcionantes, Reina recuerda la novela. A Leonarda le parece aburrido recorrer un camino ya andado. Reina está decidida, tiene las lágrimas afuera, y el cuerpo le tiembla de soledad. Leonarda decide regresar con Reina, solo porque te quiero, solo por eso. Reina promete que cuando lleguen al comienzo del camino, emprenderá de nuevo hacia el final del mismo, hasta que se termine y la muerte la separe abrazadas, entonces el cielo cambiará de color a negro, y solo bastará con esa palabra para que la historia termine.

  • El muro

    Elina abrió los ojos justo cuando entré a su cuarto detrás de la madre; me miró desde la cama con cara de no reconocerme ni saber qué hacía en su casa a las nueve de la mañana; volvió a cerrarlos y la madre salió. Me vi sola ante su boca entreabierta, escuchándola roncar. Elina, por favor despiértate, dejé la mano sobre su hombro. No fui a buscar el pan, le dije a mi madre que no me daba tiempo, ella tendrá que caminar cinco cuadras hasta la panera y subir después los cinco pisos de regreso al apartamento. Elina me había dicho que fuera a recogerla temprano porque el mejor momento para recoger las conchas era cuando la marea acababa de bajar, y ahí estaba durmiendo a pierna suelta. Agarré el bolso para irme, de pronto pensé en lo que le diría a mi madre cuando me viera regresar tan pronto con las tostadas, la miel de abejas, los plátanos manzanos y el agua helada en la mochila. Volví a desplomarme al pie de la cama. Entonces ella abrió los ojos y permaneció inmóvil, por fin empezó a estirarse. Me entusiasmé, pero ella se dirigió al baño sin mirarme y se demoró cómo si nadie la estuviese esperando. Tenía los ojos aguados cuando ella regresó y casi sentí alivio de que siguiera sin notar mi presencia. Pero esta es la última vez, Elina, no vuelvo a hacer el papel de comemierda por causa tuya, ni hasta luego voy a decir. Me levanté en el mismo instante que ella se viraba con el bolso en hombro, ¿nos vamos?

    Iba delante con pasos perezosos que yo no me atrevía a sobrepasar. Caminaba con la vista fija en sus pies, buscando el momento oportuno para pedirle que compartiéramos el peso de mi mochila, pero pasaba el tiempo y no decía nada. Ella se detuvo con un suspiro, ¿a dónde vamos? No soporto tomar decisiones, además para mí todas las playas son iguales y ella lo sabía, la que eligiera iba a estar bien. Entonces vamos a la playa del Chivo. Me paré en seco, ahí van los tipos a … ¿Tienes miedo?, se echó a reír, ellos van a estar en lo suyo. Le dije que no era miedo, pero algo me apretaba el pecho. No me digas que tienes prejuicios, yo ando contigo sin preocuparme de lo que diga nadie, ni mi mamá, además lo mejor es que a ellos no les gustan las mujeres y no van a molestarnos.

    Pero ella no sabía como llegar, nos tomó dos horas y tuvimos que caminar más de un kilómetro, el agua seguía estando lejos. No quedó más remedio que meterse en el yerbazal y bajar por un camino de piedras. Fui delante casi raspándome las nalgas, no quería mirar hacia atrás, seguro ella se burlaba de mí. Pero entonces me pidió que le diera la mano para ayudarla. Cuando estuvimos en la parte plana vi que no me había soltado, aún quedaban diez o doce metros hasta la orilla. Yo no quería llegar, arrastraba los pies sin levantar la vista. Me preguntó si había conocido alguna muchacha últimamente. Sabía la respuesta, la disfrutaba de antemano y yo tardaba siempre un rato en responder. Finalmente decía que no, sólo eso. Entonces ella miraba a lo lejos y aseguraba con tono filosófico que algún día iba a aparecer esa persona, no una sino esa, disertaba sobre el destino y terminaba hablando de su novio de turno. Ese día sentí la tentación de responderle sí, conocí a alguien, precisamente te quería contar. Sólo pude mover la cabeza de derecha a izquierda. Ella tampoco dijo mucho, había terminado con su último novio y estaba deprimida. No me extrañó ni indagué por los detalles, de todas formas ella vendría a llorar sobre mi hombro en algún momento antes de regresar y preferí que por lo menos estuviéramos sentadas.

