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  • El viejo, el asesino y yo

    Espero que no tenga usted nada que decir en contra de la maldad, mi querido ingeniero. En mi opinión, es el arma más resplandeciente de la razón contra las potencias de las tinieblas y de la fealdad.

    Thomas Mann, La montaña mágica

    Es la noche y el viejo balconea. El aire golpea suavemente su rostro, que alguna vez fue hermoso. Todavía lo es, aunque las huellas del tiempo en su piel no sean las que suele dejar una existencia feliz. Está solo. Tanto que al asomarse a la calle parece el hombre más solo del mundo.

    Me deslizo hasta él sin hacer ruido. Me deslizo como una serpiente. Se percata. Me mira con el rabillo del ojo, procurando tal vez que no me aproxime demasiado, que no penetre en su aura. Lo mejor que se puede hacer con una serpiente es mantenerla a distancia, lo comprendo.

    Aunque quizás no le importe. Suele afirmar que a su edad casi nada importa, conocer o desconocer, tomar champán o visitar a los amigos, nada. Le da muchas vueltas a eso de la edad, por momentos parece obsesionado, se burla de sí mismo. Que La Habana no es la de antes, los carros, los bares, los olores, la forma de vestir —el amor en La Habana tampoco es el de antes—, que ya no quiere hacer otra cosa demasiado distinta a mecerse en un sillón. Que los verdaderos amigos están muertos. Nadie como él para instalarse en el pasado: justo donde no puedo alcanzarlo, donde él puede reinar y yo no existo. Cierro los ojos y extiendo las manos en busca del pasado, no puedo. Tu generación, mi generación, dice. Creo que se burla de sí mismo a manera de ejercicio retórico, o quizás para evitar que alguien se le adelante. Un ceremonial apotropaico, un conjuro. Dice lo que imagina que otros podrían decir acerca de él, exagera y no queda más remedio que citarlo.

    Me acerco más. El balcón es chico, la manga de su camisa me roza el hombro desnudo. Es más alto que yo, es un hombre alto que, aun sin llevarlo, parece haber nacido con un traje. Siempre me han gustado los hombres de traje: estadistas, financieros, escritores famosos. Patriarcas, proceres, fundadores de algo. Cuando se reúnen varios de ellos me parece asistir a un lugar de decisiones importantes, a una especie de asamblea constituyente.

    El aire mueve diminutos fragmentos entre él y yo. Su espacio huele a lavanda, a lejanía, a país extranjero donde cada año cae nieve y los árboles se deshojan; huele a oscuridad cerrada y de elevado puntal, a mil novecientos cincuenta y tantos. Mediados de un siglo que no es el mío. Porque su época, según él, es la anterior a la caída del muro de Berlín; la mía es la siguiente. Todo cuanto escriba yo antes del XXI será una obra de juventud. Después, ya se verá. Creo que es una manera elegante de decir que estamos separados por un muro.

    —¿En tu casa hay balcón?
    No, pero sí una terraza con muchísimos cactos, cada uno en su maceta de barro o porcelana con dibujitos. Para el caso es lo mismo. No adoro los cactos, pero se dan fáciles. Proliferan entre el abandono y la tierra seca, arenosa, en mi versión reducida del desierto de Oklahoma. Algunos tienen flores, otros parecen cubiertos por una fina pelusa, pero hincan igual. Son las plantas más persistentes que conozco: aprendo de ellos.

    —No, pero sí una terraza —si me pongo a hablarle de mis cactos, capaz que se vaya y me deje con la palabra en la boca.

    Nunca lo ha hecho, Dios lo libre. Pero sé que puede hacerlo. Mejor dicho, que le gustaría poder hacerlo. No es grosero (fue educado en un colegio religioso y todavía se le nota, además, es cobarde), pero admira la grosería, la brutalidad deliberada como una forma de independencia de no sé cuántas ataduras, convenciones o algo así. Y no me imagino a mí misma sujetándolo por la manga de la camisa. Al menos por el momento.

    Así son las cosas. Temo aburrirlo. De hecho, tengo la impresión de que lo aburro. ¿Qué podría contarle yo, que apenas he salido del cascarón? «Una joven promesa de la literatura cubana», es ridículo. ¡Él ha visto tanto! ¡Me lleva tantos años! ¡Lo repite tan a menudo! Un caballero medieval bien enfundado en su armadura, en su antigüedad. Temo al malentendido. Temo que escape justo en el momento de haber alcanzado su definición mejor… temo. Cada vez que lo veo me lleno de temores (y temblores) y aun así no puedo dejar de acercarme a él. No me lo explico. Es absurdo, soy absurda. Revoloteo alrededor del viejo como una mariposilla veleidosa.

    Como de costumbre, hay mucha gente en la casa. Ruedan de un lado a otro, comentan, murmuran, toman ron. Parece una escena bajo el mar, dentro de una pecera, en cámara lenta. Moluscos.

    Otras tardes y otras noches resultan más animadas que ésta: discuten de literatura, hablan de la gente que no está en la casa, se interrumpen unos a otros, se apasionan. El viejo ironiza, grita, se queda ronco, le dan palpitaciones y luego es el insomnio, el techo blanco. Se promete a sí mismo no volver a acalorarse y reincide. (Uno no escribe con teorías —me ha dicho hoy y no estoy de acuerdo, pienso que nada es desechable, que uno escribe con cualquier cosa, pero en fin—.) No he estado presente en esos barullos que horripilan a los editores extranjeros. (No se pelean, es su forma de conversar, son cubanos —le ha dicho un mexicano a otro—.) Alguien me los describe. Siempre hay alguien para contarme punto por punto lo que ocurre. Menos mal, pienso.

    Porque delante de mí sólo dicen banalidades, sin alzar la voz apenas, como articulando muy a propósito unos diálogos más insípidos que los del Nouveau Roman o el cine de Antonioni. La asepsia verbal, la sentencia descolorida, la incomunicación. El gran aburrimiento. El viejo se pone elegiaco y cuenta de sus viajes lo mismo que podría contar un turista cualquiera. Le ha dado la vuelta al mundo más de una vez para cerciorarse, al parecer, de que todo lo que hay por ahí es muy tedioso. Habla de los epitafios que ha visto y planea el suyo. Confunde los detalles adrede. (Eso de que Esquilo participó en la batalla de Queronea no se lo cree ni él.) Cualquier originalidad, incluso la que resulte de una vasta erudición, podría resultar comprometedora a largo plazo y quizás antes. No se oyen nombres propios, ni siquiera los nombres de los muertos, (sólo Esquilo, Byron, Lawrence de Arabia y gente así), ninguno suelta prenda. Se repliegan. Cierran filas. Actúan como conspiradores. En ocasiones, por provocar, hablo mal de alguien, de algún conocido en el mundo de los vivos, y entonces todos se apresuran a defenderlo. «Es una impresión errónea», me dicen. O se callan todavía más. No hay manera. Como en un retrato de grupo, todos quieren quedar bien.

    Sucede que tengo mala reputación. Yo, la peor de todas, en principio asumo el comportamiento de un analista o un padre confesor. Me aprovecho de las crisis existenciales, de las depresiones, de los arrebatos de cólera. De todo lo que generalmente las personas no pueden controlar, al menos en nuestro clima tan fogoso. Ofrezco confianza, complicidad, discreción, nunca advierto a mi interlocutor que cualquier palabra que pronuncie puede ser utilizada en su contra; regalo alguna de mis propias intimidades, la cual se trivializa en mi boca y al instante deja de serlo. De ese modo, dicho sea de paso, he llegado a tener muy pocas intimidades (lo que no quiero que se sepa no se lo digo a nadie y hasta procuro olvidarlo), mi techo no es de vidrio.

    Insisto: A ver, cuéntame de tu infancia, ¿tu padre era tiránico, opresivo? ¿Te pegaba? ¿Era cruel, verdad? ¿Cómo lo hacía? Vamos, cuéntame todos tus pecados, ¿a quién quisieras matar? ¿A quién matas cada noche antes de dormir? ¿Y en sueños? ¿Cómo lo haces? Y las personas hablan, claro que sí. Les encanta hablar de sí mismas. Se desahogan, descargan, delegan sus culpas en mí. Entonces los absuelvo, les digo que no son malos, los reconcilio consigo mismos, los ayudo a recuperar la paz.

    Como es de suponer, en realidad no adelantan nada. Qué van a adelantar. Simplemente se vuelven adictos a mí, a mi inefable tolerancia. Conmigo, qué suerte, se puede hablar de cualquier cosa. Sé escuchar. No interrumpo, no condeno. La atención es una droga. Olvidan que en verdad no soy analista ni padre confesor. Peligrosa amnesia que procuro cultivar. Ellos se proyectan en mí, discurren cada vez con mayor soltura hasta que sale a relucir algún material significativo. Mientras más profundo es el sitio de donde proviene, más notable, más escalofriante es la revelación.

    He ahí el momento: con ese material significativo —y algunos otros elementos tan secretos como el contenido preciso de una nganga— escribo mis libros. Cuentos, relatos, novelas, siempre ficción. (Tal vez me gustaría escribir teatro, pero no sé por qué desconfío de los autores que incursionan a la vez en géneros distintos y hasta opuestos. Me he habituado a narrar.) Trabajo mucho, reviso y reviso cada frase, cada palabra. Reinvento, juego, asumo otras voces, muevo las sombras de un lado a otro como en un teatro de siluetas donde veinte manos delante de una vela pueden figurar un gallo, desdibujo algunos contornos, cambio nombres y fechas, pero, desde luego, los modelos siempre reconocen, en mis personajes y sus peripecias, sus propias imágenes. Que son sagradas, claro está. Qué falta de respeto.

    Su ingenuidad resulta curiosa. No se percatan de que, al darse por enterados y poner el grito en el cielo, aportan a mis libros la imprescindible credibilidad que algunos lectores exigen y, de paso, me hacen tremenda propaganda —no hay nada como los trapos sucios para llamar la atención—. Gratis. Tampoco entienden que dentro de cien años nadie que me lea, si aún me leen (ojalá), los va a reconocer. Y si los reconocen, será porque de un modo u otro han accedido por lo menos a un trocito de gloria. No digo que debieran estar agradecidos; no digo que los rostros de los Médicis son aquellos que les inventó Miguel Ángel y no otros, porque la verdad es que suena demasiado soberbio, justo el tipo de cosa que se me ocurre no debo decirle a nadie.

    Los lectores ajenos a los círculos literarios —son ésos los que más me gustan— se asombran de mi desbordante y pervertida imaginación: ¿Cómo es posible crear tantos y tales monstruos? ¿De dónde salen? Si supieran… Creo que algunos ya andan investigando por ahí.

    Los escandalitos van y vienen; me acusan a la vez de oficialista y de disidente de un montón de causas; como tienden a hacer de todo una cuestión política, según las filias y las fobias de cada uno, me ponen lo mismo en la extrema izquierda que en la extrema derecha. Lo que sea, ¿acaso el dominico Fra Angélico no pintó a los franciscanos en el infierno? Bien pudo ser al revés. Me atribuyen unas ideas sobre el ser humano y eso, que ni siquiera comprendo muy bien, pues no acostumbro a pensar en términos de semejante envergadura —más que la especie, me interesan los individuos y, sobre todo, los individuos que me rodean. Me acusan de falta de creatividad, de resentida y envidiosa, intentan bloquear mis relaciones de negocios —de vez en cuando lo logran, un simple comentario delante de eso que llamo «el lector poderoso» puede resultar demoledor—, recibo amenazas por teléfono, a mi oficina en la editorial llegan constantemente anónimos plagados de injurias firmados por «La Espátula» y «La Mano Que Coge», me echan brujerías de todo tipo, en fin lo de siempre.

    A pesar de que en las «entrevistas» nunca uso grabadora (mi memoria para estos asuntos es excelente, puedo recordar durante años un dato al parecer insignificante), ninguno de mis modelos ha intentado hasta el momento desmentirme por escrito. No importaría si lo hicieran: mis versiones son más dignas de crédito en virtud del aforismo maquiavélico que dice «piensa mal y acertarás». Lo esencial es que nadie se atreve a demandarme, porque las zonas más truculentas de esas historias, las zonas más envenenadas y denigrantes, no las escribo, no les doy curso. Me las reservo como garantía, como la última bala en el tambor. Eso se llama chantaje y es eficaz. Sé que un día me van a asesinar y a veces me pregunto quién, cuál el último rostro que me será dado ver.

    Pero esta noche es especial. No persigo los crímenes recónditos ni los alucinantes fraudes o las traiciones o los pequeños actos mezquinos que pueblan la historia universal de la infamia. No provoco. Descanso. La inquietante proximidad del viejo de alguna manera me hace feliz. Siento la mirada fija de su amante clavada en mi espalda y eso me complace más. Me impide soñar que las cosas son diferentes. Ese muchacho no podrá concentrarse hoy en el vaso de ron ni en la conversación deshilachada que sostienen los demás ahí dentro. No podrá.

    —Después de la segunda botella te pones insoportable —ha sentenciado el viejo.

    Desde el balcón se divisa una callejuela tranquila. Estrecha, sucia hasta en la oscuridad, con el pavimento roto y charcos y fanguizales por todas partes. Como si se hubiese decretado un toque de queda, hoy ni los vecinos quieren alborotar. Del fondo de la casa llegan los boleros de siempre y un ligero ruido ambiental de cristales que chocan, fósforos que se encienden y crepitan, susurros similares al del océano que habita en los caracoles, risitas fúnebres. El gato se frota contra el viejo, se enreda a sus pies en un ovillo peludo. El viejo baja la vista, advierte que es sólo un gato y lo deja hacer.

    El fresco nocturno me rescata un poco de los furores de nuestro septiembre ardiente, mientras el ron, incitante y áspero, me acaricia por dentro. Pienso en Amelia. Los viernes, de cinco a siete, en la habitación de los altos de su taller. Divina. Ella no habla casi porque hablar —afirma— le provoca dolor de cabeza y porque de todos modos —sonríe lánguida— no tiene mucho que decir. Al menos no con palabras. Pienso que la amo.

    Por allá dentro flota una voz apagada, casi anónima entre las otras voces: Recuerdas tú, aquella tarde gris / en el balcón aquel, donde te conocí… Puede ser el bolero que ya pasó o el que está por venir. El mismo que oigo, a retazos, durante toda la noche.

    El muchacho, lo presiento, trata de llamar la atención como si tuviera que recobrar algo, como si hubiese algo por recobrar. Sube el volumen. Está loco, febrilmente loco por el viejo y eso se entiende. Aunque podría hacerlo, no se acerca a nosotros.

    —Él dice que tú le coqueteas —me ha advertido con el entrecejo fruncido como si dudara entre la risa y el enojo—. Ten cuidado.

    —¿Y qué piensa? —he preguntado supongo que ansiosa—. ¿Le gusta? ¿Le gusto?

    —No sé —de pronto ha gritado—. ¡No sé!

    —¿Qué crees tú? —he insistido casi con ternura—. Tú lo conoces mucho mejor que yo. Bueno, en realidad yo no lo conozco nada. ¿Qué crees tú?

    —Yo no creo nada —su voz ha sonado tensa, cargada de lúgubres premoniciones—. Tú te volviste loca. Loca de remate. Vas a sufrir…

    —¿Igual que tú?

    Ha vuelto a mirarme fijo y sus ojos grises parecen dos punzones de acero. Susurra:—Yo te mato, ¿entiendes? Yo te mato.

    He acariciado su mejilla hirsuta resbalando desde la sien hasta el mentón (tiene un hoyito, como Kirk Douglas) y allí mis dedos se han detenido en una imitación casi natural de las figuras de cierta cerámica griega muy antigua. En la vasija original, tan auténtica como la página de un libro, aparecían dos muchachas. Fondo rojizo, siluetas negras. Una acariciaba la mejilla de la otra de esa misma manera y el pie de grabado aseguraba que se trataba de un gesto típicamente homosexual. Mira mira…

    He tocado su frente y no ha hecho nada por impedirlo. Ni siquiera se ha movido. Arde en fiebre.

    —Eres una puta.

    Es interesante que me considere un rival, pienso, aunque sólo sea por instantes y después se diga que no, que no hay peligro. El mundo pertenece a los hombres y todavía más a ciertos hombres, ya lo dijo Platón. ¿Una mujer? Bah.

    Penso en Amelia mientras observo el rostro del viejo, quien todo este tiempo ha estado divagando despacioso y algo frívolo sobre la importancia de los balcones y las terrazas en la vida de la gente. Recuerdas tú, la luna se asomó / para mirar feliz nuestra escena de amor… Ambas imágenes se yuxtaponen, el viejo y Amelia. Se cruzan. Parecen fundidas sin sutura, como las mitades de Bibi Andersson y Liv Ullman en el famoso primer plano de Persona. Quizás el deseo pone en entredicho las identidades, porque el viejo y Amelia se integran en una sola cara y no es el ron ni el aire de la noche.