    Al fin nos vimos en una arena gruesa, ante unas rocas frías y claras. Detrás las olas daban latigazos contra la orilla. No voy a entrar, pensé, así es que no tendría que quedarme en trusa. Elina sí se quitó la ropa aunque tampoco se metería en el agua, no sabía nadar. Contemplé el movimiento de sus omoplatos, los dedos de sus manos sobre los hombros; siempre tenía frío, bastaba la humedad de las rocas, alguna gota que la salpicara cuando el agua rebotaba en la piedra. Sin embargo prefería estar en trusa. No pude evitar la comparación entre su cuerpo y el mío, se me escaparon los ojos hasta sus pies, la veía pasar la planta y los dedos de uno sobre el otro; otra vez tuve que reprimir la pregunta de si le gustaba que se los acariciaran. Cambiaron de posición bruscamente y al levantar la cabeza la vi frente a mí. ¿Alguna vez has pensado en estar con un hombre?, tal vez esa sea la solución para tu soledad y lo otro, un capricho. Por unos segundos no se escuchó otra cosa que las olas y las gaviotas a nuestro alrededor. Nunca había visto ninguna tan de cerca. Sentí una sobre la roca, casi detrás de mí, pero no quise moverme para no asustarla, traté de verla con el rabo del ojo y descubrí un hombre que se acercaba con su pita de pescar, esperé a que llegara, ¿sabe dónde podemos encontrar conchas?

    Marcos era tres años menor que ella. Me sorprendió, usualmente le gustaban ocho o diez años más jóvenes, no podía evitarlo. Este era un hombre que sabía lo que quería, el tiempo de la inmadurez había quedado atrás. Estaban juntos desde hacía tres meses. Tres meses y yo no lo conocía, ¿por qué? Siempre está ocupado con su trabajo, su música y… su mujer. A Elina no le importaba eso, ni celos sentía, pero él llevaba casi una semana sin aparecer ni telefonear. Ella tenía el número de su casa y el del trabajo, podía llamarlo. No, me respondió tajante, ya estoy cansada de ser siempre yo, de aferrarme a algo que ni sé si es real u otra historia que me estoy inventando. Me quedé callada sin saber por qué todo aquello me sonaba conocido. Sospeché que se le habían aguado los ojos, pero se agachó a recoger una concha. Tenía unos colores lindísimos y se me ocurrió que podíamos quedarnos allí, a lo mejor había más. Pero el pescador había dicho que dónde encontraríamos bastantes era después del muro. Yo no quería ir, veía dos cabezas por encima del concreto: dos hombres. ¿Y qué?, están en lo suyo, a lo mejor hasta nos dicen dónde hay caracoles.

    Cruzar el muro no fue ninguna panetela, era empinado y liso, pero no había otra forma de llegar al otro lado. Después de pasarlo dejé que ella se apoyara en mí, se me aflojaron las rodillas porque es más alta, pero traté de que no se diera cuenta. Apretó mi brazo por debajo del pulóver, estás fuerte. Tuvimos que pasar junto a los dos hombres, uno parecía muy joven, casi un adolescente. Me dio lástima verlo con aquel cincuentón gordo. Estaban en trusa e instintivamente busqué sus entrepiernas con la vista. No había señales de nada. Saludamos con la cabeza y seguimos. Elina volvió a meter la mano bajo la manga de mi pulover, creo que al viejo también le gustan las mujeres, ¿no viste cómo me miró? Volví la cabeza, el tipo nos seguía con la vista y el muchacho le dio un puñetazo en el hombro, el otro se rió como si le hubiera hecho cosquillas.

    El terreno se volvió negro y rocoso, increíblemente crecían unas flores rosadas. Creo que yo también vendría a hacer el amor aquí. De momento ella no respondió, supuse que pensaba en Marcos. Sí, deber ser lindo al atardecer. Volvió a quedarse callada y yo sin saber qué decir, la arena aún estaba lejos. Finalmente fue ella la primera en hablar, ¿alguna vez has visto a dos tipos templando? ¿De dónde sacaba Elina esas ideas? A veces me das miedo. Se rió y yo salí caminando delante, había chapapote en el suelo, pero no le avisé. Cuando llegamos a la arena ella puso la jaba entre las dos y cada una empezó a recoger caracoles sin decir esta boca es mía. Entonces recordé que eran para ella y volví a tirar los que tenía en la mano. Sabía que me había visto, ojalá hablara, que me mirara un poco atravesado nada más para decirle que la artesanía era problema suyo, yo me las arreglaba para sobrevivir de alguna manera con mi sueldo. Me había despertado temprano en mi único día libre para acompañarla y la había encontrado durmiendo cómo si el mar, las conchas y el mundo tuvieran que esperar por ella, la princesa que no podía pasar ocho horas en una oficina, ni trabajar en algo que no le gustase por mucho dinero que ganara, pobrecita. Que se fuera para el carajo, me levanté y empecé a sacudirme la arena del short. Casi choco con un hombre, pidió disculpas y siguió, pero no llegó a ningún lado, volvió a pasar junto a nosotras y se quedó a dos o tres metros. Apareció otro, los vi cruzar miradas y pensé que iban a entrar a los matorrales. No se movieron, fingían no estar pendientes de nosotras, pero trabé a uno vigilándonos con el rabo del ojo. Agarré a Elina por un brazo, vámosnos. Se soltó sin mirarme. Hay dos tipos ahí mirándonos. Irán a templar, no tiene nada que ver con nosotras. La miré en silencio, ella seguía recogiendo caracoles cómo si yo no existiera. Si no vienes me voy sola. Tú te ibas de todas formas, ya te habías puesto de pie, así es que vete. Pensé levantarla por la fuerza y obligarla a venir, pero era más alta, iba a hacer el ridículo. Se merecía que la dejara sola con aquellos tipos que podían ser un par de violadores, nos habíamos metido allí sin saber qué clase de gente íbamos a encontrar, una genialidad que solo se le podía ocurrir a ella. Tú crees que lo sabes todo, verdad, me tratas como si estuvieras por encima de mí, me utilizas; coqueteas conmigo a ver hasta dónde puedes llegar, a lo mejor en el fondo estás loca porque te meta mano, pero no quieres dar el paso para poder decir que eres la heterosexual inocente violada. Nunca esperó que le dijera todo aquello y estaba sin habla. Me sentía realmente bien por primera vez en largo tiempo y quería decir más, que era una calienta bollos, así con esas palabras, y que en el fondo debía ser frígida. Empezó a meter los caracoles en la jaba con toda su calma, vámosnos, si a ti no te importa dar un espectáculo, a mí, sí. En ese momento recordé a los dos hombres. Cuando levanté la vista entraban en el matorral. Ni se te ocurra dirigirme la palabra después de hoy, y en cuanto a que quiera acostarme con una mujer, es posible, pero no va a ser contigo porque tú ni mujer pareces, no eres hembra, ni varón, ni nada.

    El regreso pareció más largo, ella iba dos metros delante y a mí me pesaban los pies. Nos acercábamos otra vez al muro, el hombre y el muchacho seguían allí. El mayor nos hizo una seña con la mano, no supe si la había interpretado bien. Elina me miró de reojo y supe que ella también lo había visto, nos estaba invitando a templar. El chiquito nos puso cara de si te acercas te saco un ojo. Debíamos volver a cruzar, me rezagué a propósito, que se las arreglara sola. Buscó apoyo para un pie, luego colocó el otro, sólo quedaba impulsarse con los brazos. Entonces se cayó. Corrí hasta ella, pero no dejó que la tocara. Trató de levantarse de nuevo y volvió a caer. Se había torcido el tobillo derecho y golpeado la rodilla con una piedra. No iba a poder cruzar el muro y si había otra forma de llegar a la carretera no podía caminar de todas formas. Calculé que desde donde estábamos era más cerca y luego podíamos parar un carro, si pudía llevarla cargada. Bajé la vista a mis brazos, tenía los músculos muy definidos; usaba pulóver ajustado para que las muchachas me preguntaran si hacía ejercicios. Siempre decía que sí, un poco, sin darle mucha importancia, pero ahora no iban a servirme para cargar a Elina. Me senté junto a ella en silencio. Qué íbamos a hacer, no había ni a quien pedirle ayuda. A ella se le escaparon los ojos hacia donde estaban el hombre y el muchacho. Iba a decirme que fuera allá, sabiendo que el tipo nos había hecho señas para que templáramos con ellos. Qué coño se había creído aquel imbécil. Qué clase de gente venía a ese lugar. ¿Qué clase de persona es ese amigo tuyo que dijo que vinieras aquí? Es periodista. Y seguro escribe reportajes muy interesantes aquí, verdad. Cerró los ojos, qué coño me iba a decir. Estábamos metidas en aquel problema por su culpa, pudimos habernos quedado recogiendo conchas donde yo había sugerido, pero no, ella quería cruzar el cabrón muro y ahora no se le ocurría nada para sacarnos de ahí. El tiempo pasaba, lo menos que podía hacer ella era abrir los ojos y tratar de pensar en algo, en vez de quedarse allí con su cara de reina ofendida. La miré, tenía el tobillo y la rodilla hinchados; los ojos se me aguaron a mí.