    Como aquella vez que lo vi desde mi oficina. Él estaba de pie en el pasillo, diciéndole malevolencias a alguien, como siempre, tirando piedras. (Afirma que eso de atacar al prójimo no luce bien a su edad; supongo, pues, que no puede resistir la tentación de ejercitar el ingenio a costa de los demás: no debe ser fácil renunciar a un hábito tan añejo. Muchos le temen y eso lo divierte.) En aquel tiempo él aún no tenía noticias de mí. Nada, una muchacha ahí, una muchacha cualquiera. Pero yo, desde mucho antes, llevaba siempre en mi cartera una foto suya recortada de una revista. Una foto de archivo, treinta años atrás, un joven bellísimo frente a una máquina de escribir. Amelia lo encuentra vulgar, de lo más corriente, pero ella no sabe nada de hombres.

    Ese día lo detallé desde la sombra, sin moverme de mi asiento, para descubrir al fin la rara discrepancia entre sus rasgos y sus pretensiones. Nariz corta, respingadita, graciosa. Labios llenos, sensuales, voluntariosos. Ojos soñadores, pestañas largas, abundante pelo blanco. ¿Es ésa la cara de un viejo cínico que no cree —ni descree— en nada ni en nadie? En el siglo XIX se creía que el rostro era el espejo del alma…

    El viejo se aparta del balcón, donde ha permanecido quizás el tiempo necesario —y suficiente— para convencer no sé a quién de la soberana indiferencia que le inspiro. Como si yo fuera el mismísimo fresco de la noche, algo que pasa. A mí, por ejemplo, ni siquiera hay que decirme que después de la segunda botella me pongo insoportable: da lo mismo y, además, lo cierto es que no necesito alcohol para ponerme insoportable en cualquier momento: es mi oficio. El muchacho, en cambio, cuando no bebe es bastante simpático.

    La espectacular indiferencia del viejo me convence a ratos (y lo que es peor, me pone triste), sobre todo cuando olvido que no mirar es mirar, que la persona que te ignora puede hacerlo porque sabe justamente dónde estás a cada instante. Supongo que sea así, pues en realidad no guardo memoria de haber ignorado jamás a nadie. ¿Cómo pretender que no existe lo que a todas luces sí existe? ¿Solipsismo? ¿Pensamiento mágico? No sé, pero tampoco ahora puedo dejar de seguir al viejo hasta el sillón donde se deja caer.

    La mirada del muchacho —¿sorpresa?, ¿interés?, ¿miedo?— tampoco puede dejar de seguirme a mí. Todo lo contrario de la indiferencia, su intensidad es tal que en ella se pierden los matices. Me envuelve, me quema, me atraviesa. Es una mirada que conozco al menos en su incertidumbre: he buscado en ella a mi asesino y no lo he encontrado. Qué bueno. Pero de todas maneras podría ser él, pues los asesinos, ya se sabe, no tienen necesariamente que tener miradas de asesinos. Muchos ni siquiera saben que lo serán, que ya lo son. Al igual que la víctima, se enteran a última hora. Cuando las emociones se precipitan y se escurren entre los dedos.

    El viejo se mece en el sillón de lo más contento. La casa es del muchacho, pero los sillones los ha comprado el viejo (he ahí la clase de detalles, domésticos si se quiere, que siempre alguien me cuenta) porque viene de visita casi todas las tardes y le encanta mecerse. ¿Qué otra cosa se puede hacer a mi edad? —es lo que dice. Y sonríe igual que Amelia cuando se describe a sí misma como una tímida cosita que pinta tímidas naturalezas, vivas y muertas.

    Me siento en una butaca frente a él. No dejo de observarlo. Por variar, mi insistencia no lo sobresalta. No me mira como se mira a las personas empalagosas y demostrativas. Incluso me asombra no advertir en él la más mínima inquietud. Sonríe otra vez. No sé, en lo absurdo también debería quedar un rincón para la coherencia… Ambos hemos leído recientemente esas páginas chismosas de A Common Life (Simon & Schuster, 1994) donde David Laskin se extiende y se regodea en el amor desolado que durante largo tiempo profesó Carson McCullers, la maliciosa chiquita del cazador solitario, el ojo dorado y el café triste, a Katherine Anne Porter. Una pasión a primera vista que de manera perversa fue derivando hacia un asedio compulsivo, abierto, irresistible, maniático. Tal vez Carson también aprendía de los cactos. Sus torturadas demandas inexorablemente fueron retribuidas con patadas y más patadas, desprecios y desplantes de todo tipo, con un odio que se me antoja inexplicable. Tan inexplicable y profundo como el amor (la diferencia) que lo había suscitado.

    —Nada de inexplicable —me dijo el viejo—. McCullers la perseguía, la molestaba y nadie tiene por qué aguantar eso.

    Sí, claro, sobre todo si estás en los calores de la menopausia y los hombres no te quieren y las deudas te llegan al cuello y tus libros no tienen el éxito de los de tu perseguidora. Si, encima, te asustan las lesbianas, tú sabrás por qué.

    Yo pensaba sentada en el suelo (él, por supuesto, en el sillón) y anoté que al viejo le disgustaba la vehemencia, el homenaje abrumador, la exuberancia intempestiva y desbordada de quien se lanza en pos de sus fantasías sin contar para nada con el protagonista de éstas. Un escritor no quiere ser descrito tan sólo como el objeto del deseo (admiración, ambición) de otro escritor. Un deseo furioso puede llegar a ser anulador (Katherine Anne: la deplorable mujercita que rechazó a Carson), un escritor aspira a existir por sí mismo. Qué cosa.

    Desde el suelo me preguntaba si el fuerte atractivo que el viejo ejercía sobre mí podría arrastrarme alguna vez a los extremos de Carson. Aparecérmele en todas partes con cara de sufrimiento de perro apaleado. Llamarlo todos los días por teléfono —lo he llamado tres o cuatro veces y nunca reconozco su voz en el primer momento, la plenitud de su voz, el registro grave, me recuerda más bien al joven de la foto en mi cartera, siempre me dice «gracias por llamarme»—, llamarlo no para preguntar por un conocido, por una fecha, no para hablar del tiempo, las yagrumas o nuestras inclinaciones aristocratizantes: a ambos nos gustaría poseer un título de nobleza, somos así. No, llamarlo para decirle que no hago más que pensar en él. Que me voy a suicidar y suya será la culpa. Acercar el auricular al tocadiscos: Yo te miré y en un beso febril / que nos dimos tú y yo sellamos nuestro amor… Obligarlo a cambiar su número, pesquisar el nuevo número. Volver a llamarlo. Mandarle cartas. Insistir, insistir hasta el vértigo. Perseguirlo hasta su casa, gemir, dar golpes enloquecidos en la puerta como en una habitación de la torre de Yaddo: «¡¡¡Katherine Anne, te quiero!!! ¡¡¡Déjame entrar!!!». Permanecer tirada en el quicio toda la noche hasta que él salga y pase por encima de mi cuerpo… No me importaría hacerlo, pensaba. ¿Y a él? ¿Le importaría a él que yo lo hiciera? Quién sabe.

    Todavía no he llegado a ese punto.

    Por lo pronto me dejo llevar, no hago el menor esfuerzo por ahogar el impulso de seguirlo, mirarlo, permanecer junto a él: encantador de serpientes. Sublime encantador que mueve las manos mientras habla —de su árbol preferido: la yagruma, se cubre de metáforas— como si dirigiera una orquesta sinfónica. El mismo gesto demorado que le he visto hacer en la televisión, donde lo creí un truco de cámara. (Conozco a la directora del programa, he estado pensando en ir a pedirle, de un modo muy confidencial, que me permita sacar una copia del vídeo. Lo peor que puede suceder es que diga no.)

    Mi atención no le molesta. Ahora lo sé. Más bien creo saberlo. ¿Cómo le va a molestar a un encantador la atención de una serpiente?

    Soy discreta, no hago locuras. Soy discreta de una manera pública: todos a nuestro alrededor ya van advirtiendo lo que ocurre. No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que el viejo, a menudo rispido, agresivo, negador —cuando se empeña en demoler a alguien, ya lo dije, lo que sale por su boca es vitriolo—, se comporta esta noche como un gentleman. Exquisito, elegante, sereno. Cuando abre y cierra el abanico, su enorme abanico oscuro, una dama de sangre azul, la marquesa de las amistades peligrosas. Y ese personaje, el de los chistes blancos y la sonrisa fácil, el que acomoda mi silla y me cede el paso, el que ha servido los postres con envidiable soltura (en la mesa siempre nos sentamos frente a frente y casi no puedo comer), le va de maravilla. Algo tan evidente no debe ser importante, este viejo es un hipócrita de siete suelas, un jesuita que sabe más que el diablo y se protege de los zarpazos de la bandidita, es lo que leo en las demás caras y me complace.

    «No hago locuras», quiere decir que no convierto mi ansiedad en secreto. No podría hacerlo aunque quisiera, pero basta con exhibirla para dar la impresión de ser una persona muy segura de mí misma, una persona sobre quien resbalan las opiniones, los comentarios ajenos. De cierta forma es verdad: mi imagen pública difícilmente podría ser peor de lo que ya es. Hoy sólo me preocupa el reconocimiento, la aprobación del viejo.

    El calor es suficiente para desabrochar un primer botón, sacarme el pelo de la cara, cruzar las piernas y la falda sube. Estoy sentada frente al viejo y vuelvo a pensar en Amelia, quien se marcha muy pronto a París con una beca por dos años de la École de Beaux-Arts. Naturalezas vivas, espléndidas, regias naturalezas. La falda es roja, breve sin incomodar. (En momentos así es cuando pienso que yo nunca sabría llevar un título nobiliario como un personaje de Proust le recomienda a otro: igual que lady Hamilton, tengo alma de cabaretera.) La blusa es gris como esos ojos que me vigilan entre fascinados y sombríos. Fascinados no conmigo, sino con el conjunto. El viejo y yo.

    Cómo me gusta decirlo: el viejo y yo.

    —¿Tú quieres algo con él y conmigo? —me ha preguntado el muchacho, conciliador.

    —No —le he respondido suavemente—. Sólo con él.

    —¡Eso no va a ocurrir nunca! —me ha dicho irritado—. Y si quieres te digo por qué.

    —¿Tienes muchas ganas de decirme por qué?

    —Yo… este… yo… No, mejor no.

    El viejo y yo conversamos. Es decir, parece que conversamos. Le pregunto algo sobre uno de sus libros. La biografía de un amigo muerto, uno de los verdaderos, un lindo libro donde el viejo se ha mostrado particularmente eficiente a la hora de escamotear detalles. ¿Buen tono? ¿Temor? ¿Censura? Me gustaría interrogarlo en el estilo de un paparazzi o un fiscal, en el estilo de Sócrates, enredarlo con su propia cuerda, hacerlo caer en contradicciones. Me gustaría verlo evadirse, sortear todos los obstáculos y pasar a la ofensiva. Me gustaría contradecirme yo y tocar su pelo blanco, apoyar un pie descalzo en su rodilla, todo a la vez, y sé que no es el momento. Nunca será el momento, ¿no es eso lo que me han dicho? En medio de una charla de salón me seduce la imposibilidad.

    —Nadie es como era él —afirma el viejo con una tristeza que no le conocía—. Nadie.

    Y no es la amistad entre escritores ni la cita de Montaigne. Es el pasado. Su reino. La madre del muchacho nos trae café en unas tacitas de porcelana azul con sus respectivos platicos también azules. Todo de lo más tierno, como jugando a ser una familia. Me sonríe. Le sonrío. El viejo coge la tacita en un gesto maquinal, ensimismado. Quizás piensa todavía en el muerto, un muerto que le sirve para descalificar al resto de la humanidad conocida y por conocer. Empezando por mí, desde luego, que no soy como era él. Para nada. Es lógico, pero me incomoda.

    Penso en la madre del muchacho, Normita. Una excelente cocinera que tiende a apurarnos cuando el muchacho y yo nos demoramos ochenta años en pelar las papas o escoger el arroz, una excelente señora en sentido general. Es viuda y vive en un pueblo del interior, sola en una casa muy amplia. Ahora está de visita por un par de semanas o algo así —para el muchacho su presencia constituye un alivio, imagino por qué la llama Normita en lugar de mamá—, pero se irá pronto, pues no soporta vivir lejos de su casa y su tranquilidad en este manicomio que es La Habana.

    Hemos descubierto (o construido) entre nosotras una afinidad peculiar. Me cuenta deliciosas anécdotas sobre la infancia de su hijo para horror de él. Se ríe. «Ponme en una de tus novelas», me dice y vuelve a reírse. «Así no vale, Normita», le digo. Es Escorpión, igual que yo, y dice que la gente tiene muchos prejuicios con los escorpiones, que en el fondo somos buenas personas. Si de verdad ella piensa que soy una buena persona, cosa que me resisto a creer, no sé qué prejuicio en esta vida puede quedarle a Normita. Pero siempre es reconfortante tener a alguien que le diga eso a uno. ¡Si lo sabré yo!

    Me ha invitado a irme con ella cuando regrese a su casa. O después si lo prefiero. Necesito respirar aire puro, ya que, en su opinión, estoy medio chiflada. Probablemente aceptaré. Quizás me resulte lacerante pasar por la calle de Amelia los viernes de cinco a siete y ver el taller cerrado a cal y canto. No estoy segura, pero es muy posible. Habrá que esperar a ver. Porque han sido años, casi desde que éramos adolescentes, Amelia conoce mi cuerpo como nadie… y de pronto ¡zas! Sí, yo también me iré. Dentro de poco hago así y cobro los derechos del último libro, pido vacaciones en la editorial (los anónimos que váyan llegando me los pueden guardar, a veces son utilizables), le doy todo el dinero a Normita y me instalo por tiempo indefinido en un pueblo del interior. Mis cactos y mis modelos pueden sobrevivir sin mí. No creo que me necesiten demasiado ni yo a ellos. ¿Podría escribir un libro enteramente de ficción? ¿Acaso puede existir semejante libro? No lo sé. Tal vez sería la mejor solución para todos, no lo sé.

    El viejo y yo hemos estado hablando del placer que produce acostarse boca arriba en la cama en el silencio en una tarde apacible y divagar. Deshacer los lazos que nos atan al mundo, dejarnos fluir en la soledad que de algún modo ya hemos aceptado. El muchacho se acerca a nosotros con el sempiterno vaso de ron en la mano. El viejo desaprueba con los ojos. El muchacho lo enfrenta retador. Pienso que el muchacho podría hacer algo desesperado en cualquier momento. Algo tan desesperado como el silencio que se empeña en mantener o la ferocidad de sus réplicas aisladas y no muy pertinentes… Divagar. Las imágenes se suceden unas a otras, se interponen, se entrelazan.

    Imágenes visuales, auditivas, aromáticas. Procedentes lo mismo de los libros, el cine o la música, que de ese eidos con límites borrosos (esfumados como el background de Monna Lisa) que por convención suele llamarse «la vida real». Una vida, a veces no tan cierta, que no sólo incluye los viajes, el momento indescriptible en que se descubre desde el avión cómo se alza vertiginosa Manhattan entre un mar de neblina, o el ronroneo sobrecogedor del primer vuelo sobre el Atlántico o las blancas cimas de los Andes. Una vida que también abarca, como miss Liberty o el Cristo de Río, la cotidianidad en apariencia más intranscendente, con sus afectos y desprecios, con sus pasiones anónimas de pronto tan, pero tan inmersas en lo ficticio, en la fábula. Porque mi mundo interior es impuro e inmediato, casi palpable, quienes me odian dicen que no lo tengo, pienso.

    Pero no menciono eso último por no perturbar al viejo, quien comprende y acepta y hasta participa de mi misma noción de divagar. Después de todo, quienes me odian son sus amigos. Con ellos comparte complicidades, credos estéticos, historias vividas; con ellos tiene compromisos. Esos mismos que le impidieron hacer la presentación de mi primera novela, donde me río un poquito de ellos (más de lo que

    sus egos hipersensibles pueden soportar, qué horrendo delito, ja), les saco la lengua y les guiño el ojo. Sé que ellos no significan para el viejo ni remotamente lo que significó el muerto. Porque nadie es como era él, nadie. ¿No es así como decía? Sé que el viejo está solo, que no lo olvida y siente miedo. Que los compromisos son los compromisos. Por esa razón, y no por aquella otra que con aire freudiano insinuaba el muchacho, entre el viejo y yo no puede suceder nada. He llegado demasiado tarde. Hay un muro.

    No quiero introducir asuntos espinosos ahora que nuestra divagación sobre la divagación, más allá de rencillas y despropósitos, fluye tan armoniosa.

    —Ustedes, ya que son tan cínicos, tan lengüinos, deberían discutir… ¿Por qué no se enfrentan, eh? —sugiere el muchacho y el viejo se hace el sordo.

    —Estamos discutiendo, lo que pasa es que tú no te das cuenta —comento y el viejo sonríe.

    ¡Ay viejo! Querría decirte que a mí también me gusta tu muerto (quizás menos que a ti, prefiero el teatro de O’Neill, su largo viaje del día hacia la noche es único, es genial, es incomparable desde cualquier punto de vista y tu muerto debió saberlo, no debió rechazar aquel desmesurado elogio desde la soberbia, lo siento, viejo, cada cual se inclina sólo ante sus propios altares), querría decirte que me gusta sobre todo la relación que hubo, que hay, entre ustedes, un viejo y un muerto, que me fascina tal y como la describes en tu libro, que los envidio a los dos porque yo nunca tuve amigos así…

    Voy a hablar y el muchacho me interrumpe en el primer aliento para decir que la divagación no es lo que creemos nosotros, sino un concepto muy diferente, relacionado con el sexo o algo por el estilo. No lo entiendo bien. Habla como si no pudiera evitarlo, como si las palabras salieran por su boca en un chorro a presión. Es un hombre desmesurado, violento, pienso no sé por qué. El viejo hace un gesto de impaciencia:

    —Sigue tú con tus divagaciones y déjanos a nosotros con las nuestras —dice en voz baja. ¿Las nuestras? ¿Las nuestras ha dicho? ¿Existe entonces algo que el viejo y yo podemos designar como «nuestro», aunque no sea más que la imposible suma de dos soledades? Tal vez lo ha dicho para mortificar a su amante. Alguien tan entrometido probablemente se merece que lo aparten de vez en cuando, al menos un par de milímetros. Ellos, pienso, deben estar acostumbrados el uno al otro (como Amelia y yo) con sus necesarios, vitales, imprescindibles conflictos; eso se les ve. El viejo me utiliza. Pero no me importa: que haga lo que quiera, lo que pueda.

    Porque me han contado que en una tarde bien tranquila, de esas que invitan a la siesta y a la divagación, el viejo se apareció en esta misma casa, todo agitado, con un ejemplar de mi primera novela en la mano. Se la tendió al muchacho y le dijo busca la página tal y lee, lee en voz alta. Y el muchacho le dijo ¿no quieres té?, ¿por qué no te sientas? Y el viejo le dijo lee, vamos, lee, como quien dice pellízcame a ver si no estoy soñando. Y el muchacho leyó. Unas diez páginas, en voz alta.

    Me han contado que el viejo, iracundo y alegre, caminaba de un lado a otro, se alteraba, se reía, se ahogaba, volvía a reírse, a carcajadas, se tocaba el pecho, pedía agua. Un desorden de emociones, el nacimiento de una nueva ambivalencia. ¿Tú has visto qué mujer más mala? No, no es buena. Lo peor es que todo esto (el muchacho señalaba el libro abierto como un pájaro con las alas desplegadas, como el diablo de Akutagawa) es verdad. Malintencionado sí, pero falso no es. ¡Un poco más y pone hasta los nombres de la gente con segundo apellido y todo! No, lo peor no es eso (el viejo hablaba despacio, saboreando las palabras). ¿Qué es lo peor? Lo peor es que ese librejo infame está bien escrito. Mira tú qué clase de oxímoron. Lo peor es que me gusta y que esta mujer perversa hasta me cae simpática… (Me seduce imaginar al viejo, con su voz tan envolvente, susurrándome al oído muchas veces la frase «mujer perversa, mujer perversa, mujer perversa». Yo me erizo.) Sí, a mí también, pero te juro que no quisiera verme en el lugar de esta gente. ¿Cómo se habrá enterado ella de cosas tan íntimas, eh?

    Ignoro si la escena transcurrió exactamente así. Lo anterior es un esbozo tentativo, más o menos tragicómico. Pero en esencia fue así y así la concibo tomando en cuenta los hechos posteriores: a partir de entonces mis relaciones con el viejo, que antes apenas existían, se convirtieron en una diplomática sucesión de espacios vacíos, en una fila versallesca de puertas cerradas o entreabiertas, con celosías y el año pasado en Marienbad.

    Ahora, cuando dice «nuestras» y me envuelve en ese plural excluyente, de alguna manera me acerca. No sé. No es fácil interpretar al viejo —mi próximo libro, el que escribiré en casa de Normita, podría llamarse El Viejo. An Introduction, como los manuales anglosajones, y se lo enseño cuando aún esté en planas y podamos negociar con los detalles, no vaya a ser que al pobrecito le dé un infarto ante tal muestra de amor—, sólo siento que me acerca. Mejor aún, que ya estoy cerca aunque él no lo diga. ¿Qué puede importarme si de paso me utiliza para fastidiar un poco al muchacho?

    Permanecemos los tres en silencio. Normita y los otros conversan, toman café y fuman como si no estuviera ocurriendo nada. Quizás no está ocurriendo nada y sólo existe una persona, yo, colocada ahí para discurrir, suponer, para inventar historias sobre la gente y cada día buscarse un enemigo más. Una enredadora profesional.

    Miro al viejo, él me mira. Le sonrío, me sonríe. Cualquiera diría que somos un par de idiotas. Como si hubiese escuchado mis pensamientos, él se levanta y, en el tono más natural que ha podido encontrar, dice que se va. En mi cara algo debe haber de súplica (esa expresión no la necesito para mi trabajo, pero también la he ensayado frente al espejo, por si acaso se presentaba alguna coyuntura imprevista y aquí está), pues me explica, como a un niño chiquito, que ya es muy tarde, que ha permanecido incluso más tiempo que de costumbre. Que él es una persona mayor (un viejo) y no debe trasnochar, a su edad los excesos son peligrosos.

    ¡A mí con ésas! Pienso que le gusta aparecer y desaparecer, darse poco, a pedacitos, escurrirse entre las bambalinas y el humo de la ambientación, detrás de su enorme abanico oscuro como la diva más seductora. No tiene apuro y yo, que soy joven, tampoco debería tenerlo. Pero la edad no constituye ninguna garantía acerca de quién va a morir primero. Lo inesperado acecha y nos hace mortales de repente, nunca lo olvido. Como la gente abanderada del sesenta y ocho, quiero el mundo y lo quiero ahora…

    No sé de qué forma lo miro, porque sus ojos brillan y vuelven a soñar a pesar del cansancio, de nuevo se transforma en el joven de la foto en mi cartera cuando se aproxima, y él (el joven, el viejo, él), que nunca me ha tocado ni con el pétalo de una flor, ni con la púa de un cacto —lo de la púa va y le gusta, quizás hasta sueña, mal bicho, con arañarme la cara—, él, que se inquieta y hace muecas de pájaro incómodo cuando penetro en su aura, se inclina y me besa en la boca. Bueno, más bien en la comisura, pero pudo ser un error de cálculo, un levísimo desencuentro. Me besa como alguien que se despide y quiere dejar un sello. O como alguien que flirtea sin comprometerse, que juega a alimentar una pasión no correspondida. O como alguien que simplemente se siente bien. Como Peter Pan y Wendy, el último de los cuentos de hadas.

    Es sabia la idea de perderse ahora, pienso.

    No sé si el muchacho ha notado el gesto, es igual. Ellos intercambian algunas palabras que no alcanzo a oír y que tampoco me importan. Me he quedado petrificada, hecha una estatua de sal por asomarme a un pasado que no me pertenece, y sólo atino a levantarme de la butaca cuando el viejo ya se ha ido. Corro, pues, al balcón para verlo salir. Demora un poco en bajar la escalera (que es muy empinada y con escalones de diverso tamaño, la locura) y cuando al fin descubro su cabeza blanca, justo debajo del balcón, ya no sé si llamarlo, si gritar su nombre, si dejar caer sobre él la tacita de porcelana azul que aún conservo en la mano. Tú volverás, me dice el corazón, / porque te espero yo, temblando de ansiedad…

    No hago nada. Quizás porque he vuelto a sentir una mirada gris, más agresiva que nunca, clavada en mi espalda. Pero no es necesario: al llegar a la esquina el viejo se vuelve bajo la luz amarillenta de un farol callejero con algo de spotlight. Es la estrella, no hay duda. Me saluda con la mano, de nuevo dirige una orquesta sinfónica. Rachmaninof empecinado, dramático. Rapsodia sobre un tema de Paganini. No distingo bien su rostro, se pierde entre la luz y la sombra, sigue siendo el joven de la foto. No sé si se despide o si me llama. Prefiero creer que me llama. Si es así, me esperará. Entro, pongo la tacita sobre la mesa, recojo mi cartera, un chao Normita —besos no, ahora nadie puede tocarme la cara—, chao gente, la puerta y salgo.

    El muchacho sale detrás de mí. Escucho sus pasos, su respiración anhelante. Me alcanza en el primer descanso de la escalera. Me agarra por el brazo.

    —Déjalo tranquilo —creo que dice, no lo entiendo bien.

    —Quítame las manos de encima —trato de soltarme, él es más fuerte que yo.

    —No —aprieta más—. Hoy tú te quedas a dormir aquí.

    —Te dije que me quitaras las manos de encima.

    Es raro, ninguno de los dos grita. Todo transcurre a media voz, en la penumbra de un bombillo incandescente sobre una escalera de pesadilla. Al parecer no es algo público, se trata de un asunto a resolver entre nosotros.

    —¿Pero qué te has creído, puta?

    Me sacude. Forcejeo. No consigo deshacerme de él. No sé por qué no grito. Alguien tendría que venir. Vivimos en un mundo civilizado, ¿no? No se puede retener a las personas contra su voluntad. ¿Y si gritara? Arriba están Normita y los demás. Los boleros. En la esquina me espera el viejo. Y me darás… Tengo que sacarme a este loco de arriba, como sea. Pero no grito. ¿Será verdad que vivimos en un mundo civilizado? El viejo está en la esquina… tu amor igual que ayer… Con la mano libre le doy una bofetada. Parpadea, por un segundo el estupor asoma a los ojos grises. Después aparece la cólera y hay un instante donde me arrepiento… y en el balcón aquel… ¿Por qué nos obligamos a esto? Me suelta para propinarme la bofetada más grande, si mal no recuerdo la única, que haya recibido en mi vida. Tanto es así que pierdo el equilibrio. Con la última frase mis dedos resbalan por el pasamanos. Mármol frío. No hay nada bajo mis pies. Él trata de sujetarme y hay un instante donde se arrepiente. Al menos eso parece, pues grita mi nombre y, en lugar de «puta», oigo un «Dios mío». Su voz resuena, se multiplica, se fragmenta, viene de muy lejos. Golpes, muchos, incontables astillan y quiebran. Por todas partes. En la espalda y algo se congela. En la cabeza y cómo es posible tanto dolor y de repente nada. Se acabó, final del juego. ¿Era tan fácil? A partir del segundo descanso no soy yo quien rueda por la escalera, es sólo mi cuerpo. Dejo de oír. Me siento flotar, algo se hace lento. Hay un abismo, un resplandor. Pienso en Amelia.

  • Diana cazadora and Colorado Springs

    Ni tú ni la luna, Diana, sino este infierno donde me hundo frente a un barman. Pedí otro trago y fui metiendo en el vaso la ciudad, las putas, los poetas, borrachos, locos, comunistas, disidentes, niños y viejos; los removí a conciencia, con rabia, y sorbí ese coctel visceral y patriótico que me condujo a lugar inconfesado con sospechoso cartelito de Toilette y que no era baño ni nada sino el meadero del sucio bar y mis pies comenzaron a nadar en orine y vomité a aquella caterva de gentes que me había bebido.

    Los vomité despacio, primero a ellos y luego a toda la patria. Y ahora me siento mejor, más rabioso y más solo.

    La ciudad y tú, Diana. La ciudad fundada por el Adelantado antes de que Dios fundara a Diana y de que yo la fundiera a mí y al Morro. Escena inicial: el Paraíso de las Mulatas, noche tórrida, D se acerca a A y a G y deja caer un par de C. Traducción: Diana se acercó a nosotros, miró con desprecio a Aida, mi costilla rencillosa, antes de descargar su furibundo poema de amor por mí: dos regias laticas de cerveza, quien las probó lo sabe.

    Quién hubiera podido imaginar que tú, Cazadora, aparecerías con tu protagónico fondillo mercenario y esa sentencia de «América para las americanas» que saltaba por tus ojos brillantes. Qué encontronazo entre las dos culturas. Porque Diana tal vez no sabía lo que es amor de mulata, de una cubana dispuesta a defender sus mejores conquistas bajo este cielo y esta tierra. O sí lo sospechaba y se propuso exterminar nuestro amor indígena con dos balazos de lata amarga y helada, mientras volvía a cargar su rifle, sus dos ojos, para mirarme luciferina, vil, y yo, búfalo joven, urdía el umbral de una aventura.

    Esa noche agoté mis defensas contra esa forma de amor torpemente anexionista: abundé en decúbitos pronos y supinos sobre Aida en la habitación de un hotelucho, quemé las mejores páginas del Kamasutra sobre su piel, intenté borrar a Diana, la piel de Diana en Aida, los ojos de gringa en los ojos oscuros, pero sólo conseguí incorporarla a la escena y aunque intenté anularla con el recurso infalible de imaginarla orinando, todo fue inútil. Por el pozo abierto de la ventana (no había persianas sino un hueco por el que entraba la luna, es decir, Diana, fisgoneando) nos sorprendió el amanecer, a Aida con las greñas jubilosas y a mí desamparado y vencido por el fantasma de la noche anterior.

    Sólo podía hacer una cosa: buscarte entre las ruinas, invocarte en las calles sagradas, seguir tu estela por los bares decentes. No me fue fácil.

    Pero yo sabía que todos los caminos tenían que dar a ti, Diana, y te encontré saliendo de las piedras de la iglesia Dolores, pulsando una camarita que movías como un detector de fantasmas.

    Diana quería visitar el Morro. Pareció feliz de poder compartir su español conmigo, porque yo era un artista independiente, y porque la palabra independencia la llevaba como un veneno saludable en el tuétano, mezcladas en dosis iguales las Trece Colonias, la guerra de Secesión, los discursos de Lincoln y Luther King, las canciones de Lennon y Bob Dylan, el grito de anarquía feminista y hasta el cine independiente, del cual era fanática.

    Yo no quise explicar qué es un artista independiente. La tarde prefiguraba una tormenta de verano por encima del Morro. Y tú, enhorquetada sobre los cañones que defendieron la ciudad contra aquellos piratas que de todos modos entraron y arrasaron con tesoros y mujeres; tú, Diana, dentro del castillo, metías los dedos en la historia como en un pastel, hasta quedar solos, bajo una torre que sirvió de atalaya a algún vigía.

    Supe así que un 23 de abril la primavera de Colorado S., en California, se había asomado al hogar de Diana para verla manchar su primer pañal con un buen augurio.

    Después pude estudiar todos sus rostros: la primera comunión, cumpleaños, días de acción de gracias, Navidades, fiestas del 4 de julio y otras fotos ante una casa de madera con techo a dos aguas (lo imaginé rojo y fresco), y junto a un hombre breve (el padre) y una matrona sureña (la madre). También mostró algunos retratos de su éxodo a la gran urbe de Manhattan, rodeada de hombres de negocios que le habían dado a comer el árbol del bien y el mal.

    Mientras guardaba las fotos, me aseguró que sólo había querido mostrar el lado claro de su vida. Sonrió y me besó en los labios. Olía a dentífrico y a regalo. Olía a postal, a campo y fruta. Olía a Norteamérica. En ese momento olía al lado claro de su vida y me sumergí en ella, en un seno que cedió bajo el botón de la blusa, una redonda manzana de California que mordí despacio. Diana cerró los ojos y aulló a la noche todavía lejana, mientras el cielo se abría y asombraba una luna lívida en el crepúsculo.

    No ocurrió más porque estuvimos a punto de ser sorprendidos por una empleada del castillo que pastoreaba a los visitantes retrasados hacia la salida. Nos despedimos en el mismo corazón de la ciudad, frente al inmenso cadáver blanco del hotel Casa Granda y mientras subía la fatigosa Enramadas, consideré mi futuro:

    1. recalar en la casa de Aida y someterme a sus interrogatorios policiales y a los fragores de su cuerpo;

    2. regresar como un hijo pródigo al dulce hogar donde mi familia da gracias a Dios por el pan negro de cada día;

    3. buscarte, Diana, no en el aullido de loba amamantadora, sino en el show del Casa Granda.

    Tiré a suerte, salió la primera opción, pero la deseché, encarándola con el argumento servil de que la suerte es el pretexto de los fracasados.

    Lustroso como un caballo de carreras me aposté frente al hotel y tuve que soportar hasta las diez el río de turistas y la grey de putas que hacían el pan con amor y escualidez. Por fortuna, Diana vino en mi rescate y me condujo Babel arriba hasta la azotea. Había un show de toques de tambores batás y sobreabundantes poemas de Guillén y mujeres con turbantes.