    En cuanto vi la cara del hombre supe que lo estaban haciendo, pero no lograba distinguir al muchacho; lo imaginé abajo chupándosela. Sentí escalofríos, pero seguí avanzando. El otro me veía acercarme y se reía sin dejar de moverse, me enseñó la lengua. ¿Por qué no cogí una piedra? Debí quedarme. Tal vez si voy hasta la carretera encuentro a alguien que nos ayude, a lo mejor antes. Tendría que dejarla sola un momento. Elina sola sin poderse mover con estos tipos cerca. Mejor regreso y me quedo con ella.

    Mi amiga se viró un pie y no puedo cargarla sola. En ese momento vi al muchacho contra el muro, tenía la espalda mojada por el sudor de la panza del otro. El tipo no dejó de penetrarlo y tuve que esperar que terminara. Se puso el short con toda tranquilidad mientras el muchacho lo miraba aturdido, todavía la tenía dura; yo no he acabado y quedamos en que después tú me hacías una paja. ¿No estás viendo que las muchachas tienen un problema? Tú lo que quieres es entrar en relajo con estas dos. A ti nadie te pidió ayuda, con ese cuerpo de lagartija dudo que puedas levantar un alfiler, así es que mejor te quedas aquí.

    Elina se tensó cuando el tipo se agachó junto a ella. El muchacho también se acercó a examinarle el tobillo mirándola con recelo. El otro lo apartó, ¿tú eres médico acaso? El chiquito se puso rojo. Las manos del hombre subieron hasta la rodilla de Elina y se deslizaron por el muslo. Lo empujé, ¿qué pinga te pasa?. ¿Qué te ocurre, estás celosa? Se quedó mirándome fijo hasta que tuve que apartar la vista, ¿quieres tocarla tú? ¿Qué te pasa? yo no hago cuadros de tortilla, además ella no es lesbiana. No me atrevía a mirar a Elina. Ah, ¿no? Le acarició el pelo, el cuello, ella permanecía inmóvil y yo no sabía si irle arriba al tipo. ¿No quieres que tu amiguita te toque? Nadie se va a enterar. Entonces ella le apartó la mano, ¿nos vas a ayudar o no? ¿Y tú qué tienes para ofrecer a cambio? Palpé la arena con la mano en busca de una piedra, cualquier cosa, sin quitarle los ojos de arriba. El me vio, en realidad estás loca por meterle mano, ¿verdad? ¡Maricón!, lo que más rabia me daba era que no hacía otra cosa que mirarme fijo. Se puso de pie con tranquilidad, sacudió el short, si se deciden me avisan, ustedes gozan, nosotros miramos y todos pasamos un buen rato. A mí no me metas en eso, el muchacho se levantó con cara de asco, te dije que yo no entro en relajo ni me gustan las mujeres. De cerca me pareció menos flaco, entre los dos podíamos cargar a Elina y llevarla hasta la carretera, ahí las dos cogeríamos un taxi, yo tenía dinero. No conseguí abrir la boca, lo observé hasta que se hizo un punto. El otro se encogió de hombros, voy a estar allí para que lo piensen.

    No sé qué tiempo estuve arrodillada, los ojos fijos en la arena. Al fin me levanté en silencio y pasé un brazo bajo las piernas de Elina, el otro bajo su espalda; cerré los ojos, respiré profundo y caí de nalgas. Ella no hablaba tenía la vista perdida en el mar, pero yo sabía que el dolor la estaba matando. ¿Por qué no habré hablado con el chiquito? Lo busqué una vez más, sólo se veía al tipo recostado al muro junto a la orilla. Levantó la vista cómo si hubiera sentido mis ojos y nos cruzamos. Recogí las rodillas, apoyé la cabeza y empecé a llorar. Qué ridículo, Elina era la que se había torcido el tobillo y yo la que lloraba. ¿Por qué está pasando todo esto? ¿Cómo nos metimos en este problema? Se me acabaron las lágrimas en algún momento, quedé cómo aletargada y entonces ella suspiró, ve a llamarlo. No podía haber escuchado bien, la miré esperando que lo repitiera. Se limitó a clavarme unos ojos inexpresivos. No me dejé impresionar, primero rompo este muro de mierda a golpes. Pues empieza. Había dicho una estupidez, pero no quería darme por vencida, tiene que haber otra forma. Claro, dime cual. Me quedé callada, volví a acordarme del chiquito. Elina suspiró cansada, vas tú o me arrastro yo hasta allí.