    Obligué a Diana a despojarse de un collar amarillo con su arcano tan negro. ¿Por qué lo hacía? Una noche memorable, en medio de un corte del fluido eléctrico, Aida había acudido con una vela que puso sobre la mesita de noche. Bajo esa única luz comenzamos un cuerpo a cuerpo. En medio de la batalla campal pude ver, con asombro creciente, cómo Aida se iba transfigurando: primero su piel, que pasó del ámbar al mármol con ese color que sólo tienen la muerte o el amor, y luego su boca se tornó pequeña, del malva al rosa, y sus ojos donde cabía mi cuerpo se fueron achinando, y toda su piel comenzó a brillar, a titilar, y cientos de espíritus cayeron sobre mí para habitarme y poseerla.

    Después encontré en una gaveta de Aida un papel que suscribía las recitaciones de Santa Martha (la Virgen de las mujeres con desamparo vaginal, el demonio lúbrico que amarraba de por vida a los amantes), y lo rompí para inutilizar el hechizo de aquel espíritu obsesor que tomaba prestado el cuerpo de Aida.

    ¿Entiendes, Cazadora? Por eso se impuso el machismo nacional a la injerencia norteña. El pretexto usado fue sabio, aunque apócrifo: el collar te quedaba horrible. Y tú fingiste caer en la trampa, porque no te importaba, o porque confundías, émula de los funcionarios nacionales, la Cultura con la Hechicería.

    Diana no fumó Gauloises ni yo opté por Marlboros. Tampoco bebimos, ni hicimos caso de la fiesta de aprendices de brujo. Nos bebimos el humo de su pasado, la pérdida de su virginidad en un retiro de boy scouts, su trabajo como edito ra en un periódico newyorquino, y le oí decir que había dos Nueva York: la de Woody Allen y la de Martin Scorsese, dos ciudades y dos ficciones que se obstruían y negaban y reproducían; a las dos ella las conocía a fondo, tenía una en cada pulmón, de ahí el asma y el dolor en su vicioso pulmón izquierdo, que la atraía a la paz del hogar en Colorado S. junto al padre y la matrona, y el soplo tormentoso de su pulmón derecho, «Conqueror Worm», dijo, que le permitía trabajar como una yegua durante dos años para gastarse después cada centavo en este viaje que había comenzado por el grasiento México y que incluía a Cuba y América del Sur. No era el azar concurrente lo que nos había puesto cara a cara en el Paraíso de las Estrellas, frente al Castillo del Morro y como gatos sobre el tejado de zinc caliente del Casa Granda, sino su pulmón derecho, su vocación de cowboy con faldas y su imperturbable resolución de vivir.

    Esa noche las armas secretas de Aida hicieron su efecto en mí y Diana y yo no hicimos el amor ni la guerra, sino que fui vencido por el sueño. Soñé que yo era un tonto que se jugaba la vida en otro país, que recorría desaforadamente la isla de una punta a la otra, que ganaba el título mundial de ajedrez y le estrechaba una mano colorada al Presidente. Y tú, Diana, eras la jinetera licenciosa que no oías consejos y terminabas tu vida con la cara y el alma agujereadas en una linda casita en el sanatorio de Los Cocos.

    Luego de aquel sueño intranquilo, al menos no amanecí convertido en un monstruoso insecto. Era el mismo, ahora sobre el regazo de Diana, quien me miraba sin verme, reproduciendo a todas las matronas sureñas.

    Compartimos un beso incestuoso y me rogó que la guiara a la Imprenta.

    La Imprenta era un verdadero Museo en el cual los hombres me ignoraron para adorar a Diana, el perfil lucífero de Diana en su vestido gris melancólico.

    La llevaron como abejorros por cada una de las máquinas, aquellas Chandlers que debieron reproducir, en un tiempo irrecobrable, entintados retratos de rufianes cuya captura merecía una buena recompensa. Era como si Diana se reencontrara con la historia de su país a través de un Aleph inaudito que el tedio de la mañana no podía vencer.

    Vanidad de vanidades, no pensaré en el almuerzo pantagruélico ni en otras nimiedades que te diferencian, Cazadora furtiva, del resto de las historias de amor. Pero si algo mi borrachera no hiperboliza es que la luna estuvo saliendo de día y de noche. Te lo dije y tú sólo sonreiste, imponiéndome ese terror ancestral que tuvieron los Conquistadores del Fuego.

    Esa noche copularon tu idioma y el mío, y se hablaron Shakespeare y Cervantes, las gaitas escocesas y las trompetas chinas, Presley y el Benny.

    Y si junto al Morro Diana olía a Norteamérica, ahora su sabor me condujo de un sueño a otro, abriendo puertas y laberintos tras sus muslos, peces de fuego: probé las metáforas de los normandos que arponeaban sus ballenas en los mares glaciales; probé a las tribus ojibwas reunidas junto a la pipa de la guerra, y las visitaciones del peyotl; bebí de los rápidos entre los cañones de esplendor magnífico en El Colorado; sorbí a los inmigrantes que levantaban negocios prósperos hablándose a gritos en todas las lenguas del Viejo Continente; probé la quimera, la pepita de oro y el polvo de los bisontes; mordí los comercios de Penny Lane y me sumergí en el Submarino Amarillo; probé la cultura grecolatina, los cráteres lunares, el tiempo y el desamparo, y los arcanos abiertos ante mis ojos. Probé a todas las Dianas reales y a todas las de las pinturas, esculturas y literaturas. Me la bebí despacio, mezclé sus aguafuertes, la pinté sobre mi piel y me pinté en ella, consagrado y exhausto.

    Ya no era nadie. No debía dinero, no tenía hambre, no recordaba mi nombre. Era el género humano, Adán sacado de su sueño y contemplando a su costilla hecha mujer y lámpara. Diana respiraba a mi lado por su pulmón izquierdo, asmática y dispuesta a todo. Pero poco a poco fuimos volviendo al mundo de los hechos reales, y a la mañana siguiente ella tenía que partir hacia La Habana (dijo La Vana), y de allí a México, porque en honor a la verdad estaba ilegal en mi patria, y de México viajaría a Buenos Aires y de allí a Chile y de Chile a la luna, o quién sabe, porque mientras me hablaba la imaginé amando a todas las culturas, a rostros aindiados sobre los volcanes y en las ambulancias de la Cruz Roja Internacional, a niños guerrilleros de Sendero Luminoso sobre la vena de los Andes, a comerciantes de pinchos en Machu Picchu y a los bebedores de coca y mate.

    Abruptamente Diana comenzó a llorar, con ese llanto americano y universal. Era demasiado para mí, Cazadora, saber que podías llorar despojada de la fiereza del águila sobre un acosado islote masculino que aún se enredaba entre tus piernas.

    Corriste hacia el baño y cerraste la puerta por dentro y temí lo peor, porque los suicidios sólo son buenos en los filmes. Pero luego saliste del baño, Diana, con esa hermosura que sólo dan la tristeza y la maternidad, más perfecta que la Diana de Boucher y que todas las Dianas vestidas y desnudas que la vasta Pinacoteca Universal ofrece a los voyeuristas de las Artes. Por primera vez tuve conciencia de tu desnudez, mientras te frotabas el sexo con una toalla como si fueras a sacar conejos o palomas o alguna réplica de mí mismo que pudieras llevarte como souvenir para el Norte revuelto y brutal que nos desprecia.

    Después Diana sacó de una maleta una piara de fotos, las tiró sobre la cama y anunció que me quería mostrar un secreto, lo verdadero detrás de lo real, el lado sombrío de su vida, para el cual bastaba sólo un ojo de asombro.

    Eran pocas, pero estaban ordenadas sádicamente, revelando la concurrencia del doctor Jeckyll y de mister Hyde en Diana. La primera rehacía a un hombre de barba cansada, espejuelos redondos y cara de premio Nobel, sonriendo a la cámara. Diana explicó que se trataba de un amigo de su padre, de un reconocido pacifista con muchos libros que advertían el auge creciente de los grupos neonazis en California. Pues ese hombre, dijo, ese hombre que merecía la confianza de su padre y de la nación la había violado, sí, a ella, a Diana, en una cabaña en Las Rocosas. Sin darme tiempo a reaccionar mostró otra foto: se trataba esta vez de un negro viejo con una gabardina. Parecía humilde y azorado. Diana dijo: Éste es el amor de mi vida, mi entrada al New York de Scorsese. Su nombre, Jim. Era un líder de los panteras. Jim no me hacía el amor, sólo exigía un fellatio. Me enseñó todas las drogas: marihuana, cocaína, el crack. Era un alma noble y atormentada.

    Decía que Cristo tenía que ser negro. Era un espíritu demasiado elevado para mi país. Apareció en un carro con un tiro en la sien.

    La inocencia de cada foto hacía su testimonio más absurdo, pero también más probable. Pero yo no quería creer lo que decía, aunque el mundo esté lleno de viciosos, violadores y espíritus atormentados. No sé por qué, comencé a sospechar que todo aquello era una trampa para destruir ese tiempo en que la sublimación de un ser en otro conmociona toda seguridad personal.

    Diana podía estar destruyendo cualquier atisbo de amor, las llamas roja y azul bajo un cubo de agua helada. Tal vez yo era uno más alcanzado por la flecha de Diana y ella, en otro país, volvería a encender y a apagar la llama doble, huyendo del amor, asentada en su oficio de cazadora solitaria.

    Nunca podré probarlo. Sólo puedo asirme a la madrugada última, en la cual jugamos a Lady Godiva y el caballo, al Cowboy y la pistola Rosa, a la Guerrillera y su Fusil, a la CIA y el G-2, a si tú me la Paramount Pictures yo te la Metro Goldwyn Mayer. Nunca antes nada, ni el Beowulf, ni el cuadro más bullicioso de Picasso, asistió a tal combinación de palabras y gestos. Diáspora y resaca, polifonía que los sentidos iban traduciendo, españinglés gun​man​ven​yeah​muérdeme​así​please​ay​mamacita​yes​vírate​oh​mother toma​la​pink​gun​ahora​now?​si​coño​ahora​never​ay​así​yes​oh​yes​ayayay​ayayayay​AUUUUUUHHH.

    ………… Riquíiiiiisimo B i n g o We are the champions.

    Dormimos en el suelo y en el aire, y amanecimos recordando que había pasado la noche de un día difícil y que ya, ahora mismo, eran el boleto, la despedida, el vuelo. Olor a petróleo. Caras estresadas. Empleados que chequean boletines y equipajes. Diana se muerde el corazón y mira la luna. Entrego sus maletas.

    Ella me arregla el cuello de la camisa y cierra el botón superior como si hiciera mucho frío. Pero el calor cae como un huevo frito sobre nosotros.

    Anuncian que los pasajeros pueden abordar el avión. Ella saca de la nada un sobre y me dice que es un regalo. Le digo que no. ¿Dinero? Ella sonríe, llora: Nada de eso, una foto. Sé que es dinero, pero abro el sobre y veo que sí, que es una fotografía. No de Washington ni de sus bucles afeminados ni de la Casa Blanca. Estamos Diana y yo en Colorado S., ante una casa de madera con el tejado fresco y rojizo, a dos aguas. Para que sobrevivas, me dice mientras yo guardo el sobre. Nos besamos y ella murmura algo así como «Creo que éste es el comienzo de una larga amistad», antes de desaparecer en el ruido de los motores del avión. Y cae el happy end y yo vuelvo a resbalar en la peste a ron y a excrementos.

    Diana Correcaminos, te fuiste oliendo a mala noche y a mi país, no a ese olor folklórico de los posters, sino a mi olor, a raíz de hombre, a leche cortada y a llanto de niño con hambre y con calor. Y así huele esta Toilette en la que estoy doblado, mirando ese cuadro abstracto que el vómito hace, y en el cual quise meter la ciudad completa, con sus negros y sus parejas y sus locos y sus comunistas y sus niños y piedras. Todos bajo la misma soledad y la falta de amor que nos constriñe.

    Tú estallarás entre los frutos de Colorado S. o estarás metiendo entre tus piernas a la Gran Urbe Universal. Te desnudarás sobre el Empire State y te vestirás bajo las cataratas del Niágara. Quién sabe. Pero yo, antes de regresar a casa junto a mi familia, que me juzgará necio y perdido, o a los brazos de Aida, quien me despreciará o se rendirá, quiero mirarte en esa luna, Diana, donde tú estás, Cazadora, mejor que en cualquier lienzo, desde antes que caminara sobre ti el primer astronauta, antes de que te desflorara un boy scout y un pacifista te violara o te obligara un Negro Pantera a los fellatios y la droga. Allí tú, Diana, aún estás limpia, dando una luz que no te pertenece, sino a los hombres que como yo te andan buscando.

  • Retrato de una infancia habanaviejera

    ¿Y por qué tendría que negarlo? Sí, soy de La Habana Vieja, y a mucha honra, vaya, ¿quién les dijo a ustedes que voy a avergonzarme por mis orígenes? Yo pertenezco al casco histórico, ¿y qué, tú, qué pasó con eso?

    (Todo esto lo digo con las manos partidas, en jarra, una pierna cruzada sobre la otra, el pie descansando en punta, una sonrisa cubanísima, de exportación, los hombros desnudos y acentuados hacia adelante, desafiantes como los de la Cecilia Valdés en la novela de Cirilo Villaverde; la pobre mulatona fue una jinetera del siglo XIX, allá en la Loma del Ángel; todo el bendito tiempo empinando hombros, boca y culo, ¡oyéee, con el dolor que da eso en la cervical!)

    Mi caso es algo diferente, yo no soy exclusivamente negra, ni tan siquiera cuarterona, ni china, ni rubia, ni trigueña aindiá, ni jabá. Yo soy más bien un ajiaco de todo ese rebumbio, y más.

    Pues sí, mi niño, como mismitico te iba diciendo, yo me crié, desde que abrí los ojos al cielo azul tropicalísimo, estos ojitos que se va a tragar el fango, ¡ay, tú, no, solavaya!, pues di mis primeros pasos, gateé por los adoquines de la ciudad monumento, patrimonio de la humanidad y de todas esas sanacás que inventa la Unesco.

    ¿Que qué? Ay, mijito, habla claro, con ese acento no se te entiende ni pitoche. ¿Que usted es fotógrafo? Eso ya lo sé, mi vida linda, óyeme, ¿tú crees que soy ciega o bizcorneá? Si desde que te vi con la cámara colgando del cuello me pegué a ti. ¡Claro, corazón de melón, a mí me encanta que me tiren fotos!

    No, pa que tú veas es la primera vez que a mí me retrata un turista, un gallego. ¡Aaaah! ¿Que tú no eres gallego? ¿Y se puede saber de dónde tú vienes, cosita rica? Porque extraterrestre sí que no, qué va, tú no tienes ni una pizquita así de marciano. ¿De Portugal, y resides en París? ¡Eso está fuerte! Ay, tú estás un poquito raro. Bueno, y qué importa, a ver, ¿cómo quieres que me ponga? ¿Ya? ¡Contrá, qué rápido tú eres, ni los cupets te hacen ná!

    Niño, los cupets son los garajes nuevos donde venden gasolina en fulas. En fin, no te demoro más con cuentos del más allá, fíjate, yo soy nacida y criada en un palacio colonial, ¡un palacete chico! Pero de palacio ya no le queda ni el nombre.

    Ahora se llama solar, vaya, para ser más concreta, en la calle Muralla 160, entre Cuba y San Ignacio. No te puedo enseñar el edificio porque se derrumbó, hace un tongón de años, ¡quién se acuerda de aquello! Yo era chiquitica así. Mira, mi abuela me estaba dando la comida, ¡no, y menos mal que todo el mundo estaba en la calle, trabajando, o haciéndose los que trabajaban!, pues mi abuela se dio cuenta de que en el plato estaba cayendo como una boronilla del techo, y cual endemoniá recogió lo principal, es decir, yo y veinte fulas que había comprado en el mercado negro; ¡qué luz la de mi abuela, virgen de la Milagrosa, alabao sea san Lázaro!

    No bien salimos del edificio, ¡cataplún! Piedra y polvo na má, igualitico al Partenón ese de los griegos que vi en un libro prestado. Luego de la catástrofe nos albergaron dos años; más tarde, bien tarde, nos dieron un apartamentico, ¡no, pero ahí todavía queda gente esperando porque le den casa!

    Imagínate, en ese albergue de la calle Monserrate hay mujeres que se han hecho viejas pellejas. Nosotras navegamos con suerte porque la presidenta del consejo de vecinos es tremenda chivatona y tenía un contacto que nos resolvió. Nos otorgaron un apartamentiquito, como ya te dije, muy modesto él, en la calle Empedrado número 505 entre Villegas y Monserrate.

    La calle Empedrado es famosísima por La Bodeguita del Medio, a la cual no puede ir ningún cubano si no es acompañado de un extranjero. Pero no te vayas a equivocar (miro a todos lados), cuidadito ahí, a mí me priva este país, ¡aquí somos requetefelices y palanta y palante!

    Hace un calor del carajo, pero mira cómo hay playas y arrecifes, las playas pa los turistas y los dientes e ’perro pa los nativos. Pinta pallá, ahí viene Maruja, la señora del pañuelo en la cabeza y el bastón, la viejita de la jaba. ¡Ay, verdad, qué torpe, si todas las viejas llevan jabas! Chico, esa que camina apoyándose en la puerta de latón de la bodega. Esa viejuca es de lo más mortalítica, quiere decir superchévere. Ella es hija de isleños, de los de Canarias, pero nació aquí, esa pobre señora se pasa la vida en las colas, del cuarto a la bodega y de la bodega al cuarto.

    Un día se paró en la esquina, miró a la profundidad, al abismo interior de la jaba vacía y dudó: Ay, mi madre, Cristo bendito, qué memoria la mía, estoy ya tan arteriosclerótica que ya no sé si es que voy o vengo del mercado. Con eso te lo digo todo.

    ¿Qué cosa, mi chino, que cambie el tema? Sí, sí, sí, yo sé que a ustedes los fotógrafos les amargan estos temas. A mí lo que me entristece es ver cómo en las fotos la pobreza se ve así, tan bonita. ¡No, mi amor, eso yo no te lo voy a negar, aquí sí hay pobreza, y mucha!

    Escúchame bien, ¿ves a esa mujer sentada con el perro, y al otro tipo que mira pallá, y al negro de punta en blanco que hasta la cabeza la tiene blanquita en canas? — dicho sea de paso, ese negro debe de ser viejo como loco, porque pa que a un negro se le vean las canas es porque es de un siglo de antes de nuestra era—, pues ese conjunto de personajes tú los ves y los fotografías y ya, y luego te largas a tu país, pero lo bueno de la foto, lo que tú te pierdes, es ese más allá que hay de la puerta padentro, detrás del niche canoso.

    Por esa puerta padentro hay una lobreguez que le para los pelos de punta al más pinto. ¡Una miseria que ya quisieran las favelas venezolanas o brasileñas! Cállate boca, ahí llegó la fiana, brigada central. A propósito, ¿allá por donde tú vives no pusieron en la televisión Brigada central? Es un serial español, donde actúa Imanol Anas, el que hizo de Leonardo Gamboa con Daisy Granados haciendo de Cecilia Valdés. Yo lo conocí, ¡niño, estáte tranquilo!, ¡más decente!

    Me firmó un autógrafo y todo, en la plaza de la Catedral. ¿Te quedaste botao, no entendiste? Bueno, desmaya el chisme. ¿Y cuál es el cuento con estos dos policías que se aproximan como quien no quiere la cosa? ¿Qué sucede, compañero? Usted mismo el de la camarita. Aquí hay mucha dignidad pa que lo vaya sabiendo. ¿La joven lo está molestando?

    No, porque por acá pululan una cantidad de muchachos malcriados, escoria, vaya… ¿Cómo dijo, una foto de nosotros? ¿Los dos juntos? Estamos trabajando y nos puede costar caro, bien, dale, métele ahí rápido, ¿cómo nos colocamos, nos reímos? Mejor no nos reímos. Chácata. Ya usted sabe, aquí estamos para servirle. Cuba es un eterno verano, venga a vivir una tentación.

    A mí me han dado un revirón de ojos, se ve que no les gustó que estuviera renguinchá de ti, fotógrafo. Sí, aquí hay mucha dignidad, demasiada, sobra, pero la dignidad no se come, cariño, en fin, el mar… Hablemos de los peces de colores. ¡Apunta pallá, no te las pierdas, ay qué niñitas tan monas, una en el velocípedo, y la otra con perrito de lo más chulo!

    Ah, ya las habías visto, por supuesto, el fotógrafo es el que ve más rápido, más hondo y mejor. Cualquiera diría dos típicas habaneritas, graciositas, ahorita te preguntan la hora a ver si eres yuma, primero pa pedir chicles, luego que las saques del país… Pa que tú veas, la gente engaña, ellas sólo querían una foto, ya tú ves, todavía quedan niños educados.

    Yo también lo soy, que se sepa que tengo trece años nada más, mi chino, y ni sé en qué etapa de la vida estoy, aquí una se hace tembona en un pestañazo, pero al mismo tiempo no conozco na de la vida. Pa mí el mundo es La Habana Vieja, cuanto más Centro Habana. Una vez me desplacé hasta el Vedado, pero el transporte está en llamas, en candela, vaya, no hay quien se empate con un camello, nombrete que les hemos puesto a las guaguas en la actualidad.

    ¿A pie? ¡Mi cielo, no hay jama, no hay proteína pa tanto! Tú sí que puedes porque tú estás ranqueao en las grandes ligas con respecto a carnes, vegetales y frutas. Pero aquí una ni ve pasar la carne. Yo, en la vida he visto una vaca viva. ¡Ah, no, espérate!: una vez vi una en el noticiero de las ocho de la noche por el Canal Seis.

    Sí aquí tenemos sólo dos canales, el Seis, que es el de la novela, y el Dos, que es el de la pelota y los discursos. Desde que tengo uso de razón veo la telenovela brasileña, es una cosa que me priva, en un televisor marca Caribe, en blanco y negro, pero de que la veo la veo, ¡cómo no! En un futuro no muy lejano, a lo mejor mi mamá, o yo misma, consigamos un aparato a color…

    ¡No, no, no, tú no te me puedes negar, tienes que hacerle una foto a ese que viene por ahí! Te presento a mi padrino, él es palero, abakuá, y todo lo que tú quieras y mucho más, ¡a su prenda hay que decirle usted! Cuando lo necesites él te puede hacer un buen trabajo, amarrar a tu mujer pa que no te deje nunca, envolver a tu jefe pa que te aumente el sueldo, lo que tú pidas por esa boca él lo logra, ¡es un puñetero volao!

    Padrino, no se asuste, quieto ahí que lo van a retratar, vas a salir publicao en el mundo entero. El mundo entero, el imposible. Ya se aleja indiferente, cantando un bolero, trafucándole la letra. Ahí se va mi padrino, ajustándose la gorra sudá. Te voy a contar un poco de mí, fotógrafo, dime si te interesa, claro.

    Yo siempre me he destacado por ser tremenda pandillera, pero sana, sin hacerle daño a nadie. A mí lo que me gusta es estar en la calle, mataperreando, jodiendo, riéndome, de marimacha, arrecostá en cualquier pared viendo a los turistas pasar.

    Debe de ser extrañísimo eso de ser extranjero, ustedes van por la vida así, tirando fotos como en una película, sin inquietarse por si llegó el huevo, o que si la leche se cortó con el calor y por eso no la despacharon. A mí, cuando me preguntaban de chiquitica que qué quería ser cuando fuera grande, respondía que extranjera.

    A veces odio ser yo, pero otras lo que siento es deseos de seguir aquí, sin hacer ná, mirando a todo el mundo pasar. ¿Estoy despeiná? No, es que no soporto salir desarreglá en las fotos, qué dirán por ahí después, mira a esa chiquita con las pasas paradas.

    A mí me fascina verme bonita en los retratos, sucede como con las casas, es cierto que aquí la ciudad está desbaratá, pero todavía quedan algunos lugares más o menos elegantes.

    Lo que es esta zona del casco histórico la han restaurado de manera b-a-s-t-a-n-t-e acogedora, pero lo que es de ahí pallá, pa envuelta de la iglesia de la Merced, de Muralla hacia Paula, lo que son las calles Santa Clara, Luz, Acosta, Jesús María, Merced, San Ignacio, Muralla, Inquisidor, Habana, Cuba, Aguacate, Villegas, todo eso está en ruinas.

    Por ahí anda un chiste que dice que los americanos deciden bombardear Cuba de una vez, ya, pa que Quien Tú Sabes no se llene más la boca diciendo que los americanos quieren agredirnos y que esto y que lo otro.

    Entonces envían un cazabombardero pa acabar con nosotros, pero en el momento de tirar la bomba, el piloto mira para la ciudad, toca con el codo al copiloto preguntando: «Oh, Scott, ¿quién se nos habrá adelantado?». Y sin embargo, la vida tiene cada cosa, porque así y todo la ciudad luce simpaticona.

    Yo he chancleteao este barrio que tú no tienes ni una idea, de cabo a rabo, este niño, no hay familia decente ni bandolero que yo desconozca. Soy socia, ambia, vaya, hasta de los curas de la iglesia de la Merced y del Espíritu Santo.

    Si supieras la suerte que tengo para las amistades mayores. Mi madre trabajaba en una pizzería que acaban de cerrar, en la calle Obispo, ahora se dedicará a fundar una Paladar, es decir una pizzería en fulas, semiclandestina. La ayudaré, por supuesto.

    ¿Los materiales? Los ingredientes querrás decir, ¿que de dónde voy a sacarlos? A mí sí que no me preguntes sobre esa situación, yo qué sé. De por ahí. En una ocasión comí gato, sin enterarme, unas albóndigas de miau. ¡No, ahí sí que no, mi vida linda, los perros son sagrados en este país!

    Tú no ves que los perros pertenecen a san Lázaro, que es un viejito muy santo, milagrosísimo él. Desde que soy gente asisto cada diecisiete de diciembre al Rincón, donde se encuentra el santuario del viejito que me protege, ¡y de rodillas, de r-o-d-i-l-l-a-s, ni ná ni ná! Porque yo soy de lo más devota.

    ¿De quién, a quién tú mencionaste? Por favor, cariño, no pronuncies ese nombre que trae mala suerte. Yo me considero única y desinteresadamente devotísima de Babalú Ayé, que no es otro que san Lázaro. A mí nadie me obligó, con ese don se nace, es muy natural. Aquí el que no tiene de congo tiene de karabalí.

    Acto seguido podrás interpretar que a todo lo largo y ancho de esta islita, por delante, por detrás y por los cuatro costados, toditos tenemos nuestra cosa hecha, su cuestión preparada. ¿El qué? ¿El comucuánto? ¡Oye, mira que tú eres cómico!

    Pues él, ¿el comunismo me dijiste? Él, ahí, de lo más bien, encantado de la vida, saludable y alimentadísimo, como si con él no fuera, haciéndose el de la vista gorda. ¿Qué otras cosas lindas podría contarte? Vaya, para que te lleves una excelente imagen de este país.

    ¡Ya sé! Pues, tengo una amiguita que vive muerta con el circo, encandilada con los payasos y con los elefantes y con los trapecios y todo cuento. Sí, me confesó que sueña con ser trapecista. Yo, antes, quería ser gimnasta, como aquélla, la Nadia Comaneci, ¿la recuerdas? Pero clausuraron el CB deportivo de la calle Mercaderes, las instalaciones se jodieron por falta de mantenimiento.

    Ya no quiero ser gimnasta. ¡El CB, niño! ¿Tú no sabes lo que es un CB deportivo? No, para nada, no es se ve, se escribe C y B. ¿Cómo, igual a esa tarjeta? En mi vida había visto yo carta tan brillosa. No seas mentiroso, tú. ¿Que con esa postalita se puede pagar? ¡Qué va, pa su escopeta, ni me la acerques, no quiero cuentos con trucos raros!

    (Ahora me alejo, haciéndome la brava, la rebelde, la salvajona, pero esto de la foto me llene trastorná; él se detiene en una esquina, el vecindario lo aborda; retrata a todos cuantos se meten delante del lente, después regala las pruebas que van saliendo, ha alborotado al barrio; le sacó una al tipo que le dicen el cosaco, debido al sombrero y el bigotón, el socio estaba en tremenda pea, con un ojo entretenido y el otro comiendo mierda, manda un feo que ni malanga, pero ¿quién lo iría a decir?, resultó ser superfotogénico, quedó bonito y todo; en la parada sobreviviente de guaguas fotografió a Pepito, quien regresaba del policlínico con una placa de los pulmones en la mano, toda la luz del universo atravesaba la radiografía; sin contención ni remilgos vuelvo a engancharme de mi amigo el fotógrafo, aquí estoy, pegá como un moco, pero él es de lo más cariñoso, pareciera cubano.

    ¿Que qué? Ya empezó de nuevo, es tremendo preguntón.) ¿Que por fin qué voy a ser cuando sea mayor? (Me la puso en China, ya le conté que me decepcioné con la gimnástica.) Ay, chico, todavía tengo tiempo, no le he dado mucha cabeza a ese asunto. Como soy medio marimacha a lo mejor va y me dedico a técnica de bicicleta.

    (De súbito, descubro a Lola, la lavandera, sentada en un banco cagao por los sinsontes del parque de la plaza de Armas, ahí está más solita que la soledad misma, con un suetercito rojo, sucio que da grima, con el calor que se está mandando; yo que siempre ando en chores bien corticos, a punta de nalga, sin ná pa arriba, porque como aún no he desarrollao bien. Lola fija la vista en la luna de Valencia, anda por Belén con los pastores, acariciando a otro perrito abandonado, a quien ella de seguro acaba de recoger, es una perrera de ampanga.)

    Pues, oye lo que te voy a decir, mi curucucucho de mamey, si se pone más dura la situación me dedicaré yo también a lavar pa la calle, o a mirar pa los celajes, igual que Lola, o a recoger perros, o a las tres cosas juntas. ¿No te parece una buena idea? Tal vez, pensándolo mejor, si esto se arregla, si cambia, vaya, quién sabe.

    ¿Tú de verdad tienes fe en que esto se compondrá algún día? ¿Crees que yo pueda llegar a ser fotógrafa? Sí, como tú.

  • El muro

    Elina abrió los ojos justo cuando entré a su cuarto detrás de la madre; me miró desde la cama con cara de no reconocerme ni saber qué hacía en su casa a las nueve de la mañana; volvió a cerrarlos y la madre salió. Me vi sola ante su boca entreabierta, escuchándola roncar. Elina, por favor despiértate, dejé la mano sobre su hombro. No fui a buscar el pan, le dije a mi madre que no me daba tiempo, ella tendrá que caminar cinco cuadras hasta la panera y subir después los cinco pisos de regreso al apartamento. Elina me había dicho que fuera a recogerla temprano porque el mejor momento para recoger las conchas era cuando la marea acababa de bajar, y ahí estaba durmiendo a pierna suelta. Agarré el bolso para irme, de pronto pensé en lo que le diría a mi madre cuando me viera regresar tan pronto con las tostadas, la miel de abejas, los plátanos manzanos y el agua helada en la mochila. Volví a desplomarme al pie de la cama. Entonces ella abrió los ojos y permaneció inmóvil, por fin empezó a estirarse. Me entusiasmé, pero ella se dirigió al baño sin mirarme y se demoró cómo si nadie la estuviese esperando. Tenía los ojos aguados cuando ella regresó y casi sentí alivio de que siguiera sin notar mi presencia. Pero esta es la última vez, Elina, no vuelvo a hacer el papel de comemierda por causa tuya, ni hasta luego voy a decir. Me levanté en el mismo instante que ella se viraba con el bolso en hombro, ¿nos vamos?

    Iba delante con pasos perezosos que yo no me atrevía a sobrepasar. Caminaba con la vista fija en sus pies, buscando el momento oportuno para pedirle que compartiéramos el peso de mi mochila, pero pasaba el tiempo y no decía nada. Ella se detuvo con un suspiro, ¿a dónde vamos? No soporto tomar decisiones, además para mí todas las playas son iguales y ella lo sabía, la que eligiera iba a estar bien. Entonces vamos a la playa del Chivo. Me paré en seco, ahí van los tipos a … ¿Tienes miedo?, se echó a reír, ellos van a estar en lo suyo. Le dije que no era miedo, pero algo me apretaba el pecho. No me digas que tienes prejuicios, yo ando contigo sin preocuparme de lo que diga nadie, ni mi mamá, además lo mejor es que a ellos no les gustan las mujeres y no van a molestarnos.

    Pero ella no sabía como llegar, nos tomó dos horas y tuvimos que caminar más de un kilómetro, el agua seguía estando lejos. No quedó más remedio que meterse en el yerbazal y bajar por un camino de piedras. Fui delante casi raspándome las nalgas, no quería mirar hacia atrás, seguro ella se burlaba de mí. Pero entonces me pidió que le diera la mano para ayudarla. Cuando estuvimos en la parte plana vi que no me había soltado, aún quedaban diez o doce metros hasta la orilla. Yo no quería llegar, arrastraba los pies sin levantar la vista. Me preguntó si había conocido alguna muchacha últimamente. Sabía la respuesta, la disfrutaba de antemano y yo tardaba siempre un rato en responder. Finalmente decía que no, sólo eso. Entonces ella miraba a lo lejos y aseguraba con tono filosófico que algún día iba a aparecer esa persona, no una sino esa, disertaba sobre el destino y terminaba hablando de su novio de turno. Ese día sentí la tentación de responderle sí, conocí a alguien, precisamente te quería contar. Sólo pude mover la cabeza de derecha a izquierda. Ella tampoco dijo mucho, había terminado con su último novio y estaba deprimida. No me extrañó ni indagué por los detalles, de todas formas ella vendría a llorar sobre mi hombro en algún momento antes de regresar y preferí que por lo menos estuviéramos sentadas.