    No tuve que hablar. En cuanto estuve frente a él se levantó, me alegró que no dijera nada, sólo que tuviera cuidado con una piedra que había en el suelo, y en seguida volvió a callarse. Elina estaba muy tranquila, me hizo sentar a su lado y el tipo se mantuvo a un par de metros. Por un momento permanecimos así: él, mirándonos con mucha paciencia; yo, sin alzar la vista; Elina, esperando, supongo. Le acaricié la rodilla, ¿te duele mucho?, ella observaba los movimientos de mis dedos sin hablar. Recordé las ganas que había tenido de acariciarle los pies hacía sólo ¿qué tiempo? Parecían siglos desde que habíamos llegado a la playa tan contentas, preocupadas únicamente por las conchas. Al fin decidí mirarla a los ojos, ¿qué pensaba ella de todo aquello? Le tomé una mano, yo no quería esto, Elina, de verdad, no quería. Me besó en la boca, creo que estaba cansada de escucharme. Tardé en reaccionar, tenía los ojos muy abiertos, veía las nubes mientras sentía sus labios calientes, entreabiertos, la lengua rozando la mía. Cuando notó mi falta de respuesta intentó separarse, pero le agarré por la nuca y la besé con ganas. En algún momento nos movimos y ella gimió de dolor; recordé su tobillo, ponte cómoda. La hice tenderse en el suelo y coloqué el bolso bajo su cabeza, yo me encargo de todo.

    Esa era la piel de Elina, su temperatura, la palpaba con los ojos cerrados hasta que llegué a su vientre. Metí la cabeza entre sus muslos y contemplé de cerca las partes por donde había pasado la cuchilla de afeitar esa misma mañana, la acaricié por fuera de la trusa con la nariz, el aliento. Sólo tenía que asomar un poco la lengua para saborearla, no sabía qué esperaba exactamente. De pronto me apretó la cabeza y no pude aguantar más.

    Elina no abría los ojos y yo me moría porque dijera algo, cualquier cosa. Le sequé el sudor de la frente y esperé. Aún estaba mareada por su olor. ¿Gozaste? La voz del tipo fue como un cubo de agua fría, ella se sentó de golpe y me agarró la mano. Nos habíamos olvidado de él, de lo que estábamos haciendo allí, había que cruzar el muro. Le pregunté si pensaba ayudarnos o no. Ya yo te ayudé, ¿no estabas loca por comerte a tu amiguita? Lo único que queremos es acabar de cruzar el cabrón muro, después nos las arreglamos para llegar a la carretera y coger un taxi. El la miró como si no me hubiera escuchado, a ti también te gustó, ¿verdad? El silencio se me hacía insoportable y busqué la mirada de Elina, pero cambió la vista. Con el rabo del ojo lo vi caminar hacia ella, ¿por qué no confiesas que te gustó? Yo la veía por encima del hombro de él, pero seguía sin moverme. Entonces le metió una mano entre los muslos, ella abrió los ojos pero se quedó tiesa. Estás empapada, tienes ganas de chuparla ahora tú a ella, ¿verdad? Los ojos de Elina gritaban, se veía paralizada por el miedo y sentí que me zumbaron los oídos. No tuve tiempo de razonar, descubrí la piedra, él me daba la espalda. Elina empezó a gritar estás loca, mira lo que hiciste. El tipo no se movía. Resbalé contra el muro en silencio, aquello tenía que ser una pesadilla, ella seguía gritando lo mataste, ahora cómo vamos a salir de aquí, nos van a llevar presas. Es mentira, está fingiendo, no puedo haberlo matado, pero no me atrevía a tocarlo, ella tampoco. Al fin reaccioné, hay que salir de aquí. No podemos dejarlo. Ese tipo era un pervertido, Elina, te iba a violar. No me iba a hacer nada. Pero tú estabas asustada, casi me suplicaste que hiciera algo, no te eches ahora para atrás. Yo no dije nada. Tú tienes la culpa de todo esto, tú quisiste venir a esta playa de mierda, tú te viraste el tobillo. No contestó, no parecía notar nada a su alrededor, le colgaban los labios. Traté de levantarla, de pronto era una masa fofa que se dejaba llevar y no hacía más que repetir nos van a meter presas. No podía tenerse en pie, metí la cabeza entre sus muslos y logré alzarla sobre mis hombros, me temblaron las rodillas, ahora trata al menos de sentarte en el muro. Estuvo a punto de resbalarse dos veces y caerme encima; la empujé por las nalgas hasta que logró sentarse. Entonces subí yo y crucé, ella se apoyó en mí tratando de no poner el pie derecho en el suelo. La agarré por los sobacos y empecé a arrastrarla hasta la carretera, tuve que detenerme un segundo a tomar aire y al levantar la vista mis ojos tropezaron con el muro; ella también lo vio y fue cómo un pinchazo, trató de levantarse. La agarré antes de que fuera a caerse, pero quiso ir saltando sobre un pie y apoyada en mi hombro. Nos volvíamos a cada momento, parecía que el muro seguía estando cerca, cómo nos persiguiera y tratábamos de escapar a toda costa.