    Al fin nos vimos en una arena gruesa, ante unas rocas frías y claras. Detrás las olas daban latigazos contra la orilla. No voy a entrar, pensé, así es que no tendría que quedarme en trusa. Elina sí se quitó la ropa aunque tampoco se metería en el agua, no sabía nadar. Contemplé el movimiento de sus omoplatos, los dedos de sus manos sobre los hombros; siempre tenía frío, bastaba la humedad de las rocas, alguna gota que la salpicara cuando el agua rebotaba en la piedra. Sin embargo prefería estar en trusa. No pude evitar la comparación entre su cuerpo y el mío, se me escaparon los ojos hasta sus pies, la veía pasar la planta y los dedos de uno sobre el otro; otra vez tuve que reprimir la pregunta de si le gustaba que se los acariciaran. Cambiaron de posición bruscamente y al levantar la cabeza la vi frente a mí. ¿Alguna vez has pensado en estar con un hombre?, tal vez esa sea la solución para tu soledad y lo otro, un capricho. Por unos segundos no se escuchó otra cosa que las olas y las gaviotas a nuestro alrededor. Nunca había visto ninguna tan de cerca. Sentí una sobre la roca, casi detrás de mí, pero no quise moverme para no asustarla, traté de verla con el rabo del ojo y descubrí un hombre que se acercaba con su pita de pescar, esperé a que llegara, ¿sabe dónde podemos encontrar conchas?

    Marcos era tres años menor que ella. Me sorprendió, usualmente le gustaban ocho o diez años más jóvenes, no podía evitarlo. Este era un hombre que sabía lo que quería, el tiempo de la inmadurez había quedado atrás. Estaban juntos desde hacía tres meses. Tres meses y yo no lo conocía, ¿por qué? Siempre está ocupado con su trabajo, su música y… su mujer. A Elina no le importaba eso, ni celos sentía, pero él llevaba casi una semana sin aparecer ni telefonear. Ella tenía el número de su casa y el del trabajo, podía llamarlo. No, me respondió tajante, ya estoy cansada de ser siempre yo, de aferrarme a algo que ni sé si es real u otra historia que me estoy inventando. Me quedé callada sin saber por qué todo aquello me sonaba conocido. Sospeché que se le habían aguado los ojos, pero se agachó a recoger una concha. Tenía unos colores lindísimos y se me ocurrió que podíamos quedarnos allí, a lo mejor había más. Pero el pescador había dicho que dónde encontraríamos bastantes era después del muro. Yo no quería ir, veía dos cabezas por encima del concreto: dos hombres. ¿Y qué?, están en lo suyo, a lo mejor hasta nos dicen dónde hay caracoles.

    Cruzar el muro no fue ninguna panetela, era empinado y liso, pero no había otra forma de llegar al otro lado. Después de pasarlo dejé que ella se apoyara en mí, se me aflojaron las rodillas porque es más alta, pero traté de que no se diera cuenta. Apretó mi brazo por debajo del pulóver, estás fuerte. Tuvimos que pasar junto a los dos hombres, uno parecía muy joven, casi un adolescente. Me dio lástima verlo con aquel cincuentón gordo. Estaban en trusa e instintivamente busqué sus entrepiernas con la vista. No había señales de nada. Saludamos con la cabeza y seguimos. Elina volvió a meter la mano bajo la manga de mi pulover, creo que al viejo también le gustan las mujeres, ¿no viste cómo me miró? Volví la cabeza, el tipo nos seguía con la vista y el muchacho le dio un puñetazo en el hombro, el otro se rió como si le hubiera hecho cosquillas.

    El terreno se volvió negro y rocoso, increíblemente crecían unas flores rosadas. Creo que yo también vendría a hacer el amor aquí. De momento ella no respondió, supuse que pensaba en Marcos. Sí, deber ser lindo al atardecer. Volvió a quedarse callada y yo sin saber qué decir, la arena aún estaba lejos. Finalmente fue ella la primera en hablar, ¿alguna vez has visto a dos tipos templando? ¿De dónde sacaba Elina esas ideas? A veces me das miedo. Se rió y yo salí caminando delante, había chapapote en el suelo, pero no le avisé. Cuando llegamos a la arena ella puso la jaba entre las dos y cada una empezó a recoger caracoles sin decir esta boca es mía. Entonces recordé que eran para ella y volví a tirar los que tenía en la mano. Sabía que me había visto, ojalá hablara, que me mirara un poco atravesado nada más para decirle que la artesanía era problema suyo, yo me las arreglaba para sobrevivir de alguna manera con mi sueldo. Me había despertado temprano en mi único día libre para acompañarla y la había encontrado durmiendo cómo si el mar, las conchas y el mundo tuvieran que esperar por ella, la princesa que no podía pasar ocho horas en una oficina, ni trabajar en algo que no le gustase por mucho dinero que ganara, pobrecita. Que se fuera para el carajo, me levanté y empecé a sacudirme la arena del short. Casi choco con un hombre, pidió disculpas y siguió, pero no llegó a ningún lado, volvió a pasar junto a nosotras y se quedó a dos o tres metros. Apareció otro, los vi cruzar miradas y pensé que iban a entrar a los matorrales. No se movieron, fingían no estar pendientes de nosotras, pero trabé a uno vigilándonos con el rabo del ojo. Agarré a Elina por un brazo, vámosnos. Se soltó sin mirarme. Hay dos tipos ahí mirándonos. Irán a templar, no tiene nada que ver con nosotras. La miré en silencio, ella seguía recogiendo caracoles cómo si yo no existiera. Si no vienes me voy sola. Tú te ibas de todas formas, ya te habías puesto de pie, así es que vete. Pensé levantarla por la fuerza y obligarla a venir, pero era más alta, iba a hacer el ridículo. Se merecía que la dejara sola con aquellos tipos que podían ser un par de violadores, nos habíamos metido allí sin saber qué clase de gente íbamos a encontrar, una genialidad que solo se le podía ocurrir a ella. Tú crees que lo sabes todo, verdad, me tratas como si estuvieras por encima de mí, me utilizas; coqueteas conmigo a ver hasta dónde puedes llegar, a lo mejor en el fondo estás loca porque te meta mano, pero no quieres dar el paso para poder decir que eres la heterosexual inocente violada. Nunca esperó que le dijera todo aquello y estaba sin habla. Me sentía realmente bien por primera vez en largo tiempo y quería decir más, que era una calienta bollos, así con esas palabras, y que en el fondo debía ser frígida. Empezó a meter los caracoles en la jaba con toda su calma, vámosnos, si a ti no te importa dar un espectáculo, a mí, sí. En ese momento recordé a los dos hombres. Cuando levanté la vista entraban en el matorral. Ni se te ocurra dirigirme la palabra después de hoy, y en cuanto a que quiera acostarme con una mujer, es posible, pero no va a ser contigo porque tú ni mujer pareces, no eres hembra, ni varón, ni nada.

    El regreso pareció más largo, ella iba dos metros delante y a mí me pesaban los pies. Nos acercábamos otra vez al muro, el hombre y el muchacho seguían allí. El mayor nos hizo una seña con la mano, no supe si la había interpretado bien. Elina me miró de reojo y supe que ella también lo había visto, nos estaba invitando a templar. El chiquito nos puso cara de si te acercas te saco un ojo. Debíamos volver a cruzar, me rezagué a propósito, que se las arreglara sola. Buscó apoyo para un pie, luego colocó el otro, sólo quedaba impulsarse con los brazos. Entonces se cayó. Corrí hasta ella, pero no dejó que la tocara. Trató de levantarse de nuevo y volvió a caer. Se había torcido el tobillo derecho y golpeado la rodilla con una piedra. No iba a poder cruzar el muro y si había otra forma de llegar a la carretera no podía caminar de todas formas. Calculé que desde donde estábamos era más cerca y luego podíamos parar un carro, si pudía llevarla cargada. Bajé la vista a mis brazos, tenía los músculos muy definidos; usaba pulóver ajustado para que las muchachas me preguntaran si hacía ejercicios. Siempre decía que sí, un poco, sin darle mucha importancia, pero ahora no iban a servirme para cargar a Elina. Me senté junto a ella en silencio. Qué íbamos a hacer, no había ni a quien pedirle ayuda. A ella se le escaparon los ojos hacia donde estaban el hombre y el muchacho. Iba a decirme que fuera allá, sabiendo que el tipo nos había hecho señas para que templáramos con ellos. Qué coño se había creído aquel imbécil. Qué clase de gente venía a ese lugar. ¿Qué clase de persona es ese amigo tuyo que dijo que vinieras aquí? Es periodista. Y seguro escribe reportajes muy interesantes aquí, verdad. Cerró los ojos, qué coño me iba a decir. Estábamos metidas en aquel problema por su culpa, pudimos habernos quedado recogiendo conchas donde yo había sugerido, pero no, ella quería cruzar el cabrón muro y ahora no se le ocurría nada para sacarnos de ahí. El tiempo pasaba, lo menos que podía hacer ella era abrir los ojos y tratar de pensar en algo, en vez de quedarse allí con su cara de reina ofendida. La miré, tenía el tobillo y la rodilla hinchados; los ojos se me aguaron a mí.

    En cuanto vi la cara del hombre supe que lo estaban haciendo, pero no lograba distinguir al muchacho; lo imaginé abajo chupándosela. Sentí escalofríos, pero seguí avanzando. El otro me veía acercarme y se reía sin dejar de moverse, me enseñó la lengua. ¿Por qué no cogí una piedra? Debí quedarme. Tal vez si voy hasta la carretera encuentro a alguien que nos ayude, a lo mejor antes. Tendría que dejarla sola un momento. Elina sola sin poderse mover con estos tipos cerca. Mejor regreso y me quedo con ella.

    Mi amiga se viró un pie y no puedo cargarla sola. En ese momento vi al muchacho contra el muro, tenía la espalda mojada por el sudor de la panza del otro. El tipo no dejó de penetrarlo y tuve que esperar que terminara. Se puso el short con toda tranquilidad mientras el muchacho lo miraba aturdido, todavía la tenía dura; yo no he acabado y quedamos en que después tú me hacías una paja. ¿No estás viendo que las muchachas tienen un problema? Tú lo que quieres es entrar en relajo con estas dos. A ti nadie te pidió ayuda, con ese cuerpo de lagartija dudo que puedas levantar un alfiler, así es que mejor te quedas aquí.

    Elina se tensó cuando el tipo se agachó junto a ella. El muchacho también se acercó a examinarle el tobillo mirándola con recelo. El otro lo apartó, ¿tú eres médico acaso? El chiquito se puso rojo. Las manos del hombre subieron hasta la rodilla de Elina y se deslizaron por el muslo. Lo empujé, ¿qué pinga te pasa?. ¿Qué te ocurre, estás celosa? Se quedó mirándome fijo hasta que tuve que apartar la vista, ¿quieres tocarla tú? ¿Qué te pasa? yo no hago cuadros de tortilla, además ella no es lesbiana. No me atrevía a mirar a Elina. Ah, ¿no? Le acarició el pelo, el cuello, ella permanecía inmóvil y yo no sabía si irle arriba al tipo. ¿No quieres que tu amiguita te toque? Nadie se va a enterar. Entonces ella le apartó la mano, ¿nos vas a ayudar o no? ¿Y tú qué tienes para ofrecer a cambio? Palpé la arena con la mano en busca de una piedra, cualquier cosa, sin quitarle los ojos de arriba. El me vio, en realidad estás loca por meterle mano, ¿verdad? ¡Maricón!, lo que más rabia me daba era que no hacía otra cosa que mirarme fijo. Se puso de pie con tranquilidad, sacudió el short, si se deciden me avisan, ustedes gozan, nosotros miramos y todos pasamos un buen rato. A mí no me metas en eso, el muchacho se levantó con cara de asco, te dije que yo no entro en relajo ni me gustan las mujeres. De cerca me pareció menos flaco, entre los dos podíamos cargar a Elina y llevarla hasta la carretera, ahí las dos cogeríamos un taxi, yo tenía dinero. No conseguí abrir la boca, lo observé hasta que se hizo un punto. El otro se encogió de hombros, voy a estar allí para que lo piensen.

    No sé qué tiempo estuve arrodillada, los ojos fijos en la arena. Al fin me levanté en silencio y pasé un brazo bajo las piernas de Elina, el otro bajo su espalda; cerré los ojos, respiré profundo y caí de nalgas. Ella no hablaba tenía la vista perdida en el mar, pero yo sabía que el dolor la estaba matando. ¿Por qué no habré hablado con el chiquito? Lo busqué una vez más, sólo se veía al tipo recostado al muro junto a la orilla. Levantó la vista cómo si hubiera sentido mis ojos y nos cruzamos. Recogí las rodillas, apoyé la cabeza y empecé a llorar. Qué ridículo, Elina era la que se había torcido el tobillo y yo la que lloraba. ¿Por qué está pasando todo esto? ¿Cómo nos metimos en este problema? Se me acabaron las lágrimas en algún momento, quedé cómo aletargada y entonces ella suspiró, ve a llamarlo. No podía haber escuchado bien, la miré esperando que lo repitiera. Se limitó a clavarme unos ojos inexpresivos. No me dejé impresionar, primero rompo este muro de mierda a golpes. Pues empieza. Había dicho una estupidez, pero no quería darme por vencida, tiene que haber otra forma. Claro, dime cual. Me quedé callada, volví a acordarme del chiquito. Elina suspiró cansada, vas tú o me arrastro yo hasta allí.

    No tuve que hablar. En cuanto estuve frente a él se levantó, me alegró que no dijera nada, sólo que tuviera cuidado con una piedra que había en el suelo, y en seguida volvió a callarse. Elina estaba muy tranquila, me hizo sentar a su lado y el tipo se mantuvo a un par de metros. Por un momento permanecimos así: él, mirándonos con mucha paciencia; yo, sin alzar la vista; Elina, esperando, supongo. Le acaricié la rodilla, ¿te duele mucho?, ella observaba los movimientos de mis dedos sin hablar. Recordé las ganas que había tenido de acariciarle los pies hacía sólo ¿qué tiempo? Parecían siglos desde que habíamos llegado a la playa tan contentas, preocupadas únicamente por las conchas. Al fin decidí mirarla a los ojos, ¿qué pensaba ella de todo aquello? Le tomé una mano, yo no quería esto, Elina, de verdad, no quería. Me besó en la boca, creo que estaba cansada de escucharme. Tardé en reaccionar, tenía los ojos muy abiertos, veía las nubes mientras sentía sus labios calientes, entreabiertos, la lengua rozando la mía. Cuando notó mi falta de respuesta intentó separarse, pero le agarré por la nuca y la besé con ganas. En algún momento nos movimos y ella gimió de dolor; recordé su tobillo, ponte cómoda. La hice tenderse en el suelo y coloqué el bolso bajo su cabeza, yo me encargo de todo.

    Esa era la piel de Elina, su temperatura, la palpaba con los ojos cerrados hasta que llegué a su vientre. Metí la cabeza entre sus muslos y contemplé de cerca las partes por donde había pasado la cuchilla de afeitar esa misma mañana, la acaricié por fuera de la trusa con la nariz, el aliento. Sólo tenía que asomar un poco la lengua para saborearla, no sabía qué esperaba exactamente. De pronto me apretó la cabeza y no pude aguantar más.

    Elina no abría los ojos y yo me moría porque dijera algo, cualquier cosa. Le sequé el sudor de la frente y esperé. Aún estaba mareada por su olor. ¿Gozaste? La voz del tipo fue como un cubo de agua fría, ella se sentó de golpe y me agarró la mano. Nos habíamos olvidado de él, de lo que estábamos haciendo allí, había que cruzar el muro. Le pregunté si pensaba ayudarnos o no. Ya yo te ayudé, ¿no estabas loca por comerte a tu amiguita? Lo único que queremos es acabar de cruzar el cabrón muro, después nos las arreglamos para llegar a la carretera y coger un taxi. El la miró como si no me hubiera escuchado, a ti también te gustó, ¿verdad? El silencio se me hacía insoportable y busqué la mirada de Elina, pero cambió la vista. Con el rabo del ojo lo vi caminar hacia ella, ¿por qué no confiesas que te gustó? Yo la veía por encima del hombro de él, pero seguía sin moverme. Entonces le metió una mano entre los muslos, ella abrió los ojos pero se quedó tiesa. Estás empapada, tienes ganas de chuparla ahora tú a ella, ¿verdad? Los ojos de Elina gritaban, se veía paralizada por el miedo y sentí que me zumbaron los oídos. No tuve tiempo de razonar, descubrí la piedra, él me daba la espalda. Elina empezó a gritar estás loca, mira lo que hiciste. El tipo no se movía. Resbalé contra el muro en silencio, aquello tenía que ser una pesadilla, ella seguía gritando lo mataste, ahora cómo vamos a salir de aquí, nos van a llevar presas. Es mentira, está fingiendo, no puedo haberlo matado, pero no me atrevía a tocarlo, ella tampoco. Al fin reaccioné, hay que salir de aquí. No podemos dejarlo. Ese tipo era un pervertido, Elina, te iba a violar. No me iba a hacer nada. Pero tú estabas asustada, casi me suplicaste que hiciera algo, no te eches ahora para atrás. Yo no dije nada. Tú tienes la culpa de todo esto, tú quisiste venir a esta playa de mierda, tú te viraste el tobillo. No contestó, no parecía notar nada a su alrededor, le colgaban los labios. Traté de levantarla, de pronto era una masa fofa que se dejaba llevar y no hacía más que repetir nos van a meter presas. No podía tenerse en pie, metí la cabeza entre sus muslos y logré alzarla sobre mis hombros, me temblaron las rodillas, ahora trata al menos de sentarte en el muro. Estuvo a punto de resbalarse dos veces y caerme encima; la empujé por las nalgas hasta que logró sentarse. Entonces subí yo y crucé, ella se apoyó en mí tratando de no poner el pie derecho en el suelo. La agarré por los sobacos y empecé a arrastrarla hasta la carretera, tuve que detenerme un segundo a tomar aire y al levantar la vista mis ojos tropezaron con el muro; ella también lo vio y fue cómo un pinchazo, trató de levantarse. La agarré antes de que fuera a caerse, pero quiso ir saltando sobre un pie y apoyada en mi hombro. Nos volvíamos a cada momento, parecía que el muro seguía estando cerca, cómo nos persiguiera y tratábamos de escapar a toda costa.

    Logramos coger un taxi enseguida y nos dejó en el hospital. El chofer incluso me ayudó a llevar a Elina hasta el cuerpo de guardia. Tuvimos que esperar afuera un momento porque había otros casos urgentes, yo quería llamar a su familia pero ella me pidió que esperara, no vayas a contarles. Hubo un momento de silencio, las dos pensábamos lo mismo, ¿tú crees que lo maté de verdad? Me apretó la mano, no podías hacer otra cosa, a lo mejor no está muerto, ese tipo es fuerte, seguro se desmayó y ya. Pero ella tampoco lo creía, se quedó callada y me abrazó. Estábamos tan juntas que su boca casi me rozaba el cuello, por un segundo se pegó a mi piel. Tal vez ella tenía razón, aquel hombre era fuerte, a él no le convenía acusarme después de todo, yo podía decir que trató de violar a Elina, iba a ser su palabra contra la nuestra. Todo iba a salir bien, la abracé y sonreí, todo va a salir bien.

    No tuvo fractura. Le pusieron una venda elástica y le mandaron calmantes, reposo y fomentos. Yo tenía que regresar a mi casa y el viaje era largo, su familia ya estaba allí. Al despedirnos quedamos en que la llamaría al día siguiente. Fue lo primero que hice al llegar al trabajo. Respondió ella misma, pensaba que era Marcos aunque en realidad se habían despedido tres horas antes. El la había llamado por la noche y en cuanto ella le contó del accidente corrió a su casa para verla. Escuché toda la historia de reconciliación en silencio hasta la parte del sexo a escondidas de la madre, ya habían hecho el calentamiento previo por teléfono, ella lo esperó sin blumer y él sólo había tenido que bajarse el zipper del pantalón. Pude haberle dicho que sabía cómo iba a terminar todo aquello, es más podría haberle descrito la escena que tendría lugar dos meses después: nosotras dos en la playa, o tal vez en un parque, ella llorando sobre mi hombro, diciendo que los hombres eran una mierda. Nosotras dos, Elina, siempre nosotras dos. Pero no dije nada, le pregunté si le había contado lo de la playa. Su tono de voz cambió, en la playa no ocurrió nada de particular, recogimos caracoles y me torcí el tobillo, eso fue todo.

    No volví a llamarla en el resto de la semana, ni ella a mí en mucho tiempo. Un día nos encontramos en la calle, ella intentaba parar un taxi, pero todos pasaban llenos. Me llamó falsa, mala amiga, hace un siglo que no se de ti. Le pregunté por Marcos. Está bien, tocando en una orquesta de jazz. El nuevo novio se llama Alejandro y es pintor. Este sí sirve, me dijo, ha tenido una vida difícil y sabe valorar las cosas, quiere estabilidad, comprensión. Había dejado la mano extendida hacia la calle por si acaso mientras hablaba, ¿y tú qué, has conocido alguna muchacha? Algunas, pero no le dije que continuaba sola, seguí con la vista a una señora con un perro y si ella estaba mirándome fijo, en espera de un relato detallado, se quedó con las ganas. El chirrido de unas gomas nos hizo volvernos a las dos, tuvo que montarse rápido porque ya venía un par de mujeres corriendo hacia el taxi. No dejes de ir a verme, tengo un montón de cosas que contarte. Le dije un sí de compromiso y creo que ella se dio cuenta. Sentí alivio cuando el carro arrancó y respiré profundo; entonces volvió a invadirme su olor, sus manos en mi cabeza. Se me aguaron los ojos y no pude evitar preguntarme si seguiría recogiendo caracoles en la playa.

  • Colchón de plumas

    Cuando lo mires por la ventanilla inclínate un poco, pero no te des mucha vista, que la luz de la luna no ilumine del todo esa belleza, intenta crear un ambiente, eso también es arte, actúa con rapidez, habla en voz baja y calmada, pon los puntos y las comas, demuéstrale que no eres una muchachita cualquiera. Cuando comiences una frase deja reposar la lengua entre los dientes y respira profundo, enseguida notarás como se desespera. Trabaja con la mirada, no permitas que mencione la palabra “no” cuando te vea entornar los ojos al estilo de Marlene Dietrich y te escuche decir que tienes una magnífica boca de sanguijuela, y que tus amigas están dispuestas a todo. Ya dentro no mires con fijeza, solo hazlo de reojo para que no pierdas de vista sus movimientos. Si notas que él te mira, cruza las piernas y muéstrale los muslos, no olvides que los hombres son animales extremadamente sexuales y en su instinto natural estará presente el deseo de querer tocarlo todo.

    En ningún momento pierdas la cordura, habla solo lo necesario y sonríe, siempre sonríe. Deja que el pelo te caiga sobre los ojos, palpa tus senos pero no te excedas en tocamientos vanos, busca una pose que lo haga imaginarte desnuda, eso le dará cierta sensación de calor y ahogo, recuerda que el tipo estará pensando ya en todo lo que vendrá después. Pasados algunos minutos él se desabotonará la camisa para dejarte ver, porque a él también le fascinará mostrarse. Si miras con disimulo notarás en la parte superior de su jean, justo donde se encuentra la abotonadura metálica, algo andará en extremo elevado. Tú centrarás la mirada en el paisaje y como quien no desea las cosas, dirás, con tu mejor voz, “Hace una noche preciosa para ir a la playa”. En un momento te le insinuarás, fría, calculadora, que descubra que has asesinado a la niña recién graduada para traer de un golpe la serpiente, fingirás que no te interesa ese cuerpo fornido, y ni siquiera notarás que él ya la tiene fuera del pantalón y con una de sus manos le prodiga un esmerado trato. Su semblante habrá cambiado de tono, será dócil, cariñoso, te acariciará el pelo e intentará convencerte de que lo mires y veas cómo se la hace. Te dirá: te quiero. Proferirá algunos quejidos y por que no, se acercará a tu oído para pedirte sin rodeos que se la toques. Pero tú preferirás metértela en la boca, así todo terminará antes de lo previsto. Hazlo de manera tal que él se olvide de tu cuerpo. Chupa, lame, sé laboriosa. Solo déjate manosear los muslos, pero cierra bien las piernas. Sube, baja, recréate, finge, pídesela de una vez, suplícale, hazle creer que tienes tremendas ganas de metértela. El tipo te va a querer tocar. Va a sentir la necesidad de hurgar en lo tuyo porque ya la tiene en punta y desea meter los dedos en esa cosa húmeda antes de… y sabes qué no puedes dejarlo, en ese instante te esforzarás en mover la lengua, y te va a seguir tocando. Tú sentirás que se te quieren abrir las piernas, solas, porque al igual estarás a punto de venirte, pero no puedes, sabes que no puedes porque aún no te ha pagado y si descubre que también eres un tipo, nos jodimos.

    El negro de unos treinta años miraba fijo a la autopista, y por momentos sonreía, lo miré como quien simula hacerlo inconscientemente, para satisfacer la morbosa sensación de imaginar todo lo que hay debajo de esa vestidura a la que todos estamos sometidos. Llegué a pensar que nada es más insensato y arbitrario que la obligación al ocultamiento.

    Él no llevaba jean, sino un pantalón corto con dos bolsillos en los laterales, el torso lo cubría con una camiseta que se adhería a su piel color de foca. Con premeditado disimulo crucé las piernas, deduje que estaría mirándome discretamente. No conforme, me toqué los rellenos del pecho y me alcé un poco la saya. Se escuchó la pícara carcajada de Marla y el sonido carrasposo de un: ¡Ahhh! de Frida que concluyó con una risita nada convencional. Me apresuré en decir la consabida frase: “Hace una noche preciosa para ir a… ” Y no pude concluir la oración porque en ese instante él extendió una mano en el aire, y no sin antes hacerla tropezar con mis piernas, la condujo a la guantera que estaba frente a mi. No pude negar que el imperceptible roce de sus yemas me hizo desconcentrarme, aunque no dejé de observar cómo sus dedos hurgaban en busca de una supuesta cajetilla de cigarros que no apareció.

    Mis ojos y todo yo, se infiltraron allí dentro. Y logré verla, semioculta detrás de una hoja de periódico, descansando en el fondo.

    ¿A qué lugar podemos ir? preguntó una vez más cerrando la guantera, y por encima de su hombro me miró a la cara, yo esquivé la mirada volteando el rostro para mirar un espantoso paisaje de edificios.

    No tardé en descruzar las piernas para estirarme la saya hasta las rodillas. Algo abominable comenzaba a rondar mis pensamientos, algo que me hacía dudar de ese abrir por abrir sin lógica. Allí no había cigarros, ni siquiera una cajetilla vacía, supuse que el único y verdadero propósito de la acción consistía en querer mostrar lo que había dentro.

    Mi respiración ahora alcanzaba un ritmo desmedido, el oxígeno fluía de manera tal que funcionaba como un perfecto bloqueador de los sentidos. Escuché cuando él exclamó unas palabrejas a las que no le presté el más mínimo interés, ni siquiera advertí cuántas veces pude reiterar: “la noche está preciosa para ir a la playa”, bien que pude en tan sólo dos minutos haber ensayado alrededor de unos quince tonos de voces diferentes. Quise voltearme para echar una mirada al asiento trasero, lanzarles a ellas una mirada de urgencia en la que deletrearía: QUIE-RO-BA-JAR-ME-EL-NE-GRO-YA-SA-BE-LO-QUE-SO-MOS-Y-LO PE-OR-ES-QUE-TIE-NE-UN-RE-VÓL-VER-EN-LA-GUAN-TE-RA.

    No pude, porque ahora él se entretenía en amasarme las piernas por encima de la saya que fue corriéndose hasta llegar nuevamente a la mitad de los muslos. La mano escalaba por mi vientre, intentaba hallar refugio en el territorio falso de una mujer que jamás ha existido. Yo, por puro placer deseé entregarme para olvidar los muros e imposibilidades.

    Volaba; volábamos juntos el negro y yo, viajábamos sobre el lomo de un enorme ganso blanco.

    El negro completamente desnudo me decía palabras lindas al oído, infinitas frases nunca antes escuchadas. Muy despacio hice navegar mi boca por su espalda, no me detuve hasta llegar a sus nalgas para entonces ponerlo de frente y morder con mucho cuidado sus caderas y algo más. Me gustaba verlo con las piernas abiertas moviéndose de esa forma, él hacía que mis deseos se multiplicasen, estaba seguro de que dios lo había puesto en mi camino porque sabía mi necesidad de escuchar palabras.

    Con mi boca repetí la acción una y otra vez, no me cansaba de ensalivarle el sexo, él me miraba sonriendo y nos dejábamos caer sobre aquel colchón de plumas que fue tragándose de a poco nuestras desnudeces.

    Llegó un aire con sabor a sal. El auto detenido en la arena, y el cañón de un revólver apuntándome a la sien. Desde la parte trasera se escucharon los lloriqueos de Marla y Frida, me volví y vi los espesos lagrimones deslizándose sobre el maquillaje. En esta ocasión se me antojaba decorar la escena poniéndole a Marla y Frida detrás de sus espaldas unas ridículas alitas embadurnadas en sangre, porque ahora lloraban como ángeles, y suplicaban que no nos hiciera daño.

    Pero el negro mostró una sonrisa cínica y dijo que nos iba a matar a las tres.

    Fue ahí cuando pensé que podría golpearlo en la mejilla, encajarle las uñas en los ojos para arrebatarle el revólver, y no lo hice porque en el instante en que me preparaba para cerrar el puño, él retiró el arma de mi cabeza y muy calmado se volteó hacia el fondo. Pude apreciar cómo se mordía el labio inferior, lo hacía con una delicadeza que más que a la violencia conllevaba al deseo. De inmediato comprendí que todo comenzaba a ser solo un divertimento.

    -¡Tú!,… ¿cuál es tu nombre?

    Marla contestó limpiándose las lágrimas que sospeché falsas, usando un pañuelo que embarraba de pintura. Se sacudió la nariz y luego cruzó los brazos. Con el cañón del revólver el negro apuntaba ahora a la otra que parecía querer tapizarse en la esquina del asiento.

    – Fri…Frida…

    – Bien, Frida, no tengas miedo, si tú haces todo lo que yo te pida, aquí no va a pasar ni carajo…

    – ¿Pero, quién es usted?- gritó Marla interrumpiéndolo, ya casi a punto de un desmayo.

    El negro mirando a los alrededores le pidió en voz baja que se callara. Solo se escuchaba el sonido que produce el agua cuando rompe en la arena. Saboreándose los labios volvió a atacar a Frida.

    – Ahora tú, mariconcito, vas a ser una niña de verdad, y las niñas de verdad son muy buenas ¿verdad?… ¡Responde, coño!

    – ¡Si, si, si!

    – Bien, así me gusta. Ahora tú se la vas a tocar a tu amiguita Marla, y ella te la va a tocar a ti.

    – ¿…Tocársela?…

    – ¡Si niña, sí!, ¿tú no sabes lo que es coger una? …- dijo sin concluir la frase, y sin dejar de hacer blanco con el revólver en le pecho de Frida, estiró la mano desocupada y la metió dentro del vestido de Marla para remover con gusto lo que encontró.

    Con el arma presente se inició el juego de las manos y los gemidos. Aún desconozco cuánto tiempo tardamos en despojarnos de la ropa, para sentir cómo nuestros sexos se tornaban tibios y acariciables. Algo me hizo abandonar el miedo, fue ver cómo el negro soltó el arma en el asiento delantero para abrirse de piernas y reacomodarse de rodillas frente a mí. Cuando quedamos mirándonos frente a frente, recosté la espalda en el asiento e incliné las nalgas para sentirme más cómodo.

    Por un momento pensé que el arma podía ser solo un juguete para asustar.

    Su lengua se entretenía en el lóbulo de una de mis orejas, yo iba mordiéndolo desde los hombros hasta el cuello. Con los ojos cerrados imaginaba que en realidad el negro me amaba. Todo parecía ser un sueño, mi propio sueño hecho realidad. Sin imaginarlo él me dijo con una voz tierna: “métemela” “métemela”

    Y lo hice, para revivir en mí esa necesidad de sentir cómo su piel de hombre negro se fundía a mi piel de hombre blanco. Su sexo rodaba por mi estómago, lo sentía tan caliente como una rebanada de pan recién sacada del horno. Con mis labios acaricié el pelo que se enroscaba bajo sus axilas. Realizaba movimientos bruscos con las caderas y me detenía a intervalos porque le dolía y se quejaba. Él utilizaba sus dos manos con un poco de esfuerzo y buscaba la ranura de mis nalgas que sobresalían del asiento. Hubo un minuto en que mi frente reposó sobre su pecho. Mientras él me besaba el pelo sudado pidiéndome más, mucho más, yo alcé la cabeza para detener mi mirada en sus ojos adormecidos y entreabrí los labios para besarlo.

    Y justo cuando llevé mi boca a la suya, vi un rayo luminoso que llegó mucho antes que el sonido del disparo y los cristales rotos.

    No hubo dolor, pero los labios fueron cerrándose como conchas de mar. Dejamos de emitir sonidos. El negro palideció sin decir una palabra, deslizó sus dedos por mi mejilla dejando caer suavemente su mano por mi hombro, miré a su pecho ensangrentado, palpé bajo mi pezón e intente cubrirme con las manos el huequito de la herida, allí dejé una mientras con la otra acaricié la cabeza rapada del negro dejándole sobre la frente un fino rastro de sangre. Muy a lo lejos escuché el grito de Marla. “¡Le diste a los dos!” “¡Los mataste, coño!” “¡Le diste a los!…” El negro cerró los ojos, no sin antes presionar su mano junto a la mía y dejó colgando la cabeza en mi pecho, como si hubiese sido cortada por una guillotina. Sentía cómo las gotas de su sangre y la mía corría por mis nalgas, creí verlo derretirse sobre mi cuerpo, cuando intenté echarlo a un lado comprendí que era incapaz de mover un dedo, entonces una nube oscura se enterró en mis ojos, y allí estaba, a punto de alzar el vuelo, el ganso blanco.