    Logramos coger un taxi enseguida y nos dejó en el hospital. El chofer incluso me ayudó a llevar a Elina hasta el cuerpo de guardia. Tuvimos que esperar afuera un momento porque había otros casos urgentes, yo quería llamar a su familia pero ella me pidió que esperara, no vayas a contarles. Hubo un momento de silencio, las dos pensábamos lo mismo, ¿tú crees que lo maté de verdad? Me apretó la mano, no podías hacer otra cosa, a lo mejor no está muerto, ese tipo es fuerte, seguro se desmayó y ya. Pero ella tampoco lo creía, se quedó callada y me abrazó. Estábamos tan juntas que su boca casi me rozaba el cuello, por un segundo se pegó a mi piel. Tal vez ella tenía razón, aquel hombre era fuerte, a él no le convenía acusarme después de todo, yo podía decir que trató de violar a Elina, iba a ser su palabra contra la nuestra. Todo iba a salir bien, la abracé y sonreí, todo va a salir bien.

    No tuvo fractura. Le pusieron una venda elástica y le mandaron calmantes, reposo y fomentos. Yo tenía que regresar a mi casa y el viaje era largo, su familia ya estaba allí. Al despedirnos quedamos en que la llamaría al día siguiente. Fue lo primero que hice al llegar al trabajo. Respondió ella misma, pensaba que era Marcos aunque en realidad se habían despedido tres horas antes. El la había llamado por la noche y en cuanto ella le contó del accidente corrió a su casa para verla. Escuché toda la historia de reconciliación en silencio hasta la parte del sexo a escondidas de la madre, ya habían hecho el calentamiento previo por teléfono, ella lo esperó sin blumer y él sólo había tenido que bajarse el zipper del pantalón. Pude haberle dicho que sabía cómo iba a terminar todo aquello, es más podría haberle descrito la escena que tendría lugar dos meses después: nosotras dos en la playa, o tal vez en un parque, ella llorando sobre mi hombro, diciendo que los hombres eran una mierda. Nosotras dos, Elina, siempre nosotras dos. Pero no dije nada, le pregunté si le había contado lo de la playa. Su tono de voz cambió, en la playa no ocurrió nada de particular, recogimos caracoles y me torcí el tobillo, eso fue todo.

    No volví a llamarla en el resto de la semana, ni ella a mí en mucho tiempo. Un día nos encontramos en la calle, ella intentaba parar un taxi, pero todos pasaban llenos. Me llamó falsa, mala amiga, hace un siglo que no se de ti. Le pregunté por Marcos. Está bien, tocando en una orquesta de jazz. El nuevo novio se llama Alejandro y es pintor. Este sí sirve, me dijo, ha tenido una vida difícil y sabe valorar las cosas, quiere estabilidad, comprensión. Había dejado la mano extendida hacia la calle por si acaso mientras hablaba, ¿y tú qué, has conocido alguna muchacha? Algunas, pero no le dije que continuaba sola, seguí con la vista a una señora con un perro y si ella estaba mirándome fijo, en espera de un relato detallado, se quedó con las ganas. El chirrido de unas gomas nos hizo volvernos a las dos, tuvo que montarse rápido porque ya venía un par de mujeres corriendo hacia el taxi. No dejes de ir a verme, tengo un montón de cosas que contarte. Le dije un sí de compromiso y creo que ella se dio cuenta. Sentí alivio cuando el carro arrancó y respiré profundo; entonces volvió a invadirme su olor, sus manos en mi cabeza. Se me aguaron los ojos y no pude evitar preguntarme si seguiría recogiendo caracoles en la playa.