  • Oráculo

    Como una piedra, rodando. Rodando pendiente abajo. Así me sentía. Y para evitar el despeñamiento o hacer más suave la caída intenté aferrarme a las viejas canciones de Serrat, al greatest hits de Bob Dylan, al primer álbum de Tracy Chapman, y a Sabina, a Charly García, Fito Páez, Santiago Feliú, a Lenny Kravitz y a Silvio. Escuchaba un track, al azar escogía otro, luego otro y cambiaba de disco. Había apostado por la música para sobrellevar la noche, sin embargo terminé preparando mi cama. No me sentía agotado, solo que a falta de un verdadero plan simplemente quería acostarme. Para dormir. Profundamente. Necesitaba que aquella húmeda noche de diciembre transcurriera y llegara el amanecer, porque las fotos y la carta de Manu —las fotos y la carta que Manu le dio a Patricia para que me las hiciera llegar— me tomaron por sorpresa en la mañana mientras ponía en orden mi buró.

    Tras mis intentos fallidos con los discos que había elegido, mi peor decisión para irme a la cama y amanecer fue apagar la luz, apretar el play de mi reproductor y poner en marcha una grabación casera —yo había hecho una nueva copia de un casete que mi amigo Ariel y yo grabamos en mi apartamento a finales de los noventa. A la par que tomábamos media botella de un duro ron casero, Ariel tocaba la guitarra y cantaba sus canciones. Me gustaban las letras, había de todo en ellas, en especial ira y amor en grandes dosis. Me sentaba bien aquel casete que nunca quise prestarle a nadie por temor a perderlo o a que dañaran la cinta. Pero hice una excepción y mi temor se hizo real ocho años después cuando vi enredarse la cinta en el reproductor de uno de mis amigos. Pude salvarla. Nuevamente tenía su voz y la guitarra en dos caras de un casete de sesenta minutos. En la cinta no solo quedaron registradas sus canciones, algunos comentarios y el chasquido de los vasos cargados de ron, para mi sorpresa, casi al final de la segunda cara del casete y luego de varios minutos de silencio —tal vez diez minutos—, escuché un raro sonido: el de la cerradura y el picaporte, el ruido de la puerta de mi apartamento al abrirse y la voz de Manu que eufórica dice: “Te tengo una sorpresa, compré entradas para…”

    Justo ahí se trunca la grabación.

    Escuchaba aquel casete con bastante frecuencia pero siempre apretaba el stop cuando acababa la última canción.

    Encendí la luz.

    Escuché la voz de Manu un par de veces más.

    Coincidencias. La grabación original debió haberse acabado antes. Coincidencias. La cinta del casete donde estaba haciendo la copia siguió rodando y los cabezales de audio del equipo registraron los ruidos del ambiente. Coincidencias. Una llave se introduce en la cerradura, la puerta se abre y Manu entra a mi apartamento. Estaba muy excitado. Lo recuerdo. Quería darme una sorpresa. Manu había conseguido entradas para un concierto en el Teatro Nacional. Vanito, uno de los integrantes de la banda Habana Abierta, haría un concierto en la sala Avellaneda. Teníamos dos papeletas para sentarnos en la platea. Sábado, 8:30 p.m., cómo olvidar aquella noche. ¿Coincidencias? ¿Lo sucedido aquel día en que hacía la copia del casete con las canciones de Ariel era en verdad una coincidencia? Figuras, así lo llamaba Cortázar a falta de un nombre mejor.

    Miré el reloj.

    10:13 p.m.

    Estaba a tiempo. Podía intentarlo.

    Decidí entonces cambiarme de ropas, tomar el paraguas y salir.

    Bajo una fina llovizna fui a la avenida Independencia. Allí esperaría uno de los ómnibus de la conexión Boyeros-Habana Vieja, necesitaba llegar a las ruinas del muelle abandonado.

    Al subir al ómnibus agradecí que para muchos no fuera una buena decisión salir a la calle en una húmeda noche de diciembre. El autobús estaba casi vacío, viajábamos el chofer, un conductor y no más de quince pasajeros. El viaje desde mi barrio a la parte vieja de La Habana es largo y podría hacer todo el trayecto sentado.

    Desde mi asiento junto a la ventanilla veía transcurrir la ciudad. Toda una ciudad guareciéndose del mal tiempo a sabiendas de que la lluvia era el anuncio de bajas temperaturas. El cielo estaba cargado y bajo, a ras de las azoteas, llovía desde el atardecer del día anterior —caían duros aguaceros, luego escampaba, una densa calma parecía deslizarse entonces sobre el asfalto, y la tranquilidad era perturbada por la llovizna, que se iba tornando más fuerte hasta arreciar.

    Al bajar del ómnibus escampó.

    No tenía sentido ganarle tiempo a la lluvia. Volvería a llover. Decidí aprovechar aquella calma y fui rumbo al boulevard de Obispo. Debía simplemente caminar. Intentaba esquivar los charcos que se sucedían sobre los adoquines, veía mi cuerpo reflejado en las vidrieras, esquivaba también a quienes hacían el camino en dirección contraria ensimismados o temiendo ser sorprendidos por un aguacero. Caminar. Simplemente caminar. La música abandonaba el interior de los cafés a ambos lados del boulevard mezclada con los vapores de la grasa donde freían carnes, pescados, papas. Caminar. Simplemente caminar. En la intersección con la calle Mercaderes torcería a la derecha rumbo a la avenida del puerto.

    Cuando apenas me faltaban seis cuadras para llegar al embarcadero comenzó a lloviznar y abrí el paraguas.

    Estaba cerca del embarcadero en ruinas, quizá a cien metros, pero las luces de la avenida descubrían solo las vigas de acero torcidas a la entrada y necesitaba ver todo el muelle. Miré la hora. Faltaba cerca de veinte minutos para la medianoche. Según mi reloj no tenía sentido apurarme —tenía poco más de veinte minutos a mi favor—, sin embargo el único ruido que escuchaba era el de los pocos autos que circulaban por la avenida del puerto. Temía haberme equivocado en la elección del lugar y el cálculo del tiempo. Cerré el paraguas. Corrí. Necesitaba llegar al embarcadero.

    Una vez frente al muelle intenté recuperar el aliento. Me sentía fatigado, mi paso no disminuyó a lo largo de toda la carrera, porque en el embarcadero abandonado, sobre los últimos pilotes, encontraría La Sucia Caja de Cristal.

    Pero el muelle estaba vacío.

    No había rastros de La Caja en los alrededores, tampoco tenía a quién preguntarle. Miré al cielo, seguía cargado y bajo. ¿Debía aprovechar la escampada y hacer el camino de regreso? ¿O esperar? Debía tomar una decisión y además tener en cuenta que podía sorprenderme un aguacero y también el asma. Necesitaba recuperar el aliento. Me apoyé entonces en una de las vigas y volví a mirar al cielo. Traté entonces de serenarme. Respirar suavemente. Inhalar. Expirar. Hacerlo despacio. Inhalar y exhalar aquel aire de mar que arrastraba hacia la parte vieja de la ciudad el salitre y el olor del carburante derramado en el agua.

    Caminé hasta el final del muelle y me paré de cara a la bahía: uno de los transbordadores hacía la ruta Casablanca-Habana. Miré el reloj. Faltaba poco menos de diez minutos para las doce. Me volví hacia la avenida: dos automóviles circulaban por las carrileras que conducen hacia El Vedado, un ómnibus del servicio de la madrugada viajaba en sentido contrario y una pareja caminaba a lo largo de la acera que se extiende junto al litoral. Cuando intenté imaginar qué planes podían tener aquellas personas escuché un ruido.

    Lo conocía.

    Emergía desde una de las calles que desemboca en la avenida del puerto.

    El sonido se hizo más grave cuando La Caja dejó la avenida para adentrarse en el muelle abandonado. Avanzaba lentamente. Empercudida. Burda. Mal cortada, como si fuera la obra de un cristalero borracho. Trituraba los escombros que se interponían en su camino o los empujaba al mar. Las grandes piezas de cristal rozaban algunas vigas añadiendo un agudo chirrido al ruido de su paso. Nada la detenía. Avanzaba hacia mí. Rezumando agua. A pesar de la lluvia los lamparones de barro cubrían buena parte de las paredes de La Caja. Debía salirme de su ruta.

    La enorme caja de cristal dejó de moverse justo donde yo estuve parado. Quedó con una mitad apoyada en los últimos pilotes del embarcadero y la otra suspendida sobre agua. En equilibrio.

    Miré al cielo. El aire arrastraba las nubes de tormenta, los relámpagos acuchillaban los nubarrones. Debía tocar una de las paredes de La Caja, hacer un claro en el barro. Debía hacerlo. Había hecho un viaje desde mi apartamento hacia la parte vieja de la ciudad sin otro rumbo que aquel embarcadero en ruinas, bajo la lluvia, para encontrarme con La Sucia Caja de Cristal. Y la tenía delante de mí. Sin embargo no me atrevía a extender el brazo, a pegar mi mano contra el cristal, a remover una parte del manchón de barro.

    Pero lo hice.

    Mis dedos dejaron cinco trazos. Leves. Sabía que no bastaba. Entonces pegué mi mano. Contra el cristal. La moví, despacio. Y saqué un pañuelo y volví a moverla en círculos. Tras hacer un gran claro hice la pregunta.

    En La Caja, bajo los hilos de agua que continuaban escurriéndose sobre las grandes piezas, vi a Manu.

    Vestía de negro.

    Los dread locks a la altura de los hombros.

    Los ojos entornados.

    Un gorrión en el pecho.

    La imagen que revelaba La Caja era similar a la foto que Patricia tenía enmarcada sobre el televisor en la sala de su casa. Orlando L tomó aquella foto en mi apartamento. Y la copia que yo conservaba —junto a las ocho fotos y la carta que Manu me envió en un sobre con su amiga Patricia— me tomó por sorpresa en la mañana mientras ponía en orden mi buró.

    ¿Coincidencias?

    La copia de una vieja grabación casera, una foto tomada por Orlando L, Manu, un sobre traspapelado en mi buró, el concierto de Vanito, La Sucia Caja de Cristal.

    ¿Coincidencias?

    Tal vez era una figura.

    Pegué el índice en el claro que hice luego de frotar sobre uno de los lamparones de barro, y Manu —o la imagen de Manu mostrada por La Sucia Caja de Cristal— abrió los ojos. Un leve tono café, grandes. Húmedos. Vi dos esquirlas rodar en sus mejillas. Puse entonces mi mano abierta en la pared de La Caja y Manu extendió su brazo. Creí sentir una oleada tibia. Leve. Era el leve calor de su mano en la mía. Suavemente puse mi otra mano. Miré a Manu. Sonreía. Decidí hacer un claro más grande y volví a pegar mis manos contra la pared de cristal. Yo quería que la imagen de Manu se acercara todavía más, que pegara sus manos contra las mías, que también hiciera lo mismo con todo su cuerpo para sentir la oleada tibia sobre el mío aunque la pared de cristal se alzara entre los dos.

    Cerraría los ojos, intentaría imaginar que tomaba a Manu por los brazos. Quería abrazarlo.

    Tras cerrar mis ojos sentí que sus manos tocaban mis manos.

    Tras cerrar mis ojos sentí una tibia y leve presión en los brazos.

    Tras cerrar mis ojos Manu apretó fuerte y tiró de mis brazos.

    Sentí todo el calor de su cuerpo. Mientras me abrazaba, Manu pegó su rostro contra mi pecho. Respiré hondo. En el torrente se mezclaba el olor de su cabello, un leve aroma de agua de lavanda, el salitre y el vaho del carburante derramado en la bahía. En medio del abrazo sus labios buscaban los míos. Un largo beso. Muy largo. Profundo. Y mi sexo, duro, maniatado por el jeans, hincaba su pelvis.

    Bajo las pesadas nubes de tormenta que se arrastraban a ras de la ciudad, en aquella húmeda madrugada de diciembre y dentro de La Sucia Caja de Cristal nos fuimos desnudando.

    Tenía a Manu frente a mí. Los ojos entornados, los dread locks a la altura de los hombros y un gorrión en el pecho.

    Lo tomé por la cintura, pero lo puse de espaldas a mí. Suavemente lo obligué a encorvarse. Y sus manos se apoyaron en la sucia y húmeda pared de la caja. Besé su espalda, las nalgas. Y mi lengua se fue impregnando del indómito acre de Manu. Mis manos obligaron sus piernas. Las fui separando más. Llegar y beber de cada poro, toda la sal impregnada en la piel, también las esquirlas de mar que caían sobre nuestros cuerpos. Y miré su rostro. Sonreía. El cabello azotando áspero el vacío. Y atravesé el arco que eran sus piernas. Sentí entonces sus manos acariciar mi espalda. Qué hacer con todo su cuerpo si el deseo en mí no es sucesivo. Su carne durísima delante de mí. Las piernas, una barriguita incipiente, el cuello y los labios. Sentir la aspereza del cabello en mi piel. La boca y la lengua, o perderse en la espiral de la oreja. Qué hacer con todo su cuerpo si el deseo en mí no es sucesivo. Tuve su glande, y la barriga. El pecho y el cuello. La oreja y los labios. Un beso. Largo. Los relámpagos acuchillaban las nubes. Otro beso. Largo y profundo. Comenzó a lloviznar cuando lo obligué a inclinarse otra vez. Y mi cuerpo quedó dentro del suyo. Gemidos. Relámpagos. Breves gemidos se repetían dentro de las paredes de cristal. Finas gotas de lluvia caían sobre nosotros. La brisa. Penetraba en La Caja. Giraba dentro de La Caja. Nos envolvía. Una espiral que arrastraba consigo el vaho del carburante, salitre y aroma de lavanda. Las piernas y las nalgas de Manu amortiguando la embestida. Sus manos contra el frío y sucio cristal de la caja. Mis manos ciñendo la imposible fuga de Manuel. Gotas de lluvia y sudor y barro sobre la piel y en la lengua. La carne abierta, tibia. Mi sexo, duro, dentro de la carne tibia y abierta y húmeda. Relámpagos. Sus uñas, hincando, gemidos. La llovizna. Gemidos. Mi carne, la suya, tibia, adentro, gotas de lluvia. Adentro. Tibias y gruesas gotas.

    Adentro.

    Doblarme de a poco sobre Manuel.

    Quedarse allí, sobre una espalda tibia. Húmeda.

    Manu sonrió. Luego besó mis labios.

    La llovizna se volvió pertinaz y abrí el paraguas. Extendí mi mano, la pegué contra el cristal, pero esta vez Manu no movió las suyas. Tenía los ojos entornados.

    Decidí hacer otro claro en los lamparones de barro. Escogería otra de las paredes. Necesitaba sentir a Manu. Quería sentir otra vez sus manos en las mías. Saqué mi pañuelo. Limpié. Puse mi mano contra La Caja.

    Pero comenzó a vibrar.

    Sobre las paredes se precipitaron varios hilos de agua.

    Manu no abrió los ojos.

    Se escuchó un chirrido. La Caja se movía. Empercudida, enorme, mal cortada. Debía hacerme a un lado. Se alejaría entre las vigas de acero y sobre la estela de escombros triturados que dejó en su entrada al muelle. Cuidando mantener la distancia caminé junto a La Caja. Miraba a su interior. La imagen de Manu, que no había cambiado la postura, se volvía difusa bajo los lamparones de barro. Me agaché, tomé una piedra tan grande como una pelota de béisbol, pero no tenía sentido lanzarla contra la caja. En aquella húmeda medianoche de diciembre, desde la entrada del muelle abandonado vi perderse La Sucia Caja de Cristal en una de las calles que entronca con la avenida del puerto.

    Caminé hasta el borde final del muelle —cerré el paraguas, había cesado la llovizna—. Un remolcador llevaba mar afuera un buque mercante. Navegaban lentamente en medio de la bahía. Los vi avanzar, alejarse, también vi cómo el remolcador terminó la maniobra de arrastre y esperé su regreso.

    Abandoné el embarcadero cuando el mercante desapareció en la bruma.

    Tomaría por el boulevard de Obispo. Intentaría esquivar los charcos que se sucedían sobre los adoquines mientras veía mi rostro reflejado en las vidrieras. No tenía sentido ganarle tiempo a la lluvia. El cielo seguiría cargado, bajo, a ras de la ciudad. Llovería. Debía simplemente caminar. Caminaría para llegar a la parada del autobús de la conexión Habana Vieja-Boyeros. Si el ómnibus demoraba podía pagar un taxi.

    Bajé a la avenida.

    Hice el camino de regreso a mi apartamento con una libélula incrustada en el pecho.